00000000
Pese a las circunstancias, por fin Daisuke Motomiya había tenido unos días tranquilos. No había salido de su casa desde que su padre se lo llevara de la sala de prensa, pero había decidido abandonar su confinamiento para dar un paseo. Cuando abrió las puertas que separaba la propiedad de la calle, se encontró a Takeru Takaishi allí plantado. –¿Te rindes, por fin? –preguntó Takeru. –¿Rendirme? ¿Qué quieres decir? No hay herida de arma blanca en Ichijouji, y por lo tanto, no hay prueba de que lo haya apuñalado. –dijo Daisuke, que parecía que no había perdido ni un ápice de su chulería. –¿Y la culpa desaparece igual que desapareció la herida? –preguntó Takeru –No sólo hablo de Ken. También hiciste daño a Hikari y a su madre. Daisuke no quería escuchar más y comenzó a andar pasando de Takeru, pero él lo detuvo y le puso una mano en el cuello, al igual que hizo en el carguero cuando fingieron su muerte. –¿Qué pensaste cuando creías que estabas a punto de morir? –preguntó Takeru. Daisuke se removió incómodo reviviendo aquel momento. –Recuerda ese sentimiento. Si pones un dedo encima a las Kamiya, te mataré de verdad. Takeru soltó a Daisuke y este se llevo la mano al cuello. –Debes expiar tus crímenes. –terminó de decir Takeru. –Lo mismo te digo, ¿o acaso olvidas lo que has hecho con esa mano? –contraatacó Daisuke. –Y lo haré… a mi manera. Desde la puerta de la vivienda, Daigo no perdió detalle de aquella escena.00000000
En el jardín de la casa frente al mar en la que se refugiaba Yamato bajo la protección de Sora, estaba Yamato tomando un té tranquilamente mientras la detective llamaba a su hija. –Te llamaré mañana por la mañana. –dijo Sora antes de colgar. –Acuérdate de tomar tus medicinas. –Sí. –dijo Aiko mientras Jou cortaba algunos ingredientes para la cena. –Vuelve pronto. –Sí, cariño. Adiós. –dijo Sora. Entonces vio cómo un pequeño pajarito se posó en la mano de Yamato. –Me pregunto por qué desde siempre las aves se acercan a mí. –dijo Yamato mirando al pequeño animal. –A diferencia de lo humanos, no piden nada. –¿Por qué utilizaste tu poder enfrente de todos? –preguntó Sora con curiosidad. –Sabías que causarías una conmoción en la sociedad. –Si todo el mundo conoce mi poder, nadie pensará en monopolizarlo. –contestó Yamato. –¿Me estás diciendo que lo hiciste para protegernos a todos? –preguntó Sora. –Simplemente no quiero que me utilicen más. –dijo él sin quitar su vista de su mano. Entonces, estiró el brazo para que el pajarito emprendiera el vuelo, deseando ser ese pajarito.00000000
Takeru acudió aquella noche al hospital para acompañar a Hikari a la azotea, junto con otros pacientes y familiares para poder ver los fuegos artificiales que solían tirar en la época veraniega. –Ojalá mamá pudiera ver esto. –dijo Hikari mirando los fuegos. –Cuando era pequeña, mi padre, mi madre y yo íbamos juntos a ver los fuegos artificiales, pescábamos pececillos, jugábamos a juegos de tiro en puestos de la feria y comíamos algodón de azúcar. Hasta que un día, mi padre nos dejó. Ni si quiera me acuerdo de su cara. La empresa de mi padre no funcionaba muy bien y no quería que asumiéramos sus deudas. Me lo explicó mi madre el otro día. Pero como todavía era una niña, pensé que nos había abandonado. Para mí fue muy triste. El cielo dejó de estar iluminado, y al igual que se apagó el cielo, también el ruido de la pólvora. –Parece que ya han terminado los fuegos. La felicidad desaparece en un instante. –dijo Hikari, que no se refería precisamente a los fuegos. –Lo que me importa, desaparece ante mis ojos. De repente, se escuchó una fuerte explosión a unas calles del hospital. Al estar en la azotea, tanto Takeru como Hikari podían ver la llamarada de fuego.00000000
Eran las nueve de la noche cuando la comisaría de policía recibió una llamada en la que había tenido lugar una explosión en un edificio. Según aquella llamada, la explosión tuvo lugar en el tejado y se barajaba la posibilidad de que fuera un ataque terrorista. –¿Por qué tenemos que lidiar con estas cosas cuando estamos tan cortos de personal? –se preguntó Kyotaro Imuna. En poco tiempo, había perdido al que quizás, era el policía con más olfato del cuerpo, Taichi Yagami. Y la discípula de Taichi estaba infiltrada en la Agencia Nacional de Policía, por lo que tampoco podía contar con ella. –Jefe, tiene una llamada. –dijo Iori. –Ya la cogeré luego. –dijo Kyotaro, que no tenía tiempo de atender llamadas en ese momento. –Dice ser el que ha puesto la bomba. –dijo Iori. Aquello cambiaba las cosas. Así que, se dirigió al teléfono y lo cogió cuando el equipo se preparó para localizar la llamada, y poniendo la llamada de tal modo que en esa parte de la comisaría se pudiera escuchar. –Soy el Comisario Kyotaro Imuna. –Eso sólo ha sido una demostración. –decía una voz aguda, manipulada y artificial. –El verdadero espectáculo empieza en veinticuatro horas. –¿Qué quiere decir? –preguntó Kyotaro. –Tenéis veinticuatro horas, antes de las nueve de la noche de mañana, para que Yamato Ishida cure a todos los pacientes del Hospital General Misumi del barrio de Shinagawa. No quiero que se quede ni un solo paciente sin curar. –dijo la voz. –Si no es así, lo próximo en volar por los aires será el propio hospital. No negociaré. Tras decir aquello, el terrorista colgó el teléfono. –Evacuad el hospital ahora mismo. No quiero que se filtre nada sobre la bomba. –ordenó Kyotaro. Cuando los agentes se marcharon a cumplir las órdenes, Kyotaro miró el sitio que había sido de Taichi, donde había un jarrón con flores en su memoria. –Taichi, ¿cómo me has dejado sólo para resolver estos misterios?00000000
