ID de la obra: 1427

Dentro de una jaula

Het
G
Finalizada
2
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
15 páginas, 9.170 palabras, 1 capítulo
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Descripción:
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Capítulo Unico

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Cuando su pie impactó contra los barrotes de bambú, el único resultado fue un rebote que lo envió de vuelta al suelo. Koz se levantó rápidamente, con una mezcla de frustración y determinación, sacudiéndose el polvo de su ropa mientras murmuraba algo inaudible, probablemente maldiciones dirigidas a la celda. —Koz, por favor. —intervino Maya, sentada con las piernas cruzadas en un rincón, su voz cargada de paciencia fingida— Llevas media hora en ese trance. Te vas a lastimar. Apenas lo dijo, Koz volvió a lanzarse contra los barrotes con renovada fuerza, pero esta vez el resultado fue incluso peor: salió despedido hacia atrás, chocando su espalda contra los barrotes opuestos de la celda. Un sonido hueco resonó en el aire, haciéndose eco en el claro que los rodeaba. —¿Ese sonido fue tu cabeza? —preguntó Maya, ocultando una sonrisa tras su mano mientras lo miraba con una mezcla de diversión y ligera preocupación. Koz se puso de pie una vez más, su rostro reflejando un breve destello de dolor antes de recomponerse. Podía quejarse todo lo que quisiera de los formalismos, pero su porte traicionaba su linaje real: había algo innegablemente regio en su forma de moverse, incluso cuando acababa de estrellarse contra un muro de bambú. Quizá por eso era que Maya no podía dejar de mirarlo. —Al menos yo estoy haciendo algo para salir de aquí —replicó con un tono mordaz, fulminándola con la mirada—. ¿O acaso planeas quedarte aquí sentada y esperar a que el volcán te convierta en cenizas? Maya alzó la vista con calma para observar el volcán que dominaba el horizonte, su silueta amenazante marcada por el humo que se elevaba de su cima. Sabía que Ky y Boomer, y las demás Imperiaz debían andar por ahí buscando la forma de salvarlos, por por el sonido del volcán, el temblor del suelo y las nubes oscuras que expulsaba, era casi seguro que, en horas más tarde, estallaría. —Pues no, la verdad no es mi idea de un buen plan —respondió con su característico sarcasmo inteligente, como si el asunto no fuera particularmente urgente. —Entonces haz algo útil y ayúdame —espetó Koz, con una exasperación evidente en su voz, mientras volvía a lanzar una patada contra los barrotes sólidos—. ¡Cederán en algún momento! Maya quiso demostrarle lo poco que le importaba su comentario y sus acciones, sacando su espejito de bolsillo. No traía maquillaje, pero Maya era una chica, y como chica, había cosas que no cambiaban. Era un espejito que había encontrado en una de sus misiones, circular, cabía en la palma de su mano y en su bolsillo a la perfección. Pero al sacarlo, descubrió que se había roto cuando la capturaron. Eso le dio un momento pequeño de desaliento. —Ky y Boomer tienen que venir a salvarnos —dijo Maya con una confianza despreocupada, como si la idea de un rescate fuera tan inevitable como el amanecer—. Es su deber. Koz detuvo su embestida solo lo suficiente para lanzarle una mirada afilada antes de continuar con su intento de demolición manual. —Parece que no sabes nada de deber —gruñó entre patadas—, ni de los amigos —otra patada—, ni de los equipos en general. Esta vez, el bambú lo devolvió con una fuerza implacable, enviándolo al suelo como un muñeco de trapo. Permaneció allí por un momento, respirando pesadamente, con los ojos entrecerrados hacia el techo de la jaula como si tratara de encontrar paciencia entre las grietas. —¿Es que tú no confías en tus hermanas? —preguntó Maya, con un dejo de curiosidad auténtica tras su tono burlón. Koz se incorporó ligeramente, apoyándose en los codos con un movimiento deliberado. —Por supuesto que confío en ellas —respondió, como si fuera una obviedad—. Pero, ¿Qué mérito tiene dejarse salvar por una chica si tú eres un hombre? Y además, un aprendiz de caballero. Maya parpadeó, sorprendida por la revelación. Volviendo a guardar el espejo roto, con los pocos fragmentos aun adheridos al marco, donde se había estado mirando de vez en cuando, a pesar de que la imagen que se le devolvía era la de mil fragmentos astillados. No era la respuesta que esperaba, ni el ángulo desde el que Koz parecía estar viendo la situación. Mientras lo observaba, algo comenzó a formarse en su mente: una imagen de él que nunca había considerado. Hasta ahora, Maya nunca había gastado un solo pensamiento en quién era Koz antes de todo esto, cuando aún vivía con sus padres, los emperadores. Los Imperaz habían sido una figura omnipresente en su odio, representaciones de todo lo que Lokar había hecho para fracturar el mundo y someterlos a su voluntad. Pero nunca había pensado en ellos como personas. Ahora, una curiosidad inesperada surgía entre las grietas de su desdén habitual. —¿Fuiste aprendiz? —preguntó finalmente, levantando una ceja con genuino interés—. Sabes, siempre he pensado que tú y Teeny no son como Diara. ¿Es porque tú eras aprendiz de caballero? Koz resopló, desviando la mirada como si su respuesta no mereciera atención. Maya pensó que estaba a punto de lanzarse de nuevo contra los barrotes, pero en su lugar lo vio moverse con una incomodidad tangible, buscando una posición más cómoda para sentarse. Con un gesto automático, llevó una mano a la espalda y comenzó a masajear el lugar donde había impactado contra los barrotes momentos antes. Un suspiro cansado escapó de sus labios, cargado con más emociones de las que él estaba dispuesto a admitir. —No somos hijos de la misma madre, para empezar —murmuró Koz, con un tono distante, como si esas palabras cargaran un peso que él preferiría ignorar. Hizo una pausa, como si estuviera a punto de decir algo más, pero un pensamiento pasó fugaz por su mente, y pareció decidir que no valía la pena continuar. Sin más, se reincorporó y comenzó a golpear los barrotes con los puños, descargando su frustración donde antes lo había intentado con patadas. —Eso es... inesperado —comentó Maya, ladeando la cabeza con genuina curiosidad. —Sí, claro, no importa —respondió Koz entre dientes, asestando un golpe tras otro hasta que el aire escapó de sus pulmones y tuvo que detenerse para recuperar el aliento—. Ahora ya no importa. Maya frunció el ceño, sus pensamientos girando en torno a lo que acababa de escuchar. La relación entre los hermanos Imperaz siempre había sido un misterio, pero esto era un nuevo matiz que no había considerado antes. —¿Eso influyó en que ella sea tan mimada y ustedes no? —aventuró, sin poder reprimir la pregunta. Koz