ID de la obra: 1408

La distracción definitiva

Het
PG-13
Finalizada
3
Fandom:
Tamaño:
11 páginas, 7.003 palabras, 1 capítulo
Descripción:
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Capítulo 1

Ajustes de texto
De rodillas ante él, Bulma se dio cuenta de que no podría hacer uso de los métodos irascibles a los que estaba acostumbrada. Este no era un villano al que podrías amedrentar con regaños. Si lo iba a vencer, debía tragarse su miedo y hacer bien las cosas.  Con suavidad, Bulma alzó los ojos hacia arriba, hacia el dios justiciero que pensaba inmolarla en ese preciso instante.  —¿Qué se siente? —dijo en un murmullo al principio.  Los ojos grises del dios se fijaron en los suyos, con molestia. Eso, de alguna forma la envalentonó.  —¿Qué se siente cumplir tu sueño? —volvió a decir, más segura de si misma, pero aún con la suavidad suficiente como para pasar por dócil— has deseado eliminar a los humanos desde hace mucho tiempo... Ahora estás por conseguirlo... ¿Qué se siente tener tanto poder... ? ¿Qué se siente haber vencido?  Esas últimas palabras se quedaron flotando entre ellos, como el humo tibio de un incienso en una sala sellada. Zamasu no respondió de inmediato. El agarre sobre su bata aflojó apenas, como si el concepto de “haber vencido” lo obligara a detenerse. —La sensación es de lo más placentera. —murmuró, pero su expresión no sufrió cambios— Ver el miedo de una raza entera reflejado en unos ojos mortales, es la ambrosía perfecta para un dios justiciero.  Sus facciones, antes firmes y serias, ahora adquirían un brillo cruel y maligno al sonreírle. Bulma percibió el agarre de su bata apretarse mientras él se recreaba en el temblor del cuerpo femenino ante sus palabras. —El gran dios Zamasu. —se permitió decir, ganando tiempo— Lo has conseguido. —No sabes de qué hablas, humana —siseó, los dientes apretados firmemente— Esto no acaba hasta que el último de ustedes termine hecho cenizas. Solo entonces podré darme por satisfecho, cuando vea tu raza reducida a un eco del olvido. Una pesadilla lejana. —Entonces... —tragó en seco, buscando sacar la frialdad valerosa que ameritaba esta situación— ¿Porqué no has terminado conmigo ya?  Zamasu se echó hacia atrás, riendo estruendosamente.  —¿Y porqué habría de hacerlo? —le sonrió, pero casi de inmediato su expresión volvió al desprecio frívolo que su odio le confería— ¿Qué diversión habría en ello? si me he tardado en su eliminación, ha sido para castigarlos antes. Es necesario que vean lo que han provocado, que sufran y que sientan en carne propia lo que le han hecho a sus mismos semejantes por siglos... Es necesario que sufran... Cada uno de ustedes. Bulma se retrajo sobre si misma, buscando retroceder del calor oscuro que despedía el kaioshin. El odio y el rencor eran vivos y palpables. Pero de la misma forma, sabía que debía concederle a su hijo del futuro más tiempo para proceder. Debía ser inteligente, o morir en el intento. —si todo esto es justicia... —continuó ella, bajando la mirada con aparente humildad— si tú eres la encarnación de la pureza divina... Hizo una pausa, estudiando sus gestos, midiendo su respiración. Zamasu la contemplaba como algo menos que escoria. Pero Bulma sabía que tenía su atención, y eso ya era una victoria en si misma. —¿Por qué necesitas ensuciarte tanto para lograrlo? Zamasu la miró, como si la pregunta fuera un alfiler inesperado atravesándole el ego. —¿Qué quieres decir? —Mírate —le susurró—. Eres un dios, ¿no? Nacido para contemplar, juzgar... superior en todo sentido. Pero mírate ahora. Ensangrentado, obsesionado, gritando tu verdad como un mortal cualquiera... Te has convertido en un genocida... Has adquirido parte de toda la maldad que querías erradicar. Zamasu entrecerró los ojos. El desprecio volvió, pero no con la misma solidez de antes. Había una grieta, mínima, pero real. —Dices que somos escoria. Que merecemos desaparecer. —estaba siendo lo más suave que podía al hablar, pero sus palabras por si mismas la delataban— Pero actúas como uno de nosotros. Te dejas llevar por la ira, por el deseo de venganza. Por el dolor... —¡Cállate! El suelo vibró bajo sus pies. La mano que sostenía su bata le dio un tirón, pero esta vez no para sostenerla: para levantarla, atraerla más cerca. Bulma ahogó un gemido, y su rostro quedó a escasos centímetros del de él. Sentía el calor de su aliento, ese aliento cargado de juicio y furia. Su ki era potente aunque no era visible, hasta Bulma podía percibirlo. —Hablas con la lengua venenosa de tu raza, intentando corromper incluso lo divino. Pero no funcionará. Porque no sabes de qué estas hablando. La perfección que está alcanzando mi justicia es innegable. Todo lo que hago es necesario hasta el último paso... Y cuando termine, el universo entero me lo agradecerá. Bulma sostuvo la mirada del kaioshin. Si empujaba un poco más, solo un poco más, podría arrastrarlo a su nivel. —Tal vez no quieres matarme aún. —susurró, sus labios apenas separados, sus palabras convertidas en un soplo cálido— Dices todo eso y pierdes el control hablando de tu amado ideal, pero realmente no lo estás llevando de la mejor forma. Si de verdad quisieras hacerlo, ya me habrías destruido. No estarías aquí hablando como si nada, estarías haciendo el exterminio sin contemplaciones. Me tienes aquí porque necesitas que alguien te vea. Que alguien te escuche. Que alguien te tema de cerca. Zamasu se detuvo a pensar en eso, y Bulma apreció el momento exacto en el que los engranajes de su mente pesaban esas palabras. Porque en el fondo era cierto, él deseaba ser escuchado, no por nada había intentado decirlo en voz alta en varias ocasiones ante Goku y Vegeta. Hablar a Goku de filosofía era intentar que las piedras escucharan o como hablarle a un niño de cuatro años.  