Capítulo Único
16 de enero de 2026, 20:29
Cuando los dedos se le entumecieron hasta el punto de arder la piel, Andy empezó a tomar la situación en serio.
Dejó en su lugar la taza de hojalata, porque sostenerla con la mano desnuda hacía que el metal se le pegara a la piel. Llevaba un rato caminando de aquí para allá en la nave, sin pensar demasiado o pensando mucho a la vez. Moverse le ayudaba a que la sangre corriera de mejor forma, o eso había dicho Scout, el robot IA que andaba por ahí pululando cerca de él.
—Un, dos, Andy, un, dos —repetía la voz metálica mientras él hacía movimientos cada vez más robotizados por el creciente frío—. Una media hora más y conseguirás una temperatura corporal óptima.
Andy dejó caer los brazos, fastidiado y cansado.
—¿Sabes qué? —suspiró, con voz apagada— vamos a hacer algo. ¿Que te parece si ayudas a Jenny con el calentador? hace rato que ella está tratando de repararlo y tú aquí fingiendo ser mi instructor de zumba.
—Tu instructor de zumba te diría que aún te falta mucho movimiento para bajar esos michelines —indicó con cierto sarcasmo la voz metálica del robotsito—. Jenny me mandó a ayudarte hace precisamente dos horas, Andy. La estoy ayudando al obedecerla.
—¿Si? —él miró hacia el sitio de donde salían los chispazos y demás sonidos de reparar cosas— Algo me dice que quiso deshacerse de ambos, Scout.
El robot ladeó toda su estructura al pensarlo seriamente. Andy suspiró, llevando las manos a las rodillas y echando hacia adelante el cuerpo. No se detuvo a mirar cómo su aliento se condensaba frente a su rostro en una voluta de vaho. Con dificultad se secó la frente, solo para descubrir que estaba perlada de hielo.
—Definitivamente no está funcionando —murmuró para si mismo—. ¿A qué temperatura estamos?
—Menos treinta grados —calculó Scout con precisión tras un segundo, en su pantalla apareció un termómetro decayendo hasta un punto muy bajo—, recomiendo pasar de la idea A a la B: mantas térmicas, bufandas, guantes y bebidas calientes.
Andy bajó la vista a su traje de invierno. Él traía ya varias cosas semejantes, no podías siquiera andar por esos sitios sino portabas ropa acorde.
—¿Tenemos mantas térmicas en el equipo? —preguntó en voz alta mientras se iba a comprobar a la parte de la nave que correspondía con la bodega— no recuerdo haber visto nada parecido aquí.
—Mis registros indican que contamos con dos. —reiteró el robot.
Andy se dio un clavado entre las cajas, alacenas y demás. Buscó y rebuscó un par de segundos entre muchas cosas sin ton ni son. Estaba cansado por el ejercicio, pero tras dejar de moverse el frío solo aumentó. Se sorprendió cuando sus dientes empezaron a castañetear, y cuando las manos volvieron a entumecérsele, una arruga de leve angustia se perfiló en su entrecejo.
—Am... —miró por encima de su hombro hacia donde Scout preparaba el café en dos tazas en la cocina— ¿más o menos... cómo tiene que verse una manta térmica?
—Las mantas térmicas son dispositivos que conservan o generan calor —empezó la voz metálica, vertiendo con unas pinzas el café molido en los fuelles para el agua caliente—, existiendo principalmente dos tipos: las de emergencia (tipo espacial), hechas de material reflectante para prevenir la hipotermia en rescates, y las eléctricas, que se enchufan para calentar rápidamente y aliviar dolores musculares...
—Si, Scout, pero ¿Cómo se ven? —se incorporó para mirar al robot con ojos impacientes— y usa palabras normales, no necesito más especificaciones sacadas de wikipedia.
Llevaban algo así como unas dos semanas en esa parte de Siberia. La idea era taladrar el hielo para poder conseguir llegar al subsuelo. Andy quería confirmar si bajo la tierra aún habían acueductos termales de agua dulce que no se hubieran congelado. Si encontraban una red de cuevas sería mil veces mejor. Los inviernos en esa parte del globo eran muy crudos, eliminando casi al completo muchos animales que no se adaptaban rápido al frío. Por eso, su misión altruista los había llevado hasta ahí.
