ID de la obra: 1564

Un hogar para siempre en una dirección temporal

Slash
PG-13
Finalizada
6
autor
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
21 páginas, 10.225 palabras, 1 capítulo
Etiquetas:
Descripción:
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Capítulo 1

Ajustes de texto
Kenny miraba con cierto recelo al hombre que, en su sala, estaba sentado frente a él, pues no se parecía en nada a la imagen mental que se había formado cuando su hermano Kevin le rogó que permitiera que su estimadísimo amigo, “Butters”, viviera con ellos un par de semanas. Leopold, como el invitado le dijo que se llamaba mientras le extendía la mano y le dedicaba una sonrisa, llevaba puesta una camisa blanca de manga larga y unos pantalones de vestir color azul marino. Era delgado, un poco más alto que Kenny y tenía el cabello rubio claro perfectamente peinado. Kenny había conocido a incontables amigos de Kevin antes y, si debiera describir lo que todos tenían en común en pocas palabras, sería que todos eran perdedores. Era por eso que el hecho de que Leopold se saliera del molde, más que tranquilidad, le generaba desconfianza. Algo muy malo debía pasar con él como para que se esforzara tanto por parecer una persona normal. ​Kevin podía ver la duda en la mirada de su hermano menor, así que carraspeó para llamar la atención tanto de Butters como de Kenny y dijo —Bueno, Butters va a dormir en el sofá cama dentro de mi habitación; él es muy limpio y callado, así que ni siquiera vas a darte cuenta de que está aquí. Se estaba esforzando mucho porque Kenny aceptara la presencia de Butters en el apartamento porque, al final de cuentas, Kenny era quien pagaba el alquiler y la mayoría de las cuentas. Kevin aportaba en todo lo que podía, pero la verdad era que la diferencia de ingresos entre ambos hermanos era notoria y, si Kenny lo decidía, no solo sería Butters quien podía terminar en la calle, sino también el mismo Kevin. —Oh, sí, claro, claro,—dijo Butters para apoyar la declaración de Kevin. —Lo que menos quiero es generarles problemas. Kevin ya ha sido muy amable al invitarme a quedarme con ustedes y tú, Kenny, muy generoso al permitirlo. Así que, en el tiempo en que estaré aquí, si llego a hacer algo que los incomode, por favor no duden en decírmelo; me disculpo de antemano por cualquier inconveniente que les llegue a generar. Kenny alzó una ceja ante la formalidad de Butters y después le contestó con voz cortante —no te preocupes por eso; si llegas a molestarme no voy a dudar en decirlo. —Entiendo —Butters se encogió ligeramente sobre el sillón, notoriamente intimidado por el tono y la postura de Kenny—. No tendrás ni una sola queja de mí. Lo juro. ​Butters terminó de hablar con una sonrisa que, por un breve segundo, Kenny quiso devolver; pero en lugar de eso se levantó del sillón y dio por terminada la conversación con un duro —eso espero, porque aunque no me gustaría tener que sacarte de la casa, no tengo problema en hacerlo. Después de decir eso, emprendió camino a su habitación. Era muy temprano por la mañana y tenía que terminar de prepararse para empezar con su día laboral ajetreado. ​Acababa de abrir la puerta de su cuarto cuando Kevin lo obligó a entrar con un empujón que casi lo tiró al suelo y cerró la puerta tras ellos. ​—¿Qué pasa contigo? Butters estaba siendo muy amable... de haber sabido que serías así incluso después de haberme dicho que aceptabas que se quedara con nosotros, jamás lo hubiera traído. ​Kenny hizo una mueca y respiró lentamente. —Solo quería que tuviera las cosas claras; no quiero que vuelva a pasar lo de la última vez que se te ocurrió la brillante idea de "invitar por unos días" a uno de tus amigos. ​Kevin bufó. —Te dije que Butters es completamente diferente al resto de mis amigos. Si lo conoces, incluso puede que también se hagan amigos. Te lo dije, ¿no? Tiene la misma edad que tú. ​—¿Y quieres que programemos una cita para jugar? No soy un niño, no hago amistad con las personas solo porque tengamos la misma edad. —Lo que sea, solo trátalo bien, sé que esta es “tu” casa y que solo estoy aquí porque me tienes lástima, pero no tienes que ser tan grosero, más cuando ya te dije que solo serán unos días. La nota de resentimiento en las palabras de Kevin era clara, se sentía ofendido porque, a su parecer, Kenny le estaba restregando en la cara que él sólo vivía ahí porque eran hermanos y Kenny se había sentido obligado a recibirlo. —Ugh, Kevin, eso no tiene nada que ver con esto. Esta es tanto tu casa como mía, solo creo que es importante cuidarla. No quiero tener que hacer lo mismo que con Luis. —Dios, solo te dije que fue un error de juicio temporal, ya ni siquiera es mi amigo. Y dijiste que confiarías en mí. —Y nada me asegura que “Leopold” no sea otro error de juicio, confío en tí, pero no en él; y creo que más vale prevenir que lamentar. ​Kevin rodó los ojos. —Como quieras, solo no seas tan agresivo, ¿Okay? Después de que Kevin abandonó su habitación, Kenny se sintió un poco culpable por haberle hablado así a Butters. Él no parecía acostumbrado al enfrentamiento e incluso daba la impresión de que rompería a llorar si Kenny continuaba siendo duro. Sin embargo, Kenny se había propuesto mantener esa actitud sin importar qué pasara; sabía que, si mostraba un ápice de debilidad, podría terminar en la misma situación que la primera vez que Kevin llevó a un amigo a vivir con ellos. ​Luis había llegado a la casa con aspecto desgarbado y una sonrisa nerviosa, agradeciendo humildemente que le permitieran quedarse en el sillón mientras lograba ponerse en pie. En un principio, Kenny fue un anfitrión amable y pasó por alto que Luis vaciara la despensa, pues quería tenderle una mano cuando más lo necesitaba. Pero cuando Luis empezó a dejar ropa y platos sucios por todo el departamento, esperando que los hermanos lo cuidaran como si fueran su madre, Kenny no tuvo más opción que echarlo. Kevin se molestó en un inicio con Kenny por haber sacado a su amigo a patadas, pero después tuvo que aceptar que de haberle dado a Luis otra oportunidad para convertirse en un invitado modelo, no la hubiera tomado. La experiencia fue tan desastrosa que a Kenny le sorprendió sobre manera cuando Kevin le rogó que recibieran a Butters y terminó aceptando solo porque su debilidad siempre habían sido sus hermanos. Al final, no estaba seguro de si Butters era o no una mala persona, pero como no podía confiar en el juicio de Kevin, prefirió mostrarse hostil. Como le dijo a Kevin, era mejor establecer límites ahora que arrepentirse después. Kenny tenía una rutina agotadora que incluía un trabajo de tiempo completo que muchas veces le demandaba horas extra y viajes sin previo aviso. Así que siempre que llegaba a casa tras una larga jornada, le faltaba energía para cocinar algo real; y terminaba comiendo sobras de la noche anterior. Hoy había salido dos horas tarde de un turno que ya de por sí era agotador, todo por un error administrativo en el almacén que él no había cometido, pero que —como de costumbre— había tenido que solucionar y lo único que deseaba era abrir una lata de cerveza barata y dormir hasta que el cuerpo dejara de dolerle. Ni siquiera pensaba en la comida, así que al abrir la puerta de su casa, se detuvo en seco. El departamento, que bajo su cuidado y el de su hermano solía estar "arreglado" solo de forma superficial, lucía irreconocible. El suelo brillaba bajo