ID de la obra: 1612

Maldición heredada

Het
NC-17
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Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 8 páginas, 3.482 palabras, 2 capítulos
Descripción:
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I

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Giró su rostro en cuanto sintió su llanto. Su cuerpo se sentía totalmente desgarrado y por fin podía empezar a sentir algo de limpieza en su interior. Por fin podía sentirse libre de aquella condena a la que la habían atado. Escuchaba los susurros emocionados por parte del equipo médico del clan, quienes se alegraban de que, por fin, había nacido la primogénita y gracias a ello, uno de los linajes más antiguos y respetados de la brujería no se iba a perder. Ella era la única que no se alegraba por aquel nacimiento. Había sido vendida para asegurar la salvación de su familia. Su vida valía menos que la de sus padres y hermanos. Ella tenía un futuro le decían una y otra vez y como tal, debía aceptarlo. Maldecía una y otra vez sin cesar a su familia y a la familia política a la que había entrado. Los odiaba. Odiaba pasar tiempo con cada uno de ellos, pero más odiaba tener que yacer con su marido. Sólo la miraba cuando se tenían que acostar. Tenía un futuro y con su nueva familia, un objetivo: dar a luz al heredero del clan. Tardó tanto en llegar que pronto empezó a sentirse maldicha. Su suegra la miraba cada vez con más desdén y estaba segura de que ya había empezado a planear su salida de la familia. Y quizá fue eso lo que le permitió su embarazo. Después de odiar y maldecir, empezó a rezar para que su embarazo llegase pronto. Había sido vendida, violada, abusada, denigrada, rechazada y mil cosas más, por lo que no iba a dejar ahora que su suerte se viera volcada por culpa de un no embarazo. No iba a abandonar a su asquerosa familia política porque no iba a volver con la de sangre, pues había decidido que iba a maldecirlos. A todos. Durante los nueve meses de gestación estuvo cantando miles de maldiciones, imbuyendo a su criatura con todo ese odio que tanto escozor le provocaba en su interior. Bajo la luna, bajo el sol abrasador, dejando que el viento hiciera volar su larga y anaranjada melena, bajo la lluvia para permitirse mezclar sus lágrimas con las gotas de agua… Bajo cualquier circunstancia. Siempre estaba maldiciendo a todo el mundo. Le cantaba el orden de acción y cómo debía hacerlo para que todos sufrieran el mayor de los castigos. Y poco a poco, su odio se fue calmando, notando como se fue haciendo una pelota y se iba acumulando en su interior, justo donde su criatura. Y cuando la obligaron a hacer contacto con ella por primera vez… Fue cuando todo explotó.

***

Que nadie le pregunte cómo fue capaz de llegar a Tokyo, pero lo hizo. Cargando a su llorona recién nacida, sin llamar la atención de nadie, logró llegar hasta el primer orfanato que encontró. Miraba sin cesar a su alrededor, pues sentía mil ojos sobre su ser. La intensa lluvia que caía sobre ella la tenía helada y su cuerpo cada vez temblaba más y más debido al frío de enero. Subió las escaleras de aquella enorme mansión mientras mecía nerviosa a su hija. La dejó sobre el helado suelo que chocaba contra la enorme puerta de madera del lugar. La observó removerse totalmente desgarrada y no sabría decir el motivo: ¿Hambre? ¿Frío? ¿Sueño? Ni idea, pero tampoco es que fuera algo de importancia, ya que era su despedida y seguramente ahora iba a estar en un lugar seguro, lejos de ella, como debía haber sido desde el inicio. Sacó del bolsillo izquierdo que había en el interior de su chaqueta una pequeña nota, la cual empezó a humedecerse por las gotas de lluvia. Llamó al timbre para no tardar en salir corriendo del lugar. No miró atrás, no lo necesitaba. En su mente sólo se repetía la masacre que se había sucedido ante el contacto con su hija. Una bola imperfecta e intangible se hizo entre ellas para dar paso a seres desfigurados que se encargaron de todos los presentes. Desconocía si quedó algún superviviente, cosa que preferiría que no, pues la muerte era lo mínimo que merecían todos y cada uno de los implicados en destrozarle la vida. Sintió miles de ojos abrirse a su alrededor, por lo que sólo pudo echar a correr con más intensidad. Cada vez más ojos la rodeaban y la sensación paranoica de ser perseguida la estaba dejando sin aire. Empezó a retorcerse sobre sus pasos, comenzando a gritar que la dejasen en paz, pero los ojos no hacían más que multiplicarse y de entre ellos, apareció una boca que comenzó a gritarle sin parar lo hereje que era. La voz distorsionada era cada vez más y más fuerte hasta el punto de perforarle los tímpanos. Todo se volvió negro. Y una vez más: que nadie le pregunte cómo fue capaz de llegar hasta aquel árbol para amanecer colgada de él. Con un rostro que mezclaba miles de sensaciones, destacando la agonía y la pena. La encontraron a la mañana siguiente, pero quedó como un caso de suicido sin más. Sin que nadie la reclamase.

