ID de la obra: 1337

Sin título

Gen
G
En progreso
2
Tamaño:
planificada Mini, escritos 4 páginas, 1.950 palabras, 1 capítulo
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
2 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar

Capítulo 1: La sombra Uchiha

Ajustes de texto

Capítulo 1: La Sombra Uchiha.

El sol de media tarde, un disco moribundo y ceniciento, se ahogaba perezosamente en el horizonte, enredándose en el frondoso cerco de cerezos y los corpulentos pinos que custodiaban la Academia Ninja de Konoha. No era la luz dorada y vivaz del estío, sino un fulgor filtrado, tan frío como el acero, que proyectaba sombras largas y escuálidas sobre la tierra endurecida, intensificando el aire espeso y húmedo que anunciaba la inminente llegada del invierno en el año de 1607, dentro del vasto País del Fuego. En la Aldea Oculta entre las Hojas, los tejados de teja oscura y las solemnes casas de madera con sus puertas corredizas de papel de arroz, los shōji, componían un panorama tradicional, casi monástico. Era un escenario de disciplina férrea, un lugar forjado para la vida severa del shinobi. En el interior de un aula, la atmósfera era un muro de silencio tan compacto que dolía. El calor, húmedo y persistente, obligaba a los jóvenes aspirantes a genin (ninja de bajo rango) a moverse con una lentitud casi ritual, absortos en manuales de tácticas o garabateando caligrafía con el ceño fruncido bajo el peso de la concentración. En la fila de atrás, encarnando el silencio como un monolito de basalto, se erguía Ryusei Uchiha, imperturbable ante el leve susurro de sus compañeros. A sus trece años, su altura ya superaba con creces la media, y proyectaba una sombra que era más que física: era una advertencia. Su cabello negro azabache, lacio pero indomable en los costados, caía sobre unos ojos de un sombrío color obsidiana, pozos de oscuridad que prometían encenderse con la furia letal del Sharingan carmesí. Vestía la chaqueta oscura, casi negra, del uniforme Uchiha, ceñida con una precisión que acentuaba su físico ya definido, rematado con el orgulloso emblema del abanico cosido con impecable maestría en su espalda. En sus manos, bajo gruesos vendajes que protegían nudillos curtidos por incontables horas de taijutsu (combate cuerpo a cuerpo), sujetaba un kunai con una distracción casi ofensiva, un juguete peligroso en manos de un depredador. Su rostro era la crónica viva de su linaje y su tormento. El rasgo más desafiante era una cicatriz que le surcaba el lado izquierdo del rostro como una grieta en la piedra. Nacía en el inicio de la ceja, se hundía sutilmente sobre el ojo (milagrosamente ileso), se extendía por su pómulo, cruzaba el labio superior y moría en la línea de su mentón. La carne hundida y la textura irregular eran un mapa constante de la brutalidad de su entrenamiento bajo la mano implacable de su padre, Kenzo Uchiha. Ryusei era una tempestad encapsulada. Su aura destilaba arrogancia pura, alimentada por un Sharingan precozmente maduro que le concedía una comprensión del mundo tan aguda que lo hacía sentir un ser superior, el único digno en esa sala de sudor y pergaminos. Al frente, cerca del estrado del instructor, se hallaba Koemi Hyūga. A sus once años, era notablemente menuda, su presencia una nota de delicadeza en el ambiente austero. Su cabello negro, con el brillo frío de la seda, caía lacio hasta su cintura, enmarcando un rostro pálido y anguloso. Sus ojos grises perla, grandes y casi sin pupila, eran el sello inconfundible del clan Hyūga. Su expresión era la de una flor de loto silvestre tratando de sobrevivir en un páramo de espinos: dulce, tímida, con las mejillas ligeramente sonrojadas por la tensión de la concentración. Vestía ropas de entrenamiento de tonos claros, más suaves que el negro severo del Uchiha, y aunque pertenecía a la rama secundaria, su postura ya reflejaba la estricta disciplina del Jūken (Puño Suave). Ryusei la observaba . No era la