Capítulo Único
23 de noviembre de 2025, 16:22
Boomer tenía un serio problema de ronquera, eso lo sabían todos los que dormían en esa nave porque literal podías escucharlo desde el otro lado sin problemas. Ky llevaban dos años durmiendo en la litera de arriba de él, más o menos desde que iniciaron las misiones kairu. Había sido dificil acostumbrarse pero eventualmente lo había conseguido. Aunque no eran raras las veces en las que el sonido era tan fuerte que lograba hacerlo despertar abruptamente alguna noche por la madrugada.
En esos casos, se estiraba por el borde de su cama para lanzarle una almohada a Boomer en la cabeza. A veces eso no era suficiente y tenía que bajar para darle una patada y regresar corriendo arriba de nuevo, para no ser descubierto. Eso mitigaba los ronquidos, porque al despertar e iniciar todo un ciclo de sueño, Boomer tendía a roncar menos, o tardar en volver a hacerlo.
Ya era como la quinta o sexta vez que Ky despertaba por los ronquidos de Boomer. Pero no por el sonido, sino por la falta de este.
Generalmente Ky despertaba ante este vacío y se quedaba mirando el techo unos segundos hasta que volvía a dormirse. Le parecía raro, pero lo tomaba como una bendición, la verdad. El silencio era algo que atesoraba, así que no se molestaba en averiguar porqué Boomer ya no roncaba, si estaba despierto o si le pasaba algo. Se autoconvencía de que su compañero de cuarto se encontraba bien y que él podía dormir mejor en ese silencio inesperado.
Esa noche, de casualidad, Ky ya estaba despierto.
Era de esas noches de invierno en las que Ky pensaba en su padre y en su infancia con él en Alaska. Boomer roncaba como un cerdito con el estómago lleno, como si nada pasara en el mundo. Ky para este momento no lo oía, se había vuelto un sonido de fondo, como los grillos fuera. Con el holograma de su X-Reader bajo las mantas, Ky escuchó el sonido de la puerta mecánica al correrse a un lado en el momento justo para apagarlo y espiar por debajo de la manta.
Se sorprendió mucho cuando vio a Maya entrar en la penumbra. Su figura femenina recortada en la semioscuridad de la cabina-dormitorio. Ky se preguntó qué tramaría esta chica de madrugada yendo a la habitación de ambos chicos.
Con Maya, en realidad, no había nada concreto, lo sabía bien Ky. Solo era un juego, un jugueteo entre amigos que, a pesar de su intensidad, no conducía a ningún lugar, ni significaba nada en realidad. Pero eso no quitaba que él disfrutara de cada momento compartido con ella. Maya era hermosa, fuerte, con una presencia arrolladora, casi tanto como él mismo. Eran tan diferentes en todo, pero a la vez había algo inevitable en su química. Todo el mundo, incluso los que solo los observaban de lejos, podía notar la conexión que existía entre ellos, como si el universo mismo hubiese trazado líneas invisibles entre los dos, sin importar las circunstancias.
Ky no era de apresurarse. A veces, pensaba que lo mejor era dejar que las cosas fluyeran a su propio ritmo. No buscaba presionar ni forzar un destino que no estaba claro. Para él, la relación con Maya era algo que debía desarrollarse naturalmente, sin expectativas ni promesas. El tiempo haría su parte. Él solo prefería dejar que los momentos entre ellos se cocieran a fuego lento, como si cada mirada, cada palabra, cada toque fortuito fueran parte de un proceso, uno que no necesitaba ser acelerado. Sabía que el futuro seguiría su curso, y si algo había de suceder, lo haría cuando estuviera listo.
Mientras, disfrutaba entrenando con ella, jugando y estando a su alrededor. Y más que nada, él disfrutaba haciéndole ciertas bromas y disfrutando verla molestarse como si fueran hermanos, aunque tenían la misma edad. Por eso, ahora se le ocurrió que podría saltar para asustarla haciendo un ruido fuerte para sacarle un grito del qué burlarse después.
