Capítulo Unico
23 de noviembre de 2025, 13:02
La huida había sido precipitada y tormentosa, a Maya, a pesar de su agilidad y su poder, le dolía el costado y sentía como si le faltase el aliento en gran medida. Como si el aire no alcanzara para llenar sus pulmones. Pero podía continuar, si algo sabía era que su cuerpo era más fuerte de lo que parecía. Que podía soportar de todo y no era nada que no hubiera hecho antes.
Pero, no sabía si podía soportar más la presencia de Zane a su lado.
Cuando los Hiverax habían atacado, el equipo Radikor ya estaba con ellos en ese momento. La isla misteriosa, donde tantas veces antes habían caído descubriendo siempre al dragón de Kairu oscuro, parecía ser un lugar que los ciborg de Lokar disfrutaban mucho y usaban para sus propios medios. Era un lugar peligroso, y la única opción sensata había sido escapar. Juntos. Aunque "sensato" no parecía la palabra adecuada cuando te obligaba a correr al lado de tu enemigo.
Ahora, mientras corrían, Zane, el líder de los Radikor, estaba tan cerca que Maya podía escuchar su respiración entrecortada. Ese sonido, tan inconfundible, le provocó un nudo en el estómago. Lo conocía demasiado bien, de otra época. No debería afectarla, pero escuchar algo tan íntimo en medio de la huida le había sentado peor que cualquier ataque enemigo.
En la huida todos los miembros de los dos equipos se habían separado y agrupado por parejas al azar y, resultó que el azar tenía un retorcido sentido del humor al volver a poner en un mismo espacio a estos dos acérrimos enemigos.
Maya estaba incómoda, cohibida, cuando corrían y cuando se detuvieron por fin delante del río que fluía al revés. Este era sin duda un río interesante, ella ya había caído en él una vez, con Boomer y Ky, cuando los atacaron los Imperiaz. Por lo que sabía que no era peligroso como tal, solo muy anormal. Ella se dobló sobre sí misma, presa del cansancio tras la carrera, con las manos apoyadas en las rodillas mientras trataba de recuperar el aliento. A su lado, Zane descansaba con el antebrazo apoyado en un árbol, exhalando con la misma fuerza que ella, como si ambos compartieran el mismo agotamiento, sincronizados incluso en eso.
De alguna forma, Maya sabía que él también escuchaba con atención, como ella, las respiraciones agitadas que rompían el silencio del entorno. A pesar del ruido de la cascada inversa, sus respiraciones estaban tan cerca que podían oírlas a la perfección. Eran sonidos familiares, demasiado familiares, cargados de un peso que ninguno parecía dispuesto a mencionar.
Cuando levantó la mirada, sus ojos se encontraron con los de Zane. Los suyos, oscuros y profundos, estaban clavados en ella, observándola con una intensidad que hizo que Maya deseara desviar la vista... pero no pudo.
—Maya... —comenzó él, pero ella lo interrumpió con un gesto brusco.
—No. Aquí nos separamos, voy a buscar a Ky. Ahora mismo.
Zane apretó los dientes, mirándola de reojo— Ni siquiera sabes qué iba a decirte.
—No importa. —La respuesta de Maya fue cortante, definitiva.
Antes de que Zane pudiera replicar, Maya se quedó paralizada mirando al otro lado del río. Con una rapidez que él no esperaba, lo tomó del brazo y lo arrastró detrás del árbol con ella. El movimiento lo desconcertó, pero antes de que pudiera protestar, Maya le hizo una seña apremiante para que guardara silencio.
—Shh... —murmuró, señalando hacia el río.
Al otro lado del río, en la orilla, Nexus había aparecido con la expresión de quien busca algo. Los buscaba a ellos y quizá, por la forma en la que ese equipo atacaba, pensaba matarlos antes que solo lastimarlos de gravedad como hacían las batallas convencionales. Sus ataques tenían el kairu oscuro como firma, por eso hicieran lo que hicieran, normalmente sus ataques eran brutales y devastadores.
Convenía seguir escondidos.
Zane, irritado por la precipitación de Maya, asomó la cabeza lo suficiente para confirmar la amenaza. Al ver a Nexus, se reclinó de nuevo contra el árbol, esta vez sin protestar. El ciborg parecía haber anticipado su ruta de escape y estaba esperando pacientemente para salirles al encuentro. Debían llegar pronto, si no se habían desviado. Debía esperarlos.
Maya se había apoyado con las manos y el pecho contra el árbol, con Zane detrás, constantemente echaba una ojeada al otro lado del río, concentrada. Nexus debía irse tarde o temprano, pero parecía que él prefería seguir esperando. Su mirada azul oscuro llegaba lejos, de alguna forma, parecía poder escrutar cada árbol y arbusto con la misma atención que Maya imprimía a observarlo de vuelta.
—Tiene que irse... —murmuró ella, apenas audible— Solo hay que esperar.
—Yo ya no puedo esperar más, Maya... —replicó Zane en un tono cargado de impaciencia.
Maya giró ligeramente para mirarlo, y entonces lo notó: cuerdas de liana salvaje habían trepado por sus muñecas, sujetándola al árbol. Su reacción fue instantánea, tironeando desesperadamente como si estuviera en peligro mayor al caer en manos de Zane que al enfrentarse a los Hiverax.
—Zane... no es momento para esto... —espetó con los dientes apretados, pero su voz dejó entrever pánico.
—¿Y cuándo lo será? —replicó él, acercándose con esa sorna diabólica que encendía sus ojos oscuros. Su sonrisa apenas curvaba los labios, pero era suficiente para inquietarla—. Me has estado evitando desde que te lancé la sombra de Lokar. Ni siquiera te atreves a luchar conmigo cara a cara. Lo que pasó entre nosotros no fue casualidad, ¿verdad? Quiero escucharlo de ti.
Maya forcejeó, el miedo creciendo dentro de ella, pero se obligó a respirar hondo. No podía perder el control. No ahora. El tema que Zane tocaba era algo que prefería enterrar en el pasado. No estaba lista para enfrentarlo.
—No sé de qué hablas... —masculló, probando sin éxito la resistencia de las ataduras. Para su horror, nuevas lianas comenzaron a trepar por sus tobillos, inmovilizándola aún más.
—¿En serio? —Zane inclinó la cabeza, sus ojos brillando con un destello de desafío—. Entonces, ¿por qué te asusta tanto mi cercanía?
Maya abrió la boca para responder, pero se congeló cuando Zane se acercó aún más. Colocó ambas manos a los lados de su cuerpo, atrapándola entre el árbol y su presencia. Ella pudo sentir el calor de su pecho pegado a su espalda cuando él buscó acercar su boca a su oído. Su voz descendió a un murmullo que parecía deslizarse directamente por su piel.
—Tu cuerpo me lo dice todo, Maya. Reacciona al mío, aunque quieras negarlo. Puedes intentar olvidar lo que pasó, pero tus impulsos, el temblor de tus labios, el calor de tu piel... no mienten...
El calor subió a las mejillas de Maya, la indignación y la vergüenza la estaban ahogando en ese sopor. No podía permitirse mostrar debilidad, y mucho menos frente a él. Zane siempre encontraba la manera de convertir cada situación en un campo de batalla personal, y esta vez no sería diferente.
—Zane... —se quejó Maya, empujando con fuerza con su hombro el pecho de él. Su mirada fulminante y el ceño fruncido la hacían ver tan huraña y desafiante como siempre— Te estás comportando como un imbécil y además no sabes lo que dices... El verdadero enemigo está allá —señaló hacia el río con un gesto brusco—, y tú aquí, preocupado por el pasado. Suéltame, y te prometo que lo hablaremos tranquilos... en algún momento.
Zane soltó una carcajada baja, amarga, mientras se mantenía cerca, apenas a un palmo de distancia. El repentino movimiento de Maya lo había tomado por sorpresa, pero era evidente que no estaba dispuesto a dejar el tema.
