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Algunos días después, la fiesta de navidad en el cuarto de los Imperaz era algo espectacular. Había adornos en las paredes y música navideña moderna en volumen bajo, para no molestar al maestro. La comida era la estrella de la noche, las bandejas de pan de frutas, dulces humanos adaptados a toda prisa, una olla de ponche humeante cuyo aroma especiado lograban imponerse incluso al olor mohoso habitual de la guarida. Habían apagado las luces para que las hileras de foquitos navideños iluminaran apenas el ambiente, haciendo de todo una fiesta cálida, parpadeando con colores discordantes. Y por si no fuera poco, un árbol adorable sostenía con dignidad una hilera de regalos mal envueltos bajo sus ramas. Las camas y las pertenencias de los príncipes habían sido retiradas a regañadientes por Teeny y Koz, dejando un espacio amplio que funcionaba como pista de baile improvisada. El suelo de piedra, normalmente inhóspito, reflejaba destellos de luz y pasos torpes que intentaban seguir el ritmo sin demasiado éxito. Zane parecía ser el único que se sentía muy fuera de lugar. Si los Hiverax hubieran accedido a unirse a la festividad serían cuatro los grinchs, pero esa noche el papel recaía únicamente sobre él. Se mantuvo apartado, apoyado contra una pared, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, observando todo como si fuera una escena ajena, casi ofensiva. Para su desgracia, no solo Techris y Diara habían llegado acompañados. Zylus y Koz también tenían chicas lindas colgadas de sus brazos, riendo mientras probaban el ponche o compartían pedazos de pan de frutas. Si Zane se hubiera podido poner más verde de la envidia, lo habría hecho. Se conformó con ignorar las invitadas y mantenerse al margen. Las chicas de los E-teens traían vestidos acorde a las festividades con telas brillantes, tonos cálidos y detalles que contrastaban con la oscuridad de la guarida. La princesa Diara era la que estaba mejor vestida, por supuesto, y parecía que había ayudado a Zair y a Teeny porque ellas también se veían bien. Aunque no lo suficiente como para opacar a la anfitriona. Zair llevaba un vestido verde bosque que le sentaba sorprendentemente bien, con tacones adecuados que no parecían incomodarla. Se veía bonita, distinta, más grande de lo que Zane recordaba. Incluso alguien tan frío y lleno de rencor como él podía reconocerlo. Zair estaba realmente agradable a la vista esa noche. Claro, él no se lo diría. Verla así le hacía plantearse si el regalo que le dio era lo suficientemente bueno, después de todo. Llegado el momento de los regalos, todos arrastraron sillas y se sentaron alrededor del árbol. El chiste del "amigo secreto" era que cada quien fuese al árbol para recoger el regalo que le correspondiera a él. Sin saber quien se lo daba, y tratando de adivinar de quien era. Las reacciones eran todo menos aburridas, porque los chicos no perdieron la oportunidad para hacer bromas tontas. Rynoh fue de los primeros. Rompió el papel azul con torpeza y extrajo unos lentes de cristal transparente con un punto negro perfectamente dibujado en el centro de cada lente. —Uno de ustedes está loco —dijo el chico alto, extrayendo las gafas—, nuestra raza tiene los mejores ojos de la galaxia y ustedes me regalan unos anteojos. Parpadeó un par de veces, confundido, antes de ponérselos. La sala estalló en carcajadas. Sobre sus ojos completamente anaranjados y sin pupila, los puntos negros parecían pupilas falsas, torcidas y ridículas. Rynoh se llevó una mano al rostro, parpadeó varias veces y entonces entendió. Frunció el ceño con furia. —¿Están bromeando…? —gruñó, arrancándose las gafas para lanzarlas al suelo con intención de hacerlas pedazos. —¡Eh, eh, tranquilo! —se carcajeó Koz, casi doblándose de la risa— ¡No era para tanto! ¡Era solo un chiste! —Fuiste tú ¿verdad, principito? —masculló entre dientes incorporándose con ira. Afortunadamente, ese pequeño espectáculo no perturbó el ambiente festivo y las risas lo hicieron todo más ameno. Aunque Rynoh no estaba conforme con la broma y quiso darle un puñetazo a Koz. Antes de que esto escalara, Teeny agarró el regalo que le correspondía. —¡Wow! —exclamó, extrayendo un telescopio con varios lentes de repuesto, ajustables y cambiables— ¡Oh! ¿Quién fue? ¡Tengo un beso para ella! —¿Cómo sabes que no es un él? —se cruzó de brazos Bash, enfurruñado de pronto. Teeny ladeó la cabeza, lo observó un segundo y sonrió de medio lado. —¿Tú fuiste, Bash? Oww —la chica se acercó a él con la ilusión de darle un beso, pero terminó dándole un pequeño puñetazo juguetón en el brazo— Tampoco te emociones, no malgastaré un beso. Pero... ¡Caray! ¿Cómo lo sabías? —Pues... yo... —el chico se ruborizó como si de verdad le hubiera dado el beso. Los demás rieron entre sorprendidos y burlones. Por ahí se escuchó un silbido burlón de Techris. Más de uno se miró con expresión cómplice, parecía que había una "parejita" nueva entre los E-teens y a todos les hizo tremenda gracia. El simple hecho de tener material con el qué incomodar a Bash resultaba glorioso. Cuando las risas se apagaron, la anfitriona no pudo con la anticipación y fue a agarrar el que era suyo, con papeles de color blanco marfil y dorado. Se veía opulento y a ella le encantaba todo eso, más que nada, el ser el centro de atención. Al abrir la caja, Diara se