***

La vida les iba bien. Se mantenían haciendo su trabajo y viviendo como mejor consideraban, sin perder el contacto entre ellos. Todo seguía un ritmo calmado que a veces se rompía con según qué misiones les tocaban, aunque la confianza siempre salía por encima del miedo. Suspiró de forma tendida, pues había llegado el primero una vez más. Sus dos compañeros de grupo no solían tardar mucho más, pero era molesto ver como aquel dúo payaso no era capaz de ser puntual ni una sola vez. La campanita sobre la puerta no tardó en sonar y supuso, como bien mostraron, que ahí estaban aquellos dos. Yuji volvía a ser la mula de carga de Nobara, quien dibujó una amplia sonrisa al verle. Él respondió como siempre, sin más. —Hemos llegado tarde. —Anunció sin atisbo alguno de pena por haber hecho esperar a su compañero. —Como es habitual en vosotros. —Fue culpa de ella. Esta vez te juro que le dije que debía elegir rápido que se nos iba a hacer tarde. —Anunció Yuji con rostro agotado, dejando caer las bolsas de ropa al lado de su compañera para luego dejarse caer él sobre el asiento, totalmente derrotado. —No voy a entrar en esa discusión. —¿Por qué sigues cayendo en sus trampas? Ya son años de experiencia. —Siempre le da la vuelta a la excusa, Megumi… —El mencionado sólo se limitó a suspirar mientras las agotadas palabras de su compañero danzaban por su mente. La explicación no era más que una excusa que él mismo daba para no sentirse estúpido por haber vuelto a caer en la archiconocida trampa Kugisaki. ¿Cuánto tiempo estuvo lamentándose? Nobara ya disfrutaba con rostro pesado su smoothie tropical y a Megumi se le fue el apetito, cosa que le dolió porque esta vez sí quería disfrutar de aquel nuevo sándwich especial de la casa ya que tenía jengibre y el jengibre siempre era bien. —¿Te queda mucho de lamento? Nos estás amargando a todos. —¡Es tu culpa, Nobara! Siempre me haces la misma… —¡La culpa es tuya por caer en la misma! —¡Pues que la culpa sea mía es porque es tu culpa! —¡Y dale! Que no me culpes de la culpa que te culpo. —¡Ya me he perdido con tanta culpa! —Ante aquella exclamación, la fémina del grupo no pudo evitar soltar una débil carcajada, la cual contagió a su compañero y ambos empezaron a reír con ánimo. Eran idiotas, era lo único que podía pensar de verdad Megumi de sus compañeros. Pero