Capítulo 1
23 de noviembre de 2025, 9:53
La primera cosa que sorprendió a Karsh cuando se mudó con Illeana era que ella vivía en una casa propia.
Al abrirse la puerta del cuarto que compartirían, él no pudo evitar soltar un suspiro. Conocía bien las tendencias de Illeana hacia el caos y la diversión, pero jamás habría imaginado que su dormitorio también sería un reflejo de esa personalidad desbordante. Las plantas, grandes y pequeñas, trepaban por las paredes y colgaban del techo, llenando el espacio con aromas y colores vibrantes. Con una sola mirada, ella entendió lo que él pensaba.
—Lo siento —sonrió tímidamente ella— nunca tengo visitas, y sabes cómo adoro el campo y la naturaleza desbordante.
Karsh respiró profundamente, evaluando el caos verde que lo rodeaba.
—Podemos dejar unas, —resopló él finalmente, logrando que Illeana sonriera con alivio— pero solo en las esquinas o junto al ventanal, donde no se apropien de todo el cuarto. Si te gustan no hay porqué exiliarlas por completo, es tu casa después de todo.
En eso había sido más suertuda que él. Karsh había estado alquilando departamentos diferentes esos veintiún años, según le venía mejor para estar cerca de su protegida Alex a medida que iba creciendo, sin preocuparse mucho por personalizarlos o por hacerlos más cómodos ya que solo regresaba para dormir. Una habitación con cama, una cocina y un baño, más que suficiente. Pero Illeana se había dedicado a más que solo cuidar a Camryn, ya que, por la situación estable y acomodada de los padres de la chica, estaba prácticamente aislada del mal, lo que le dejaba tiempo a ella para otros menesteres.
Illeana empezó tomando un pequeño trabajo como jardinera en una casa normal al lado de la de Camryn al principio, en la infancia temprana de la niña, recibiendo menos de un salario minimo y un sitio en el cual vivir aledaño al de la servidumbre. No era mucho, pero a Illeana no le importaba mientras hubiera comida y estuviera cerca de Cam.
Así como Karsh, ella también desentonaba por sus túnicas, su forma de hablar, su entusiasmo y su físico de persona de buena familia. La gente la miraba mucho y la juzgaba no siempre en silencio. Cuando se volvieron a ver con Karsh una tarde más adelante, ella llegó vestida en jeans y blusa, mimetizándose al completo con los demás, y fue su compañero quien la miró raro entonces.
En esos años ella hizo cada jardín de esa residencial crecer de forma extraordinaria, aprendiendo los métodos de los no magos y, para qué negarlos, agregando magia a todo lo que hacía. Las flores crecían grandes y de colores vivos, los arboles reverdecían y se fortalecían como nutridos por el amor de sus manos. No pasó mucho tiempo hasta que Illeana recibiera un mejor pago y de poco en poco, amistades agradecidas.
Ella no era mucho de tratos, pero sus nuevas amistades le ayudaron a comprar una casa cerca de la casa de los padres adoptivos de Cam, por lo que con facilidad pudo seguir manteniendo los jardines y su nueva vida. Logró aprender a ser una más, a no llamar mucho la atención y a guardar su personalidad efervescente y alegre para sus íntimos, que realmente solo se reducía a Karsh.
Los tiempos habían cambiado. Las gemelas se habían encontrado y habían derrotado la tiranía de Thantos en Coventry. Entonces, Alex consiguió un trabajo mejor pagado gracias a una amiga de Cam, y los padres adoptivos de ella quisieron que se quedara con ellos como una más de la familia. Empezaron a verse a diario, a ir a la misma universidad y a comportarse como más que mejores amigas, como hermanas gemelas, como siempre debió ser.
Entonces Karsh pudo por fin acercarse a Illeana más libremente, sin el apuro de que las gemelas estuvieran separadas y fuera de supervisión. Ellos empezaron a verse aun más a menudo. A tener sesiones de dulce amor en el nuevo departamento de Karsh, a unas cuadras de la casa de los padres de Cam. Sin darse cuenta, Illeana empezó a vivir más con él que en su propia casa, ya que no eran pocas las veces que despertaba entre sus sábanas.
