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Capítulo 16: El Cortejo I Una sonrisa. Eso era lo que Agasha veía en el rostro del guapo hombre. Un gesto que años atrás deseó poder admirar en él. Pero no fue posible, y tuvieron que pasar seis largos años y una resurrección para que ella por fin lograse apreciar tan hermosa expresión en un hombre, cuyo doloroso pasado le había impedido hacerlo abiertamente. Y en éste momento, no se podía negar que el Santo de Piscis se veía incluso más atractivo. El llamativo trazo de sus labios, el brillo en sus ojos azules y la expresión sincera de su rostro, todo en conjunto, le daba un aire fascinante. Ninguna mujer podría negarle nada a semejante sonrisa. Y ella no sería la excepción. —Yo… también estoy feliz de… — su voz flaqueó por un instante y la mirada se le cristalizó. Tuvo que desviar el rostro brevemente. Ahora el estómago le dolía y el pecho se le contraía por la respiración alterada. Las palabras se quedaron atoradas en su garganta y un remolino de emociones se agitaba con fuerza dentro de ella. En verdad no sabía cómo actuar, sintiéndose como la adolescente nerviosa que alguna vez interactuó con él hace años. ¿Qué le diría?, ¿Qué le preguntaría?, ¿Acaso era normal sentir un escalofrío bajando insistente por su nuca mientras la observaba? —¿Estás bien? — preguntó el Santo al notar su pausa. Agasha respingó e intentó mirarlo de nuevo, sintiendo claramente que el calor de sus mejillas aumentaba. —E-Estoy bien, es sólo que… — tomó un poco de aire, sus ojos se despejaron, e hizo una tímida sonrisa. —Me siento demasiado nerviosa… y no sé qué decir… — El doceavo Santo parpadeó sorprendido, él no era el único que tenía las emociones agitadas. Comprendía su inquietud debido a su inesperado retorno, pero sin lugar a dudas, ese nerviosismo no superaba al propio. Albafica estaba haciendo un gran esfuerzo por no tartamudear o atragantarse con las palabras. La presencia de la florista, ahora como una hermosa mujer, estaba haciéndole dudar de su propia seguridad. Cosa que jamás le sucedió en el pasado. —Yo también… — murmuró, desviando la mirada. —Supongo que esto es un inesperado escenario… tampoco he podido asimilarlo todavía. — Ella giró el rostro con lentitud para mirarlo. Dicha situación no podía conducirse de esta manera, pues ya ninguno era un adolescente para dejarse llevar por las emociones. No había tiempo para empezar con algo lento y juvenil. Era necesario sincerarse y hablar como los adultos que eran. Si bien, sus sentimientos eran intensos, estos debían ser enfocados y trabajados. Después de todo, Deméter dijo que eran reales por parte de ambos. —Señor Albafica— lo llamó, acercándose de nuevo a la cama. —Estoy muy feliz de que haya vuelto a la vida— amplió su sonrisa. El corazón del hombre saltó con fuerza al verla aproximarse y tomar asiento en la silla. Sin querer, se le quedó mirando fijamente. Aquellos hermosos ojos verdes lo cautivaron de nuevo como hace seis años, ocasionando que la respiración se le entorpeciera y una sensación extraña le sacudiera todo el cuerpo. —P-Por favor… — tragó saliva despacio. —S-Sólo llámame Albafica. — La mujer abrió los ojos en grande, asombrada por semejante petición. Estaba acostumbrada a dirigirse con respeto a los Santos y al Patriarca desde joven, así que sus palabras resultaron inesperadas. Sin embargo, ella y el doceavo guardián ya no estaban en jerarquías tan alejadas, así que tenía lógica que le solicitase llamarlo por su nombre. Y también ese gesto significaba que Albafica deseaba llevar un trato de más confianza con ella. —Albafica… — pronunció con un suave matiz. Él sintió cosquillas en el estómago al escucharla. Nunca le agradó el estricto protocolo que se manejaba en el Santuario. Pero sabía que era necesario, pues los caballeros de oro estaban por encima de todos en el