—Ese es un problema de ustedes los de ese lado. —dijo, ladeando la cabeza con una sonrisa burlona que no alcanzaba a sus ojos— No sabes mentir, Maya. Si no te hubiera atado y no te tuviera aquí retenida e incapaz de una de tus huidas imposibles, te habrías seguido negando a hablarlo por mucho más tiempo.
Ella apretó los labios, sintiendo cómo la ira y el pánico competían en su pecho. Volvió a removerse en sus ataduras, mientras seguía mascullando con frustración. Zane no dejaba de mirarla con una expresión hambrienta y a la vez rayando la molestia. Él era impaciente, Maya lo sabía muy bien, y esta contemplación de él no duraría para siempre.
Al final, Maya cedió con un murmullo cargado de derrota— Sí, tienes razón... —admitió, con una mirada fulminante que pretendía perforarlo—. Hubiera hecho... todo lo posible por mantenerte lejos de mí...
Zane la observó en silencio, su expresión endureciéndose. Cuando habló, su voz salió apagada— Lo admites... —murmuró, y en ese instante, la burla habitual en su rostro se desvaneció, reemplazada por un suave deje de decepción.
Maya tragó saliva, tratando de ignorar la punzada de culpa que no debería sentir. Inspiró hondo antes de responder con la mayor frialdad que pudo reunir— Lo que pasó entre nosotros fue solo un momento. Una noche... ¿Lo entiendes? —Las palabras salieron más rápidas de lo que planeaba, como si al escupirlas pudiera deshacerse de todo el peso que llevaban—. Fue la sombra de Lokar, Zane. Tú la lanzaste para arrastrarme al lado oscuro. Y en ese estado yo no era yo, bien lo sabes... Pero se acabó cuando Ky me salvó. ¿Contento? Ahora...
Hizo una pausa deliberada, mirándolo a los ojos con determinación, subrayando las palabras con el énfasis de su voluntad de hierro— Suéltame antes de que Nexus nos encuentre.
Las palabras, aunque aún en murmullos, resonaron como un desafío entre ambos, cargadas de una tensión tan densa que parecía envolver el aire a su alrededor. Zane no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil, sin romper el contacto visual con una expresión indescifrable, como si estuviera sopesando algo que solo él podía comprender.
La cercanía entre ellos era asfixiante, aunque Zane ya no tuviera su pecho pegado a la espalda de ella, aun la acorralaba con los brazos a ambos lados de su cuerpo. El calor de su piel era cercano, y Maya tenía la ridícula necesidad de acercarse a él, pero se reprimía lo mejor que podía. Los ojos de Zane eran oscuros y estudiaban los suyos dorados, una tormenta contenida que no decidía si desatarse o disiparse.
Sin previo aviso, Zane retrocedió tres pasos, rompiendo la presión inmediata entre ambos, pero sin desviar la mirada de ella. Sus brazos dejaron de acorralarla, pero tampoco soltó sus ataduras. Sus ojos oscuros seguían cargados de frustración, como si en su interior batallaran dos impulsos: alejarse de una vez por todas o seguir enfrentándola. Su ceño fruncido hablaba de molestia, impotencia, y Maya adivinada aún el deseo en el fondo de ellos.
Echó una mirada rápida por el borde del árbol. Nexus seguía ahí, inmóvil, escaneando el área con sus ojos robóticos azules, paciente como un depredador esperando a su presa. ¿Es que ese maldita lata no tenía nada mejor que hacer? Estúpido ser sin propósito ni voluntad propia. Cualquiera en su sano juicio no desperdiciaría tiempo así.
Zane siseó una maldición entre dientes mientras parecía debatirse consigo mismo. Maya, consciente de la brecha de atención, barajó sus opciones rápidamente. Se removió en sus ataduras de nuevo, tirando en silencio los pies y girando las muñecas adormecidas. Pero no tenía cómo cortar las cuerdas que la sujetaban ni alcanzar su X-Reader. Hasta arrancarse las manos parecía una posibilidad, por desesperada que fuera, pero incluso eso estaba fuera de su alcance.
El momento se esfumó cuando Zane volvió a mirarla, la misma intensidad en sus ojos, pero ahora cargada de algo que Maya sintió que era una dolorosa tristeza. Dio un paso hacia ella, acortando nuevamente la distancia, y cuando habló, su voz fue baja pero firme, como una sentencia:
—Cada segundo fue real. —Su tono era un filo cortante, cargado de certeza— Lo sentí. Cuando estabas conmigo, eras tú. Como siempre... Cuando llegó el momento, dejaste de ser esa chica mala que la sombra te impulsó a ser. Cuando te tuve en mi cama, regresó la chica buena y tímida que fuiste siempre. Con miedo a mi, como me gusta, con inseguridad ante si lo que hacía estaba o no bien, y preocupada por si lo que hacías me gustaba o no... Cuando por fin fuiste mía, Maya... fuiste mía completa, tú yo verdadero... Nada tuvo que ver la sombra de Lokar en tus acciones. ¿Lo recuerdas? Fue algo... fue algo así...
Zane cerró el espacio entre ellos de golpe, su pecho rozando la espalda de Maya mientras inclinaba la cabeza hacia su cuello. Sus labios se posaron suavemente en su piel, depositando besos con una mezcla de pasión y hambre. Sus manos, firmes y posesivas, encontraron su cintura, sujetándola como si con ello buscara reafirmar lo que sentía.
Maya dio un respingo, asustada ante el repentino calor reconfortante. Lo recordaba. Claro que lo recordaba. Había tratado, innumerables veces, de borrar ese momento de su mente, pero la piel tiene memoria, y la de ella, en llamas ahora ante las caricias, no había olvidado la intensidad de aquella noche, ni el caos emocional que le había seguido.
Zane fue su primera vez.
Él estaba molesto, como siempre al final de una batalla con Ky. Para él, robarle a Maya había sido una victoria estratégica, un golpe directo a su enemigo, pero, incluso entonces, la frustración lo dominaba. Era una sensación inexplicable que no podía aplacar.
Maya era distinta. Talentosa y astuta, con una formación mucho más sólida que la de ellos. Su educación y su forma de liderar eran evidentes, tanto que Techris y Zair habían seguido sus órdenes sin cuestionarlas. Le eran leales hasta el final.
Eso lo había irritado. Pero también lo había impresionado.
Zane recordó cómo había terminado aquella noche, solo en su cuarto, inmóvil sobre el suelo. Debería estar meditando, como hacía al final de cada día, pero su concentración era inexistente. Los pensamientos lo asaltaban sin tregua, dejando en evidencia el agotamiento no solo físico, sino también mental.
La cama en la esquina del cuarto seguía intacta, olvidada. Hacía tiempo que no la usaba; el suelo frío era su refugio habitual. Dormir una noche completa y en paz era un lujo que ya no recordaba cómo disfrutar. Pero no le importaba, estaba consumido por la ira, por el resentimiento, y el deseo de poder.
Él descendía de un linaje de guerreros capaces de adaptarse a cualquier entorno y de matar de maneras inimaginables. La sangre que corría por sus venas le daba derecho, más que a nadie, a reclamar el reconocimiento y el liderazgo del poder más profundo del universo. Más que Ky. Más que cualquier otro. Él se merecía todo. Incluso se merecía con creces la compañía de Maya.
De repente, sin proponérselo, sus pensamientos lo llevaron a ella. A la maldad que emanaba de su ser como un aura y a la forma calculada en la que manejaba cada situación. Su mente evocó, con una nitidez molesta, la imagen de Maya elevándose sobre la pirámide con la gracia de una gimnasta, sus piernas trazando giros precisos en el aire. Esas piernas firmes, seguro que quedarían fantásticas apretadas a ambos lados de las suyas, a horcajadas sobre su regazo. La idea le arrancó un suspiro bajo.
