Capítulo 1
25 de octubre de 2025, 10:37
—¿¡Por qué siempre crees que estoy en tu contra!? —chilló Mycroft.
Sherlock le miró con los ojos llenos de indignación. Su hermano había irrumpido en su apartamento aprovechando que John se había marchado y, durante la última hora, se había dedicado a verter sobre su mente una cantidad incalculable de reproches.
—Déjame pensar… —dijo, apoyando su dedo índice sobre el mentón con un falso aire pensativo—. ¿Por qué siempre lo estás, quizás? —espetó con frialdad, inclinando su cabeza con el ceño fruncido.
—¡Siempre te apoyo!
—¡Sí, claro! —gritó a su vez Sherlock—. El pie es lo que apoyas, ¡pero en mi cara!
Mycroft dio media vuelta, frustrado ante las hirientes palabras de su hermano menor.
—No me importaría probar eso.
La voz de Moriarty los sobresaltó. Los hermanos Holmes giraron la cabeza al unísono, sorprendidos ante su presencia. El criminal se encontraba recargado sobre el marco de la puerta abierta y los observaba con una sonrisa divertida.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, alterado, Mycroft.
—Quería saludar —respondió despreocupado Jim, acercándose con paso lento y calculado.
—Vete —ordenó con tono amenazador Mycroft—. Esto es una conversación privada y no te incumbe.
—No quita que esté entretenida —dijo Moriarty, deteniendo sus pasos a pocos metros de los hermanos y colocando las manos tras la espalda.
—Estoy hablando con el terco de mi hermano, lárgate —repitió el mayor de los Holmes, con un tono aún más contundente mientras levantaba su paraguas, apuntando directamente al criminal.
—¿Yo soy el terco? —intervino, molesto, Sherlock.
—Si lo eres Sherlock, siempre haces todo lo posible por enfadarme y llevarme la contraria —afirmó su hermano, sin dejar de apuntar a Moriarty.
—En eso tienes razón —admitió el menor y, con una sonrisa, se dirigió directamente hacia Jim.
El criminal se mantuvo en su puesto, decidido a no retroceder ante el avance, de intenciones impredecibles, del detective. Cuando quedaron frente a frente, Sherlock colocó sus manos en las mejillas de Moriarty y unió sus labios. Jim siguió los movimientos del detective, como si ya hubiera previsto aquella acción. Cuando se separaron su rostro tenía impresa una media sonrisa en la cara.
—Interesante —dijo, relamiéndose.
—¿¡Te has vuelto loco!? —gritó Mycroft, dejando caer su paraguas pero sin soltarlo.
—Ahora sí puedes decir que me gusta enfadarte —se burló el menor de los Holmes, arrastrando con la manga de su gabardina los restos de saliva que se habían quedado en sus labios.
—¡Me desesperas, Sherlock! ¡Me desesperas!
—Yo sigo pensando que no me importaría probar lo de que apoyen el pie en mi cabeza —repitió Moriarty, ahora con una sonrisa más amplia.
—¡Cállate! —ordenó Mycroft, apuntándole de nuevo con el paraguas, aún más nervioso.
—Al menos yo me he atrevido a hacer lo que tú siempre has querido —canturreó Sherlock, con una leve sonrisa en los labios.
—¡Tú también cállate! —chilló su hermano, al borde de un ataque de nervios.
—Siempre huyendo de las realidades —continuó Sherlock, caminando de vuelta junto a él—. Siempre negando los sentimientos…, y los instintos… ¿Quién es el terco? —susurró.
—Sherlock cállate… —exigió, notando como la tensión hacía que su mano armada temblara—, no sé de qué me estás hablando.
—Sí, sí lo sabes —el pequeño de los Holmes dio unos pasos hacia su hermano. Colocó su mano sobre el paraguas y le acercó la boca a la oreja—. Le deseas, siempre lo has hecho.
Mycroft apretó los labios y contempló al hombre frente a sí: Moriarty, aquel criminal tan desagradable que tantos dolores de cabeza y tantas erecciones le había provocado.
No era amor lo que sentía por él.
No, nunca lo había sido.
Era deseo.
Era el puro deseo de recorrer su cuerpo con la lengua y catar el dulce sabor de su piel. Desnudar cada parte de su ser y hacerle pagar por todas los orgasmos vacíos que había derramado en las madrugadas, soñando con que aquellas caderas rebotaran contra su pelvis.
Mycroft permitió que su hermano le arrebatara el paraguas de la mano y jadeó cuando Moriarty se acercó con paso calmado y seductor. Al llegar frente a él, no dudó un instante en abalanzarse sobre aquellos labios que tanto había deseado.
Esos labios que tantas veces había imaginado alrededor de su polla, ahora chocaban contra los suyos y se entreabrían para dejar el paso libre a su lengua. Mycroft lanzó su manos para que quedaran a ambos lados de la cabeza, mientras se atrevía a explorar, cada vez con mayor profundidad, la boca del criminal.
Cuando por fin se decidieron a separarse, ambos hombres jadearon tratando de recuperar el aire perdido. Moriarty le miraba con los ojos llenos de lujuria y aquella sonrisa tan característica impresa en su boca, ahora enrojecida por la presión.
—¿Quieres follarme, Mycroft?
Al político se le hizo la boca agua al instante. Era su fantasía más pervertida; deseaba que aquel hombre suplicara por su polla…, que suplicara por su orgasmo mientras se la metía.
—Sí… —confirmó, casi sin aliento.