eran sus idiotas y al final les tenía un cariño tan profundo, que no los iba a cambiar en la vida. —¿Podemos centrarnos ya? —Pidió entonces el único serio del trío, notando el asentir de sus dos amigos— ¿Qué misiones os ha tocado? —Yo tengo que hacer la práctica grupal con los de primero y ver qué mejoras hay en ellos. —Contestó Yuji antes de disfrutar de su bol de ramen. —Yo tengo que investigar cosas extrañas en un orfanato del norte. —Una débil exclamación de curiosidad salió de los labios de sus compañeros— Parece ser que hay cierta energía en crecimiento y ya sabéis que más vale prevenir que curar. —Yo tengo que investigar una muerte extraña en un bloque de edificios. Rutinario todo. —Sí, esta vez parece ser que nos ha tocado algo fácil, así que mejor para los tres el no tener que preocuparnos por cómo nos irá. —Megumi y Nobara asintieron ante las palabras de su amigo— ¿Nos veremos en una semana para celebrar nuestro octavo aniversario de amistad? —Los dos contrarios volvieron a asentir— ¿Hacemos una fiesta e invitamos al resto de amigos? —¿En tu casa? Ah, que no tienes. —¡Porque no la quiero! —¡No lo entiendo! —¡Y yo no entiendo que quisieras comprarte una cuando tenemos una residencia grupal y gratuita! —Nobara gritó con pesadez por aquello último, ¿pero cómo podía ser tan bobo? Vivir con sus amigos estaba bien, sin embargo llegó el momento en el que prefirió irse con su propia intimidad. No es que tuviera mucha vida privada, pero sintió que era lo que le tocaba y por eso, tras mucho pensar, optó por abandonar aquella ala e irse a aquella urbanización, convirtiéndose en vecina de Maki y disfrutando de aquella inesperada individualidad que había adquirido— Pero ya que la tenemos… ¡La haremos en tu casa! —¿Cómo que ya que la tenemos? ¡No es tuya! —¡Los amigos comparten sus cosas! Así que no hace falta que coleccionemos casas, ¿verdad, Megumi? —El mencionado prefirió abstenerse de responder para no seguir alimentando el fuego de su amiga— ¿Megumi? —¿Y si la hacemos en la residencia grupal ya que vamos a estar todos? —Yuji no pudo evitar emocionarse ante aquella idea de su amigo, dirigiendo su mirada hacia su amiga, quien le observaba con la misma ilusión. Juntaron sus manos y pronto empezaron a hacer mil y un preparativos para que aquella fiesta fuera I-NOL-VI-DA-BLE.