Vegeta, por el contrario, aunque fuera un hombre tan inteligente y con un pasado igual de sádico, no era precisamente de los que saben escuchar. Bulma conocía a su esposo muy bien para ese momento y podía decir sin temor a equivocarse que lo que menos sabía era poner atención a una conversación aburrida. Era claro que este kaioshin, esta especie de elfo verde envenenado por el sadismo y la crueldad estaba sediento de atención. Quería ser escuchado y que su filosofía calara tan hondo como él mismo la sentía resonar en su profundo interior. Por eso Black lo había escogido, porque sabía que solo él mismo podía entenderse porque solo él tenía el mismo grado de odio y rencor hacia la humanidad. Algo en su respiración había cambiado. No jadeaba, pero ya no era uniforme. Bulma aprovechó su confusión. —¿Sabes lo que me asombra? —dijo en un susurro casi íntimo, dejando que su voz vibrara—. Que hayas podido destruir a todos los dioses, destruir a todos los humanos de los demás universos, razas y planetas enteros y sin embargo te detengas frente a mí. —¿Estás clamando por tu destrucción? ¿Es eso? —la enfrentó, la tensión en su mandíbula, la chispa vacilante en su mirada, lo delataban— Hablas como si quisiera algo de ti. —¿Y no es así? —le sonrió ella, apenas. Zamasu enarcó las cejas, confuso— No, para nada. ¡No sabes de lo que hablas! —retrocedió ante ella entonces, empezando a ser consciente de lo que Bulma insinuaba— Crees que puedes arrastrarme al fango de tu imperfección con solo mirarme así. Pero lo divino no duda y mi justicia es innegable así como mi pureza. Bulma no sabía mucho de psicología, pero había asistido a muchas sesiones de terapia como para saber que cuando uno presume tanto de una cosa, generalmente es porque carece de esta o quiere ocultar su falta o duda llenando el vacío con palabras. Para autoconvencerse o resaltar lo que quiere creer cuando ya casi lo olvida o ya ha perdido sentido. Entonces entendió por donde debía tirar del hilo.  —Insistes en esa pureza, pero me sigues teniendo aquí sostenida de esta forma ¿Será que temes caer en lo mismo que desprecias? —continuó ella, y al decirlo, se acomodó en su posición, rectificando la postura— Tal vez no puedes evitarlo... Tal vez parte de ti ya se pregunta qué se sentiría corromperse un poco... solo una vez. Tener algo de lo que siempre has juzgado, poseerlo, mancharte con ello y luego destruirlo. El kaioshin retrocedió un paso, aun sosteniéndola por la bata pero cada vez más lejos de ella. Como si ese pensamiento fuera una blasfemia que lo atravesaba por dentro. —¡Eres... repugnante! —escupió con violencia, pero su mirada ardía, confundida —Lo soy. Y sin embargo, no apartas la vista. Y tampoco has hecho nada por soltarme —con calma, pero sin quitarle los ojos de encima. Con deliberada inteligencia, bajó el tono para imprimirle mayor impacto a sus palabras— ¿Nunca has pensado en lo fácil que sería... ceder? Solo por un instante. No habría testigos, solo tú y yo, Zamasu. Nadie más sabría que el gran dios dejó sus ideales por un momento. Te entiendo, no se puede ser un genocida todo el tiempo, a veces se puede caer ante una chica linda. —¡Jamás! —su voz se volvió ronca, forzándose a mantener la compostura— ¡La perfección no admite deslices! ¡Tú no eres más que una mota de barro parlante! ¡Tu presencia es una ofensa! Cuando acabe contigo... Aun así, no la soltaba, sus dedos temblaban apenas perceptiblemente. Bulma se debatía en pensar que era por la rabia o porque por fin se había encontrado con alguien que le diera en qué pensar. Aunque fuese muy optimista, decidió apostar por la segunda opción. —Entonces destrúyeme, si tan pura es tu justicia. —lenta, en un susurro casi cariñoso, continuó— Acaba con esta ofensa... Pero no lo harás porque me deseas. Y eso te aterra más que cualquier rebelión. —¡Silencio! —jadeó, el rostro desencajado entre la furia y el asombro— ¡No te atrevas…! —Te atreviste tú primero. Cuando posaste los ojos en mí y no apartaste la mirada, no sé si te has dado cuenta, pero has estado hablando únicamente en lugar de matarme como decías que harías. Bulma había seducido hombres antes. Cuando adolescente lo había hecho mucho para divertirse con los nervios que producía. Era una diversión sádica, como la del mismo Zamasu, que llevaba a corazones rotos o a ilusiones apagadas. Pero la madurez y el hecho de haberse convertido en una mujer