quedó un instante choqueada, el grito que soltó segundos después fue tan agudo que más de uno dio un respingo. Alguien se dejó caer su vaso de ponche encima y otro casi se atragantó con el pan de frutas. Diara extrajo un espejo deformante de la caja de regalo. Su reflejo aparecía alargado, torcido, grotesco. —¡Qué crueldad! —exclamó, cerrando los ojos de golpe y girándose dramáticamente—. ¡¿Quién haría algo así?! ¡Son unos monstruos! Entre risas ahogadas y carraspeos mal disimulados, Zylus se inclinó hacia adelante con una sonrisa ladeada, claramente satisfecho consigo mismo. —Creí que te gustaba ver tu reflejo, princesita —soltó una risa Zylus, con gesto de suficiencia—. Parece que eso te curará la vanidad por un tiempo. Diara abrió un ojo, miró de reojo el espejo y chasqueó la lengua con indignación, mientras Zylus se mordía el labio para no reírse más fuerte. —¡Eres horrible! —le espetó. Todos rieron por esa broma, por su puesto que serían pocos los verdaderos regalos, considerando quienes eran ellos y cómo eran. Aun así, el ambiente era bueno; aunque nunca resultaba agradable ser el blanco de una burla, ver cómo otros pasaban por lo mismo ayudaba a que nada escalara más allá de un “me las pagarás” dicho entre risas. Los siguientes intercambios no fueron muy distintos, bromas pesadas, algún objeto inútil, y uno que otro regalo genuinamente bien pensado que, para sorpresa de varios, limó asperezas. Después de todo, pertenecían al mismo bando, aunque se repartieran en facciones distintas y no siempre se soportaran. —¿Porqué no abres el tuyo, Zair? —llamó Zane, de pronto. Todos se voltearon a mirarlo, era el primer conjunto de palabras que decía después de estar toda la noche en silencio. La chica lo miró de la misma forma y entornó los ojos. —No me digas ¿es tuyo? —ella se levantó para ir a verlo con cierta suspicacia, tomando la sencilla caja de cartón— Podría echarlo a la chimenea justo ahora si es otra broma, Zane. El chico sonrió, retador y con la misma carga de insolencia que compartía con Zair. —Bueno, es tu decisión —se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Pero si quieres perderte de algo tan genial como eso... Eso fue suficiente para picar la curiosidad de la chica. A pesar de lo que dijera, tal como Zane pensaba, ella seguía teniendo la ilusión de la infancia aún viva. Destrabó la caja con rapidez y sin pensarlo mucho, revelando un interior negro lleno de papel cortado. En el centro, estaba un dispositivo kairu que proyectó el holograma en carrusel de seis cartas. Había cinco ataques nuevos, nunca antes vistos, que parecían poderosos pero que a la hora de ver las líneas de descripción no decían más que sus nombres. Lo mismo pasaba con el monstruo del medio, la sexta tarjeta que resplandecía con kairu oscuro. —Zane... —murmuró ella, asombrada— ¿Qué es todo esto? —Un monstruo nuevo y cinco ataques a juego —respondió él con un resoplido de fastidio, aunque estaba atento a la chica para ver su reacción—. No lo juzgues antes de probarlo. Talvez te sorprenda. El monstruo aparecía indefinido, como una sombra muy oscura en la tarjeta. Sus descripciones estaban vacías, pero el nombre era muy visible. —¿Krampus? Las luces del árbol titilaron por un segundo y, a la vez, todas se fundieron en un apagón repentino. La enorme cantidad de oscuridad no hizo más que resaltar el brillo del carrusel de tarjetas y ataques en el dispositivo, confiriéndoles un aire fantasmal. El rostro de Zair, que ya de por si tenía unas características inusuales, contrastaba con la oscuridad, pintado con la luz del kairu oscuro y el brillo centelleante del pausado giro del carrusel holográfico. —Muy bien, un apagón, lo que faltaba —chilló Diara—, ¿Qué haces ahí en la penumbra, Koz? ¡ve a revisar los fusibles o lo que sea que nos de energía aquí! El principe, que estaba sosteniendo a su chica con aprensión, tuvo un segundo de desconcierto. Diara hacía esto a menudo, darles órdenes como si ellos fueran sus sirvientes. Asi que, con un gesto amargado, rodando los ojos, dejó a su chica sola y salió por el pasillo, alumbrándose con su propio X-reader. —¿Y bien, Zair? —preguntó Zylus, con los celos mal disimulados—. ¿Qué tan poderosa es esa sombra nueva? —No lo dice —respondió ella, encogiéndose de hombros, aún fascinada—. ¿Dónde encontraste esto, Zane? ¿Por qué no puedo ver nada de los ataques ni del monstruo? —Supongo que tendrás que probarlo. —¡Eso! —Techris se terminó su vaso de ponche de un solo trago y alzó su X-Reader—. ¿Qué tal un reto kairu en la sala de entrenamiento? Quizá esta vez sí puedas ganarme, Zair. Siempre hay una primera vez. Ella sonrió de lado, levantando apenas la barbilla. —Lo que pasará es que perderás —descargó el contenido completo en su X-Reader—. Te haré trizas. —¡Eso tengo que verlo! —se rió con fuerza Rynoh— ¿Qué dicen todos? ¿terminamos la fiesta en la sala de entrenamiento? Todos asintieron y terminaron sus copas antes de dirigirse con prontitud hacia el pasillo. Todos iban alumbrándose con las luces de sus X-readers, pero la expectación se sentía en cada paso. Zane había adquirido un par de dudas ¿habría sido buena idea darle esos ataques a su hermana? ¿Podrían ser acaso malignos como tendían a ser los que estaban inspirados en el kairu oscuro? Cuando había mirado la tarjeta y los ataques antes, cuando los acababa de recibir, Zane había tenido un