Karsh estaba consiente de ello, después de tantos años con tantos asuntos en su cabeza, por fin tener espacio, tiempo y paz para recrearse en la mujer que amaba y ponerle atención, un día le surgió la idea de venirse a vivir con ella. Con el corazón acelerado y un poco nervioso, le propuso que vivieran juntos en la casa de ella.
—Nos casaremos pronto, de todas formas —había dicho, temeroso de que ella rechazase la idea— tarde o temprano tendremos que vivir en la misma casa. Y este no es el sitio para una pareja, es un departamento de soltero y...
No alcanzó a terminar la frase. Illeana lo había interrumpido con una serie de besos que expresaban su felicidad más allá de las palabras. Illeana se había pasado besándolo una y otra vez y muchas otras más después de que le planteara la cuestión, expresándole su enorme alegría de esa forma. Karsh se había sorprendido de verdad del entusiasmo que ella demostró, deteniéndose por falta de aire para después volver a besarlo con las mismas ganas de antes. Sabía que esta mujer lo volvería loco de amor. Karsh, sorprendido por su entusiasmo, la abrazó y supo en ese momento que había tomado la decisión correcta.
A la mañana siguiente, él llegó con una pequeña maleta de mano a casa de su prometida. Las gemelas se sintieron muy felices por ellos cuando supieron la noticia de su pronto matrimonio y de que ahora serían vecinos.
La primera semana juntos fue maravillosa. El primer mes, aún más. Las mañanas comenzaban con dulzura, las tardes con encuentros apasionados y las noches con charlas íntimas bajo la luz tenue de las velas. Nunca habían pasado tanto tiempo juntos y para ambos era literalmente el paraíso. Parecía que ambos sabían que habían perdido mucho tiempo durante esos años, y lo estaban recuperando de la mejor forma posible. Illeana se amoldaba a él en la cama y en la vida en general, se esforzaba por buscar el orden que él quería y trataba de agradarlo con la comida, con su ropa, con sus atenciones y caricias.
Sin embargo, la convivencia trajo también sus desafíos. Illeana, siempre inquieta y algo desordenada, seguía llenando la casa con plantas y pasando horas en el jardín. Karsh, aunque más organizado y metódico, empezó a ceder en cosas que jamás habría tolerado de otra persona. Pero así era Illeana: irracionalmente encantadora, incluso cuando lo volvía loco.
Así pasaron dos años bastante agradables. Karsh tenía ahora un nuevo pasatiempo, ahora que el rey Aaron había literalmente resucitado, quería que su mejor amigo fuera quien manejase su castillo como su mano derecha en todo, y eso era agotador. Mantenía a Karsh con un montón de papeles y talonarios llenando su escritorio diario, alejándolo de Illeana que se mantenía en los jardines.
Aun así, se las arreglaban para verse, siempre lo habían hecho, siempre habían podido sacar tiempo el uno para el otro. De hecho, en su momento, Karsh se molestaba mucho cuando ella llegaba tarde a sus citas, por haber estado trabajando. Pero no tomaba en cuenta que ella siempre llegaba, contra viento y marea, ella siempre regresaba a él. Ahora él lo veía con claridad, ella siempre regresaba a él aun cuando los papeles y pergaminos lo separaban de ella y mantenían su atención fija.
Ella se recostaba en su regazo, como una gata remolona en busca de cariño. Las manos de él bajaban entonces para acariciar su cabello hasta que ella se quedaba dormida. No eran pocas las veces que ella se quedaba a dormir la siesta aunque fuera en el sillón de su estudio, por no estar lejos de él. Karsh apreciaba esto y se lo compensaba con caricias y con una o dos abejas de vez en cuando que ella guardaba con especial mimo.
Hubo un día, en especial, en el que Karsh se levantó a realizar su trabajo. Tuvo que ir a la dimensión de Coventry de nuevo a poner en orden sus cosas y las cosas del rey, con el objetivo de estar libre algunas horas para Illeana esa tarde y noche. La había estado descuidando por unas semanas y, a pesar de sus constantes acercamientos, él se había centrado en su trabajo dejándola en segundo plano.