ejército de Athena, y únicamente se sometían ante el Patriarca o la diosa. Los demás, Santos o civiles, siempre debían mostrar respeto y ceremonia ante ellos. Pero Albafica ya no era un Santo de Athena, al menos no formalmente. Ahora su trato con la florista se llevaría a cabo de otra manera. —¿Cómo… te sientes? — interrogó la joven, sacándolo de sus pensamientos. —¿Aún te duele el cuerpo? — Otro brinco dio el corazón del hombre, que agradable era oírla tutearlo y sin formalidades. —Todavía siento un poco de cansancio— contestó, relajando brevemente su nerviosismo. —Además, tengo mucha sed y hambre. — En ese momento, Piscis notó que su propia respuesta tuvo un efecto físico en su cuerpo. Bajó de inmediato la mirada sobre sí mismo, cuando el sonido de su estómago delató su necesidad fisiológica de manera muy llamativa. No pudo evitar la sensación de vergüenza ardiendo en su rostro, la cual se quedó pausada cuando miró de nuevo a la joven. También ella tenía coloreadas las mejillas y una mueca apenada, dado que, casi al mismo tiempo, un sonido similar, pero más débil, se dejó escuchar en su propio abdomen. Era evidente que ambos tenían hambre, la hora de cenar había llegado. —Creo que… es hora de comer algo— la florista contuvo el aire, aquella situación estaba resultando demasiado curiosa para ella. —Avisaré de inmediato a las enfermeras, vuelvo enseguida— se puso de pie y se dirigió a la salida. Realmente necesitaba salir un momento para centrar sus alocados pensamientos y emociones. Albafica la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. En ese momento, pudo exhalar de forma más relajada, mientras se pellizcaba el puente de la nariz. Su nerviosismo era difícil de controlar, pues todo lo que estaba sucediendo, continuaba rebasándolo por mucho y temía no poder sobrellevarlo adecuadamente. ¿Por qué no lograba dominar sus emociones?, ¿Cómo interactuar con ella sin sentirse tonto?, ¿Era normal percibir esta sensación de ansiedad que lo hacía dudar al momento de hablar? Era por ella. Agasha seguía socavando sus viejos temores al contacto con los demás. Pero estos se reusaban a desprenderse de su mente y corazón. No sería nada fácil y necesitaba toda su fuerza de voluntad para llevarlo a cabo. Pero él quería intentarlo, porque en verdad anhelaba la cercanía y el calor humano. —¡Señor Albafica! — se escuchó un grito emocionado en el pasillo. El Santo lo identificó de inmediato, sonriendo al ver que la puerta se abría. —¡Ya despertó señor Albafica! — Pefko entró rápido a la habitación, y al llegar a la orilla de la cama se arrodilló, manteniendo una expresión de completa alegría. —¡Agasha me lo dijo en el pasillo y vine corriendo! — sus ojos avellana de pronto se empañaron con un rastro cristalino. —¡Estaba muy preocupado al ver que pasaban las horas y no volvía en sí! — Piscis sonrió incluso más. El chiquillo era tan noble y expresivo en sus emociones, que en verdad se sentía feliz de que estuviera aquí, demostrándole un cariño fraterno que nunca pudo disfrutar antes. Además de ser su médico personal, el adolescente también era parte de su nueva familia. —No te preocupes Pefko— le alborotó el cabello cenizo con la mano. —Ya estoy mucho mejor, gracias a ti. — —Estoy tan feliz— hizo una pausa para tomar aire, tratando de controlar su emoción. —Temía que el contraveneno fuera demasiado agresivo y le hiciera daño a su organismo. — —No te asustes. Como dije antes, pase lo que pase, yo aceptaré las consecuencias— colocó su mano en el hombro del sanador. —Así que, mantente firme, recuerda que tú has cumplido con la misión de Deméter. — Pefko asintió y se puso de pie, dirigiéndose a la mesa donde reposaba el antídoto. —Agasha dijo que iría a ver lo de la cena, por lo tanto, será necesario que tome otra dosis. — —Lo haré, pero preferiría que fuese después de comer. — En ese momento, la