—¿Podemos invitar a Sherlock? —preguntó el criminal y, girando su cabeza a un lado, añadió—. Creo que está un poco ansioso.
Mycroft siguió la mirada de Jim y encontró a Sherlock con los pantalones medio bajados y su erección tomada por la mano derecha.
—Pero Sherlock… —susurró Mycroft, sin procesar completamente la escena de su hermano masturbándose.
La rápida mano de Moriarty acalló sus palabras, agarrándole el mentón y empujando su cara de nuevo hacia el frente para unir con otro beso sus labios. El contacto, aunque irradiaba deseo y urgencia, también era dulce. Cuando Moriarty sintió que Mycroft seguía los movimientos de su boca, la abrió un poco para permitirle meter la lengua.
Al momento, la saliva de ambos se entremezcló, traspasando el sabor de un lado a otro, y las lenguas iniciaron una lucha potente por la dominación. Jim añadió los dientes a la acción, mordisequeándole con delicadeza el labio inferior.
De pronto, Mycroft sintió como las manos de Moriarty se deslizaban con suavidad por su pecho, de manera lenta, casi calculada y precisa, hasta llegar a su entrepierna. El toque lo sobresaltó, al igual que la acción que siguió después.
—No eres ningún ángel, ¿verdad, Mycroft? —dijo Jim, desabrochándole el pantalón y deslizando sus labios por el cuello—. No me gustan los ángeles.
El aire, cálido y suave, impactó contra su piel despertando por completo su erección.
—No, claro que no lo eres —continuó Moriarty sacando por fin el pene de Mycroft de su prisión de tela.
—Nunca lo ha sido —intervino Sherlock.
Sin que Mycroft se hubiera dado cuenta, su hermano se había colocado detrás de Jim, le había tomado por las caderas y ahora tenía la boca completamente hundida en el cuello del criminal. Moriarty gimió contra el cuello de Mycroft al tiempo que le acariciaba el glande.
—Pero a veces debes fingir que lo eres —susurró, ampliando la zona que su mano acariciaba hasta llegar a la base del pene—. Pero no te preocupes, te guardaremos el secreto…, será nuestro sucio secreto.
Un escalofrío le recorrió toda la espalda cuando la boca de Moriarty comenzó a mordisquearle el cuello con una reverencia y delicadeza que no creía posibles para el criminal. Mycroft deslizó sus manos para sujetarle por la cintura pero allí encontró las de Sherlock; a regañadientes, situó las manos encima de las de su hermano, quien no opuso la menor resistencia. De pronto, Jim se apartó dejando a Mycroft indefenso ante un intenso frío y vacío.
—No te preocupes —le susurró—, tan sólo quiero atender a tu hermano.
Dicho esto se giró con rapidez y tomó los labios de Sherlock en un apasionado e inesperado beso que dejó al detective sin la capacidad para reaccionar durante algunos segundos. Entonces Mycroft, llevado por el más puro instinto, tomó el puesto que hasta entonces había desempeñado su hermano, dando un pequeño paso hacia el frente y chupando y mordiendo cada tramo de piel desnuda que se le presentaba. Recorrió con su lengua el costado del cuello y sintió como el criminal temblaba bajo su toque mientras continuaba besando a su hermano.
Se enorgulleció mucho de haberle arrancado aquella reacción, pues era algo que siempre se había imaginado consiguiendo; aunque la realidad se le presentaba ahora mucho más bella que en sus fantasías. Le besó la mandíbula y pudo notar como esta se movía al compás de los besos. El juego de su lengua y sus labios se mantuvo por algunos segundos hasta que Moriarty volvió a detenerse.
Le había hecho lo mismo a ambos hermanos y estaba bien claro por la sonrisa que brillaba en su rostro que aquello le estaba gustando. Le conocían lo suficiente como para saber que todo lo que hacía estaba perfectamente planeado en su cabeza y que, lo más seguro, era que su objetivo fuera el de llevarles a ambos al límite.
Puede que incluso sintiera curiosidad sobre la capacidad que tenían para sorprenderle y romper con todos sus planes preestablecidos.
Jim se agachó, quedando de rodillas entre ellos, y tomó sus erecciones con las manos.
—Juntaos —dijo, casi como una petición más que como una orden.
Ninguno de los hermanos Holmes cuestionó la acción ni por un instante, dando al unísono un paso al frente que hizo que sus penes quedaran a pocos centímetros el uno del otro. Frente a esta nueva posición, Moriarty abrió la boca y sacó la lengua. Giró la cabeza hacia la izquierda y comenzó a lamer de manera superficial el glande de Mycroft hasta que éste emitió un gemido, momento en el cual, movió la cabeza de nuevo para hacer lo mismo con el pene de Sherlock.
De esta forma se mantuvo, intercalando sus insatisfactorias atenciones entre los hermanos, quienes daban pequeños empujones hacia delante cuando llegaba su turno en un desesperado intento por conseguir más de aquella boca. Era evidente que estaba disfrutando de aquello porque cada vez que alguno llevaba a cabo aquella estrategia, una pequeña y nada disimulada sonrisa le adornaba el rostro.
Tras algunos minutos soportando aquella tortura, Mycroft no pudo aguantar más: lanzó su mano derecha hacia adelante, agarrando un puñado de pelo de la nuca y evitó que Jim se alejara.
—¡Eh! —gruño Sherlock.
—Lo siento, Sherly —dijo con un tono divertido Moriarty—. Tu hermano ha estado mucho más listo que tú.
—Yo siempre soy el más listo… —se burló Mycroft antes de que sus palabras quedarán consumidas por un fuerte gemido cuando Jim se metió de golpe toda su polla en la boca.