Tan sólo había pasado media hora desde la llamada del terrorista cuando la policía comenzó a evacuar a los pacientes y familiares con la excusa de un escape de gas en el barrio. Los sanitarios y familiares ayudaban como podían para evacuar a todo el mundo. La megafonía del hospital informaba de lo ocurrido y rogaba que se mantuviera la calma. –Hikari, vamos. Ayúdame a evacuar a tu madre. –dijo Takeru poniéndose a los pies de la cama de Yuuko para sacarla de allí. –Takeru, nosotras nos quedamos. –dijo Hikari. –¿Por qué? –preguntó él. –No es ningún escape de gas. –dijo Hikari mirando su teléfono móvil. Cuando ella le pasó su móvil, vio que era cierto.00000000
Nada más saltar las alarmas, Maki Himekawa, Asakawa Goro, en calidad de Ministro de Justicia, el Secretario Jefe del Gabinete Owada Shiro, y Shigehisa Haru, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía fueron convocados a un gabinete de crisis en la residencia del Primer Ministro Takigawa Masahito. El resto de ministros estaban en otras zonas del país de campaña electoral y no pudieron acudir. –Señor, no es necesario establecer ningún operativo de respuesta especial. –dijo Maki. –Creo que es suficiente con evacuar el hospital. Podemos ocultarlo y mantener la versión del escape de gas. –Maki, no creo que eso funcione. –dijo Shiro, el Secretario Jefe. –¿Por qué? –preguntó Maki. –Si los pacientes descubren la verdad del asunto… –Ya es demasiado tarde. –dijo Haru, el secretario de la Agencia Nacional de Policía. –El terrorista ha filtrado por internet la amenaza de bomba. –Aunque intentemos ocultar la verdad, los medios se decantarán por la versión de la bomba, y no por la del escape de gas. –dijo el Secretario Jefe del Gabinete.00000000
El revuelo a las puertas del hospital era total. Los pacientes que ya habían sido evacuados intentaban volver a entrar en el hospital tras haberse filtrado la verdad por medio de las redes sociales. Y los que estaban dentro, se aferraban a seguir allí. Incluso había pacientes llegados de otros centros. Entre todo el revuelo, un hombre de pelo castaño muy corto y que se notaba que era bastante alto, pero que iba en silla de ruedas, consiguió entrar.00000000
–A pesar de la amenaza de bomba, muchos pacientes del Hospital General Misumi se niegan a ser evacuados ante la perspectiva de que Yamato Ishida, la mano de Dios, aparezca y cure a todos los pacientes.Además, parece que pacientes procedentes de otros hospitales están intentando llegar a este hospital para ser curados por la mano de Dios. –decía un reportero conectado en directo desde las puertas del hospital, donde se apreciaba el desbordamiento de la policía. –Según nuestras fuentes, después de la explosión producida a las nueve de la noche en el tejado de un edificio cercano a este hospital, la comisaría de Minami Nagawa recibió una llamada del presunto terrorista. Yamato y Sora se estaban enterando en directo de lo que estaba ocurriendo en Tokio. Ahora, parecía que la pelota estaba en su tejado.00000000
Dentro del hospital, la policía seguía intentando desalojar a los ingresados, pero éstos oponían resistencia. –Vamos, señor. –dijeron una pareja de policías. –¡He dicho que me quedo aquí! –dijo uno de los pacientes deshaciéndose del agarre de los guardias. –Si me quedo aquí, Ishida me curará. –¡Dejen de controlarnos y márchense! –exclamó otro que llevaba una percha con un gotero. –¡Sí, esta es nuestra oportunidad! –dijo una madre que tiraba de la silla de ruedas de su hijo, que parecía tener leucemia. Takeru, que se había asomado desde la habitación en la que estaba Yuuko, fue testigo de esa desesperación. –Hikari, Yamato no vendrá, y aunque viniera, no curará a nadie. –le dijo Takeru. –¿Por qué piensas eso? –preguntó ella mirando a su madre, que seguía sedada. –Yo creo que sí que curará a mi madre, igual que me curó a mí.00000000
–Para poder recibir tratamiento por parte de Yamato Ishida, dentro del hospital los pacientes se están sublevando contra la policía e incluso están montando barricadas en los accesos.–informaba el periodista mientras en las imágenes, efectivamente, se veía cómo estaban bloqueando los accesos con sillas, bancos de las salas de espera, mesas, etc. Sora consideró que ya había visto suficiente, por lo que salió fuera para llamar a Takeru. –Hola Takeru. –dijo Sora. –He visto las noticias. La madre de Hikari sigue ingresada allí, ¿verdad? ¿Sabes cómo está todo? –Ahora mismo estoy en el hospital con ellas. –dijo Takeru, que se había salido de la habitación para hablar. –No me escucha y realmente cree que Yamato vendrá y curará a su madre. El resto de pacientes piensa igual. –¿Debería ir? –preguntó Sora. –¿Estás con él? –preguntó Takeru. –No creo que deba venir. Si viene, creo todavía causará más revuelo. –Tienes razón. Volveré a llamar. –dijo Sora antes de colgar. Yamato, por su parte, pensaba en qué debía hacer.00000000
