Capítulo 1
23 de noviembre de 2025, 10:53
El día que Terence nació fue un día extraño. En aquel momento, el polvillo de hadas aún estaba en manos del antiguo guardián, quien había tenido un trágico y final encuentro con un sapo. Cuando los heraldos anunciaron la llegada de una nueva hada, Vidia sintió el impulso habitual de recluirse en su árbol. Prefería perderse esas ceremonias: los festejos la aburrían, y no soportaba la multitud de hadas amontonadas y el bullicio de tantas voces celebrando algo tan trivial como el nacimiento de otra hada. Para ella, todo eso resultaba tedioso, un espectáculo innecesario de alegría para alguien tan corriente.
Pero esta vez, por razones que no comprendía del todo, decidió asistir. Quizá fue la mención de que una hoja de arce venía flotando desde tierra firme, traída desde su estación favorita: el otoño. Vidia también había nacido en un otoño, hacía ya tres siglos, de la risa de una niña al ver a un colibrí, y fue una diminuta pluma púrpura de aquel ave lo que la condujo a la Tierra de las Hadas.
La curiosidad la venció.
¿Qué tipo de hada emergería de una hoja de arce, un símbolo tan familiar y querido para ella? Acababa de regresar de tierra firme, empapada de lluvia y con el aroma de tierra y madera húmeda todavía adherido a su piel. Exhausta y contenta por tanto trabajo duro guiando las corrientes frías que mecían y hacían caer las hojas de aquí para allá. No le molestaba en absoluto; esa humedad, el cansancio después de tanto le recordaba su éxito al traer el viento y la lluvia otoñales, y se sentía orgullosa de su habilidad y de la importancia de sus responsabilidades.
Era un hada especial. De las más especiales. Si acaso la más importante. No había hada más rápida ni más talentosa que Vidia. Por eso, mezclarse con otras hadas inferiores le resultaba inconcebible.
Para las ceremonias de los nacimientos, solo se requerían unas pocas hadas de vuelo veloz para traer consigo el objeto portador de la risa. Por lo que al llegar el anuncio solo dos de los más recientes irían a sufragar esa responsabilidad. Pero cuando le dijeron a Vidia qué era el objeto, esa hoja de arce de su otoño, la curiosidad pudo con ella. Al reunir a su grupo de vuelo veloz, las pocas hadas que compartían su talento, anunció con arrogancia: "Vamos a ver este nacimiento." Ninguno de ellos cuestionó su orden.
Vidia había nacido hacía mucho con un brillo grande y espectacular, un raro talento, y se había granjeado su posición a base de trabajo duro. Desde que había llegado había marcado territorio demostrando siempre quien era la que mandaba. Quien era la mejor, la más fuerte, la más hábil, la más talentosa. En poco tiempo, Vidia había demostrado que merecía obediencia. Esa certeza había forjado su carácter orgulloso, su aire de superioridad y su trato desdeñoso para el resto de las hadas. Para su grupo, sin embargo, su arrogancia era parte de su atractivo, una característica que todos compartían.
Se ubicaron entre las hojas altas, con el mentón arriba, los hombros echados hacia atrás, los gestos despreocupados. La mayoría con una indiferencia real y austera. Su lugar era donde la vista hacia el nacimiento era perfecta, y Vidia se acomodó en el mejor lugar, como correspondía a alguien de su calibre.
—Otra vez en la mejor posición —gruñó una de las hadas de su escuadrón por lo bajo—. Claro, hagan espacio para la reina Vidia, la primera hada de vuelo veloz en subir tan alto.
Vidia esbozó una sonrisa desdeñosa, no valía la pena contestarle a esa insurrecta, su lugar era ahí detrás de ella. Si tuviera suficiente valor para hablarle de frente, ya lo hubiera hecho.
Abajo, al autentica reina de las hadas se materializaba para dar el discurso de bienvenida, esplendida con su vestido de dorado y vivo polvillo, su tiara de estrellas y sus manos delicadas. Vidia no deseaba la corona ni el título, ya que gobernar le resultaba tan tedioso como la compañía de la mayoría de las hadas. Pero ese apodo, reina, sí le agradaba, como si fuera un recordatorio de su supremacía. Se instaló en su sitio, radiante de orgullo. Sabía que si realmente lo hubiera querido, la corona también sería suya.