la luz amarillenta de la sala y no había rastro de la fina capa de polvo que solía decorar los muebles. Pero lo que realmente lo dejó paralizado fue el aroma a comida casera. —¡Oh, Kenny! ¡Llegaste justo a tiempo! —exclamó Kevin desde la mesa, con una sonrisa de oreja a oreja que Kenny no le veía desde hacía meses. Kenny parpadeó, aún con la mano en el pomo de la puerta. En la pequeña cocina, Butters se movía con una agilidad silenciosa, portando un trapo de cocina sobre el hombro. Al ver a Kenny, su rostro se iluminó con una expresión de genuina alegría. —Bienvenido a casa, Kenny —dijo Butters mientras colocaba con cuidado un enorme plato de Chili en el centro de la mesa, acompañado de pan de maíz recién horneado—. Me tomé la libertad de preparar la cena. Espero que te guste, me aseguré de que tuviera el picante justo. Kenny no supo qué decir. Se quedó allí, de pie, sintiéndose extrañamente fuera de lugar en su propia sala. —Ve a lavarte las manos—continuó Butters, señalando con un gesto amable hacia el pasillo. —Tu plato estará listo para cuando regreses. Kenny, aún confundido, miró a Kevin, que ya estaba atacando su porción con un entusiasmo casi infantil, y luego a Butters, quien lo observaba con una mirada mansa y servicial que incluso parecía vacía. —Gracias... —empezó Kenny, pero su voz salió más ronca de lo que esperaba. Carraspeó y asintió levemente con la cabeza—. Ahora vuelvo. Se retiró hacia el baño compartido para lavarse las manos, no queriendo cuestionarse sobre por qué obedecía a Butters, y en cuestión de nada se sentó a la mesa. El aroma del Chili era tan embriagador que por un momento olvidó el cansancio de las dos horas extras en el almacén. —¡Dios, Butters! Esto es increíble —exclamó Kevin, con las mejillas infladas de comida—. No tenía idea de lo mucho que necesitaba comer algo que no viniera en una caja de cartón. Es comida de verdad, hombre. De verdad. Kenny hundió la cuchara en su plato, probando el primer bocado. El sabor era rico, reconfortante y ridículamente superior a cualquier cosa que hubiera pasado por esa cocina en años. —Sabe muy bien —murmuró Kenny casi para sus adentros, manteniendo la vista fija en su plato. Mientras comía sintió un pinchazo de culpa en el pecho. Recordó la voz cortante con la que le había advertido a Butters que no dudaría en echarlo si cometía tan solo un error, y ahora estaba comiendo delicioso gracias su trabajo. Por un momento pensó en disculparse por ayer, pero se obligó a tragarse la culpa junto con el chili. Era apenas el primer día de Butters en esa casa, bajar la guardia ahora sería un error de novato. Los minutos siguientes a la mesa, le permitieron a Kenny ver que mientras Kevin seguía devorando su comida con modales más bien cuestionables —masticando con energía y hablando al mismo tiempo—, Butters no estaba comiendo mucho; en su lugar, apoyaba ligeramente la barbilla en una mano y solo observaba a Kevin. No era una mirada de cortesía, sino de adoración. Butters no se perdía ni uno solo de los movimientos de Kevin, la forma en que se manchaba la comisura del labio o cómo se reía, como si su hermano mayor fuera la criatura más fascinante y preciosa que hubiera pisado la tierra. Kenny conocía esa mirada, la había visto en las pocas novias que Kevin había logrado mantener más de un mes. Era esa mirada de "borrego enamorado" que te hace ignorar que la persona frente a ti está haciendo ruidos desagradables al masticar. Un nudo nuevo, diferente al de la sospecha, se le formó en el estómago. "No, no, por favor no", pensó Kenny, dejando la cuchara a un lado. Hasta ese momento, el hecho de que Butters fuera a dormir en el sofá cama dentro de la habitación de Kevin le había parecido una simple medida de respeto a la vida en el departamento. Pero ahora, viendo la intensidad en los ojos claros de Butters, la implicación le cayó encima como un balde de agua fría. Si ese par tenía "algo", o si estaban en pleno proceso de cortejo, la narrativa de que Butters se quedaría en el departamento "dos semanas" empezaba a sonar a mentira. Kenny sintió una punzada de irritación. Una casa limpia y comida caliente eran lujos agradables, pero lo último que quería era convertirse en el tercero sobrante en su propio departamento. Si Butters planeaba instalarse como el "novio abnegado" de Kevin, esas dos semanas se convertirían en meses, y su hogar dejaría de ser suyo. Dejó los cubiertos a un lado, limpió su boca con una servilleta y fijando sus ojos en el invitado en su casa dijo —Kevin me contó lo de la explosión en las tuberías de drenaje en tu departamento. Suena a que el lugar es ahora una zona de riesgo biológico. Supongo que la administración tuvo que ofrecerles una compensación económica o una vivienda temporal a todos los inquilinos, ¿no? Es lo legal. ¿Por qué decidiste venir a parar aquí en lugar de aceptar eso? Kenny mantuvo la mirada fija, esperando que el titubeo o un sonrojo confirmara su sospecha de que Butters simplemente buscaba una excusa para meterse en la cama de su hermano. Quería saber si Kevin era el cómplice de un plan de mudanza permanente o si simplemente era demasiado idiota para notar que Butters lo miraba con la mismo hambre con el que Kevin devoraba el chili. Butters, lejos de ponerse nervioso, parpadeó con esa calma angelical que empezaba a desquiciar a Kenny. —Oh, sí. De hecho, nos ofrecieron algo de dinero y un lugar donde quedarnos —respondió con suavidad—. Pero los espacios que nos asignaron eran muy reducidos. Yo vivo solo, así que no habría tenido problemas, pero mi vecina de al lado es una anciana que vive con sus dos hijas, sus parejas y cinco niños pequeños, todos menores de tres años. Estaban en un aprieto tremendo por el espacio y me partía el alma verlos así. —Butters sonrió de forma melancólica, como si el sacrificio fuera la cosa más natural del mundo. —Así que les cedí mi lugar. Tenía pensado volver a casa de mis padres, ya que mi trabajo es totalmente remoto y puedo hacerlo desde cualquier sitio, aunque mudarme de ciudad no me iba a dejar estar pendiente de los avances con las reparaciones. Le estaba explicando eso a Kevin y él me salvó al ofrecerme un espacio aquí. Realmente le debo una. —¿Que tú me debes una? ¡Para nada! —intervino Kevin, señalándole con una cuchara—. Es lo mínimo que podía hacer después de todo lo que nos ayudaste en el taller. Kenny alzó una ceja, incrédulo, y miró las manos de Butters. Limpias, cuidadas, sin rastro de callosidades. Era evidente que Butters jamás había estado debajo de un chasis cambiando transmisiones. La ayuda que le prestó a Kevin, de ser verdad, tenía que haber sido algo administrativo. Hizo un sonido bajo de apreciación. Por la urgencia de Kevin por defender a Butters y la forma en que Butters parecía brillar ante el elogio, hizo que llegara a la conclusión clara de que si esos dos no eran pareja, poco les faltaría para serlo. Los sentimientos estaban ahí, flotando en el aire como el vapor del chili. En cuanto tuviera la oportunidad le reclamaría a Kevin, pues cuando decidieron que vivirían juntos, incluso antes de que ocurriera el desastre con Luis, se prometieron que ninguno traería a vivir a la casa a ninguna pareja. Las aventuras de una noche estaban permitidas, pero nada más que eso. Después de la cena, Kenny se dio una ducha rápida, dejando que el agua caliente relajara sus músculos tensos, y se retiró a su habitación. Sin embargo, el