Somos Nuestra Familia
24 de diciembre de 2025, 14:27
La Navidad es, junto a otras tantas festividades como Halloween o la llegada del Año Nuevo, una de las celebraciones más populares a nivel mundial.
Y es que, a pesar de que esta tradición, como muchas otras, adquiere nombres, significados y formas de celebración muy diversas según el país (o incluso región), siempre cuenta con un factor clave que es, en buena parte, lo que le confiere tanta popularidad.
Se trata de unión.
La Navidad parece tener un componente mágico, unos polvos invisibles que flotan por el aire y que, al aspirarlos, hacen surgir en el corazón la necesidad imperiosa de reunirse con aquellos a los que se quiere.
Tiene esa magia que hizo que, en una de las guerras más despiadadas que la humanidad ha tenido la desgracia de presenciar y que la historia ha bautizado con el triste nombre de la Primera Guerra Mundial, dos de los enemigos que batallaban en ella se juntaran para celebrarla.
Porque la Navidad era algo que ni las diferencias que les separaban podían arrebatarles. Y fue tan grande el gesto de amistad que surgió en aquellas trincheras enemigas, que los altos mandos llegaron a temerla hasta el punto de prohibirles celebrarla.
Gi-hun no sabía, o siquiera podía imaginar, como aquellos soldados se habían sentido al ver como la guerra que les había separado de sus familias y, con ello, de la posibilidad de celebrar la Navidad con estas, ahora también les arrebataba la posibilidad de ser felices, siquiera por unos instantes, en unas fechas como aquellas.
Pero, aún así, podía creer que era una sensación parecida a la que él sentía ahora.
Eran apenas las seis de la tarde, pero el sol ya había comenzado a caer, dejando la puerta abierta para que la noche cubriera la ciudad de Seúl.
Gi-hun caminaba por las calles de Sanggye-dong, el barrio situado en el distrito de Nowon al que se había mudado hacía algunos años. Llevaba colgando en su mano derecha una gran bolsa de plástico a través de la cual podían distinguirse dos grandes botellas, alargadas y estrechas.
El frío ya había echado de las calles a buena parte de las personas y, conforme se adentraba en las distintas callejuelas que llevaban a su hogar, los únicos ruidos que podían escucharse eran el de sus propios pasos pisando el asfalto y el tintineo de las botellas golpeándose suavemente entre sí.
Habían pasado ya más de cinco años desde que su mujer, harta de la pobreza (derivada de su pérdida de empleo en la fábrica de motores) que suponía el matrimonio con él, le hubiera pedido el divorcio.
Poco después, ella se había casado de nuevo, con un hombre de mejor posición social. Gi-hun, por supuesto, había aceptado por completo aquella situación pues sabía que no había sido el mejor esposo y que no tenía derecho alguno a interceder en la vida de aquella mujer a la que había querido tanto.
Además, sabía que la vida con aquel hombre suponía una mejor situación para el que era y siempre sería su mayor regalo: su pequeña hija, Ga-yeong.
Aún recordaba la última vez que la había visto. Era su cumpleaños, y él, abarrotado de deudas, no había sido capaz de darle un regalo decente. Tan solo tteokbokki y una caja misteriosa sacada de una máquina de gancho (y que resultó guardar una pistola-mechero).
Después de eso, había renunciado a pasar la Navidad y el Año Nuevo con ella, a sabiendas de que no podría darle una cena abundante y mucho menos unos regalos apropiados.
Un año después, había permitido que su ex mujer se la llevara a Estados Unidos.
Le partía el corazón separarse de ella, pero no podía permitir que la única luz que alumbraba su vida se apagara ante la oscuridad y la podredumbre en la que se había convertido su padre.
No tuvo el valor de ir a despedirla al aeropuerto. El temor de que su presencia pudiera disuadir a su hija de marcharse hacia un futuro mejor era mucho mayor que el miedo a que ésta, con justa razón, le odiara de por vida.
Prefería su odio, porque eso significaría que su nefasto recuerdo impulsaría a su pequeña Ga-yeong a no convertirse en nada de lo que él era.
Nunca dejaría de ser su padre y jamás renunciaría a ese título, porque Ga-yeong era de las pocas cosas buenas que había logrado crear, pero no iba a permitir que repitiera su miseria.
Si bien no la había podido cuidar como debía, sabía que la había criado para ser buena, honesta y alegre, y eso era lo único que quería que conservara de él para que convirtiera su vida en una felicidad perpetua.