Andy agradecía la presencia de Jenny, casi siempre. Cuando lo seguía como buena asistente a sitios como esos, aptos solo para extremófilos, Andy sentía siempre la necesidad de recompensarla. Pero cuando en ocasiones como esta, ella buscaba mantenerlo lejos de ella para concentrarse, no podía por menos que irritarse un poco.
Según lo que el robot IA había dicho, la chica los había mandado a freír espárragos a ambos en vez de querer realmente su ayuda. Y no estaba mal, porque a pesar de los cuarenta años que Andy tenía ya (bueno, quizá unos cuantos más...), aún no había aprendido a reparar cosas con la facilidad con la que Jenny lo hacía. Y aunque Scout fuera robot y tuviera un cerebro positrónico, no tenía la versatilidad de la creatividad humana, por lo que a veces estorbaba más que ayudar.
En casos como estos, Andy se molestaba un poco. Porque a pesar de todo lo que llegó a decir en su momento, no había traído a Jenny por sus habilidades de lógica, reparación de la nave, conocimientos útiles y demás. La había traído porque apreciaba su compañía.
Él no recordaba cuando, ni como pasó en realidad, pero un día en el museo se le ocurrió que le gustaba mucho cómo se reía Jenny. Cómo sus ojos resplandecían y sus manos se crispaban de emoción con poco antes de hacer algo que le gustaba. Se dio cuenta de que no podía vivir sin su compañía pequeña y a veces un poco infantil.
No solo era una asistente muy hábil, también era la chica de la que se había enamorado. Y considerando todas y cada una de esas nimiedades, el que ella lo estuviera evitando para concentrarse no le caía precisamente de perlas.
Andy dio por fin con una caja pequeña en la que se leía algo como "otras cosas útiles" en la letra retorcida de Hatty. Porque sí, ahí habían muchas cosas de Hatty. Su antigua compañera siempre estaba presente en su vida, a pesar de que hace mucho que no trabajaba con él. Mientras pensaba en ella, Andy extrajo una cajita de tampones sin darse cuenta.
La soltó como si hubiera agarrado una araña y se le quedó viendo al paquete con ojos grandes. Pues si, para ella debían ser cosas útiles, sin duda. Pero no tanto para Andy.
Siguió rebuscando y encontró solo un paquete pequeño, plástico, con un trocito de papel metálico dentro muy bien doblado.
—Las mantas térmicas tienen un aspecto parecido al papel aluminio —continuó Scout—, superficie metálica lisa reflectante. Con colores dorado y plata en extremos contrarios según sus propiedades.
Andy vio los caracteres en Alemán, ladeando la cabeza con pura ignorancia. Pero en efecto, lo que contenía el paquetito era exactamente eso. El problema era que solo contaban con una unidad. Es decir, solo había una manta para dos personas.
—¿Scout? —preguntó Andy, irguiéndose con la mantita aluminizada entre las manos.
—¿Andy? —salió el robotsito de una esquina, traía una bandeja con portavasos y dos tazas de café humeantes en ella.
Él iba a contestar, cuando se dio cuenta de que Scout traía su delantal.
—Oye —lo señaló con indignación— ¡eso es mío! ¿Qué crees que haces usándolo?
—Dijiste que se usaba cuando se cocinaba para proteger la ropa de cualquier mancha posible de comida o...
Andy se acercó y con una mano le retiró la bandejita de cafés y con la otra le sacó su delantal. Había cierta ironía en todo el asunto, pero tanto frío no le dejaba verle el lado divertido a las cosas por el momento. Dobló el delantal y lo guardó de nuevo en el estante de la cocina de la nave antes de mirar con reprobación al robot.
—Estamos atrasados, Scout —trató de calmarse, por el bien de la paz—, ve afuera y revisa las máquinas de perforado. Después de doce horas ya deben haber encontrado algo.
—Percibo cierta irritación en tu voz, Andy. ¿Debo interpretar tu orden como una especie de...?
—Si —asintió él, sin ceremonias—, regresa después. Haré lo posible porque Jenny siga el plan B. Ahora, sal, rápido.
El robot hizo un pequeño zumbido levemente fastidiado.