detuvo su arremetida por un momento, girando la cabeza hacia ella con una mirada cargada de desagrado. Su expresión era una mezcla de exasperación y algo más oscuro, un sentimiento que Maya no pudo identificar del todo. —¿Por qué el repentino interés? —casi escupió, su voz fría como el acero. Maya sintió una advertencia silenciosa en el aire, una sensación de que estaba pisando terreno inestable. Pero, en lugar de retroceder de inmediato, dejó que el silencio se asentara entre ellos por unos segundos, permitiendo que el eco de las palabras de Koz se desvaneciera en el ambiente cerrado de la celda. —Solo intento hacer conversación —dijo finalmente, encogiéndose de hombros con un gesto casual, aunque su tono traicionaba una ligera incomodidad—. Además, no parece que tus esfuerzos vayan a dar más resultado que una colección de moretones y magulladuras, Koz. Él no respondió, pero su mirada se volvió aún más tensa, como si estuviera decidiendo si debía ignorarla o replicar. —¿Por qué no te sientas? —continuó ella, suavizando su voz y mirando hacia otro lado para no parecer demasiado insistente—. No tienes que hablar si no quieres. Me disculpo, no debí inmiscuirme en asuntos personales. Solo... no te lastimes más. Me pones nerviosa. El príncipe tomó esta vez dos barrotes y, con toda la fuerza que pudo reunir, intentó separarlos para abrir un espacio suficiente donde pudiera deslizarse. La imagen era casi cómica: Koz parecía una rata desesperada, luchando por salir de su jaula para alcanzar la comida justo fuera de su alcance. Pero la situación perdió cualquier rastro de humor cuando quedó atrapado, con medio torso fuera, las piernas y las caderas inmovilizadas dentro. Después de unos segundos de forcejeo inútil, dejó escapar un largo suspiro, cargado de frustración y amargura, antes de empujar con todas sus fuerzas en la dirección contraria para liberarse. Maya, que había estado observándolo en silencio, se acercó al ver que sus intentos se volvían más desesperados. Sin decir una palabra, rodeó con sus brazos la cadera de Koz, tirando de él hacia adentro mientras él luchaba por empujarse con las piernas. La coordinación no era perfecta, y el resultado fue que ambos cayeron hacia atrás de manera torpe y dolorosa, golpeándose contra el suelo de la celda. Koz se apartó rápidamente, como si el contacto con ella le resultara tan incómodo como su fallido intento de escape. Maya, en cambio, se incorporó con lentitud pero con dignidad, quitándose el polvo de las manos como si nada hubiera pasado. —Nuestra madre quería que fuéramos grandes pensadores —dijo Koz de repente, rompiendo el silencio y, al parecer, decidiendo que continuar hablando era una forma más aceptable de agradecer—. Por eso ordenó mandarnos a universidades y colegios especiales. Yo fui entrenado en el arte de la guerra, Teeny se especializó en ciencia y mecánica. Hizo una pausa, su mirada perdida en un recuerdo que parecía agridulce antes de volver a hablar, su voz más dura esta vez: —Cuando nuestra madre murió, nuestro padre se casó con otra lady... no recuerdo de dónde. Tuvieron a Diana unos años después. Ella no estudió nada, no aprendió nada. Fue una consentida desde el principio y no ha dejado de serlo. Maya lo escuchó en silencio, procesando la información mientras se frotaba la muñeca, adolorida por la caída. Después de un momento, comentó con suavidad: Imagino que Lokar supo que los tres tenían el poder del Kairu. Por eso quiso secuestrar a tus padres. Koz giró hacia ella, su expresión transformada en un rayo de furia. Sus ojos naranjas más oscuros que nunca. Levantó la mano, señalándola con una autoridad que solo un príncipe podría conjurar. —Nunca vuelvas a decir eso. —Su voz era afilada como una daga, y la intensidad en sus ojos dejó claro que había cruzado una línea—. Este tema no te concierne. No debería habértelo contado. Maya retrocedió instintivamente, notando por primera vez lo profundamente herido que estaba Koz. La rabia en sus palabras no era más que una máscara para un dolor mucho más profundo, una herida que parecía estar constantemente al borde de abrirse. —Como quieras —dijo ella con un suspiro, levantando las manos en señal de rendición mientras daba un par de pasos hacia atrás—. Qué carácter, ¿eh? Pero mira, no insistí cuando no quisiste hablar, porque entendí que era algo privado. Solo que, ya que tú mismo sacaste el tema, no pude evitar escucharte. —Sí, claro —espetó Koz, mirándola con desdén mientras intentaba incorporarse de nuevo. Un dolor lacerante atravesó su brazo y cadera, obligándolo a desistir. Se dejó caer de nuevo al suelo con un gruñido, enjugándose el sudor de la frente con una mano antes de dejar escapar otro largo suspiro de resignación— ¿Qué hay de ti? Maya dejó escapar una risa suave, incrédula. —¿Te estás escuchando? —le dijo, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona—. ¿Yo no puedo meterme en tus temas, pero tú sí puedes en los míos? Koz se enderezó ligeramente, con la dignidad herida reflejada en sus ojos, y le respondió con un tono severo que buscaba imponer autoridad: —Yo soy un príncipe, y he sido indulgente contigo —su voz era cortante, casi un grito, y la expresión de desdén en su rostro no dejó espacio a dudas—. Ahora debes retribuirme. Ya que yo te he contado algo de mi vida, es justo que tú hagas lo mismo. Maya sacudió la cabeza, riendo ante lo absurdo de sus palabras. —De verdad, no puedo creer lo ridículo que eres. —Su voz estaba cargada de ironía, pero sus ojos lo observaban con algo más cercano a lástima—. Puede que no seas como tu hermana, pero te aseguro que las marcas de la realeza las tienes bien grabadas. Koz frunció el ceño, pero no respondió, y Maya continuó, con un tono casi reflexivo: —Haber tenido una preparación diferente no significa que no compartas algunas cosas con Diara. Ese desprecio por los que crees inferiores y ese desagrado por lo que no puedes controlar... —Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran—. Lo llevas en la sangre. Maya ladeó la cabeza, observándolo en silencio por un momento. Había algo en los ojos de Koz, incluso detrás de su arrogancia, que la hacía dudar. Tal vez no era solo un príncipe engreído, tal vez había algo más profundo en él que aún no había visto. —¿Terminaste de cantar mis alabanzas? —se cruzó de brazos— porque no estaré todo el día esperando a que hables. —No sé qué te hace pensar que mi vida es tan interesante. —dijo finalmente, con un encogimiento de hombros, tratando de restarle importancia— Pero si tanto insistes… Koz la miró con expectación, aunque intentó disimularlo detrás de una fachada de indiferencia. —Crecí en el monasterio de Boaddai —comenzó Maya, su tono era neutral, casi distante, pero