ID de la obra: 1429

El refugio de Rynoh

Het
PG-13
Finalizada
2
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
14 páginas, 8.384 palabras, 1 capítulo
Descripción:
Notas:
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Capítulo Unico

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Maya alzó una mano temblorosa frente a sus ojos, sus dedos manchados de rojo. La sangre goteaba lentamente, trazando caminos escarlata en su piel. Sentía cómo el frío de la tarde se mezclaba con el ardor que le quemaba el hombro, donde la flecha seguía atravesándola de lado a lado. Su respiración era errática, el pánico subía por su garganta como una ola imparable. Esto no tenía que pasar. No tenía que estar aquí. Se apretó contra el tronco de un árbol cercano, buscando refugio. Sabía que ellos no estaban lejos. Podía escuchar sus voces a lo lejos, sus risas, sus pasos aplastando las hojas caídas. Techris, probablemente liderando, y Teeny siguiéndolo de cerca. Había un tercero, pero no estaba segura de quien había sido. Había pasado tiempo, pero no lo suficiente como para que ellos olvidaran su odio hacia ella. No había forma de que esto acabara bien. Maya había salido a meditar, buscando un respiro de las tensiones con Ky. Necesitaba claridad, espacio, algo que el monasterio no podía ofrecerle últimamente. Pero en lugar de paz, el bosque le había dado esto: el miedo, la flecha, y la persecución que no sabía si lograría sobrevivir. Esta era una flecha de caza, de las que se usaban en el planeta de Techris, según había oído antes de que esa situación ocurriera. Era de acero templado y otros componentes irrompibles, la punta era de cristal. Atravesaba tejido y hueso y tenía un estilo acerrado que impedía que se pudiera sacar haciendo presión por donde entró. Si todo eso no fuese suficiente, tenía un localizador, una pequeña esfera roja en la punta opuesta que titilaba, conectado a un rastreador que Techris estaba usando para ubicarla.  Su objetivo no había sido cazarla a ella. Cuanto peor le hubiera ido si realmente le hubieran querido dar caza a ella. Sino cazar un ciervo que Maya había encontrado, el animal más puro que hubiese visto. Había visto al ciervo entre los árboles, una criatura de una pureza inmaculada, y algo en su andar la había hechizado. Su pelaje resplandecía con la luz filtrada, y cuando Maya lo miró, el animal pareció devolverle la mirada, con un porte que era tanto desafiante como sereno. Ella, casi sin darse cuenta, se dejó llevar por la necesidad de acercarse. El ciervo no huyó. Alzó el cuello imperiosamente y dio un paso hacia ella, una conexión momentánea que parecía trascender palabras. Entonces, el aire se rompió en un silbido mortal. Una lluvia de flechas había arremetido contra ambos. Al ciervo le atravesaron el corazón con facilidad, y otras dieron en su costado. El animal cayó muerto al instante, se desplomó sin siquiera un gemido. Maya no tuvo esa misma suerte. Sintió el impacto, como un empujón fuerte que la lanzó contra el suelo y un dolor ardiente que la hizo tambalearse, mientras la flecha perforaba su carne. La habían alcanzado en el hombro y otra le rozó peligrosamente un lado de la cabeza. Había caído junto al animal, observando cómo la vida abandonaba sus ojos. Ahora estaba aquí, contra un árbol, con la sangre goteando de su hombro. Cuando se reunieron alrededor del ciervo caído, se relajaron lo suficiente como para ignorar su presencia, y Maya aprovechó ese breve respiro. Se movió con cuidado, apenas apoyando el peso en sus pies, pero la flecha seguía haciéndola más lenta. Cada latido parecía empujarla más cerca del agotamiento, pero sabía que no podía detenerse. A través de las hojas susurrantes y el dolor punzante, escuchó cómo los tres se acercaban. No la habían visto. Todavía. Desde su escondite, observó cómo Techris, con su postura dominante y siempre ansiosa por demostrar su liderazgo, examinaba al animal abatido. Ellos parecían satisfechos. Eso era bueno. Tal vez la dejarían ir. Cuando los tres se detuvieron alrededor del animal para atarlo a las espaldas de Techris, Maya echó una ojeada por el borde del árbol. —El maestro estará feliz con esta caza —dijo una voz familiar, seguro del tercer miembro de esa improvisada comitiva, pero Maya no logró identificar quien era hasta que volvió a hablar y se acercó a su rango de visión— Seguro esto lo volverá más indulgente. Era Rynoh, uno de los Battacor. Un grupo que habían dejado de encontrarse hacía ya unos años. Su figura más alta y gris que los demás destacaba. Los mismos ojos anaranjados sin pupila y ese cabello corto. Maya se encontró pensando que eran un trío muy variopinto ¿Qué hacían estos tres juntos de caza en un bosque cercano al monasterio?   —Chicos, miren esto —la voz de Techris cortó sus pensamientos. Estaba mirando la pantalla de su localizador con el ceño fruncido— Hay una flecha moviéndose más adelante. —¿Le dimos a otro ciervo? —preguntó Teeny, quien sostenía un cuchillo en su mano— Woo, piensen en la recompensa que nos dará el maestro por dos ciervos en un solo día. —No —respondió Techris, más serio esta vez—. Se mueve demasiado lento para ser un ciervo. Debe ser otro animal herido. Veamos qué es. Maya sintió cómo el miedo la atenazaba aún más fuerte que el dolor. Los tres se giraron en la dirección que señalaba el rastreador, y no tuvo otra opción. Tenía que moverse. Ahora. El bosque parecía cerrarse sobre ella con cada paso que daba. Trató de controlar su respiración, manteniéndola baja y superficial para no ser descubierta, pero cada movimiento arrancaba un gemido ahogado que temía sería su delator. En su precipitación, había olvidado el comunicador de su muñeca hasta el momento. Pero al verlo, se dio cuenta de que una flecha debía haberlo rozado también, porque estaba lanzando pequeñas chispas donde una rotura mostraba los cables expuestos al aire. Estaba en peligro y además incomunicada de sus amigos.  