Ese sería el regalo más valioso que podría entregarle.
Por fin, Gi-hun se paró frente a uno de los edificios. Era un lugar modesto, de apenas tres plantas, pero con el espacio suficiente para vivir.
Un año después de la partida de Ga-yeong a Estados Unidos, había conseguido abrir una pequeña empresa de reparación y mantenimiento de bicicletas eléctricas gracias a la experiencia que le había brindado su anterior trabajo en una fábrica de motores.
En busca de acelerar los beneficios del negocio, se había trasladado al distrito de Nowon, donde las bicicletas eléctricas representaban uno de los transportes más frecuentes en la zona al tratarse de un complejo principalmente residencial.
Así pues, se había instalado en el barrio de Sanggye-dong, donde los pisos eran también mucho más económicos. Además, no había apenas hipódromos, lo que le había permitido desprenderse poco a poco de su adicción a las carreras de caballos y esto, a su vez, le había permitido ahorrar el suficiente dinero como para establecer un pequeño trato con sus antiguos acreedores e ir pagando la deuda que había establecido con ellos.
Posiblemente, seguiría pagando por el resto de su vida aquellas deudas pero, al menos, su compromiso de pago y la prueba de que poseía ingresos estables le permitía dejar de recibir palizas.
Además, había alguien que le ayudaba a que los pagos fueran más altos y, por ende, el trato había supuesto un mayor atractivo para sus acreedores.
Se acercó a la puerta del portal, introdujo la llave en la puerta metálica y la abrió. Ésta chirrió con fuerza al arrastrarse por el suelo, rayándolo y haciendo aún más profundo el surco curvado que tantos años de uso y arañazos habían dibujado en él.
El aire se volvió un poco más cálido ahora que el espacio se encontraba cubierto, pero eso no evitó que un escalofrío atravesara el cuerpo de Gi-hun, sacudiéndolo de los pies a la cabeza.
Rápidamente, se lanzó a correr por las escaleras. El edificio no contaba con ascensor, pero al ser de tan poca altura no resultaba un mayor fastidio subir los tres pisos que lo componían.
Además, en las primeras dos plantas vivían personas mayores y Gi-hun, a pesar de contar ya con más de cincuenta años, se encontraba feliz de fueran ellos quiénes ocuparan los puestos más bajos del edificio.
La sola idea de que alguno de los ancianos que vivían en las plantas bajas tuviera que subir las escaleras cada vez que quisieran entrar del edificio, habría sido suficiente para que intercambiara las llaves con ellos.
Para él, siempre necesitado de convertir hasta las situaciones más desastrosas en algo con puntos positivos, subir los tres pisos de escalera significaba, en primer lugar, arrebatar esa carga a personas cuyas rodillas no podrían soportarlo y, en segundo lugar, una oportunidad perfecta para ejercitarse cada día.
De hecho, el abdomen bien formado y las piernas fuertes que los años de constantes subidas habían moldeado en su musculatura bien podían servir de prueba para el segundo aspecto.
Mientras subía las escaleras a grandes zancadas, las botellas aumentaron su tintineo, como si protestaran ante la creciente agitación.
Pero a Gi-hun poco le importó. A pesar de correr con el riesgo de que alguna de las botellas estallara bajo los golpes que la otra le propinaba, continuó con su carrera.
Tenía ganas de volver a su hogar.
Por fin, llegó al tercer piso. Ante él, se abría un amplio espacio en el que se situaban cuatro puertas, todas ellas construidas a partir de gruesas planchas de metal.
Se dirigió hacia la izquierda y se detuvo frente a la primera puerta, señalada con el número 301. Luego, metió su mano libre en el bolsillo delantero del pantalón y rebuscó por unos instantes hasta dar con lo que buscaba.
El pequeño manojo de llaves salió de su bolsillo tintineando con fuerza, como cientos de campanillas flotando por el aire.
Rápidamente, buscó la llave de la puerta y, al encontrarla, la introdujo en la cerradura y la giró. De pronto, escuchó un pequeño chasquido y la puerta se deslizó un poco hacia el interior.
Gi-hun acompañó el movimiento de la puerta, empujando con la mano que aún sostenía la llave en la cerradura, hasta que por fin se hizo el suficiente hueco para ver el interior y cruzar el umbral.
—¡He vuelto! —gritó hacia el interior al tiempo que sacaba la llave y entraba.