La música llenó el aire, y las hadas de vuelo veloz recibieron la señal para dar inicio a la ceremonia. Sorprendentemente, Vidia decidió liderar el vuelo, algo que jamás había hecho antes en una celebración. Elevándose hasta donde la segunda estrella parecía estar al alcance de sus manos, observó el objeto que flotaba en el cielo y se acercaba cada vez más.
Era una hoja de arce, tal y como le habían dicho, ordinaria a simple vista. Meciéndose con suavidad en la brisa otoñal. Vidia voló hacia ella y, con un delicado remolino de aire cálido, la atrajo hacia sí, acariciando las puntas marrones de la hoja. Con cuidado, la guio hacia el árbol del polvillo, mientras sus compañeros la observaban. Sabían que Vidia no perdería la oportunidad de eclipsar a los demás, de tomar todo el protagonismo en el trabajo y hacerlos parecer irrelevantes. Eso ya era algo común en ella. Así que simplemente se echaron a un lado y bajaron a tomar sus posiciones mientras ella se lucía por encima de todos.
Pero ninguno de ellos comprendía lo que pasaba en realidad.
La hada de vuelo veloz giraba en torno a la hoja, observándola desde todos los ángulos con una atención insólita. Hasta ese momento, ningún nacimiento le había interesado, pero este era distinto. Esta hoja de arce no era una hoja cualquiera. Vidia lo sabía, porque reconocía los brochazos en su superficie. Imposible no reconocer el trazo disparejo.
Un hada de vuelo veloz no pinta, se dedican únicamente a lo que les concierne obviamente que es su viento, su rapidez, su vuelo grácil y su vida de especial soledad. Así que este era su secreto, pintaba cuando nadie la veía en la intimidad de su árbol solitario. Había encontrado algo así como un interés en la pintura que nadie nunca le había mostrado, ella lo descubrió sola y para su fascinación, era divertido. Claro que, sus manos gráciles y sus movimientos solo eran precisos y contundentes en el aire, en la pintura lamentablemente salían algo raros.
Y al llegar a tierra firme ese año, ella había tomado prestadas un bote de pigmento y una brochita de algodón, y en un impulso, había pintado una hoja verde de arce, simplemente por placer. Siempre había atesorado los tonos que el ministro del Otoño, RedLeaf, creaba y distribuía entre sus hadas del arte que pintaban maravillas en cada hoja. Vidia no tenía ese talento a su favor, ella sabía que no iba a crear una verdadera obra de arte, pero nadie tenía que darse cuenta de esa debilidad.
Buscó la hoja más recóndita, una de la punta más alta, una aparentemente sin valor. Así, nadie sabría que ella la estaba estropeando. Lanzó una mirada en redondo y, cuando sus compañeros guiaban la tormenta venidera, ella se escondió entre las hojas con su escogida. Había acariciado la superficie fina y viva, tratando de pensar como las hadas del arte. Entonces había sumergido la brochita de algodón en el bote del pigmento. Un ligero cosquilleo de adrenalina la embargó cuando hizo el primer trazo de marrón claro sobre la tornasolada superficie verde lima. Sin pensar cuando o como, dejó la brocha de lado y metió ambas manos en el pigmento, casi hasta las muñecas, sintiendo el frío tono acariciar su piel.
Pintar con las manos, trazar directamente los colores en la superficie como si surgieran de sus dedos. Esta forma de pintar no era la del las hadas del arte, ni de ninguna otra. Esto era más al estilo de como lo haría un hada aventurera y de temperamento explosivo como lo era ella. Imponerse a las cosas siempre había sido su estilo.
Una chispa de magia se desprendía de la hoja al hacerlo, aunque no entendió del todo su significado en aquel momento. Esa hoja llevaba una marca única porque la había pintado un hada sin talento para la pintura, que se dejaba llevar por un arrebato de color y diversión. Por una adrenalina diferente a cualquier otra.
Ahora, esa misma hoja flotaba hacia ella, portando la risa de un bebé que daría vida a una nueva hada desde el mundo humano. Vidia, la orgullosa y solitaria reina del vuelo veloz, no sabía si sentirse sorprendida o emocionada. Había dejado en aquella hoja una parte de sí misma, algo que el resto de las hadas no tendrían nunca que ver ni saber que existía. Ahora parecía que ese simple acto había llamado a alguien, a un ser nuevo que llegaba a la Tierra de las Hadas, a través de su otoño, a través de su creación.