–Señor ministro, creo que la única opción que nos queda es evacuar el hospital por la fuerza. –sugirió Haru, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía al Primer Ministro del país. –¿Qué haremos si les ocurre algo a los pacientes? –preguntó Maki. –Pero tenemos que darnos prisa. –dijo Haru. –También necesitamos tiempo para lidiar con la bomba. –¿Todo esto no ha sido provocado por problemas a la hora de controlar a Ishida? –preguntó el Shiro, el Secretario Jefe del Gabinete. –Al tener ese poder tan especial, ¿no debería el Ministerio de Sanidad y Bienestar Social haber tomado el control de la situación mucho antes? En lugar de utilizarlo para el Ministerio, Maki, lo has utilizado para asuntos personales. –¡Eso no tiene sentido! –dijo Maki removiéndose incómoda en su asiento al verse atacada. –¿De dónde has sacado esa idea? – ¿Es eso cierto, ministra Himekawa? –intervino el Primer Ministro. –Tu plan era monopolizar el poder de Ishida, ¿me equivoco? –volvió a decir Shiro. –Señor secretario, deje de formular conclusiones extrañas. No intente cambiar de tema sólo porque no es capaz de manejar una crisis. –atacó Maki. –¡¿Cómo?! –preguntó indignado el aludido. –¡Parad ya los dos! –interrumpió Goro, el ministro de Justicia, que había estado callado hasta entonces. –Aunque seáis rivales en la campaña electoral, tenemos que estar unidos en esto. –Si traemos a Ishida, estaremos accediendo a las peticiones del terrorista y la situación se repetirá una y otra vez. –dijo el representante de la Agencia Nacional de Policía. –Señor Ministro, ¿qué hacemos? –preguntó el ministro de Justicia. –No tenemos elección. Dad la orden de evacuación. –dijo el Primer Ministro, que tenía la última palabra. Tras la decisión, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía se marchó para cumplir la orden dada por el máximo responsable del país. Maki se levantó y se dirigió a un carrito desde donde se sirvió agua de una jarra. –El Primer Ministro se parece al Secretario Jefe. No tiene determinación y es incapaz de manejar una crisis. En situaciones así, necesitamos un líder natural. Maki, ¿no crees que esta es tu oportunidad? –preguntó el ministro de Justicia, que también fue a servirse agua mientras el Primer Ministro y el Secretario Jefe charlaban ajenos. –Todo el país está pendiente de esto. Si lo haces bien, tendrás el sillón del Primer Ministro mucho más cerca. Tras el apoyo mostrado por Goro, Maki se salió fuera y llamó a Ken. –Encuentra a Yamato Ishida rápido. ¿Entendido? –exigió Maki hablando en voz baja. –Déjamelo a mí. –dijo Ken. Cuando colgó, Ken marcó otro número. –Iré mañana por la mañana. Entonces, Daigo apareció frente a Ken en la sede de la Agencia Nacional de Policía. –Señor Motomiya. ¿Qué negocios te traes con la persona que ha intentado matarte a ti y a tu hijo? –preguntó Ken. –Estaba totalmente consumido por los actos de mi hijo y olvidé mi lealtad. Lo siento mucho. –se disculpó Daigo. –Es lo que se espera de un padre. –dijo Ken. –La forma en cómo se ha desarrollado todo con mi hijo ha estado mal, y me siento culpable. –insistió Daigo. –Maki está a un paso de convertirse en la Primera Ministra. Quiero prestar mi ayuda, otra vez. Quería decírtelo a ti antes de ir con Maki. –Sabia decisión. Se lo haré saber a la ministra. –dijo Ken saliendo afuera, pero entonces asomó la cabeza hacia Daigo. –Por cierto, ¿te gustaría ver algo interesante?00000000
A las doce de la noche la policía irrumpió en el hospital para cumplir las órdenes del Primer Ministro del país. Pero antes de utilizar la fuerza, fueron avisando a los pacientes de abandonar el edificio voluntariamente. –¡Se ruega a todos los pacientes y familias que abandonen el edificio! ¡Los que no lo hagan serán acusados de obstrucción a la justicia! –decía Kyotaro Imuna por megáfono mientras la policía intentaba despejar los accesos bloqueados por las barricadas que habían montado. Cuando Kyotaro consiguió asomar la cabeza hacia la recepción del hospital, un montón de pacientes estaban allí plantados con objetos punzantes, amenazando con autolesionarse.00000000
Hikari había entrado a un cuarto de baño a humedecer una toalla para poder pasársela a su madre por la frente, cuando entró Takeru. Hikari sabía por qué la buscaba. –Takeru, por más que insistas, no cambiaré de opinión. –le dijo Hikari sin que el joven hubiera abierto la boca. –Hikari, conocí a Yamato cuando estuvo en la cárcel. –confesó Takeru. –¿Qué? –Yo le ayudé a escapar y no sabes cuánto me arrepiento. Me dijo que quería ayudar a todo el que lo necesitara, y yo le creí como un imbécil. –se lamentó Takeru. –Pero no sólo me ha manipulado a mí. Hay más gente que está siendo manipulada por sus palabras y por el hecho de tener ese poder. Muchos de ellos son criminales. Yamato tiene un poder que es mejor no desear. Ni siquiera me extrañaría que esta amenaza de bomba la haya planeado él. No le dejaré venir. Si viene… –Takeru, ¿no lo entiendes? No me importa la clase de persona que sea Yamato. Sólo quiero que mi madre se cure. ¿Qué tiene de malo confiar en su poder? –dijo ella, ya que fue una de las afortunadas que se benefició del poder de Yamato.00000000