Se cubrió la boca con la mano, aguantándose la risa que le producía imaginársela asustada.
Maya se acercó en la penumbra, iba descalza y se movía con mucha cautela. Pensándolo bien, talvez era ella la que venía a hacerles una broma a ellos. Talvez los ronquidos de Boomer la habían despertado y venía a darle con una almohada ella también, porque se acercó a la cama de la litera de abajo. Ky podía ver las puntas de su cabello azul en la oscuridad cuando se agachó.
Estaba preparado para saltar cuando una luz azul se encendió en la habitación. Maya había invocado una chispa de kairu entre sus dedos para iluminarse el rostro a la vez que echaba un vistazo a la litera de arriba antes de concentrarse en la de abajo. Eso desconcentró a Ky, y lo sorprendió aun más si era posible.
El chico rubio nunca fue de lo más elegante, a decir verdad. Boomer se hallaba al borde de su colchón, con un brazo y una pierna colgando hasta tocar el piso. La mejilla presionada y la boca semiabierta, babeando sobre la cama. Ky observó, desde su escondite privilegiado bajo las mantas, a Maya sonreír acercándose a él.
La chica acarició la mejilla del rubio mientras acercaba su boca a su oído— Despierta, Boom —le murmuró con una voz que, para Ky, sonó como un eco en el silencio.
El escalofrío que recorrió su espalda no se debía al frío de la cabina. Desde arriba, oculto tras sus mantas, Ky podía ver cómo Boomer apenas reaccionaba, girando la cabeza con un susurro gutural. Los ronquidos habían cesado pero él aun no despertaba del todo. Maya sonrió, con una tranquilidad y a la vez una travesura que no se sabía ver en ella. Parecía destinada solo para Boomer. La luz azul del Kairu parpadeó un instante, reflejándose en los ojos amarillos del chico antes de apagarse, dejando a la habitación nuevamente envuelta en penumbra.
—Maya... —le correspondió el chico con la sonrisa sonando en cada sílaba— Que forma tan agradable de despertar.
Ambos rieron suavemente, sus risas apenas un murmullo en el aire pesado de la noche. Ella siguió acariciándole la mejilla, sus dedos trazando un camino que parecía más íntimo de lo que Ky jamás había visto entre ellos. Boomer se desperezó con lentitud, el movimiento haciendo crujir la litera ligeramente.
—Dijiste que esta vez me esperarías —le recriminó ella con ternura y a la vez con una coquetería ligera que Ky no recordaba haber notado antes en ella.
—Estaba despierto —se defendió Boomer, risueño— solo estaba...
—Roncando como siempre —lo interrumpió ella, inclinándose más cerca.
Desde su lugar en las sombras, Ky observó cómo Boomer, con un movimiento lento pero decidido, se incorporaba ligeramente sobre un codo, sus ojos fijos en Maya mientras ella se acercaba. El aire se tensó un instante antes de que un chasquido suave quebrara el silencio que los rodeaba, el sonido de un beso, juguetón y ligero, pero que para Ky resonó con la fuerza de una explosión en su pecho. Cada nota de ese sonido se sintió como un golpe en su estómago, un latigazo invisible que lo dejó sin aliento. Trago saliva, sintiendo cómo el calor subía por su cuello, quemando su piel con cada centímetro que avanzaba. La escena, que antes había parecido inofensiva, ahora tomaba un giro inesperado, uno que Ky no estaba preparado para afrontar.
Su intención de asustar a Maya había desaparecido por completo. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? su mente luchaba por procesar lo que acababa de presenciar. ¿Debería hacer algo? ¿Toser? ¿Dar señales de que estaba despierto? Su pulso retumbaba en sus oídos mientras el silencio en la habitación parecía más ensordecedor que cualquier ronquido.