Avanzó tambaleándose entre los árboles, cada paso más torpe que el anterior. Su respiración se volvió un jadeo áspero, y su visión empezaba a nublarse, como si el mundo a su alrededor se desvaneciera poco a poco. Y el sonido de las hojas crujientes bajo sus pies le parecía un estruendo imposible de ignorar. Finalmente, sus fuerzas la traicionaron, sus piernas cedieron y se desplomó detrás de otro árbol, apoyándose en el tronco. A lo lejos, las voces volvieron a alzarse, claras y cada vez más cercanas. —Está más adelante, tras ese árbol —anunció Techris, acomodándose el cuerpo del ciervo al hombro— voy por él. —Déjame hacerlo a mi —se apresuró a decir Rynoh, mientras desenvainaba una daga de hoja fina que reflejaba la tenue luz que se filtraba entre las ramas— es lo justo. Techris se giró hacia él con una expresión burlona, su figura imponente destacando bajo las sombras. El otro chico era más alto, pero él era más robusto y más fuerte, sin mencionar que era él quien parecía liderar el grupo. —¿Qué te hace pensar que tienes la fuerza para rematar lo que encuentres? —preguntó con sorna, avanzando un paso hacia él en un intento evidente de intimidarlo— hasta donde sé, no has hecho nada considerable hasta el momento. El orgullo de Rynoh parecía titilar, como una llama a punto de encenderse. Apretó los dientes antes de responder, cruzándose de brazos y alzando la nariz en claro gesto de prepotencia. —Porque no me han dado la oportunidad. Teeny, que había permanecido en silencio hasta entonces, soltó un suspiro exagerado mientras jugueteaba con su cuchillo. —Déjalo, Techris. Que haga su buena obra del día —dijo, rodando los ojos con visible hastío—. Ya mucho mérito tiene por cargar el equipo hasta ahora. Techris lo miró de reojo, evaluando las palabras de Teeny antes de encogerse de hombros. —Como quieras, nosotros estaremos aquí por si tenemos que regresar contigo al hombro también. Maya escuchó los pasos rápidos de Rynoh acercándose. Cada crujido bajo sus botas parecía retumbar en sus oídos. Intentó moverse, al menos incorporarse para huir, pero su cuerpo no respondía. El cansancio la tenía atrapada como una red invisible.  Rynoh apareció unos segundos más tarde por el lateral del árbol. Al verla, se detuvo en seco, sus pasos amortiguados por las hojas caídas. Durante un instante, se quedó boquiabierto, con una expresión de incredulidad y confusión reflejada en sus ojos completamente anaranjados, carentes de pupila o iris. Su mirada recorrió a Maya de arriba a abajo, registrando cada detalle: el hombro atravesado por la flecha, la sangre que manchaba su ropa, y la palidez que anunciaba que estaba al borde del desmayo. Esto claramente no era lo que esperaba encontrar. Parecía no saber qué hacer. Por un momento volvió su rostro al sitio donde había dejado a los demás, pero en seguida volvió su atención de regreso a esta presa inesperada. Rynoh pareció captar ese estoicismo. Su boca se curvó en una sonrisa ladeada, burlona. Se inclinó lentamente hacia ella, agachándose hasta quedar a su altura, sus movimientos medidos, como si estuviera evaluándola. No rompió el contacto visual ni por un segundo. De repente, levantó un dedo hasta sus labios y emitió un silencioso "shhh". Maya se tensó, jadeando de manera involuntaria, mientras trataba de comprender qué estaba planeando. El aire entre ellos era denso, cargado de una tensión que hacía que el sonido de las voces lejanas de Techris y Teeny pareciera desvanecerse. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Cuando Rynoh alzó la mano, con intención de acercarla a ella, Maya se removió hacia atrás, apenas logrando mantenerse erguida contra el tronco del árbol. Él se apercibió de su desconfianza y de su agudo dolor, pero no retiró la mano. —No tienes opción —le murmuró él, su tono bajo pero firme—. Tienes que confiar en mí. Ella lo miró con odio, sus ojos encendidos por el dolor y la rabia. Se sentía un animal herido a la espera de la muerte—Termina de una vez. Rynoh ensanchó su sonrisa, ladeándola. Dejó escapar una suave risa que resonó como un eco burlón entre los árboles— No has cambiado, Maya. Ni un poco. Sigues tan testaruda como siempre. —Sus ojos, anaranjados como brasas, brillaron con un destello travieso—. Solo quédate quieta. Sus manos se movieron con precisión hacia la flecha que sobresalía de su hombro. Maya sintió un escalofrío recorrerle la columna cuando sus dedos tocaron la flecha. Sin apartar la mirada de la herida, Rynoh buscó un pequeño interruptor escondido en la barra de acero. Con un suave clic, el borde aserrado de la punta de la flecha se retrajo sobre sí mismo, deslizándose hacia el interior del asta. —¿Qué haces? —jadeó Maya, intentando controlar el temblor en su voz. —Salvarte, por supuesto. No pienses demasiado en ello —respondió con un tono ligero, casi despreocupado, mientras tiraba de la flecha con un movimiento rápido pero cuidadoso. El dolor la hizo apretar los dientes, pero no dejó escapar un solo sonido. Rynoh trabajaba en silencio, sus manos ágiles buscando en su morral. Sacó unas gasas limpias y comenzó a taponar la herida con la misma eficiencia con la que había desarmado la flecha. Maya no lo perdía de vista, desconfiada y dolorida, manteniéndose despierta como podía.  —Tus amigos... —empezó él, pero ella le interrumpió. —No saben nada de esto, he venido sola. —Su tono era firme, sus ojos estaban alerta, escrutándolo como si buscara alguna señal de traición. Él soltó una suave risa— ¿Sola? —murmuró, sus ojos anaranjados finalmente encontrándose con los de ella— No te veo como alguien que toma riesgos tan estúpidos sin un buen motivo. —¿Y tú? —replicó ella, forzando una sonrisa amarga a través del dolor—. ¿Acaso es más inteligente traicionar a los tuyos? Él se encogió de hombros— Quizás. ¿Tratas de convencerme de dejarte aquí? Por que no lo haré.  