momento de decepción. Una tarjeta oscura era un arma de doble filo, porque no se sabía qué podía hacer sino hasta que se probaba. Podía ser poderosa o endeble, cincuenta y cincuenta de posibilidades. Por eso, aunque él no era necesariamente el hermano más caritativo ni generoso, decidió que lo descubriera Zair. De haber sido un monstruo poderoso, lo más seguro era que se la hubiera quedado para él mismo y no se la ofreciese a nadie. Una ventaja como esa no podía perderse así como así. Pero en este caso, el beneficio de la duda lo impulsaron a sacarse de encima ese peligro. Zair era más resistente que él. Así lo eran todas las mujeres de su especie. En un lugar tan peligroso como lo era su planeta natal, no se podía dejar lugar a los débiles. Tanto Zair como Zane descendían de una larga estirpe de guerreros poderosos, que aunque no peleaban con kairu como ellos, habían pasado a la historia de su mundo como los mejores de los mejores. Cualquier cosa que pasara, sería buena para ella... con esa excusa le había dado ese juego de cartas, pero ya se estaba arrepintiendo. Cuando llegaron a la sala de entrenamiento, todos se ubicaron en unas áreas protegidas que se perfilaban en un gran trecho de protección. Cintas de energía cruzaban de arriba a abajo unas gradas como las de un coliseo. Se suponía que eran irrompibles, con la idea de que los espectadores pudieran ver el reto kairu sin resultar heridos. La luz que proyectaban era suficiente para iluminar todo el complejo, que tenía un buen tamaño considerando todo el espacio que se requería para cualquier batalla entre monstruos. Cuando Zane estaba por entrar, Zair lo tomó por el brazo, reteniéndolo. Sus ojos claros, felinos, le lanzaron una mirada asesina. —Más vale que no sea una broma —le siseó, mostrando los dientes. Zane se limitó a sonreír taimadamente. —¿Tienes miedo, pequeña guerrera? —al verla apartar la vista por un momento, delatándose, él continuó— Porque si es así puedes devolverme el juego completo y... Ella lo soltó, dándole un empujoncito amistoso y fraternal. Su sonrisa era idéntica a la suya, la misma inteligencia orgullosa. —Mírame, soy tan fuerte como tú. —¿Sí? —se cruzó de brazos— Demuéstralo. Zair parecía encantada con la aprobación de su hermano mayor, a pesar de todo, tomó el valor para irse al centro del coliseo. Ahí, Techris ya estaba esperando, saludando a su chica desde la arena. La rubia de piel pálida le devolvía el saludo con una sonrisa extasiada y entusiasta. Zair, le lanzó una piedra pequeña hacia el casco para que le prestara atención. —Tu contrincante está aquí, Techris. —Puso las manos en las caderas, con ademán vanidoso. El chico se enderezó el casco para después sonreír a sus retos. —Desafío kairu. —se colocó en posición, inclinado hacia adelante con los puños unidos a la altura de la barbilla— Sé gentil, gran maestra kairu. Tengo una chica a la que impresionar. Con ese comentario, ambos se sonrieron de forma cómplice. A pesar de todo, se podía decir que eran amigos. —Desafío aceptado. Le daré un espectáculo a tu noviecita. En un segundo, ambos activaron sus respectivos monstruos. Un resplandor azul oscuro rodeó a Techris cuando él invocó a su reciente Maneglor, conocido por ser un monstruo oscuro intimidante y potente en todo sentido. Pero cuando Zair iba a sacar la carta de su nuevo monstruo, dudó una vez. Había visto el resplandor de unos ojos purpúreos que la miraban con expectación desde el holograma. Pero la sombra volvió a ser oscura por completo. —¡Krampus! Entonces el brillo de líneas y líneas de kairu oscuro rodearon a la joven adolescente. A la vez, las líneas de energía que protegían las gradas parpadearon un par de veces. Todos observaron sorprendidos como Zair se transformaba en el monstruo. Debía de medir seis metros, con forma antropomórfica, sus poderosos brazos estaban terminados en garras con pelo espeso y oscuro. Sus tenía cuernos y unas fauces enormes como de lobo y a la vez oso, entre ellas se deslizaba una lengua larga un roja mientras el monstruo rugía. Varias vueltas de cadenas de pesado metal negro le rodeaban el pecho y el abdomen. Zane, desde las gradas, experimentó un acceso de envidia, pero fue más fuerte el orgullo que sentía por su hermana. El monstruo era magnifico, enorme y poderoso, más grande que los de muchos ahí. Casi tan grande como el Hydrax de los Hiverax, probablemente podrían haber luchado juntos sin ningún problema y estar igualados. Krampus rugió y todo el coliseo tembló con fuerza. La energía oscura que salía de él era abrumadora y, poco antes de que iniciase la batalla, Lokar se materializó junto a los e-teens en las graderías. Zane y los demás voltearon a verlo, asustados. No se suponía que el maestro supiera de esto. —Maestro... nosotros... —empezó a decir Zane, pero Lokar lo mandó a callar. —Llevo años buscando este monstruo. ¿Quién logró conseguirlo? Zane se dio cuenta de que estaba atrapado, por lo que decidió afrontarlo como hombre. Se puso en pie. —Robé el kairu mientras los Battacor y los Stax peleaban por él, maestro. —confesó, escuchando los sonidos de sorpresa de los tres chicos más allá. —¿Fuiste tú? —gritó, indignado Zylus— ¡¿Tienes idea de el tiempo que pasamos buscando entre la nieve buscando si el kairu había bajado a algo en la roca del continente? —Lo hice en venganza —masculló entre dientes Zane, volviéndose al