Vidia la observaba, embelesada, sin poder creerlo. Algo en esa hoja era especial, y en lo más profundo de su ser, lo sentía.
Antes de que las miradas curiosas de las demás pudieran posarse sobre la hoja, Vidia deslizó sus manos sobre su superficie. Al contacto, el calor tenue y reconfortante de la hoja seca le transmitió una sensación extraña, como si compartieran un secreto. Esta sería un hada especial, estaba segura. Esa conexión vibraba en el aire, un lazo sutil y profundo. Se permitió acariciar la superficie como lo había hecho cuando los pigmentos impregnaron su piel blanca, y se permitió recordar como había extendido el color hasta hacer a la hoja el símbolo de su estación.
Con una delicadeza desconocida para ella, guio la hoja hasta el árbol del polvillo, donde el guardián aguardaba para rociarla con el polvo mágico. Vidia no regresó a su lugar privilegiado entre las ramas, sino que se quedó en primera fila, algo inusual en ella. Las hadas que la rodeaban la miraron con sorpresa, pero ninguna se atrevió a comentar su actitud. También ellas contemplaban la hoja de arce, con su peculiar trazo y sus colores irregulares, curiosas ante lo que estaba por ocurrir.
Esta se posó con delicadeza sobre la madera, expectante. El guardián del polvillo se acercó con el cáliz rebosante, la cantidad exacta que se necesitaba para que un hada viniera al mundo. El polvillo que condensaría la pureza de la magia de la risa inocente y dulce del infante recién nacido en el cuerpecito grácil de un hada nueva. Con cuidado, el guardián volcó el polvo en la hoja desde su borde superior, algo rizado por la acción del pigmento, hasta el inferior levemente roto.
Vidia observó como cada partícula de oro bajaba por esa superficie con un suave tintineo, cubriendo y llenando su estructura de matices y colores diferentes. Iluminando lo que llevaba dentro, esa risa.
Un haz de luz dorada se extendió desde cada una de sus puntas hacia adentro, emitiendo un brillo suave y cálido. Se extendió como un torrente por cada una hasta colarse en el centro e iluminar las nervaduras doradas. El brillo duró unos instantes, demostrando que lo que venía, era tan especial como Vidia había imaginado.
La luz se fue desvaneciendo poco a poco, y cuando la intensidad disminuyó, en su lugar apareció un hada varón, arrodillado en el pequeño sitio donde el polvo lo había recibido.
Su cabello era tan rubio como el polvillo, con las puntas disparatadas y graciosas. Su piel asemejaba la blancura de la espuma de mar y sus ojos, abiertos, grandes y redondos, llenos de curiosidad, miraban a todo y todos. Vestía la misma hoja de arce, la de Vidia, como una túnica sencilla y sin adornos envolviendo sus formas varoniles. Sus manos eran pequeñas y sus pies también, su nariz, su boca, cada pequeño rasgo era característico y sin igual. Armonizaban y eran de alguna forma completamente diferentes a los de cualquier otra hada.
Todas en el publico aplaudieron, entusiasmadas. Vidia, en cambio, estaba inmóvil, sorprendida. Nunca había visto un hada masculino tan bonito. Esa era la palabra que le venía a la mente: bonito. Había algo en él que iba más allá de lo atractivo, era una pureza y dulzura que parecían envolverlo, irradiando una belleza suave y genuina. Todo en él era perfección y bondad. Al mirarlo, comprendió que este nuevo hada no estaba hecho para ser un hada de vuelo veloz.
Entonces, él levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Vidia.
Una vez la alcanzó un rayo. Fue hace varias estaciones, cuando era aun un hada joven y sin experiencia que volaba por el deseo de hacerlo, subiendo cada vez más, adentrándose hasta lo más profundo de las tormentas. Mojándose y cargándose con la electricidad estática que había en el corazón de las más poderosas tormentas. Entonces había sentido la descarga en el centro del pecho, cuando el rayo la atravesó como a un ave herida. La sintió hasta en las yemas de los dedos y en la piel como una fuerza peligrosa, diferente, como el primer atisbo de la verdadera fuerza de la naturaleza.
Cuando esta nueva hada la miró, Vidia sintió el rayo volviendo a atravesar su pecho. Fue como si aquella mirada, profunda e insondable, emergiera de un rincón olvidado del tiempo, envolviéndola con una fuerza arcana que ella nunca había creído posible. Sintió, en el mismo cosquilleo de aquella magia al extender el pigmento, que este era un vínculo antiguo, poderoso, que la dejó sin aliento, desbaratando cualquier barrera que pudiera haber construido.