sus ojos traicionaban una chispa de melancolía—. Ky, Boomer, Zane y yo fuimos entrenados juntos desde que éramos niños. No éramos familia, pero durante un tiempo se sintió como si lo fuéramos. —¿Zane? —Koz alzó una ceja, curioso—. ¿El mismo Zane que ahora trabaja para Lokar? —Sí, ese Zane —respondió Maya, endureciendo el tono. La mención de su antiguo amigo transformado en enemigo le dejó un mal sabor de boca—. Antes de que decidiera traicionarnos, era casi como un hermano para mí. Para todos nosotros. Koz asintió lentamente, y aunque no dijo nada, su expresión se suavizó. Pero no dijo nada, simplemente se volvió a intentar incorporar. —Oh no —resopló ella— Dios, no vayas a volver a empezar. —Tú no me dices qué hacer, niña —le gruñó mientras renunciaba a levantarse. —Claro que no, por eso estás como estás. Se miraron con odio ambos antes de que Koz se arrastrase hasta el otro lado de la celda, poniendo distancia entre ambos antes de que se soltase a golpearla. Porque Kox sabía que era capaz de hacerlo y, en esa celda, lo mejor no era seguir tirando del hilo. —Creía que habrías tenido una cuna más honorable —le dijo de pronto. Maya bufó ante el comentario, cruzando los brazos. —¿Y eso qué significa? ¿Esperabas que me criaran entre cojines de terciopelo y banquetes interminables? —No esperaba nada de ti —replicó Koz con un tono agrio, sin molestarse en mirarla mientras se masajeaba el brazo dolorido—. Pero tampoco imaginé que fueras una niña adoptada por un monasterio. —¿Y qué? ¿Eso te hace sentir superior? —Maya se inclinó hacia él, el fuego en su voz avivándose—. Yo al menos no crecí en un palacio lleno de lujos para luego terminar atrapado en una celda como un... —¡Cállate! —gritó Koz, girando el rostro hacia ella con los ojos encendidos de furia. Por un momento, ambos se miraron como si estuvieran al borde de algo. Pero Koz cerró los ojos con fuerza, respiró hondo y se giró de nuevo, apoyándose en la pared con un gesto tenso. —Tú no entiendes nada —dijo en voz baja, casi un susurro. Maya parpadeó, sorprendida por el cambio de tono. Dudó por un instante, pero al final, no pudo evitar responder. —Tal vez no —admitió con franqueza, su voz perdiendo algo de la dureza anterior—. Pero eso no significa que no haya pasado por cosas difíciles también. Koz permaneció en silencio, mirando fijamente al suelo de la celda como si estuviera tratando de encontrar algo allí. Maya, incómoda por el repentino cambio en la conversación, se recostó contra la pared opuesta, cruzando los brazos nuevamente. —Y por cierto —añadió después de un rato, intentando suavizar el ambiente con un poco de sarcasmo—, en mi "honorable cuna" aprendí que golpear barrotes no te llevará a ninguna parte. Tal vez deberías intentar otra cosa. Koz pareció entender que de verdad eso no era lo más inteligente que se podía hacer. Pero eso solo sirvió para encender más su molestia ya de por si engrandecida. Ella se quedó cruzada de brazos con la mirada algo perdida mientras pensaba seriamente en una forma de lograr salir de ahí. No se dio cuenta de que el chico la observaba hasta que volvió a hablar. —¿Qué hay de Ky? ¿son novios? —Maya dio un respingo, más por la pregunta tan directa que por sorprenderse en general— lo digo porque pareces estar muy segura de que te salvará como a la damisela de mala cuna que eres. Maya se puso en pie de un salto, exasperada completamente— De verdad que eres insufrible. Cuando salga de aquí y consiga mi X-Reader te daré una lección que no olvidarás. Koz se incorporó para estar erguido, a pesar de seguir sentado cómodamente— Vaya, parece que eso te molestó ¿eh? ¿qué significa? por la forma en la que te molestaste, parece que te incomodara la cuestión ¿fueron novios y se separaron o algo? Maya se cruzó de brazos y respiró hondo para calmarse. La pregunta de Koz la había desconcertado más de lo que esperaba, y no le gustaba nada que alguien pudiera tocar una de sus áreas más privadas de esa forma tan cruda. —¿Por qué te importa? —respondió, volviendo a bajar la guardia solo para darle un toque de desprecio a su voz. Koz, viendo que ella se había levantado, no se molestó en disimular una pequeña sonrisa desafiante. Sabía que había tocado un nervio, y eso le daba un poco de satisfacción, aunque no lo admitiera. —No me importa, en realidad. Es solo que a veces, cuando las personas hablan mucho sobre algo, suelen ocultar lo que realmente les importa. Maya lo miró fijamente, no solo irritada, sino también sorprendida por la mirada que él le lanzó, como si estuviera saboreando el hecho de haber encontrado una grieta en su fachada. —No tienes idea de lo que estás hablando —dijo ella, intentando recuperar la compostura mientras se acercaba al borde de la celda, casi con la intención de hacer algo, aunque no sabía qué. Koz volvió a contraatacar, su tono de voz cambió un poco. Ya no era tan desafiante, sino que había algo de curiosidad en sus palabras. —Sí, claro, lo que sea. Pero... ¿quieres saber qué pienso? Creo que tú y Ky tienen algo. No eres tan dura como te haces, Maya. Maya apretó los puños como si quisiera darle con un martillo o con el ataque de sus látigos. ¿Cómo se atrevía a decirle eso? ¿Cómo podía tener alguna idea sobre ella y Ky, con todo lo que había pasado? —Te equivocas —respondió, más fría de lo que se sentía en realidad. A pesar de sus palabras, una pequeña chispa de emoción le ardía en el pecho, algo que no quería admitir ni a ella misma. Koz la observó un momento, como si estuviera esperando ver si el rostro de Maya cambiaría, pero no lo hizo. Al final, dejó escapar un suspiro, como si ya no valiera la pena insistir en el tema. —Bueno, no importa —murmuró, recostándose de nuevo—. Como sea. Pero Maya, aun de pie, pensaba que algo había cambiado en ese breve intercambio. No sabía si la ira o algo más estaba comenzando a desbloquearse entre ellos, pero la conversación ya no era tan simple. —Somos como hermanos ¿contento? —explotó ella— nos cuidamos siempre y buscamos el bien del otro, sin ningún tipo de implicación romántica. Piensa que es como lo que tú tienes con tus hermanas, así de simple. No puedes pensar románticamente con ninguna de ellas de ninguna forma. De verdad que se había exasperado, tal y como él había querido. Ella se hallaba más molesta de lo que podía ocultar, pero se obligó a guardar la calma. Koz sonrió ante esto, todo eso bueno que había en ella la ponía en desventaja, como era buena, no podía imaginar que alguien pudiera ser tan malo como él.  —Eso significa que estás soltera. Ella se quedó quieta, procesando lo que había dicho, pero no estaba segura de cómo responder. El tono burlón de Koz y esa sonrisa de suficiencia solo lograban aumentar su frustración. —¿Qué, ahora te vas a burlar de mi? —respondió con un tono ácido, cruzándose de brazos de nuevo, tratando de mantenerse firme. Koz, con una leve sonrisa que denotaba satisfacción, no dejó de observarla. —No te pongas así —dijo él, su voz suavizándose levemente, aunque la burla seguía latente—. Solo señalaba lo obvio. La chica fuerte, independiente, que tiene una relación de hermandad con el que, probablemente, es el único al que realmente podría decirle algo más allá de un simple "gracias", y aún así, te sientes amenazada por la simple mención. Maya, que ya había intentado controlar su temperamento, no pudo evitar soltar una risa entre dientes, aunque era más nerviosa que genuina. —Te repito, no tienes idea de lo que estás diciendo —respondió, con los brazos aún cruzados pero ahora también con una mirada un tanto menos dura, como si su enojo se estuviera agotando, aunque el sentimiento de incomodidad se mantenía presente. Koz se recostó de nuevo, aparentemente satisfecho con la reacción de Maya, aunque también con algo en mente que no dejaba de atormentarle. La conversación había tocado algo en ambos que era mucho más profundo de lo que ambos querían admitir. Maya, sin querer, había mostrado algo más allá de su fachada implacable, y Koz, por un momento, pareció atrapado entre el interés por descubrir más y su propio orgullo. —Bueno, está bien —dijo Koz con un suspiro, como si ya no le diera importancia a la cuestión—. No te voy a molestar más con eso. Ahora cállate para que pueda dormir un momento ¿quieres? ¿harías eso por tu príncipe? Maya volvió a apretar los puños— No eres mi príncipe y tampoco sigo ordenes tuyas. Pero ella también se recostó sobre el suelo, con la espalda apoyada en los barrotes de bambú. Con una expresión de desaliento ante todo el tema. Ambos guardaron silencio por un par de horas, mientras la tarde se volvía noche y los estruendos del volcán se hacían más y más fuertes. Cuando estaban los lugareños cenando y haciendo algún tipo de fiesta más allá, los que los habían atrapado en esa jaula, Maya escuchó los estruendos de un reto kairu más allá. Quizá en el mismo volcán, porque se escuchaba con fuerza, junto a las explosiones de lava. —Se están enfrentando por fin —dijo Koz, más allá en la oscuridad. Sus ojos brillando con ese toque naranja, potenciado por las luces de la hoguera al otro lado del poblado— pronto vendrán mis hermanas a sacarme de aquí cuando terminen con tus amigos. Maya frunció el ceño, pero no dijo nada, permaneció preocupada y triste pensando en Boomer y Ky. ¿Porqué tardaban tanto? ¿Porqué esperaban tanto para salvarla? Se sentía tan inútil dentro de esa jaula, que casi podía sentirse una piedra más de ese suelo terroso. —¿Qué hay de Boomer? —volvió a aventurar Koz— he visto que te acercas más a él. ¿Con él también son hermanos? —Estoy empezando a creer que quieres saberlo para saber si tienes oportunidad conmigo —le escupió ella a su vez con ira yendo hasta él para patear la suela de su zapato a tiempo que gritaba— y puedo asegurarte que eres el ser más despreciable con el que he hablado hasta este momento y estoy segura de que cualquier chica sería miserable en tu compañía. —¿Algo más que decir, pueblerina? —masculló él, claramente ofendido— ¿o ya terminaste? A pesar de todo su odio hacia él, había algo que todavía no comprendía. ¿Por qué le importaba tanto su opinión? ¿Por qué ese desprecio por él parecía tan personal? Koz, notando el cambio en su expresión, se incorporó ligeramente, todavía con esa postura altiva, pero con algo en sus ojos que delataba una chispa de desconcierto, como si la reacción de Maya lo hubiera dejado sin saber cómo continuar. —¿Qué? ¿Acaso no me crees capaz de tener lo que quiero? —dijo con tono burlón, pero algo más bajo, como si la ira que siempre mostraba estuviera empezando a desmoronarse. Maya lo miró fijamente, con la mandíbula apretada. Sabía que cualquier respuesta sería un error, pero sentía una necesidad de dejar claro lo que pensaba. —No se trata de eso —respondió finalmente, su tono más frío de lo que pensaba—. Solo me repugna lo que eres, todo lo que eres. ¿Te das cuenta? Crees que todo gira en torno a ti, que las personas existen para complacerte, pero no entiendes nada. No entiendes a los demás, ni lo que significa luchar por algo que no sea tu maldito orgullo. Koz se quedó en silencio por un momento, como si sus palabras le hubieran dado una bofetada que no esperaba. Su expresión se tensó, pero esta vez no fue de rabia, sino de algo más difícil de identificar. Estaba empezando a darse cuenta de que, tal vez, él no era el único que tenía la sartén por el mango. En ese momento, la conversación se volvió más compleja, más real. —¿Te repugna tanto? —dijo finalmente, con una voz que, aunque aún fuerte, ahora tenía un tinte de duda. Maya, al ver la mínima grieta en su fachada, se encogió de hombros, aunque la ira seguía bullendo en su pecho. —Piensa que sea lo que sea que pase esta noche allá —señaló hacia el volcán— yo escaparé de aquí y, aunque te sea imposible de creer, seguiré buscando el kairu para salvar a mis padres, aunque sea lo último que haga. Ese no es un motivo egoísta, de hecho, creo que es más honorable que el tuyo o el de tus compañeros... eso es algo que tu cabezota de plebeya no entenderá nunca... Ella solo se quedó en silencio para este momento y se arrebujó en el suelo, enfrentándose al temblor del suelo y al frío con filosofía. Ya no tenía ganas de seguir peleando ni de seguir sintiéndose triste o desolada. Quería de verdad escapar y ayudar a sus amigos a luchar por el kairu.  Ya no tenía ganas de seguir peleando, ni de mantener esa fachada de fortaleza. La misión, la lucha, y sus amigos... todo eso seguía presente, pero el peso de la espera y la incertidumbre comenzaba a ser más difícil de llevar. El frío nocturno calaba en sus huesos, y el suelo, tan duro como siempre, parecía ser un recordatorio constante de su cautiverio. Las vibraciones del volcán seguían presentes, pero el estruendo de la batalla que había escuchado antes había cesado. Un aire de inquietud flotaba sobre ellos. ¿Quién habría ganado la lucha entre los kairu? ¿Y por qué el volcán no había hecho su explosión habitual de destrucción? Maya no podía entenderlo. El tiempo parecía dilatarse en la oscuridad. A pesar de su obstinación y de la necesidad de salir de allí, Maya se sentía impotente. ¿Por qué no había llegado ayuda aún? ¿Por qué el volcán no había terminado con todo? Koz, por su parte, permaneció en su lado de la celda, pensativo. Aunque su orgullo seguía allí, algo en la conversación parecía haberlo golpeado de manera más sutil. No que fuera a mostrarlo, pero sus ojos mostraban una ligera duda, como si las palabras de Maya, su motivación inquebrantable, le hubieran causado una pequeña fisura en su percepción. Sin embargo, no dijo nada más. No quería parecer débil, ni ante ella ni ante él mismo.     