casada la llevaron a olvidar esos juegos. Nunca pasaba del inicio de algo para después alejarse riendo, nunca se vio en una circunstancia como esta en la que necesitaba de verdad sus atributos de mujer joven y rica. Pero aunque hubiera pasado tanto tiempo desde que sedujo al hombre que ahora era el padre de su hijo, Bulma no se equivocaba al reconocer ciertas reacciones en Zamasu. El desprecio tan latente que el kaioshin mostraba, no podía aventajar los retazos finos pero perceptibles de algo parecido al deseo, quizás. O miedo al deseo. Ella se inclinó apenas hacia adelante, como si estuviera a punto de confesarle un pecado. —Podrías matarme ahora mismo... —murmuró— pero eliges quedarte, hablarme de tus planes que no has podido contar a nadie y tocarme descaradamente. Zamasu tenía todo el cuerpo tenso, listo para asestar el golpe final en cualquier momento. Parecía en shock ante la idea de que alguien lo confrontase de esa forma. Èl no podía ver su orgullo herido con tanta facilidad. Ni siquiera podía encontrar cómo explicar su demora en destruirla sin dejarse a si mismo en evidencia ni rechazar las acusaciones. Oleadas de ki oscuro se empezaron a perfilar a su alrededor cuando su aura se materializó, visible y amenazadora. Y entonces, consciente de lo que había provocado, Bulma alzó la mano con osadía, y con dos dedos apenas rozó su muñeca, la que la sostenía. —¿Qué se siente tocar a una mortal, dios Zamasu? Sus dedos se deslizaron con lentitud por el antebrazo del kaioshin, explorando. Rozó con delicadeza la piel tersa con el borde de las uñas, deslizándolas con lentitud hacia arriba, hasta el interior del codo. Y entonces, como si esa caricia fuera poco, apoyó la barbilla contra la mano de Zamasu.  —¿Qué se siente tocar a una mortal así? Tenerla a tu disposición, entre tus manos… y saber que no se resiste. Zamasu tragó saliva con tanta violencia que estuvo a nada de atragantarse, soltándola en el acto. Bulma se vio precipitada al suelo demasiado rápido, por lo que trastabilló al volver a estar sobre sus pies con tanta brusquedad. Para sus adentros, Bulma se felicitó por su habilidad. Aún podía hacer dudar a un hombre, aún a sus treinta y nueve años (sin contar los años que se quitó con las esferas del dragón en otros tiempos, antes de conocer a Goku) todavía podía provocar pasiones. Su yo de quince estaría orgullosa. —¿Te crees hábil, mujer? —masculló Zamasu, pasando los ojos inquietos por su brazo entero, como si hubiera recibido una descarga eléctrica—. ¿Crees que puedes doblegarme con tus artimañas? He vivido más milenios de los que te imaginas y sé cómo actúan las de tu género. Es otra de las razones que me llevó a tachar a toda tu raza. Son incorregibles, desde su primer vástago hasta el último. No hay una razón para que yo ose ser indulgente... Pero sus ojos seguían regresando a su brazo después de mirarla con desprecio. Se movía mucho, como si ya no pudiera permanecer quieto. Alternativamente, parecía buscar el motivo de la sensación cálida que se había instalado en su piel. Lo que había sentido, había sido evidentemente extraño, pero Bulma estaba segura de que no había sido desagradable en ningún sentido para él. Eso era lo que horrorizaba a Zamasu, que a pesar de toda su filosofía, el placer seguía siendo atrayente. Bulma sonrió suavemente. Con presteza, evocando toda la gracia y sensualidad de la que fue capaz, se dejó caer de rodillas y unió las manos. Miró hacia arriba, en ademán suplicante y vulnerable. —Es cierto, cada palabra... Soy incorregible... ¿Cómo pude imaginar en ningún momento que un dios podría tener tales deseos? —murmuró, con voz cadenciosa y suave— ¿Qué puede hacer una mortal para obtener su perdón, dios justiciero Zamasu? El título pronunciado con esa dulzura pareció lacerarlo más que cualquier ofensa. Sus ojos claros estaban muy abiertos, cada acción de esta humana era más contradictorio, espontáneo, e impredecible que el anterior. Todo lo que decía le sorprendía y dejaba sin defensas, presa de sus propios rencores y prejuicios. Su ceño se frunció, pero no habló. Las palabras de Bulma se escurrieron entre ellos como un ungüento cálido, untando algo que él pretendía mantener seco y puro. —¿Qué puede hacer una mortal como yo para redimirse ante su señor? —prosiguió ella, dejando que cada sílaba se alargara apenas lo suficiente para sonar como una caricia. Zamasu se aproximó, despacio. Su silueta imponente la cubrió por completo como una sombra divina. Los dedos, tan inmaculados y precisos como una sentencia de muerte, se alzaron. Y durante un instante, Bulma creyó que iban a cerrarse alrededor de su cuello. Pero no lo hicieron. En cambio, se detuvieron cerca de su rostro. Él no la tocaba, pero sus dedos temblaban ligeramente en el aire, dudando. Entonces, su mano recuperó la firmeza y se vio revestida de la energía que usaba para crear una daga. Vibrando en el aire con un sólido color morado oscuro. —Tu especie no merece redención —dijo al fin, pero su voz ya no tenía la misma nitidez—. Son corruptos, por dentro y por fuera. Tu cuerpo… tus gestos… tu