Se había tomado un tiempo para mirarla, de eso no cabía duda y, debía ser honesto consigo mismo, nada de Maya le desagradaba. Todo lo contrario, le parecía sumamente deseable hasta el último sentido. Su cuerpo tenía las proporciones correctas para ser un pecado que él estaba dispuesto a cometer.
Si eso no fuera suficiente, la chica demostraba una fuerza y un poder increíbles. En esos momentos, cuando tenían que abrir la tumba del faraón, y los instruyó a que usaran su Kairu juntos. Su concentración alcanzando el clímax, Zane había sentido que el kairu que ella irradiaba era más intenso que el de Techris, Zair... incluso que el suyo propio.
Zane lo había sentido. Esa fuerza, esa oscuridad que rivalizaba con la suya. Era desconcertante. Era atractivo. Lo más irritante era que, por un instante, su propia maldad se había visto eclipsada por la de Maya. Esa constatación, lejos de debilitarlo, lo había impresionado profundamente. Y sí, lo había encontrado extraordinariamente atractivo.
Como le habría gustado detenerse a morder su cuello y a besar sus labios sonrosados hasta dejarla sin aliento y con la piel caliente como la suya al pensar en ella. Él se merecía una chica así, nada menos. Él solo entraría para poseer lo mejor de lo mejor, y Maya era la chica que él deseaba.
Sacudió la cabeza con un suspiro cargado de irritación. La idea era absurda. Maya no era una enemiga ahora, pero tampoco podía verla como una aliada. Era una rival. Una nueva rival que no podía ignorar.
El clic del seguro de su puerta lo arrancó de su reflexión. El sonido breve, casi imperceptible, lo hizo incorporarse de inmediato, su cuerpo reaccionando antes de que su mente pudiera procesarlo. Su puerta siempre estaba cerrada con llave. Esa regla era inquebrantable. Ni siquiera su hermana menor tenía permiso para entrar durante esas horas; necesitaba ese espacio, esa barrera, para mantener a raya cualquier intrusión en su rutina.
Solo dos posibilidades cruzaron su mente mientras el aire en la habitación parecía volverse más denso: o Lokar, con quien había una confianza limitada, o un intruso que había obtenido la llave con intenciones claras de dañarlo.
Sus músculos se tensaron mientras su mano buscaba instintivamente el X-Reader, el frío metal reconfortante entre sus dedos. El equivalente a tener la empuñadura de una espada entre los dedos. Adoptó una postura defensiva, su mirada fija en la puerta que comenzaba a abrirse. Entonces la vio: Maya.
Ella estaba allí, enmarcada por el umbral, con una media sonrisa que parecía cargada de satisfacción. Había algo perturbador en la manera en que lo miraba, como si disfrutara de la incomodidad que le causaba su aparición inesperada. Sus ojos, antaño dorados y cálidos, ahora brillaban con un resplandor oscuro. Kairu negro y morado. Esa energía le transformaba el rostro, borrando cualquier rastro de amabilidad y reemplazándolo con una expresión inquietante de gran superioridad y oscura diversión.
—Eres tú —gruñó él, relajándose lo justo para volver a sentarse en la cama, aunque su agarre sobre el X-Reader no cedió del todo.
—¿Te asusté? —preguntó ella con una risilla apenas audible, casi burlona, mientras daba un paso hacia adelante.
—Por supuesto que no —respondió casi a gritos, un destello de rabia cruzándole el rostro—. Solo... me sorprendió que pudieras abrir la puerta sin la llave.
—Habilidades que uno aprende —replicó con un gesto despreocupado, encogiéndose de hombros mientras se apoyaba casualmente en el marco de la puerta.
El filo en sus palabras no hizo más que irritarlo aún más. La mirada que Maya le dirigía tenía algo desconcertante, como si supiera exactamente cómo pulsar los botones que lo enfurecían.
—Será mejor que no lo vuelvas a hacer —advirtió él, cada palabra cargada de amenaza, sus dientes apretándose ligeramente al final—. Si lo haces, tú y yo tendremos un verdadero problema.
Maya avanzó dos pasos, el sonido de sus botas amortiguado por la alfombra desgastada, y cerró la puerta tras de sí con un movimiento lento pero deliberado. La habitación pareció encogerse. Apoyó su espalda contra el metal frío, como si reclamara el espacio, y Zane sintió una punzada de inquietud. Era consciente de que ella ahora bloqueaba su única salida, y la idea lo desarmó más de lo que habría querido admitir.
El fulgor oscuro en sus ojos seguía allí, intenso y penetrante, mientras sus labios se curvaban en esa sonrisa que apenas era una sombra de burla. El aire entre ellos estaba cargado, como si cada segundo alimentara una chispa que amenazaba con prender fuego a la escena.
—¿Por qué me miras así? —espetó él finalmente, impaciente, intentando disipar la tensión con su voz, aunque esta le salió más áspera de lo que esperaba—. ¿A qué has venido?
Ella inclinó levemente la cabeza, como si evaluara cada uno de sus movimientos, antes de responder.
—He venido para que me hagas un favor.
Zane arqueó una ceja, más por instinto que por curiosidad genuina. La cautela ya estaba instalada en cada fibra de su cuerpo.
—¿En serio? —Su risa brotó, seca y mordaz, mientras apoyaba los codos en sus rodillas, tratando de recuperar algo de control—. Bueno, suerte con eso. ¿De qué se trata?
El rostro de Maya no cambió; su expresión era de una calma calculada que contrastaba con la incomodidad creciente en él. Cuando finalmente habló, lo hizo con una tranquilidad que hizo que su piel se erizara.
—Quiero que dejes de pensar en mis piernas. Y en mi cuerpo en general.
Zane se quedó callado de inmediato, como si ella le hubiera empujado esas palabras contra la boca, sellándola con una mordaza invisible. Su cerebro tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar, pero su cuerpo reaccionó antes: un ligero sudor frío empezó a perlar su frente, y sintió un nudo formarse en su estómago.
Maya no necesitó enfatizar lo que había dicho; su tono había sido suficiente para asegurarse de que cada palabra calara hondo. Sus ojos oscuros brillaron con algo que Zane no supo si era desafío o burla, pero lo dejaron completamente expuesto, como si ella hubiera descifrado algo que él no estaba listo para admitir.
Finalmente, Zane optó por disimular, dejando que una sonrisa amarga se dibujara en sus labios mientras soltaba con desdén:
—Ja, sí, claro. ¿Crees que yo gastaría mi tiempo en pensar en ti? Hay más mujeres que tú, Maya.
El comentario era un dardo lanzado con intención de herir, pero no pareció hacer mella en ella. Maya sonrió de lado, un gesto que no era ni completamente amable ni del todo burlón, pero que encerraba una amenaza sutil. Avanzó un paso, luego otro, y cada movimiento suyo parecía absorber el aire de la habitación.
Zane sintió su cuerpo tensarse automáticamente, echándose hacia atrás hasta quedar al borde de la cama mientras ella seguía ganando terreno.
—Oh, bueno —dijo ella, sin dejar de sonreír—. Me pareció oírte pensar muy fuerte, ¿sabes? Los pensamientos cargados de emociones son difíciles de ignorar, y tú... pareces estar ahogándote en emociones oscuras, Zane.
El tono meloso y murmurante de Maya tenía una cualidad hipnótica, como si sus palabras fueran un veneno disfrazado de dulzura. Él lo sabía bien: aquella chica ya había demostrado lo peligrosa que podía ser, y ahora la fuerza de su presencia se sentía como una amenaza tangible.
—¿Quieres hacerme creer que me oíste? —replicó, esforzándose por mantener el sarcasmo en su voz mientras fingía indiferencia—. Si alguna vez pensara en ti, créeme, lo haría sin emoción. No sentiría absolutamente nada.
Pero las palabras salieron un poco más forzadas de lo que pretendía, como si buscara convencerse más a sí mismo que a ella.