Cuando regresó esa tarde, la casa estaba vacía. Él sabía que ella sentía su presencia inmediatamente él entraba en el patio exterior, por lo que se acomodó para esperarla, impaciente. Había conseguido unas flores, las primeras que le regalaba desde que se habían juntado cuando las gemelas eran niñas. Y estaba nervioso porque ella pensase que él se sentía culpable por algo.
Cuando Illeana no entró a la casa, él imaginó que tendría que salir al jardín a buscarla. Solo entonces se dio cuenta de que nunca se había detenido a ver el jardín de la casa de Illeana. La casa era grande, tenía tres pisos y varias habitaciones espaciosas que ella llenaba con sus materiales de jardín o sus cosas femeninas. Karsh se había acostumbrado a vivir con poco por lo que literalmente todas sus cosas estaban en su ropero, la mesita de noche o en el lavamanos.
Sabía que ella había agrandado el patio trasero con magia, porque ella le había contado, pero al verlo quedó momentáneamente alucinado. El sitio era grande y, a diferencia de los jardines que cuidaba de los ricos de ahí cerca, este era un caos. Aquí había tantas flores de tantos matices y colores diferentes, que hasta a él le costó ubicarla a ella. Como a unos cien metros, más allá de los árboles, entre los arbustos de grandes flores y hojas carnosas, estaba ella levemente escondida.
Illeana estaba sentada, torpemente como una niña de ocho o nueva años, abstraída en la contemplación de una maceta con una gran flor del mismo tono rubio que su cabello. Karsh sintió una de esas ternuras que escalan al deseo al mirarla, vestida en esos jeans de trabajo, en su blusa corta manchada de tierra, casi vulnerable. A él le nació acercarse para hablar con ella, había dejado las humildes flores en su estudio, pero ahora quería estar un momento a solas con ella.
Cuando Karsh se acercó, ya iba planificando lo que haría con ella cuando la tuviera a su disposición. Prácticamente ese era el único lugar de la casa que ambos no habían estrenado como pareja. Una sonrisa traviesa coloreó su rostro, con anticipación.
Su paso se detuvo cuando vio salir a otro hombre de entre las flores, con un saco de abono grande, dejándolo pesadamente a un lado para después tomar asiento a un lado de Illeana. Karsh, sin entender lo que ocurría, se escondió tras uno de los arboles y contempló la escena. No conocía a ese individuo extraño, no lo había visto nunca antes. ¿Qué hacía él ahí con su prometida a solas en su propia casa?
Karsh había sentido los celos antes, con sus otras parejas hacía mucho tiempo. Él había tenido relaciones tormentosas antes de Illeana, más de lo que él le admitiría, a decir verdad. Y todas habían tenido la misma ocurrencia vengativa con él, buscar darle celos con otros hombres mejores que él para castigarlo por alguna falta de atención de su parte. Karsh había sufrido en varias de esas ocasiones, por eso al principio de su relación con su actual prometida, él había sido muy cuidadoso con su propio corazón. No fue hasta poco después, al ver que ella era la única mujer con empatía y buenos principios con la que se había topado, que Karsh se abandonó al completo con ella.
Ahora, él estaba sintiendo esos familiares sentimientos desagradables al ver a ese hombre hablarle al oído a su mujer en su ausencia. De hecho, Karsh se sintió tan mal, pero tanto, que una bola de energía empezó a formarse entre sus dedos. No sabía quien era ese tipo, pero no le gustaba que se acercara a ella.
Repentinamente, él sintió una gran cantidad de angustia. No quería perder a la mujer de la que estaba enamorado. No sabría como vivir sin ella si se la arrebataban. Ella se había vuelto su todo, lo último que quería era perderla. Un acceso de rabia subió por su pecho al ver que ella no apartaba a ese extraño que se acercaba a hablarle. Karsh decidió que no quería seguir mirando esto, pero la curiosidad pudo más y, con cautela, realizó el hechizo de invisibilidad y salió de su escondite.
Con paso firme arribó a la pareja, mirándolos con el ceño profundamente fruncido, con la marcada ira de un hombre celoso hasta lo imposible se plantó frente a ellos.