puerta se abrió. Agasha entró, y detrás de ella, tres enfermeras con unas bandejas de madera. En ellas portaban tazones con alimento, frutas, un ánfora con agua, recipientes y cubiertos. Las mujeres hicieron una inclinación a modo de saludo. Una de ellas se acercó a la cama para colocar algunas almohadas en la espalda del paciente, ayudándolo a quedar sentado en una mejor posición. —¿Desea que lo ayudemos con los alimentos? — preguntó amable. Albafica negó despacio. —Son muy amables, pero no es necesario, puedo comer por mí mismo. — La mujer asintió, así que únicamente acercó un recipiente con agua para el aseo de sus manos. Todas las enfermeras ya sabían que el hombre de cabello azul no era un paciente grave. Además, se les indicó que Pefko era el encargado de vigilarlo. Por lo que, dejaron las bandejas sobre la mesa, a un lado del cofre con las botellas del antídoto y se despidieron con otra inclinación, para luego salir del lugar. —Entonces… ¿Te gustaría que te sirva un poco de caldo? — preguntó tímidamente Agasha. —Por supuesto, muchas gracias— Piscis no pudo evitar un sutil sonrojo ante su amabilidad. El hecho de que la florista se quedara a cenar con ellos, le tenía emocionado de una manera que no comprendía. La vio lavar sus manos y después servir la sopa en un tazón, para posteriormente colocarlo en una bandeja más pequeña, junto con un vaso de agua y una cuchara. Caminó hasta la cama y se la entregó, para que él la acomodase sobre sus piernas como mejor le pareciera. —Esto huele muy bien— mencionó el sanador, sirviéndose un poco del otro guiso. —¿Tú también vas a cenar, Agasha? — —Sí, pero creo que dejaremos solo al señor Shion. — —No te preocupes por él, lo comprenderá— intervino Albafica, comenzando a degustar el alimento. —Además, seguro está ocupado revisando los pendientes del Santuario. — La joven se sirvió un poco del mismo consomé y tomó asiento en la silla junto a la cama. Pefko se quedó en la mesa, en un banquillo extra que había por ahí. Empezaron a comer, y por algunos minutos se mantuvo el silencio. Pero éste no era incómodo, sino aprovechado para saciar su hambre y sed. Aunque la verdad, Agasha no estaba segura de cómo iniciar la conversación con el Santo de Piscis. Había tantas cosas que decir y tanto que aclarar. Sin embargo, su mente se quedaba en blanco cuando las palabras de la diosa de la agricultura revoloteaban otra vez en su cabeza. No tenía un plan de acción y el tiempo estaba corriendo. El día de mañana sería miércoles 10, así que debía pensar en algo. Independientemente de todas las emociones recién despertadas por el doceavo guardián, ella tenía que mantener la cabeza fría. La petición de la diosa no era tan complicada, solamente era necesario encontrar el momento adecuado y el valor para llevarla a cabo. Tal vez la promesa que Albafica le hizo tiempo atrás, podría serle de utilidad ahora. De pronto, Pefko fue el que dio pie a la conversación. —Señor Albafica, tiene que probar éste guiso de carne, está delicioso— dijo, mientras masticaba. —Además, recomiendo que también consuma un poco de verduras, todo junto le ayudará para que la siguiente dosis no sea tan pesada. — —De acuerdo, lo probaré— dijo el Santo, terminándose el consomé. Agasha se puso de pie, sirvió en otro tazón algo de carne y un poco de la ensalada, para después entregárselo a Albafica. —Gracias— sonrió él. —¿Quieres más agua? — inquirió ella, tratando de no ser tan evidente con el sonrojo que aquella sonrisa le provocaba. El Santo confirmó, mientras mordía un pedazo de carne ansiosamente. En verdad parecía tener hambre, después de todo, llevaba más de medio día sin alimento. Ella le acercó el vaso lleno y continúo comiendo. —¿Puedo… decirte algo? — Agasha hizo la pregunta, pero sus ojos miraron en otra dirección. Él asintió, prestándole toda su atención. —Es la primera