Maya ya estaba frente a él, a menos de un metro de distancia, con las manos descansando en sus caderas y una mirada que lo analizaba con una mezcla de superioridad y diversión. Su postura irradiaba confianza, como si supiera que lo tenía exactamente donde quería. Zane, por su parte, intentó permanecer aparentemente tranquilo, inmóvil en el borde de la cama. Si se levantaba o retrocedía más, sería admitir que estaba acorralado. No podía darle esa satisfacción.
—Supongo que tienes razón —dijo ella, encogiéndose de hombros con una exageración teatral—. Tal vez eran los pensamientos de Techris y no los tuyos.
El nombre golpeó a Zane como un ladrillo, provocando que su mandíbula se tensara involuntariamente. Maldito Techris. Ese idiota siempre tenía la habilidad de arruinarle las cosas, especialmente cuando se trataba de mujeres. No era la primera vez que Techris se fijaba en la misma chica que él, pero que Maya mencionara su nombre lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Él lleva pensando en mí mucho tiempo —continuó Maya, como si no hubiese notado su reacción, aunque era evidente que lo había hecho—. De todas formas, me dio la impresión de que eras tú el que quería que me sentara en su regazo.
Otro golpe directo.
Zane dio un respingo, su cuerpo reaccionando antes que su mente. Desvió la mirada instintivamente, rompiendo el contacto visual, y sintió un calor abrasador subirle por el cuello hasta las mejillas. Era imposible no reaccionar, las palabras de Maya eran como una daga que atravesaba la fachada cuidadosamente construida. Buscó desesperadamente algo ingenioso que decir, algo que pudiera revertir la situación y borrar la sonrisa de su rostro, pero las palabras no llegaban. El silencio entre ellos se volvió opresivo, y el pulso de Zane resonaba en sus oídos como un tambor furioso.
—Veamos, creo que era muy específica la posición... ¿quieres que te muestre? —siguió sonriendo Maya, con ese tono meloso y desafiante que hacía que cada palabra suya se sintiera como un reto. Sus ojos seguían brillando con esa intensidad oscura que lo desarmaba— él lo imaginó con lujo de detalles.
Zane intentó mantenerse firme, pero sus manos temblaban ligeramente, y tuvo que apretarlas sobre sus muslos para disimular.
—N-no creo que sea necesario —logró decir, aunque su voz salió más temblorosa de lo que habría querido.
Maya no le prestó atención, o tal vez lo disfrutaba demasiado como para detenerse. Con una fluidez casi felina, alzó una de sus piernas y depositó con gracia la rodilla derecha al lado del muslo izquierdo de él. El movimiento fue tan calculado como elegante, pero Zane no pudo evitar sentir que ese roce había sido intencional.
Un leve escalofrío recorrió su espalda. La piel de su muslo aún ardía donde la pierna de Maya había rozado, incluso aunque la ropa se interpuso a la caricia. Tragó en seco, esforzándose por no bajar la mirada hacia su cuerpo, intentando mantener sus ojos fijos en los de ella.
Maya no rompió el contacto visual, su sonrisa apenas perceptible, como si disfrutara del poder que tenía en ese momento. Lentamente, colocó una mano sobre el hombro de Zane, dejando que su toque se sintiera deliberado y pausado. Luego, con un equilibrio perfecto y una intención igual de clara, repitió el movimiento con la otra pierna, colocando su rodilla izquierda al otro lado de él.
Zane estaba atrapado. Literalmente.
Su respiración se aceleró, y el calor en su rostro era imposible de ignorar. Esto era lo más cerca que había estado nunca de una chica. Su mente estaba en caos, dividida entre el impulso de apartarla —de recuperar el control de la situación— y una emoción inesperada que lo anclaba en el lugar. Que quería explorar a fondo esto que le embargaba con la cercanía de ella.
No lo iba a admitir, no en mil años, pero... le encantaba.
El aroma de Maya tan cerca de él lo envolvía, dulce y peligroso que encajaba perfectamente con esta faceta nueva de ella. La cercanía era abrumadora, y podía sentir el peso ligero de su cuerpo a través de la cama, la presión de sus rodillas a cada lado suyo.
—¿Qué pasa, Zane? —preguntó Maya en un susurro cargado de provocación, inclinándose un poco más hacia él—. ¿Es esto lo que imaginabas?
Él abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta. No había forma de salir de aquello sin ceder terreno, y lo sabía. La tensión se apoderaba de su cuerpo, inmovilizándolo, mientras su mente era un caos de emociones que no podía controlar. Cuando ella pasó sus manos detrás del cuello de él para estabilizarse, sus dedos rozando apenas su piel, antes de sentarse del todo en su regazo, Zane no evitó soltar un suave gemido ante la sorpresa del calor del cuerpo de ella. Era tan envolvente, tangible, y de alguna forma... abrumadoramente perfecto. Era como si hubiera sido diseñada para encajar con él, un pensamiento que lo hizo odiarse un poco por encontrar consuelo en una situación tan fuera de control.
Tales sensaciones maravillosas y prohibidas no podían ser reales. Era como tocar el cielo, pero con un precio que sabía que no podría pagar.
—Maya... —susurró, su voz quebrada, dejando que el nombre de ella escapara de sus labios casi como un ruego. Por primera vez, su mirada bajó, incapaz de resistirse más, deslizándose lentamente sobre el cuerpo de ella que descansaba sobre el suyo. Encajaban a la perfección, aunque no dejara de recordarse que esto era, supuestamente, una "inocente demostración."
Cuanto más maravilloso sería si ambos estuviesen desnudos.
Ella sonrió con una malicia casi tierna, su mano alzándose con lentitud, como si estuviera calculando cada segundo del impacto que tendría en él. Con delicadeza, llevó sus dedos a apartar el mechón de cabello que caía sobre el ojo izquierdo de Zane, acomodándolo tras su oreja. La caricia fue más devastadora que cualquier golpe físico, porque en ese instante, sintió que perdía el último gramo de cordura que le quedaba.
Maya lo observó con una intensidad que lo desarmaba, con esa sonrisa entre burla y triunfo.
—Ah, claro... era la fantasía de Techris —dijo de repente, su tono burlón volviendo como un látigo—. Muy bien. Entonces tendré que ir a darle la misma advertencia a él.
Zane apenas tuvo tiempo de procesar esas palabras antes de que Maya, con la misma facilidad felina con la que se había acomodado sobre él, se incorporara y se levantara. Todo su movimiento fue fluido, natural, como si no acabara de desatar un torbellino en su interior. La ausencia de su calor dejó un vacío que él no sabía que tenía sino hasta ese momento, más duro que cualquier otra cosa que había experimentado. Su cuerpo, aún tenso, sentía cada lugar donde Maya había estado, como si su cercanía se hubiera marcado en su piel.
Se dio cuenta de que ese ardor solo se sanaría con ella de nuevo sobre él.
Zane no pudo apartar la mirada de Maya mientras ella se alejaba, cada paso suyo era como una puñalada que retumbaba en su pecho. Su mente era un torbellino de pensamientos caóticos, una maraña de emociones que lo desbordaban. La mezcla de vulnerabilidad y deseo lo enfurecía tanto como lo fascinaba. La sombra de sus palabras seguía resonando en su cabeza, envuelta en el martilleo acelerado de su corazón. No quería que se fuera con Techris, no podía soportar la idea de que alguien más tuviera el valor que él parecía carecer para detenerla.
Por primera vez en mucho tiempo, el miedo y la inseguridad no lo paralizaron.
Se levantó con un ímpetu desesperado y la alcanzó antes de que pudiera abrir la puerta. Su mano se apoyó firmemente contra el metal, impidiéndole jalarla hacia adentro. Sus miradas se cruzaron, y Maya vio en sus ojos algo más que rabia contenida: una necesidad visceral que lo estaba consumiendo desde dentro.