Ken Ichijouji guió a Daigo Motomiya hasta una sala de reuniones para proyectar en pantalla grande a Kenta Ninomiya, que seguía encerrado en la sala de interrogatorios vigilado por un guardia. Ken tenía un walkie-talkie con el cual comunicarse con él. Ken preguntó por el origen de Yamato, y Kenta se dispuso a contestar. –Yamato y yo nacimos en Ryukoku. Según la leyenda, en nuestro pueblo, una vez cada varios cientos de años nace alguien con la mano de Dios, capaz de curar cualquier herida o enfermedad. Cuando nace, el pueblo peligra. Intenté utilizar el poder de Yamato para lucrarme, porque tan pronto como alguien resultara herido o enfermara, él podría curarlo. También quería aprovecharme de los que se toman la vida a la ligera poniéndose en peligro. La gente trabajadora del pueblo se llenó de deseo y olvidaron la importancia de la vida. Hace veinte años, justo cuando levantaron la presa de Ryukoku, el pueblo fue sacudido por la tragedia. El alcalde conocía el poder de Yamato y lo utilizó como excusa para comprar la tierra de la gente más pobre y enferma del pueblo a precios irrisorios mientras les prometía compensarlos con los beneficios de la presa y las curas de Yamato. Esto hizo que el pueblo se dividiera en dos facciones y comenzaron las disputas. Murieron decenas de personas. Al final, el alcalde lo vendió todo y el pueblo se desvaneció bajo el agua de la presa. Nadie sabe quién soltó el agua de la presa. ¡Pero fue el poder de Yamato el que destruyó el pueblo! Si no tuviera ese poder, no habría ocurrido nada en el pueblo,… ni a mí. Todo el mundo comentaba que si su padre hubiera hecho algo al respecto, todo esto no habría pasado. –¿Cómo se llama el padre de Yamato? –preguntó Ken por la radio. –Hiroaki. –respondió Kenta. –Era sacerdote en el templo de Ryukoku. –¿Está vivo? –Debería. Consiguió huir del pueblo. –respondió Kenta.00000000
En el Hospital General Misumi, cuando Hikari volvía a la habitación de su madre, vio a un médico que salía de allí. Pero Hikari sospechó que no era médico. Simplemente llevaba la bata blanca para camuflarse, porque no le pasó desapercibido un pinganillo en su oído. Eso quería decir que la policía había conseguido entrar. Sabiéndose descubierto, el agente se puso a forcejear con Hikari para evacuarla. –¡Pare! –exclamaba Hikari. –Por favor, no grite. –le pedía el guardia. Fue entonces que Takeru, al doblar la esquina del pasillo y verlos forcejear se dirigió corriendo en su auxilio, pero un hombre de pelo castaño muy corto que se desplazaba en silla de ruedas llegó antes que él y lo agarró por la espalda para separarlo de Hikari. –¡Márchese! –dijo el hombre, que incluso llegó a levantarse un poco. Entonces, otro paciente fue en su ayuda. –¡Era un policía! El otro paciente fue en busca del policía mientras que el hombre ayudaba a Hikari a levantarse. –¿Estás bien? –preguntó el hombre. A Takeru, que estaba allí plantado en medio del pasillo, había algo que no le cuadraba.00000000
La policía estableció su centro de operaciones en un edificio secundario del hospital que sí había sido controlado, hasta resolver aquella crisis que parecía complicarse por instantes. –Jefe, he investigado a los hospitalizados y a los implicados, pero nada indica que sean expertos en explosivos. –dijo Iori. –Ya no importa quién es el terrorista. Todos se han convertido en sus cómplices. –dijo Kyotaro mirando por la ventana cómo algunos pacientes conseguían expulsar a los agentes de policía, a pesar de que algunos incluso llevaban a rastras la percha con el gotero.00000000
Ya eran las seis de la mañana y quedaban quince horas para que la amenaza de bomba tomara forma de masacre si es que no cumplían con las exigencias del terrorista, es decir, que Yamato llegara al hospital y curara a todo el mundo. El Gabinete de Crisis seguía reunido en la residencia del Primer Ministro. –Parece que tendremos que cumplir sus condiciones. –dijo el ministro de Justicia. –Ni hablar. –dijo el Primer Ministro. –Tendremos que recurrir a la fuerza militar. –¿Y si hay heridos o muertos, quién va a asumir la responsabilidad? –preguntó el ministro de Justicia. –Señor. –dijo Maki, que había estado pensativa durante un rato. –Por favor, póngame a cargo en el centro de operaciones. Déjeme este asunto a mí. Es un problema en el que vidas humanas están en juego. Traeré a Ishida y conseguiré persuadirlo. Estoy segura de que vendrá. –¿Eso significa que estás dispuesta a asumir toda la responsabilidad? –preguntó el Primer Ministro, sorprendido de que alguien se prestara a algo así. –Por supuesto. –respondió ella. –Está bien. Te lo dejo a ti. –accedió el Primer Ministro. –Muchas gracias. –dijo Maki. Para el Secretario Jefe del Gabinete, aquel ofrecimiento no fue más que una maniobra para escalar posiciones en la batalla del partido político. Pero tal y como estaba la situación, también podría ser su tumba política. Nada más salir de allí, Maki llamó a Ken. –¿Qué está pasando? –preguntó Maki. –Si no encuentras a Yamato será el fin para los dos. –Hay una condición. –dijo Ken. –¿Estás negociando conmigo? –Una vez que acabe todo este desastre, me gustaría que me confiaras todo lo referente a Ishida a mí. –dijo Ken. –Está bien, pero llévalo inmediatamente al hospital. –accedió Maki. Tras colgar, suspiró e intentó auto-convencerse. –Todo irá bien si va Yamato. Lo conseguiré aunque caiga en el intento.00000000
Ken fue a la sala de reuniones donde se había dejado el walkie-talkie. –Puedes irte a casa. –dijo Ken mirando el rostro de Kenta a través de la pantalla. –¿De verdad?¿Y los cargos contra mí? –preguntó Kenta sin comprender. –No tiene sentido pagar por tus crímenes en prisión. Le serás útil al país de otra manera. Eso será suficiente resarcimiento. –De acuerdo. –dijo Kenta. –Vas a trabajar mucho. –dijo Ken sin comunicárselo por radio.00000000