vez que te veo sonreír tanto en tan poco tiempo— lo miró de nuevo. —Realmente es muy agradable— tomó un sorbo de su caldo para disimular su nerviosismo. El guerrero zodiacal se quedó en blanco al escucharla, dejando incluso de masticar. Por un instante, el pecho se le contrajo y una sensación cálida se hizo notar en su interior, creciendo vertiginosa. Era verdad. En el pasado, como caballero dorado, tuvo cierta fama de frialdad y poco interés en convivir con los demás. Si bien, su gesto sereno e indiferente no se comparaba al que portó El Cid, tampoco estuvo muy lejos de ello. Albafica siempre fue visto como el ermitaño entre sus homólogos, porque ni siquiera Acuario o Capricornio se aislaban tanto como él. Entonces, la sonrisa, ese gesto tan natural en nuestra especie, ¿Había sido todo un misterio en su rostro?, ¿Al grado de que no fue capaz de expresársela a una chiquilla, ni a todos los demás? No, eso no era del todo verdad. El representante del pez dorado sí sonreía. No obstante, lo hacía de una manera tan gélida, que eso no podía considerarse un gesto amable. Además, aquel tipo de expresiones faciales estaban dirigidas únicamente a sus enemigos, o a personas que le molestasen. ¿Por qué nunca le dio una sonrisa suave a ella, siendo que la florista siempre fue tan amable con él? Por miedo y pesar. No recordaba cómo hacer una mueca cálida y afectiva para otro ser humano. Lo olvidó por completo desde que su padre Lugonis murió en sus brazos, desde que la cierva lo miró con tristeza y dolor. Aunado a esto, también estaba el temor de no saber cómo manejar el sentimiento que Agasha hizo nacer en su corazón hace seis años. Ahora, en el presente, el guardián de Piscis apenas se daba cuenta de que podía sonreír de otras maneras. Y lo hacía de manera tan natural, que no sé percató de ello hasta que se lo comentaron directamente. Claro que su cara expresaba agrado por Shion y cariño fraterno por Pefko. Pero cuando ella le dijo que era la primera vez que le sonreía, eso fue como recibir un extraño golpe emocional. —Yo… lamento haber sido tan frío contigo— tragó con dificultad y bajó el rostro, permitiendo que el fleco cubriera su expresión. Se sentía culpable, pues la florista siempre fue cálida con él, respetuosa y cordial. Pero hace seis años, Piscis no pudo darse el lujo de exponer sus sentimientos. No con la guerra santa encima, ni con el temor de dañarla a ella o a los demás debido a su maldición. —No hay nada de que disculparse, comprendo que no podías hacerlo— respondió la joven. Él levantó la cara despacio, encontrándose con sus ojos verdes. —Intentaré… sonreír un poco más— se quedó observándola embelesado, su mirada era muy bella. Aquel momento se prolongó por un par de segundos, en los cuales nadie dijo nada. Quizás no pronunciaban palabra alguna, pero la contemplación que hacían uno del otro, decía muchas cosas en silencio. Entonces, el nerviosismo y la sensación de mariposas en el estómago se hizo presente en ambos, coloreando de nuevo sus mejillas. —Ustedes forman una bonita pareja— habló de pronto el adolescente. —Se ven muy bien juntos. — La intervención de Pefko disipó el velo de tensión que comenzaba a formarse. El chiquillo tenía una sonrisa enorme en el rostro, pues estaba contento de verlos interactuar tan rápido. Agasha soltó el aire que había retenido y continuó sorbiendo su sopa. Albafica tomó un poco de agua y luego miró al curandero. —Pefko, aún eres muy joven, ¿Cómo puedes hablar así? — preguntó el Santo, retomando sus alimentos. —Es la verdad— agarró unas frutas y se acercó a la cama. —En la isla de los curanderos es normal ver parejas como ustedes, incluso más jóvenes— colocó todo sobre la bandeja de Albafica. —Además, la diosa Deméter opina lo mismo. — De pronto, Agasha se atragantó sin querer, mientras Albafica desviaba la mirada con inquietud. El