—¿Esta es tu forma de enviarme a freír espárragos también, Andy?
Él sonrió ante esto y suspiró, creando más vaho que llenaba la habitación. Vio a Scout salir por la compuerta, que al abrirse solo dejó entrar más viento helado del exterior antes de cerrarse. Andy sintió un leve remordimiento por como trató a la IA, pero se recordó que no debía pensarlo mucho. Scout estaba ahí para ayudar, no para distraer a uno u otro.
Sin pensarlo más, salió rumbo hacia el sitio donde se escuchaban los sonidos de reparaciones. Jenny estaba de rodillas, con su ropa de invierno. Andy se detuvo al verla, y el frío dejó de importarle por completo.
—Jenny... —empezó a decir, acercándose.
—Vamos… vamos… —murmuraba ella, ajustando un cable y luego otro—. Esto debería funcionar.
—Oye —dijo él con suavidad—. Ya llevas mucho rato en eso... Scout dice que las temperaturas subirán mañana. Entonces podrás dedicarte a repararlo hasta quedarte sin ojos mientras me envías a mi lejos.
Jenny se volvió a él un momento, frustrada, y vio la taza humeante en su bandeja. La imagen tentadora hizo que sus pensamientos de concentración se tambalearan un poco.
—Es que debería funcionar, Andy —dijo ella, exasperada, quedándose un momento mirando el vaho de su aliento—. Ya he probado todo lo que se me ha ocurrido y si no arreglamos esto pronto, la nave entera podría estropearse. ¿Sabes lo que el frío le hace al metal, no es cierto? podría ser irreparable.
Verla así de pálida y extenuada le dolía, Andy no podía no hacer algo por ella en ese momento. Por eso se sentó en una alfombra del suelo junto a ella y le ofreció el café. Jenny lo tomó con sus manos desnudas, aferrándose al calor de la taza y aspirando el aroma de la infusión con ojos entrecerrados.
—He hablado con Scout —dijo él, dándole un sorbo a su nuevo café—. Vamos, prueba, te ayudará. Dice que lo mejor es esperar a que la temperatura suba para probar algo más. Por ahora debemos buscar mantenernos calientes tú y yo.
Jenny dio un sorbo mientras lo escuchaba. Andy dejó la bandeja en el suelo, pensando en ser breve por si el café se congelaba, y sacó la manta térmica del bolsillo para que Jenny la viera.
—No —negó ella con determinación—. Tú úsala. Yo estoy bien. Aún puedo seguir trabajando un poco más, creo que pronto encontraré el problema...
Andy alzó una ceja.
—Jenny…
—Andy, en serio. Si uno de los dos va a congelarse, prefiero que seas tú el que siga operativo.
Eso le arrancó una risa baja, breve. Andy negó con la cabeza, avanzó hasta ella y, sin darle tiempo a protestar, se envolvió con la manta y la atrajo consigo en el mismo movimiento.
—Entonces compartimos —dijo simplemente.
Jenny soltó una exclamación ahogada, primero de sorpresa y luego de risa, cuando quedó atrapada entre sus brazos y el material cálido. El frío cedió de inmediato, reemplazado por un calor inesperado y cercano.
—¡Andy! —protestó entre risas— ¡Déjame trabajar!
—Estás trabajando —respondió él, acomodándola mejor—. Solo que ahora con calefacción alternativa.
La calidez de la manta por lo visto estaba modificada para poder almacenar el calor y producirlo además para regular la temperatura a un nivel normal para un ser humano. Jenny cedió tras unos instantes, cuando sus manos y todo su cuerpo dejó de temblar. Ella suspiró, rendida, apoyando la frente un instante contra su pecho.
Andy se dio cuenta de que Jenny era mucho más que una asistente o una compañera de viajes. Al tenerla entre sus brazos bajo la manta, con su calidez cerca, supo que no quería nunca dejarla ir. La sostuvo con cuidado, consciente de cada centímetro de cercanía que le aceleraba el pulso y caldeaba sus mejillas.
A pesar de todo, sus respiraciones aún eran visibles y el aire frío les quemaba aún los pulmones. Por lo que Jenny tomó la bufanda de lana que usaba y se la subió hasta la nariz.
