ID de la obra: 1603

El límite de la locura

Gen
NC-17
Finalizada
5
Tamaño:
3 páginas, 1.158 palabras, 1 capítulo
Descripción:
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Capítulo único

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“Miloth” alguna vez fue su nombre. Ahora solo era un número: el experimento número 57.  No tenía idea de cómo había quedado presa de ese mago que bien podría ser el demonio mismo. Miloth se esforzaba por no olvidar su nombre y su vida antes de ser capturada como una vil criatura, sujeto de experimento. Alguna vez tuvo alas de plumas tan hermosas que brillaban en azul y rosa pálido bajo la luz del sol. Y ahora esas alas habían sido arrancadas de su ser para servir de algo, no tenía claro de qué. Estaba segura de que este hombre no tenía conciencia ni un atisbo de misericordia. Si realmente había habido 56 criaturas antes de ella, Miloth solo podía pensar en lo cruel que sería su final. Alastair era el nombre de quien la mantenía cautiva. Miloth había observado varias cosas: que era un hombre obsesionado con el control, que no parecía tener cargo de conciencia, que sus ojos brillaban con locura cada vez que le hacía daño a ella y que poseía magia. Miloth en ese momento solo podía notar el frío de la celda de paredes blancas. Todo estaba mal, tan mal que solo pensarlo hacía que su estómago se revolviera mientras sus oídos agudos captaban cualquier sonido que indicase que Alastair se acercaba. Si era sincera: deseaba que todo aquello acabara de una vez así fuera con su muerte.

***

Alastair no podría decir con exactitud cuándo comenzó su obsesión por las criaturas magias. Tal vez fue cuando las estudió por primera vez en clase o cuando supo que su magia podía alterarlas de alguna manera. Su investigación no tenía un propósito real. Quizá solo era crueldad y diversión retorcida. Cada vez que hacía daño a alguna de esas criaturas lo disfrutaba. Era como si una parte de sí fuera tan sádica. No le molestaba, se aceptaba tal como era. Ver a esas criaturas desmoronarse y suplicar por una pizca de piedad era satisfactorio, aunque Alastair supiera que no debía serlo, no podía evitarlo ni quería. Él era así y nadie podía culparlo. Con pasos deliberadamente lentos fue hacia la celda de nº 57. Oh, claro, su preciada nueva adquisición, el sujeto más brillante que había tenido en toda esta travesía de curiosa maldad. Nº 57 era un ángel, o así lo había catalogado Alastair. Aunque de lo que nº 57 alguna vez fue ya no quedaba nada. Su brillo se apagó, sus alas ya no estaban y ahora quedaban unas cicatrices que no sanaban bien en la espalda. Los ojos alguna vez brillantes como dos perlas ya no mostraban más que angustia y desesperanza. Alastair debía acabar con el sufrimiento de esta criatura. En algún momento. Lo sabía, pero se negaba a perder la diversión por ahora. Era la criatura que más tiempo estaba dejando con vida. No sabía por qué, pero disfrutaba en demasía con los gritos de dolor de nº 57. No podía imaginarse otra forma más bella que la del ángel retorciéndose bajo sus hechizos de tortura. Abrió la puerta de la celda. — Hola, nº 57. ¿Me echaste de menos? — Dijo con voz melosa. Miloth se encogió en su sitio en el suelo. Estaba hecha un ovillo, tratando de evadir la realidad tanto como pudiera, sedada y bajo los efectos de una extraña poción que le impedía usar su poder para huir. — ¿No me vas a saludar? — Habló otra vez Alastair agachándose a la altura de Miloth. Con una mano fría obligó al sujeto de experimento que lo mirase. Miloth solo pudo mirarlo con ojos fríos y carentes de alguna ilusión, parecía muerta en vida. Alastair sonrió de manera escalofriante. Acarició la mejilla de nº 57 con falsa ternura, buscando alguna reacción, pero no había nada. — Qué desperdicio. — Murmuró más para sí mismo que para el ángel. Alastair pensó entonces si era mejor acabar con la vida de nº 57. Tal vez ya no tenía sentido mantenerla con vida si no reaccionaba a él. Pero había algo en Alastair que le impedía matarla, un sentimiento visceral y contradictorio que le surgía del interior de aquel pozo en el que se supone que se hallaba su corazón. Pero eso no tenía sentido. Alastair era un mago, uno de los más poderosos. Prácticamente un genio. Nadie se oponía a sus actividades poco morales. Nadie se atrevía a oponerse a él. ¿Entonces por qué no mataba a esta criatura y cambiaba de objetivo? Bueno, no era tan sencillo. No quería admitirlo, pero esta vez había más que su macabra diversión, esta vez sintió algo parecido al interés en esta criatura. Y aun así la había roto. Alastair se levantó y se alejó del ángel. Salió de la celda pensando en cuál sería su próximo movimiento. Como siempre, cerró con el sistema de seguridad avanzado además de poner las protecciones mágicas que bloqueaban el poder del ángel.

***

Miloth no sabía qué quería el cruel mago de ella. Ella solo quería morir. La vida no le daría ese consuelo. Las torturas del mago aumentaron, cada vez volviéndose más oscuras, con menos propósito, solo crueldad en su máximo esplendor. Mientras Alastair le tomaba muestras de sangre, le cortaba la piel con una daga de plata y vertía en las heridas un líquido púrpura que impedía que la herida se cerrara, Miloth solo dejaba que su mente huyera, que fuera a momentos en los que fue feliz. Miloth se preguntaba si esto era su culpa por volar demasiado cerca del territorio de los mortales. Si tuviera el poder de regresar al pasado evitaría a toda costa a los sucios mortales como Alastair. Porque el ángel que alguna vez fue afable ahora solo estaba llena de odio. No podía hacer nada por liberarse y su vida parecía ser prolongada hasta el infinito por los caprichos del mago. Así que su dolor, que ya apenas sentía, no le importaba. Solo quería que todo acabara. Y entonces, entre la desesperación y el miedo mudo, Miloth supo que debía matar al mago, aunque no tuviera ninguna oportunidad para ello. Ella moriría y se lo llevaría consigo.

***

Fue en la noche que se cumplía dos meses en cautiverio que Miloth no pudo más. Alastair vertió el veneno en la boca de Miloth, sin embargo, ella no estaba dispuesta a morir sola. En un acto de justicia divina, Miloth besó a su carcelero, a su verdugo. El veneno se propagó por el sistema de ambos. Alastair no tuvo tiempo a reaccionar porque pronto sus músculos se entumecieron y su sangre se sentía ardiente, venenosa. Aún sí, Alastair podría decir que fue el momento en que más satisfacción sintió en su vida cuando los labios de Miloth se movieron contra los suyos en una danza macabra que lo conducía a la muerte. No le importó porque por ese instante sintió el éxtasis mientras daba su último suspiro de vida. Ambos cuerpos quedaron en el suelo de lo que alguna vez fue peor que el infierno.
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