silencio absoluto que esperaba no llegó de inmediato. A través de la delgada pared que separaba su cuarto del de Kevin, podía escuchar el cuchicheo incesante de dos personas hablando en voz baja. No lograba distinguir las palabras, pero el tono suave de Butters y la risa ronca de Kevin eran inconfundibles. Por un momento, Kenny se quedó mirando el techo, preguntándose si su hermano realmente creía que Kenny era un tonto o cuál era su objetivo final. Si siquiera tenía un objetivo. A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y tocino lo sacó de la cama. Al salir a la cocina, se encontró con una escena que parecía sacada de un comercial. Butters ya estaba vestido y peinado, moviéndose entre sartenes con una eficiencia envidiable. No solo había preparado el desayuno, sino que sobre la barra ya descansaban dos recipientes perfectamente empacados con la comida para la tarde, tanto para Kevin como para él. Kenny echó un vistazo rápido a los ingredientes sobre la encimera. Había verduras frescas, especias que no conocía y fruta de buena calidad; nada de eso estaba en la casa ayer. Estaba claro que Butters había ido por la despensa en algún momento del día anterior. Mientras desayunaban, la conversación giró en torno al trabajo. —Hoy va a ser un día infernal —dijo Kevin, con la boca llena de huevo—. Tengo que enfrentarme a la transmisión de una Ford F-150 que llegó ayer. El sistema electrónico está bloqueado y el fluido huele a quemado. Deséenme suerte, la voy a necesitar. —Estoy seguro de que lo resolverás de maravilla —dijo Butters con una convicción casi religiosa—. Eres el mecánico más hábil que conozco. Kenny soltó un pequeño resoplido, pero se mantuvo al margen. Cuando terminó su café y se preparó para salir hacia su propio empleo, Butters lo detuvo con una sonrisa amable. —Kenny, antes de que te vayas... ¿Se te antoja algo especial para cenar hoy? Kenny se detuvo con la mano en el pomo de la puerta y suspiró. Miró a Butters, quien parecía genuinamente ansioso por complacerlo. Por un segundo, la coraza de hostilidad de Kenny flaqueó. —Mira, Butters... —empezó Kenny con cierta incomodidad—. Sé que te recibimos aquí y, bueno, perdón por ser tan duro contigo ayer. Pero de verdad, no es necesario que hagas todo esto. No tienes que hacernos el desayuno, la comida y la cena. Con que te encargues de mantener tu área limpia, no hagas demasiado ruido y, no sé, tal vez no hagas cosas que disparen mucho las facturas de luz y gas, es suficiente. No tienes que esforzarte tanto, en serio. Kevin, que estaba terminando de ponerse las botas, intervino de inmediato. —¡Ni lo escuches, Butters! A Kenny le encanta quejarse. Tú sorpréndenos con lo que quieras. Kevin le dio una palmada en el hombro a Butters antes de salir, y Butters lo despidió desde el marco de la puerta con esos "ojos de amor" que ya estaban empezando a cansar a Kenny. Kenny rodó los ojos, se ajustó la mochila y salió detrás de su hermano. —Como quiera —murmuró para sí mismo mientras caminaba hacia la calle. Si Butters quería ser la Cenicienta del departamento que lo fuera. —Es muy temprano para que tengas esa cara de perro enojado —dijo Kevin cuando llegaron al elevador. —¿Estás saliendo con Butters? —le preguntó sin rodeos y Kevin lo miró con una absoluta y completa cara de sorpresa, tan espontánea que Kenny casi le creyó cuando le contestó que claro que no. —¿De dónde sacas esa idea? Butters es como…—Kevin dudó un segundo. —Como tú, o como Karen si fuera un hombre, pero Butters es más femenino que Karen. ¿No crees? ¿Cuándo fue la última vez que Karen nos hizo de comer? —No cambies de tema, — lo interrumpió Kenny. —Habíamos quedado que nada de traer novios a vivir a la casa. Kevin bufó. —Creí que ayer ya lo habías dejado por la paz. Si te arrepentiste de aceptar que viviera aquí, mala suerte; vas a tener que ser tú quien le diga que se vaya. Pero a ver si te atreves a decirle que lo odias. A la persona que te hizo el desayuno, la comida, que piensa hacerte la cena y que además limpió todo el departamento. Lo vas a hacer llorar, te vas a sentir culpable y yo me voy a tener que mudar, porque inventarte escenarios para correr a Butters después de solo un día, sin que haya hecho nada malo, es una putada. Después de eso Kenny ya no volvió a preguntar al respecto. La rutina se asentó con una calma inusual durante los siguientes días. Kenny se había acostumbrado a despertar con el aroma del café y a regresar a un departamento que olía a pino y a especias. Sin embargo, el sábado la narrativa cambió. Cuando salió de su habitación y no fue recibido por ningún aroma a comida, asumió que Leopold seguía durmiendo. Pero al entrar en la cocina, se detuvo. Butters estaba sentado a la mesa, encorvado frente a su computadora portátil. Sus dedos volaban sobre el teclado con una rapidez mecánica y murmuraba palabras de frustración entre dientes mientras sus ojos seguían unas gráficas que parecían actualizarse en tiempo real. Kenny no era un ignorante en cuanto a números —su formación en ingeniería le permitía entender sistemas complejos—, pero lo que veía en la pantalla de Butters gritaba "finanzas de alto riesgo". Probablemente criptomonedas. —Oh, Kenny, buenos días —dijo Butters sin apartar la vista del monitor, aunque su tono era de disculpa—. Lo siento de veras, no pude preparar el desayuno hoy. Tuve una emergencia del… y, bueno, no quería trabajar en el cuarto de Kevin para no despertarlo. Estaba tan cansado ayer. —No te preocupes por eso —respondió Kenny, acercándose a la cafetera—. Yo me encargo hoy. En menos de quince minutos, el olor del café negro recién colado llenó el aire. Preparó un par de bollos con mantequilla tostados en el sartén y unos huevos revueltos rápidos con una pizca de pimienta. No era una obra de arte culinaria, pero era funcional. —Ten —dijo Kenny, deslizando un plato y una taza de café frente a Butters—. No es nada comparado con tu comida, pero espero que te guste. Butters levantó la mirada, sorprendido, y le dedicó una sonrisa cansada pero genuina. —Gracias, Kenny. En serio, no tenías que molestarte. La intención es lo que más cuenta —dio un sorbo al café y suspiró con alivio—. En realidad, así es como como todos los días cuando estoy solo. Me encanta cocinar, pero me cuesta mucho hacerlo solo para mí. Ahora que estoy con ustedes, aprovecho porque... bueno, me gusta compartir. Siento que cada comida es una expresión de amor. En cuanto la palabra salió de su boca, Butters se puso rojo como un tomate. Se aclaró la garganta frenéticamente, escondiéndose tras la pantalla de la laptop. —Bueno, no amor, ¡amor no! Quiero decir... aprecio. Sí, eso. Una expresión de aprecio por recibirme. Kenny no pudo evitar una pequeña sonrisa. Era casi divertido ver lo transparente que era Butters y lo muy perdidamente enamorado que estaba de su hermano. Por un momento, Kenny se quedó observando y pensó que, por primera vez, Kevin había tenido una suerte inexplicable. Butters era trabajador, sensato, ridículamente amable y un tonto completamente enamorado. Era, por mucho, lo mejor que Kevin había atraído a su vida en años. "¿Cómo diablos se conocieron?", se preguntó Kenny por enésima vez. "¿Qué pudo ver alguien como él en alguien como mi hermano?". Las probables respuestas a sus preguntas se le escaparon cuando la puerta de la habitación de Kevin se abrió con un rechinido. Kevin salió arrastrando los pies, con el cabello