Ya eran las nueve de la mañana y Yamato y Sora seguían refugiados en la casita frente al mar en la que ella creció cuando era niña. Yamato miraba las noticias mientras Sora estaba sentada a la mesa marcando el número de Jou. –Hay unos doscientos pacientes que se han encerrado dentro del hospital.–decían en las noticias. –Hola Jou. ¿Cómo está Aiko? ¿Tenéis suficientes medicinas? –preguntó Sora. –Hola, Sora. Ella está bien. No ha tenido ni un solo ataque. Te la paso. –dijo Jou. –Mamá, ¿sabes qué? Jou se ha tomado el día libre y vamos a ir al zoo. –dijo la niña ilusionada. –¿En serio? Qué suerte. Es genial. –dijo Sora sonriendo. –¿Estás de viaje con un chico sin el permiso de un superior? –preguntó Ken Ichijouji, poniéndose al teléfono. A Sora se le borró la sonrisa de repente al escuchar quién estaba tras el teléfono. –Yamato está ahí, ¿verdad? Sigue hablando como si fuera tu hija para que no se dé cuenta. –Claro. ¿Qué quieres que te lleve de regalo? –preguntó Sora fingiendo. –Envíame un mensaje con un lugar de encuentro. Utiliza una buena excusa y llévalo allí. –dijo Ken. –De acuerdo. Pórtate bien, Aiko. –dijo Sora. –Sí, mamá. –dijo Ken irónicamente. –¿De verdad eres amigo de mamá? –preguntó Aiko una vez que aquel señor colgó. –Por supuesto. –dijo Ken. –Mamá volverá pronto, y es gracias a Ken. –le dijo Jou para que la niña no se asustara. Jou sabía que por la forma en la que Ken había hablado con Sora, Aiko había percibido un comportamiento no demasiado amistoso, a pesar de haberlo presentado como un amigo cuando se presentó allí tal y como le dijo el día anterior por teléfono. Lo cierto es que a Jou tampoco le estaba gustando el modo de proceder de Ken.00000000
–¿Aiko está bien? –preguntó Yamato apagando la televisión. –Sí. –respondió ella. Yamato sorbió de su té. –Haré más té. Pero Yamato puso su mano encima cuando Sora fue a coger la tetera. La había notado ausente y preocupada a mitad de la llamada. –¿Qué mentira vas a contarme para llevarme allí? –preguntó Yamato. –¿Qué Aiko no se encuentra bien? Esa estaría bien. Genial. Hace buen tiempo. Si me invitas a un paseo, iré. ¿Era eso una forma de hacerle el favor y ponérselo fácil a ella? ¿Acaso intuía que Ken estaba con Aiko? Lo que pasaba por la cabeza de Yamato siempre le era un misterio. Entonces le quitó el teléfono que Sora seguía teniendo en la mano y buscó el contacto que quería. –Hola, Takeru. ¿Qué tal va por el hospital? –Yamato. ¿Qué quieres ahora? –preguntó Takeru. –Voy para allá. –dijo Yamato. –No vengas. –dijo Takeru. ¿Por qué siempre tenía que hacer lo contrario a lo que él deseaba? –Si no voy, volarán el hospital por los aires y morirán por una explosión, en vez de por sus enfermedades, y eso no es muy natural. –dijo Yamato. –Admite que me quieres allí. –No te necesitamos. –dijo Takeru. –No permitiré que vuelen el hospital. Encontraré la bomba yo mismo. –Vaya, ahora me apetece ir todavía más. –dijo Yamato. Nada más colgar, Takeru se puso en pie. Comprendía muy bien a Hikari. Era normal que se sintiera desesperada porque su madre se curara, pero Yamato había demostrado ser un gran manipulador y de alguna forma u otra, siempre acababa asumiendo el control de todo. Así que, decidió buscar la bomba para que su presencia no fuera necesaria.00000000
Sora llevaba a Yamato en su coche. Ya eran las once de la mañana y quedaban diez horas para que la bomba explotara. Pararon en el lugar acordado por mensaje. Allí ya los esperaba un agente de Ken, que le pasó un teléfono a Yamato. –El helicóptero llegará pronto. –dijo Ken. –En dos horas estarás en Tokio. –No voy a ir en helicóptero. Mi condición es que si voy, será en coche. –dijo Yamato. –No sé qué pretendes, pero no te dejaré actuar a tu antojo. –dijo Ken. –Aunque no vengas y todo salta por los aires, para mí no supone ninguna diferencia. –¿Aunque tu deseado Takeru Takaishi esté también en ese hospital? –preguntó Yamato. Los ojos de Ken se abrieron de la sorpresa. Al final, tendría que acceder a las condiciones que le imponía Yamato.00000000
Una vez que habló con Yamato, Ken llamó a Maki para decirle que Yamato iba de camino, pero su condición era ir en coche. –¡¿En coche?!¡¿Cuánto tiempo le llevará eso?! –preguntó con evidente enfado desde su despacho. –¡Aunque tengas que cortar las carreteras, te exijo que llegue a tiempo!00000000
Yamato pudo cumplir su exigencia de ir en coche, aunque esta vez, y muy a su pesar, la compañía había cambiado. Sora iba en su coche, mientras que Yamato era conducido por los agentes de Ken en un coche negro de alta gama que era mucho más rápido que el de Sora.00000000