maestro—, ellos se habían estado burlando de mi y yo... —¡Silencio! —El grito hizo a Zane bajar rápido la cabeza, humillado— Un acto despreciable, sumado a la energía oscura el las fechas estelares. Mmm... Se volvió hacia la arena, donde Zair, en la piel de Krampus, seguía rugiendo, intimidando a todos con su tamaño y fuerza. Zane lo veía desde arriba, su hermana podía estar en peligro. Techris, en la piel de Maneglor, no dejaba de retroceder, y si se fijaban bien hasta se podría percibir un ligero temblor. —No puedo estar seguro —dijo Lokar, pensando en voz alta—, debo verlo luchar... Zane hubiera jurado que detendrían la pelea, pero al ver al maestro tomar asiento de esa forma tan particular, entendió que el espectáculo ya había comenzado. Techris quizo atacar primero, lanzó un potente Massive Brimstone, que creó un sunami de rocas oscuras que se precipitaron contra Krampus. El estruendo de rocas y tierra removida se impuso a los rugidos del monstruo, pero Krampus no hizo más que soltar una risa grave antes de hacer a un lado el ataque sin problemas. —¡Sack of Punishment! De la nada, de las zarpas del monstruo se desplegó algo como un saco de cuero enegrecido, desl que salieron sombras enormes, más oscuras que las mismas tinieblas y se enroscaron alrededor de Maneglor, asfixiandolo, y todos vieron como su kairu empezó a drenarse de él con pulsos rápidos. Techris quiso soltarse, pero solo alcanzó a gritar antes de que las sombras se disiparan. Sin energía para contraatacar, Maneglor se dejó caer de rodillas, donde Krampus volvió a atacar. —¡Birch Chains! Docenas de cadenas, enroscadas y hechas de algún tipo de madera o enredadera negra, salieron despedidas hacia Maneglor, azotándolo con fuerza. Los estallidos de energía se sentía en toda la arena y los azotes reverberaban con el látigo del castigo. Techris se había puesto más cerca del suelo, tratando de cubrirse en vano del castigo. —¡Black Frost's Trial! De la nada, la temperatura en todo el coliseo bajó en picada, como si el frío del exterior se hubiera colado de lleno. Escarcha negra y nieve oscura empezaron a caer, y Zane se sorprendió al ver su aliento flotar en vaho frente a su rostro. Maneglor parecía desorientado, alzaba la vista perdida y daba tras pies al intentar reincorporarse, su monstruo titilaba. Por un instante Techris volvía a verse y luego regresaba Maneglor por unos segundos. La energía se acababa y él no había asestado un solo gope. Pero Krampus no había acabado. —¡Krampusnacht! De la nada, el monstruo nuevo de Zair se multiplicó, de pronto había cinco o seis como él alrededor de Maneglor. Reían y soltaban bramidos que helaban la sangre, a Zane no le cabía la menor duda de lo que iba a pasar y sin embargo no podía apartar la vista. El monstruo original soltó una risotada y las luces de las redes de energía se apagaron al completo. Por un instante, todo el coliseo se quedó en oscuridad cerrada. Lo peor fue lo que se escuchó. Docenas de dentelladas, gruñidos, sonidos repugnantes y de pronto risas lejanas. El silencio se impuso y todos se quedaron sin aliento. —¡No! ¡Zair! Zane encendió su X-reader y con su luz bajó corriendo las gradas, dando traspiés. —¡Zair! ¡Respóndeme! Al llegar a la arena, tuvo que atravesar toda la destrucción, la nieve y... la sangre oscura para acercarse a la primera figura que se perfiló a la luz blanca del X-reader. Zair se había des transformado, estaba en el suelo, semienterrada en la nieve negra. Desmayada. —¿Zair? —no sabía qué decirle, porque no sabía qué había ocurrido, su hermana estaba llena de sangre, pero no era propia, no habían heridas aparentes. Lokar se materializó a un lado de los hermanos. Zane dio un respingo y miró al maestro, confundido, esperando ayuda. Pero Lokar solo lo miró con indiferencia y creó una bola de kairu en la palma de su mano para iluminar la arena. La escena era de pelicula de terror. Pero sorprendentemente, Techris estaba vivo, un gemido suyo más allá se lo confirmó. —¿Qué ha pasado, maestro? —se atrevió a preguntar él, sin pensarlo. —Krampus es un monstruo que castiga —señaló hacia la sangre y las heridas en Techris, su ropa rota y el estado de inconciencia—. Ha terminado con Maneglor, es una suerte que no acabara contigo ni con Techris o los demás. Lokar se inclinó para tomar el X-reader de Zair. Al desplegar el holograma de carrusel, por fin se veían las tarjetas, sus niveles y descripciones. Y Zane vio el monstruo demoníaco en la tarjeta central, con esa risa salvaje y cruenta, con los ojos encendidos y en ansia por castigar. Sin pedir consentimiento, Lokar extrajo las seis tarjetas, incluso las que no fueron usadas y las pasó a su propio X-reader. Al volverse, miró con cierta decepción a Zane, desde el pedestal que le confería su altura. —No ha sido tu mejor navidad ¿cierto, Zane? —la burla se sintió como una daga helada, el chico miró a su hermana— dime ¿sabías que era el Krampus al dárselo a Zair? Él negó, cohibido por la culpa y la tristeza. Podía decir todo lo que quisiera, pero no era nada sin su hermana. Tas ellos, el resto de los chicos se acercó caminando con cautela, el sonido de la nieve ensangrentada al ser pisada por sus botas se le antojó repulsivo. —Techris estará bien, las pesadillas y heridas superficiales nunca han matado a nadie. No puedo decir lo mismo de su monstruo, Maneglor es historia ya. Ha sido cosechado por Krampus y su energía reside en él. Se volvió al resto de los chicos, con una sonrisa maniática. —Ya sé que esta no era su intención, pero me han dado un preciado regalo esta navidad. Sin decir más, desapareció dejándoles solo con la luz del X-reader se Zane. Entonces Zair y Techris despertaron, confundidos y asombrados. Todo les dolía y la sensación de haber atravesado algo enorme los tenía inquietos. —¿Qué fue lo que pasó, Zane? —murmuró ella, mirando la sangre sobre su ropa. —Creo que todos estamos de acuerdo en que esta será la última vez que jugaremos amigo secreto —masculló él, pero con la fuerza suficiente para que todos lo oyesen—, es claro que no podemos arriesgarnos a dar otro... regalo equivocado.Capítulo 1