***

—Así que si me introduces en ese peluche te prometo una mamá que te cuide y quiera de verdad, no como la que te dio la vida, que te abandonó sin pensarlo. —Le hablaba un alma errante que había seguido a una pequeña criatura desde su nacimiento, el cual trajo su muerte. Su odio no le hizo desaparecer, al contrario, consiguió que su ira y su rabia le mantuviera vivo para poder conseguir su nuevo objetivo, que era volver a verbalizar y tocar aquello que más ansiaba: su clan. La niña, una noche más, rompió a llorar de forma agónica. La monja de guardia no tardó en llegar para intentar consolarla. Se aferró a ella totalmente temblorosa y una noche más, aquella joven monja no sabía cómo consolarla. Estiraba su bracito hacia la pared que tenía enfrente y ella, de nuevo, era incapaz de ver qué terror se alzaba frente a ambas. —Aya, mi niña, no tengas miedo. Ya sabes que aquí estás a salvo y no te va a pasar nada. Mientras esté a tu lado, todo va a ir bien… —Le susurraba a la vez que comenzaba a mecerla con amor, mas de nada servía. La pequeña Aya ocultaba su rostro en el pecho contrario sin poder calmar su llanto. Estaba aterrorizada.

***

Le impresionó muchísimo aquella fachada del orfanato. Era un orfanato católico y, aunque no era la primera vez que veía aquel tipo de esculturas y fachadas, era cierto que siempre le producía cierta fascinación. Se había criado en un ambiente de hechicería y no temía a las religiones, ¡faltaba después de lo vivido y de haber perdido su ojo en el camino! Pero ese tipo de arquitectura siempre le hacía sentir algo dentro de su ser. Era impresionante y había leído sobre el poder que siglos atrás había tenido sobre la gente, motivo por el que, igual, le generaba tanta impresión. Empezó a subir las escaleras del orfanato a la vez que comenzaba a estudiar el lugar con interés, no tardando en percatarse de que era cierto que había algo que no estaba bien allí. Observó a su alrededor una última vez antes de llamar a la puerta y sorprenderse por la rapidez con la que se abrió. Allí la recibió una monja anciana con una amplia sonrisa. —Estábamos esperándola, señorita Kugisaki. —Anunció a la vez que estiraba sus manos para agarrar las contrarias. La mencionada correspondió con educación— Agradecemos mucho el que nos hayan tenido en cuenta, pues la situación cada vez es más complicada. —¿Qué sucede? —No recibió una respuesta de buenas a primeras, sino que la mujer la guió hacia su despacho, cerrando tras de sí cuando ambas estuvieron dentro del mismo— ¿Es un secreto? —No lo es, pero no es algo de lo que quiera hablar en público. Nunca sabes quién puede estar escuchando. —La mujer se dirigió a su escritorio para sentarse en su silla y acercarle una carpeta con ciertos documentos en su interior— Nuestra pequeña Aya es la que sufre lo que creemos que es una maldición. Nobara caminó hacia la mujer para agarrar aquella carpeta y darle un primer vistazo a los documentos. Observó la foto de la niña, quien miraba a la cámara con ojos llorosos. Era pelirroja como ella, aunque Nobara entendió que era natural y con ojos castaños. Si no fuera porque sabía perfectamente qué había hecho en la vida, esa cría podría pasar por ser su hija. —Nos la dejaron el seis de enero de hace dos años llorando sin cesar en el suelo. Irónico, ¿verdad? Como si los reyes magos nos hubieran traído este agridulce regalo. Y como es habitual en estos casos, sólo nos dejaron una nota con el nombre que le pertenecía, cosa que cumplimos. Aya siempre ha sido una niña muy llorona y siempre parecía estar observando algo pulular a su alrededor, pero desde hace unas semanas todo se ha vuelto más insoportable. Es incapaz de dormir, se despierta aterrada todas las noches y no habla. Sólo observa. —¿Eso quiere decir que tiene una maldición ligada a su ser desde que nació? —Es muy probable. Puede que no fuera una niña deseada y que todo el resentimiento de su madre la condenase. —¿Han investigado alguna vez a su familia? —¿Se nos permite eso? —Nobara negó con debilidad, siendo consciente de la tontería que acababa de preguntar— ¿Hay algún tipo de ayuda que pueda salvar a la pequeña Aya? —Para eso estoy aquí. —Alzó sus hombros con seguridad antes de dibujar una confiada sonrisa en su rostro— ¿Puedo conocerla?