Zane ardía. Más que nunca. Y sabía que no podía quedarse callado, que debía actuar antes de que el momento se desvaneciera en las sombras de su cobardía. Lo último que quería era pensar en que Techris tendría más valor que él de impedirle a Maya irse.
—¿Qué? ¿Vas a privar a Techris de su fantasía? —lo desafió con esa sonrisa traviesa que le había aprendido a temer tanto como a desear.
Su voz tembló, cargada de un anhelo que apenas lograba contener.
—Solo... vuelve a la cama.
La provocación en los ojos de Maya brilló más intensamente. Quería llevarlo al límite, obligarlo a ceder por completo. Pero el temblor en la voz de Zane y la manera en que sus ojos apenas sostenían el contacto con los suyos la desarmaron, aunque fuera solo un poco.
—¿Sí? —replicó, acercándose unos centímetros más a su rostro—. ¿Quieres que te siga mostrando lo que él quería?
Zane, incapaz de hablar, asintió lentamente, desviando la mirada mientras un rubor profundo teñía su rostro. Maya lo estudió por un largo segundo, disfrutando del poder que ejercía sobre él. Luego, suavemente, tomó su mano con autoridad y burla, guiándolo hacia la cama que él nunca usaba, pero que ahora sería su escenario. El corazón de Zane martilleaba con fuerza descomunal; el calor de la habitación se había vuelto sofocante, pero lo único que podía pensar era en cuánto la deseaba, en cuánto la necesitaba. Que se la merecía completa y que esa noche sería suya.
Esta vez él subió completamente a la cama, sentándose en el centro, con la espalda recostada contra la pared tras el cabecero. Maya se quitó sus botas, y el sonido de cada una cayendo al suelo resonó como un eco en el tenso silencio entre ambos. Luego, con una fluidez hipnótica, subió sobre él. Su sonrisa era ahora picardía y pura satisfacción cuando escuchó el gruñido gutural que escapó de los labios de Zane al sentirla nuevamente sobre su regazo. De nuevo donde pertenecía.
—Parece que te gusta —susurró con una malicia que quemaba.
Zane había cerrado los ojos, no se molestó en responder. En su lugar, sus manos se aferraron con fuerza a las caderas de Maya, apretándola contra su creciente erección. La fricción lo hizo soltar un jadeo involuntario que llenó la habitación como un golpe de tambor. Maya sonrió ampliamente, segura de su efecto sobre él, y bajó las manos hacia su rostro, acariciándolo con una malicia sorprendentemente seductora. Sus dedos delinearon la línea de su mandíbula antes de deslizarse hacia su cuello, rozando su piel con la misma delicadeza con la que una brisa acaricia las hojas de un árbol.
—Continúa, Zane... —murmuró cerca de su oído, tan cerca que el aliento de sus palabras le rozó la piel como un susurro de fuego— ¿Qué pasaba después en esa fantasía?
Él sabía exactamente lo que seguía, y ahora tenía permiso para hacerlo realidad. Se inclinó hacia ella, dejando que el roce de sus cuerpos encendiera una chispa que rápidamente se convirtió en incendio. Sus labios encontraron la piel de su cuello, suave, cálida y fragante, como lo había imaginado. El contacto lo embriagó de inmediato, y se perdió en una marea de besos ardientes y caricias desesperadas.
Maya dejó escapar un suspiro que fue mitad risa, mitad gemido, y Zane se aferró a ese sonido como si fuera la melodía más dulce que jamás había escuchado. Sin pretenderlo, él mismo soltó un gemido ronco que envió vibraciones cosquilleantes por todo el cuerpo de Maya.
—No imaginé que la fantasía de Techris pudiera ponerte tan ruidoso, Zane —dijo ella, su voz entrecortada por las sensaciones que él provocaba.
Zane se apartó de golpe, mirándola con una intensidad abrasadora— No quiero que menciones su nombre. —le gruñó, su voz cargada de celos— Era mi fantasía, ¿de acuerdo? Mía. Y quiero que tú seas mía ahora, solo mi nombre pronunciarás esta noche.
Y antes de que Maya pudiera responder, él la silenció con un beso feroz. Sus labios se movieron con una urgencia que no dejaba espacio para dudas, y su lengua, tímida al principio, pronto reclamó el espacio entre los labios de ella con un deseo insaciable. Sus manos, ahora libres de los guantes, se deslizaron sobre la piel de Maya con una avidez que sólo aumentaba el calor entre ambos.
La chaqueta de Zane fue arrancada y lanzada a un rincón, y antes de que Maya pudiera tomar la iniciativa, él se despojó de su camiseta y del resto de su ropa con movimientos rápidos y torpes. Su cuerpo quedó al descubierto, su piel reluciendo de anticipación, y Maya no pudo evitar reír con malicia al verlo tan impaciente.
—Oye —Maya se había resbalado de él en ese acto, cayendo con la espalda contra la cama, demostrando la torpeza típica de las primeras veces. No obstante, se soltó a reir ella con malicia— Dios, Zane, que impaciente eres.
—Cállate y ven —ordenó él, tirando suavemente de sus brazos para acercarla de nuevo. Pero Maya lo detuvo, retirando sus manos con firmeza. Si iba a continuar, sería a su manera.
—Yo soy la única dueña de mis acciones, Zane —le gruñó, pero sonriendo siempre.
—Como quieres, pero ven, ven aquí —casi le suplicó él, con los puños apretados, más por la frustración de la impaciencia, que por amenaza.
Con deliberación, Maya comenzó a desvestirse, demasiado lento para el gusto de Zane, pero lo suficientemente lento como para torturarlo con cada nueva porción de piel que quedaba expuesta. Él observó, extasiado, como la piel femenina y sus curvas acarameladas iban quedando al descubierto. Cuando Maya también estuvo desnuda, Zane creyó que se iba a desmayar.
Todo en ella era tanto o más de lo que él había imaginado y le encantaba más de lo que nunca sería capaz de decir en voz alta. Esa visión, contrario a lo que se pensaría, lo dejó paralizado por unos segundos. Los suficientes para que ella decidiera acercarse a él.
—¿Listo? —le susurró, y Zane, incapaz de hablar sin que su voz delatara su impaciencia, simplemente asintió.
Maya volvió a subirse sobre él, y esta vez, el roce de sus cuerpos fue mucho más que perfecto. Fue un incendio que consumió todo a su alrededor, dejando solo el calor abrasador de su deseo y la certeza de que esa noche sería inolvidable.
Maya respiraba entrecortadamente, el pecho subiendo y bajando al mismo ritmo frenético que Zane había mostrado aquella noche en que ella había jugado con él, desplegando su seducción como un arma afilada. Ahora, él la tenía bajo su control, sus manos recorriendo sus caderas y muslos con una firmeza que hablaba de deseo contenido, subiendo hasta su cintura, rozando su estómago y vientre con caricias que parecían quemarla.
La boca de Zane, cálida e impaciente, marcaba su cuello con besos que eran una mezcla de ternura y voracidad, mientras Maya se arqueaba, intentando contener las emociones que bullían dentro de ella, sin éxito. Las manos de él subían hasta tomar sus pechos pequeños y firmes, mientras Maya jadeaba, avergonzada pero deseosa de que esto no se terminase.
—Zane, yo... esa no era yo... —susurró, buscando su cordura perdida, aunque su voz temblaba más de lo que esperaba— esa no era yo...
—Lo sé —respondió él, inclinándose hacia su oído, su tono ronco y cargado de una pasión que la desarmó por completo—, pero cuando te tuve esa noche, mientras estabas entre mis brazos... eras tú, Maya. Fuiste tú cada segundo.
Las palabras de Zane se clavaron en ella como un recordatorio imposible de ignorar. Su cuerpo se estremeció bajo el peso de su cercanía, y un suspiro escapó de sus labios, un suspiro que no podía reprimir. Por mucho que quisiera negarlo, le gustaba. Le gustaba cómo la hacía sentir, cómo su rudeza contrastaba con lo que Ky había sido capaz de ofrecerle. Ky, con su cautela y poca concentración, no había llegado ni cerca de encenderla como lo hacía Zane con un solo toque.