mirada casual de un compañero, sino la fijeza cruda y resentida de un depredador que sopesa a su presa. La veía con una mezcla venenosa de repulsión y fascinación. «Loto estúpido», pensó Ryusei, la punta del kunai incrustándose en la palma de su mano vendada hasta que sus nudillos blanquearon como huesos. La repulsión era hacia la debilidad que ella despertaba en él. Hacía tres meses, en el Festival de Primera, la había visto danzar. Era una coreografía antigua, melancólica, un himno al amor imposible, y la gracia etérea de Koemi lo había paralizado. Por un instante fugaz, el caparazón gélido que lo cubría se resquebrajó, revelando una ligera, peligrosa atracción por esa belleza delicada que vibraba con un arte tan radicalmente opuesto a la violencia de su existencia. Esa atracción, esa debilidad, era una traición a la brutalidad que su padre había forjado. Koemi sintió la intensidad de la mirada de Ryusei. Era como si la temperatura del aire a su alrededor hubiera descendido de golpe, y un escalofrío helado le recorrió la nuca. Se encogió instintivamente, y su mano, que sostenía el pincel de caligrafía, tembló, dejando una mancha gruesa, fea y negra de tinta sobre el pergamino impoluto. El Uchiha se permitió una sonrisa ladeada, afilada y cruel, como un corte con papel, al notar el nerviosismo de la niña. —No eres más que una mancha de tinta, Hyūga. El comentario fue un susurro sibilante, apenas audible, pero Ryusei se aseguró de que perforara el silencio y la alcanzara como un dardo envenenado. Koemi se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. El miedo galopaba en su pecho, latiendo con furia contra sus costillas. Levantó sus ojos grises hacia él, suplicantes. —Y-yo... lo siento, U-Uchiha-san... n-no fue...—tartamudeó, la boca seca, las palabras convertidas en gránulos. Ryusei se puso de pie. El movimiento fue fluido, peligroso, la encarnación de una autoridad violenta y latente. Caminó con una lentitud deliberada hacia el frente, su figura alta proyectando una sombra de mal agüero sobre la pequeña Hyūga. —¿Disculpas?— Su voz era áspera, ronca, teñida de un fastidio que escocía más que un golpe. —No te estoy pidiendo excusas, ni te estoy ofreciendo mi noble piedad, Hyūga. Solo estoy señalando tu patética falta de control. El campo de batalla no te concederá el lujo de disculparte por tus errores. Te concederá la muerte— Se inclinó, apoyando ambas manos vendadas sobre el escritorio de ella, atrapándola entre su cuerpo y la madera. El olor a tierra húmeda y metal frío que lo envolvía (el constante aroma de un guerrero) invadió el espacio personal de Koemi. —Eres tan inútil y frágil como el papel de arroz. ¿Crees que ese estúpido baile que hiciste te va a salvar de un jūken incrustado en tus entrañas? ¿O de una hoja fría en tu garganta?— Su aliento le rozó la oreja, provocando un escalofrío helado en ella. —¿Acaso bailas porque sabes que no eres lo suficientemente fuerte para ser shinobi? ¿Buscas un hombre que se haga cargo de ti? ¡Responde!— La última palabra fue una orden, imperiosa y cortante como la hoja de una katana. Las lágrimas se acumularon en los grandes ojos de Koemi, pero ella luchó por ahogarlas con todas sus fuerzas. Su rostro se había vuelto de un blanco marmóreo, y el esfuerzo por hablar la hacía temblar aún más. —¡M-mi sueño... mi s-sueño es... s-s-ser fuerte!— Apretó sus pequeños puños con una fuerza inesperada, su voz elevándose a un hilo roto. —¡Para traer honor a mi... mi Ichizoku (clan)! ¡Y s-ser una kunoichi respetable! ¡El b-baile... es por la p-paz! Ryusei se enderezó con una burla helada, el sarcasmo goteando de sus labios como ácido. —La paz. ¡Qué concepto tan pintoresco! Típico de la rama secundaria, tan ocupada soñando con flores y paz que olvida para qué existe: servir y ser carne de cañon. ¿Sabes, Hyūga? tu falta de rapidez en el jūken es alarmante. No eres veloz. Eres un estorbo. Y si el destino me asigna a un equipo contigo, te lo