Illeana aun no había levantado la vista de la flor, parecía acariciar algo que se movía entre los pétalos, pero a Karsh no le interesaba eso. Él centraba toda su atención en el hombre que retiraba un mechón de cabello de la mujer para ponerlo tras su oreja. Solo entonces ella se volvió a mirarlo con los ojos algo confusos.
—Perdón ¿decías algo? —le dijo ella, como saliendo de un trance. Parecía como si ella se estuviera dando cuenta hasta ese momento que él estaba ahí.
—¿Te preguntaba porqué pasas tanto tiempo sentada ahí en silencio mirando una flor? —se rió el hombre, por lo distraída que ella estaba.
Karsh se sintió ofendido por la envidia que le produjo la voz profunda y seductora del hombre. Este era rubio rojizo, con el cabello hasta la mandíbula y una sombra de barba enmarcaba sus labios. La camiseta se marcaba en sus músculos y sus pantalones de trabajo estaban tan sucios de tierra como los de Illeana, pero lejos de darle un mal aspecto, le daban un aire de trabajo físico, de alguien acostumbrado a estar al aire libre, algo que le confería cierto atractivo rústico.
Karsh, todavía invisible, estaba al borde de perder el control. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué Illeana no le había mencionado que alguien trabajaba con ella en su jardín? Apretó los puños, resistiendo el impulso de lanzar el hechizo que tenía preparado, cuando, de pronto, la voz suave de Illeana lo sacó de sus pensamientos.
—Me relaja —contestó Illeana, devolviendo la flor a la maceta con delicadeza—. Aquí es donde más tranquila me siento. Las plantas no juzgan, no piden nada a cambio más que un poco de luz y agua. —Sonrió suavemente, sin darse cuenta del efecto que su respuesta tendría en Karsh, quien la miraba, ahora más confundido que enfurecido.
¿No pedían nada más que un poco de luz y agua? ¿Acaso ella estaba comparando su compañía con la de las plantas? La inseguridad que Karsh creía haber superado comenzó a emerger desde lo más profundo de su ser. Después de tantos años cuidando a las gemelas, había dejado de lado sus propios deseos y emociones, convenciéndose de que Illeana estaba más que satisfecha con la vida que compartían. Sin embargo, escucharla ahora, hablando de la paz que encontraba en el jardín y no en su relación con él, despertaba sus antiguos temores.
El hombre a su lado rió nuevamente, sacudiendo su cabello. —Eres única, Illeana. No conozco a nadie más que pueda encontrar tanta felicidad en una flor. —Sus palabras tenían un tono ligero, pero Karsh lo percibió como si estuviera insinuando algo más profundo, algo que él no alcanzaba a comprender.
—Bueno, es que las flores son bastante sinceras. —Illeana lo miró con ojos serenos, ajenos al torbellino de emociones que Karsh sentía.
Sinceras. Esa palabra resonó en la mente de Karsh. ¿Era una indirecta hacia él? Todo su ser se revolvía en celos y confusión. ¿Illeana estaba insatisfecha con su vida juntos? ¿Acaso había dejado de ser suficiente para ella?
Finalmente, incapaz de soportarlo más, deshizo el hechizo de invisibilidad y apareció ante los dos— ¡Illeana! —exclamó con una mezcla de desesperación e ira, su voz cargada de reproche.
El hombre se sobresaltó, dando un paso hacia atrás, mientras que Illeana levantó la vista con sorpresa genuina— Karsh, ¿Qué haces aquí? —preguntó, como si no entendiera la gravedad de la situación. Se levantó del suelo con la misma calma habitual, ajena al torbellino de emociones que agitaban a su prometido.
—¿Quién es él? —demandó Karsh, señalando al hombre con una mano temblorosa, mientras su mirada se mantenía fija en Illeana.
Ella parpadeó y luego dejó escapar una pequeña risa nerviosa. —Ah, lo siento, no lo había presentado. Este es Ethan, el encargado de ayudarme con las plantas más pesadas y algunos trabajos que requieren fuerza. —Extendió la mano hacia el hombre, quien asintió incómodamente.
—¿Ayudar? —repitió Karsh, incrédulo, como si la sola idea de otro hombre tocando el jardín de Illeana fuera una violación a su relación—. ¿Por qué nunca me hablaste de él?