enredado en un nido de pájaros, vistiendo una pijama vieja con un agujero en la rodilla y marcas de saliva seca en la mejilla. Se rascó el estómago y soltó un bostezo. —Café —gruñó Kevin con voz aguardentosa. Kenny miró a Kevin en su estado más deplorable y luego miró a Butters, quien observaba a su hermano con la misma devoción con la que un fiel mira a un santo. Definitivamente, pensó Kenny, el amor era ciego, sordo y probablemente carecía de sentido del olfato. A diferencia de Kevin, Kenny no tenía que trabajar ese sábado, así que, tras la salida de un Kevin todavía medio dormido hacia el taller, el departamento quedó sumido en un silencio cómodo, interrumpido solo por el tecleo rítmico de Butters. Kenny se instaló en el sofá y encendió la televisión, manteniendo el volumen lo suficientemente bajo como para no interferir con las gráficas y los números que parecían absorber al rubio. Después de un par de horas, el sonido del cierre de la computadora indicó que la "emergencia" financiera había terminado. Butters estiró los brazos, soltando un suspiro de alivio, y miró hacia la sala con timidez. —¿Te molesta si me uno? —preguntó Butters, señalando el sofá—. Creo que mi cerebro necesita dejar de ver porcentajes por hoy. Terminaron sintonizando una maratón de la serie y la película de The Green Hornet. Era una de esas producciones con una mezcla extraña de acción, superhéroes y crimen, sazonada con una comedia tan involuntariamente mala que resultaba brillante. Lo que empezó como una tarde de ver la televisión se convirtió en una sesión de críticas compartidas y risas, llevándolos incluso a buscar en internet teorías sobre una supuesta continuación a la franquicia que Kenny dudaba que ocurriría y que Butters aseguraba con firmeza que sí ocurriría. Mientras Butters se reía de una escena de pelea mal coreografiada, Kenny lo observó de reojo. Recordó la burla que le había lanzado a Kevin sobre "programar una cita para jugar". Se sentía ridículo admitirlo, pero a un lado de Butters la sensación era exactamente esa, la de ser un niño otra vez, pasando el rato con un amigo sin presiones ni agendas. Pero había algo más, un matiz que no encajaba con la infancia. Butters era... agradable. De una forma que Kenny no había experimentado en mucho tiempo. Sus gustos solían ser más directos, casi meramente físicos; casi siempre se sentía atraído por mujeres de curvas pronunciadas y escotes que no dejaban lugar a la imaginación. Sin embargo, había algo en la personalidad de Butters, en su risa suave y en la inteligencia que desprendía cuando explicaba algo, que estaba despertando en Kenny una curiosidad que no lograba clasificar. Era una atracción sutil, pero constante, que lo tomó completamente por sorpresa. Se la pasaron tan bien que el tiempo se les escapó entre las manos. Las sombras se alargaron en la sala y la noche se instaló sin que ninguno se molestara en encender las luces principales. Fue Butters quien rompió el encanto al mirar el reloj de la pared. —Vaya, ya es tardísimo... —comentó con un tono de preocupación—. ¿Kevin no suele llegar a esta hora? ¿Te mandó un mensaje diciendo si tardaría en volver? Kenny se encogió de hombros, recostándose más en el sofá. —Es mi hermano mayor, Butters, no mi hijo. Ninguno de los dos tiene la costumbre de dar reportes de ubicación. A veces simplemente no llega si encuentra algo mejor que hacer —respondió con honestidad, pero para evitar que la ansiedad se comiera a Butters sacó su teléfono. —Le enviaré un mensaje, solo para ver si no murió aplastado por un camión —dijo Kenny, intentando aligerar el ambiente. Butters se asustó por la imagen mental. La respuesta de Kevin llegó un par de minutos después. "Salí con la gente del trabajo. ¿Que quieres?” Cuando finalmente llegó la hora de dormir y Kevin no llegó, la decepción en el rostro de Butters fue evidente, por mucho que intentara ocultarla tras una expresión despreocupada. —Bueno, supongo que el trabajo lo dejó muy agotado y prefirió despejarse —murmuró Butters—. Que descanses. —Igualmente —respondió Kenny, observándolo caminar hacia la habitación de Kevin. Kenny se fue a su cuarto pensando que Kevin era un idiota por irse con sus amigos cuando tenia a Butters esperando en casa, en su habitación. Y después sintió una pesadez en la base de la garganta porque aún no estaba seguro de si había o no algo entre Butters y Kevin. Kevin lo había negado y él no había visto ningún indicio de que Kevin correspondiera el obvio amor de Butters. Pero si había algo entre ellos, él debía sacar de su cabeza muchos pensamientos que no debían estar ahí porque no eran para nada el tipo de pensamientos que un buen hermano debía tener. Al llegar a la cocina a la mañana siguiente, se encontró con el rubio moviéndose con una prisa nerviosa entre las hornillas, preparando el desayuno con una intensidad que rozaba la ansiedad. Kenny fue directo al refrigerador para servirse un vaso de jugo de naranja. Mientras bebía, caminó perezosamente hacia la sala, pero se detuvo en seco al ver el sofá. Sobre el sillón largo, frente al televisor, había una sábana arrugada, una cobija doblada a medias y un par de almohadas que no pertenecían a ese lugar. Al principio, pensó que Kevin se había quedado dormido viendo la televisión, pero Butters, al notar dónde estaba puesta su mirada habló con rapidez. —¡Oh, Kenny! Lo siento. En un segundo voy a arreglar ese desastre, de verdad. Solo quería dejar hirviendo el agua para la avena antes de levantar las cobijas. Kenny lo miró con el ceño fruncido, ignorando la disculpa. —¿Por qué dormiste en la sala, Butters? —preguntó directamente. Butters desvió la mirada hacia el suelo, apretando los labios. Su rostro, usualmente luminoso, parecía nublado por la tristeza. —Es que... Kevin llegó anoche acompañado —murmuró—. No quería ser un estorbo, así que me pareció que lo más correcto era dejarles su espacio y venirme para acá. Antes de que Kenny pudiera procesar las palabras la puerta de la habitación de Kevin se abrió y de ella salió su hermano riendo, abrazando a una chica de cabello oscuro que le daba besos cortos en la mejilla. —¡Hey! Buenos días —dijo Kevin, radiante—. Ella es Kiara. Nos conocimos anoche en el bar; resulta que trabaja en la oficina del servicio de grúas que usamos en el taller desde hace años y jamás nos habíamos cruzado. —Es una coincidencia increíble —añadió Kiara, pasando su mirada por el departamento con una sonrisa de suficiencia—. Sigo sin entender cómo no había visto a un hombre tan apuesto antes. —Y yo no sé cómo no noté a una mujer tan bella —respondió Kevin, ignorando por completo la atmósfera gélida en la sala—. Oigan, nos vamos a dar un baño rápido. No nos esperen para desayunar, seguro saldremos a comer por ahí. Kenny y Butters asintieron mecánicamente. En cuanto la puerta del baño se cerró tras la pareja, Kenny se fijó en la mesa del comedor. Había cuatro platos puestos. Butters no solo se había resignado a dormir en el sofá, sino que se había levantado temprano para cocinarle a la mujer que, básicamente, le había comido el mandado frente a sus propios ojos. La visión de Butters, cabizbajo y tratando de no llorar mientras movía el agua hirviendo, hizo que Kenny quisiera hacer cualquier cosa para levantarle el ánimo. —Oye... —empezó Kenny, suavizando el tono—. ¿Hay algo que quieras hacer hoy? Podríamos salir, ir a algún lado. Juntos. Butters forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos y negó lentamente con la cabeza. —Gracias, pero... quedé de verme con unos amigos. De hecho, voy a aprovechar que están en el baño para sacar mis cosas de la habitación y arreglarme rápido. No quiero molestar. Kenny terminó desayunando solo en la mesa, masticando la avena que ahora le sabía a ceniza. Estaba furioso con Kevin por ser un desconsiderado total y por haber humillado, aunque fuera sin querer, a Butters. Y al mismo tiempo, sentía una lástima punzante por Butters. Se suponía que el hecho de que Butters se sintiera desplazado era algo "bueno", pues si Butters estaba triste, lo más probable era que se regresara a su departamento sin poner excusas en cuanto pasaran las dos semanas, devolviéndole a Kenny su privacidad y su vida sin complicaciones. Debería estar feliz. Pero mientras miraba el plato vacío que Butters había puesto para Kiara, Kenny se dio cuenta de que la idea de que ese chico desapareciera de su rutina no le causaba alivio alguno. Al contrario, le dejaba un hueco en el estómago que ni el mejor desayuno del mundo podría llenar. Un par de horas después, Kenny se encontraba en la casa de Stan y Kyle. El ambiente cargado de olor a cerveza, frituras y el ruido de fondo de un videojuego eran el refugio perfecto para vaciar su frustración. —...y el muy imbécil ni siquiera se dio cuenta de que Butters durmió en el sofá para que él pudiera meter a la tipa esa. Voy a tener que hablar con él porque no es justo que haga eso—concluyó Kenny, dándole un trago largo a su bebida. Stan y Kyle tuvieron que pausar el juego para poder escuchar su relato. —Mira, Kenny —dijo Kyle, dejando su propia lata de lado—. Conociendo a Kevin, lo más probable es que no tenga la más mínima idea de lo que siente Butters. Si le reclamas, lo único que vas a lograr es poner a Butters en una situación incómoda. —Exacto —añadió Stan—. Vas a hacer que Butters se sienta expuesto y probablemente se vaya de la casa ese mismo día por pura vergüenza. Déjalo estar. Al final, no es tu problema, ¿no? Kenny asintió de mala gana, aunque el comentario de "no es tu problema" le supo amargo. El lunes y el martes transcurrieron en una repetición de la semana anterior. Butters seguía cumpliendo con su papel de invitado agradecido. Les preparaba desayunos calientes, les preparaba los almuerzos y mantenía el departamento reluciente. Sus ojos seguían brillando cuando miraba a Kevin, pero ese brillo se apagaba de golpe cada vez que Kevin mencionaba a Kiara. Lo que más le irritaba a Kenny era la ironía de la situación. Kevin siempre había tenido aventuras insignificantes, ligues de una noche que olvidaba al día siguiente. Pero justo ahora, con Butters viviendo bajo su techo, al idiota le había dado por actuar como un adolescente enamorado. —No saben lo bien que me siento, de verdad —decía Kevin el martes por la mañana, mientras se acomodaba el cuello de la camisa—. Es diferente con ella. He ido a cenar a su casa estas dos noches y, se los juro, me cuesta un mundo irme de ahí. Butters, que estaba terminando de fregar un sartén, se tensó visiblemente. —Ella me tiene que correr, ¿pueden creerlo? —continuó Kevin soltando una carcajada—. Dice que necesita su "sueño reparador" y que su cama es demasiado pequeña para los dos, que yo no la dejo dormir. Así que aquí me tienen, extrañándola. —Eso suena de maravilla, Kevin —dijo Butters con voz suave, aunque ligeramente quebrada—. Estoy muy, muy feliz de verte tan contento. Te lo mereces. Kenny sintió un impulso casi violento de levantarse y sacudir a Butters, o de golpearlo por ser tan desesperadamente buena persona. Había un límite para la abnegación, un punto en el que la bondad se convertía en masoquismo puro, y Butters lo había cruzado hacía kilómetros. Le dolía verlo así, y le dolía aún más darse cuenta de que, mientras Butters se consumía por Kevin, él se estaba consumiendo de rabia por ambos, atrapado en medio de un drama que se suponía no debía importarle. ¿Por qué Butters estaba obsesionado con Kevin cuando él estaba ahí? Para mejorar el estado de ánimo de Butters, Kenny había tomado la decisión de salir del trabajo a su hora todos esos días. Se obligaba a terminar sus tareas con una eficiencia casi desesperada para volver al departamento y pasar el tiempo con Butters. Se sentaban juntos, platicaban de cualquier cosa —desde el trabajo remoto de Butters hasta anécdotas triviales de la ciudad. El miércoles, como era de esperarse, Kevin volvió a salir disparado hacia casa de Kiara y la expresión de Butters mientras fingía ver la televisión y tomar de su cerveza hizo que Kenny ya no pudiera contenerse más. —Sabes, Butters... —comenzó Kenny, con la vista fija en la pantalla pero la mente en otro lado—. Kevin es mi hermano mayor. Cuando yo era chico, lo admiraba muchísimo. Creía que era lo mejor del mundo, pero cuando crecí, me di cuenta de que Kevin no es la gran cosa. Butters se tensó a su lado, pero Kenny continuó. —Es decir, tiene muchas buenas cualidades y es buena persona, pero es humano. Se equivoca mucho. Hay que perdonarlo por ser un tonto, pero al mismo tiempo... tú no tienes por qué aferrarte a él. Si te gusta, está bien; Kevin es genial en muchos aspectos, pero hay un sinfín de personas geniales en el mundo. No tienes que estar lamentándote en silencio por él para siempre solo porque no le gustas. Butters se quedó pasmado unos segundos y luego soltó una risita nerviosa. —¡Oh, Kenny! No sé de qué estás hablando, yo solo... yo no… Kevin y yo solo somos amigos y... —No insultes mi inteligencia, Butters —lo cortó Kenny suavemente, girándose para mirarlo a los ojos—. Kevin es mi hermano y es un tonto, pero yo no lo soy para nada. Me di cuenta desde el primer día que estás enamorado de él. No tienes por qué ocultármelo. El silencio que siguió fue absoluto. Butters se quedó petrificado, con la boca ligeramente abierta. Luego, con un movimiento brusco, tomó la lata de cerveza que tenía en la mesa y le dio un trago tan largo que casi se la terminó de una vez. —Cielos... —suspiró Butters, con la mirada perdida—. Creí que era sutil. Aparentemente no lo soy en absoluto. Soy un tonto, Kenny. Soy un completo tonto. No sé por qué pensé que la oferta de Kevin para vivir juntos significaba algo más que... que él siendo un buen amigo. Butters abrió otra cerveza. Y luego otra. Mientras más bebía, la barrera de su cortesía impecable empezaba a desmoronarse, dejando salir una amargura que Kenny no le conocía. —Soy un ridículo —balbuceó Butters, con las mejillas encendidas por el alcohol—. Me puse en ridículo frente a ti, frente a él... preparando cenas para su novia... ¡Soy patético! —Butters, para. Sé más amable contigo mismo —pidió Kenny, acercándose un poco más a él en el sillón. —¡No! —negó Butters con la cabeza, arrastrando las palabras—. Tienes razón. Tienes toda la razón. Soy muy obvio con mis sentimientos y Kevin es un idiota. Es tan idiota como yo por no verlo, o por no querer verlo. ¿Crees que necesito vivir con ustedes? —preguntó con ironía. —Claro que no. Podría comprarme mi propia casa si quisiera. ¿Cómo no se dio cuenta? Le gustan los malditos autos, ¿haz visto cuánto cuesta mi carro? Es obvio que no necesito caridad. Kenny parpadeó, sorprendido pues aparentemente Butters no era perfecto. Había un poco de vanidad en él, probablemente resultado de, si no mentía, tener una buena suma en el banco. Lo cual tenía mucho sentido