Luego, empujó la puerta para cerrarla e introdujo de nuevo la llave en la cerradura para cerrar por dentro.
—Llegas justo a tiempo —escuchó decir a una voz a sus espaldas.
Gi-hun esbozó una ligera sonrisa, pero no se giró. En cambio, siguió girando la llave para que la casa quedara cerrada. Mientras lo hacía, sus orejas lograron captar unos pasos que se acercaban y, pocos segundos después, unos fuertes brazos se enredaron sobre su cintura.
—Te he echado de menos —le susurró suavemente la voz al oído.
La sonrisa en los labios de Gi-hun se hizo aún más profunda y un pequeño bufido de satisfacción escapó abruptamente de su garganta.
Hwang In-ho.
Ese era el nombre del hombre al que pertenecían aquellos brazos que le sostenían como si fueran capaces de protegerle de cualquier cosa y de aquellas manos que se entrelazaban sobre su vientre en un gesto cargado de ternura. Aquel era el hombre con el que hacía años que compartía su vida y al que había entregado desde su corazón hasta su alma entera.
Y, a su vez, era el hombre que le había entregado a él su corazón y su alma por completo.
Se habían conocido poco después de que Gi-hun hubiera iniciado su pequeño negocio de reparación y mantenimiento de bicicletas eléctricas. In-ho había trabajado durante muchos años como policía pero se había visto obligado a retirarse del cuerpo cuando sus superiores habían calificado de “soborno” el dinero que un viejo amigo le había entregado para pagar las facturas médicas de su mujer, quien además estaba embarazada en ese entonces.
Con la pérdida de su trabajo, que era el único sustento para su familia, In-ho había tenido que sufrir la pérdida de su mujer y de su hijo nonato. A partir de entonces, se había alejado de todo lo que le quedaba de su familia: su madrastra, que aún vivía, y su hermanastro.
Gi-hun no había indagado mucho en la historia que In-ho mantenía con esa sección de su familia porque, en cada vago intento que había hecho, la conversación parecía tornarse triste y demasiado dolorosa como para resultar soportable.
Así pues, había tomado la decisión de permitir a In-ho enfrentarse a sus demonios según prefiriera, aunque siempre le había dejado en claro que estaba dispuesto a escuchar la historia si alguna vez quería contarla o, en caso contrario, a tratar de aliviar con su presencia el dolor que las heridas del pasado pudieran provocarle.
Tras salir de la policía, In-ho se había dedicado a dar clases de defensa personal, aprovechando su propia experiencia ganada en los entrenamientos policiales, y había logrado acumular el suficiente dinero para mudarse a Nowon. No era el mejor distrito ni mucho menos, pero le parecía un lugar tranquilo, alejado del bullicio y de todo lo que el centro de Seúl representaba para su memoria.
Y aquel cambio había resultado en una de las mejores decisiones que había podido tomar porque, precisamente allí, la suerte había querido sonreírle al permitirle conocer a su querido Gi-hun.
Éste se revolvió en sus brazos, girándose para que sus caras quedaran frente a frente.
—Me he ido por diez minutos —replicó Gi-hun con una sonrisa.
Esa sonrisa que había sido capaz de fundir la capa de hielo que el corazón de In-ho, en un desesperado intento por no sentir dolor, se había construido con el paso de los años.
—Pero a mi se me ha hecho eterno —suspiró In-ho apretando más sus brazos sobre el cuerpo de su pareja para acercarle más hacia él.
Acompañando aquel movimiento, que casi podía parecer desesperado, inclinó su cabeza hacia adelante hasta que sus labios se rozara con los de Gi-hun. Pero, antes de que pudiera decidirse a unirlos por completo, fue su pareja quien se lanzó para destruir la corta distancia que les estaba separando.
El beso fue suave, pero muy profundo, cargado con esa necesidad de reencuentro que atormenta a los corazones que no soportan estar lejos de quien marca el compás de sus latidos.
Cuando se separaron, las sonrisas inundaban los labios de ambos, llenándolos con una satisfacción plena y sus ojos brillaban mientras recorrían tramo a tramo la mirada del otro.
—La cena está lista —susurró In-ho.
Los ojos de Gi-hun se iluminaron aún más.
Desde su infancia le habían mostrado la Navidad como algo más propio de celebrar en las parejas por lo que nunca había sido motivo de interés en su casa como forma de reencuentro familiar. Simplemente, era un día más que, en el futuro, podía servirle de excusa para la celebración del amor con su pareja.
