Capítulo 1
23 de noviembre de 2025, 9:58
Karsh abrió los ojos lentamente, pero no se molestó en moverse. Sabía que aún era temprano. El silencio de la casa, interrumpido solo por el canto perezoso de algún pájaro fuera de la ventana, le dio la bienvenida a un día sin prisas. Por un momento, se quedó quieto, saboreando esa paz rara que llegaba con los domingos.
A su lado, Illeana todavía dormía. Su respiración era un ritmo suave, constante, como el susurro de las olas en una playa lejana. Karsh se giró un poco para mirarla, observando cómo sus cabellos caían desordenados sobre la almohada. Había algo tan puro, tan sereno en la forma en que el mundo la dejaba descansar, un contraste absoluto con la energía magnética que solía irradiar cuando estaba despierta.
Sonrió, permitiéndose un momento de simple apreciación. Vestía esa lencería de encaje clara, de un rosa suave casi parecido a su piel que le daba la dulce apariencia de estar desnuda. A Karsh le encantaba y mirarla, solo mirarla, ya era todo un deleite.
Illeana siempre estaba llena de energía, pero en ese instante, parecía tan tranquila, tan vulnerable en su sueño. No pudo evitar acercarse un poco más, atrapado por la tentación de tocarla, pero lo hizo con suavidad, como si no quisiera romper ese momento perfecto. Sus dedos rozaron ligeramente su brazo, apenas una caricia, y sintió el calor de su piel bajo la suya. La suavidad de su tacto era un recordatorio de todo lo que habían vivido juntos: los enfrentamientos, las reconciliaciones, los momentos de incertidumbre.
Illeana se removió ligeramente, aún atrapada en los brazos del sueño, y soltó un murmullo suave que lo hizo sonreír. Como un gato perezoso, se estiró perezosamente, aún sin abrir los ojos, y luego, como si el instinto la guiara, se acurrucó más cerca de Karsh, apoyando la cabeza en su pecho. Él pasó un brazo alrededor de ella, atrayéndola con delicadeza, como si protegiera una joya preciada.
No había palabras, no las necesitaban. El silencio entre ellos estaba lleno de complicidad, de un entendimiento tácito que solo se encontraba en los días como ese, cuando no había responsabilidades, ni amenazas, ni el caos que solía marcar sus vidas. Solo ellos dos, la suavidad del momento, y el mundo esperando fuera de las paredes.
—¿Ya estás despierto? —La voz de Illeana llegó, ronca por el sueño, pero suave como siempre. Su aliento era cálido contra su piel, y Karsh sintió un cosquilleo que lo hizo sonreír aún más.
—Mm, no del todo, —respondió él, su voz baja mientras su mano dibujaba círculos distraídos en su espalda— ¿Y tú?
—Quizás, —murmuró ella, riendo suavemente contra su pecho antes de suspirar— Pero no quiero moverme aún.
Karsh soltó una suave risa, bajando la cabeza para besarle la frente— No tienes que hacerlo. Tenemos todo el día.
Illeana asintió con una sonrisa perezosa, acomodándose mejor en sus brazos. —Me gusta eso —susurró, sus ojos aún cerrados, mientras sus manos jugaban distraídamente con los pliegues de la camiseta de Karsh.
Por un momento, el tiempo pareció estirarse, como si el reloj se olvidara de avanzar, dejándolos envueltos en una burbuja de paz. Afuera, la luz del sol comenzaba a iluminar la habitación con más fuerza, pero no había prisa. Los domingos eran así. Illeana sonrió suavemente contra el pecho de Karsh, disfrutando de la caricia suave de sus dedos en su espalda. El silencio cómodo entre ellos fue roto por un murmullo juguetón.
—¿Sabes lo que esto me recuerda? —dijo ella, su voz adormilada pero llena de diversión.
—Mmm, ¿qué? —preguntó él, aún con los ojos cerrados, completamente entregado al momento.
—Ese domingo en que intentaste sorprenderme con desayuno en la cama... y casi incendiaste la cocina. —Illeana se rió, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos, sus ojos brillando con ese destello travieso que Karsh amaba tanto.
Karsh dejó escapar una carcajada baja. —¡Eso fue culpa del horno encantado! No me dijiste que tenía una tendencia a... explotar.
—Lo que me sorprende es que aún me atreva a dejarte cerca de la cocina.
Karsh sonrió, tirándola suavemente hacia él— Tienes suerte de que mi magia funcione mejor en otras áreas.
Illeana alzó una ceja, desafiante pero divertida— ¿Ah, sí? ¿En qué áreas?
Él bajó una de sus manos al muslo de ella, subiendo para rozar delicada pero juguetonamente bajo la tela que cubría su cadera— Creo que tú mejor que nadie sabes a qué tipo de magia me refiero.