si se dedicaba a las finanzas. Kenny podía sentirse un poco repelido por la gente que medía su valor por el dinero que tenía, pero por ahora creería que lo que hablaba era la decepción amorosa, la sensación de no sentirse suficiente y el alcohol, y no el verdadero Butters. Se quedaron un momento en silencio, escuchando solo la televisión. Kenny, sintiendo una extraña mezcla de empatía y algo que se parecía peligrosamente al afecto, le puso una mano en el hombro a su acompañante. —Ya tendrás otra oportunidad, Butters. De enamorarte y de ser correspondido como te mereces. Te lo aseguro. Butters lo miró entonces. Sus ojos estaban nublados por el alcohol y el cansancio, pero se fijaron en los de Kenny con una intensidad nueva, una que le dio un vuelco al corazón del menor de los McCormick. —Eso espero, Kenny —murmuró Butters, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón—. De verdad espero que la próxima vez que me enamore... sea de alguien que tenga dos dedos de frente. Alguien como tú... que vea que me estoy tirando al suelo como un maldito tapete. Kenny sintió cómo un calor repentino le subía por el cuello hasta las orejas, una sensación que no experimentaba desde hacía años. Soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca mientras trataba de procesar la declaración de Butters. —No sé si alguien como yo te convenga, Butters —respondió Kenny, intentando mantener el tono ligero para ocultar el vuelco que le había dado el corazón—. Soy un desastre de formas que ni te imaginas. Para disimular el nerviosismo que le provocaba la cercanía de su acompañante, Kenny tomó su propia lata y bebió un trago largo, sintiendo el amargor empapandole la lengua. Sin embargo, Butters no retrocedió. Al contrario, se dejó caer pesadamente contra el hombro de Kenny, acortando la distancia de manera definitiva. —Claro que me convendría... —susurró Butters, con la voz pastosa y los ojos entrecerrados—. Eres bueno, Kenny. Me escuchas. Butters giró un poco el rostro hacia arriba, quedando a escasos centímetros del de Kenny. El aroma a lúpulo y el calor que desprendía el cuerpo del rubio envolvieron a Kenny, quien se quedó congelado, sosteniendo la respiración. Podía ver cada detalle, el leve sonrojo en las mejillas de Butters, la curva de sus labios entreabiertos y la sinceridad desarmante en su mirada nublada. Por un segundo, el mundo exterior desapareció. Kenny sintió un impulso eléctrico recorriéndole la columna; quería inclinarse, cerrar ese espacio mínimo y besarlo. Quería saber si Butters sabía tan dulce como la comida que preparaba. Pero justo cuando su voluntad flaqueaba, el peso de Butters aumentó contra su hombro y un suave suspiro escapó de sus labios. Se había quedado dormido. Kenny se quedó allí, inmóvil, permitiendo que la cabeza de Butters descansara en el hueco de su cuello. La tensión comenzó a disolverse bajo el efecto del alcohol y el cansancio acumulado de la semana. Poco a poco, sus propios párpados empezaron a pesar. La imagen de la pantalla se volvió borrosa y, sin darse cuenta, Kenny dejó caer su cabeza sobre la de Butters, rindiéndose también al sueño. El despertar fue una colisión frontal con la realidad. El estruendo de sartenes y el silbido de la tetera en la cocina los sacaron de su letargo de golpe. Kenny abrió los ojos con una punzada de dolor en las sienes, solo para darse cuenta de que su brazo rodeaba los hombros de Butters y que el otro tenía la cara hundida en su pecho. —Vaya, vaya... —la voz de Kevin, cargada de una diversión maliciosa, resonó desde la barra—. No sabía que se la pasaban tan bien cuando yo no estaba. Seguro que no me extrañan ni un poquito ahora que me la paso con Kiara, ¿eh? Kenny se separó de Butters con brusquedad. Kevin los miraba con una sonrisa de suficiencia, apoyado en el marco de la cocina. —Llegué anoche y se veían tan lindos que decidí que sería un pecado despertarlos. Butters se puso de pie de un salto, con el rostro encendido, miró a Kevin con una mezcla de humillación y una chispa de enojo que Kenny no le había visto nunca. Sin decir una sola palabra, Butters recogió su manta y se refugió en la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco. —¿Y a ese qué le pasa? —preguntó Kevin, genuinamente confundido. —Cierra la boca, Kevin —gruñó Kenny, frotándose la cara con las manos—. De verdad, cállate. —¿Pero qué dije? Solo era una broma. Kenny no se quedó a darle explicaciones. Se levantó sintiendo el cuerpo entumecido y el peso de una atmósfera que se había vuelto irrespirable en cuestión de segundos. Su jornada laboral ese día fue un desastre de productividad. Kenny estaba frente a su escritorio, pero sus ojos solo veían la imagen de Butters recargado sobre él, diciéndole que quería a alguien "que fuera como él". El eco de esa frase le impedía concentrarse en los planos y presupuestos que tenía delante. —McCormick, tenemos un problema en la sucursal secundaria. Necesitamos que alguien con ojo técnico vaya a echar un vistazo y supervise las reparaciones del sistema. Te toca a ti. Prepárate para salir mañana a primera hora. A Kenny le fastidió la noticia. Pero, tras un segundo de reflexión, sintió un extraño alivio. Necesitaba distancia para acomodar sus ideas y sentimientos respecto a Butters. Esa noche, durante la cena, una ocasión sorpresiva en la que Kevin decidió quedarse en casa, Kenny les informó tanto a su hermano como a su invitado que se marcharía. —Me voy el viernes por la mañana —dijo, removiendo la comida sin mucho apetito—. Tengo que ir a la sucursal de la otra ciudad. Regresaré probablemente el sábado por la tarde o incluso el domingo por la mañana. —¿En serio? Qué mala suerte, hombre —comentó Kevin, dándole un mordisco a un trozo de pan—. Te arruinan el fin de semana. —Me ofrecieron un pago extra y un par de días de vacaciones para reponer el tiempo, así que acepté. No tengo mucha opción de todos modos. Butters no dijo nada. Durante toda la cena se había portado de una manera extremadamente extraña, manteniendo la vista fija en su plato y limitándose a asentir o negar con la cabeza. La vergüenza de haber confesado sus sentimientos la noche anterior y de haberse mostrado "patético" ante Kenny parecía estar consumiéndolo. La madrugada del viernes era gélida y silenciosa. Kenny se movía por el departamento a oscuras, guiándose más por la memoria que por la vista; quería salir antes de que el tráfico de la carretera se volviera un martirio y poder resolver los asuntos de la sucursal lo más pronto posible. Se había despedido de Kevin y de Butters la noche anterior con un simple "nos vemos", sin esperar ningún tipo de interacción matutina. Sin embargo, justo cuando se ajustaba el abrigo y tomaba las llaves del auto, la puerta de la habitación de su hermano se abrió con un leve chirrido. Butters salió de puntillas, cuidando de no despertar a Kevin. Llevaba una pijama de franela y el cabello ligeramente revuelto, dándole un aspecto tan apetecible que Kenny sintió un vuelco inmediato en el estómago. —Kenny... —susurró Butters, acercándose con una sonrisa tímida—. Por favor, ten mucho cuidado en la carretera. Dicen que puede haber niebla a esta hora. —Lo tendré. No te preocupes. Butters asintió, pero no se retiró. Jugueteó con los dedos, visiblemente nervioso. —Sabes, el domingo por fin me marcharé de vuelta a mi departamento —dijo, bajando la mirada—. Ya terminaron las reparaciones y... bueno, esperaba