Vacaciones
Si le preguntasen cuándo había tomado vacaciones por Navidad por última vez, Jim, no habría sabido que contestar. A Jim no le importaba trabajar durante esos días. No tenía una familia que aguardase su regreso y lo cierto era que quedarse a cargo de los alumnos que permanecían en el internado durante el periodo vacacional le hacía sentirse menos solo. Sin embargo, en la última reunión de profesores, cuando el director Delmas iba a anunciarle como el profesor de guardia, Chardin, alzó la mano y dijo que se ocuparía él. En el momento Jim no dijo nada, supuso que quería liberarle de la carga durante aquel año, así que le asaltó en los pasillos llevándose la sorpresa de que Chardin lo iba a hacer por los ingresos extras. Jim maldijo su suerte sabiendo que tendría que dejar su habitación en Kadic para aventurarse a tirarse en el sofá de algún amigo dispuesto a acogerle durante las fiestas navideñas. Jim preparó su escaso equipaje y lo apretujó en una bolsa de deporte que no usaba desde que estuvo en el ejército. Al salir los alumnos le miraron con ceños fruncidos. Un pequeño caos estalló a su alrededor lleno de lamentos y protestas. Pese a las bromitas, Jim, sabía que los alumnos le apreciaban y respetaban; también que agradecían tenerle por allí durante las vacaciones para hablar o montar alguna actividad tonta con la que pasar el rato. Jim se encogió de hombros sin dar abasto a responder a nadie. —Jim también tiene derecho a tomarse unas vacaciones, niños —declaró la voz de la mujer con la que llevaba años soñando. Suzanne Hertz, con las manos en las caderas y una mueca estricta se detuvo a su lado—. Estáis siendo muy injustos. Envueltos en quejas los alumnos se retiraron no sin antes lanzarles algunas miradas lastimeras con las que trataban de convencer al profesor para que se quedase con ellos. Jim soltó un largo suspiro. —Gracias, Suzanne, aunque lo cierto es que preferiría quedarme aquí. —No digas eso, tu familia debe de echarte de menos. Aprovecha estos días para estar con ellos —respondió, la mueca severa se transformó en una amable—. Siempre estás de guardia, mereces un descanso. —No tengo familia a la que visitar —soltó y se arrepintió al momento, pero ya era tarde. La mirada de Suzanne le analizó con curiosidad porque nunca hablaba de su vida privada—. Olvida lo que he dicho. Yo... —¿Y qué vas a hacer estos días? ¿Has hecho planes? Jim sacudió la cabeza. Agradecía que no hurgase en lo que acababa de decir. —No lo sé, supongo que visitaré a algún amigo y pasaré las fiestas con su familia. Algo que era la mar de incómodo y que por eso sólo había hecho una vez en la vida. —Jim, voy a volver unos días a casa, a Trier, había reservado en un hotel para una amiga y para mí, pero se ha echado atrás en el último momento. Iba a cancelar su reserva, pero si no tienes planes ¿te gustaría venir conmigo? —¿Y tu familia? —Iba a ser una escapada de amigas —contestó encogiéndose de hombros—. No habrá ninguna cena o comida familiar. »Odio viajar sola, sólo tienes que darme conversación mientras conduzco y pagar la mitad del combustible, ¿qué me dices? La mirada suplicante de Suzanne no le dejó más opciones que aceptar. A Jim le sorprendió que Suzanne condujese una Transporter roja, siempre la había imaginado al volante de un vehículo elegante de pintura negra, tal vez un BMW. —Es cómoda para viajes largos —murmuró al ver a Jim sorprendido—. Es espaciosa y está preparada para hacer noche si es necesario. —No, si me parece genial —se apresuró a intervenir—. Sólo me ha sorprendido. Suzanne se limitó a esbozar una sonrisa antes de montarse en el vehículo, Jim la imitó y se abrochó el cinturón de seguridad mientras ella ponía la radio. Las notas de la adaptación de un villancico llenaron la cabina de la Transporter. —Como si no tuviera suficiente con los que ponen por megafonía en las tiendas —farfulló apagando la radio bruscamente. Jim rió—. Tendremos que prescindir de la música. —Está