Maya abrió los ojos al escuchar un golpe seco y contundente que resonó en toda el área. El eco vibró en sus oídos, seguido de un quejido ronco y ahogado que reconoció de inmediato como proveniente de Koz. Su mente adormilada tardó un par de segundos en procesar lo que estaba sucediendo. —Eso es lo que te pasará a ti y a ella, ¿lo has entendido? —gruñó una voz profunda, cargada de amenaza. Era el cacique, su tono áspero y brutal perforando el aire de la noche—. Pero si vuelves a intentarlo, te cortaremos la lengua y los ojos antes. Con movimientos lentos y medidos, Maya giró la cabeza hacia la fuente del sonido. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, sabía que no podía permitirse ser descubierta. El simple acto de moverse le llevó unos segundos, pero cuando finalmente logró ver la escena, sus ojos se abrieron de par en par. El cacique, con un brazo como un tronco macizo, sujetaba a Koz por el cuello, levantándolo del suelo con una facilidad que le heló la sangre. El chico colgaba a más de un metro del suelo, sus piernas agitándose en el aire mientras forcejeaba con ambas manos para liberarse. Desde su posición, Maya no podía ver el rostro de Koz, pero el temblor de sus hombros y el esfuerzo desesperado en sus movimientos lo decían todo. —¿Crees que me intimidas? —espetó Koz, su voz rasposa y jadeante, pero cargada de una furia indomable—. Mejores y más importantes hombres me han amenazado con cosas peores, y siempre salí indemne. ¿Te crees con la fuerza suficiente para detenerme? La respuesta encendió algo en el cacique, que soltó una carcajada oscura antes de azotar a Koz contra los barrotes de bambú con un movimiento brutal. El sonido seco del impacto hizo eco en el aire, el mismo que había despertado a Maya. Koz gruñó de nuevo, pero ni siquiera entonces parecía dispuesto a ceder. Su resistencia era casi suicida. —Entonces entiendo cómo te hará sentir la humillación —dijo el cacique, con una sonrisa torcida que Maya alcanzó a ver desde su lugar—. Cuando estés colgando boca abajo del volcán. Maya sintió un nudo apretarse en su garganta. El cacique seguía golpeando a Koz contra los barrotes, cada impacto reverberando como un tambor en la jaula. Pero también estaba distraído. Tan concentrado en demostrar su fuerza, no notó cómo Maya empezaba a incorporarse con el cuerpo tenso y los músculos listos para actuar. Su mente corría a mil por hora. Quería hacer algo, cualquier cosa para ayudar a Koz. Pero ¿qué? No tenía armas, no tenía fuerza para enfrentarse a alguien como el cacique. Y aún así, el pensamiento de quedarse quieta, viendo cómo el chico se quebraba ante sus ojos, le resultaba insoportable. Koz, por su parte, continuaba resistiendo, sus palabras cargadas de un orgullo irrefrenable incluso en su posición vulnerable. Y fue eso lo que finalmente la empujó. Tenía que actuar. Incorporándose en silencio, decidió que debía actuar si o sí. Pero ¿cómo? no había armas en esa jaula, ni siquiera piedras Maya tanteó su bolsillo mientras observaba la brutal escena. Sus dedos tocaron algo frío y familiar: el espejo de bolsillo. Solo quedaban algunos fragmentos incrustados en el marco, pero uno de ellos era lo suficientemente grande y afilado. Sin hacer ruido, extrajo el marco y con cuidado liberó el trozo de vidrio más grande. Su mano temblaba, pero no era momento para dudar. El cacique levantó a Koz una vez más, listo para azotarlo de nuevo contra los barrotes. Maya vio el momento y se deslizó fuera de las sombras, su corazón latiendo como un tambor. Con un grito agudo que resonó más de lo que había planeado, Maya corrió hacia el cacique y hundió el fragmento de espejo en el brazo que sostenía a Koz. El cacique rugió de dolor y soltó al chico, quien cayó al suelo tosiendo. Maya retrocedió un paso, el fragmento de espejo todavía en su mano, ahora teñido de sangre. El cacique giró hacia ella, su mirada llena de furia, pero antes de que pudiera reaccionar, Koz, jadeando y tambaleándose, lanzó una patada directo al rostro del hombre, aprovechando su distracción. El cacique cayó hacia atrás, aturdido, y Maya no perdió tiempo. Se acercó a Koz y le ayudó a ponerse de pie, aunque aún estaba débil. Por su expresión, se podía adivinar que lo había pasado realmente mal. —¿Siempre tienes que meterte en problemas tan grandes? —le murmuró mientras lo apoyaba en su hombro. —Después hablamos de esa... idea... idea brillante tuya —le sonrió él, a bocanadas, aun recuperando el aliento, su mirada se posó en el fragmento de espejo en la mano de Maya, que todavía goteaba sangre— Debemos escapar ahora más que nunca. El cacique había dejado caer una lanza larga y afilada durante la pelea. Koz la señaló con un movimiento de la cabeza mientras recuperaba el aliento. —Esa lanza... —murmuró, entrecortado. Maya entendió al instante. Se inclinó hacia los barrotes y, después de dos intentos fallidos, logró alcanzarla. Se la pasó a Koz, quien, con esfuerzo, la usó para hacer palanca entre los bambúes. Con cada crujido, ambos contenían la respiración, conscientes de que el ruido comenzaría a atraer atención indeseada. Pero finalmente, la presión fue demasiada: uno de los barrotes se astilló y cedió, dejando un espacio estrecho, pero suficiente para que ambos pudieran pasar. El sonido de pasos apresurados y voces alertadas comenzó a llenar el aire. Sin perder tiempo, los dos se escabulleron hacia donde estaban colgados sus X-Readers. Koz alcanzó el suyo, mientras Maya agarraba el otro y lo guardaba rápidamente. Con un último vistazo al cacique, que empezaba a levantarse, Maya tomó la delantera y arrastró a Koz hacia la espesura.  