—¿Hola? —murmuró el hada, apenas un susurro que flotó en el aire.
El bullicio estalló a su alrededor, arrastrando sus palabras en un torrente de sonido. Vidia intentó responder, pero el murmullo creciente hizo que ambos retrocedieran, sorprendidos por la súbita cacofonía. Era el momento más solemne y esperado para cualquier hada: la elección de su talento.
La reina indicó a las hadas de todas las estaciones que le ofrecieran sus talentos a su nuevo hermano. Así que uno a uno, los demás se acercaron, formando un círculo alrededor del pequeño ser recién llegado. Cada hada traía consigo un objeto diminuto que destilaba la esencia de su don.
Una gota de agua pura y cristalina para las hadas del agua. Un rayo de sol atrapado en una esfera para las hadas de la luz. Un capullo de flor listo para florecer de las hadas del jardín, y otros más símbolos cargados de significado. Un martillo robusto de los artesanos. Una púa de cuerpo espín para las hadas guerreras. Un bichito para las hadas de los animales. Y una danza de polvo dorado que giraba con gracia en un aro suspendido en el aire para las hadas del polvillo.
Vidia avanzó con paso firme cuando llegó el turno de su facción, consciente de cada mirada posada sobre ella. Su corazón latía con fuerza, más caótico que el torbellino que creó en un abrir y cerrar de ojos en el polvo de aserrín del tronco: un pequeño huracán de viento que danzaba frente al hada, su propia esencia hecha visible.
El remolino se agitó con la energía de una tempestad embravecida. Con la fiereza de que ella misma era testigo. Disfrutaba creándolos, cuando más sola se encontraba en su casa en el árbol.
Al oscilar en aparente inestabilidad, Vidia levantó la mirada y sus ojos se encontraron de nuevo. Él la observaba con curiosidad e inocencia, ladeando suavemente su cabecita rubia. Vidia sintió la conexión, ahora más nítida, más desgarradora. No sonrió. No pudo. Simplemente se alejó con pasos dudosos, sin dejar de mirarlo, a la espera de lo que él fuera a escoger.
Con un aleteo tímido, se alejó, dejando que el viento se quedase ahí oscilando en un caos diminuto. Había llegado el momento de la elección.
Todos aguardaban, expectantes.
La reina, con voz clara y solemne, animó al joven hada a levantarse y encontrar su verdadero don entre los talentos que le ofrecían. Vidia sintió un nudo en el pecho, una angustia que le era extraña y dolorosa. Nunca había deseado que otra hada compartiera su don de vuelo veloz, y sin embargo, deseaba con todo su ser que él lo hiciera. No quería que se alejara con los demás.
Él era suyo. Su hoja de arce, su creación.
Pero el muchacho no llegó al huracán, no alcanzó a hacerlo porque llevaba apenas tres talentos cuando se paró frente al aro de polvillo. Acarició el aro dorado y este respondió con una suavidad y calidez que reflejaban su propia esencia, todo quedó claro. El polvillo subió por sus manos, atraído como por acción de electricidad estática, reptando por su cuerpo como filigranas de oro, abrazando su piel y resplandeciendo con una luz intensa: Era un hada del polvillo.
El resplandor que emanó fue tan fuerte que cegó momentáneamente a los presentes, casi tan brillante como el que Vidia había mostrado una vez. No tenía forma de saberlo, pero las miradas de asombro lo decían todo: esta era un hada excepcional.
—Bienvenido a la Tierra de las Hadas, Terence. —anunció la Reina, con un tono solemne y cargado de antiguas magias, de secretos insondables— Guardián del polvillo.
El nombre resonó en los oídos de Vidia, vibrando hasta sus huesos. Terence.
Lo saboreó en silencio, dejándolo asentarse como una revelación en su mente, en su corazón. Era su criatura, de alguna manera, su creación, surgida de un toque del viento que ella misma había comandado. Había un dulce y punzante dolor en ello, una satisfacción extraña al ver aquel vínculo naciente entre ellos, y, al mismo tiempo, una sutil pérdida que no lograba comprender.
Cuando sus ojos buscaron los suyos en aquella marea de hadas que lo rodeaban, dándole la bienvenida, él la encontró y mantuvo su mirada como si, entre tantas voces y saludos, sólo a ella pudiera percibir.