Desde el monasterio de Boaddai, cuando eran niños que no entendían más de la vida que cómo meterse en problemas, Zane siempre había tenido esa chispa que la atraía. Habían crecido demasiado rápido, dejando atrás la inocencia para enfrentarse al caos del mundo y a sus propios demonios. Seguro que el maestro Boaddai nunca había imaginado que sus alumnos terminarían así en algún momento.
—¿Lo recuerdas, Maya? —murmuró Zane de nuevo, su aliento acariciando su oído como una caricia peligrosa—. ¿Recuerdas todo lo que hice por ti esa noche?
Era imposible no hacerlo. Las imágenes se arremolinaban en su mente como un fuego vivo: sus caricias, susurros y la intensidad de su mirada. Maya se tensó al pensar en ello, su cuerpo reaccionando de maneras que no podía controlar. El calor entre ambos aumentaba, tangible, envolviéndolos como una tormenta a punto de estallar. Zane era tan apremiante e impaciente como siempre, su energía magnética atrapándola en un ciclo del que no estaba segura de querer escapar.
Y más allá, en las sombras, Nexus los acechaba, esperando el momento exacto para atacar, una amenaza latente que se mezclaba con la electricidad del momento. Pero claro, a ambos se les había olvidado por completo la presencia del robot.
—Lo recuerdo...
Maya apenas pudo formular una respuesta antes de que Zane tomara su rostro entre sus manos, sus dedos enguantados trazando el contorno de su mandíbula con una urgencia que le aceleró el corazón. Sus labios chocaron con los de ella en un beso que no tenía nada de cauteloso. Era un choque de mundos, de emociones reprimidas durante años, desbordándose con una intensidad abrumadora.
Las lianas en las muñecas de Maya se reventaron con un ruido suave.
El calor del momento la envolvió como si todo a su alrededor desapareciera. Zane devoraba su boca, explorándola con posesividad, pero también con una extraña ternura que le hacía estremecerse. Las manos de él viajaban con la misma impaciencia que su boca, desde su rostro hasta su cuello, bajando por sus hombros para rodear su cintura y pegarla aún más a su cuerpo, como si quisiera fundirla con él.
Maya se dejó llevar, atrapada en la vorágine de su deseo y su impaciencia. Sus manos, repentinamente libres, se aferraron al cabello de Zane, jalándolo suavemente mientras inclinaba la cabeza para profundizar el beso, como si no pudiera obtener lo suficiente. El sabor de él era dulce y salvaje, un vicio del que no sabía si querría salir.
Zane gruñó con satisfacción contra sus labios, un sonido bajo y ronco que hizo que Maya sintiera que su piel ardía y un cosquilleo se instalara en su vientre. Cuando sus manos bajaron hasta sus muslos y la alzaron con facilidad, ella envolvió sus piernas alrededor de él, quedando completamente a su merced. Sentía cada músculo tensarse bajo sus manos mientras él la sostenía, y cada fibra de su ser pedía más de él.
Sus labios se separaron un instante, ambos jadeando, sus miradas entrelazándose con pasión. Retándose el uno al otro en un desafío tácito con una sonrisa de alivio. Los ojos negros de Zane brillaban como llamas mientras buscaban los de Maya, que estaba perdida en el momento, sus labios hinchados y su respiración irregular.
—Maya... Mira lo que me haces... —murmuró él con una voz cargada de deseo, su frente apoyada contra la de ella— Eres mía ¿lo has olvidado? tú misma entraste a mi cuarto esa noche y tú misma me incitaste hasta hacerme sucumbir... Y yo caí gustoso... ¿Porqué no volvemos a mi cuarto cuando esto termine?
Ella sonrió levemente— Seguimos siendo enemigos —susurró, con la dulzura de quien sabe lo que dice, pero no quiere herir.
Ese rechazo sutil, esa barrera que ella mantenía con tanta gentileza, no hacía más que confirmar lo que ya sabía: estaba perdido, enamorado hasta la obsesión de todas las facetas de Maya. De su bondad, de su fuerza escondida, de la forma en que podía ser firme sin perder la ternura.
—Eso no impidió que esto pasara... ni lo anterior —suspiró, cerrando los ojos un instante mientras su pulso desbocado lo traicionaba. Bajó la voz, volviendo su tono más grave, más íntimo—. Además, ahora eres mía. Te aseguro que, aunque te vayas con él hasta el fin del universo, volveré a encontrarte.
Sus palabras, cargadas de una intensidad casi tangible, hicieron que Maya se estremeciera. Pero no era miedo, era algo más complejo, más profundo, un alivio suave y agradable. Zane inclinó el rostro, sus labios apenas rozando su mejilla, como si quisiera saborear ese instante para siempre. Empezó a delinear las marcas azules en el rostro de Maya con infinita suavidad. Sus besos eran lentos, cargados de una posesividad que, lejos de ser agresiva, se sentía seguros. Como si quisiera marcarla de forma suave, sin herirla, pero dejando claro que él estaba allí, que siempre estaría allí.
Ella soltó una risa suave y casi tímida, con un gesto casi infantil, desvió la mirada apenas, como si buscara contener el rubor que ahora cubría sus mejillas— ¿Esta vez te refieres a Techris o...? —preguntó, juguetona, sin perder ese aire amable que lograba equilibrar todo.
Zane gruñó bajo, el sonido profundo reverberando en su pecho. Celoso hasta el último momento. Pero en lugar de molestarla, solo provocó otra risa de Maya, más libre, más auténtica.
—Entiendo —respondió, sus ojos centelleando de algo que parecía ternura disfrazada de travesura.
—Que temperamental eres, Maya. —suspiró él— Te muestras esquiva ante mi, me haces creer que no me quieres y que te desagrada mi cercanía. Pero fue necesario atarte y recordarte todo para que al fin aceptaras que pasó.
—Aun siento que fue un sueño —contestó, dubitativa.
—Pero fue real —confirmó él— tu aroma permaneció en mis sábanas por muchos días más y... esa cama que yo nunca usaba... te espera, Maya.
Ella volvió a sonreír— Tienes que entender, no podía aceptar estar enamorada de mi enemigo. Traicionar a mis amigos...
—No pienses en eso —trató de cortarle él, separándose de su piel para mirarla— aquí no estamos una Stax y un Radikor... aquí estamos Maya y Zane... Juntos, no seremos más que nosotros dos ¿de acuerdo?
—De acuerdo... —suspiró ella, apreciando sus palabras.
—¿Porqué otra razón te negabas a mi? —volvió a insistir él, herido, mirándola con dolor.
—Debes comprender, Zane. —murmuró ella, con la misma expresión— por mucho tiempo lo sentí como algo que hizo otra persona que compartía mis mismos deseos e impulsos, solo que ella no tuvo miedo de hacerlos realidad. Aun a costa de todo. Y aun así, ella lo hizo, pero fui yo quien lo disfrutó todo.
Antes de que ella pudiera continuar, sus labios volvieron a encontrarse con los suyos, esta vez más lentos pero igual de intensos, como si intentaran grabarse el uno al otro en la memoria para siempre.
—Te haré disfrutarlo las veces que lo desees —dijo entre besos.
El calor de sus palabras dibujó una sonrisa en los labios de Maya, mientras sus manos comenzaban a explorar con un propósito deliberado. Sus dedos ascendieron con suavidad bajo la camiseta de él, deslizándose sobre la piel cálida de su abdomen. Zane dejó escapar un sonido gutural, una mezcla de placer y rendición, cuando las delicadas caricias llegaron al borde de su pantalón.
Con un toque de travesura, ella soltó el cinturón con el símbolo de su e-teen, sus movimientos pausados pero seguros.