¿Cómo podía ser que esto estuviera sucediendo? Ky apenas podía procesarlo. Los últimos que habría imaginado juntos eran estos dos y, sin embargo, ahí estaban, completamente absorbidos el uno en el otro. No podía evitar sentirse traicionado. Había pensado, ingenuamente, que Maya y él podrían tener una oportunidad. Pero ahora veía con dolorosa claridad que había perdido ese juego antes de que siquiera comenzara.
Ky no apartó los ojos, incapaz de moverse, mientras el beso entre ellos continuaba. El sonido suave de la cama al moverse le pareció ensordecedor en el silencio de la noche. Vio cómo Boomer se incorporaba lentamente, sus manos buscando el equilibrio, y cómo Maya retrocedía con él hasta chocar con la puerta de la habitación.
Parecieron no tener prisa por accionar el dispositivo para abrir la puerta. En su lugar, Boomer la empujó con suavidad contra la superficie, acorralándola. Sus manos se apoyaron a ambos lados de su rostro, su cuerpo inclinándose ligeramente para cerrar la distancia entre ellos. Maya lo miró con una sonrisa tenue antes de que él volviera a besarla, esta vez con una entrega más pausada, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Desde la litera de arriba, Ky tragó saliva con dificultad. Su corazón latía con fuerza, no por celos—o al menos eso se decía a sí mismo—sino por la incomodidad de ser un testigo involuntario. Sus pensamientos se entremezclaban con el eco del crujir de la madera bajo sus pies y el roce apenas audible de su ropa contra la puerta. El silencio se sentía tan pesado que parecía envolverlo, aplastándolo contra el colchón.
—Vámonos, no me hagas esperar más —jadeó Maya con una sonrisa, sus palabras casi un susurro que se perdió en el aire cuando Boomer bajó el rostro para hundirlo en su cuello—. Ya te me has escapado lo suficiente.
Ky vio cómo el rubio se reía ante esto, un sonido bajo y ahogado que resonó en la habitación. Desde su escondite, Ky no pudo evitar aguzar el oído, aunque cada palabra se sentía como una daga más profunda en su orgullo.
—Parece que no soy el único impaciente aquí, ¿verdad? —respondió Boomer, su voz cargada de una calidez despreocupada.
—Ky podría despertar en cualquier momento —le advirtió Maya, aunque había un brillo de diversión en su tono que la delataba.
Ky sintió un nudo en el estómago al oír su nombre, como si lo hubieran atrapado, aunque ambos seguían completamente ajenos a su presencia. Vio cómo Maya se deslizaba hacia la puerta, sus pasos suaves apenas haciendo ruido sobre el suelo. La luz azul del Kairu destelló brevemente cuando accionó los botones de apertura. La puerta mecánica emitió un leve zumbido mientras se abría, y ambos desaparecieron al otro lado.
Ky permaneció inmóvil, clavado en la cama como si lo hubieran encadenado. La habitación quedó en completo silencio, salvo por el eco del cierre de la puerta. Su mente estaba enredada en un torbellino de pensamientos, pero solo uno brillaba con más intensidad: ellos habían salido juntos, y él estaba ahí, solo.
No le llevó muchos segundos decidir lo que haría.
Se levantó de un salto, sus pies descalzos golpeando el frío suelo metálico, y se aproximó a la puerta. Los acusaría con el maestro Boaddai. Sí, era lo correcto... aunque, en el fondo, sabía que esa excusa era un débil disfraz para encubrir la maraña de sensaciones que le quemaban por dentro. Con el cuerpo agarrotado y el pulso desbocado, pegó la oreja a la puerta, intentando captar algún sonido que delatara su presencia al otro lado. Pero solo el silencio le respondió.
Respiró hondo y accionó la puerta.