Ella lo miró con incredulidad, pero el dolor le robó cualquier respuesta rápida. Sus ojos, tan inhumanos como intrigantes, nunca se encontraron con los de ella directamente, concentrados en su tarea como si nada más existiera en el mundo. Con la flecha aún en su mano, Rynoh sacó su cantimplora y se la ofreció a Maya. —No bebas demasiado, o vomitarás —advirtió con un tono casi casual. Maya la tomó con movimientos cautelosos, sin apartar los ojos de él. Sin embargo, no bebió de inmediato, primero necesitaba entender cuáles eran realmente las intenciones del chico. Rynoh retrocedió un paso, su figura alta y ágil destacando entre los árboles, como una sombra que se fundía con el entorno. Antes de volverse, le lanzó una mirada fugaz, una chispa de algo indescifrable en sus ojos anaranjados. Maya lo fulminó con la mirada, deseando tener la fuerza para replicar algo mordaz, pero el cansancio y el dolor la estaban venciendo. Su mano temblorosa apretaba la cantimplora, y aunque sabía que debía beber, su orgullo la mantenía inmóvil. —¿Vas a quedarte mirando el agua o planeas desmayarte aquí? —dijo Rynoh, sin volverse del todo. Ella apretó los labios, sus ojos fijos en su espalda— No necesito tu ayuda —murmuró, con la voz raspada por el esfuerzo. Él soltó un suspiro cansado, girándose ligeramente para mirarla de reojo— Claro que no. Solo necesitas no morir en el próximo minuto. —Le hizo un gesto hacia la cantimplora— Bebe. Maya no se movió, y él esbozó una sonrisa sardónica— Ah, ya veo. Orgullo. —Rynoh cruzó los brazos, inclinando la cabeza hacia un lado— Qué honorable de tu parte. Muy inspirador. ¿Quieres que me vaya para que puedas desplomarte con dignidad? —Hazlo —replicó ella, con un hilo de voz. Por un instante, algo en su expresión cambió, pero la sonrisa regresó rápidamente, y él dio un paso hacia atrás. —Regresaré con ellos —dijo en un tono bajo, casi como si estuviera confesando un secreto—. Te doy tiempo y espacio para escapar... pero regresaré con medicamentos para tratar bien la herida. Si quieres irte mientras tanto, es tu decisión. —Su voz se tiñó de un sarcasmo ligero, como si quisiera provocarla una última vez—. Pero no digas que no te di opciones. Rynoh se giró finalmente, dejando tras de sí el crujir de las hojas bajo sus botas. Esta situación no debía haber pasado, Maya no quería estar al merced de nadie, menos de un enemigo como Rynoh o cerca de Techris y Teeny. Si lograba salir con vida, lo tenía claro: nunca más volvería a cruzar el bosque sola. Nunca más arriesgarse así. Pero claro, eso solo sería útil si lograba salir viva. Escapar ante la menor circunstancia. Claro, eso sería bueno, si salía viva de esta situación. Un nuevo sonido rompió el frágil silencio del bosque: voces. —¿Te quedaste confraternizando con el animal herido, Rynoh? El tono burlón de Techris llegó como un balde de agua fría. Era demasiado cerca. Demasiado peligroso. y Maya sintió cómo su piel se erizaba, se preguntó si no los habrían escuchado, si llevaban mucho tiempo ahí. —El estúpido animal se libró de la flecha. —gruñó Rynoh con fastidio, como si buscara acabar rápido la conversación— La encontré tras el árbol. El corazón de Maya latía con fuerza contra sus costillas, el sonido amplificado en sus propios oídos. Cada palabra que intercambiaban era un disparo de adrenalina que corría por sus venas. ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones de Rynoh? ¿la estaba encubriendo? —¿Y no había señales de él? —esa era Teeny— aun podemos seguir el rastro de su sangre y rematarlo. Maya tragó en seco, cerró los ojos con fuerza, aferrándose al tronco como si pudiera desaparecer tras él. Trató de mantener la respiración contenida, silenciar cualquier jadeo involuntario, mientras escuchaba la respuesta de Rynoh. —No lo creo, —el chico hizo una pausa lo suficientemente convincente como para dejar claro su aparente desinterés— el ciervo es suficiente, y ya está oscureciendo. Será mejor que regresemos al refugio para que el guiso esté listo lo antes posible.   —Por mucho que quiera contradecirle a esta princesita de ojitos de pesadilla —Techris miró hacia arriba, al sol que se ocultaba en el horizonte— tiene razón esta vez. —Bah, habría sido avaricia de todas formas querer más de este ciervo —Teeny se encogió de hombros. —Tú solo querías usar ese cuchillo, admítelo —escupió Rynoh, arrojando la frase con un tono cargado de burla. —Todavía puedo usarlo contigo, fenómeno —gruñó la chica mostrando los dientes como si realmente estuviera considerando la idea. —Quiero ver que lo intentes —la desafió con una carcajada. —Basta ustedes dos —impuso orden Techris, con firmeza, su voz cortando el aire como un látigo— vámonos. Maya contuvo el aliento, inmóvil entre las sombras del árbol, mientras los sonidos de sus botas se alejaban, antes de irse volando por los aires y, tras unos instantes, suspiró todo el aire contenido. Se encontró a si misma llevándose la cantimplora a los labios con cuidado. El agua fría fue reconfortante, fue un alivio momentáneo, pero el dolor sordo seguía ahí. Ella se halló considerando sus opciones. Rynoh no la había traicionado... o eso creía ella. ¿Sería un engaño? No sabía si confiar o no, le dolía la cabeza y el hombro, no estaba para pensar. Pero ni siquiera era sensato permanecer ahí. Había perdido mucha sangre, la debilidad la reclamaba y Maya no podía ignorarla, hacía rato que estaba luchando con el deseo de cerrar los ojos. Con un suspiro resignado, intentó ponerse de pie, pero su cuerpo tembloroso se negó a cooperar. La realidad era ineludible: tendría que descansar un poco más antes de siquiera considerar moverse. Pero no se quedaba por Rynoh, no. Aún no entendía por qué la había ayudado, y tampoco quería quedarse a averiguar si esto era una trampa. Con la decisión tomada, Maya se dejó caer contra el tronco, acomodándose entre las raíces nudosas del árbol. Una mano presionaba las gasas sobre su hombro, mientras el resto de su cuerpo adoptaba una postura casi fetal. Las hojas caídas formaban un tenue manto a su alrededor, y sus párpados, pesados como el plomo, finalmente cedieron. Así la encontró Rynoh al regresar. La noche ya había caído, y el tenue resplandor de la luna filtrándose entre las ramas dibujaba sombras caprichosas sobre su figura dormida. Parecía una dríade en su refugio, semi escondida bajo las hojas, ajena al mundo y a los peligros que aún la acechaban.   Rynoh se acercó en silencio, y cuando sus manos le sostuvieron la muñeca para retirarle las gasas, Maya se despertó de golpe. Un jadeo salió de sus labios, y lo primero que vio fueron los ojos de él, brillando en la penumbra como faroles fantasmas, un resplandor sobrenatural que la dejó petrificada antes de que reaccionara con un grito ahogado. Instintivamente, lanzó una patada hacia su rostro, pero Rynoh la esquivó con reflejos felinos, retrocediendo al instante. —Esa no es manera de tratar a alguien que te salvó la vida —gruñó él, alejándose algunos pasos— pero... me alegra que sigas tan impetuosa, eso quiere decir que sanarás pronto. Maya se había incorporado por el susto, pero al caer en cuenta de la situación, una oleada de dolor recorrió su cuerpo. Se dejó caer de nuevo entre las raíces del árbol, abrazándose a sí misma. El frío de la noche calaba más profundo, y la oscuridad, ahora más opresiva con Rynoh tan cerca, parecía casi tangible. Sus ojos espectrales atravesando las tinieblas hasta llegar a ella. como si pudieran leer sus pensamientos más íntimos.  —Eres muy aterrador de noche ¿te lo han dicho? —murmuró con un hilo de voz, tratando de ocultar el temblor en su tono— No creí que tus ojos hicieran... eso... Rynoh levantó las manos en un gesto conciliador, avanzando con cuidado. —Me acercaré ahora ¿de acuerdo? —esperó una reacción, pero al no obtenerla, siguió hablando mientras avanzaba lentamente— Esta es una adaptación de los de mi raza, como algunos depredadores nocturnos de este mundo, fotorreceptores en nuestra cornea atrapan la luz y la reflejan para poder ver en la oscuridad. Ahora, quédate quieta para que pueda ayudarte. —¿Porqué? —insistió ella, sin dejar de mirarlo con recelo, sin poder evitarlo, aunque su mirada seguía fija en los ojos fantasmales de él.— ¿porqué me estás ayudando? —Olvídalo —gruñó frunciendo el ceño, logrando una apariencia más aterradora— si lo mencionas una vez más, te dejaré aquí para que te coman los lobos. El corazón de Maya latió con fuerza, y lo odió en ese instante. Pero permaneció en silencio, dejándolo acercarse. Aunque su postura era relajada, su mente estaba alerta. La raza de Rynoh era extraña, pero extraña de verdad. Su piel era tan blanca como el papel, de manera que resaltaba como un espectro pálido y peligroso en medio de las sombras y a la luz de la luna. Las manos enguantadas del chico volvieron a entrar en contacto con la muñeca de ella y un escalofrío le recorrió la espalda. Al principio ella no quiso mover la mano donde cubría la herida, pero ante la insistencia cargada de fastidio de Rynoh, tuvo que ceder. El dolor fue lo peor, como si mil agujas atravesaran su carne, porque los músculos se habían enfriado de la adrenalina anterior, y ahora el dolor la atravesaba una y otra vez como fuego.  —Lamentablemente tuve que perderme el guiso por tu culpa —rezongó Rynoh mientras hacía a un lado los jirones de la camisa de Maya, bajando la manga para exponer la herida— pero confío en que el trato con Bash sea suficiente para que me cubra con el maestro. —Es una verdadera pena —jadeó ella, entre el dolor profundo y la rabia— pero yo no te pedí nada ¿recuerdas? Él sonrió, aun frunciendo el ceño y manteniendo la concentración todo el tiempo— Lo sé. —dijo distraído— y si me lo hubieras pedido no te habría ayudado. Maya apretó los labios y lo observó con recelo mientras trabajaba. Las manos enguantadas de Rynoh se movían con precisión invasiva sobre su piel, limpiando la herida. A cada roce, el dolor y el extraño tacto de los guantes hacían que su nerviosismo aumentara. Los ojos de él, brillando de forma antinatural en la penumbra, se mantenían en la herida. Se sentía vulnerable, ultrajada incluso, pero incapaz de apartarse. Rynoh, acuclillado frente a ella, trabajaba en un silencio tan absoluto que solo el leve roce de los guantes rompía la quietud de la noche. —Ya casi está, para tu suerte no requiere puntos —murmuró, su aliento cálido chocando con la mejilla de la chica. Maya volteó hacia el lado contrario, mordiéndose el labio, evitando cruzar miradas. —¿Te crees en condiciones de regresar? —preguntó, sin apartarse. —No lo creo... —admitió ella por lo bajo, en un susurro cargado de resignación— vine aquí de día, no creo reconocer nada de noche. Rynoh se quedó callado, pensativo, mientras sacaba un pequeño frasco de cicatrizante y dejaba caer unas gotas sobre ambos lados de la herida, la entrada y la salida. El efecto fue inmediato. El ardor quemante la tomó por sorpresa, arrancándole un quejido involuntario. Cerró los ojos con fuerza y se llevó el dorso de la mano a la boca, mordiéndolo para no gritar. Él levantó la vista por primera vez, notando su evidente sufrimiento. —Ya pasará —dijo con tono casi despreocupado, pero su mirada parecía más atenta de lo habitual—. No tienes idea de las veces que Zylus y Bash me rompieron la nariz o alguna mano con sus juegos inmaduros. Con las heridas más graves tarda más... pero siempre funciona. Maya lo escuchaba, pero el ardor seguía consumiéndola, dejando su respuesta atrapada en su garganta. Las palabras de Rynoh, aunque calmadas, llevaban una carga extraña, como si quisieran compartir algo más que una anécdota banal. Sus manos volvieron a su piel entonces, y para sorpresa de Maya, desgarraron los jirones de la manga con un tirón rápido y decidieron apartar el tirante del sujetador sin titubeos. El aire frío de la noche golpeó su piel desnuda al mismo tiempo que el contacto firme y seguro de las manos de Rynoh parecía abarcar más espacio, recorriendo su brazo, hombro y parte de la espalda. Maya separó los labios para protestar, indignada y avergonzada por tanta confianza, pero él ya estaba desenrollando el vendaje. Su concentración parecía imperturbable, como si estuviera completamente ajeno a lo incómodo de la situación. —Antes de ti, nunca había visto un humanoide con este color de piel —comentó él de repente, tensando la venda con esparadrapo. Sus palabras surgieron sin preámbulos, casi distraídas— no sabía que existían hasta que te vi por primera vez. La venda pasó bajo el brazo, subiendo al hombro en tiras firmes, sujetas y bien seguras al hombro sin necesidad de más. —Imagino que no te debe parecer muy estético —respondió ella, con un leve temblor de indignación. Su tono, aunque apagado por el dolor, reflejaba la incomodidad de sentirse observada y tocada de esa forma. —Todo lo contrario. Rynoh se detuvo tras sus propias palabras, como si no hubiera querido decirlas realmente, sus dedos aún sosteniendo la venda. Maya se removió incómoda, sintiendo el peso de su mirada. Su ceño levemente fruncido, denotando cierta incomprensión antes de mascullar. —Todo lo contrario —repitió él, su voz más baja, casi un susurro. Su mano, firme pero sorprendentemente