—Karsh... —Illeana dio un paso adelante, suavizando su tono, dándose cuenta de la situación—. No pensé que fuera algo tan importante. Ethan solo me ayuda cuando no tengo tiempo o cuando algo es demasiado complicado para hacerlo sola. —Sonrió como intentando calmarlo, pero él no pudo evitar sentir que estaba minimizando la situación.
—¿No es importante? —Karsh soltó una carcajada amarga, dando un paso atrás. Las palabras de Illeana lo estaban llevando a un lugar oscuro, lleno de recuerdos de antiguas decepciones amorosas—. Illeana, tú sabes cómo me siento respecto a nuestra relación, sabes lo que significas para mí. —Sus ojos se llenaron de una mezcla de tristeza y furia contenida—. Y ahora resulta que has estado aquí con este... —miró de nuevo a Ethan, que se mantenía en silencio— ... sin siquiera mencionármelo.
Illeana lo observó con el ceño fruncido, dándose cuenta de lo mucho que Karsh estaba sufriendo. Ella jamás lo había visto tan vulnerable, tan expuesto.
—Karsh, por favor, no pienses mal de esto. —Su tono era más suave ahora, casi suplicante—. Ethan solo me ayuda en el jardín. No significa nada más. —Extendió la mano para tocar a su prometido, pero él dio un paso atrás, sin poder disimular el dolor en su rostro.
—¿Y por qué te lo guardaste? —preguntó, su voz cargada de una herida profunda—. Yo... confío en ti, Illeana, pero esto... —se llevó una mano a la frente, tratando de procesar todo lo que estaba sintiendo—. Esto me hace dudar.
Illeana abrió la boca para responder, pero fue Ethan quien dio un paso al frente, con la mano en alto, como pidiendo disculpas.
—Tal vez deba irme. —dijo, mirando a Illeana, luego a Karsh—. No quise causar ningún problema. —Y, sin esperar respuesta, recogió sus herramientas y se alejó rápidamente del lugar, dejándolos solos.
Karsh apretó los dientes de rabia al mirarlo irse sin haberle dado el puñetazo que estaba muriendo por propinarle. Una vez que Ethan se fue, Karsh soltó el aire que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. Illeana dio un paso hacia él, pero él volvió a retroceder, herido en gran medida.
—Karsh, escúchame... —Illeana parecía desesperada por arreglar las cosas. Sus ojos buscaban los de él, pero Karsh seguía evitando su mirada—. Nunca te he ocultado nada importante. Ethan es solo un trabajador, nada más. No quiero que pienses que hay algo entre nosotros, porque no lo hay.
Karsh la miró finalmente, sus ojos cargados de tristeza y duda.
—No es solo él, Illeana. —Suspiró—. Es que siento que... no sé, tal vez he estado demasiado enfocado en mi trabajo, en todo lo que nos ha pasado en Coventry, en las gemelas... Y ahora, siento que tal vez me he perdido algo. Algo importante.
Illeana se acercó más, él por fin la dejó aproximarse y, al ver que bajaba la guardia, le colocó una mano en su mejilla, obligándolo con suma suavidad a mirarla a los ojos.
—No te has perdido nada, Karsh. —Le dijo con una sinceridad que lo desarmó—. Te amo. Y si alguna vez sentiste que no te lo demostraba, lo siento. Pero nunca dudes de lo que siento por ti.
Se inclinó hacia él y lo besó suavemente en los labios, deteniéndolo de cualquier pensamiento oscuro. El beso fue largo, lleno de emociones contenidas. Karsh sintió que el peso de sus dudas se desvanecía poco a poco.
Cuando se separaron, Karsh sonrió levemente, un brillo de vergüenza en sus ojos por su reacción inesperada.
—Lo siento —murmuró, tomando a Illeana suavemente por los hombros y acariciando sus brazos con ternura, su toque lleno de anhelo—. No quería que esto se saliera de control.
Ella respondió con una sonrisa suave, comprensiva, como si en ese gesto simple pudiera disipar cualquier tensión. —No importa —respondió en un susurro—. Lo entiendo completamente... De hecho, fue mi culpa. Sabía de las heridas emocionales que te dejaron tus anteriores novias... Debí haberte dicho todo antes de que llegáramos a este punto...