Ella supo, en ese breve instante, que él también lo sentía.
—¿Qué ocurrió allá abajo, Vidia? —le preguntó el hada que a veces compartía su lecho en las noches de verano, el mismo que había sido su compañero en los juegos de poder y viento.
Era un joven de aspecto severo y salvaje, con una energía tan feroz y tempestuosa como la de ella. Su igual en más de un sentido, su rey de algún modo. Aunque Vidia sabía que buscaba también la compañía dócil y manipulable de hadas del agua y del jardín, de aquellas que se doblegaban a su presencia sin resistencia. A ambos les gustaba que les llamaran "la pareja del trueno y el huracán", como si de alguna manera ellos mismos hubieran inventado esos apodos, moldeándolos a su voluntad.
—Nada que te interese —sonrió de lado, con ese mismo ardor desafiante que encendía cada una de sus interacciones. Una advertencia tanto como una invitación al caos.
—Más te vale —siseó él, sujetándola firmemente por la garganta en un gesto posesivo, sus dedos acariciando su piel con un roce que era más amenaza que ternura—. Vi algo diferente en tus ojos, algo que nunca he recibido de ti.
—Es un hada del polvillo, Stormir —resopló ella, fingiendo indiferencia, aunque sintiera el tirón invisible que la conectaba con Terence.
—Y tú eres mi hada del vuelo veloz —susurró él cerca de su oído, con una cadencia suave y un marcado y dominante deseo.
Con el cambio de estaciones, aquella tensión empezó a convertirse en una especie de suave danza sutil entre ella y Terence. Se encontraban ocasionalmente en eventos y reuniones, y en cada cruce de miradas sentían ese tirón silencioso, ese vínculo que ambos conocían pero que ninguno se atrevía a nombrar. La línea entre ellos permanecía infranqueable, pero siempre en el filo de romperse.
A Vidia le complacía, a veces, ver cómo Terence ascendía con cada estación que pasaba. Aquel ridículo sombrero de bellota en su cabeza, que le daba un aspecto ingenuo, se convirtió en su distintivo como el Guardián del Polvillo. Era él ahora quien insuflaba vida a las risas, quien reía con la alegría intacta de las primeras risas de los bebés humanos. Su dedicación y entrega habían empezado a ganarle el favor de las demás hadas y, finalmente, la aprobación de la Reina, quien lo reconocía con palabras que lo llenaban de orgullo.
Ella lo observaba en silencio, distante pero conectada, recordando aquella tarde lluviosa en la que, con las manos manchadas de pigmentos, había trazado el primer contorno de sus vestiduras sobre una hoja. Fue su viento el que lo había traído, el que lo había despertado a la vida.
Y, aunque él no parecía recordar, Vidia estaba segura de que en algún rincón de su alma lo sabía, como ella. Siempre había una chispa de reconocimiento en sus ojos cuando la encontraba observándolo. Tal vez, incluso, guardaría aquella primera prenda, aquella sencilla vestimenta en la que ella había depositado un poco de su esencia, el toque sutil y perpetuo de su viento.
Así es como él la miraba a veces, como si, en lo profundo, supiera que en ella había algo más que viento caótico.
Entonces, sucedió lo inevitable. Un día, apareció un hada que reflejaba a Terence como un espejo: Tinkerbell. Una artesana con el cabello tan dorado como el suyo, llena de energía y entusiasmo. Era su contraparte y su igual. Desde el momento en que Terence dejó caer polvo de hada sobre su cabeza, como un manto de bienvenida, quedó sellado el inicio de algo especial entre ellos. Vidia lo supo, incluso antes de que el vínculo se formara completamente: esas dos almas, puras e inocentes, resonaban en una misma frecuencia, compartiendo una dulzura tan natural como el vuelo.
Vidia y Stormir, en cambio, eran todo lo opuesto. Un remolino de caos, deseo y pasión sombría. Eran una fuerza desatada, cruda y dominante. Tinkerbell, en toda su candidez, era lo que Vidia nunca podría ser.
Al principio, intentó convencerse de que no haría nada al respecto; después de todo, Terence siempre sería un inferior, una criatura nacida de su viento, una efímera curiosidad. Pero cuando Tinkerbell se convirtió en una constante, cuando esa hada impertinente empezó a meterse en su vida y a atraer la mirada de todos, Vidia no pudo evitar la tentación de hacerla desaparecer.