cuidadosa, tocó su hombro para ajustar la venda. El contacto hizo que Maya contuviera el aliento. Ella intentó apartar la vista, pero la proximidad de Rynoh y la intensidad de su expresión la mantenían atrapada. A pesar del frío que calaba en el aire, el calor que emanaba de él parecía envolverla. Se apartó de ella definitivamente, evaluando su trabajo con un gesto casi clínico. —Escucha. —comenzó, su voz volviendo al tono práctico de antes— Puedo llevarte al refugio hasta la mañana. No es seguro quedarte aquí, no con los animales salvajes rondando. —No, tengo que regresar... —dijo ella, aunque su voz sonaba más pensativa que firme. Rynoh, aún acuclillado frente a ella, ladeó la cabeza. Sus ojos, brillando con ese resplandor fantasmal, iluminaron parcialmente su propio rostro. —Zylus, Bash y yo fuimos rebajados —confesó de repente, como si esas palabras le pesaran en la lengua. Desvió la mirada, incómodo, antes de volver a enfocarse en ella—. Por eso no nos hemos visto en un tiempo... Ya no somos guerreros. Ahora... vivimos en pequeños refugios, lejos del alcance de Lokar, pero aun a su servicio. Maya notó la tensión en sus palabras, amargura y una resignación dolorosa que no había percibido antes— Puedo llevarte al mío. —añadió, con una seriedad inusual— Estarías segura. Ella se detuvo a considerar sus palabras mientras dejaba vagar la mirada por las tinieblas, como si al apartar los ojos de él pudiera alejarse de esa inquietante intensidad anaranjada que la escrutaba. Quizá sería mejor quedarse a dormir en un árbol, mantenerse al margen, minimizando el riesgo. Rynoh le había ayudado, eso era innegable, y en cierto modo parecía haber traicionado a los suyos por preservar su vida. Pero ¿era suficiente para confiar en él? No podía olvidar a Hexus, con su actuación impecable de redención solo para entregarlos a una trampa mortal. Había aprendido a no dejarse llevar por apariencias o palabras fáciles. No soportaría caer en otra mentira, no ahora, no con Ky y Boomer tan lejos y las cosas tan mal entre ellos. —Piénsalo bien —se burló Rynoh, con un deje de diversión en su voz—. No te equivoques, Maya. No quiero llevarte a mi refugio. Créeme, no es mi idea de una noche agradable. Pero sería lo más sensato para ti. Deberías razonar y... —Está bien... —cortó ella, con un suspiro, desviando la mirada. Rynoh calló, sorprendido quizás por su respuesta o tal vez porque disfrutaba el peso de su silencio. Unos instantes después, se acercó nuevamente, ofreciendo una mano enguantada para ayudarla a levantarse. Maya vaciló, mirando los dedos cubiertos antes de aceptar. Su tacto era firme, casi demasiado para parecer un gesto casual, y cuando estuvo de pie frente a él, se encontró de nuevo atrapada bajo su mirada. —¿Cómo iremos, volando? —preguntó ella, intrigada por el súbito destello de determinación en sus ojos— Aun estoy débil para caminar además. Sin responder, él se encogió de hombros y, antes de que pudiera procesarlo, la tomó por la cintura y bajo las piernas. Maya soltó un leve jadeo al sentir el vértigo de ser alzada tan fácilmente. Tuvo un instante de miedo al estar tan alto del suelo y tan cerca del chico y el calor de su cuerpo traspasaba las capas de tela que los separaban. Rynoh caminaba con calma, pero ella no podía concentrarse en nada más que en la proximidad. Él estaba buscando un claro más allá para poder alzar el vuelo, para no lastimarse con las ramas. Los ojos de Maya vagaron hacia él, primero con la intención de analizar sus intenciones, pero luego simplemente observándolo. No era desagradable, pensó con una pequeña punzada de incomodidad por darse cuenta de ello. De hecho, su rostro tenía una simetría extraña, un atractivo inusual que no podía negar. Si no fuera por lo ajeno de su raza, si no fuera por todo lo que representaba, podría haberlo considerado atractivo, incluso fascinante. Pero lo que realmente la desarmaba eran sus ojos: dos brasas vivas que parecían desenterrar cada pensamiento que ella intentaba esconder. —¿Te gusta la vista? —preguntó él, con una sonrisa sardónica que no alcanzó a ocultar un destello de curiosidad. Maya bufó, fastidiada y algo avergonzada— No eres ningún galán, Rynoh. Él rió, una carcajada breve y ronca, no dándose por ofendido— Bueno, todavía puedo dejarte caer, si eso ayuda. —Inténtalo y lo lamentarás —replicó ella, sin poder evitar que la amenaza sonara más ligera de lo que pretendía. La risa de Rynoh se desvaneció, pero la chispa en sus ojos permaneció. Rynoh siguió caminando con Maya en brazos, su paso seguro y calculado incluso entre las raíces y ramas traicioneras del suelo. Sus ojos veían, a pesar de que todo eran verdaderamente oscuridad y sombras. A pesar de que la cargaba con aparente facilidad, Maya no podía evitar tensarse cada vez que el movimiento hacía que se balanceara ligeramente en sus brazos. —No voy a dejarte caer —dijo él, su tono más suave esta vez, casi como si pudiera leer sus pensamientos— era una broma para callarte, pero funcionó. —Lo espero —respondió ella, intentando sonar distante, aunque el calor de sus brazos y la cercanía hacían que su voz temblara un poco. El silencio se hizo más pesado mientras avanzaban. Maya intentó distraerse mirando hacia la oscuridad, pero la sensación del pecho de Rynoh subiendo y bajando contra su brazo era imposible de ignorar. Pero en lugar de mirar hacia adelante, sus ojos se posaron brevemente en los de Maya. El contacto visual fue tan intenso que ella tuvo que apartar la mirada. El silencio volvió a instalarse, pero esta vez estaba cargado de algo diferente. Maya sintió cómo su respiración se aceleraba, pero no estaba segura si era por el dolor de la herida o por la forma en que Rynoh la sostenía. Al llegar a un claro, finalmente, él habló otra vez, rompiendo la tensión: —Estás muy callada para alguien que suele tener siempre una respuesta lista —murmuró, con una sonrisa que parecía más para él que para ella— pero será mejor, ahora voy a subir. Sostente. Maya no tuvo oportunidad de replicar; en lugar de ello, alzó una mano hacia la chaqueta de él, la otra al brazo firme que la sostenía. El contacto era extraño, no incómodo, pero tampoco algo que pudiera ignorar fácilmente. Sus dedos, tensos al principio, se relajaron a