advierto: te arrastraré a través de este mundo. ¿Entiendes? O te romperé antes de que lo haga el enemigo. Con un movimiento rápido y mezquino, tomó el tintero que había manchado el pergamino y lo arrojó con violencia, no contra ella, sino contra la pared justo detrás de su cabeza. El golpe seco y la salpicadura ancha de tinta negra sobre la madera hicieron que Koemi emitiera un sonido ahogado, encogiéndose y cubriéndose el rostro con sus manos temblorosas, finalmente incapaz de contener el sollozo silencioso y desgarrador que le rasgaba la garganta. Ryusei se giró sin una palabra más, regresando a su asiento con una satisfacción fría y brutal. La había quebrado. El resentimiento se disipó momentáneamente, sustituido por la amarga sensación del deber cumplido: había alejado la tentación de la delicadeza. El mundo de un Uchiha era de sangre y acero, no de linos y danzas. Desde su rincón, Ryusei notó cómo Koemi tardaba en recomponerse, su pequeño cuerpo sacudido por el llanto. Y fue allí donde la contradicción de su alma oscura se manifestó. Mientras todos en el aula la evitaban con miradas de lástima o tedio, Ryusei se encontró observándola con una intensidad febril. Minutos después, ella secó sus ojos y, en lugar de hundirse en la vergüenza, se puso de pie. Se dirigió al armario de limpieza, tomó un paño desgastado y, con una determinación silenciosa que cortaba el aire, comenzó a limpiar la mancha de tinta que él había causado en la pared. «Es tenaz, lo reconozco», pensó Ryusei, con un asomo de desprecio envidioso. «Una mosca molesta. Ojalá se rindiera y se fuera a casa.» Pero ella no lo hacía. Días después, la encontró en los campos de entrenamiento fuera de las murallas de Konoha. Estaba sola, practicando sus formas de jūken una y otra vez. Se movía con la gracia fluida de la bailarina que era, pero su velocidad seguía siendo el punto débil que él había señalado con tanta crueldad. Cayó varias veces, exhausta, por la combinación de esfuerzo y el persistente calor. Ryusei, que había estado empuñando su katana bajo un Torii (arco de madera) desvencijado, la observó. Su Sharingan le permitía diseccionar cada fallo, cada temblor en el músculo extenuado. No sentía admiración, solo una crítica aguda y despiadada. Cuando ella se desplomó en el pasto, rendida, Ryusei sintió el impulso de acercarse, no para ayudarla, sino para ridiculizarla de nuevo, para grabarse en el alma que ella era tan inútil como él afirmaba. Pero entonces, vio algo más. Un perro callejero, herido en una pata, se acercó cojeando, arrastrándose desde el borde del bosque. Koemi se levantó de inmediato, toda la frustración de su entrenamiento se desvaneció de su rostro. Se arrodilló, tomó suavemente al animal en sus brazos, y con una dulzura instintiva, comenzó a limpiar la herida con un pañuelo. Le susurraba palabras suaves, acariciándole el pelaje áspero. Esa bondad, esa delicadeza tan natural y desinteresada, era lo que él más detestaba de ella. Era la luz que exponía la podredumbre de su propia existencia, el ideal inalcanzable de lo que significaba la paz. —¡Maldita seas, Hyūga!— masculló Ryusei, con la voz rasposa, el odio y el deseo entrelazándose en un nudo doloroso. La katana en sus manos se sintió repentinamente demasiado pesada, demasiado real. Él era el heredero del clan Uchiha, el arma de su padre. Su destino era la oscuridad y la fuerza bruta. El odio y la atracción eran dos serpientes entrelazadas en su pecho, y su única solución era golpear más fuerte, hablar más feo, y forzar la distancia entre su brutalidad y la luminosidad de ese pequeño loto blanco. Ryusei desenfundó su katana con un sonido metálico que rasgó el silencio y cortó una rama de pino cercana con una velocidad supersónica, desahogando su tensión con un golpe limpio y violento. Tenía que matarla con palabras para que ella no lo matara a él con su inesperada, y peligrosa, bondad.

2 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (1)