Buscó hacer todo lo posible para ponerla en situaciones donde el peligro era una sombra implacable, esperando que se desvaneciera de su mundo, como una chispa que se apaga en medio de una tormenta.
Pero su intento de deshacerse de Tinkerbell tuvo el efecto contrario. Logró zafarse de todo, con ingenio, astucia, maquinas creadas de la nada con cosas perdidas venidas de tierra firme. La reina vio en ella algo especial y la reconoció antes que a Vidia, quien se encontró, de pronto, relegada y despreciada por su propio círculo.
Las demás hadas reían a sus espaldas, su nombre empezó a perder valor, a ser sinónimo de envidia y burla. El escarnio era soportable… hasta que vio a Terence seguir a Tinkerbell como si ella fuera la única luz en su mundo. Cada temporada, cada estación, parecían acercarse más, compartiendo la misma risa que antes pensó destinada solo a ella.
Mientras Vidia se volvía un alma solitaria en su propio reino, Stormir parecía absorber cada fragmento de lo que quedaba de ella, subyugándola con una intensidad que la mantenía en su órbita. Con él ya no había lugar para la rebelión o el deseo de ser vista. Pronto, Vidia comprendió que Terence, su creación, el que una vez había sentido tan cercano, jamás la miraría de la forma en que miraba a Tinkerbell.
Y así, sin resistencia, dejó que Stormir la envolviera. Lo entregó todo, cada atisbo de orgullo, cada rastro de fuego.
Las miradas que alguna vez compartió con Terence se desvanecieron como el último suspiro de una brisa. Ahora, Vidia apenas levantaba la vista del suelo, su esencia ya fundida en la de Stormir, mientras el recuerdo de Terence y todo lo que pudo haber sido se desvanecía entre el viento y el olvido.
El dolor que todo esto le causaba era incomparable, un nudo amargo que palpitaba en lo más profundo de su ser. Le dolía en cada rincón, como si el eco de su propio fracaso reverberara en cada fibra de su existencia. Y aun así, Vidia decidió que, si no podía avanzar como los demás, al menos se arrastraría hacia algún tipo de paz. Fue entonces cuando empezó a pintar.
Con los pigmentos que el minstro del Otoño le había confiado, Vidia se dedicó a crear hojas, dejando que sus dedos mancharan la tela de sus propias emociones. Sumergía las manos en colores cálidos y, con cada trazo, revivía el recuerdo de Terence: su primera creación, su obra imperfecta pero profunda. Pintaba una hoja tras otra, como si en cada forma trazada pudiera exorcizar la nostalgia y la pena que él le inspiraba. Sin importarle si alguien la observaba, se entregó a la tarea, hasta que sus manos y su cabello estaban manchados de un espectro infinito de tonos otoñales.
Con el tiempo, su espíritu se apagó lo suficiente como para aceptar el acercamiento de Tinkerbell y sus amigas, aunque siempre quedara esa barrera invisible entre ella y Terence. Él ya solo tenía ojos para la artesana, y Vidia, decidida a arrancar ese vínculo de su pecho, trató de encontrar satisfacción en su rol de hada de vuelo veloz y en el creciente dominio que adquiría como hada del arte.
Un día, el ministro del Otoño se detuvo a observarla. Fascinado por la precisión de sus trazos, por la intensidad casi febril con la que plasmaba cada hoja, le ofreció un ascenso. Poco a poco, sin apenas buscarlo, Vidia se fue convirtiendo en su mano derecha, trabajando a su lado entre los tonos dorados y carmesí del otoño.
Pero ni el prestigio ni el respeto la iluminaban. Había noches en que la promesa de una nueva hoja despertaba en ella un destello de aquella antigua magia, de la misma que la invadió al crear la primera hoja de arce de Terence. Pero el eco de aquella satisfacción era fugaz, una chispa que se apagaba rápidamente, dejándola con la certeza de que, por mucho que ascendiera, había perdido una parte de sí misma entre las sombras de un amor nunca correspondido.
—Has cambiado —le dijo Stormir con desprecio una noche, observándola como si se tratara de una sombra de lo que había sido—. Ya no eres digna de mí.
—Entonces vete —le escupió Vidia, sin amago de ocultar la amargura que la carcomía—. Seguro habrá centenares de hadas del jardín o del agua esperando por tenerte entre sus piernas.