—Temo que lo he olvidado —fingió ella, con expresión de aparente inocencia— Quizás deberíamos poner eso a prueba más tarde.
El ambiente comenzó a cambiar lentamente, a medida que Karsh acariciaba su espalda de manera más intencional, sintiendo cómo la piel de Illeana reaccionaba ante su toque. Illeana soltó un suspiro, sus dedos comenzando a deslizarse por el pecho de Karsh, trazando un camino tentador mientras sus labios, aún llenos de sueño, buscaban los suyos. El beso fue suave al principio, una danza perezosa entre ellos, pero pronto la atmósfera en la habitación se fue cargando de una intensidad palpable.
Illeana se estiró, entrelazando sus piernas con las de Karsh, y él, incapaz de resistir la corriente que los envolvía, dejó que su mano se deslizara lentamente hacia la curva de su cintura. Sus cuerpos parecían alinearse a la perfección, como si todo en ese momento conspirara para que el mundo fuera solo para ellos.
—¿Sabes? —susurró Karsh contra los labios de Illeana, su aliento entrecortado mientras la besaba de nuevo— me encanta cuando los domingos se sienten así…
Illeana soltó una suave risa, sus ojos entreabiertos brillando con picardía— ¿Así cómo? — preguntó, mientras sus dedos se deslizaban juguetonamente por la nuca de Karsh, enviando escalofríos por su columna.
—Así…— comenzó a decir Karsh, tomando la iniciativa y subiendo sobre ella, pero justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—¡Sorpresa! —gritaron en coro dos voces familiares, llenas de energía juvenil.
Karsh saltó, el susto recorriendo su cuerpo en una fracción de segundo. En su intento por reaccionar, perdió el equilibrio y, con un giro torpe, cayó de la cama al suelo con un ruido sordo, como un gato mal aterrizado.
Illeana soltó una carcajada, cubriéndose la boca con las manos mientras veía a Karsh luchar por levantarse desde el suelo. Frente a ellos, Cam y Alex estaban paradas en la puerta, sonriendo ampliamente, completamente ajenas a la intimidad del momento que acababan de interrumpir.
—¡Buenos días! —exclamó Cam, con una sonrisa de oreja a oreja— ¡Les trajimos café!
Alex, con una bandeja llena de cosas agradables para desayunar, se mordió el labio, luchando por no reírse al ver a Karsh en el suelo. —Oh, Dios mío ¿Estábamos interrumpiendo algo?
Karsh, aún desde el suelo, se frotó la cabeza, resignado y fastidiado de que su domingo de juegos se hubiera cancelado— Digamos que su entrada fue... oportunamente inoportuna.
Illeana, aún riendo, se inclinó hacia el borde de la cama y le ofreció una mano a Karsh para ayudarlo a levantarse— Tendremos que guardar las sorpresas para después —dijo, su tono lleno de complicidad— disculpen a Karsh, chicas, él quería seguir descansando.
Karsh tomó su mano, y mientras se levantaba, no pudo evitar lanzar una mirada traviesa a las gemelas.
—Voy a necesitar algo más fuerte que café después de este despertar, —bromeó, mientras se sacudía la ropa, sintiéndose un poco ridículo.
Cam y Alex se acercaron, todavía sonriendo, y dejaron la bandeja sobre una pequeña mesa junto a la cama.
—¡El café está listo! ¿Desayuno en la cama? ¡Prometemos no explotar la cocina esta vez! —dijo Cam, guiñando un ojo de manera muy cómica e infantil.
El momento se había transformado en algo diferente, pero la alegría de tener a las gemelas allí, con sus risas y energía, también era parte de la magia de esos domingos. A veces los visitaban, aunque nunca se les había ocurrido hacerlo un día de descanso como ese.
—Entonces, ¿Quién quiere café? —preguntó Alex, con un tono de broma— Porque les aseguro que es mejor que el desastre que Karsh hizo la última vez.
—¡Hey! No fue mi culpa que el horno estuviera encantado, —protestó Karsh, mientras todos estallaban en risas.
—No estaba encantado, solo que no lo sabes usar —Cam se rió a carcajadas, contagiando a su hermana.
Karsh resopló, resignado a su derrota, y levantó las manos en señal de paz— Puede ser —dijo con una media sonrisa, dirigiéndose al ropero. Sacó su ropa, listo para vestirse— Déjenme cambiarme y las alcanzo en el comedor en un momento.
Las chicas siguieron conversando animadamente mientras Illeana, con curiosidad, probaba el café amargo que le habían preparado a Karsh. Al darle un sorbo, su expresión se torció instantáneamente.
—¿Así le gusta? —preguntó Alex, entre risas, al ver la mueca en el rostro de Illeana.
Illeana asintió con una sonrisa divertida— Sí, así le gusta, aunque no lo entiendo.