30 de diciembre de 2025, 17:10
El árbol resultó ser más pesado de lo que parecía. Zane tuvo que cargar con él un par de kilómetros hasta la guarida, arrastrando el tronco sobre la tierra helada mientras las ramas le golpeaban la espalda y los costados a cada paso. El olor a pino terminó impregnándosele en la ropa, en el cabello y en la piel misma. El aroma fresco y punzante contrastaba de forma absurda con el cansancio que le ardía en los músculos, llevaba ya un par de horas en ese arrastre tedioso, y ya sentía que le iban a ceder las piernas.
La corteza le provocaba una comezón constante en las manos y los insectos que se desprendían de la madera se colaban bajo sus guantes y el cuello de su camiseta, obligándolo a apretar los dientes. Más de una vez tuvo que detenerse para sacudirse la ropa y dar uno que otro baile raro para deshacerse de los bichos.
Le escocían los dedos, los hombros le temblaban por el esfuerzo, pero no podía decir que no. Se lo debía a Zair.
La vieja guarida se mantenía siempre igual, fría, oscura, lúgubre y derivados, pero esta vez era diferente. Antes no existía nada parecido a celebraciones en la guarida, por razones más que obvias, pero ese año había cambiado. Desde que los Imperiaz se unieron al lado oscuro, comenzaron a insistir con sus extrañas festividades humanas, hablaban de fechas señaladas, de rituales sin sentido, de comidas específicas y decoraciones inútiles. Provenían de ese mundo absurdo de humanos, y traían consigo costumbres que ni Zane ni Zair habían visto jamás.
El día de acción de gracias, Halloween y otras rarezas no habían resultado del todo desagradables. El día de brujas, por ejemplo, encajaba sorprendentemente bien con la torre de Lokar. Las calabazas, sombras y monstruos parecían hechos a medida para aquel lugar. Pero la navidad no era algo que pudieran hacer entrar en un lugar como ese.
Estaba de más decir que Lokar no aprobaba ninguna de las tonterías de los Imperiaz, pero cada equipo contaba con sus propios cuartos, y el de los tres príncipes se había convertido en un pequeño santuario de festividades casi todos los meses. Ahí no podía meter sus manos el maestro, por más que quisiera, ese pequeño espacio cuadrado era el reino personal de los hermanos y ahí se celebraban las fiestas que ellos querían. Mejor dicho, las festividades que Diara quería.
Zane repugnaba todo eso, lo odiaba como solo puede hacerlo una persona como él y cargar ese maldito árbol le parecía de las peores humillaciones que nunca antes le hubieran hecho. Si hubiera dependido de él, nunca, de los nuncas, habría aceptado semejante idiotez. Fue una verdadera desgracia que a Zair la Navidad le encantara tanto.
Su hermana menor tenía catorce años, apenas dos menos que él, y todavía conservaba esas tendencias infantiles que Zane fingía despreciar, aunque en el fondo le resultaran imposibles de ignorar. Cuando Diara le habló de la Navidad ese primero de diciembre, la pelirroja se volvió loca con la idea de los adornos, la comida, el chocolate, el árbol, las luces por todas partes y, sobre todo, los regalos.
Según las historias humanas, en Navidad un hombre gordo vestido de rojo dejaba obsequios durante la noche a las personas que se portaban bien. A Zane le parecía una leyenda estúpida, un cuento ridículo para mantener a la gente dócil y expectante. Aún así, los humanos parecían encantados con darse regalos entre ellos.
Zane resopló al entrar finalmente en la guarida. La punta del pino raspó el suelo de piedra con un sonido largo y áspero, que se extendió por la gran sala oscura. El olor de las agujas de pino en medio de ese horrible lugar era bastante extraño, pero para variar no estaba mal. Llegaba un punto en el que el hedor a moho y humedad era algo a lo que se cansaba muy rápido.
Arrastró y arrastró el árbol cortado hasta la habitación de los Imperaz, rogando para que Lokar no lo encontrase en plena profanación de su santuario del mal. El puño le tembló al tocar, todos sus músculos adoloridos querían derribar la puerta, pero ya no le quedaba energía para eso. Aunque, si hubieran tardado un segundo más, lo habría hecho.
Algunos de los idiotas de los otros E-teens solían preguntarle por qué Zair no se parecía en nada a él, si se suponía que eran hermanos. Bastaba con verla asomar el rostro por el lateral de la puerta para entender por qué hacían la pregunta. Cuando la puerta se abrió y su hermana sacó el rostro por el lateral de la puerta, la piel ligeramente rojiza y el cabello encendido eran lo primero que saltaba a la vista. Pero su mirada felina y confiada, algo taimada, era lo que se quedaba contigo después de que se iba.