lengua… Todo en ti apesta a manipulación y lujuria. Y si te dejo hablar un minuto más vas a acabar hartándome con tus mentiras... Bulma observó la hoja de energía, la férrea decisión en su semblante y recordó a Trunks. Esto lo hacía por él, por su seguridad y la de esa chica Mai que estaba con él, por la seguridad del futuro. Para darles tiempo a ellos y a Goku y Vegeta que literalmente estaban dando su vida por la humanidad. Y si ella también moría, como su yo del futuro, moriría luchando. Con un suspiro casi audible, Bulma alzó la barbilla un poco más hacia arriba, dejando al descubierto el blanco cuello. Cerró los ojos un segundo, ofreciéndose a esa condena voluntariamente. —Entonces júzgame, gran Zamasu. Júzgame como quieras… —una suave sonrisa se hizo presente en sus labios al tiempo que separaba las pestañas con seductora suavidad— pero concédeme el verme a los ojos mientras lo haces. Quiero reflejarme en los ojos más puros y divinos que he llegado a ver en toda mi vida. Zamasu inspiró con furia. El ki le vibró entre los dedos, oscuro y turbio como un trueno. La daga en su mano parpadeó mientras él se acercaba un poco más. No la comprendía y no entendía qué estaba haciendo, pero era seguro que lo intrigaba. —¿Cómo osas pedirle algo así a tu juez? Tu osadía roza el sacrilegio —escupió— Me incomodas, me haces desear terminar lo antes posible con todos ustedes. —¿Y no es eso lo que más disfrutan los dioses? —susurró Bulma, con una sonrisa que podía significar miedo, pero que mantenía vivo el mismo desafío— ¿Qué los mortales les muestren respeto hasta el ultimo momento? solo hago una petición ¿me será negada también? Él dio otro paso. Las puntas de sus botas casi rozaban las rodillas de ella. Y aunque aún no la había tocado de verdad, su presencia oscura y maligna la recorría como un tacto invisible, pesado, palpitante. Se sentía más confiada ahora, que había renunciado hasta el último de sus pensamientos y simplemente actuaba por inercia.  —¿Qué tal si hacemos un trueque, mi señor? —le propuso, ya que un trato parecía demasiado pedir— Yo te ofrezco algo que solo los humanos podemos dar y tú a cambio me concedes un juicio como el que te pido.  Zamasu apretó el puño de la mano libre. Pero Bulma no se engañaba, él estaba sopesando seriamente concederle esa indulgencia. Sus ojos estaban fijos en ella, y por primera vez, Bulma sintió que no la miraba como a un insecto, sino como a algo que podía romperle la compostura. La hoja de energía en su mano se disolvió con un chasquido cristalino, como el del vidrio astillado, al tiempo en el que Zamasu suspiraba. Eso le otorgó un respiro a Bulma, que estaba comenzando a creer que de verdad la mataría sin más.  —De verdad que los humanos nunca dejarán de sorprenderme. —espetó el kaioshin—. ¿Qué crees que puedes ofrecerme para redimir tu existencia maldita? Bulma se pasó la lengua por los labios con disimulo a la vez que desviaba la mirada. ¿Qué pensaba que le estaba ofreciendo? ¿es que no era obvio? Bulma se encontró unos segundos escandalizada y al borde de gritarle mil cosas diferentes como tan acostumbrada estaba a hacer. Siempre que podía, gritaba e imponía ordenes, pero era evidente que no era el momento para ello. Tenía que detenerse a pensarlo más seguido. Si daba un paso en falso, lo perdería todo. Pero ya estaba demasiado adentro. —No hay redención verdadera sin entrega, ¿no es así? —musitó, reflexionando para ganar tiempo—. Si mi vida va a extinguirse… al menos que sirva de algo. Que le brinde un instante de goce al dios supremo. El silencio se volvió asfixiante. Zamasu dio un paso más, uno solo. Pero esa cercanía hizo que el aire se sintiera denso, cargado de electricidad.  —¿Gozar… contigo? —preguntó con un matiz peligroso que no sabía si era ira o fiebre—. ¿Crees que un dios puede rebajarse a tocar un cuerpo como el tuyo? ¿Con manos que han ejecutado la justicia divina? Su ki chispeó como una descarga más profunda y oscura que antes. Parecía encolerizarse por momentos a la vez que ella lograba distraerlo y sacarlo de ese estado.  Pero era dificil, parecía que cada momento regresaba a ese punto. La mirada de Bulma descendió lentamente, como si observara esas manos divinas con reverencia. —Yo no creo nada. Solo me ofrezco.  Y fue entonces cuando Zamasu se agachó hacia ella. Su rostro quedó a la altura del de ella. Tan cerca, que Bulma pudo sentir el temblor de su aliento y contar las venas prominentes en su sien y cuello. Palpitantes de ira. La miró con una rabia que parecía devorarlo por dentro. Su mano se alzó, finalmente, y esta vez sí la rozó. Los dedos fríos se apoyaron sobre su clavícula, con una lentitud escalofriante delineando las líneas de los huesos bajo la piel. Con la misma suavidad, ascendió por los tendones y músculos del cuello hasta tocar su barbilla. La hizo alzar más el rostro mientras la contemplaba desde varios ángulos a la vez. No era una caricia, era una medición. Bulma no se equivocaba, Zamasu si estaba tentado, seguro había contemplado el goce del ser humano muchas veces y, a la vez que había sentido odio y repulsión, puede que en su momento también sintiese envidia. —Tu raza es un cáncer que se infiltra incluso en el resto del universo —le susurró él. —Y tú estás ardiendo —le respondió ella, sin dejar de mirarlo— por padecerme... Sus ojos se encontraron entonces, el celeste antinatural de los femeninos contra el gris pétreo y frío de los de él.  