chiquillo de nuevo hacía sus comentarios inocentes. Los cuáles provocaban la incomodidad de los adultos, dado que ambos eran conscientes de lo que realmente había querido decir la deidad. —Creo que… ya debo tomar la siguiente dosis del antídoto— resopló Piscis. —Por favor, Pefko, acércame la redoma y una cuchara. — —¡De inmediato! — Como si nada, el curandero fue por lo solicitado. Se lo entregó al Santo y luego se asomó a la ventana, para ver si podía localizar el reloj, pues era necesario anotar la hora de consumo en su cuaderno de trabajo. El doceavo guardián vertió la sustancia verde en la cuchara, observándola por un segundo. Había sido muy intensa la reacción de su organismo la primera vez que la probó. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejarse intimidar por los efectos, no ahora que Agasha permanecía aquí. Con determinación, sorbió todo el contraveneno, permitiendo que su sabor dulce lo distrajera brevemente. Por su lado, la florista recuperó el temple y se puso de pie para ir a servirse un poco de carne. No tenía caso darle tanta importancia a las reacciones apenadas. El sanador era inocente y ellos tenían la responsabilidad de mantenerse tranquilos y no ser tan obvios. Pero necesitaba hablar a solas con el caballero de Piscis, y en éste momento, ya tenía una idea de cómo podría lograrlo. Se mantuvo cerca de la mesa y esperó a que terminara de tomar la infusión. —Albafica. — Él la observó atento, mientras dejaba la cuchara y la redoma en la bandeja. —La fiesta de Rodorio apenas ha comenzado— cortó un pedacito de carne y lo masticó, a modo de distracción para no tropezarse con las palabras, pues estaba nerviosa de ser ella quien lo invitase. —Te gustaría… — —Claro que sí, recuerdo muy bien mi promesa— confirmó el hombre sin dejarla terminar. —Te di mi palabra de acompañarte la próxima vez… — hizo una pausa, evocando su falla en el pasado. —Lamento no haber podido cumplirla anteriormente. — Ella dejó el tazón en la mesa y se aproximó despacio a la cama. —No fue tu culpa— tomó asiento en la silla, y con cautela, acercó su mano a la de él. —Tú nos salvaste aquella vez y no debes lamentar nada. Mírate ahora, tienes una nueva oportunidad, así que olvida el pasado y disfruta el presente— le sonrió con ternura. Albafica sufrió un estremecimiento por todo el cuerpo. El calor de su toque era tan especial, que de nuevo desestabilizaba sus emociones. Se quedó inmóvil, valorando sus palabras y haciendo un tremendo esfuerzo por no rechazar mecánicamente su caricia. Ese maldito recelo que tanto daño le hizo en el pasado, todavía se retorcía en su pecho. Sin embargo, no estaba dispuesto a permitir que lo dominase otra vez. Se enfocó en su rostro, en su expresión tierna y en lo que trataba de decirle. Asintió despacio e hizo una sonrisa. —S-Sí… lo haré. — En ese momento, Pefko se acercó de nuevo, mirándolos con duda. —Registré la dosis a las 8 de la noche, así que será necesario observar los efectos en las próximas horas— se llevó las manos a la cintura en un gesto de reproche. —Señor Albafica, no puede salir mañana, no sabemos qué sucederá, ¿Y si otra vez se desmaya? — Agasha hizo un gesto de preocupación mientras alejaba su mano. El guardián del pez dorado se sintió incómodo al perder su toque, pero intentó disimularlo. Comprendía perfectamente la preocupación del joven sanador, pero no estaba dispuesto a incumplir su promesa otra vez. Inhaló un poco de aire y lo liberó despacio, pensando en sus siguientes palabras. —No habrá problema Pefko— tomó la redoma con el antídoto y se la entregó de regreso. —Le di mi palabra a Agasha y la cumpliré. Te prometo tener cuidado y no sobreexigirme, si llegase a sentirme mal, regresaremos de inmediato— le dirigió una mirada tranquila al chiquillo. La florista expresó su inquietud, pues no había pensado que los efectos del contraveneno