Karsh la abrazó con fuerza, como si en ese momento temiera perderla, sintiendo el calor de su cuerpo que lo anclaba al presente. La cercanía le recordaba lo real, lo tangible, y lo fuerte que era lo que tenían juntos. Más fuerte que cualquier sombra del pasado.
—Todo está bien ahora —le susurró, su voz llena de promesa—. Sé que no eres como las otras. Tú eres pura, y tu corazón es diferente, sin esas intenciones torcidas. Créeme, mientras viva, no me apartaré de ti. Siempre buscaré la forma de mantenerte cerca, de no alejarte de mí —dijo con una dulzura que lo hizo parecer vulnerable por un instante—. Aun así, lamento haber reaccionado de esa manera.
Illeana acarició su mejilla, calmándolo con ese gesto simple pero lleno de afecto. —Ya pasó. No te preocupes —dijo con voz suave—. Aunque debo admitir que le diste un buen susto a Ethan. —Su risa clara resonó, aliviando la tensión restante entre ellos—. De hecho, has hecho que mi día sea más interesante. —Le tomó la mano y tiró de él suavemente—. Ven, hay algo que quiero enseñarte.
Karsh la siguió sin resistirse, cautivado por la curiosidad y el cariño que irradiaba Illeana. Ella caminó hasta el lugar donde había estado contemplando una maceta, una flor que parecía tener un significado especial. Luego lo guió más allá, entre los árboles, hasta que llegaron a un enorme cedro, cuya imponente sombra envolvía una pequeña área en el suelo.
Allí, Karsh notó varias cajas de madera cuidadosamente dispuestas bajo la sombra protectora del árbol. El zumbido característico de los insectos polinizadores llenaba el aire a medida que se iban acercando. Al principio, no entendía qué eran hasta que Illeana lo miró, sus ojos llenos de una luz traviesa, y le explicó:
—¿Alguna vez te has preguntado dónde guardo las abejas que me has dado durante todo este tiempo? —le preguntó, una mezcla de cariño y diversión en su voz.
Karsh quedó perplejo por un momento, y luego una sonrisa cálida se dibujó en su rostro. Eran muchas, Karsh no estaba seguro de haberle regalado tantas pero, realmente nunca llevó la cuenta.
—¿Te he dado tantas? —se soltó a reir, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.
—Oh, no —se rió ella también, contagiada por su risa— pero un día me diste una abeja reina y unos días después un zángano. Probablemente sin darte cuenta. Esas se reprodujeron. —Hizo un gesto amplio hacia las cajas de abejas— Estas son las bisnietas de esa primera pareja ellas.
Illeana dejó la maceta con la flor en el suelo y extendió las manos con delicadeza. Ante el asombro de Karsh, varias abejas específicas volaron hacia sus manos. Poco después, las pequeñas criaturas aladas cubrían sus manos hasta un poco más arriba de sus codos, inquietas pero perfectamente controladas. Aunque al principio Karsh dio un paso atrás por reflejo, pronto se dio cuenta de lo amaestradas que estaban y que no eran abejas comunes.
Estas abejas eran diferentes. Bajo la luz suave de la tarde, refulgían con destellos metálicos y un fulgor mágico, como si su esencia estuviera entrelazada con la propia naturaleza de la magia. Incluso el zumbido que emitían no era común; sonaba melodioso, casi como una sinfonía diminuta.
Karsh las miró con asombro mientras Illeana sonreía. —Tenía que diferenciar las que tú me dabas de las otras que iban naciendo. —Cada una de las abejas tenía una pequeña joya engastada en la espalda: rubíes, esmeraldas, zafiros, y algunos diamantes brillaban sutilmente, mientras otras abejas llevaban detalles en plata u oro, haciendo que cada una fuera única—. Y lo creas o no, cada una de ellas me trae un recuerdo específico. Con ellas puedo revivir el día, la hora y el momento exacto en que me las diste.