medida que se preparaba para lo que venía. Intentó ignorar la inexplicable sensación de seguridad que parecía envolverla, como si los brazos de Rynoh fueran una barrera invisible contra todo lo que temía. Él dio un salto, con un estallido repentino que sacudió el suelo bajo ellos, y se proyectó en vertical hacia el cielo con una fuerza que le quitó el aliento a Maya. Su cabello se arremolinó como si estuvieran en el interior de un ciclón, pero sus manos se mantuvieron firmes, aferradas a él. El vértigo inicial se disolvió rápidamente cuando levantó la vista. La escena que se desplegaba frente a ella era nada menos que fascinante: las estrellas brillaban intensas entre nubes delgadas que parecían deslizarse perezosas. Abajo, las arboledas eran manchas oscuras contra un suelo apenas iluminado por la pálida luz de la luna. El rugido del viento era ensordecedor, pero Maya apenas lo notaba. Estaba completamente absorta, con los ojos abiertos de par en par ante la majestuosidad del paisaje. Por un momento, olvidó el miedo. Olvidó incluso el dolor latente en su cuerpo. A una velocidad que casi parecía un parpadeo, llegaron a su destino. Maya no podía evitar sentir una punzada de desilusión. Hubiera querido que el vuelo durara un poco más. Rynoh aterrizó en un claro en otra parte del bosque, donde se alzaba una choza peculiar, hecha de una mezcla extraña de metal y madera, como si hubiera sido construida con las sobras de construcciones distintas. Un hilo de humo subía de la parte alta del techo. Era bastante improvisado, pero ese era el refugio de Rynoh. —No fue tan difícil, ¿verdad? —comentó él, con una sonrisa satisfecha, sus ojos chispeando con la luz de las estrellas—. Aunque mira tu cabello. La depositó con cuidado en el suelo, y Maya se tambaleó ligeramente al principio, llevándose una mano al cabello con un gesto automático de vergüenza. Los mechones azules estaban revueltos, desordenados por completo, y ella no podía evitar una mueca. —No me recuerdes... —dijo, con un deje de irritación en su tono, pero sin verdadera molestia. Rynoh se rió, con un sonido breve y bajo que hizo que Maya lo mirara de reojo— Es un desastre. Pero admito que no se ve tan mal. —Él le lanzó una mirada rápida, lo suficientemente fugaz para no incomodarla, pero lo suficientemente directa como para que el calor subiera a sus mejillas. Él se dirigió a una puerta al interior de la construcción, indicándole que entrara mientras él desaparecía por detrás. Maya cruzó el umbral con cierta vacilación, y un golpe de calor la envolvió de inmediato. El interior era modesto, aunque sorprendentemente acogedor dadas las circunstancias. Una chimenea improvisada ardía con un fuego tenue, suficiente para templar el ambiente. Sus ojos recorrieron el espacio: una cama en una esquina con una manta raída, una pequeña mesa de cocina con un par de sillas y, al fondo, otra mesa atestada de cacharros electrónicos que parecían haber sido ensamblados con restos encontrados. No pudo evitar una ligera sonrisa. Era extraño imaginar a alguien como Rynoh en un lugar tan... doméstico. La puerta se abrió de nuevo, dejando entrar una ráfaga de aire frío, seguida por él, cargando un par de troncos más. Cerró tras de sí con un golpe suave y fue directo a la chimenea, avivando el fuego con movimientos prácticos antes de dirigirse a la mesa de la cocina. Maya observó cómo tomaba un par de platos y sacaba un paquete envuelto en papel aluminio. Sobre este, una nota garabateada con símbolos extraños llamó su atención. Rynoh la miró y bufó, arrugando la nota con un gesto de irritación antes de hablar: —Bash cumplió, por lo visto. Aquí tienes algo de guiso de ciervo —dijo, colocando uno de los platos frente a ella—. Pero no dejó de meter sus bromas en esto. Mañana le haré pagarlo. Maya observó cómo su ceño se fruncía mientras deslizaba el plato hacia ella. Sin embargo, su atención no estaba en la comida, sino en la nota arrugada que ahora descansaba sobre la mesa. Rynoh pareció darse cuenta y dejó escapar un suspiro antes de tomar asiento en una de las sillas cercanas. —Gracias, pero... —Maya se llevó una mano a la oreja, un gesto inconsciente mientras desviaba la mirada—. Prefiero tomar algo de agua e irme a dormir. Él alzó una ceja, desconcertado— ¿No comerás? Ella negó con la cabeza, sus pensamientos volviendo al ciervo de esa tarde. Recordó su mirada, el momento en que había rozado su piel antes de que ambos fueran heridos. El peso de la conexión que había sentido entonces regresó, acompañado por una punzada sutil en su hombro. —No... Rynoh la estudió por un momento, y después se encogió de hombros con indiferencia fingida— También hay ensalada aparte. Tú lo verde, yo la carne. —Su tono era despreocupado, pero sus ojos la observaban con curiosidad. Ella soltó un suspiro leve y tomó un poco de la ensalada, más por cortesía que por hambre real. Comenzó a comer en silencio, cada bocado deliberado y mecánico. No era cómo la comida de Mookee, pero no estaba nada mal. Aun así, no estaba comiendo tan tranquila. Podía sentir la mirada anaranjada de Rynoh desde la esquina, siempre presente, tan tangible como la luz cálida que titilaba desde la chimenea. —¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente, alzando la mirada hacia él. Su voz sonaba tensa, pero su curiosidad era genuina. Rynoh tardó un momento en responder, como si considerara la pregunta más profundamente de lo que ella esperaba. Luego, dejó el tenedor sobre el plato y se recargó en el respaldo de la silla. —Porque recuerdo cómo eras antes... cuando peleábamos, cuando éramos guerreros kairu. —Su voz adquirió un matiz casi nostálgico mientras tomaba un trozo de carne y lo masticaba lentamente, sin apartar la vista de ella—. Te admirábamos, todos nosotros. Bash, Zylus... Maya arqueó una ceja, sorprendida— ¿Zylus? Él asintió, con una media sonrisa que parecía oscilar entre la burla y la sinceridad. —Zylus tenía una pequeña obsesión contigo. Siempre buscaba la forma de hablar de ti, aunque fingiera odiarte. Pero era evidente que no lo hacía. —Rynoh dejó escapar una ligera risa, como si recordara algo que solo él podía ver— Creo que fue cuando le diste aquellos latigazos, como ese monstruo Green Infinita. Desde entonces, pareció