La misma mano que la tocaba la apartó con violencia al segundo siguiente, haciendo que Bulma cayese hacia atrás de la sorpresa. Nuevamente tuvo que morderse la lengua para no decir lo que realmente quería. Quería gritarle mil cosas diferentes, como hacía con Goku cuando el muy imbécil se pasaba de listo y hacía alguna tontería. Pero el miedo y el cuidado que debía tener por toda la humanidad pesaban más. Así que se quedó mirándolo, con los dientes apretados y la mirada fulminante, a la expectativa desde su posición en el suelo.  —No tenías que hacer eso... —se permitió murmurar, la voz le temblaba por todo lo no dicho. —Lo que debí haber hecho es borrarte de la faz de esta tierra... —siseó entre dientes de pura rabia— Ardiendo ¿yo? ¿crees que un dios se rebajaría por una mortal? ¿por una mujer sucia como tú? si acaso una virgen, joven y consagrada... pero tú...  Bulma apretó los labios, se sintió ofendida profundamente en su fuero interno.  —¿Si? —alcanzó a mascullar, temblaba con la misma ira que Zamasu, pero a un nivel diferente— ¿Entonces porqué, oh señor de los dioses, sigue hablando conmigo en vez de destruirme? te has deleitado con mi conversación y la tentación que te ofrezco ¿no es verdad? Por eso no te atreves a destruirme aún.  Para su mayor sorpresa, Zamasu parecía reaccionar mejor de lo que esperaba. Su respiración estaba alterada. Sus pupilas dilatadas. Pero no habló más. La energía a su alrededor vibraba, desordenada, como si hasta su mismo orgullo rechazara la idea de verlo dudar. El odio todavía chispeaba en su mirada, pero ya no era puro, estaba mezclado con algo mucho más humano. —Digas lo que digas, lo único que haces es reforzar mi punto... Bulma, aún de rodillas, gateó acercándose un poco más, sin perder el ademán reverente. No quería que pensara que lo desafiaba. Quería que creyera —solo por un segundo— que ella lo adoraba como lo que él pretendía ser. —¿No lo entiendes? no pretendo desafiar tu juicio. Solo honrar tu gloria. —susurró, alzando las cejas para enfatizar— Acepta mi ofrenda, y luego podrás destruirme de la forma que quieras. Ese era el trueque que te ofrecí. Permíteme darte el último regalo que la humanidad guarda en mi. Permíteme darte la disculpa que mereces antes de aceptar por completo tu condena. Él entrecerró los ojos. Escucharla rogar provocaba una revolución diferente en él. De una forma u otra, se veía que toda su atención se centraba en ella en ese particular instante. Y eso era lo que Bulma quería. Hacía tiempo que no tenía toda la atención de un hombre, incluso captar la de Vegeta era dificil desde el principio, cuando era más joven y hermosa. Pero ver como Zamasu se quemaba en su propio calor por ella, dudando de sus ideales sádicos, tentado, deseándole a pesar de no seguir siendo una jovencita virgen, la hacía sentirse mujer de nuevo.  —No es algo impuro lo que te ofrezco. Es solo un beso... Permíteme ofrecerte el beso que merece un dios —dijo ella con voz aparentemente tranquila—. Uno que solo una humana podría darte porque ningún ángel se atrevería. Al ver que Zamasu no se movía, ni parecía tomar la decisión, Bulma se dio cuenta de que debía moverse hacia él si no quería que se terminase yendo. Por eso usó las manos para incorporarse y, al estar de pie, se acercó a él con pasos lentos. Ante la sorpresa de ambos, Bulma se acercó hasta estar a un palmo de él. Zamasu no se apartó, pero fijó sus ojos crueles y despreciativos en ella. Él no era un ser que podía traicionar sus ideales por que sí. La tentación era real, pero su propio fuero interno mantenía sus principios sólidos y bien arraigados. Tanto que a Bulma no le costaba entender que no cedería a menos que ella misma se lo mostrase a la fuerza...   Bulma se armó de todo el valor que le quedaba y el que nunca había tenido. Sabía que esa mirada y su aire de severidad eran simplemente una coartada, ya se lo había demostrado. Pero faltaba desengañarse. Cuando estuvo frente a él, tuvo que alzar el rostro más de lo esperado. Era notablemente más alta la figura del dios, pero eso no la detuvo. Alzó ambas manos, las posó con suavidad en los hombros de Zamasu, y se impulsó sobre la punta de sus pies. Algo que entendió después, cuando veía hacia atrás ese recuerdo, era que el tamaño era tan diferente entre ambos que ella nunca lo hubiera alcanzado. No si él no se hubiera agachado para recibirla.  Y lo besó. Sus labios buscaron los de él sin violencia, sin lujuria manifiesta, pero con una ternura abrasadora. Fue un beso que no pedía nada. No exigía rendición ni redención. Solo existía. Cálido. Perfecto. Terrenal. Zamasu no respondió pero tampoco se apartó. Bulma se retiró cuando creyó preciso hacerlo, sus ojos no brillaban de triunfo, sino con cierto pánico por lo que había hecho. Dio unos pasos hacia atrás mientras lo estudiaba con la mirada, alejándose cada vez más de él.  —¿Lo ves…? También nosotros podemos crear belleza —murmuró, tratando de sondear el terreno. Él la miró como si acabara de presenciar un crimen celestial. No dijo nada. El silencio entre ellos era espeso como aceite hirviendo. Pero cuando Bulma se movió para poner más distancia entre ambos, anticipando un nuevo ataque de ira, algo en él se quebró. En un parpadeo, la sujetó de los brazos, con dedos tan firmes como el jade para impedir que se siguiese alejando. La alzó apenas del suelo, como si no pesara nada, como si fuera solo un pensamiento fugaz que no lograba soltar. Zamasu frunció el ceño, pero sus ojos traicionaban el resto. Ya no eran grises como la niebla, sino como tormenta. Se inclinó hacia ella, como si lo arrastrara una fuerza que no quería obedecer y la besó. Al principio fue una embestida torpe. Sus labios estaban demasiado tensos y la respiración ruidosa, una furia que no sabía cómo volcar. Pero Bulma no se apartó, no lo creyó prudente considerando todo. Se mantuvo quieta, paciente. Lo dejó explorarla con una ansiedad que ya no podía disimular. Entonces sus manos—divinas, arrogantes, inexpertas—se deslizaron por los hombros de su bata, temblorosas y contradictorias. Como si en cada contacto se deleitara a la vez que se sentía malignamente impuro. A Bulma, este contacto le recordó su primer beso con Vegeta, después de una tensión que había durado meses. Pero en ese caso, él había dado el paso que hacía falta, un toque igual de explosivo como este. Claro que tanto en esa ocasión como ahora, era el pico de una tensión que rompía lo soportable, Bulma no podía creer que hubiese logrado replicar la situación intencionalmente esta vez. Respondió al beso con sensualidad. Jugó con su boca, abriéndose apenas para guiarlo, si iba a hacer esto, sería con sus reglas, ella le enseñaría el placer desde la raíz. Lo sintió tensarse cuando ella le rodeó el cuello con los brazos, y no porque intentara sujetarlo. Era un permiso para pecar y hacerlo bien. Su cuerpo se pegó al suyo con deliberada picardía femenina y se supo verdaderamente victoriosa cuando él soltó un gemido apagado contra sus labios. Zamasu retrocedió un instante, soltándose de los labios femeninos con un chasquido suave, sus pupilas dilatadas. Respiraba a bocanadas, confundido hasta lo más hondo. Una arruga de angustia le surcaba el entrecejo, dándole un aire de vulnerable angustia, tan distinto de su expresión habitual que Bulma apenas lo reconoció. Si no supiera quién era, si no recordara todo lo que había hecho, habría sentido ternura. Pero no podía. No del todo, por lo menos. —Esto... —murmuró él, aunque sus manos se negaban a soltarla— Esto es imposible. No hay deshonra más grande... La soltó de golpe, empujándola por tercera vez en menos de media hora. Dio un paso atrás, con una furia amarga iluminándole los ojos. —¡¿Qué hechicería es esta?! —escupió, llevándose una mano al pecho y luego a los labios— ¡Soy un dios! ¡Un juez sagrado, un portador de justicia eterna! ¡No puedo...! ¡No debo caer en esto! —Pero has caído —dijo Bulma con calma, aunque sonreía con orgullo, acercándose sin miedo—. Y nadie te forzó, Zamasu, tú solo lo buscaste. Zamasu apretó los dientes. Parecía a punto de romper algo, de destruir la tierra bajo sus pies. Pero no se movió, por el contrario, fue el ki oscuro el que lo rodeó por completo de nuevo. Temblaba como un hombre que ha probado un pecado y teme no poder dejarlo jamás. Sus manos se cerraron en puños y ascendieron para cubrir su rostro mientras sufría un estado de crisis. Entonces, Bulma sintió un nudo en la garganta. Cuando se acercó a él de nuevo, lo hizo más para consolarlo que por seguirlo distrayendo. Volvió a abrazarse a él, con cuidado, retirando con ternura las manos de él de su rostro. Bulma alzó una mano y le acarició el cuello con la yema de los dedos hasta tocar la nuca. Arrastrando apenas el borde de las uñas suavemente por su piel hacia el inicio del cuero cabelludo. Lo sintió estremecerse, cerrando los ojos por un instante, relajando las líneas de su rostro y a su vez los hombros. —Por imposible que sea, es real —susurró ella, manteniendo la mirada fija en su rostro—. Los humanos somos malos y buenos a la vez. Es nuestro último regalo... el caos de lo que somos... Pero estás temblando. ¿Acaso esta humana ha logrado ganarse la indulgencia de su dios? Zamasu la besó de nuevo. Esta vez más profundo, con hambre. Una pasión recién nacida, brutal, que se rebelaba contra siglos de represión. Sus manos bajaron por su espalda hasta aferrarse a su cintura, con una urgencia feroz, casi dolorosa. El aliento que jadeaba sobre su boca lo delataba: estaba al borde del colapso. Entonces fue ella quien sonrió. Le rozó los labios con un dedo, apartándolo con suavidad. —Ten cuidado, Zamasu —murmuró—. Me harás acabar rogando por el castigo que me prometiste. —No puedo detenerme. —Su voz se quebró, cargada de furia y vergüenza—. ¡¿Por qué se siente tan... perfecto?! ¡¿Por qué me haces desear lo que desprecio?!  