El mayor de los Holmes dejó caer su cabeza hacia atrás mientras sus pulmones intentaban hacer frente a aquel movimiento tan inesperado que les había dejado sin aliento. Sherlock, por su parte, tuvo que soportar la visión de su hermano recibiendo aquel trato tan espectacular, con la cabeza del criminal balanceándose hacia delante y hacia atrás humedeciendo su polla, mientras él tenía que conformarse con las suaves caricias que de vez en cuando le proporcionaba Jim a modo de “recompensa”.
Pero aquello no era suficiente. No era suficiente cuando su polla se estaba ahogando en líquido preseminal. No, claro que no, alguien debía limpiar aquello. Con estos pensamientos rondando por su cabeza, decidió que hacer: agarró por el mentón a Jim y le obligó a separarse de su hermano, que soltó un bufido cuando sintió el cálido aliento del otro alejándose. Cuando se recompuso y volvió a mirar al frente pudo ver que Jim se encontraba bajo el control de su hermano.
—¿Pero qué crees que haces? —preguntó visiblemente enfadado.
Sherlock dio la primera estocada, comenzando a follar la boca de Moriarty y, con una sonrisa altiva, respondió:
—Ser más listo que tú, hermano.
A una nueva estocada le siguió la siguiente y la siguiente, y con cada nuevo golpe la paciencia de Mycroft iba desapareciendo.
—¿Esta será una de nuestras competiciones infantiles? —cuestionó y, ante la media sonrisa de su hermano, añadió—. ¿No te parece que no es el momento?
—¿Tienes miedo de que Jim elija solo follar conmigo? —le preguntó Sherlock, enarcando una ceja con gesto desafiante y dejando escapar un nuevo gemido cuando su polla se hundió en la garganta del criminal.
—Por Dios —suspiró Mycroft, ocultando cuanto pudo sus evidentes ganas de reír—. Poseo muchas más habilidades que tú para satisfacer a Jim.
—No es a mi a quien tienes que demostrárselo.
La vista de Mycroft bajó inmediatamente para contemplar a Moriarty encajándose la longitud de Sherlock cada vez más profundo en su boca, tal y como había hecho momentos antes con él.
—Detente, Jim —ordenó, con voz severa.
Moriarty vaciló un segundo antes de continuar, con renovado interés, su tarea. Sherlock dejó escapar una risita que se entremezcló con pequeños gemidos y gruñidos satisfechos.
—¿Y tú eres el listo?
—Si, yo soy el listo —dijo Mycroft apretando los dientes.
—Pues demuéstralo.
Con rabia, Mycroft volvió a tirar del pelo de Jim, alejándole con éxito de su hermano.
—¿Te has dado cuenta de dónde estaba el error? —murmuró Moriarty con aire seductor. Su cabeza estaba echada hacia atrás siguiendo la dirección marcada por la mano de Mycroft y exponiendo en su plenitud la piel de su cuello, blanca y suave, completamente irresistible bajo la mirada de los hermanos—. La razón por la que no te he obedecido —puntualizó, con una sonrisa divertida.
Mycroft tiró un poco más del pelo llevando su cuerpo al extremo del estiramiento posible. Luego, se agachó hacia adelante todo lo que pudo y susurró:
—Porque tú no haces caso a nadie, necesitas que te obliguen a hacer las cosas para que te comportes.
—Podrás imaginar cuanto me querían mis profesores —sonrió sarcásticamente Moriarty.
—No me sorprende, pero yo te puedo asegurar que nos obedecerás —dijo Mycroft, con un tono que oscilaba entre la amenaza y el deseo.
—Demuéstralo, Hombre de Hielo —desafió el criminal.
Mycroft esbozó una media sonrisa divertida, y apartó la vista, dirigiéndola ahora hacia su hermano, quien había contemplado la escena con curiosidad.
—¿Hermano? —le llamó. Sherlock entrecerró los ojos, tratando de descubrir cuál era el plan a seguir a continuación—. ¿Estás dispuesto a trabajar conmigo por una vez en lugar de en mi contra?
—¡Eh! —exclamó ofendido Sherlock.
—Por favor, Sherlock, cíñete a responder la pregunta —le cortó de inmediato Mycroft y, tomando con su mano libre el mentón de Jim, añadió—. Tenemos asuntos más urgentes que atender que nuestras peleas infantiles.
Sherlock vaciló por unos segundos. Sus ojos comenzaron a rodar entre su hermano y Jim, que seguía de rodillas con ambos penes sujetos como podía en las manos, la cabeza echada hacia atrás en una posición que parecía muy incómoda y una sonrisa condescendiente en los labios. Era evidente que estaba disfrutando de aquello. Poseer a los dos hermanos, obligarles por medio de la lujuria a participar en un juego sucio con él como centro de sus atenciones…, resultaba mucho más excitante de lo que Sherlock hubiera imaginado nunca.
Al fin, tomó una decisión.
—Estoy de acuerdo.
Mycroft levantó la barbilla con orgullo.
—Bien, ¿podrías sujetar a Jim un momento?
El detective asintió y, en cuanto soltó a Moriarty, le atrapó por el pelo y el mentón, tal y como había hecho Mycroft. Entonces, su hermano comenzó a aflojarse la corbata con una mano mientras que con la otra apartaba la mano de Jim de su pene. Ante esto, Sherlock quitó la mano que sujetaba la cara de Moriarty y liberó su propio pene del agarre antes de devolverla a su sitio.