Ya eran las siete y media de la tarde y sólo quedaba una hora y media para la explosión. Los pacientes menos graves continuaban por los pasillos y montando guardias para evitar que la policía los desalojara. El cansancio ya comenzaba a hacer mella en ellos, pero seguían teniendo la esperanza de que Yamato apareciera. Hikari continuaba al lado de su madre, que seguía sedada, cuando el señor en silla de ruedas que la ayudó a deshacerse del agarre de aquel policía disfrazado de médico entró. –¿Estás cuidando a tu madre? –preguntó el hombre. –Me parece admirable. –Es lo menos que puedo hacer por ella. Gracias por lo de ayer. –dijo Hikari. –Fue un placer. –¿Eres paciente aquí? –preguntó ella. –No, pero pensé que si venía aquí, podría volver a empezar. –explicó el hombre. –¿Volver a empezar? –Redimirme, supongo. Con tu edad quizás no lo entiendas, pero la vida a veces ofrece muy pocas oportunidades. –dijo el hombre. En el pasillo, los pacientes comenzaban a impacientarse. –¿Por qué no aparece Ishida? –se preguntó un paciente que comenzaba a frustrarse. –¡Ya casi no queda tiempo! –¡Chicos, ya está aquí! –dijo otro que no le quitaba el ojo a su móvil. Takeru, que había recorrido casi todo el hospital en busca del explosivo que haría estallar el centro y que en ese momento miraba en un falso techo, escuchó que Yamato había llegado. Cada vez tenía menos tiempo para encontrar la bomba. Había buscado por todas las habitaciones, plantas, baños, consultas, quirófanos y controles de enfermería, pero no había ni rastro de explosivos. –¡Estamos salvados! –celebraban los pacientes. Pero Takeru ya no se creía nada. Yamato era todo un experto en darle la vuelta a todo y no tenía ni idea de por dónde saldría esta vez, a pesar de que al principio estaba convencido de que no vendría. El hombre de silla de ruedas, al escuchar los gritos de celebración de los otros pacientes, sonrió a Hikari, que en seguida miró a su madre sonriente.00000000
En los exteriores del hospital el revuelo se había hecho todavía más evidente con la llegada de Yamato. Varios agentes lo escoltaron hacia otro coche que estaba en la zona trasera del hospital y le hicieron subir. Allí, en el asiento trasero, estaba Maki Himekawa. –Gracias por venir. –le dijo Maki. –Pero tampoco hay necesidad de que te sientas obligado a curar a los pacientes. Si los curas, todo el mundo te estará agradecido, pero situaciones similares ocurrirán una y otra vez. Si no curas a nadie y ves cómo mueren, todo el mundo pensará que eres una persona horrible. ¿Lo entiendes? Los cures o no, serás el responsable de todo lo que ocurra. Al venir aquí, ya has perdido. Mi único objetivo era traerte aquí. Al venir, yo ya no pierdo nada. Vete, todo el mundo te espera impaciente. Yamato miró a Maki desafiante, y sin decir nada, se bajó del coche ante una sonriente Maki. La policía había acordonado la zona y fue capaz de mantener a la prensa y los curiosos alejados. Entre esos curiosos, se encontraba Kenta Ninomiya. Sora también acababa de llegar y vio cómo Yamato se dirigía hacia la entrada del hospital. Sora también se fijó que Kenta también se ocultaba entre los curiosos. Los pacientes que podían ir por sí solos y algunos familiares de pacientes se reunieron contentos e ilusionados en la entrada a la espera de que Yamato entrara. Takeru también acudió. Entonces, Yamato alzó su mano, pero todavía no entró porque todavía no les había dado tiempo a quitar toda la barricada. Además, lo que iba a hacer, le interesaba que lo escucharan los medios y la policía. –¡Quiero salvar a todos con mi mano! –dijo Yamato. –¡Bien! –celebraron y aplaudieron algunos pacientes. –¡Sin embargo, en esta hora que queda antes de la explosión, salvaros a todos es imposible! ¡Decidid el orden en el que queréis que os salve! –dijo Yamato. Con aquello, los pacientes se quedaron helados. No habían pensado en que eran demasiados para que en una sola hora los curara a todos. –¡Decidid quién debe vivir, y quién debe morir!¡Llamadme cuando encontréis la respuesta! –¿Eso significa que habrá gente que no viva? –preguntó la madre de un niño en silla de ruedas con leucemia. –¡Eso es cruel!¡Tenemos la mano de Dios justo delante de nosotros! –se quejó un paciente con una percha de suero, que se acercó a la barricada para terminar de quitarla, siendo seguido por más pacientes. –¡Parad! Tal y como ha dicho, debemos decidir. Es imposible que nos salve a todos. Debemos decidir el orden de prioridad. –dijo un paciente, al que le sobrevino la tos. Takeru pensó que Yamato había vuelto a hacer de las suyas. Así que, no iba a perder más el tiempo y seguiría buscando la bomba por el hospital. Mientras tanto, Maki, desde el coche en el que había hablado minutos antes con Yamato, seguía con detalle todo lo que acontecía en el hospital por medio de una tablet. Pensaba que había puesto a Yamato en jaque, pero se había vuelto a sacar un as de la manga. –Tenía pensado esto desde el principio. –dijo Maki dándose cuenta de la jugada maestra de Yamato. –Tenía pensado desde el principio dejar que sean los pacientes los que decidan a quién salvar y a quién dejar morir. Le ha trasladado a ellos la responsabilidad.00000000
Takeru seguía buscando la bomba a la desesperada. Sólo quedaban cincuenta y ocho minutos. Después de haber mirado en algunos lugares más, decidió bajar a la zona de sótanos. Fue entonces cuando vio algo extraño. El hombre de silla de ruedas se dirigía a alguna parte por una de las zonas del sótano. ¿Qué hacía por allí un paciente? Así que decidió seguirlo. El hombre entró con su silla a la morgue. Cuando Takeru se asomó, lo vio de pie manipulando algo. Cuando el hombre salía, Takeru se escondió y cuando no hubo peligro de ser visto, entró y vio lo que parecía ser un ataúd. Takeru lo abrió y vio una cuenta atrás con números en rojo y un montón de explosivos. Quedaban cuarenta y cinco minutos. Takeru volvió a subir y vio cómo los pacientes no se ponían de acuerdo. –¡Dirijo un empresa financiera!