Maya retiró la mano lentamente, como si el contacto con Koz hubiera durado un segundo más de lo necesario. Si no terminaba la situación, por inocente que pareciera, podría llegar a tornarse verdaderamente incómodo. Bajó la vista al vendaje, probando cómo se sentía al flexionar los dedos. —Gracias —murmuró, casi en un susurro. Koz dejó escapar una risa suave de incredulidad— Es la primera vez que me das las gracias —dijo, recostándose contra el tronco del árbol con aire relajado—. Creo que puedo acostumbrarme a ser tu héroe si sigues agradeciéndome así. —No abuses —respondió ella con una sonrisa breve, aunque sus ojos seguían serios. El silencio se extendió por un momento, roto únicamente por los sonidos lejanos de la selva y el volcán. El suelo temblaba cada tanto, y los avisos eran imposibles de ignorar, pronto haría erupción y sería devastador para el poblado. Pero ¿qué había pasado con Ky y Boomer? el resto de los Imperiaz no le importaba tanto pero, sus amigos eran invaluables para ella. Tenían que andar por ahí en algún sitio. Maya giró la cabeza, buscando señales de movimiento entre las sombras. Él se inclinó un poco hacia ella, con una media sonrisa— ¿Qué haremos si nos encuentran? —preguntó finalmente, rompiendo la tensión. Maya no evitó pensar que las cosas habían cambiado gracias a esa pequeña aventura. Koz nunca se había mostrado así, sin ese gesto de desagrado ante ella. Nunca le había sonreído con algo que no fuese superioridad, ahora, no obstante, había algo semejante a la simpatía. Por lo menos, esta vez parecía si estar siendo indulgente con ella. —Si nos encuentran, yo improviso. Tú... intenta no provocar a nadie más, ¿sí? —replicó ella, arqueando una ceja. Koz soltó una carcajada sincera esta vez— No prometo nada. Provocar es mi especialidad. Esto no era precisamente llevarse bien, pero ya no se estaban lanzando comentarios sarcásticos el uno al otro sin ton ni son. Ya era un avance significativo. Maya rodó los ojos, pero la sonrisa en su rostro se mantuvo. Luego, su expresión se suavizó y lo miró con curiosidad.  —¿Qué hiciste y por qué lo hiciste? —preguntó, y su tono era más bajo, como si no quisiera romper el momento— Para provocar al Cacique, digo. Sabías que te meterías en problemas, y aun así lo hiciste. ¿Por qué? Koz apartó la vista, como si estuviera debatiendo si responder o no. Al final, se encogió de hombros, como si lo que iba a decir no tuviera demasiada importancia. —Traté de convencerlos de que podíamos ayudarlos a apagar el volcán, que nuestros amigos estaban ahí y que podíamos hacer algo por ellos si estábamos fuera —Hizo una pausa— Creo que usé unas cuantas palabras que no le gustaron. Maya lo observó en silencio, intentando leer entre líneas. Había algo más ahí, algo que él no estaba dispuesto a decir en voz alta. Pero decidió no presionarlo. —Bueno, la próxima vez, avísame antes de hacerte el héroe. Así me preparo para rescatarte —dijo finalmente, con un tono más ligero. Koz la miró y sonrió de lado— Yo no diría que me salvaste, en realidad. —evidentemente estaba jugando, por el tono exagerado que usaba— yo diría que simplemente me echaste una mano. Ella se cruzó de brazos, siguiéndole el juego, fingiendo molestia— No te engañes, Koz. Sin mí te habrían asfixiado hasta la muerte o con suerte seguirías colgando de esos barrotes. —Y sin mí, estarías vendándote la mano como una novata —respondió él, con una sonrisa burlona sin dar el brazo a torcer ni admitir nada con ella. Ambos se miraron, y aunque sus palabras eran desafiantes, había una especie de entendimiento entre ellos. Una tregua silenciosa que, aunque frágil, parecía real. Maya suspiró y se levantó, ajustando su bolso. —Deberíamos seguir. Si están bien, también nos estarán buscando. Koz asintió y se deslizó hasta el suelo para caer de pie, aunque su cuerpo todavía estaba algo rígido por el castigo recibido. Maya le lanzó una mirada rápida, como evaluando si realmente estaba en condiciones de seguir adelante al bajar a su lado. Tenía un par de cortes en la frente, donde lo habían estado golpeando contra los barrotes de bambú. —¿A qué se debe ese estudio tan atento y concienzudo? —protestó él alzando una ceja, captando su expresión— Estoy bien. ¿O es que de la nada te has fijado en mis músculos y en mi porte agraciado? Ella no respondió, pero su rostro reflejaba sus dudas. Sin embargo, no dijo nada más y empezó a descender del árbol, confiando en que él la seguiría. —¿Músculos? ¿Porte agraciado? Vaya, Koz, creo que los golpes en la cabeza te afectaron más de lo que creía. —Sonrió de medio lado, claramente disfrutando de la oportunidad de molestarlo—. Pero si quieres que me fije en algo, primero deberías lograr no caerte a la primera rama. Koz puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mientras apretaba el paso, adelantándola— Eres insoportable, ¿sabes? Y yo que pensé que estábamos teniendo un momento... —bromeó Koz, aunque su tono llevaba un deje de ligereza inusual en él. Maya se soltó a reir, pero no respondió, simplemente siguió al lado del chico. La tensión que había cargado sobre sus hombros desde que escaparon juntos parecía aligerarse un poco. Aunque no dejó de estar alerta, con la mirada escudriñando el entorno en busca de sus amigos, encontró algo de consuelo en la compañía inesperada de Koz. Después de lo ocurrido en la jaula, el chico parecía haber bajado sus defensas. Para el gusto de Maya, empezaba a parecerle más tolerable. Hasta simpático, si se esforzaba por no pensar en su arrogancia. —¿Dónde crees que estén tus hermanas? —preguntó de repente, rompiendo el silencio mientras sorteaban unas raíces en el camino. Koz se encogió de hombros con una mezcla de resignación y diversión. —Sé dónde les gustaría estar. Diara, sin duda, en nuestro palacio con su cortesano favorito, hundida en un jacuzzi lleno de pétalos de flores. Teeny... —Hizo una pausa, sonriendo de lado—, ella estaría en su viejo laboratorio, rodeada de suficientes materiales para envenenar a todo el imperio. Maya dejó escapar una carcajada suave ante la imagen que describió, pero su curiosidad la llevó a preguntar: ¿Y tú? —arqueó una ceja, su tono ligeramente burlón— ¿Dónde te gustaría estar? Koz pareció pensarlo por unos momentos, como si no estuviera seguro de querer compartir su respuesta. Finalmente, soltó un suspiro bajo. —Con mi ejército y mi tutor en el campo de batalla. —Su tono adquirió una seriedad que Maya no esperaba—. No ha pasado tanto tiempo, solo un par de años, pero aún extraño esa adrenalina que solo da la guerra. Esa sensación de estar vivo porque podrías morir en cualquier momento. Maya frunció ligeramente el ceño. No estaba segura de cómo responder. —¿No es lo mismo que los retos Kairu? —preguntó con cautela, intentando no sonar despectiva. Había algo en la forma en que Koz hablaba, una necesidad de compartir algo real, que le hacía querer entenderlo. Él negó con la cabeza, soltando una risa breve y amarga. —No. Los retos Kairu son... un juego. Puedes herirte, claro, pero sabes que no morirás. En la guerra, cada movimiento te acerca más a la muerte. Es una danza constante entre la estrategia y el instinto. —Hizo una pausa, mirando hacia el horizonte antes de reír de nuevo, esta vez más suavemente— Nunca sabes si será tu último día. Luego la miró, con sus ojos anaranjados teñidos de cierta vergüenza que lo hizo reir en gran medida— Estoy sonando como un mal poeta dramático ¿verdad? te has quedado callada. Maya sacudió la cabeza, con una sonrisa que intentaba disimular lo mucho que le había afectado su sinceridad— No, es solo que... —Se interrumpió un momento, buscando las palabras adecuadas—. No lo había visto de