Cam miró a Illeana un poco más seria, dándose cuenta de lo íntimo del momento en el que habían irrumpido.
—Illeana, de verdad sentimos haberte interrumpido —dijo, con un tono algo más sincero— No sabíamos que… bueno, —se aclaró la garganta, sus ojos vagando hacia la lencería de Illeana y el pijama desordenado de Karsh— estábamos invadiendo su espacio personal.
Cam hizo una pausa y, con una chispa traviesa en los ojos, agregó— Si interrumpimos algo importante, podemos volver en media hora, ¿les parece?
Alex no pudo evitar reírse, dándole un codazo a su hermana por su audacia. Illeana, aunque ruborizada, sonrió disimuladamente mientras echaba una mirada rápida a la puerta por donde Karsh había desaparecido.
La verdad, Karsh podía tardar todo el tiempo que quisiera en la cama. Ella no lo olvidaba: había habido una época, cuando eran más jóvenes y la distancia los separaba. Durante dos largos años, Illeana tuvo que alejarse porque Cam vivió con sus abuelos. Cuando volvió, Karsh no la dejó salir del dormitorio en tres días. Tres días de pura pasión, con breves descansos para comer y dormir. Illeana sonrió ante el recuerdo, un calor dulce recorriéndola. Esos tiempos, aunque lejanos, siempre estaban en su mente.
—No se preocupen, chicas —dijo Illeana, regresando al presente— Lo que haya quedado pendiente, lo resolveremos más tarde —rió suavemente, con una ligera incomodidad.
Las gemelas compartieron una mirada cómplice y se rieron, el tipo de risa que solo surge cuando las bromas sobre la intimidad fluyen sin esfuerzo.
—Espero no haberle molestado demasiado a Karsh con ese golpe —comentó Cam, con un tono algo más serio.
Illeana se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto— Karsh se molesta por muchas cosas, eso se los puedo asegurar, pero por esto, viniendo de ustedes, no creo que haya problema.
La verdad, Illeana no estaba completamente segura de si a Karsh realmente le había molestado la interrupción. Él valoraba mucho la intimidad, y aunque solía tomar la iniciativa, le gustaba disfrutar de esos momentos hasta el final. Se prometió a sí misma compensarle de alguna forma, asegurándose de que la interrupción no lo pusiera de mal humor el resto del día.
—Tengo que decirte que ese conjunto de lencería te queda increíble —halagó Cam, mirando de reojo el encaje con admiración— ¿Dónde lo compraste? Necesito uno igual.
—Sí, es muy sexy —secundó Alex, asintiendo entusiasmada— Armoniza perfectamente con tu piel.
Illeana rió divertida, agradecida por el cumplido, mientras se levantaba para buscar algo más cómodo con lo que vestirse.
—Gracias, chicas. —respondió con una sonrisa mientras rebuscaba entre su ropa— La verdad, la lencería de esta dimensión me gusta mucho más que la de Coventry. Tiene más… encanto.
Karsh reapareció en la puerta, ya vestido y con el cabello ligeramente desordenado, todavía sin perder ese aire relajado de la mañana. Se dejó caer en la cama revuelta y tomó su taza de café amargo, dándole un largo sorbo. Al ver las sonrisas pícaras de las gemelas, él también se ruborizó, aunque intentó ocultarlo detrás de la taza.
—A mí también me gusta más la ropa interior de aquí —añadió, con un tono casual que desató risas entre las chicas. Incluso Illeana no pudo evitar soltar una carcajada, y el rubor en las mejillas de Karsh se intensificó.
—Lo que le guste al señor de la casa es ley —dijo Illeana, provocándolo con una sonrisa traviesa.
Karsh, sin pensarlo dos veces, estiró un brazo y le hizo cosquillas en el costado, provocando que ella se retorciera entre risas, mientras las gemelas miraban divertidas.
—Bueno, parece que tendremos que aprender a no interrumpirlos tan temprano —bromeó Alex, mientras Cam se acercaba a la puerta.
—Exacto, pero no prometemos nada —añadió Cam, guiñándole un ojo a Karsh antes de desaparecer de la habitación, dejándolos finalmente solos.
Illeana se acomodó a su lado en la cama, respirando profundamente y disfrutando del suave calor del sol que se filtraba por las ventanas. Karsh la miró de reojo y sonrió.
—No podemos tener ni un momento tranquilo —bromeó él, tomando su mano. Illeana se inclinó hacia él y, entrelazando sus dedos con los de Karsh, lo miró a los ojos.
—Siempre podemos aprovechar el tiempo cuando estamos solos, ¿no crees? —susurró ella, con una sonrisa cómplice.
Karsh sonrió, mirándola con ese brillo de complicidad en los ojos.
—Eso nunca ha sido un problema —respondió él, inclinándose para besarla suavemente.