—Maya... —murmuró su nombre con un deseo que vibraba en el aire.
—Déjate llevar... —respondió ella con dulzura, sus labios rozando los suyos mientras hablaba—. El daño ya está hecho... ahora esto es solo nuestro.
Zane no encontró objeciones, dejando que sus manos actuaran con la misma libertad. Una de ellas, fuerte y decidida, comenzó a deshacer el cinturón de ella, como si cada hebilla fuera un obstáculo menor en su camino hacia la conexión absoluta.
El pantalón ajustado de Maya cedió rápidamente bajo los dedos firmes de Zane, deslizándose por sus piernas con una urgencia contenida, mientras su respiración se entremezclaba con la de ella. Por su parte, Maya abrió el pantalón de él lo suficiente para liberar lo que su ropa apenas lograba contener, sus movimientos tan calculados como apasionados.
Ambos se encontraron en una sincronía perfecta, piel contra piel, sus besos intensos alimentando la llama que los envolvía. Todo en ellos era entrega, deseo y necesidad inquebrantable. Zane se detuvo apenas un momento, sus miradas encontrándose en un intercambio silencioso que hablaba de confianza y anhelo. Con un movimiento lento pero lleno de urgencia, él se empujó dentro de ella, la penetración entre ambos tan íntima que el mundo a su alrededor parecía desvanecerse.
Las manos de Zane se aferraron con firmeza a las piernas de Maya, que rodeaban sus caderas, anclándolos en esa unión que se hacía más profunda con cada embestida.
—Así... justo así. —gimió él, su voz temblando de placer mientras observaba el éxtasis dibujado en el rostro de ella— Así fue esa noche... Eres perfecta, Maya... tan cálida, tan suave...
Los ojos de ambos permanecieron fijos, Zane deleitándose con el calor y la cercanía de ella, reconfortante y embriagadora. Maya, por su parte, se sentía llena y segura, cada movimiento desatando una ola de dulce placer que la hacía contener el aliento. Sus cuerpos hablaban un lenguaje propio, donde cada roce, cada suspiro, era una promesa de entregarse completamente al otro.
Maya echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el tronco del árbol mientras los suspiros escapaban de sus labios. Sus manos encontraron los hombros firmes de Zane, sus frentes casi tocándose, compartiendo el mismo aire en una cercanía íntima que los envolvía.
Lentamente, ella deslizó los brazos hasta entrelazarlos en la nuca de él, entregándose al calor que surgía de cada movimiento, al ritmo que la hacía perderse en una delicia embriagadora. Zane, a pesar del deseo palpable que lo consumía, mantenía su atención fija en ella, en cada expresión, en cada sonido, como si su única misión fuera asegurarse de que Maya alcanzara el éxtasis antes que él.
Las embestidas de Zane eran profundas, cambiando de ritmo cada pocos instantes, cada movimiento cambiando de ritmo con precisión, como si estuviera descifrando un mapa grabado en su memoria. Buscando tocar el punto exacto donde Maya le había indicado la vez anterior, atento a cada reacción de su cuerpo.
Cuando finalmente lo encontró, el grito ahogado de placer de ella rompió el aire del bosque. Zane atrapó el sonido en sus labios, besándola con ternura y su fervor impaciente mientras dirigía sus movimientos con una intensidad casi voraz, concentrando cada impulso en ese punto dulce que la hacía temblar entre sus brazos.
Maya recordó cómo la vez anterior todo había seguido un camino similar. Después de que ella marcara el ritmo con seguridad, Zane había tomado el mando, guiando los movimientos con una confianza casi innata. El placer que le había proporcionado entonces fue tan abrumador que, por voluntad propia, Maya se permitió rendirse completamente a él. Incluso ahora, esa sensación de entrega mezclada con una tímida vulnerabilidad permanecía grabada en su memoria, evocando el leve dolor de su primera vez, un recuerdo que, lejos de ser amargo, se había transformado en algo íntimo y único entre ambos.
Zane reconocía a la Maya que había sido esa noche, después de que su maldad artificial se hiciese a un lado para dejar ver a la verdadera. Entregada a un placer que la consumía por completo. La veía en cada gemido que escapaba de sus labios, en la forma en que su cuerpo se arqueaba, atrapada y movida por un orgasmo tan poderoso y electrizante que parecía recorrerla como una descarga incontrolable.
Incluso en ese momento, la sentía en la presión de sus piernas alrededor de sus caderas, temblando con una intensidad que lo desarmaba. Con un último impulso, adentrándose en ella hasta el fondo, él también se rindió al éxtasis, dejando escapar un gemido profundo y prolongado mientras se derramaba en su interior, sellando esa unión con una pasión que lo marcaba tanto como a ella.
Maya, todavía apoyada contra el tronco del árbol, sentía el latido de su corazón disminuyendo poco a poco, acompasándose con el de Zane, que la sostenía suavemente. La repentina paz que los embargaba a ambos ahora era incluso mejor que el éxtasis anterior, satisfechos, ambos se miraban a los ojos, con la misma sonrisa tonta en el rostro.
Él se inclinó hacia ella, apoyando su frente contra la suya, y ambos compartieron un silencio lleno de significado. Sin prisas, Zane deslizó una mano por su rostro, apartando con ternura los mechones desordenados que se habían adherido a su piel.
—Te extrañé —susurró, su voz baja y cálida, como si el momento requiriera de una reverencia silenciosa— y veo que tú también a mi.
Maya sonrió más ampliamente— ¿para qué negarlo? —se rió suavemente— la piel tiene memoria... y la mía deseaba con locura la tuya.
Esa confesión hizo que Zane se envalentonara de orgullo, y, ante esto, ronroneó de gusto—Eres mía ahora, Maya... no lo olvides.
—Pero tú también eres mío, Zane —le dijo ella, con firmeza, sonriéndole de la misma forma— y tampoco te permito olvidarlo.
—En ese caso, creo que ambos debemos aprovechar más el tiempo que nos queda juntos...
Maya le respondió con una sonrisa, y su mirada, aún brillando por lo vivido, buscó la de él. Entonces, con una dulzura que contrastaba con la pasión anterior, Zane inclinó la cabeza y presionó un beso suave sobre sus labios, apenas un roce, pero lleno de cariño.
Ella cerró los ojos y se dejó envolver por la calma que traía consigo aquel gesto. Se inclinó hacia él, buscando otro beso, esta vez más prolongado, pero igualmente casto, como una promesa silenciosa de que este momento entre ellos significaba algo más profundo.
Al separarse, Zane deslizó sus brazos alrededor de ella, abrazándola con fuerza, y Maya apoyó su cabeza en su pecho, escuchando el latir constante de su corazón. Por un momento, no existía nada más, solo el calor de sus cuerpos y la tranquilidad que seguía a la tormenta.
Sin embargo, el momento perfecto se rompió de golpe.
—¡¿Pero qué demonios está pasando?! —la voz de Ky resonó como un trueno en el bosque, cortando la atmósfera en un instante.
Zane y Maya se separaron de golpe, el calor de sus cuerpos aún presente mientras giraban para enfrentarse a las figuras que habían irrumpido. Ky estaba frente a ellos, su rostro mostrando una marcada incredulidad y además una furia que rayaba en el dolor. Boomer, detrás de él, lucía una expresión divertida, como si disfrutara de la tensión palpable entre todos, parecía a nada de soltarse a reir.
Maya bajó las piernas apresuradamente, deshaciendo el abrazo y la conexión que los había estado uniendo tan dulcemente hasta ese momento, poniéndose de pie por si sola y tratando de recuperar la compostura subiendo su ropa apresuradamente. Pero aunque Ky y Boomer no hubieran visto su desnudez y la de Zane al separarse el uno del otro, el desorden de su cabello y el rubor en su rostro la delataban. Zane, por su parte, no hizo mayor esfuerzo por esconder la satisfacción en su sonrisa torcida, mirándolos con desafío. Pero aun así, con movimientos suaves y confiados, prepotentes, subió su pantalón, ocultándose a la vista de los chicos.