que pudiéramos vernos para despedirnos. Es decir —añadió rápidamente, con el tono subiendo de velocidad por los nervios—, no es que no nos vayamos a ver después, ¡claro que sí! Somos amigos ahora, ¿verdad? A menos que tú sientas que soy muy patético después de lo del otro día y no quieras que sea tu amigo, lo cual tendría mucho sentido, yo también me evitaría si fuera tú... pero espero que sí quieras pasar más tiempo conmigo. Aunque no estoy desesperado, ¿sabes? O sea, yo sí tengo más amigos, de verdad. Kenny dejó escapar una risa suave, cortando el discurso de Butters. Se acercó un paso, lo suficiente para notar que el rubio olía a ese jabón suave que ahora impregnaba todo el baño. —Está bien, Butters. Detente —le dijo con voz cálida—. Somos amigos y, para serte sincero, ya me acostumbré a tu comida y la voy a extrañar. Si necesitas ayuda moviendo muebles o cualquier cosa para instalarte en tu departamento, con mucho gusto te ayudaré. La transformación en el rostro de Butters fue instantánea. Su sonrisa se ensanchó, iluminando sus ojos de una manera que hizo que a Kenny se le olvidara por un momento el frío de la madrugada. Durante todo el trayecto por la carretera, mientras el sol empezaba a asomarse por el horizonte, esa sonrisa de Butters se quedó grabada en su mente, repitiéndose como una película en bucle. Ya no podía seguir engañándose. No era el alcohol, la lástima hacia Butters, o la comodidad de tener la casa limpia. Era todo lo que Butters era. Estaba enamorado de él, creía que valía la pena arriesgarse y navegar lo complicado de la situación. Al llegar a la otra sucursal, resultó que la "catástrofe técnica" no era más que un error de procedimiento básico, una tontería que le tomó menos de una hora solucionar. Pasó más tiempo rellenando formularios y descargando su frustración por teléfono con su supervisor que trabajando realmente. —Me hiciste conducir tres horas por algo que cualquier pasante con medio cerebro podría haber arreglado —le había espetado Kenny, furioso por la incompetencia ajena. Su supervisor, consciente de que un reporte detallado sobre la trivialidad del asunto dejaría en evidencia su propia falta de criterio, le pidió a Kenny, casi como un favor personal, que mantuviera la boca cerrada sobre la sencillez del problema. A cambio, le aseguró que el trato original se mantenía y recibiría el pago extra por jornada especial y los días de vacaciones prometidos, pero con el beneficio añadido de que podía regresar a casa de inmediato. Kenny ya no se quejó. De hecho, colgó el teléfono con una chispa de triunfo en los ojos. La perspectiva de un fin de semana libre, con dinero extra en el bolsillo y, sobre todo, la oportunidad de pasar esos dos últimos días con Butters antes de que se marchara, era un botín demasiado tentador. Mientras viajaba de regreso, Kenny puso música y se permitió relajarse. Su mente, sin embargo, no dejaba de dar vueltas sobre cómo manejar la situación. Sabía que no podía simplemente llegar y declararse. No tenía interés en ser el "romance de rebote", ni quería aprovecharse de la vulnerabilidad de Butters ahora que sus ilusiones con su hermano se habían roto. No necesitaba apresurarse. Estaba decidido a disfrutar de cada minuto de la convivencia doméstica que les quedaba, después de una amistad y finalmente, si se lograba, de un romance. El buen humor de Kenny, sin embargo, se evaporó gradualmente conforme los minutos se convertían en horas sobre el asfalto. Un accidente masivo varios kilómetros adelante había transformado la autopista en un estacionamiento lineal, y para cuando finalmente logró entrar al edificio, la noche del viernes estaba muy avanzada. Al notar que las luces del departamento estaban apagadas, Kenny giró la llave con cautela. No quería despertar a nadie; solo deseaba borrar el cansancio acumulado. Dejó sus maletas en la entrada y se deslizó hacia el baño, donde el vapor del agua caliente finalmente logró desanudar sus músculos y despejar su mente de la frustración del tráfico. Estaba tan agotado que la idea de buscar ropa o vestirse en el espacio reducido del baño le pareció una tarea titánica. Simplemente se enredó una toalla en la cintura, caminó a tientas hacia su habitación y al entrar, ni siquiera se molestó en encender la lámpara de noche o buscar una pijama. Se arrepintió de su decisión cuando se tropezó con lo que parecía ser una botella de vidrio tirada en el suelo, pero como no tenía idea qué podía hacer una botella ahí, y ni le interesaba descubrirlo, simplemente dejó caer la toalla que lo envolvía en algún lugar del suelo, y se metió entre las sábanas con un suspiro de alivio. Sin embargo, al intentar acomodar las cobijas, sintió que algo no encajaba. En un extremo de la cama, las sábanas estaban hechas una bola extraña, demasiado pesada y cálida. —¿Kenny...? —una voz suave y arrastrada salió de entre las mantas—. Llegaste... antes de tiempo. Kenny se quedó congelado, con el corazón martilleando contra sus costillas. A solo unos centímetros, los ojos de Butters se abrieron, desenfocados y brillantes. Fue en ese instante cuando Kenny lo percibió, el fuerte aroma a alcohol que emanaba del rubio, un contraste absoluto con el olor a jabón limpio que él mismo desprendía tras la ducha. —Butters, ¿qué haces aquí? —susurró Kenny, sin saber si salir corriendo o cubrirse. —Es que... Kevin volvió a traer a Kiara —balbuceó Butters, moviéndose con torpeza bajo la colcha—. Y yo no iba a dormir incómodo en el sillón de la sala otra vez... no señor. Tu cama es muy cómoda. Estaba libre... y calientita, y huele a ti. Kenny escuchó estupefacto como Butters seguía hablando sobre lo suave de las almohadas y lo injusto de la situación con Kevin, hasta que, de repente, el silencio se hizo absoluto. Butters parpadeó varias veces, sus ojos finalmente viendo a Kenny. Su mirada descendió desde el rostro de Kenny hacia el resto de su cuerpo, dándose cuenta de que Kenny no solo estaba allí, sino que se había metido a la cama sin una sola prenda de ropa. Kenny se apresuró a tirar de la manta, cubriéndose hasta el pecho con un movimiento torpe mientras el corazón le golpeaba las costillas. Butters lo miró fijamente, con los ojos todavía vidriosos por el alcohol. —¿Por qué... por qué estás desnudo? —preguntó Butters con un hilo de voz. De pronto, soltó una risita baja, casi histérica, y se llevó ambas manos a los ojos, frotándose los con fuerza. —¿De qué te ríes? —preguntó Kenny sintiéndose muy consciente de sí mismo. —De que soy un idiota y patético...