Sin embargo, mientras crecía, había sido mucho más consciente de la realidad que le rodeaba y había descubierto que algunos de los vecinos que vivían en su barrio llegaban a recibir en aquellas fechas a un gran número de personas que, por lo que pudo averiguar poco después, resultaban ser familiares. Al preguntar a su madre, ésta le había quitado importancia al asunto, alegando que una celebración como aquella correspondía a la rendición de las antiguas tradiciones bajo las modas y las corrientes extranjeras.
Ahora, ya en su edad adulta, Gi-hun había comprendido que, si bien aquel motivo dado por su madre para rechazar la Navidad era cierto, no resaltaba la realidad completa de la situación.
Lo que su madre, silenciosamente, agregaba a su explicación, era la falta de dinero que les rodeaba. Esa pobreza que le impedía, por más que quisiera, entregar a su pequeño hijo algún regalo con el que jugar y disfrutar de su niñez.
Esa pobreza que también le había alcanzado a él y que le había arrebatado a Ga-yeong.
Por eso, ahora que el dinero no suponía un problema grave para él, ya que contaban con el sueldo de In-ho además del suyo, podía permitirse celebrar la Navidad como desde niño había querido.
Ahora recibía regalos y los entregaba, además de comer en abundancia los grandes banquetes que In-ho, con esa habilidad culinaria cuyo origen le resultaba desconocido, preparaba como motivo de la celebración.
—Me muero de hambre —dijo al fin Gi-hun, mostrando una enorme sonrisa.
Aquello hizo que In-ho sonriera aún más. Luego, soltó de su abrazo a su pareja, permitiendo a sus cuerpos separarse al menos unos centímetros.
—Deja que te ayude con esto —dijo In-ho, inclinándose.
Antes de que Gi-hun pudiera tratar de detenerlo, él ya le había arrebatado la bolsa que contenía las botellas.
—¡Oye! —protestó juguetonamente Gi-hun, lanzando sus brazos hacia adelante para tratar de recuperar la bolsa.
Pero In-ho, haciendo gala de unos excelente reflejos, consiguió esquivarle en cada ocasión y, de un momento a otro, consiguió inclinarse una vez más sobre la cara de Gi-hun y arrebatarle otro beso de los labios.
Aquel gesto dejó confundido a Gi-hun, quien había sido incapaz de seguir la trayectoria de su pareja hasta aquel cariñoso resultado.
—Vamos a cenar —dijo In-ho.
Y, aprovechando que el desconcierto había paralizado a Gi-hun, giró sobre sus talones y caminó con paso rápido por el pasillo, llevándose consigo la bolsa con las botellas.
Cuando logró recomponerse un poco, Gi-hun enfocó la mirada, justo para ver a su pareja desapareciendo por el lado izquierdo del pasillo. Pusó los ojos en blanco y soltó un bufido divertido antes de dirigirse hacia el mismo lugar, que daba a la cocina.
Al llegar, pudo ver a In-ho junto al frigorífico, recolocando algunas cajas de leche y paquetes de carne para hacer espacio a las dos botellas de champán que había comprado. In-ho, posiblemente notando su presencia, giró levemente la cabeza para mirarle antes de hablar:
—Espérame en el salón —le pidió—. Solo me falta llevar el kimchi —añadió, señalando con la cabeza un plato que se encontraba sobre la encimera de mármol.
Gi-hun giró la cabeza en la dirección que señalaba In-ho y, al localizar el plato rebosante de kimchi, no dudó ni un instante antes de adentrarse en la cocina y tomarlo.
—Deja que yo te ayude con esto —dijo burlonamente, mirando ahora a In-ho.
—Eres un testarudo —replicó éste, con un marcado tono divertido, al tiempo que ponía los ojos en blanco.
Gi-hun no se dignó a contestar. En cambio, esbozó una sonrisa divertida y salió de la cocina. Luego, se encaminó hacia el salón. Al entrar, sus ojos no podían dar crédito a lo que vieron: la mesa en la que, cada día, In-ho y él comían había sido cubierta por un hermoso mantel blanco que tenía ligeros adornos florales de color verde y rojo.
Sobre la misma, se encontraban dispuestos diferentes platos de cerámica fina que se encontraban llenos de bulgogi (carne de vaca marinada), japchae (fideos de batata salteados con verdura), galbijjim (costillas de ternera estofadas) y una pequeña fuente de tteokguk (sopa de pastel de arroz), junto con un decantador de vino y dos elegantes copas.