—Esto ayuda —dijo, con voz amortiguada—, ya que es tu idea compartir manta ¿porqué no compartir bufanda además?
Andy la imitó, pero el espacio era limitado. Jenny rió y terminó acomodando la bufanda para ambos, cubriéndoles la boca y parte del rostro. Sus respiraciones se mezclaron, tibias y acompasadas. El tacto de la bufanda algodonada y cálida era interesante en contraste con la superficie metálica de la manta, pero el calor era justo y perfecto.
Jenny giró apenas la cabeza y empezó a dejar pequeños besos en la mejilla de Andy, suaves, agradecidos, casi tímidos. Él se quedó completamente quieto, como si cualquier movimiento pudiera romper el momento. El corazón le latía desordenadamente.
—¿Porqué me querías lejos hace rato? —alcanzó a murmurar, todavía dolido por esa idea.
Ella se detuvo un instante antes de mirarlo a los ojos castaños.
—No quería que vieras qué tan grave era la situación... —murmuró, casi contra sus labios— aunque la temperatura suba mañana, los daños pueden ser irreversibles.
—Olvídate de eso ahora —le aconsejó él atrayéndola a su pecho.
Con cuidado, tomó las tazas y las dejó a un lado en la alfombra. Le sorprendió confirmar que el suyo se había congelado ya, pero el de Jenny estaba ya medio vacío. La acomodó todavía más entre sus brazos y se arrebujó en el calor junto a ella.
—Mañana veremos qué se puede hacer ¿de acuerdo?
Jenny asintió con suavidad, reanudando los pequeños besos que Andy agradeció con un suspiro. Nunca ella había sido tan cariñosa con él, nunca hasta ahora.
—¿Qué significan esos besos? —dijo él, embriagado por la ternura de la pequeña boca que le acariciaba las mejillas.
Ella estaba ruborizada, el color rojo en su piel canela era sin duda un incentivo para Andy para entrar en calor.
—Haces tantas cosas por mi, Andy... ahora mismo podrías estar molesto porque no soy capaz de arreglar algo vital para la misión... y te preocupa que no me congele.
Andy buscó una de las manos de la joven, enredando sus dedos para después darle sutiles presiones reconfortantes. Cuando ella levantó la mirada, sus bocas estaban demasiado cerca como para fingir que no lo notaban.
—No es por tu cerebro que te he traído aquí —se encogió de hombros él—, es por ti, Jenny. Y si me preocupo por tu seguridad es solo porque te tengo mucho afecto y no quiero que te pase nada malo.
Ella respondió a esto con un beso nuevo, esta vez en los labios de Andy. Con mucha ternura y cuidado, un beso casto que solo una joven enamorada podría dar.
—Gracias —dijo Jenny, al romper el beso y volver a recostar su cabeza en el hombro de Andy—, por ser tan lindo siempre.
Una risa nerviosa escapó de la garganta del hombre, no sabía que un contacto tan suave como ese lo revolucionaría de tal modo.
—Puedo ser más lindo aún si eso me asegura más de esos besos.
Jenny sonrió con cierta diversión antes de volver a unir sus labios con suavidad de nuevo. Con una ferocidad cálida y paciente que Andy no conocía.
Justo entonces, La compuerta se abrió, revelando a Scout, que flotaba erráticamente hacia el interior de la nave.
—Andy, Jenny —alzó su voz robótica antes de sacudirse la nieve con un movimiento que recordaba a los perros al sacudirse el agua después de salir del medio de una tormenta—, ¡Lo conseguimos! los taladros encontraron la red de túneles con acueductos termales.
Justo entonces, sus sensores detectaron el nivel más normal en la temperatura de los dos humanos. Pero al acercarse, encontró la escena más tierna que ningún robot se podría imaginar. Jenny reposaba, dormida, sobre el hombro de Andy, de la cual apenas y se veían sus ojos cerrados. Andy, cubierto con la manta y parte de la bufanda en el rostro, también se hallaba adormilado cuando vio al robotsito.
—¿Voy por espárragos de nuevo? —inquirió Scout.
—Ve por espárragos. —confirmó Andy con un movimiento de cabeza y voz baja para no despertar a Jenny.