—contestó Butters como si fuera obvio. —Ahora estoy alucinando. Estoy tan borracho que te estoy imaginando desnudo junto a mi en la cama. Butters empezó a insultarse a sí mismo en un susurro desesperado, sin quitarse las manos de la cara. —Es que ¿cómo puedo ser así? ¿Cómo puedo pasar de estar enamorado de Kevin a sentir que estoy enamorado de ti? —continuó, con las palabras atropellandose entre sí—. Y me emborraché porque Kevin trajo a Kiara otra vez, pero ya ni siquiera sé si estoy triste por él. Me metí en tu cama para sentirte cerca porque te extrañaba... y porque ya no voy a estar viviendo contigo. Y lo peor... lo peor es que le estoy confesando todo esto a una alucinación, porque por Dios, nunca podría decirle esto a tu yo real. Nunca le dije a Kevin lo que sentía y nunca le he dicho a nadie que me gusta porque siempre me acobardo. Y espero que todos sepan lo que siento y cuando no lo hacen me enojo y soy… patético. Kenny escuchaba cada palabra, sintiendo que el aire se volvía denso en sus pulmones. —Butters... —dijo con la voz ronca, tratando de mantener la compostura—. Creo que es mejor que yo duerma en el sillón hoy. Mañana, cuando estés sobrio, vamos a hablar de todo esto. Kenny se preparó para levantarse, sosteniendo la sábana alrededor de su cintura para retirarse y buscar algo de ropa, pero no llegó a dar un paso. La mano de Butters lo sujetó de la muñeca. —Espera... —dijo Butters. —No quiero dejarlo para después. Antes de que Kenny pudiera reaccionar Butters se impulsó hacia adelante, acortando la distancia y atrapando sus labios en un beso desesperado, torpe y cargado de todo el sentimiento que había estado guardando durante semanas. El beso fue breve, pero dejó a Kenny con una sensación de vértigo. —Quédate conmigo —susurró Butters, con la voz apenas audible. Kenny se lo pensó mejor. La idea de marcharse al frío sillón de la sala, después de haber escuchado esa confesión y de haber sentido el contacto de Butters, le pareció de pronto la decisión más estúpida que podría tomar. —Está bien —respondió Kenny también en un susurro. Se levantó de la cama solo lo necesario para buscar a tientas un pantalón en la oscuridad. Se lo puso con movimientos rápidos y se volvió a meter bajo las cobijas. En cuanto Kenny se acomodó, Butters no perdió ni un segundo. Se acercó a él, rodeando su cintura con los brazos y hundiendo el rostro en el hueco de su hombro con una confianza absoluta. Kenny se quedó rígido al principio, pero poco a poco sintió cómo sus propios músculos se relajaban bajo el contacto. Ciertamente, Kenny pensó que debería molestarle el fuerte olor a alcohol que Butters emitía, o el hecho de que su acompañante estuviera en un estado de embriaguez que mañana le traería una resaca monumental. Pero mientras sentía el calor del cuerpo de Butters contra el suyo y el ritmo constante de su corazón, se dio cuenta de que no le importaba en absoluto. La mañana siguiente no llegó con la suavidad de los rayos del sol, sino con un grito ahogado que sacó a Kenny de su sueño profundo. Butters se había incorporado de un salto, mirándolo con una expresión de pánico absoluto. Kenny, aún medio dormido, supo por la cara de espanto del rubio que recordaba cada palabra, cada confesión y, sobre todo, el beso. —¡Oh, Dios mío! ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —casi gritó Butters, saliendo de la cama como si las sábanas lo quemaran. Corrió fuera de la habitación con Kenny pisándole los talones. En la sala Kevin y Kiara estaban sentados a la mesa, comiendo cereal con la parsimonia de un sábado cualquiera. Ambos levantaron la vista, petrificados por la sorpresa de ver a un Kenny que se suponía estaba en otra ciudad y a un Butters que corría como si lo persiguiera el mismo diablo. —¡Espera, Butters! —exclamó Kenny, ignorando la mirada confundida de su hermano. Butters entró en la habitación de Kevin, intentando bloquear la puerta, pero Kenny fue más rápido y logró entrar antes de que echara el seguro. Butters sabiendo que no podía echarlo de la habitación empezó a lanzar ropa dentro de su maleta con movimientos erráticos y desesperados. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Kenny. —¡Arrepintiéndome de todas mis decisiones de vida! —respondió Butters sin mirarlo—. Fue una estupidez aceptar la invitación de Kevin. Por favor, déjame solo, necesito pensar por qué soy tan tonto. —Cálmate, no eres un tonto. Todo está bien —intentó consolarlo Kenny, acercándose un paso. —¡No seas amable! —casi le suplicó Butters. —¿A dónde piensas irte? —A un hotel. Me voy a un hotel estos últimos días hasta que mi departamento esté listo. No puedo quedarme aquí ni un segundo más. Kenny dio un paso largo y puso sus manos sobre las de Butters, deteniendo el flujo frenético de ropa hacia la maleta. El contacto hizo que Butters se quedara quieto. —Escúchame. No planeaba decirte esto ahora porque sé que es repentino —comenzó Kenny, bajando la voz—. Y también siento que podría ser un error porque sé que te rompieron el corazón hace nada... pero no voy a dejar que te vayas pensando que eres un tonto. Porque si tú lo eres, entonces yo también. De hecho, yo también me enamoré de ti, Butters. Estúpidamente y en solo dos semanas. Butters levantó la cabeza lentamente, mirándolo con una expresión de "¿qué?". El silencio en la habitación era tan pesado que casi podían escuchar el cuchicheo confundido de Kevin y Kiara en la cocina. —Me gustas, Butters. Y me gustaría que saliéramos juntos en una cita... si crees que estás listo para eso. Quiero ver si tenemos sentido juntos. Si quieres intentarlo conmigo. Butters se quedó inmóvil, con el rostro encendido en un sonrojo que le llegaba hasta la raíz del cabello. Sus ojos buscaron los de Kenny, tratando de encontrar alguna señal de burla, pero solo encontró esa calidez que lo había acompañado toda la semana. Al final, soltó un suspiro tembloroso y asintió levemente. —Sí... —susurró Butters con una pequeña sonrisa naciendo en sus labios—. Sí. Me gustaría mucho tener una cita contigo. Su primera cita oficial tuvo lugar esa misma tarde y, contra todo pronóstico, no tuvo ni un ápice de la incomodidad que ambos temían. Pasearon por el centro, compartieron un postre y se perdieron en conversaciones que parecían no tener fin. A ratos, se sorprendían a sí mismos sonrojándose ante un roce de manos o una mirada cómplice, sintiendo ese calor en el pecho que los hacía derretirse de amor; pero, al mismo tiempo, existía una naturalidad asombrosa entre ellos. Se sentían cómodos, seguros, como si fueran conocidos de toda la vida y no dos personas que se habían descubierto apenas un par de semanas atrás. Cuando llegó el momento de la mudanza definitiva, Kenny cumplió su promesa. Ayudó a Butters a instalarse en su departamento, cargando cajas y acomodando muebles. Para sorpresa de Kenny, Kevin y Kiara también aparecieron para echar una mano, convirtiendo la jornada en un evento familiar lleno de risas y bromas. —Por lo que me dijo Kevin, diría que se enamoraron muy rápido, pero ¿quién soy yo para juzgar? En especial cuando se les nota tan felices—comentó Kiara con una sonrisa traviesa mientras ayudaba a Butters a desempacar unos libros. —Estoy feliz —respondió Butters, lanzándole una mirada radiante a Kenny que lo hizo sentir el hombre más afortunado del mundo. Pasar tiempo con Kiara y Kevin en un ambiente relajado les permitió a Kenny y a Butters ver más allá de sus prejuicios iniciales. Descubrieron que Kiara era, en realidad, una mujer sumamente divertida, inteligente y con un sentido del humor que encajaba a la perfección con la energía de Kevin. Finalmente entendieron por qué él había quedado tan prendado de ella desde la primera noche; no era solo una aventura más, era alguien que realmente le aportaba luz a su vida. No fue hasta su cita número diez, sentados en el mismo sillón del departamento de Kenny donde todo parecía haber encajado, que se hicieron la pregunta formal. —Entonces... —comenzó Kenny, tomando la mano de Butters entre las suyas—. ¿Quieres que esto sea oficial? ¿Quieres ser mi novio? Butters no necesitó pensarlo. Se inclinó hacia él con la misma devoción de siempre, pero ahora fortalecida por la certeza de ser correspondido. —Sí. Nada me haría más feliz.
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