Stormir le devolvió una mirada de puro veneno, su expresión endureciéndose aún más. —Antes, dejarlas era un placer para probar el frío de tu viento, Vidia —dijo, cada palabra un dardo—, pero veo que siempre fuiste solo una brisa pasajera, sin rumbo ni propósito. Algo fácil de reemplazar.
Las palabras golpearon como un trueno, y en medio de la pelea, el viento se volvió un vendaval feroz, arrasando con las hojas y retumbando entre las ramas. El aire en el árbol de Vidia se tornó huracanado, salvaje. Y, cuando la mano de ella se alzó en una cachetada, un trazo de pintura roja quedó marcado en la mejilla de Stormir, como el último vestigio de su furia y su deseo desvaneciéndose. Sin mirarla de nuevo, él salió de su vida, dejando tras de sí la presencia rota de la que alguna vez fue "la pareja del trueno y el huracán". Afuera, la tormenta arreciaba, los truenos estallaban como el mismo dolor en el corazón de Vidia, cada descarga una punzada que hacía eco del vacío que ahora la invadía.
En medio del caos, sintió la tormenta como una extensión de su propio tormento, y recordó esa primera mirada que compartió con Terence, esa chispa inesperada que alguna vez la había atravesado como un rayo. Se dio cuenta de que, en comparación con ese dolor, el impacto de una descarga de verdad dolería menos. No era solo Stormir quien se había ido, sino también el último vestigio de lo que ella misma había sido. Ahora solo quedaba el ardor de un vacío que parecía desgarrar el cielo con su pena.
Fue entonces, en el ojo de su tormenta, cuando Terence la buscó a ella.
Vidia lo vio acercarse con cautela, como si temiera desvanecerse en su presencia, o como si ella misma pudiera volverse humo y escapar entre sus dedos. Algo en su mirada había cambiado, algo más profundo y diferente, menos inocente. En esos ojos que alguna vez solo habían visto el mundo con asombro, ahora había una sombra de comprensión, como si él supiera de pérdidas y sacrificios.
—Vidia... —su voz era un susurro apenas audible sobre el viento que todavía rugía a su alrededor.
Ella, con el orgullo agrietado pero aún altivo, le sostuvo la mirada. No dijo nada, dejando que el viento hablara por ella, cada brizna de aire frío cargada de una pregunta sin respuesta. Pero la intensidad de la conexión que alguna vez compartieron se alzaba entre ellos como un eco, una corriente eléctrica invisible que la obligaba a bajar la guardia, solo un poco, suficiente para permitir que su herida volviera a sangrar.
—¿Cómo está Tink? —le dijo con una sonrisa amarga, mientras le daba por completo la espalda y se perdía en la tormenta.
Sabía que él la estaba siguiendo, aun sin poderle seguir el paso, aun sin que las pesadas gotas de lluvia lo dejasen avanzar demasiado. Vidia sabía que él seguía ahí, buscándola, gritando su nombre. Mientras ella seguía ascendiendo, en su busca en medio de la tormenta. Los rayos impactaban cada vez más cerca, cada vez más y más, hasta que la estática acarició su piel y la promesa de una descarga se volvía más cercana.
Vidia, suspendida en la altura tempestuosa, sintió que el viento que la impulsaba estaba cargado de todas las emociones reprimidas, todos los recuerdos enterrados. Desde allí, vio a Terence, y aunque él no podía verla, ella seguía cada uno de sus movimientos. Lo veía vulnerable, buscando respuestas entre la tormenta que ella misma había desencadenado.
—¿Porqué huyes? —escuchó su voz, Terence la llamó otra vez, su voz entrecortada, desgarrada por el viento— ¿porqué te alejas de tu creación?
Sintió una punzada de compasión, casi tan intensa como la amargura que la había envuelto desde el día en que él la dejó atrás. Pero había algo en su voz ahora, algo que removía lo más hondo de su ser, haciéndole cuestionarse si él realmente había comprendido todo lo que su partida le había causado.
Vidia se detuvo y volteó a mirarlo, él estaba perdido, abatido en lo alto de un pino, mojado hasta el último milímetro de su cuerpo. Él aun no la había visto, volando entre las nubes, pero ella a él si. Ella siempre lo ubicaba a pesar de estar entre la multitud, siempre lo había hecho. Intrigada, pero arisca como una brisa rápida, oscilaba volando entre las nubes, mientras el caos seguía latente.