—Oh, mira —dijo, hablando por encima de su hombro—, Zane ya trajo el árbol ¿Dónde quieres que lo ponga, Diara?
—No, no no no —se apresuró a decir él, tomando el pino y empujándolo hacia dentro del cuarto sin esperar a que le diesen permiso—, yo ya hice mi parte. Ahí está el árbol. Ustedes sabrán dónde meterlo.
Lo lanzó hacia el interior y lo dejó ahí, antes de sacudirse las manos. Su hermana se cuadró de brazos, irritada.
—¿Acaso has visto lo que has hecho? —chilló, las cejas arqueadas como ganchos afilados— tienes suerte de que no te mandemos por otro.
La rubia de la princesa apareció por detrás de un montón de cajas. Traía un abrigo de diseñador y unas botas a juego, todo con la temática navideña. Ella también estaba a punto de empezar un pandemónium cuando Zane se dio la vuelta para marcharse.
—Miren nada más al Grinch de esta Navidad —se burló ella, con un gruñido desdeñoso, echándose un pesado rulo rubio por encima del hombro—. No te sorprendas si en tu calcetín encuentras carbón este año.
—Encontrará también mi puño en su plexo si sigue así de cascarrabias —gruñó Zair, agachándose para tratar de levantar el pino—. ¡Casi destruye el árbol!
—¿Qué se puede esperar de alguien como él? —añadió Diara, encogiéndose de hombros con teatralidad—. Basta con saber que no es de cuna real.
—Oye, te recuerdo que es mi hermano —entrecerró los ojos mientras daba vuelta al pino—, solo yo puedo insultarlo. Oh... que idiota. ¡Mira lo aplastado que quedó el árbol de ese lado!
—Siempre tiene que haber un aguafiestas —dijo Teeny, saliendo desde detrás de las cajas de adornos—. Y este año, claramente, le tocó a Zane. Ven, Zair, vamos a poner el lado aplastado contra la pared. Decoraremos el lado más bonito.
Zane no esperó a escuchar todo lo que las chicas le iban a decir. Dio media vuelta y se largó por el corredor, con el eco de las quejas, insultos y los adornos tintineando detrás de él. El olor a pino lo seguía pegado a la ropa mientras él daba pasos pesados por la oscuridad de la guarida.
Los Imperiaz quisieron jugar un juego para hacer más interesante la fiesta, o eso querían pretender. La dinámica del "amigo secreto" era que se escribían todos los nombres de los participantes en pedacitos de papel y que cada uno tomaría un trozo ajeno sin verlo y sin mostrárselo a los demás. A la persona que te saliera en el papel, debías darle un regalo por navidad. Simple.
Zane tuvo suerte de que en su papel hubiera aparecido el nombre de su hermana.
No habría soportado que le tocara alguna de las otras chicas de los E-teens. Aunque jamás lo admitiría en voz alta, no era bueno con las chicas, y la idea lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar. A Techris se le daba mejor, según se jactaba mucho de eso. Zane también lo odiaba por eso.
La habitación que compartía con Techris y Zair estaba en penumbra. Si algo le alegraba es que la navidad no estuviera inundando todo el complejo, su habitación seguía intacta, para su mayor suerte. Había tres áreas diferentes, con tres camas, una para cada uno. Aunque la de Zair tenía un pedazo de muérdago en su mesa de noche, Zane lo miró apenas un segundo antes de apartar la vista, molesto incluso con ese detalle mínimo. Se podía decir que todo estaba relativamente en orden.
Zane dejó caer los guantes sobre una mesa baja y se pasó una mano por el cabello, irritado antes de perder la paciencia. Techris, que jugaba a un videojuego de realidad virtual en un lado de la habitación, apagó el equipo en cuanto sintió al líder del equipo entrar respirando de esa forma.
—Basura —masculló Zane, con hastío.
—Tú no es que seas muy útil tampoco —rezongó por lo bajo Techris.
Zane lo volteó a ver un segundo, luego, con el gesto muy fruncido, respondió:
—No, tú no, idiota. Toda esta festividad es una basura.
Se dejó caer sobre la cama, aún con las botas puestas, mirando el techo de piedra con reprobación.
—Luces, árboles, regalos… —continuó, dando por hecho la atención de su compañero—. Estos idiotas celebrando porque sí en todo el planeta y los Imperiaz jugando a que esto es un maldito hogar. Me repugna hasta las entrañas, quisiera que el maestro pudiera verlo.
—Hey, tampoco es para tanto —respondió Techris desde el otro lado de la habitación.
Zane giró la cabeza. Techris estaba ahora sentado sobre su propia cama, revisando algo en su X-Reader, con una expresión demasiado relajada para el gusto de Zane.
—¿Ah, no? —gruñó el líder—. Entonces explícame por qué tengo que cargar árboles, fingir entusiasmo y encima conseguir un regalo estúpido para alguien solo porque ahora todos quieren jugar al estúpido "amigo secreto".
Techris, bajo las gafas que nunca se quitaba, alzó una ceja, divertido.
—Porque es una fiesta —dijo, encogiéndose de hombros—. Y porque no todo tiene que ser guerra, oscuridad y planes del maestro para conseguir el kairu. Admito que amo ser un guerrero kairu, pero no está mal de vez en cuando olvidar todo y... bueno, ya sabes. Tienes aún varios días para la fiesta, no es de un día para otro. Puedes pensar bien lo que le darás. Además… —sonrió de lado—, yo no me quejo. Ya que Diara llevará a su ligue actual, me creí en el derecho de llevar a alguien también y darle un regalo especial.