—¿Interrumpimos algo? —preguntó Boomer, arqueando una ceja mientras Ky cerraba los puños a su lado, claramente al borde de explotar.
—¿Qué clase de pregunta es esa, Boomer? —gritó Ky, exasperado— Es evidente que estaban disfrutando de su soledad hasta que vinimos.
Maya tragó en seco, pero Zane, imperturbable, se cruzó de brazos dando un paso delante de ella, protegiéndola posesivamente, y les lanzó una mirada descarada.
—Vaya, parece que siguen siendo tan inoportunos como siempre —soltó él, su tono lleno de sarcasmo, mientras Maya intentaba procesar el caos que se acababa de desatar— ¿No tenían que ir por ahí y buscar alguna otra reliquia en lo que nosotros aprovechábamos su ausencia?
—¡Cállate! —rugió Ky, dando un paso al frente. Su ceño fruncido y la tensión en sus hombros delataban su rabia contenida—. Está claro que no tienes idea de lo que estás haciendo o diciendo, maldito psicópata ¿Quién te crees que eres para corromper a Maya?
Zane se echó a reír, un sonido bajo y peligroso que resonó en el ambiente como un desafío— Por si no lo sabes —dijo, llevándose una mano al pecho con exagerada burla—, fue ella quien me corrompió a mí. Yo solo quise que me devolviera el favor.
Las palabras hicieron eco en el grupo, dejando un incómodo silencio. Ky parpadeó, perplejo, mientras sus ojos buscaban desesperadamente los de Maya, como si necesitara una explicación inmediata. Maya, ruborizada en gran medida, sintió que el calor se extendía por su rostro. Miró de reojo hacia el río, donde creía ver la silueta de Nexus, buscando una distracción para su incomodidad.
Para su suerte, el chico ciborg no estaba, y quien sabe desde hacía cuanto que se había ido. Pero eso representó un alivio para ella, recordaba haber empezado a gemir en voz alta sin reparos ante las atenciones de Zane, lo suficiente como para que Nexus los escuchase al otro lado del rio inverso.
Antes de que pudiera moverse, Ky se acercó a ella y la agarró del brazo con brusquedad, arrastrándola hacia Boomer y lejos de Zane.
—Maya —la reprendió, su voz grave y casi paternal, aunque teñida de decepción— ¿Es cierto lo que este idiota dice...? Por Dios, Maya, ¿Qué dirá el maestro Boaddai de esto?
—Ella no te debe respuestas a ti ni a nadie —le retó Zane, adelantándose para amenazar a Ky.
—Tú deberías largarte de una vez antes de que te muela a golpes —gritó Ky de nuevo, aun sosteniendo a Maya con firmeza, su orgullo herido era el que hablaba por él— Eres un maldito traidor y además un mal enemigo... lo que has hecho ha sido caer muy bajo...
Maya se liberó del agarre de su líder y retrocedió— Ky, basta... esto que pasó, fue consentido. —trató de explicarlo— él no me forzó, yo también quise hacerlo.
Ky la miró como si nunca antes la hubiese visto hasta ese momento. Zane, más allá, sonrió irguiéndose con su confianza restablecida y una sonrisa de suficiencia. Él también estaba sudoroso y cansado por el frenesí anterior, pero seguía sintiendo la calidez de las caricias de Maya pegadas a la piel.
—Acéptalo, Ky —le dijo con excesivo gusto, mientras se reía— Maya misma lo ha dicho. Ella y yo somos ahora más de lo que tú nunca serías con ella.
Maya abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en sus labios cuando Zair emergió de entre los árboles, con Techris siguiéndola de cerca.
—¡Zane! Por fin te encontramos —suspiró Zair, teatralmente, como si acabara de cruzar un desierto—. Pero… —sus ojos recorrieron las caras tensas y las posturas rígidas de todos—. ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Por qué tienen esas caras?
La tensión en el aire se rompió de golpe cuando Boomer no pudo contener más la risa. Parecía que, de todos, solo él hubiera entendido lo que había estado pasando mientras no estaban. Se dobló hacia adelante, sujetándose el estómago mientras su risa descontrolada llenaba el espacio. Su X-Reader cayó al suelo con un golpe seco, pero ni siquiera pareció notarlo.
Techris se pasó una mano por la cara, exasperado, mirando a los demás con incredulidad.
—Sea lo que sea que le hayas hecho esta vez, lo pagarás, Zane —amenazó Ky, su agarre en los hombros de Maya volviéndose más firme, casi como si quisiera protegerla, o como si fuera un vago intento por mantenerla retenida.
Zane y Maya se miraron, un instante que pareció eterno. En sus ojos había una complicidad tácita, un pacto silencioso que ninguno de los dos rompería. No había necesidad de explicaciones; lo que compartían era solo suyo, y así debía permanecer.
—Zane, no tenemos energía para más desafíos Kairu —intervino Techris, su tono práctico y algo cansado—. Se nos agotó luchando contra los Hiverax. No sería prudente plantearles otro enfrentamiento ahora.
—Tiene razón —añadió Zair, empujando ligeramente a su hermano mayor en el brazo—. Además, los Hiverax siguen rondando por aquí. Vámonos.
Zane asintió lentamente, sus ojos todavía fijos en Maya antes de volverse hacia los demás. Entonces, como si se colocara una máscara, recuperó su actitud de siempre: desafiante, salvaje y rencorosa.
—La próxima vez no tendrán tanta suerte, Staxs. La próxima vez los acabaré. —Su voz resonó como una amenaza oscura.
—Esperaré esa próxima vez con ansias —le devolvió el grito Ky, dando un paso al frente con furia contenida, como si quisiera que sus palabras fueran golpes que pudieran alcanzarlo.
Los Radikor se marcharon, pero no sin que Zane lanzara una última mirada a Maya, intensa y cargada de promesas. Cuando los Stax también decidieron irse, el silencio entre ellos era pesado.
—Maya, ¿puedes decirnos qué pasó ahí? —preguntó Boomer, aún riéndose entrecortadamente—. Porque lo que vimos no se nos borrará de la cabeza nunca.
—No pasó nada, simplemente… —murmuró ella, desviando la mirada, su voz más baja de lo habitual.
—Sí, claro, nada… —respondió Ky, su tono herido mientras se apartaba de ella, adelantándose en el camino.
Boomer se acercó a Maya, todavía sonriendo con esa chispa de humor inquebrantable.
—Yo ya sabía.
—Por favor, dejemos el tema…
—No te preocupes —dijo Boomer con una sonrisa de complicidad—. Yo ya lo veía venir. Llevan ustedes en tensión mucho tiempo. Era cuestión de un instante…
—Boomer —lo interrumpió Maya, cubriéndose el rostro, su rubor evidente incluso bajo la luz tenue del anochecer. El rubio se echó a reír de nuevo, dejando el asunto en el aire, aunque todos sabían que no se olvidaría pronto.
Esa noche, en el silencio del monasterio, Maya se recostó en su cama, incapaz de conciliar el sueño. Su mente volvía una y otra vez a Zane, a sus palabras, a su toque. Había algo en él que la desarmaba por completo, algo que hacía que lo necesitara, como si él fuera una parte de ella que siempre había faltado.
Y entonces lo sintió. La presencia Kairu en su mente, inconfundible. Zane. Había regresado, y estaba cerca.
Cuando se incorporó, él ya estaba ahí, al pie de su cama, su figura apenas visible en la penumbra. Sus miradas se encontraron, y Maya, sin dudar, salió de la cama y lo abrazó, buscando refugio en él. Sus labios se encontraron en un beso silencioso, cargado de todo lo que ninguno de los dos podía decir en palabras.
—Te dije que volvería a encontrarte —susurró Zane contra sus labios.