Karsh, cautivado, se acercó un poco más, y al hacerlo, pudo escuchar mejor los delicados tonos que emitían las abejas. No eran sonidos biológicos, sino algo más refinado, como si fueran pequeñas campanillas de cristal y metal. Aquellas criaturas eran verdaderas joyas vivientes, un tesoro que Illeana había cuidado con devoción.
Él se sintió extrañamente avergonzado por no haber visto antes lo especiales que eran. Para él, cada abeja que le había regalado había sido creada con esmero, pero no se había detenido a apreciarlas más allá de su perfección exterior. Si Illeana le pidiera que eligiera cuál le había dado el miércoles pasado, no habría sido capaz de hacerlo.
Las abejas comenzaron a alejarse lentamente, volviendo a unirse con sus hermanas, las abejas comunes que zumbaban cerca de las cajas de madera. Illeana recogió la maceta con la flor amarilla que había estado contemplando antes. Con una mano cuidadosa, rebuscó entre los pétalos hasta encontrar un abejorro grande, cubierto de polvo de polen. El insecto, de algún modo, pareció hacer contacto visual con ella, desplegando sus alas y pasando sus peludas patas por las antenas. A pesar de ello, ese abejorro era normal y corriente.
—¿Recuerdas cuando me diste este? —preguntó Illeana, sosteniendo al abejorro como si fuera un pequeño tesoro entre sus manos.
El insecto pareció voltear su mirada hacia Karsh también, como si esperara una respuesta. Karsh lo pensó por un momento, pero al final, no pudo recordar haberle regalado un abejorro. Siempre habían sido abejas.
—No lo recuerdo —admitió con un suspiro.
Illeana sonrió, como si ya supiera la respuesta. Para ella, cada insecto que él le había dado, cada pequeño gesto, había adquirido un significado más profundo del que Karsh jamás hubiera imaginado.
—No te preocupes, es comprensible. Aparentemente esta cosita no tiene nada diferente a los demás abejorros. Pero para mi es inconfundible ¿Sabes porqué? —Karsh negó— ven, acércate y míralo con atención.
Karsh, curioso, miró al abejorro a los ojos. Karsh sintió un tirón sutil en su conciencia mientras mantenía la mirada fija en los ojos del abejorro. El insecto, con su cuerpo polvoriento de polen y sus movimientos delicados, pareció encender algo en su mente, un destello de luz que lo transportó a un pasado lejano, pero tan vívido que casi pudo sentir el aire de aquella tarde.
Era el primer día de primavera en Coventry. Las flores comenzaban a abrirse tímidamente, y la brisa cálida acariciaba los campos recién florecidos. Karsh estaba nervioso, como siempre que pensaba en Illeana. Apenas llevaban unos meses trabajando juntos en el castillo, pero ya había surgido algo especial entre ambos, y aunque la relación profesional era fuerte, había algo más, algo que él no sabía cómo expresar. Así que decidió hacer lo único que se le ocurrió: conjurar algo pequeño, algo que pudiera significar más de lo que sus palabras alguna vez podrían decir.
Illeana estaba sentada bajo un sauce llorón, sus ojos perdidos en un libro antiguo de encantamientos, completamente ajena al mundo a su alrededor. Karsh se acercó con cautela, sintiendo cómo el corazón le latía más rápido con cada paso que daba. En su mano, sostenía una pequeña abeja mágica, brillante y perfecta, con alas translúcidas que reflejaban la luz dorada del sol como si estuvieran hechas de vidrio.
—Illeana… —dijo con un hilo de voz, esperando captar su atención. Ella levantó la vista, sus ojos verdes llenos de curiosidad y esa calidez que siempre lo dejaba sin palabras.
—¿Sí? —respondió ella con una suave sonrisa. Él extendió la mano, mostrándole la abeja que flotaba con movimientos suaves, sus alas tintineando con un sonido casi musical.
—Es para ti —dijo, sintiendo cómo su garganta se cerraba por los nervios—. No es mucho, pero… pensé que te gustaría.
Illeana lo miró, primero a él y luego a la abeja. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de sorpresa y alegría genuina— ¿Para mí? —preguntó, su voz suave, mientras estiraba la mano hacia el pequeño insecto mágico.