bien, no me molesta. Suzanne arrancó y Kadic quedó atrás rápidamente. Jim quería preguntarle muchas cosas, pero sabía que corría el riesgo de recibir alguna a la que no estaba dispuesto a responder. Sacó el primer tema de conversación que se le ocurrió y por la mueca supo que no había sido su mejor idea. Ir de vacaciones y preguntarle por las actividades que tenía pensadas para los alumnos al volver había sido estúpido. —Dime, Jim —pronunció poniendo el intermitente para incorporarse a la A4—, ¿de dónde eres? —Pues... —Morales es un apellido español, ¿cierto? —Sí, cántabro, pero soy escocés. —Entonces ¿eres hijo de inmigrantes? Jim se encogió de hombros. —No es algo de lo que me apetezca hablar. Le lanzó una mirada fugaz y volvió a clavar la vista en la carretera. —No te gusta mucho hablar de ti mismo, ¿verdad? —Lo cierto es que no. —¿Es que ocultas algo? ¿Eres un psicópata buscado por la INTERPOL? Soltó una carcajada ruidosa que curvó hacia arriba las comisuras de los labios de Suzanne. Jim siempre se tensaba y su expresión cambiaba radicalmente cuando alguien preguntaba por su pasado, hacerle reír era como una pequeña victoria. —No, nada de eso —contestó relajado—. He hecho muchas cosas diferentes antes de llegar a Kadic, la mayoría estúpidas, pero no me arrepiento de ninguna de ellas. Simplemente, no creo que sea tan interesante y emocionante como todos esperáis que sea. —Bueno, eso no importa mucho. Eres difícil de conocer, Jim, si no fuera por esa bocaza que tienes lo único que sabríamos de ti es tu nombre. Era cierto que a menudo se le escapaba un «eso me recuerda a cuando…» para esquivar el tema rematando con un «prefiero no hablar del tema». La mayoría creían que eran estupideces que inventaba, sólo Suzanne parecía tomarle en serio y eso le preocupaba. —¿Tan poco confías en mí, Jim? —No es eso —susurró. Su voz pasó de tono relajado a uno más serio que la hizo mirarle de reojo—. Quiero que mi pasado se quede en el pasado. Todo lo que hice. Todo lo que fui. Ya no soy esa persona. Quiero que se me valore y aprecie por quien soy ahora. —Eso es algo que ya tienes. —Le lanzó otra breve mirada de reojo y apretó el volante con fuerza—. Los alumnos te adoran. Si se hiciera un concurso de popularidad lo ganarías por goleada. Suzanne se mordió el labio inferior, Jim, que la observaba con curiosidad se preguntó qué era lo que trataba de no decir. —Y yo también te aprecio, Jim, eres el único en ese instituto de locos que no me provoca ganas de chillar. —Vas a hacer que me sonroje —bromeó. Comprendía lo que quería decir. Suzanne tenía un carácter serio, pero no inflexible. Le encantaba alimentar la creatividad de sus alumnos creando actividades al aire libre y haciendo experimentos. El resto, aunque tenían caracteres más accesibles se parapetaban en las normas para limitar sus actividades a entrar en el aula, vomitar lecciones y esperar a que los críos lo aprendiesen y entendiesen por sus medios. Él, sin duda, prefería mil veces el modo de proceder de Suzanne y los niños también. La conversación se movió hacia lo que les había llevado hasta Kadic, encontrándose con motivos muy diferentes. Suzanne lo hizo inspirada por uno de los profesores que daban clase allí y que desapareció de repente. Jim iba a dar una charla sobre artes marciales y a hacer una demostración y acabaron contratándole por accidente. Ambos rieron a carcajadas. Hicieron una parada en un área de servicio a medio camino y comieron algo ligero antes de ponerse en marcha de nuevo. Viajar con Suzanne era agradable. No forzaba las conversaciones ni insistía cuando se hacía evidente que él no quería hablar de un tema. Su afecto por ella creció a marchas forzadas y supo que nunca encontraría a nadie a quien pudiera querer como la quería a ella. Era afortunado por tenerla a su lado, aunque fuera sólo como a una amiga. Llegaron a Trier a primera hora de la tarde. Jim nunca había estado allí y le sorprendió la arquitectura