nunca olvidarte... De los Stax, tú eras la verdadera enemiga. La que temíamos. Maya parpadeó, procesando sus palabras. Había una mezcla de orgullo y amargura en su expresión que no pudo ocultar del todo. —Y ahora... —continuó Rynoh, su tono suavizándose mientras la estudiaba con esa mirada abrasadora— no podía dejar morir así a una enemiga tan poderosa. Supongo que pienso que ahora eres mil veces más fuerte. No mereces morir de esta forma... Un guerrero kairu debe morir con honor en un reto, no en el bosque herida por flechas que no eran para ella. Maya apartó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Había algo profundamente desconcertante en la manera en que él hablaba de ella, como si su pasado compartido se hubiera transformado en algo más allá de la rivalidad. Sin embargo, la intensidad de su tono no se sentía como una amenaza, sino como una verdad que ella no sabía cómo afrontar. Rynoh se puso en pie de repente, rompiendo la tensión— Voy a dormir fuera para que tengas la cama, —anunció con firmeza, recogiendo ambos platos y su cantimplora— no te preocupes por nada, permaneceré fuera hasta el amanecer. Además, no me interesa hacerte nada. —Gracias —murmuró, su voz apenas audible. Él se detuvo un instante, girándose hacia ella como si estuviera a punto de decir algo más. Pero no lo hizo. En lugar de eso, asintió con la cabeza, dispuesto a marcharse. Fue entonces cuando Maya, movida por un impulso que no pudo entender del todo, alargó la mano y le tomó la muñeca. Hacía un rato, se había quitado los guantes, por lo que ahora el contacto fue completo. —Rynoh... —empezó, sus dedos temblando ligeramente contra su piel— de verdad, gracias... Rynoh se quedó inmóvil, como si el contacto lo hubiera congelado en el tiempo. Sus ojos, anaranjados como el fuego que ardía en la chimenea. Ella alcanzó a sentir cómo él se puso rígido bajo su contacto y vio como tragó en seco, mirándola atentamente. Aún serio, pero con una suavidad semejante a la de las palabras que antes había usado—Quizá... —dijo al fin, su voz volviéndose baja y grave— después de tanto hablar de ti, Zylus consiguió que yo también me enamorara de ti. Maya lo soltó, pero sus ojos se quedaron fijos en los de él, esperando encontrar algún matiz que confirmara si sus palabras habían sido serias o un reflejo de algo. Sin embargo, Rynoh rehuyó su mirada. Bajó ligeramente la cabeza y se volvió antes de salir de la habitación. Maya se quedó inmóvil, abrazándose a sí misma mientras el calor del fuego parecía insuficiente para disipar el frío que se había instalado en su pecho. La confesión de Rynoh resonaba en su mente, tan inesperada como desconcertante. Ella había venido a este refugio buscando seguridad, no respuestas que no sabía si estaba lista para escuchar. Ahora, sola, con la habitación en un silencio incómodo, su mente no dejaba de girar en torno a sus palabras. El hombro empezó a dolerle otra vez, con un pulso intermitente que a pesar de todo no opacaba la actividad de su mente. Se dejó caer en la cama con un suspiro tembloroso, cubriéndose con la manta y cerrando los ojos con fuerza, intentando alejar pensamientos que ahora parecían imposibles de ignorar.     Debían ser como las cinco de la mañana cuando Maya subió al segundo piso. Rynoh no estaba dormido, solo tenía los ojos cerrados. Sentado así, en el borde, con la chimenea a la espalda, casi parecía una gárgola pálida y oscura. Sintió perfectamente el sonido de los pasos de Maya en la escalera, ascendiendo con cuidado y ayudándose con un solo brazo. La terraza no ofrecía una vista especialmente interesante, pero era algo más que las sombras vacías de abajo. Él permanecía junto al cañón de la chimenea, donde el calor lo envolvía. El olor del humo de leña y el bosque lo llenaba todo. Era suficiente para conciliar el sueño, pero su mente no se callaba. Seguía dándole vueltas a lo ocurrido y a las palabras intercambiadas unas horas atrás. Maya se acercó sin vacilar y se sentó a su lado, a una distancia que no invadía del todo su espacio, pero que hablaba de una familiaridad creciente. Sabía que él estaba despierto. —¿Por qué no vuelves conmigo? —preguntó con suavidad, pero sin titubeos— Has sido bueno conmigo, seguro mi maestro te daría una oportunidad para quedarte con nosotros. Él separó los párpados, revelando esos ojos anaranjados tan inusuales, una sonrisa vaga y seca se dibujó en sus labios— Me iré del planeta, ya está decidido. Pero gracias por la invitación... aunque creo que no me gustaría ser tu mascota. Ella soltó una risa despreocupada, acercándose más a la estructura de la chimenea para tomar calor— Si vinieras no serías un sirviente, ni una mascota, serías guerrero Kairu otra vez. Pero recuerdo cómo luchabas y tenías algo parecido al talento, supongo que si te entreno podrías ser un guerrero pasable. Claro que, tendrías que pasarte a este lado.  —¿Y crees que todavía le debo algo de lealtad a Lokar? —replicó con una ceja alzada, encogiéndose de hombros—. Hace tiempo que no le sigo, Maya. Vine a este planeta porque mis superiores en el reino lo querían. Necesitaban esta energía. Pactaron con Lokar, me enviaron a mí y acordaron un porcentaje del total cuando lograra recuperar la fuente. Ahora que estoy fuera, enviarán una nave para recogerme. Supongo que seré un renegado allá también... pero no hay lugar como el hogar, ¿no? Ella dejó que sus pies colgaran del borde de la terraza, balanceándolos en el aire mientras lo miraba de reojo. —¿Porqué me dices esto? —preguntó en un tono bajo, casi íntimo, sin apartar la vista del cielo moteado de estrellas. Él tardó un momento en responder, inclinando la cabeza hacia el cañón de la chimenea—Porque probablemente no volveré a verte, supongo —dijo despreocupado. Maya se giró hacia él, su expresión más suave pero también cargada de preguntas. Maya había sentido una mezcla de emociones difíciles de descifrar cuando lo escuchó. La idea de que Rynoh no regresaría nunca dejó un vacío extraño en su pecho. Él, que hasta hacía poco había sido su adversario, ahora era alguien cuya ayuda desinteresada no solo la había salvado, sino que también había cambiado la forma en que lo veía. Una inesperada gratitud la invadió, pero también un dejo de