In-ho, además, había apagado todas las luces, dejando como única fuente de luz el fuego de múltiples velas que habían sido colocadas por toda la estancia, sumiéndola en una penumbra que resultaba romántica. Como punto final, las cortinas de la gran ventana que se encontraba situada tras la mesa estaban abiertas, permitiendo que las luces de la ciudad brillaran tras los cristales.
—¿Te gusta?
La voz de In-ho le hizo sobresaltarse.
Se había acercado sigilosamente por su espalda y ahora se encontraba a su lado. Gi-hun giró la cabeza para mirarle: tenía una gran sonrisa impresa en los labios, pícara y llena de orgullo.
—Me encanta… —susurró Gi-hun, notando como los ojos se le llenaban de pequeñas lágrimas de felicidad.
La sonrisa de In-ho se hizo más amplia. Alzó su mano izquierda, la colocó sobre una de las mejillas de Gi-hun y comenzó a acariciarla con suavidad.
—Te amo —le susurró a su vez.
Las manos de Gi-hun se lanzaron para recoger la de In-ho, manteniéndola unida a la mejilla, al tiempo que permitía a su cabeza reposar sobre ella.
—Yo también te amo —respondió con un hilo de voz.
Los ojos de In-ho brillaron con ternura ante la radiante imagen de su pareja. Eso es lo que esperaba lograr cada día de su vida. Quería que cada instante junto a Gi-hun se sintiera exactamente como aquello.
Quería cuidarle.
Adorarle.
Y, sobre todo, hacerle sentir amado.
—Aún quedan dos horas para las luces —dijo In-ho—. ¿Quieres que empecemos a cenar?
Gi-hun soltó una pequeña carcajada.
—Me encantaría —respondió.
Luego, separó un poco la cara de la mano de In-ho y le plantó un suave beso en la palma que hizo que el corazón de su pareja se derritiera.
🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️🎄🦑⚖️
—Hace bastante frío —susurró Gi-hun.
In-ho, quien tenía su mentón apoyado sobre la cabeza de su pareja, asintió con delicadeza.
Habían terminado de cenar hacía algunos minutos y, tras servirse un par de copas del champán que Gi-hun había traído, habían abierto la ventana y se habían colocado junto a la misma, a la espera de que se encendiera el alumbrado navideño, que estaba programado para las ocho de la tarde.
In-ho sostenía a Gi-hun entre sus brazos, arropándole en un cálido abrazo que pretendía aislarle del frío que se filtraba por la ventana.
—No deberían tardar mucho —dijo In-ho. Luego, dirigió su mirada hacia el reloj que llevaba en la muñeca, y añadió—. Quedan unos trece minutos.
—No me importa esperar así —murmuró Gi-hun, reacomodándose entre los brazos de In-ho.
Éste, esbozó una pequeña sonrisa y le besó la coronilla de la cabeza. Así pues, ambos se quedaron en su posición junto a la ventana, abrazados y dando pequeños sorbos al champán mientras observaban la ciudad, que aún tan solo se encontraba iluminada por la luz de las farolas.
—¡Ya empieza! —gritó de pronto Gi-hun.
In-ho enfocó la vista hacia el frente justo cuando el punto de luz que había alertado a Gi-hun comenzaba a expandirse por otras partes de la ciudad. Conforme los segundos pasaban, una cascada de luces se iban encendiendo por puntos dispersos hasta que, por fin, todo quedó bañado por el color dorado de las mismas.
—Es increíble… —suspiró Gi-hun.
Aunque In-ho no podía verle la cara desde su posición, pudo adivinar en el tono de sus palabras que la alegría estaba llenando todo su corazón.
—Feliz Navidad, Gi-hun —susurró, justo antes de darle un nuevo beso en la cabeza.
Gi-hun no apartó la vista ni un instante de donde estaba. Sus ojos saltaban de luz en luz, recorriendo el paisaje que aquellas luces artificiales habían construido sobre la oscuridad nocturna. Y, mientras observaba aquel maravilloso espectáculo, podía sentir los fuertes brazos de su pareja rodeándole con ternura.
Por fin, podía decir que sabía como se sentía la Navidad.
Porque, aunque él no tuviera a su hija o a su madre para celebrarla, tenía a In-ho quien, además, tampoco tenía a su hermanastro y madrastra para hacerlo.
Así, aún sin compartir sangre alguna, la Navidad seguía siendo de familia.
La familia que eran para el otro.