Zane se incorporó de golpe.
—¿A alguien?
—Sí —asintió Techris, con una media sonrisa descarada—. Una chica. Nada serio, claro…
El ojo izquierdo de Zane le parpadeó con un tic nervioso antes de desviar la mirada.
—Genial —escupió—. Así que tú tienes una cita, Diara y los demás príncipes ponen adornos, árboles y esas estúpidas ideas femeninas para convertir la guarida en un cuento de hadas. Y claro, Zair está encantada, y yo… —apretó los puños y se los llevó a las sienes— yo tengo un papel ridículo de “amigo secreto” con su nombre y ni siquiera sé qué demonios regalarle.
Techris lo observó con atención esta vez.
—Te lo estás tomando muy en serio.
—No me lo estoy tomando en serio —replicó Zane, demasiado rápido—. Me molesta que de la nada todo el mundo de haya vuelto loco por nada...
—¿No has pensado en quien sacó tu nombre? —trató de animarlo él— eso le hace ilusión a cualquiera.
—Me importa un carajo lo que me puedan regalar —gruñó sin pensarlo—, no será el poder ilimitado ni la practica en batalla que necesito para estar por encima de todos.
El otro chico suspiró, incómodo por la insistencia de Zane, se incorporó y cruzó la habitación para quedarse junto a la puerta.
—Voy a ver a mi chica —dijo, con indiferencia—, deberías salir también. Estás quedando muy loco con todo el asunto. Date una vuelta al glaciar o te largas un poco más lejos. Te aseguro que te hará bien respirar más aire fresco y no la inmundicia mohosa y frívola de esta guarida.
Zane se incorporó con los dientes apretados y estaba a punto de gritarle mil cosas a Techris, pero este decidió desaparecer en ese momento. Como líder, no toleraba insubordinaciones, pero este definitivamente era un caso especial. Su compañero tenía razón, si ya estaba algo loco con la sed de poder que lo impulsaba en las batallas, esta nueva irritación lo estaba haciendo tres o cuatro veces peor.
Si Techris había conseguido una chica saliendo por ahí y viendo mundo, puede que a él no le sentara tan mal darse una escapada. De todas formas, aún no había conseguido un regalo para Zair.
En la salida se encontró a Bash y Rynoh desenredando unas luces de navidad de colores. Zylus llevaba la punta de la extensión y los arrastraba a ellos detrás, casi como si fuera la correa de un par de perritos tontos.
—Debe ser una broma… —gruñó Zane, deteniéndose en seco—. Hey, ustedes. ¿Qué demonios creen que están haciendo con eso?
Por la sorpresa, Bash apretó de más y tres foquitos estallaron con una de sus manazas. Rynoh dio un respingo exagerado, y la reacción le arrancó una carcajada abierta a Zylus.
—¿Desenredar las luces? —preguntó Bash, encogiéndose de hombros.
—Si el maestro los ve nos vamos a llevar una reprimenda todos.
Los tres chicos se miraron con cierta culpa, pensando en la que se armaría si Lokar de verdad los veía. Bastó imaginar el rostro de Lokar para que la risa se apagara apenas un instante.
—Relájate, hermano —se defendió Zylus—. Igual solo estamos llevándolo a la habitación de los Imperiaz, no nos quedaremos aquí a esperar a que el maestro nos encuentre.
—Tampoco es como si aceptáramos reprimendas tuyas, Zane —alzó una ceja Rynoh, sus ojos anaranjados sin pupila titilaron con burla—. Te recuerdo que no eres nadie para darnos órdenes.
—Está interpretando su papel —dijo Bash, soltando una risotada—, Diara y Zair lo dijeron ¿recuerdan?
—Ah si, claro —Zylus echó hacia atrás la cabeza para reírse largo y tendido— ¡Es cierto! Esta temporada Zane es nuestro Grinch personal. Lo había olvidado.
—¿Qué? —ya era la segunda vez que le decían así en un solo día, la vena en la sien llevaba rato palpitándole— ¿Qué demonios es un grinch y porqué se supone que soy yo?
—Te queda como anillo al dedo ¿sabes? —añadió Rynoh a la burla— comparten no solo el mismo temperamento por la navidad, sino el color.
Una nueva partida de risas se soltó entre los tres chicos. Zane los observó, sin entender del todo el chiste, rabiando. No entendía porqué todo el mundo estaba en su contra ese día. Solo sabía que quería responderles algo inteligente, algo que los dejara callados, solo que no sabía qué.
—Vámonos, muchachos —les indicó Zylus con media sonrisa—, dejemos al agua fiestas ser un amargado todo el tiempo que quiera.
A Zane le hervía la sangre, pero se contuvo. En los entrenamientos se las vería con esos grandulones. No eran tan rudos cuando se los atacaba con estrategia antes que con fuerza bruta.
Con renovadas razones para salir a desahogarse, Zane emprendió el camino hacia el exterior. El frío de la nieve era bastante para sacudir los ánimos y devolverle algo conocido a Zane, después de que esa extraña festividad le tratase de arrebatar su normalidad. Eso lo impulsó a dar más pasos hacia afuera, dejando que el crujido de la nieve bajo sus botas marcara el ritmo de sus pensamientos, hasta que finalmente empezó a andar con más confianza y la mente más clara.
De verdad que era un tonto. Nadie lo obligaba a jugar ese patético juego ni a ir a la fiesta de navidad, pero él sentía que era su obligación. Igual que tuvo que hacerlo al traer el pino, todo lo hacía por Zair.