La sonrisa de Jim se amplió al momento. Mycroft, por su parte, ya había conseguido quitarse la corbata y la sostenía en sus manos con aire malicioso. Dio unos pasos hacia un lado, rodeando a Moriarty hasta colocarse detrás de él y se puso de rodillas. Sus manos volaron ágiles y veloces, despojando del abrigo y la camisa al criminal y atrapando sus muñecas para comenzar a enredarlas con un fuerte nudo de la tela.
—Ya está —dijo con tono triunfal cuando terminó. Miró a su hermano por unos instantes antes de añadir—. ¿Listo para seguir órdenes, Jim?
Sherlock le miró asombrado. Le resultaba increíble ver a Mycroft en aquel estado, la misma persona recta y fría con la que acostumbraba a competir, y que apenas unos minutos antes se había mostrado tan desconcertada con la situación, era ahora la que parecía manejar todos los hilos que rodeaban el entorno. No era de extrañar que contara con la confianza de los altos cargos ingleses (incluyendo a la propia reina) para ocuparse de los intereses del país; siempre estaba a la altura, aunque los nervios pudieran traicionarlo por unos segundos.
Jim no contestó a la pregunta.
—Me lo voy a tomar como un sí —habló Mycroft con un tono divertido y, clavando ahora la mirada en su hermano, dijo—. Llevémoslo a la habitación, podremos jugar mejor allí.
Sherlock asintió y ambos se abalanzaron sobre Moriarty para ponerlo de pie. No hubo resistencia por parte del criminal cuando esto sucedió ni cuando los hermanos le dirigieron por el pasillo hasta la habitación de Sherlock. Cuando por fin llegaron allí, ambos se miraron por unos segundos, asintieron y lanzaron boca abajo a Jim sobre un lateral del colchón.
—Quieto —ordenó Mycroft, apoyándose en la cama para desabrocharle los pantalones.
Sherlock le imitó, levantándole las caderas para facilitar la tarea a su hermano. Jim, por su parte, tuvo que morderse el interior de la mejilla para evitar reírse; no quería por nada del mundo que los hermanos pensaran que se estaba burlando de ellos y dieran por finalizado el encuentro.
No, no iba a salir de Baker Street sin que los dos hermanos Holmes lo follaran. Era su fantasía, el culmen de sus delirios, de sus orgasmos soñados y la obra maestra de su perversión.
Los pantalones de su traje fueron alejados de su cuerpo con extraordinaria rapidez y seguidos con la misma prisa por su ropa interior. Ambas prendas fueron lanzadas hacia algún lugar de la habitación que, debido a su posición, no pudo identificar. Su pene semi duro chocó con suavidad sobre las sábanas cuando Sherlock se decidió a soltarlo y tuvo que reprimir el impulso de frotarse para aliviar la tensión que la excitación estaba propagando en su piel.
Sin apartar la vista de aquel cuerpo desnudo y resplandeciente, Mycroft comenzó a quitarse cada capa de ropa que aún cubría su cuerpo. Sherlock le imitó con gusto, deseoso de avanzar en los acontecimientos presentes y tomar el cuerpo que tan generosamente se presentaba ante él.
—Pongámosle de manera vertical —dijo Mycroft, dirigiendo la vista hacia su hermano, cuando este se hubo desprendido de toda la ropa—, estaremos más cómodos y podremos comenzar a prepararle.
—Parece que lo tienes todo controlado —le respondió Sherlock en un evidente tono de burla—, ¿Cuántas veces has hecho esto?
—El único virgen aquí eres tú, Sherlock —contraatacó el mayor.
Sherlock frunció el ceño, observando como los labios de su hermano se curvaban en una sonrisa irónica y condescendiente.
—Sabes perfectamente que no soy virgen…
—No es a mi a quien tienes que demostrárselo… —remató Mycroft, usando las mismas palabras que Sherlock había usado minutos antes mientras discutían.
Ambos se miraron por unos instantes, tras los cuales, tal y como si en sus miradas hubieran leído la importancia de dejar para otro momento sus riñas fraternales, giraron su cabeza para dirigir la atención a Jim. La débil y fría luz que entraba por la ventana hacía resplandecer con un brillo especial la piel blanca y lisa del criminal, dotándola de un aura sobrenatural que les hizo estremecerse. Mycroft se inclinó sobre la mesilla de noche, en la cual descansaba una pequeña lamparita con una pantalla en forma de cono que, tras ser encendida, emitió un tenue y amarillenta luz que iluminó parcialmente la cama.
—Sherlock —llamó.
El detective le dirigió una mirada y su hermano señaló con la cabeza el otro extremo de la cama. Sherlock asintió, comprendiendo a la perfección el plan, y comenzó a caminar alrededor de la misma, hasta llegar al lugar indicado. Mycoft le miró con satisfacción.
—Podríamos atarle las manos al cabecero —sugirió con picardía, tomando el brazo izquierdo de Moriarty para comenzar a tirar de él y, con la ayuda de Sherlock, tumbarle a lo largo del colchón.
—Estoy de acuerdo —respondió Sherlock, con el brillo de la lujuria parpadeando en su mirada.
Mycroft sonrió y se dejó caer a un lado del criminal.
—¿Qué te parece la idea a ti, Jim?
Moriarty, quien tan solo se había limitado a escuchar y observar lo que ocurría a su alrededor con satisfacción, sonrió ante la propuesta del mayor de los Holmes, pero no dijo ni una palabra. En respuesta a su silencio, Mycroft enredó los dedos en el pelo del otro y tiró con suavidad, doblándole el cuello hacia él.