¡Si me cura a mí, dividiré mi fortuna entre todos vosotros! –propuso el paciente que propuso poner en orden las prioridades para ser curado. –¡Con ese dinero, podréis ir a un hospital mejor! –¡Entonces utiliza tú ese dinero para ir a otro hospital! –le reprendió otro paciente. –¡Eso! –corearon todos. –¡¿No debería ser prioridad la vida de un niño?! –preguntó la madre del niño con leucemia. –¡Mi hijo sólo tiene cinco años! ¡Su vida no ha hecho más que empezar! –¡En ese caso, también debe curarme a mí, que tengo cuatro hijos!¡Cuatro!¡Si muero, ¿qué será de ellos?! –argumentó otro paciente. –Nos estamos equivocando. –intervino un hombre mayor. –En primer lugar debería curar a aquellos con enfermedades cuyo pronóstico sea más grave. La vida de mi mujer pende de un hilo. –Esa mujer ya ha vivido su vida. –dijo el paciente empresario. –¡¿Cómo te atreves?! –preguntó el hombre mayor lanzándose al cuello del empresario. Afuera, Yamato había visto a Takeru a través de los ventanales y decidió entrar, encontrándose en una zona más tranquila. –Hola, profesor. ¿Has encontrado ya la bomba? –preguntó Yamato. –Sí. –¿Y por qué no se lo has dicho a la policía? –Si lo hago, no habrá motivos para que cures a nadie. Cúralos a todos, por favor. –le pidió Takeru. –Sé que no hay tiempo suficiente, pero los puedes curar fuera del hospital. –¿Por qué este giro de los acontecimientos? ¿Acaso no decías que no querías que utilizara mi poder? –preguntó Yamato, que le pidió que no acudiera al hospital. –No quiero aprobar tu poder, pero tampoco quiero ver morir a esas personas sin más. –Si lo hago, volverá a ocurrir lo mismo una y otra vez. –¿Por qué haces todo esto? –preguntó Takeru. –¿Por qué haces sufrir a la gente haciéndolos decidir? –Porque ese es el mayor privilegio. –respondió Yamato. –¡No hay manera de que puedan decidir!¡Están todos desesperados! –dijo Takeru. –¿No crees tanto en el ser humano? –No es eso. –No están teniendo una discusión bochornosa. Están buscando una respuesta desesperadamente. –argumentó Yamato mirando como el grupo de pacientes y familiares seguían debatiendo. –Lo que están intentando averiguar es el valor que le dan a sus vidas. No me digas que esto no tiene nada que ver contigo. –¿Qué quieres decir? –El orden de los que deben vivir, cuando se invierte, se convierte en el orden de los que deben morir. En otras palabras: están decidiendo el orden por ti. Despierta y entérate de por qué estamos tú y yo en el mundo. –Yamato. –dijo Takeru agarrando a Yamato de la pechera de la cazadora que llevaba. –No deberías existir. Y yo tampoco. Takeru, con los ojos acuosos, deslizó su mano de la pechera al cuello de Yamato.00000000
En el exterior del hospital, Kyotaro Imuna cogió el megáfono para hablarle a las personas que estaban en el hospital. –¡Faltan cuarenta minutos para la explosión!¡Por cuestiones de seguridad, vamos a entrar a desalojar! –avisó Kyotaro. Nada más decirlo, varias unidades de antidisturbios, equipadas con sus cascos y sus escudos de protección, formaron justo delante de la entrada principal del hospital. –Vamos. –Se acabó el tiempo. –dijo Yamato al ver como la policía se acercaba en formación. Yamato, apartó los brazos de Takeru sin que éste opusiera resistencia. Mientras tanto, Sora Takenouchi, que se las había arreglado para entrar al hospital por una puerta trasera de servicio, llegó hasta donde estaban los pacientes, colocándose junto a Takeru. Ya se ocuparía más tarde de Kenta. –¡Esto no es broma! –dijo el paciente empresario al ver cómo la policía cercaba la entrada cada vez más. –¡Todavía no ha curado a nadie! –¡Silencio! –gritó el hombre de silla de ruedas. Cuando todos giraron la mirada, el hombre llevaba un pulsador en la mano. –Yo soy el culpable. Yo decidiré el orden. Ven aquí, Ishida. –¡Replegaos! –ordenó Kyotaro al ver cómo un hombre amenazaba con hacer explotar la bomba de forma remota. –Cura a las personas que te diga. –ordenó el hombre. –Sora. –le dijo Takeru a Sora mientras todo el mundo prestaba atención al terrorista y a Yamato. –La bomba está en la morgue. Sora, que había pasado desapercibida durante todo el tiempo, salió corriendo en busca de la bomba. –¿Alguien tiene alguna objeción? –preguntó Yamato. –¡Por supuesto que no tienen objeción! Si aprieto este botón rojo, volaremos todos. –exclamó el hombre. Nadie dijo nada. ¿Cómo iban a oponerse ante la amenaza de hacer saltar el hospital por los aires? –En ese caso, yo tampoco tengo ninguna objeción. –dijo Yamato. –Comencemos por ti. –No. –rechazó el hombre. Entonces, señaló a Hikari. –Cura a la madre de esa joven. –Señor. –dijo Hikari, que estaba sorprendida por todo. En primer lugar, de que el terrorista fuera la persona que le ayudó a zafarse del policía, y en segundo lugar, de que se mostrara tan generoso con ella y su madre. Sin más dilación, Yamato, Hikari, el terrorista y el resto subieron a la habitación en la que Yuuko permanecía sedada. –Deprisa. –apuró el hombre. Yamato miró a Hikari, que asintió con la cabeza. Tras mirar a Hikari, Yamato miró a Takeru y seguidamente a Yuuko. A continuación, posó su mano sobre el hombro de Yuuko y apretó. La mano de Yamato adquirió un color rojo y en seguida, Yuuko abrió los ojos. –Mamá. –dijo Hikari acercándose a ella aliviada. Yuuko, todavía un poco atontada por el tiempo que había estado sedada, tuvo fuerza suficiente para quitarse la