***

Caminaba al lado de la monja, observando cada detalle del lugar, ya no sólo porque le interesase la arquitectura del mismo, sino porque buscaba detalles que pudieran contarle más sobre lo que rodeaba a la niña como para poder cargar con una maldición desde el inicio de su vida. —Es irónico que en un lugar tan sagrado como éste haya una maldición… —¿Así lo crees? —Nobara centró su vista en la monja— Intentamos llenar el lugar con el amor más puro posible, pero luchamos diariamente contra el rencor, la desolación y la pena, entre muchas cosas más. Son niños abandonados a quienes les han dejado una herida mortal en su alma… Y esas almas no dejan de supurar nunca. —Visto así… Lo raro es que no hayan más maldiciones. —La monja no pudo evitar carcajear de forma débil. No tardaron en llegar a la sala de juegos, donde la madre superiora llamó a la protagonista de la misión con dulzura, pero la llamada no respondió. Nobara la observó desde la distancia, totalmente aislada del resto, observando a través de la ventana sin dejar de chupar su chupete con rapidez. La monja fue a iniciar su paso cuando le cortó la acción, siendo ella la que quiso acercarse sola a la niña. Algo había a su alrededor, restos de maldición, pero no era capaz de ver dónde estaba. Se sentó a su lado en silencio, observándola con atención para ver si era capaz de sacar algo de primeras, mas no había nada, sólo el resto de energía maligna. La nena entonces alzó su bracito derecho en silencio, señalando a un pájaro que acababa de posarse sobre la rama del árbol que había tras la ventana y aquello la apenó. Era una niña maldita sin ningún tipo de culpa. —Aya… —La llamó entonces con la mayor dulzura que pudo. La nena bajó su brazo de forma pesada antes de dirigir su mirada hacia ella— Hola, me llamo Nobara, ¿cómo estás? —No recibió ningún tipo de respuesta. La pequeña simplemente se limitó a observarla atentamente, como si estuviera intentando recordar su rostro para siempre. Nobara hizo lo mismo, pero con su mirada. Una niña de dos años con la mirada totalmente apagada, sin mucho más que aportar, pero de pronto, en una milésima de segundo, pudo ver una débil llama aparecer. ¿Esperanza tal vez? No, igual estaba imaginándose demasiadas cosas, ya que no podía soportar la idea de tener a un ser tan indefenso bajo una maldición tan fuerte— ¿Te gustan los pajaritos? —Ninguna respuesta— Comprendo que no quieras hablar, ¡soy una desconocida al fin y al cabo! Mañana volveré a visitarte y espero que para entonces quieras responderme a algo, ¿vale? No quería agobiarla, así que se limitó a levantarse del pequeño asiento para caminar hacia la veterana del lugar, asintiendo con debilidad por lo complejo del caso. —Pensé que iba a ser mucho más fácil. —¿Ya sabes la gravedad de la situación de Aya? —Las palabras sonaron derrotadas, como si aquello hubiera sido la confirmación de la peor de sus sospechas. —¡No! Bueno, no lo sé. Estamos en el inicio, pero prometo que ayudaremos a la pequeña. —¡Gracias a Dios! —Exclamó con algo menos de pesadez. —Bueno, vale… Gracias a él, supongo…

***

Aquella chica se iba hablando con la Madre Superiora. La observó con atención hasta que la perdió por el pasillo para rápidamente correr hasta el gran ventanal que daba a la puerta de entrada. La seguía atentamente con la mirada, memorizando la sensación que le daba. Por primera vez una nena tenía una forma diferente a su alrededor. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Aya, cariño, ¿vamos al comedor? Es la hora de la merienda. —La joven monja fue ignorada y la atención de la pequeña llamó a la suya, acercándose a ella para ver qué era lo que la tenía tan interesada— Ah, la señorita Kugisaki. A mí también me ha caído súper bien. —Por primera vez Aya respondía a sus palabras con un leve asentir, haciendo que una emoción total se hiciera con todo su ser. No pudo evitar emocionarse.

***

No podía dejar de pensar en esa pequeña de vuelta a casa. El tren seguía su curso, la gente también lo hacía y ella tenía la mente en aquel orfanato, en aquella niña y en su mirada inerte. No había pasado nada fuera de lo habitual, sólo había ido a reconocer la misión, pero se había quedado intranquila de más. Negó con debilidad, pues estaba siendo exagerada al ser obvio que su mente se le iba porque la afectada era una cría, una que apenas sabía nada del mundo y ya estaba sufriendo los peores azotes del mismo. Suspiró de forma tendida— Odio cuando me tocan estas cosas… Espero que todo pase rápido sin complicaciones innecesarias… —Susurró dirigiendo su mirada hacia el horizonte, disfrutando de los cálidos colores que el atardecer dejaba a su paso.
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