El pasillo se extendía ante él, bañado por la luz plateada que se colaba por los ventanales de la nave. Y allí, al fondo, vio las siluetas de Maya y Boomer. Al principio, su ira y su envidia lo guiaron, pero pronto ambas emociones se entrelazaron con una sorpresa casi paralizante al captar lo que estaba ocurriendo.
Maya estaba de pie, recargada contra la pared, su cabeza inclinada hacia atrás y una mano cubriendo sus labios en un intento de silenciar los suaves gemidos que se escapaban de ella, impregnando el aire de una sensualidad imposible de ignorar. La luz de la luna delineaba sus rasgos, realzando la curva de su cuello y el temblor de su pecho. Más abajo, de rodillas, Boomer se ocupaba de ella con una entrega total. El pantalón de pijama de Maya y su ropa interior descansaban a media altura de sus muslos, mientras las manos de Boomer la sujetaban con firmeza por las caderas desnudas. Su cabello se enredaba en los dedos de Maya, que lo guiaban con un deseo palpable, acariciándolo mientras él le otorgaba ese placer con su lengua.
Ky sintió que el mundo se detenía. Sus piernas parecían incapaces de moverse, y su pecho se llenó de una opresión que no era solo ira, sino algo mucho más complejo y visceral. Trató de apartar la vista, pero sus ojos parecían estar clavados en ellos, devorando cada detalle de la escena frente a él.
Sin darse cuenta, su espalda se apoyó a su vez contra la pared. El metal frío contrastó con el calor abrasador que sentía en su cuerpo. La envidia lo consumía, una envidia casi insoportable hacia Boomer, quien en ese instante parecía tenerlo todo: la atención, el afecto, el deseo de Maya. Todo lo que Ky había soñado para sí mismo estaba allí, a pocos metros de él, pero tan lejano como las estrellas que brillaban al otro lado del ventanal.
El deseo que lo invadía era tan intenso como la punzada de su propia impotencia. Y mientras el tiempo se detenía, ellos permanecieron ajenos a su presencia, completamente entregados el uno al otro.
Lo que más le encendía la ira era el descaro evidente de Boomer. El rubio parecía disfrutarlo incluso más que Maya, cuya figura temblaba bajo el peso del placer. Ky observó con una furia y fascinación incontenibles mientras Boomer se movía con un ritmo calculado, casi arrogante. Era imposible no deducir que aquello había sido idea suya, un plan ejecutado con la seguridad de quien sabe exactamente cómo lograr lo que quiere.
Maya, por su parte, arqueó la espalda contra la pared, y su cuerpo entero pareció sucumbir a una avalancha de sensaciones que la recorrieron sin piedad. Un temblor la atravesó, desde la punta de los pies hasta el último mechón de cabello azul. Cuando el gemido escapó de sus labios, ahogado tras su mano, Ky sintió que el sonido perforaba el aire, alcanzándolo como un dardo que se clavaba en lo más profundo de su ser.
En ese instante, Maya abrió los ojos. Sus párpados se separaron con lentitud, con sus espesas pestañas mariposeando, revelando la intensidad de sus pupilas doradas, que ahora reflejaban el éxtasis que dominaba cada rincón de su cuerpo. Esa mirada lo dejó sin aliento. No era solo deseo lo que había en esos ojos, era abandono total, una entrega que no tenía lugar para dudas ni remordimientos.
Ky sintió que la opresión en su pecho se hacía insoportable. Esa mirada no era para él. Nunca lo había sido. Y mientras el calor de su rabia se mezclaba con un deseo que no podía sofocar, la distancia entre él y ellos se convirtió en un abismo que lo consumía desde dentro.
Desde su escondite, Ky no dejó de observar a Maya, cuyos ojos dorados brillaban con el eco de la satisfacción. La visión de su cuerpo semi desnudo, la piel oscura brillando con la humedad del sudor que aún perlaba su figura, lo dejó sin aliento. El contraste de las franjas azules que cruzaban su rostro, apenas visibles en la luz plateada de la luna, lo perturbaba profundamente. Cada uno de esos detalles parecía grabarse en su mente, como una película que no podía apagar.