La abeja revoloteó alrededor de sus dedos antes de posarse delicadamente en su palma. Illeana observó maravillada cómo las alas brillaban bajo el sol, como si estuvieran tejidas con polvo de estrellas. Aquel pequeño ser no era solo una abeja mágica; era un reflejo de la atención y el cuidado que Karsh había puesto en ella.
—Es hermosa, Karsh… —susurró ella, su voz cargada de emoción—. ¿Por qué…?
—Porque quería darte algo que reflejara lo que veo en ti —respondió él, sorprendiéndose a sí mismo por lo sincero que sonaba—. Algo pequeño, pero especial.
Illeana lo miró de nuevo, y en ese instante, algo cambió entre ellos. Fue como si ambos supieran, sin necesidad de decirlo, que lo que sentían no era simplemente una amistad o una alianza. Era algo más profundo, algo que, aunque aún no podían nombrar, ya se estaba sembrando en sus corazones.
El recuerdo se desvaneció tan rápido como había llegado, y Karsh se encontró de nuevo bajo la sombra del cedro, mirando al abejorro que ahora revoloteaba tranquilo en las manos de Illeana. Su corazón latía más rápido, como si acabara de revivir el primer latido de algo importante, algo que había dado comienzo a todo lo que ellos compartían ahora.
—Ese fue el primer regalo que te hice —dijo, su voz impregnada de una mezcla de asombro y nostalgia—. La primera abeja…
Illeana sonrió, como si también hubiera sido transportada al mismo recuerdo, y asintió— Lo sé. Y desde entonces, supe que no había otra persona en el mundo con quien quisiera compartir mi vida. —el abejorro se desperezó antes remontar el vuelo y dejar el pedestal delicado de las manos de la mujer para reunirse con las demás— creo que tiene casi veinte años, no es de extrañar que se halla vuelto algo gordita.
Illeana lo miró, sus ojos brillando con la calidez de miles de recuerdos compartidos, y le devolvió la sonrisa. La conexión entre ambos, nacida de aquel pequeño gesto del pasado, había crecido y florecido en algo mucho más profundo, mucho más fuerte. A veces, el amor no necesitaba grandes declaraciones o promesas hechas en voz alta, solo pequeños momentos, como aquel primer regalo.
—Siempre supiste cómo sorprenderme, Karsh. —dijo ella suavemente, acariciando de nuevo el rostro de él—. Y esa primera abeja fue el principio de todo lo que somos.
Karsh la miró, incapaz de contener la gratitud y el amor que sentía. Tomó las manos de Illeana entre las suyas y la acercó un poco más hacia él, envolviéndola con la seguridad de su abrazo. Sentir el calor de ella contra su pecho, el latido de su corazón tan cerca del suyo, le recordó que no importaba cuántos desafíos o momentos difíciles hubieran enfrentado, siempre habían encontrado el camino de regreso el uno al otro.
—Sabes que siempre me has dado más de lo que yo podría darte, Illeana —dijo Karsh con ternura, apoyando su frente contra la de ella—. Pero prometo seguir intentándolo, seguir creando pequeños momentos que nos unan, así como esa primera abeja.
—No necesito más que eso —respondió ella en un susurro—. Solo quiero que sigamos creando juntos. Momentos, recuerdos… una vida.
Ambos se quedaron así, en silencio, dejando que el sonido suave de las abejas y el canto lejano del viento llenaran el espacio a su alrededor. Era un silencio cómodo, pleno de significado, como si no hubiera necesidad de palabras. Porque en ese momento, el simple hecho de estar juntos era suficiente. Karsh sabía que siempre lo sería. ¿Cómo podría haber dudado de esta mujer? ¿Qué le había hecho pensar que ella lo traicionaría? Después de ver cuanto ella lo apreciaba, él definitivamente sabía que ella no era para nada como el resto de mujeres del mundo, y por ella, él debía también intentar ser el mejor y más especial con ella.
Finalmente, Illeana se apartó suavemente, con una mirada que reflejaba la paz y la felicidad que sentía.
—Vamos a casa —dijo ella, con una sonrisa—. Tengo algunas ideas sobre nuestro próximo recuerdo.
Karsh sonrió, sintiendo que no había lugar en el mundo al que preferiría ir.