Zamasu cerró los ojos, respiró hondo y volvió a buscarla. Bulma sonrió. Hacía mucho que no se sentía tan bien, tan confiada y en control, después de haber estado aterrorizada instantes antes. En esa extraña intimidad con el Kaioshin, se sintió invencible. Tal era la sensación que comenzó a disfrutar, de verdad, de la boca inexperta que la buscaba con tanta hambre. Una suave risa se le escapó cuando él intentó usar la lengua como ella lo hacía, alternando un mordisco suave a su labio inferior. —Déjamelo a mi, mi señor. —murmuró con tal suavidad, que Zamasu no evitó suspirar ante ello— Permíteme mostrarte cómo lo hacemos nosotros... te prometo que no te arrepentirás más que de no haberlo hecho antes. Mientras lo besaba, dejó que sus dedos exploraran su mandíbula firme, descendiendo con lentitud reverencial hacia su cuello. Allí, sus labios buscaron la piel templada, dejando besos suaves, casi devocionales, que contrastaban con la dureza del hombre al que se entregaban. La túnica no era un obstáculo para ella. Con la experiencia de quien conoce los gestos del deseo, tanteó el borde de la tela, encontrando por fin una abertura entre los pliegues que le permitió colar la mano por debajo. La piel del kaioshin estaba caliente y era tersa, tensa por la marcada juventud divina, y su cuerpo vibraba como un cable a punto de partirse por sus toques. Zamasu contenía el aliento, entre rendido y perplejo, temblando. Parecía perdido en las sensaciones nuevas. Bulma cerró los ojos por un instante, embriagada por la belleza pura del cuerpo que tocaba. No había cicatriz ni la menor imperfección, solo la piel inmaculada de un ser superior. Por un segundo ella olvidó el propósito que estos juegos tenían. Solo quedaba el calor bajo su mano, el jadeo ronco en la garganta del kaio, y esa tensión casi insoportable que estallaría en cuanto uno de los dos lo permitiera. Las manos de él, aferradas a su cintura, buscando la forma de acercarla más a si, no ayudaban más que a despertar en ella un creciente deseo. Bulma lo miró al rostro y lo contempló con diversión. Una vez desaparecida la expresión que tenía habitualmente de odio y desdén maníaco, Zamasu era verdaderamente atractivo. Y jadeando de esa forma, despertaba incluso el deseo de volver a probar sus labios. Al besarlo otra vez, no fue su boca lo que la estremeció. Fue... algo más. Una oleada de calor líquido, como si los hilos invisibles del universo se hubieran tensado bajo su piel. Era un placer que no conocía —ni con Yamcha, ni con Vegeta, ni siquiera en sus momentos más íntimos consigo misma—. Un tipo de goce que no dependía del roce de piel ni del deseo carnal. Era algo que se colaba por sus poros y le acariciaba el alma desde dentro, como si el simple contacto con ese ser divino hubiera despertado en ella una melodía silente que su cuerpo no sabía que podía escuchar. Colores le bailaron detrás de los párpados. No luces. Colores que cantaban. Aromas que ardían. Sensaciones que no tenían nombre pero que la sacudieron con la violencia de una ola emocional perfecta. Cada caricia de las manos de Zamasu en su cintura y espalda no era solo caricias. Se volvían descargas de pureza, de intención, juicio y destino.  Bulma sintió el beso de Zamasu no solo en sus labios, sino en su pecho, en su espalda, en lo más profundo de su vientre, en los huesos. Era como si una sinfonía muda le acariciara la espina dorsal, y por cada vértebra bajara un estallido de sensaciones imposibles de describir. No era excitación como la había conocido. Era placer... digno. Intenso, sí, pero también lleno de una belleza antigua, imposible de replicar. No venía de su cuerpo, sino de un lugar más hondo, más esencial. Cada vez que sus manos se deslizaban bajo la túnica, el aire vibraba. Sentía el calor de su piel sin llegar a tocarla. Era una caricia cuántica, una onda que se propagaba más allá de la materia. Y en ese roce, sin roce, su alma parecía rendirse y latir con una intensidad nueva. Como si por primera vez comprendiera que el goce no dependía de músculos ni de órganos, sino de la voluntad de un dios de compartir su esencia con ella. Zamasu la dejaba entrar. Permitía, sin querer, que parte de su divinidad se derramara sobre ella. Se soltaron del beso y se miraron a los ojos. Con la respiración agitada y deseos de repetirlo mil veces más. Jadeaban, pero no por agotamiento físico. Bulma sabía que su cuerpo estaba entero. Era su alma la que había conocido un éxtasis que no entendía pero que ya ansiaba repetir. Bulma creía que era ella que le estaba mostrando a él, pero se equivocaba. Ambos, de alguna forma que no conocía, se estaban mostrando el uno al otro sensaciones nuevas. Y por supuesto, a ambos les estaban encantando a niveles indecibles.  Ella que creía haber sentido todo lo que una mujer adulta, casada y con hijos, podía sentir. Pero en ese apasionado y accidental momento, descubrió que no. Que había un placer que solo un dios podía ofrecer, y que una vez probado no se olvidaría jamás.  