del lugar tan clásica y pintoresca. Todo parecía sacado de un libro de cuentos. Se pegó al cristal de la ventanilla fascinado como un crío mientras que Suzanne ahogaba una risita sin burla. La Transporter se detuvo en el parking privado de un hotel. Bajaron del vehículo, cada uno con su equipaje en la mano, y cruzaron la puerta del edificio. La recepcionista con su estudiada sonrisa pública les ofreció las llaves de las suites contiguas que Suzanne había reservado. Tomaron el ascensor, aunque habría bastado con subir un único tramo de escaleras para llegar a su planta. Acordaron encontrarse en la recepción para cenar. Suzanne se preparó un baño de agua bien caliente con sales de baño. Las cuatro horas y media de viaje le habían dejado los músculos agarrotados. Con el agua hasta la barbilla y los ojos cerrados pensó en Jim, en ese hombre que había despertado su curiosidad desde el primer día. Era alguien extraño y diferente. De carácter afable y bromista bajo el que se intuía algo más serio y profundo. No estaba segura de si era una fachada o no. Si aquella forma de ser era el resultado de años tapando el dolor o siempre había sido así. Al principio no le importaba más allá de su curiosidad científica, pero con el tiempo había ido surgiendo algo más tras ese deseo de saber la verdad. Sabía que no podía preguntarle directamente, Jim, siempre se cerraba y desviaba el tema. Pero ella quería saber. Necesitaba saber. Le había invitado a acompañarla con la esperanza de dar con un hueco en sus defensas. Sin embargo, él había sido claro al decir que no quería hablar del pasado. Suspiró. Quería conocer al Jim Morales de verdad. Cuando Suzanne bajó a la recepción se lo encontró al pie de las escaleras apoyado en la barandilla. No llevaba puesto un chándal, atuendo habitual en él, si no unos vaqueros y una camisa informal, aunque no había renunciado a sus deportivas. —Qué elegante —le alabó divertida ganándose una de aquellas sonrisas de medio lado que adoraba—. Te voy a llevar a mi restaurante preferido. —Será todo un honor, Suzanne. Le guio por las calles abarrotadas hasta orillas del río Mosela y allí, en un recoveco, dieron con un edificio antiguo y bien iluminado en cuya fachada colgaba un cartel que rezaba «restaurante». De haber estado viajando solo Jim jamás se habría planteado entrar allí, no tenía el mejor aspecto del mundo, pero confiaba en el gusto de Suzanne, así que la siguió adentro. Les acomodaron en una mesa junto a uno de los ventanales que daban al río. Hicieron su pedido y devoraron cada plato con hambre. A Jim le sorprendió lo delicioso que estaba todo, incluso el vino sabía increíble. La Suzanne que descubrió le fascinó, mucho más abierta y divertida, bromeaba con naturalidad y no le costaba hablar de sí misma, Jim, acabó relajándose, entreabriendo la puerta y explicando pequeñas anécdotas de su pasado, nada que le hiciera sentir expuesto, pero lo suficiente como para satisfacer parte de la curiosidad de su compañera. Los días pasaron rápido. Siempre se habían llevado bien, incluso existía un rumor en Kadic que decía que estaban juntos, pero aquellas vacaciones en la ciudad natal de Suzanne fueron extraordinarias. Jim se encontró a sí mismo visitando lugares que jamás imaginó, comiendo cosas que no habría probado en otras circunstancias, disfrutando de las catas de vino y, finalmente, hablando de sí mismo con comodidad. La amistad entre ellos se fortaleció, tal vez nunca pasaría a ser algo más, sin embargo, lo agradecía. Aquella mujer le hacía sentir valioso, le hacía sentir importante y, sobre todo, le hacía sentir apreciado.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Hace siglos que no escribo sobre Code: Lyoko, pero aquí estoy de nuevo. Sé que no es uno de los ships con más lectores, pero les adoro y me apetecía mucho escribir sobre ellos. Escrito para la actividad de diciembre “12 travesuras navideñas” del Templo de los Fickers. Espero que os guste.