Quería escucharlo. Saber lo que él sabía.
La tormenta, inconscientemente, empezó a calmarse, pero las nubes aun la ocultaron. El viento enmudeció al igual que los truenos y la lluvia. Todo parecía enmudecer para
—Sé que tú fuiste la que pintó la hoja que trajo mi vida aquí.
Las palabras de Terence quedaron suspendidas en el aire como un susurro entre las nubes. Vidia sintió un nudo en la garganta que la obligaba a permanecer oculta, en silencio. El caos de la tormenta se había apaciguado de una manera casi mística, como si la naturaleza misma contuviera el aliento, esperando su reacción.
Sin quererlo, descendió un poco más, apenas dejando que sus alas quedaran al descubierto en el resplandor tenue de un rayo lejano. Verlo ahí, vulnerable y mojado, confesando su verdad, la hizo sentir expuesta también. Terence aún no había dado con ella entre la bruma, pero seguía hablando, su voz quebrada por el peso de una comprensión tardía.
—Siempre me pregunté de dónde venía esa conexión —dijo, con la voz frágil pero firme—. Ahora lo entiendo. Fuiste tú quien me dio vida. Fuiste tú quien me hizo ser quien soy.
Vidia cerró los ojos un instante, sintiendo cómo cada palabra calaba en su orgullo. La frialdad que había cultivado como escudo comenzaba a quebrarse ante la sinceridad de Terence. Abrió los ojos y finalmente, sin disimulo, dejó que él la viera. Sus miradas se cruzaron como un rayo en medio de la calma, y entonces, con voz fría pero temblorosa, Vidia respondió.
—¿Y qué valor tiene eso ahora? —preguntó, ocultando el temblor en su tono.
Él pareció herido, pero no se desvió de su propósito. Avanzó unos pasos hacia ella, apenas conteniendo el impulso de extender la mano para alcanzarla.
—Lo supe demasiado tarde. Creí que eras un huracán que solo traía destrucción… pero ahora entiendo que solo buscabas a alguien que entendiera la fuerza de tu viento.
Vidia lo miró, y por primera vez, se permitió dejar que sus emociones desbordaran la máscara de orgullo que la protegía. En silencio, flotando a su lado, se dio cuenta de que el viento volvía a rugir entre ellos, solo que esta vez era un viento diferente, uno que llevaba consigo promesas de algo que aún podían recuperar.
—He visto las pinturas que haces —explicó él— tus trazos son únicos. Son los mismos de la hoja de arce que me vistió el día que nací. No solo fue tu viento el que me trajo hasta aquí ¿verdad?
Vidia bajó por completo y se posó en la misma rama, sintiendo la fuerza de la conexión latir en ambos atrayéndolos el uno al otro de una forma especial.
—Por estaciones completas te miré en silencio —le dijo él— yo he sido el que huía de ti, pero ahora estoy listo para saber más de ti. Para acercarme a ti, aunque tu viento y tus tormentas me destruyan
—Eso no pasará —murmuró ella, más cerca de él— no te lastimaré nunca.
La confesión de Vidia quedó flotando en el aire, como una promesa hecha en el lenguaje que solo el viento entiende. Terence la observaba, y por primera vez en su vida, ella sintió que él realmente la veía, más allá de la arrogancia y las tormentas que la envolvían.
Vidia levantó la mano con cuidado, sin dejar de mirarlo, y deslizó sus dedos suavemente por su rostro, como quien sigue los contornos de una pintura preciada. Sentía la textura de su piel bajo la yema de sus dedos, tan real y frágil, como la primera hoja de otoño que alguna vez había pintado, como aquella hoja que, sin saberlo, le había dado vida.
Terence, conmovido, tomó su mano entre las suyas, cálidas y firmes. Por un instante se miraron en silencio, con una intensidad que parecía calmar la misma tormenta. Era como si en aquel instante el mundo hubiera dejado de girar, y ambos supieran que había algo eterno en aquella conexión.
—Entonces —respondió él, acercándose lo justo para que sus rostros quedaran a unos centímetros de distancia—, déjame estar a tu lado, sin importar si es en calma o en tormenta.
Por primera vez, Vidia se permitió sonreír, una sonrisa sincera y vulnerable. Quizá, pensó, no había perdido del todo aquello que había anhelado. Y mientras el viento volvía a soplar suave a su alrededor, ella y Terence, juntos, compartieron un silencio que lo decía todo.