Su boca subió una vez más para capturar la suya, pero justo entonces, Bulma vio a Trunks. Estaba más allá, de pie, petrificado. Sus ojos, grandes y tan azules como los suyos abiertos como platos, la observaban desde el otro lado de la ciudad en ruinas, más allá del hombro de Zamasu. Bulma sintió un cosquilleo helado en el estómago. Se apartó de golpe, antes de que sus bocas se encontraran de nuevo. A pesar de eso, no retrocedió con violencia, sino como quien despierta de un sueño y siente vergüenza. Se quedó un instante inmóvil antes de sacar la mano de debajo de la túnica. La escena se le antojó absurda, de la nada se sintió la mujer más ridícula que existía. Había rozado el pecado con labios hambrientos, y su propio hijo la había visto. La mirada de Trunks no demostraba que la juzgara, pero eso lo hacía peor. Era de shock absoluto. Pero claro, era comprensible. Zamasu abrió los ojos, aún encendido por la pasión, sin notar el cambio inmediato. Pero Bulma ya no estaba allí, ya no sentía los mismos arrebatos de hacía unos segundos, había vuelto a sí misma. Y aunque aún temblaba, ya no era de deseo. —¿Porqué te detienes? —masculló Zamasu, confundido y frustrado, hasta que se le ocurrió mirar en la dirección que veía ella. Entonces Bulma reparó en Mai y el jarrón. Justo cuando Trunks salió de su estupor sacudiendo la cabeza. —¡Es tu fin, Zamasu! —gritó, con toda la potencia que se amerita, antes de alzar los brazos para invocar la técnica— ¡Mafuba! Lo que sucedió a continuación fue abrupto y contundente. Una ráfaga de viento verde se desplegó desde la nada, atrapando a Zamasu en un torbellino que lo absorbió en el aire. Apenas tuvo tiempo de gritar antes de ser succionado hacia el interior del jarrón. Mai colocó la tapa con rapidez, y Trunks selló la vasija con el amuleto de papel. El objeto resplandeció con un parpadeo antes de quedarse completamente inmóvil, aún humeante, entre las manos de la chica. Los tres lo observaron en silencio durante unos segundos. Trunks, temblando y jadeando tras el esfuerzo titánico de ejecutar una técnica que apenas había logrado dominar a tiempo, se recargó en el hombro de Mai. Era un consumo de energía tremendo, aunque no fuera como las batallas hasta ahora con Black o el mismo Zamasu. —Ya está... —murmuró el chico— Ya está... ahora solo queda ese psicópata de Black. Espero que papá y el señor Goku lo hayan debilitado lo suficiente. ¡Voy a ayudarlos! —Ten cuidado, Trunks. —Lo peor ha pasado, solo nos queda derrotarlo y será más sencillo. Recuerda que él no es inmortal.  —Te estaré esperando cuando regreses —le murmuró Mai con dulzura. Él asintió con una sonrisa de cariño esperanzado y, antes de irse, se volvió hacia su madre. Bulma no sabía qué cara poner, pero Trunks se lo hizo más fácil con una sonrisa. No había pasado nada realmente malo. Las circunstancias, tal vez, justificaba sus medidas desesperadas. La mujer de cabello celeste sintió que un peso se deslizaba fuera de sus hombros mientras lo veía alzar el vuelo y perderse entre las nubes oscuras, en busca de su venganza. Mai no dijo nada más. Se dio media vuelta y se dirigió al refugio para traer de regreso a los sobrevivientes, dejando a Bulma sola con el jarrón y el búnker más allá. Una de sus manos subió hasta sus labios. Se los tocó con dos dedos, con una delicadeza inconsciente, como si pudiera extraer de su piel la respuesta que su alma se negaba a formular. Aún le ardían las mejillas por el calor de la vergüenza. Sus labios —ligeramente hinchados— recordaban perfectamente la presión del deseo divino que se había atrevido a probarla. El gran dios justiciero, Zamasu, había sido encerrado para siempre. Y sin embargo... había algo en Bulma que se sentía derrotado. Algo pequeño, escondido entre el orgullo y la satisfacción, que palpitaba con una necesidad no resuelta. —¿Quién lo hubiera pensado...? —susurró al viento— Que un beso... uno solo... pudiera provocar tanto. Un beso que había comenzado como parte de una distracción... y que terminó con las manos de un dios en su cintura, con su respiración entrelazada en la suya, con su juicio suspendido entre la virtud y el pecado. Y ahora, todo lo que quedaba de eso era un jarrón humeante y sellado con la informe letra de Roshi. Se dirigió al búnker, limpiándose las rodillas y la bata de laboratorio con una dignidad que no sentía. No podía —ni quería— contarle a nadie lo que había ocurrido. Esperaba que Trunks se guardase el secreto y que no se le ocurriese decírselo a Vegeta o al resto de sus amigos ¿Cómo se le explica al universo que el enemigo más peligroso de todos, por un instante, no deseó destruirla sino rendirse con ella? Lo miró una vez más. El jarrón era más pequeño de lo que recordaba cuando Goku se los mostró. Y, aun así, contenía a un dios y todo su fanatismo acérrimo y asesino. Y también contenía esas sensaciones nuevas que él le mostró a ella, y quizá el recuerdo de todas las que ella le mostró a él. Bulma sonrió, triste y satisfecha a la vez. —Ojalá nunca recuerdes ese beso, Zamasu... —murmuró— pero yo... yo no voy a poder olvidarlo.
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