podrían repetirse. —¿Estás seguro?, quizás Pefko tenga razón y… — —Creo que todo irá mejor de ahora en adelante. Además, quiero que me muestres los espectáculos que no pude disfrutar hace seis años— Piscis le sonrió de nuevo. —En verdad deseo acompañarte. — Ella se sonrojó un poco, pero asintió sin decir nada más. —Está bien, está bien— resopló el chiquillo, guardando la botella en el cofre. —Pero tengo que avisarle al Patriarca Shion. No creo que sea buena idea que vayan solos, alguien más debería acompañarlos. — Hermanito travieso haciendo de las suyas. Albafica no pudo evitar reírse por dentro al pensar en eso. El adolescente no lo hacía a propósito, su preocupación era genuina, y obviamente, Shion debía dar su visto bueno. Pero, teniendo en cuenta lo buen amigo que era el borrego, no se opondría a que Agasha y él bajaran al pueblo… con chaperón incluido tal vez. Estaba a punto de decir algo, cuando se oyó la puerta siendo abierta. El lemuriano hizo acto de presencia, como si lo hubiesen llamado con el pensamiento. —Es bueno ver que has despertado— sonrió, acercándose a la cama. —Estoy mejor, gracias. — —¿Ya cenaron? — preguntó, mirando también a la florista y al curandero, ambos asintieron. —Me alegra saberlo, y que bueno que el antídoto no te afectó demasiado, ¿Ya tomaste la siguiente dosis? — Piscis confirmó. —Sí, y me siento bien. Las infusiones de Pefko y las atenciones de Agasha me han ayudado bastante— miró al Patriarca detenidamente. —Y ahora, te informo que mañana ella y yo bajaremos a Rodorio, tengo una promesa que cumplir. — Shion no pudo disimular la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro. Ver a su compañero de armas emanando esa nueva aura de seguridad, en verdad lo sorprendía bastante, y más al escucharlo hablar con gran convicción. Era imposible no darse cuenta, éste notable cambio se debía a la bella florista. —Una promesa, ya veo. Me parece muy buena idea— para el lemuriano no podía haber mejor oportunidad, de esta manera, ellos podrían convivir más pronto e iniciar su relación sentimental. —¿Es cierto, Agasha? — —Sí, es verdad. Hace seis años él me prometió acompañarme a la celebración. — —Bien, no creo que haya problema— miró al sanador. —Pefko, ¿Crees que exista algún inconveniente? — El chiquillo se rascó la cabeza, ya que seguía preocupado por los efectos del antídoto. —Pues, si de aquí a mañana, no presenta molestias serias y soporta la siguiente dosis en el desayuno, creo que no habrá de que preocuparse— cruzó los brazos, haciendo un ademán de meditación. —Quizás debería ir con ellos, puedo llevar mis plantas medicinales por si las dudas. — Shion asintió. —Entonces que así sea, después de desayunar, pueden bajar a la festividad y divertirse todo el día si gustan— le dirigió una mirada cómplice a Piscis, mientras le guiñaba un ojo disimuladamente. Albafica alzó una ceja, no muy convencido, tal vez el Patriarca andaba tramando algo. No es que no quisiera que Pefko los acompañara, pero deseaba tener un momento a solas con Agasha. Era necesario platicar con ella de asuntos importantes relacionados a su pacto con Deméter. Pero bueno, ya buscaría el momento adecuado. —Me retiro, voy a cenar y después a dormir— dijo Shion en general. —Buenas noches y que descansen. — Tan pronto salió de la habitación, una enfermera vino a recoger los trastos y las bandejas. Dado que todos ya habían terminado de cenar, sólo pidieron que les dejasen un tazón con frutas. —Creo que ya me dio sueño— bostezó Pefko, terminando de escribir sus notas en el compendio de hojas. —¿Te quedarás un poco más, Agasha? — —Sí, sólo un momento más— respondió, mientras degustaba una manzana. —¿Deseas otra fruta, Albafica? — —No, gracias, con lo que he comido es suficiente. — El curandero se acercó por el otro lado de la cama para despedirse. —Señor Albafica, me voy a dormir. Si