Esta era sin duda una faceta nueva de ella, una que nunca mostraba. Podía ser tranquila y centrada todo el tiempo, para explotar en sensualidad en esta intimidad. Si Ky hubiera sabido qué despilfarro de deseo desplegaría con la oportunidad correcta, se le habría adelantado a Boomer mil veces antes de que él siquiera lo pensara.
Maya jadeaba suavemente mientras Boomer se apartaba para darle espacio, su respiración irregular y entrecortada. Él se puso de pie, observándola en silencio, su mirada fija en el rostro de la chica. La luz lunar dibujaba sombras en su piel, resaltando la intensidad de su mirada. Ky apretó los puños y los dientes inconscientemente, al ver cómo la conexión entre ellos se hacía más palpable, más real.
Los dos compartieron una sonrisa, un gesto que parecía privado, una complicidad que Ky jamás habría imaginado. Mientras Maya se ajustaba la ropa para volver a cubrirse, Boomer suspiró y le habló con esa tranquilidad arrogante que tampoco era una característica habitual suya.
—Tenemos que hacerlo más seguido. —Ky creyó adivinar que se había pasado la lengua por los labios.
—Considerando lo mucho que te cuesta despertar —murmuró ella, aún sin aliento, respondió con un murmullo suave pero lleno de travesura— cualquiera pensaría que no lo disfrutas tanto como yo.
Boomer se acercó nuevamente a ella, poniéndose de pie a su altura, esta vez con la intención clara de no dejar lugar a dudas. Le atrapó los labios en un beso rápido, urgente. Y luego, sus palabras llegaron como una promesa velada:
—Puedo asegurarte que aun así, deseo más de ti... Deseo hasta lo último de ti...
Ky se estremeció al escuchar esas palabras, un dolor inexplicable recorriéndole el pecho. Pero lo que siguió fue aún más difícil de procesar. Maya, sin dudar, respondió en un susurro cargado de deseo.
—Entonces ven, consúmeme, pero déjame hacer lo mismo por ti a cambio —Ella lo tomó de las manos, uniendo sus dedos, tirando de él en dirección a su habitación.
Ky jadeaba en silencio desde su escondite, el calor de la situación envolviéndolo por completo. La presión de su erección dentro de los pantalones pijama se hacía casi insoportable. Sus pensamientos se mezclaban, la ira y el deseo girando en espiral, mientras observaba a ambos alejarse. Su mente se debatía entre el impulso de huir y el deseo de seguirlos, de entender qué sucedía en la oscuridad, qué continuaría a sus espaldas.
A pesar de la excusa de querer acusarlos con Boaddai, no pudo evitar seguirlos. No podía apartarse de esa escena, ni de la tormenta de sensaciones que lo estaba consumiendo.
Maya y Boomer siempre habían sido cercanos, pero Ky nunca imaginó que cruzarían esa línea. Había estado seguro, convencido incluso, de que sus amigos jamás harían algo así. Pero ahora, viendo cómo se movían juntos, cómo sus cuerpos parecían sincronizarse en un lenguaje que él no comprendía, todo parecía tener sentido. Las risas cómplices, las miradas furtivas, incluso las noches en las que los ronquidos de Boomer cesaban de repente… era claro que esto llevaba días ocurriendo. Tal vez semanas.
Cuando llegó a la puerta, se dio cuenta de que en su precipitación, se les había olvidado cerrarla. Por lo que Ky pudo esconderse en el marco y echar un vistazo por la abertura mientras veía. Aunque cada fibra de su ser le gritara que debía marcharse. Sin embargo, no lo hizo. Algo más fuerte que él lo mantuvo ahí, inmóvil, escondido en el marco.