—Vas a tener que ser un poco más expresivo, Jim —insistió—. Será más divertido si colaboras con la acción, al menos por ahora… —el deseo chispeó en sus ojos—, ya tendremos tiempo de hacerte suplicar.
—Más te vale atarme bien, Hombre de Hielo, soy bueno con las esposas —respondió con ademán desafiante Moriarty.
Mycroft sonrió complacido ante aquella muestra de consentimiento.
—Tráelas —dijo, dirigiéndose ahora a su hermano. Sherlock le miró enarcando una ceja—. Sé que guardas dos pares en la cocina que le robaste a Lestrade.
—Un día entraré en tu oficina para saber dónde guardas el resto de cámaras —respondió Sherlock enfurruñado, caminando hacia la puerta.
—Te aseguro que mantienes una privacidad privilegiada.
—¿Con respecto a quién?
—Con respecto a los presos con libertad condicional —se burló Mycroft.
Sherlock bufó con fastidio, saliendo de la habitación.
—Una hermosa relación de hermanos —habló Moriarty, con un tono divertido.
—Eso mismo es lo que nos permite hacer esto juntos —le respondió Mycroft.
Antes de que el criminal pudiera decir algo más, Sherlock volvió a entrar por la puerta, jugueteando con las esposas de metal en las manos. Le dio un par a su hermano y regresó a su puesto en el otro extremo de la cama.
—¿Tanto miedo tenéis de lo que os pueda hacer que sentís la necesidad de atarme? —se burló el criminal, cuando sus manos se vieron libres de la corbata, solo para que segundos después fueran atrapadas por las manos de los hermanos y esposadas en los barrotes del cabecero de la cama, separadas por pocos centímetros.
—¿Acaso te molesta estar atado? —cuestionó Sherlock, esbozando una sonrisa pícara.
Como única respuesta, Moriarty giró la cabeza y le miró de arriba abajo, manteniendo en su cara una expresión cómoda y serena, además de juguetona y divertida.
—Sherlock, será mejor que comencemos a prepararlo —habló Mycroft, atrayendo la atención de su hermano—. No me gustaría en lo absoluto que se hiciera daño y no podamos finalizar…, nuestros pequeños juegos.
Sherlock amplió más su sonrisa antes de agacharse, siendo secundado por Mycroft, para ayudar al criminal a doblar sus rodillas hacia arriba, permitiendo que su entrada quedara más al alcance de ambos. En un movimiento impulsivo e irracional, Sherlock movió una mano para acariciar muy suavemente el agujero rosado de Jim.
—Alto, querido hermano —dijo tajante Mycroft—. Ni se te ocurra meter un dedo antes de que lo lubriquemos o le harás daño…
—Oh, no le hagas caso a tu hermano, Sherly —le interrumpió Moriarty—. Estoy más que acostumbrado a estas actividades —sonrió con picardía—, puedes meterlo.
Mycroft se lanzó para agarrar la muñeca de su hermano, alejándola del cuerpo del criminal antes de volver a hablar:
—La extensa actividad sexual tan solo permite una dilatación más fácil pero en ningún caso permite prescindir del lubricante, Sherlock.
—Estoy de acuerdo en usarlo si eso facilita las cosas —fue la respuesta del detective.
Con esa satisfactoria respuesta, Mycroft le soltó y se dio media vuelta para abrir el cajoncito de la mesilla de noche que tenía a su lado, lo abrió y extrajo un recipiente cilíndrico que contenía una espesa sustancia. Sherlock no se molestó en preguntar cómo sabía su hermano que aquello se encontraba allí; sabía que Mycroft no había colocado cámaras en su habitación porque había buscado por todas partes alguno de esos dispositivos sin éxito, pero también era consciente de que su hermano veía en las visitas secretas una forma de solventar esa falta de información.
—Estás en lo correcto —dijo Mycroft, apretando el bote de lubricante sobre sus dedos, dejando caer una buena cantidad del mismo. Sherlock le miró a los ojos, comprendiendo que había ido siguiendo cada fase de su línea de pensamiento desde el momento en que había extraído el objeto del cajón—. Sabes que lo hago por tu bien —añadió, tendiéndole la botella abierta.
Sherlock la tomó haciendo una mueca descontenta. Mientras se untaba el lubricante sobre la palma de la mano, Mycroft rodeó la cama y la escaló para situarse entre las piernas de Jim, quien había mantenido la posición y ahora miraba con ansia la mano brillante del otro hombre. El funcionario acercó un dedo y, tras juguetear un poco con los alrededores del apretado y rosado agujero, por fin se decidió a ejercer presión sobre el mismo, penetrando poco a poco.
Moriarty siguió el recorrido de aquel dedo inhalando y exhalando con calma, tratando de relajarse lo máximo posible para que no hubiera complicaciones. Cuando Mycroft notó la estabilización en la respiración del otro, se atrevió a sacar el dedo y a moverlo con mayor fluidez dentro y fuera, arrancando algunos suspiros entrecortados al criminal que rápidamente se vieron intensificados cuando decidió meter el segundo dedo.
Mientras él seguía dilatándole, Sherlock se acercó y posó su mano sobre el miembro semi erecto de Jim, quien inmediatamente después comenzó a retorcerse y tuvo que ser detenido por la mano del detective, la cual le agarró por el cuello con un afán dominante y salvaje.
—¡Quieto! —le ordenó con aire autoritario.