esa forma. Koz sonrió de lado, aún algo avergonzado— En fin... —dijo, esforzándose por cambiar de tema—. Permíteme devolverte la pregunta. ¿Dónde estarían Boomer y Ky? ¿Y tú? Maya resopló, agradecida por la oportunidad de aligerar el ambiente. —Boomer estaría en la granja de su familia, en tiempo de cosecha. Lo verías feliz de verdad, con tierra hasta el cuello. Ky... —Hizo una pausa, pensativa—. Bueno, realmente no lo sé. Creo que él amaría regresar con su padre. —¿Y tú? —murmuró Koz, y Maya notó algo diferente en su tono. Había un interés genuino. De alguna forma ella supo que a Koz no le importaban Ky ni Boomer, que su pregunta había sido orientada para saber específicamente de ella. Maya se ruborizó ante esta idea, pero no se opuso a responder— Yo creo que estaría con ellos... —Hizo un gesto ligero con la mano, como abarcando todo lo que la definía—Con mi familia escogida, ellos dos, el maestro Boaddai que es como mi abuelo y Mookee. Realmente, creo que no aspiro mucho más que eso. Koz ladeó la cabeza, observándola con una expresión que ella no había visto antes en su rostro. Era amable, casi cálida. Verlo sin su habitual máscara de desdén resultaba extraño, pero no desagradable. De hecho, por primera vez, parecía humano. —Pero esos chicos son como tus hermanos, ya lo dijiste antes. ¿No te gustaría tener a alguien para ti...? ¿solo para ti? —añadió Koz, y Maya volvió a sentir que esa era una frase que tenía por objeto manipularla para llevarla a la respuesta que él quería oir. Ella no vio porqué no podía ser sincera de verdad, así que suspiró largamente antes de responder— Me gustaría...  —Es una lástima que seas del otro bando —murmuró de repente, aunque lo dijo con una sonrisa burlona que le restaba peso a sus palabras—. Y que seas de mala cuna. Maya rió suavemente, rodando los ojos— Pues lo siento, señor príncipe. Pero aunque así fuera, no aceptaría su compañía. —Sí, claro —respondió Koz, con una sonrisa ladeada que exudaba confianza—. Te mueres por estar conmigo. Niégamelo. Dicho esto, flexionó los brazos tras su cabeza, adoptando una pose despreocupada y altanera que lo hacía parecer, por primera vez, un príncipe de verdad. Maya estalló en risas, divertida, antes de darle un empujón juguetón. —Olvídalo, Koz. No eres mi tipo, ni cuando haces poses raras. Aunque seguía riendo, Maya notó un destello de desaliento en su mirada. Fue algo fugaz, pero lo suficiente para que su risa se suavizara un poco, mientras ambos continuaban su camino bajo el dosel de los árboles. —No eres como te imaginé —confesó él, con una voz más baja de lo habitual, mientras caminaban lado a lado. Sus palabras rompieron el silencio, pero no de una manera incómoda. Maya lo miró de reojo, intrigada—. No sé por qué pensé que serías un pedazo gris de cartón, movida simplemente por la opinión de Ky. —Vaya... Eso... —Maya soltó una risa nerviosa, ladeando la cabeza con una ceja alzada—. No sé si debería ofenderme o tomármelo como una broma. Pero espero que lo que hayas descubierto en mí no sea peor que eso. Él también se rió, pero con esa sonrisa suya que siempre estaba al borde de ser una burla o un halago— No, tranquila. —se rió él ante su preocupación— Insisto, es una lástima. Maya se detuvo por un segundo, confundida por esa repetición—. ¿Por qué dices eso tanto? Koz pareció debatir consigo mismo antes de volverse hacia ella, con una seriedad inusual que hizo que Maya sintiera un pequeño nudo en el estómago. —¿En serio no te gustaría estar conmigo? —preguntó, sin rastros de la arrogancia que usualmente teñía su voz. Su tono, tan directo y franco, la dejó helada por un instante. Maya lo vio detenerse en medio del camino, y aunque su cuerpo le pedía que siguiera caminando, sus pies permanecieron firmes. —Nos llevamos bastante bien... —añadió él, dando un paso hacia ella. Maya notó la tensión en sus hombros, como si cada palabra fuera un riesgo—. ¿No te gustaría tener a alguien más que a tus amigos? El corazón de Maya latía con fuerza en su pecho mientras sostenía la mirada de Koz. Esos ojos anaranjados, tan vivos y llenos de un matiz que nunca antes había notado, la hacían sentir vulnerable. Koz siempre había sido atractivo, lo había sabido desde el principio. Incluso cuando se estrellaba torpemente contra los barrotes de la jaula, incluso cuando su trato hacia ella era áspero y distante. Pero ahora, con esa expresión desnuda y sin adornos en su rostro, era como si estuviera viendo una parte de él que nunca antes había mostrado a nadie. —De haber sabido que tu opinión sobre mí cambiaría tanto si te salvaba... —intentó bromear, su voz saliendo más temblorosa de lo que esperaba—. Quizá lo habría hecho antes. Él sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa irónica ni burlona. Fue algo más suave, más sincero, como si la respuesta de Maya le hubiera aliviado una carga invisible. Sin embargo, no dejó que ella se apartara de sus palabras. Dio un paso más cerca, y sus manos encontraron los hombros de Maya, sujetándola con firmeza, pero sin lastimarla. Solo quería que lo mirara, que lo escuchara. —Maya... —dijo su nombre con una intensidad que la hizo contener el aliento. Ella resopló, alzando las manos a los costados como en un gesto de rendición—. Está bien, está bien. Sí, me gustaría... Pero, Koz, tú mismo has dicho que es una lástima que seamos enemigos. —Y lo es... —replicó él con una leve sonrisa amarga, dejando que sus manos se deslizaran suavemente de sus hombros. La cercanía entre ellos era palpable, cargada de una electricidad que era bastante nueva para ambos— Lo es porque, incluso con todo esto... todo lo que ha pasado no cambia las cosas, ¿verdad? Maya bajó la mirada— Podemos ser amigos... lo estamos haciendo muy bien hasta ahora. Y... y de todas formas, tú no dejarás tu lado ni yo traicionaré a mis amigos. Koz frunció levemente el ceño, no como antes, pero sin en gesto pensativo— Realmente eres diferente a como te imaginé. Cualquier otra chica habría reaccionado de otra forma ante un príncipe. Ella sonrió— Lo he hecho, la verdad, pero me he resistido por el bien mayor. —¿Qué te parece si comenzamos algo? —se acercó más a ella, con sutileza— Ellos no tienen que darse cuenta de nada... seguiremos como antes, pero nos veremos a escondidas. Eres mucho más fuerte de lo que pensé, Maya. Y aunque me cueste admitirlo, creo que eso es algo que admiro de ti. Maya alzó la mirada lentamente, sus ojos encontrándose con los de Koz. La propuesta que él acababa de hacer la tomó por sorpresa, aunque no quiso demostrarlo. Había algo en la forma en que él se acercaba, en la suavidad de sus palabras, que era tan peligroso como fascinante. —¿De verdad crees que eso sería posible? —preguntó, con una sonrisa que intentaba