incomodidad. Mientras sus palabras se asentaban en su mente, un pensamiento se arraigó: quizás esta despedida sería definitiva, y esa certeza le hizo sentir un extraño pesar —¿Eres algún tipo de príncipe? ¿Cómo los Imperiaz? —su tono era de burla ligera y genuina curiosidad. Rynoh soltó una risa breve y seca, sacudiendo la cabeza mientras se quitaba la diadema que llevaba— No, solo el hijo de un lord. Pero en mi planeta, ser el hijo de un lord es suficiente para cargar con estupideces como esta. —dijo, extendiéndole la diadema para que la examinara— Un símbolo vacío, y ahora gracias a este fracaso tendré que entregarla. Parecía una pieza fina y trabajada, pero al examinarla más de cerca, notó algo curioso: el símbolo en el centro, que a primera vista parecía decorativo, en realidad era una cerradura tallada en una joya negra que relucía con una oscuridad hipnótica. —No tienes idea de las veces que Zylus y Bash quisieron romperla —bufó él con un tono cargado de molestia, sus ojos anaranjados entrecerrados como si reviviera cada uno de esos momentos—. Siempre buscaban quitármela, ya fuera con apuestas en la pelota espacial o en cualquier juego estúpido que se les ocurriera. La atesoré mucho durante años, y ahora ni siquiera podré usarla cuando regrese. Maya no supo qué decir, solo siguió estudiando la diadema por un lado y por otro. El peso frío del objeto en sus palmas parecía intensificar el silencio entre ambos. Pasaron varios segundos antes de que notara algo que le erizó la piel: Rynoh no había apartado los ojos de ella en ningún momento. Su mirada, intensa y persistente, la hacía sentir expuesta —Rynoh, nunca olvidaré esto —dijo Maya, su voz apenas un susurro. Él sonrió de lado, como si tratara de aligerar el ambiente— No te pongas cursi ahora, o me harás empujarte por el borde. —Si lo haces, me agarraré de ti y nos iremos los dos —replicó ella, su tono desafiante, pero con un leve destello de humor en los ojos dorados. Rynoh la observó unos segundos antes de sonreír suavemente. Había algo diferente en esa sonrisa, algo que parecía más auténtico, menos enmascarado— Me hubiera gustado conocerte antes —admitió, con una risa baja que quedó suspendida en el aire como un eco tenue— pero ahora ya no habrá oportunidad. El comunicador en la mano de Maya chispeó, cortando el momento. Un ruido blanco con interferencias llenó el aire. Entre los sonidos distorsionados, la voz de Ky emergió brevemente, lo suficiente para que Maya la reconociera, aunque no pudiera entender las palabras. —Ky... —intentó llamarla, ajustando el comunicador, pero el esfuerzo fue inútil. Era claro que ninguno de los dos lograba escucharse. Rynoh ladeó la cabeza, observándola con una mezcla de resignación y algo que Maya no pudo identificar del todo. —Parece que te extrañan —murmuró él suavemente, su tono neutral, pero con un deje de melancolía. —Y yo a ellos, son mi familia —confesó ella con melancolía. Ambos alzaron la mirada, observando cómo el sol empezaba a despuntar tímidamente en el horizonte, bañando las montañas y los árboles con tonos dorados y cálidos. —Necesito que... me lleves al bosque donde me encontraste —añadió ella, rompiendo el breve silencio— desde ahí podré regresar sola. —Bien —respondió él con un simple asentimiento, poniéndose en pie y ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse. Sus dedos, firmes y cálidos, la sostuvieron con cuidado mientras se incorporaba. Maya descubrió que la piel de Rynoh era tanto o más cálida que la suya, y para nada desagradable— Sostente bien. De día, la vista es aún mejor. Una vez más, la rodeó con sus brazos, esta vez con una proximidad que ya no se sentía invasiva, sino protectora. Maya se dejó guiar, sin temor alguno a esos ojos anaranjados que antes la habían inquietado. En cambio, percibió un calor tenue y reconfortante. Antes de que el sol terminara de elevarse, ambos se elevaron hacia el cielo. La vista nocturna había sido mágica, pero la luz del amanecer transformaba todo en un espectáculo majestuoso: montañas teñidas de oro, niebla desvaneciéndose entre los árboles, y el bosque que parecía cobrar vida bajo el resplandor naciente. Sin embargo, como la vez anterior, el trayecto resultó demasiado breve para su gusto. Finalmente, aterrizaron en el claro del bosque donde había ocurrido la caza del ciervo. Maya miró a su alrededor, el corazón encogiéndose un poco al recordar lo que había sucedido ahí. Le pareció triste regresar, pero se volvió a Rynoh de nuevo. —¿Cómo está tu hombro? —preguntó él, señalando el vendaje que apenas se asomaba bajo la manga y el inicio del cuello. —Ya casi no duele. Gracias. Sin pensarlo demasiado, Maya tomó sus manos entre las suyas. Sus dedos, cálidos y seguros, apretaron los de él con suavidad, como si intentara transmitir algo que las palabras no podían alcanzar. —No lo olvidaré —dijo, con una voz cargada de sinceridad. Rynoh la miró por un instante que pareció alargarse, su mirada teñida de una seriedad que parecía traspasar el momento. —Hazme un favor —murmuró, su tono más suave de lo habitual—. No se lo digas a ellos. Prefiero que me olviden. Esto que hice no fue para ganar méritos. Siempre supimos lo invaluable que eres como guerrera... todos lo sabíamos, aunque nunca lo admitimos. Maya asintió, tragando el nudo que empezaba a formarse en su garganta. —Hecho —dijo, antes de dar un paso adelante. Con determinación, se puso de puntillas y lo rodeó con los brazos. Rynoh pareció tensarse por un breve segundo, pero luego, con una calma inesperada, correspondió al abrazo. Su mano se posó sobre la coronilla de Maya, y, como un gesto tan íntimo como inesperado, depositó un beso suave sobre su cabello. La calidez de aquel gesto la invadió, como si un lazo invisible se tejiera entre ambos en ese instante. Cuando la soltó, la miró con una última sonrisa, cargada de algo que ella no pudo identificar del todo, pero que le dejó un vacío extraño. Retrocedió unos pasos, su silueta bañada por la luz del sol naciente. Sin decir nada más, Rynoh se elevó hacia el cielo. Maya se quedó allí, observándolo desaparecer entre las alturas, sintiendo que algo se llevaba consigo y algo dejaba atrás. Maya suspiró, no lo olvidaría.
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