Antes de que pudiera decir nada, y como resultado de una breve mirada que apenas pudo percibir entre los hermanos, ambos se entregaron a la tarea (sin dejar de dilatarlo y masturbarlo) de llenarlo de besos y mordiscos.
Sherlock se divertía intercalando ritmos suaves y rápidos en el movimiento de su mano que sujetaba el pene del criminal y deslizaba sus labios y lengua por la línea del abdomen y las costillas, recreándose en aquellos puntos que detectaba como los más sensibles. Encontró especialmente interesante la reacción de Jim cuando le succionaba los pezones o le lamía a la altura de los huesos de la cadera, porque eran precisamente esos gestos los que parecían avivar más sus ganas de retorcerse y le ofrecían la posibilidad de apretarle más el cuello, mostrándole así el poder que podía ejercer sobre él.
Por otra parte, Mycroft se entretenía metiendo sus ahora tres dedos, con firmeza y profundidad, tratando de alcanzar el mayor número de veces la próstata mientras que empleaba la boca para recorrer los preciosos y suaves muslos del criminal. Se había vuelto una verdadera adicción notar como, en las crueles ocasiones que se decidía a acercar su lengua hacia la ingle, casi alcanzando sus testículos, temblaba como un acto reflejo de lo que presentía que iba a pasar, solo para detenerse abruptamente cuando el funcionario regresaba sobre sus pasos y comenzaba a besar otra zona.
—Tu culo está muy apretado… —observó Mycroft, mientras el criminal tiraba de sus ataduras—. ¿Debo asumir que nunca te preparas bien antes de acostarte con alguien?
—M-me gusta que duela —respondió con dificultad Jim.
Su mente vagaba entre las múltiples sensaciones que los hermanos, a base de saliva, lubricante, besos, mordiscos suaves y el calor de sus alientos, estaban descargando sobre su cuerpo. Por una vez, quizá la primera en su vida, parecía sentirse libre. Y, aunque nunca le había hecho gracia la idea de perder el control, estaba disfrutando de habérselo entregado a los hermanos Holmes.
No sabía porque confiaba en ellos.
Quizás fuera porque ellos tenían tanto que perder como él si alguien se enteraba de lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación o tal vez fuera porque sabía que los tres eran iguales: genios que podían leerse entre sí y comprenderse. Pero, fuera cual fuera el motivo, podía asegurar que ellos tres amaban lo que estaban haciendo y no deseaban otra cosa a parte de continuar.
—Tendrás que disculpar entonces que prescindamos hoy de la sangre, creo que mi hermano estará de acuerdo en que queremos escucharte gemir nuestros nombres sin ningún dolor de por medio —dijo, empujando más profundo los dedos—, hace que todo desafine.
Jim echó la cabeza hacia atrás, apretándola contra la almohada mientras su boca dejaba escapar un fuerte gemido de placer, provocado por la nueva penetración. Su frente y su pecho brillaban con intensidad bajo la tenue luz de la lámpara, y sus músculos temblaban ligeramente ante las sensaciones de placer que lo recorrían.
Pero aquello no era suficiente.
No
todavía
.
—Sherlock —habló Mycroft, atrayendo de inmediato la atención de su pequeño hermano— Está listo —anunció.
Acto seguido, sacó con lentitud los tres dedos, se colocó sobre sus rodillas y se arrastró entre las piernas abiertas del criminal, sujetando con firmeza su pene erecto.
—¿Y por qué se supone que vas a empezar tú? —protestó Sherlock.
—Porque soy el hermano mayor, el más listo y porque tú le reventarías con embestidas descontroladas…
—No suena mal —interrumpió Jim, mostrando en su boca una sonrisa burlona.
—... e insatisfactorias —agregó Mycroft con ademán tajante. Luego, observando con firmeza a su hermano volvió a hablar—. Sherlock, tengo mucha más experiencia en esto y, además, no debes olvidar que técnicamente estás aquí porque yo he permitido que te invitemos a esto, así que yo voy a empezar —sentenció.
Los hermanos se observaron por unos segundos, calibrando las posibles oportunidades que podrían utilizar entre ellos para atacarse y defenderse hasta que, de pronto, Sherlock apartó la vista.
—Pero me quedo con su boca —exigió con aburrimiento.
—Por mi bien —respondió Mycroft y luego, señalando al criminal, añadió—. Aunque tendrás que preguntar a Jim que le parece.
—¿Y tú no le vas a preguntar a Jim si está de acuerdo en que tú te lo folles? —escupió el detective, claramente envenenado por la envidia.
Mycroft puso los ojos en blanco antes de mirar directamente a Moriarty.
—¿Jim? —preguntó con curiosidad.
Los ojos del criminal brillaron con picardía mientras se mordía el labio juguetonamente.
—Veamos qué tienes, Hombre de Hielo —respondió.
—Bien —asintió Mycroft. Observó una vez más y, con un tono provocativo, declaró—. Te voy a enseñar como se somete a alguien y se folla, querido hermano, espero que estés atento a la lección.
Sherlock soltó un bufido molesto que le hizo sonreír, pero no podía entretenerse más en una charla con su hermano.
Tenía un asunto muy importante que atender.
Se dejó caer hacia adelante, apoyando una de sus manos en el colchón, junto a las costillas de Jim, y manteniendo la otra en su pene. Con un movimiento suave y relajado se inclinó hacia el cuerpo del criminal, haciéndose consciente del calor que la excitación le estaba llevando a desprender.
—Dime Jim —susurró, antes de comenzar a besarle el cuello—. ¿Quieres ser follado?