mascarilla para respirar y de incorporarse un poco para abrazar a su hija. –Hikari. –dijo Yuuko. Entonces, se quedó petrificada al ver quién estaba en la silla de ruedas. –Susumu. –¿Papá? –preguntó Hikari al reconocer ese nombre, mientras el hombre trataba de esquivar la mirada con vergüenza. –¿Eres el siguiente? –le preguntó Yamato a Susumu. –Sí. –dijo él. Entonces, cogió una pequeña navaja que tenia oculta en la silla de ruedas y se levantó para acuchillar a Yamato. Takeru, que estaba detrás, lo agarró a tiempo para separarlo, aunque consiguió hacerle un tajo a Yamato en el brazo. Sora llegó en ese momento y no esperaba encontrar a Yuuko Kamiya despierta y a Takeru inmovilizando contra la pared a un hombre. Al tener los brazos inmovilizados, Yamato le quitó la navaja y la apuntó contra la cara de Susumu. –¿Por qué has intentado matarme? –preguntó Yamato. –Susumu. –dijo Yuuko abrazada a su hija. –Lo siento. Me prometí a mí mismo que si la curabas te mataría. –dijo Susumu. Sora aprovechó aquel estado de desconcierto para coger el control remoto de la bomba del suelo y se lo extendió a Susumu. Después, levantó el control y lo pulsó. Los pacientes se encogieron al pensar que explotaría todo, pero no ocurrió nada. –Sólo querías llegar a Yamato desde el principio. –dijo Sora. –Por eso, para evitar a los demás, desconectaste el detonador. –Nunca estuvo conectado. –admitió Susumu. –¿Quién te ordenó que me mataras? –preguntó Yamato. Sabía que ese hombre no tenía motivo alguno para matarle, así que para él era más que evidente que había intentado hacerle el trabajo sucio a alguien. –Un hombre que no conozco. Me prometió que saldaría todas mis deudas. –dijo Susumu. –También él me proporcionó la bomba. Pensé que si conseguía liquidar mis deudas, podría volver con mi familia. –Tendrá que explicarnos los detalles más tarde. –dijo Kyotaro apareciendo en la habitación acompañado de Iori y otros agentes. Iori se dirigió hacia Susumu y lo cogió del brazo. Ni siquiera consideraron en ponerle las esposas al ver al hombre tan abatido. –¡Papá! –los agentes se detuvieron para que la muchacha pudiera decirle lo que quisiera. –Había olvidado tu rostro, pero hubiera querido estar contigo aunque tuvieras deudas. –Lo siento, Hikari. –dijo Susumu. –Cuando salgas, vuelve a casa. –le pidió Hikari. –Tu hogar está con mamá y conmigo. –Susumu, te estaremos esperando. –dijo Yuuko con los ojos acuosos. –Gracias. –dijo Susumu también emocionado al saberse perdonado. –Una vez que pague por lo que he hecho, volveré con vosotras. –Yamato, por favor, cúreme a mí ahora. –dijo el paciente empresario una vez que Kyotaro y Iori se llevaron a Susumu detenido. –¡Y también a mi mujer! –dijo el hombre mayor. Los pacientes se empezaron a revolucionar de nuevo mientras que los agentes de policía que quedaban intentaban poner orden.00000000
–Arrestad a Ishida. –ordenó Ken Ichijouji por radio. Mientras que los pacientes intentaban ser los primeros en ser curados por Yamato, varios agentes de la Agencia Nacional de Policía entraron, y sin ninguna explicación, lo esposaron. De repente se hizo el silencio absoluto. –¿De qué se me acusa? –preguntó Yamato. –De ejercer la práctica médica sin licencia. –dijo el agente. –En otras palabras: “Arrestadle”. –dijo Yamato intuyendo la orden que habrían recibido los agentes. –¿Es lo que os ha ordenado Ichijouji? Sin contestar a la pregunta, lo cogieron del brazo para llevárselo detenido ante la mirada atónita de todo el mundo. Al llevárselo, los pacientes y familiares gritaban indignados mientras la policía intentaba calmarlos de nuevo. Takeru salió tras ellos. –Yamato. –dijo cuando iban a mitad de otro pasillo. Los agentes y Yamato pararon su caminar. –Dime sólo una cosa. Si hubieran decidido el orden, ¿los habrías curado? –¿Qué habrías hecho tú? –preguntó Yamato. –Si te lo hubieran pedido, ¿podrías haberles matado en el orden contrario? –Por supuesto que no. –contestó Takeru. –Pero mi poder es diferente del tuyo. Yo tengo la mano del Diablo. –¿De verdad lo crees, Takeru? Cualquier ser humano, para hacer brillar una vida, está preparado para tener un final con la muerte. Y si ese fuera el caso, lo cierto es que ese poder tuyo, podría ser la mano de Dios.00000000
–Conduce. –ordenó Maki a su chófer una vez que todo terminó en el hospital.00000000
Takeru no dejaba de pensar en la posibilidad de que en realidad la suya fuera la mano de Dios. ¿Y si tenía razón? Quizás la muerte fuera la solución de algunas personas. –Todo el mundo envidia a Yamato. –dijo Sora yendo hacia él. –Tenían grandes expectativas de que los curara y los han traicionado. Podrían haber aceptado su destino y vivir en paz hasta el final. –La mano de Dios no puede salvar a todos. –dijo Takeru. –Tanto los poderes de Yamato como los míos al final siempre acaban haciendo daño a la gente. –Yamato también sabe eso. –dijo Sora. –Hacer daño a los demás, y a sí mismo. Sabiendo eso, creo que Yamato trata de decirnos algo.00000000
Los medios cubrían con expectación cómo la policía se llevaba detenido a Yamato Ishida. Kenta Ninomiya también estaba siendo testigo de aquello. A quien no se esperaba encontrar entre la gente era a aquel hombre. –Hiroaki. –dijo Kenta sorprendido. Hiroaki Tatsumi, un hombre cuyo pelo comenzaba a ponerse cano, apretó los puños al ver cómo se llevaban detenido a Yamato. Continuará…