ser ligera pero que no podía ocultar del todo su inquietud—. ¿Crees que podríamos mantener algo así en secreto, en medio de todo esto? Koz ladeó la cabeza, su expresión convirtiéndose en una mezcla de desafío y coquetería—. Soy un príncipe, Maya. Estoy acostumbrado a tener lo que quiero sin que nadie lo note. Y tú... —hizo una pausa, sus ojos recorriendo su rostro con un interés que no podía disimular—, eres más astuta de lo que aparentas. Estoy seguro de que podríamos lograrlo. Maya se cruzó de brazos, tratando de protegerse de las emociones contradictorias que amenazaban con desbordarla. Había algo en Koz que la hacía sentir vulnerable y fuerte al mismo tiempo, como si cada palabra suya fuera un desafío que ella no podía ignorar. Pero también estaba la realidad: sus mundos no podían mezclarse. No sin consecuencias. —Koz, no puedo arriesgarme a eso —dijo finalmente, su voz más seria ahora—. No solo por mí, sino por todos los que dependen de que yo siga siendo fiel a mis principios. Mis amigos, mi equipo... No puedo traicionarlos. —¿Y si nadie lo supiera? —insistió él, dando un paso más cerca, tan cerca que Maya podía sentir su aliento—. Esto no tiene que ver con ellos, solo con nosotros. Maya lo miró, sintiendo que su corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de su pecho. Quería confiar en él, pero sabía que Koz siempre había tenido una habilidad especial para retorcer las cosas a su favor. Aún así, había algo genuino en sus palabras, algo que la hacía dudar. —No me hagas esto, Koz —susurró ella, sin apartar la mirada de sus ojos—. No me pongas en esta posición. —No estoy haciéndote nada, Maya —replicó él, su voz casi un murmullo—. Solo estoy pidiéndote que pienses en nosotros... en lo que podríamos ser, lejos de todo esto. —Talvez si nos conociéramos más... —murmuró ella. El volcán tras ellos hizo temblar en gran medida la tierra entonces bajo sus pies y ambos se miraron con sorpresa. Pareció como si la tierra empezase a desquebrajarse desde el interior mismo. Maya se sujetó a los brazos de Koz, él aferró sus hombros que aun no había soltado, protegiéndola. Debían salir de ahí rápido, o las cosas se pondrían feas. Para su sorpresa, por el cielo pasaron dos bolas de lava y un resplandor que se parecía al kairu, pasar volando por el aire al tiempo en el que el volcán comenzaba su erupción. Al caer, más allá, el kairu se desvaneció y Ky y Boomer aparecieron en el suelo. Los dos parecían haber mantenido una guerra kairu en toda la ley, estaban llenos de quemaduras y heridas superficiales. Ella, tratando de soltarse de Koz entonces para acercarse a ellos, empezó a forcejear. Pero él la sostuvo un momento— Hazme llegar tu respuesta de alguna forma. Maya lo miró un instante y, movida por una mezcla de emociones—adrenalina, confusión y, quizás, un destello de deseo reprimido—se inclinó hacia él, tomando su rostro entre sus manos con fuerza inesperada. El beso fue intenso, lleno de la urgencia de quien sabe que el tiempo es limitado. Sus labios chocaron con los de Koz con una fuerza casi desafiante, como si quisiera demostrarle algo que no podía poner en palabras. Era cálido, desesperado, y breve, pero dejó una huella que ambos sentirían mucho después de separarse. Koz se quedó inmóvil durante un instante, como si el impacto lo hubiera desarmado por completo. Sin embargo, pronto respondió al beso, sus manos en los hombros de Maya se relajaron y subieron, rozando con suavidad su cuello, como si temiera que ella pudiera desaparecer. Cuando finalmente se separaron, el aire entre ellos quedó cargado de algo que ninguno se atrevía a definir. —Ahí tienes tu respuesta —susurró ella, respirando con dificultad, sus palabras casi inaudibles entre el rugido del volcán. Pero no hubo tiempo para más. El suelo tembló con mayor fuerza, y la tierra bajo sus pies comenzó a fracturarse, enviando una nube de polvo al aire. Maya giró rápidamente hacia donde habían caído las esferas de lava. —¡Ky! ¡Boomer! —gritó nuevamente, su voz quebrada por la preocupación. Koz la soltó finalmente, aunque con reticencia. Observó cómo corría hacia sus amigos, su figura recortada contra el resplandor de la erupción. Por un instante, solo un instante, pensó en seguirla, en dejar todo atrás y lanzarse hacia lo desconocido junto a ella. Pero la razón, o quizás el orgullo, lo detuvo. Ky y Boomer se levantaron de entre la nube de polvo, tosiendo y tambaleándose. Maya los alcanzó rápidamente y los abrazó con una fuerza que reflejaba tanto alivio como desesperación. —¡Están bien! —jadeó ella, inspeccionando rápidamente las heridas. —Lo estamos, gracias a Boomer —dijo Ky, esbozando una sonrisa cansada mientras miraba al grandulón que intentaba quitarse la ceniza de encima. —Aun así se lo llevaron, se llevaron el kairu —alcanzó a decir el rubio— pero les dimos la batalla más larga que hubieras imaginado, Maya. —Nos hiciste mucha falta —la abrazó Ky— Pero, ¿Qué pasa contigo? ¿Qué haces aquí con él? —Ky dirigió una mirada fulminante hacia Koz, quien permanecía a cierta distancia, observándolos con los brazos cruzados y su habitual expresión altanera. —Nos ayudamos mutuamente —respondió Maya, esquivando la mirada de Ky mientras le ofrecía una mano a Boomer para levantarse—. Ya te contaré, pero ahora debemos salir de aquí. Este lugar no aguantará mucho más. —Más te vale irte con tus hermanas, Koz —le amenazó Boomer— lárguense antes de que nos recuperemos y les demos la paliza que merecen. —Es evidente que mis hermanas les han golpeado demasiado la cabeza. Koz dio un paso hacia ellos, su rostro volvía a cubrirse con esa máscara de arrogancia que usaba como protección. El típico desagrado de siempre al acercarse a Maya de nuevo, tomándola del brazo izquierdo para alejarla momentáneamente de ellos. Sus manos se movieron rápidamente sobre el comunicador de oro que Maya tenía como pulsera e hizo las modificaciones necesarias antes de dejarla ir. —Nos conoceremos mejor si eso es lo que quieres —le murmuró, cerca del oído— aunque sea a través de estos trastos. Se sostuvieron la mirada por unos segundos. Luego él asintió, con una pequeña sonrisa ladeada que no alcanzó a ocultar del todo su decepción. —Nos veremos pronto, Maya —prometió, y antes de que alguien pudiera detenerlo, se giró y desapareció entre la bruma volcánica, su silueta desdibujándose como un recuerdo fugaz. Maya se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido, su corazón latiendo con fuerza. Luego, sin más palabras, tomó a Ky y a Boomer de las manos, guiándolos hacia un camino que los alejara del peligro. El volcán seguía rugiendo detrás de ellos, pero ahora era su interior el que sentía a punto de estallar.
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