necesita algo, avíseme con alguna de las enfermeras, sea lo que sea. Recuerde que no debemos subestimar ningún síntoma— indicó, bostezando de nuevo y frotándose los ojos. El caballero de Piscis sonrió y le alborotó el cabello cenizo una vez más. Hacer eso no sólo significaba una demostración de afecto hacia el muchachito. También representaba un contacto anhelado por Albafica, algo que le confirmaba que su nueva vida ahora sí sería feliz. —Descansa Pefko, gracias por todo. — El chiquillo también se despidió de la florista y posteriormente se marchó rumbo a su habitación. Albafica y Agasha se quedaron solos, él reclinado todavía contra las almohadas y ella sentada en la silla cercana. El silencio se hizo presente, y antes de darse cuenta, ya estaban mirándose a los ojos una vez más. Para cada uno, éste podría ser el momento adecuado para hablar de lo que les inquietaba. No obstante, ambos prefirieron esperar, no deseando romper la atmosfera tan tranquila que se formó alrededor de ellos. —¿Cómo te sientes? — finalmente la florista interrumpió el mutismo. —Mucho mejor… más tranquilo al tenerte aquí— la voz de Albafica bajó de volumen, los nervios aún lo traicionaban. —Yo… — ella titubeó por un instante. —Yo jamás dejé de pensar en ti a pesar de los años… — liberó un pequeño suspiro, intentando controlar sus emociones. —Siempre que veía la rosa escarlata, recordaba aquel día en la fiesta de Rodorio. La última vez que pudimos hablar antes de que… — sus ojos se humedecieron sin querer y su expresión reflejó un evidente dolor. Una terrible sensación invadió el pecho del Santo al verla tan triste. No era difícil imaginar que su muerte no sólo afectó a la orden dorada y a la diosa Athena, otros también resintieron su partida de sobremanera. Agasha era una de esas personas, y le dolía en el alma imaginarla visitando su tumba en aquellos años, derramando lágrimas por él. —Lo siento— habló Piscis, acercando su mano para enjugar un par de lágrimas escurridizas. —Lamento mucho no haber podido permanecer a tu lado. — La florista sonrió despacio, tomando un poco de aire para serenarse. —¿Esta vez te quedarás? — —Sí Agasha— asintió, deslizando suavemente sus dedos por la mejilla femenina, sin darse cuenta de que lo hacía sin temor. —Te juro por mi nueva vida, que jamás me iré de tu lado otra vez. — Ninguno de los dos se percató de que, lo que expresaban, provenía desde el fondo de sus corazones. Los cuáles hablaban sin razonar demasiado en el hecho de que, no había pasado ni un día desde su reencuentro. Quizás era precipitado decir aquellas palabras, tal vez deberían tratarse un poco más. Pero en éste momento, esa breve conexión que tenían, era muy real y sincera. La joven sonrió otra vez, sintiéndose más tranquila. Él imitó su gesto, correspondiendo a los mismos sentimientos. —Descansa, mañana será un gran día — acercó sus dedos e hizo una caricia igual sobre la mejilla del Santo. El guardián del pez dorado experimentó de nuevo aquel grato cosquilleo en su nuca, haciéndolo cerrar brevemente los ojos, sumándose a la agradable sensación de tocar la suave piel de ella. Era un contacto sencillo, discreto para muchos, pero increíblemente valioso para él. —Descansa también Agasha— alejó su mano despacio, abriendo de nuevo los párpados. El toque de ella se mantuvo por un par de segundos más y después finalizó. Se puso de pie y caminó a la puerta. Antes de salir, le dirigió una última mirada, que reflejaba cierta alegría. Albafica suspiró, sintiéndose igual que la florista. Deméter no mintió, su nueva vida iba cada vez mejor.***
Continuará… Espero que esto no sea excesivamente meloso, pues no tengo práctica en el género. Aunque de por sí, mi intención es que todo sea ternura con ellos, se lo merecen, son tan lindos. Por favor, déjenme saber su opinión, me alegra el día. Hasta luego. 14/feb/2021