Una descarga de placer recorrió el cuerpo de Moriarty cuando la boca de Mycroft comenzó a abrirse paso por toda su piel, sin dejar un solo tramo por explorar. Apretó los dientes y tiró con fuerza de sus ataduras en un intento inútil por controlar sus gemidos.
Se retorcía de un lado a otro pero Mycroft, al contrario que Sherlock, le dejaba actuar libremente; para él aquella actitud tenía un significado más importante que el de la rebeldía, pues le permitía demostrar cuán poco servía la resistencia. Mycroft estaba al mando, y no importaba cuanto luchara el criminal contra sus ataques, siempre encontraría la forma de vencerle.
—Hay que ver, Jim —habló Mycroft, dirigiendo sus atenciones hacia el otro lado del cuello—. Te has despeinado.
Aquello no era solo una burla sino un mensaje, y Jim sabía perfectamente lo que pretendía: hacerle consciente de su sudor, de la maraña de pelo que alguna vez había estado perfectamente peinada y engominada, de sus respiraciones entrecortadas, de sus gemidos y de los movimientos involuntarios que su cuerpo realizaba con cada golpe de aquella boca sobre su piel sensible.
—Yo no me someto, Hombre de Hielo —trató de decir Jim pero, lejos de la voz serena y firme que había querido formular, su garganta propulsó un fino hilo de voz, roto e interrumpido por sus propios gemidos.
Mycroft alzó la cabeza, colocándose cara a cara con el criminal. Los ojos entrecerrados y marrones como el chocolate se encontraron con los ojos azules y fríos del funcionario. El cálido aliento le anunció que sus labios se encontraban a pocos centímetros de distancia el uno del otro.
—No hace falta que lo hagas —susurró Mycroft, acercando un poco más sus propios labios—. Ya estás sometido, Jim.
Yo
te he sometido —proclamó con seguridad e, ignorando el carraspeó desafiante de Sherlock, continuó—. Pero esa no ha sido mi pregunta.
Tras estas palabras, empujó hacia adelante su pelvis, haciendo chocar la cabeza de su pene contra el anillo sonrojado de nervios en el que se había convertido su ano. Sin embargo, no entró, y Moriarty pudo sentir cómo su cuerpo se contraía levemente contra el aire, como si ansiara atrapar aquel pene dentro de sus entrañas.
—Yo también lo estoy notando, Jim —volvió a hablar Mycroft. Luego, colocó su boca junto al oído del otro y susurró—. No me obligues a hacerte responder a la pregunta.
Jim sabía que estaba perdido. El calor de su cuerpo le estaba asfixiando y sus instintos más primarios habían desterrado cualquier signo de cordura, gritándole que aceptara cualquier cosa a cambio de verse liberado de la tensión que primaba en sus nervios. Sin embargo, una última chispa de desafió brilló en el centro de sus pupilas:
—Joder, te juro que como no la metas…
Inmediatamente, Mycroft empujó la cabeza de su pene dentro de él, arrancándole un jadeo.
—No estoy escuchando una respuesta… —canturreó, ignorando el temblor de sus propios músculos.
Jim jadeó con fuerza, una y otra vez, tratando de recuperar el aliento. Había cerrado los ojos instintivamente pero aún podía notar el aliento cálido de Mycroft junto a su oreja, expectante.
—Por favor… —gimió al fin—. Por favor, Mycroft…
Mycroft esbozó una sonrisa complacida.
—Buen chico —le dijo, besándole la mandíbula.
Acto seguido, y tras recuperar parte de la fuerza en sus brazos, se recolocó para poder volver a mirar directamente a los ojos del criminal. Sus ojos estaban brillantes por las lágrimas de placer y su rostro se hallaba engullido por el enrojecimiento de la excitación y la lujuria.
Pero había algo más.
—Nunca te ha gustado perder, ¿verdad? —proclamó Mycroft, empujando la pelvis hacia adelante, penetrándolo en un ritmo lento y constante.
Esta vez, Jim no rompió el contacto visual. Lo habían descubierto. Era evidente que Mycroft había podido leer en sus expresiones el intento por mantenerse sereno, de desafiarlo aunque era claro quién tenía el poder.
—No se me da bien perder —respondió con una sonrisa felina.
De pronto, sus piernas se enredaron alrededor de las caderas de Mycroft y las apretaron hacía sí mismo, encajándose de una estocada toda la erección. Tiró con fuerza de las esposas, haciendo crujir la madera del cabecero mientras un gemido se abría paso entre sus dientes apretados. Mycroft tardó tan sólo un par de segundos en reaccionar, ganando a las debilitadas y temblorosas piernas de Moriarty en fuerza, consiguió extraer una buena parte de su pene.
—¡Jim! —jadeó entrecortadamente, recuperándose de la sensación y reprimiendo el instinto de hundirse en lo más profundo de aquel cuerpo.
—Muy inteligente, Mycroft —se burló Sherlock, quien había contemplado la escena.
—¡Cállate! —exclamó su hermano. Luego, miró de nuevo a Moriarty con un gesto más firme y añadió—. Hermano mío, parece que nuestro querido Jim pretendía regañarme por excluirte del juego.
—N-no acostumbras…, ah…, a ser tan descortés, Mycroft —tartamudeó el criminal con dificultad—. No es adecuado dejar a Sherly fuera de esto.
—Tu cállate también —espetó Mycroft, empujando un poco hacia adentro.
Jim volvió a apretar la cabeza contra la almohada para tratar de amortiguar el placer.