Dentro de la habitación, estaban juntos en la cama de sábanas moradas de Maya, enredados en el centro de un caos de mantas arrugadas. Las risas de ambos se mezclaban con jadeos entrecortados y el crujir rítmico del colchón que protestaba ante cada movimiento. Boomer estaba sobre Maya, su figura cubriendo casi por completo el cuerpo más pequeño de ella. Sostenía con una mano sus piernas desde el interior de las rodillas, apartándolas hacia su lado izquierdo, apoyándolas contra su muslo mientras la penetraba con un ritmo pausado pero firme. Su mano libre parecía estar acariciando sus pechos, según adivinó Ky. Maya, atrapada bajo él, parecía completamente entregada, vulnerable en su postura, pero radiante de deleite.
Boomer no era el chico más elegante ni el más coordinado, asi que para moverse de esa forma, Ky deducía que no era la primera vez que hacían esto. No podía apartar la vista. No debía mirar, pero el espectáculo frente a él lo tenía atrapado como un insecto en una red. Cada movimiento, cada beso, cada roce entre ellos lo destrozaba un poco más.
La forma en que Boomer la sostenía, como si estuviera protegiéndola incluso en su vulnerabilidad, y los suspiros de Maya que resonaban suaves pero cargados de emociones profundas, lo atravesaron como una lanza. Esto no era solo deseo. Ky podía verlo ahora con una claridad que le dolía: era amor. Puro, íntimo, eterno.
Él besándole el cuello y ella le acariciaba la espalda desnuda y los brazos, delineando sus músculos. Entre jadeos, se susurraban palabras que Ky no alcanzaba a entender, pero cuyo tono decía todo. Eran promesas, confesiones, tal vez sueños compartidos. Y en medio de ese momento que parecía eterno, donde Maya prácticamente desaparecía bajo el cuerpo de Boomer, Ky sintió que algo dentro de él se quebraba por completo.
No era solo celos lo que lo consumía. Era la realización de que jamás sería él quien ocupara ese lugar. No sería él quien sostuviera a Maya así, quien compartiera con ella esa intimidad. Y mientras los observaba, sintió que una parte de su corazón se desmoronaba, aplastada por la visión de algo tan hermoso y tan imposible para él.
Incapaz de seguir observando, Ky se obligó a alejarse.
Salió del pasillo, luego de la nave, y finalmente dejó atrás el monasterio. El frío nocturno lo recibió como una bofetada, arrancándole los últimos rastros del calor que antes lo había sofocado. Bajo las ramas desnudas del bosque, la nieve recién caída crujía bajo sus pies, y Ky se sintió tan expuesto como el invierno que lo rodeaba.
Un punzante dolor de cabeza comenzó a reemplazar el ardor palpitante en su entrepierna mientras buscaba asiento en una roca, en medio del bosque. Se dejó caer pesadamente, el peso de su cuerpo reflejando el peso de sus pensamientos.
No, no los acusaría. Ellos realmente no estaban haciendo nada malo, solo se estaban amando. Hasta el maestro Boaddai se lo haría saber si él iba de inmaduro a decírselo. Estas cosas pasaban entre jóvenes y no eran los primeros ni los últimos en profanar un espacio aparentemente familiar o fraternal para jugar con fuego. Lo que a él le molestaba era no haber sido el primero en la vida de Maya. ÉL de verdad pensó que lo suyo con ella estaba destinado a suceder tarde o temprano sin que él se esforzase. Era claro que no. Que también se luchaba fuera de las batallas y retos kairu.
Por primera vez, comprendió que tal vez no había perdido un juego, sino que nunca había estado en uno.
El juego había sido de ellos, no suyo. Esa verdad, tan fría como el aire que lo rodeaba, le cayó con brutal claridad. Maya y Boomer jugaban en un tablero distinto, uno al que él nunca había pertenecido, aunque durante tanto tiempo había creído lo contrario. Bajo las estrellas frías, Ky aceptó lo que hasta entonces se había negado a admitir: siempre había sido un observador, nunca un jugador.