Sabía que no había sido el mejor de los hermanos siempre, al mantenerse todo el tiempo con la cabeza maquinando planes maléficos y sedientos de poder casi no le quedaba tiempo para ser más que un guerrero kairu.
Se lo debía a su hermana, así de sencillo.
El problema era que no tenía ni la menor idea de qué regalarle... ¿Qué se le regala a una chica de catorce años? maquillaje, perfumes dulzones y tonterías para el cabello estarían bien para la princesa Diara, por su necesidad constante de atención. Pero nada de eso serviría para Zair. Ella era más de... cosas... diferentes. Zane se llevó las manos a las sienes, estrujándose el cerebro. ¿Qué se le daba a una chica como su hermana?
Llevaba ya unas horas caminando en plena nieve y con puros pensamientos oscuros y confusos, a cada cual más enredado, cuando una piedra enorme calló frente a él.
El impacto hizo temblar el suelo bajo sus botas y lo sacó de sus ensoñaciones. El shock del momento lo dejó helado, durante unos segundos se quedó observando la superficie rugosa y humeante del fragmento incrustado en la nieve. El calor residual contrastaba con el aire helado, levantando una neblina inquietante.
Entonces sus sentidos se agudizaron y alzó la vista. Arriba, se estaba librando una batalla kairu.
No era tan cerca como parecía, debía estarse desarrollando a unos kilómetros por encima de él. Un par de monstruos indefinidos se lanzaban ataques con fuerza, los estallidos de colores y las hondas expansivas hacían que ráfagas heladas golpearan el rostro de Zane como bofetadas. El chico retrocedió para ver mejor. Entonces alcanzó a ver otros dos pares de monstruos más luchando encarecidamente.
Reconoció el Metanoid de su enemigo, Ky, cuando el sol de invierno dio de lleno en la estructura metálica del peto del monstruo. Los Stax peleaban por kairu, pero ¿contra quien?
Zane, con su curiosidad característica, decidió acercarse para ver qué ocurría exactamente. Dio unos pasos cuidadosos, ocultándose aprovechando las formaciones de hielo y las rocas para cubrirse. Debía ser cuidadoso, porque sin estar convertido cualquiera de esos ataques podía matarlo con una facilidad asombrosa. Pero para su suerte, los seis chicos estaban ocupados en sus propios asuntos.
Su sistema reticular captó la infinita de Maya y una sonrisa de reconocimiento se le escapó sin pretenderlo, pero no se detuvo a pensar mucho en ella. Fue el Magnox de Zylus el que lo hizo detenerse. Los Stax peleaban con los Battacor.
—Esos idiotas —dijo, sin darse cuenta.
Las bromas sobre el grinch, sea lo que fuere eso, seguían en la mente del chico. ¿Cómo podría, alguien tan rencoroso como él, olvidar el menor insulto?
Alcanzó a ver el objeto por el que peleaban. La reliquia era un trineo inuit antiguo, hecho con hueso y madera viejas, con pieles en los asientos desgastadas por el tiempo. Un brillo eléctrico lo encendía y vibraba por todo el objeto. Era kairu, y, aún mejor, era kairu oscuro.
A Zane se le presentaron un abanico de ideas interesantes. Qué triste sería, para el que ganase la batalla, el no encontrar ni reliquia ni kairu. Tanto como si fueran los Battacor, como si fueran los Stax, la venganza sería dulce para Zane en todos los sentidos.
Tomó su decisión sin pensar demasiado. Con una rapidez propia de su impaciencia, Zane corrió hasta el trineo y, cuando vio que más ocupados se encontraban los guerreros, sacó su X-reader. Con dedos rápidos se apresuró a pulsar los botones para descargar el kairu. El brillo púrpureo se extinguió, llenando su lector al límite con una buena cantidad de energía.
Zane no esperó confirmación alguna, tampoco se detuvo a mirar las tarjetas de ataques o monstruos nuevos que el kairu oscuro le pudiera haber dado. Con el mismo movimiento salió corriendo en dirección opuesta para evitar ser descubierto.
Una risa se le escapó, corta y un poco desafinada, antes de que pudiera detenerla. No había nada como la satisfacción de la venganza.
Zane se perdió entre la nieve y de ahí regresó a su camino anterior, de regreso a la guarida. ¡Cómo hubiera amado ver las caras de todos al darse cuenta de su travesura! pero debía ser prudente por esta vez, si el maestro se daba cuenta de esta transgresión, lo expulsaría. Así que burlarse de los Battacor en sus caras estaba descartado.
Cuando estuvo seguro y las detonaciones y ataques dejaron de escucharse, Zane vio por fin la pantalla de su X-Reader. Y se dio cuenta de que tenía por fin el regalo para Zair.
Notas:
Sé que lo publico un poco tarde, pero quise pulirlo lo máximo posible. Cuando la idea me golpeó, ya había publicado la otra obra, la de la lista de los buenos y se estaba por acabar el plazo para la votación. Así que, no muy segura, inicié la escritura para ver qué salía. Cuando me di cuenta de que el one-shot se estaba escribiendo prácticamente solo, decidí continuarlo aunque no alcanzase a estar en el concurso.
Me alegra que hayan extendido el plazo, porque esta historia, por ordinaria y poco original que fuese, me supo como una diversión navideña bastante buena.
Esta serie antigua y olvidada siempre me da ideas muy divertidas, y ¿porqué no? siempre es muy gratificante crear locuras como esta. Espero que lo hayan disfrutado 🖤✨ ¡feliz navidad atrasada y feliz año nuevo!