—Querido hermano, parece que vas a tener que intervenir —dijo Mycroft, dirigiéndose a Sherlock, que lo observaba con curiosidad—. A ver si eres capaz de hacer que se quede quieto —añadió, señalando con la cabeza al criminal.
Moriarty sonrió, manteniendo sus ojos cerrados mientras dejaba que su cuerpo se contrajera con anhelo sobre la polla que lo penetraba. Sherlock asintió ante aquella propuesta y subió a la cama. Se situó de rodillas junto al lateral de la cabeza de Jim, y se dejó caer hacia adelante para que sus manos estuvieran a la misma altura pero en el lado contrario; de esta forma, su pene erecto quedaba colgando justo sobre la cabeza del otro hombre.
—Abre la boca —ordenó, comenzando a tensar su musculatura para que esta le permitiera caer hacia abajo.
Jim obedeció, y el pene de Sherlock comenzó a entrar en su boca con suavidad y lentitud.
—Me sorprendes Sherlock —dijo Mycroft, quien se hallaba a pocos centímetros de las costillas de su hermano—. No creí que fueras capaz de controlarte.
—Pues deja de sorprenderte y de…, ah…, creer cosas o Jim terminará pidiéndome que yo lo folle… —respondió con condescendencia Sherlock, empujando nuevamente su polla contra la garganta de Moriarty.
Mycroft puso los ojos en blanco.
Luego, volvió a concentrarse en su propia tarea, balanceando la pelvis para entrar poco a poco en aquel cuerpo que tanto tiempo había deseado. Los gemidos de Jim se escucharon por encima de los leves chasquidos que hacía su saliva al chocar contra la polla de Sherlock.
—Mycroft, si no le das más fuerte —se burló Sherlock, encajado una firme estocada—. Jim podría dormirse.
El funcionario sonrió ante la ocurrencia de su hermano que, como él, estaba escuchando perfectamente los gemidos deseosos y desesperados del criminal. Atendiendo a aquellos anhelos silenciosos, comenzó a aumentar la velocidad y la profundidad de sus embestidas. Las esposas de metal rebotaban con fuerza, haciendo crujir la madera del cabecero y los jadeos de los tres hombres empapaban el aire con lujuria.
Era un acto sucio.
Dos hermanos y el criminal más poderoso y peligroso del mundo.
Un acto deleznable.
Un acto odioso.
Pero también un acto en el que la pasión y la indiferencia ante la opinión ajena reinaban.
Nada importaba. Ni lo que el mundo dijera o pensara, ni lo que pudiera pasar luego; en aquel preciso instante, la única verdad era que estaban ardiendo juntos.
Las embestidas de los Holmes penetraban ahora el cuerpo de Jim con violencia y deseo, embriagados por las placenteras sensaciones que aquel cuerpo les ofrecía. Jim, por su parte, temblaba sin ningún control, incapaz de procesar todas las increíbles sensaciones que arremetían contra su cuerpo y le acercaban poco a poco al punto de no retorno.
En un acto de maldad y misericordia, Mycroft tomó todas sus fuerzas para sujetar el miembro endurecido y adolorido de Jim, y comenzó a masturbarlo. Un gemido de alivio escapó de los labios del criminal.
—M-Mycroft —gruñó de pronto Sherlock, casi sin fuerzas—. No puedo más…
—Baja la velocidad —le recomendó su hermano—, Jim va primero.
A regañadientes, Sherlock frenó sus estocadas y permitió que por unos segundos, que parecieron una eternidad, Mycroft fuera el encargado de dominar el cuerpo de Jim casi en su totalidad, arrastrándole al borde.
—¡Sigue! —le gritó Mycroft, tras reconocer el temblor en las piernas y pelvis de Jim, que anunciaban la llegada del orgasmo.
Sherlock aceleró inmediatamente sus embestidas, atacando con fuerza la boca de Jim mientras sentía como un hormigueo trepaba por su pelvis.
Tal y como su hermano había previsto, Moriarty se corrió a los pocos segundos, emitiendo un gemido gutural que demostraba cuán intensa era la sensación que lo envolvía.
Casi al mismo tiempo, de una forma que cualquiera pensaría coordinada, los hermanos Holmes llenaron la boca y el culo del criminal, dejando escapar una oleada de gemidos y jadeos que flotaron por la habitación.
—J-joder —dijo Sherlock, saliendo de la boca de Jim para dejarlo respirar.
Un hilo de su propio semen escapó de la comisura de sus labios.
—P-puedes escupirlo —ofreció Mycroft, haciendo un gran esfuerzo para salir.
—Ya no —respondió divertido Jim. Luego, dirigiéndose a Sherlock bromeó—. Estaba bueno…, ¿Piña?
A pesar de sus intentos por mostrarse sereno era evidente, por los gestos de su cara y por el temblor de su voz y su cuerpo, que la fuerza del orgasmo había terminado casi con todas su fuerzas.
Mycroft negó con la cabeza.
—Voy a limpiarle —dijo, señalando el culo de Moriarty que había dejado escapar, en el curso de las contracciones que acompañan al orgasmo, semen—. Tú quítale las esposas.
Pasados algunos minutos, después de que Mycroft le lavara lo mejor que pudo con una toalla húmeda y Sherlock le liberara de sus ataduras, los tres hombres reposaban tumbados en la cama, aún desnudos. Jim se encontraba entre los hermanos Holmes, que lo abrazaban con cansancio.
—Podríamos repetir esto —propuso con voz suave.
—Estoy de acuerdo —respondieron al unísono los Holmes, lo que provocó una pequeña risilla de Moriarty.