Mōdraniht
El calendario del Sunny se acercaba peligrosamente al final de año. Si lo miraba en retrospectiva, Robin, podía decir que había sido un buen año. Por primera vez desde que Ohara desapareciera había deseado vivir y se sentía segura. Por primera vez en su vida había estado con un hombre sin tener que huir o temer por lo que pasaría después. El Sunny dejaba atrás definitivamente la niebla del Triángulo de Florian igual que ella abandonaba a la Robin que siempre huía. Aunque aún quedaba algo de la vieja Robin bajo su piel. Sus nakama se habían enfrentado al Gobierno Mundial por ella, asaltando Ennies Loby, derrotando al CP9 y destruyendo su bandera. Negándose a dejarla morir en silencio. Incluso Franky, para quién era una completa desconocida, había arriesgado su vida para rescatarla. Les amaba. Les estaba muy agradecida. No obstante, ese pedazo de la antigua Robin que se negaba a abandonarla, aún la hacía sentir como una molestia y una intrusa. Por eso no se atrevía a pedirle a sus nakama celebrar una fiesta para conmemorar Yule. Deslizó los dedos sobre los últimos días del calendario y con un suspiro abandonó la cocina desierta olvidando su té recién hecho sobre la mesa. Cuando la noche cayó y se reunieron para cenar notó las miradas fijas en ella. Era algo inusual, por eso se esforzó por esbozar su mejor sonrisa y así evitar que se preocupasen por ella. Funcionó, al menos eso le pareció ya que se enredaron en conversaciones rápidamente. Sólo Franky continuó con la mirada fija en ella y desconectado del os demás. Robin hizo florecer una mano bajo la mesa para tocar el muslo de Franky, carraspeó cuando los dedos le rozaron la ingle y, entonces sí, apartó la mirada. El resto de la cena discurrió en la más absoluta de las normalidades por eso cuando Franky tomó su mano y la llevó hasta su taller, Robin, se sobresaltó. Al principio pensó que era por la broma de la mano y la caricia íntima, no obstante, la seriedad en su mirada le hizo descartarlo. Entonces Franky habló y le preguntó qué era lo que le ocurría. El tono preocupado de su voz la enterneció, estuvo a punto de decirle la verdad y rogar porque le guardase el secreto. No lo hizo. Le sonrió y aseguró que no le pasaba nada. Los días fueron pasando mientras Robin hacía un sobreesfuerzo para que nadie notase nada. Aunque por las noches era más complicado pues, adormilada entre los brazos de Franky, mecida por su voz y refugiada con un cuidado extremo, él le preguntaba y ella tenía que hacer un esfuerzo extra para prometer que todo estaba en orden. En esos momentos agradecía haber pasado la vida huyendo porque aún no había aprendido a bajar la guardia del todo, pero sabía que en algún momento ocurriría. El día del inicio de las fiestas de Yule arribaron a puerto. Era una isla minúscula y deshabitada completamente nevada. Chopper saltó feliz sobre el manto blanco, hundiéndose y riendo. Robin, que le observaba sonrió al verle tan feliz, empujando lejos la preocupación por que pudiera hacerse daño. Chopper era un reno, provenía de una isla de invierno, el frío era para él. A diferencia de otras veces, no hubo sorteo para decidir quién permanecía a bordo y quién desembarcaba. Nami dijo que se quedaba, que hacía un frío de mil demonios y que, si no había tiendas, no se le había perdido nada allí. Y Franky se ofreció a hacerle compañía aduciendo que debía reparar una pieza del timón. Robin no tuvo tiempo de pensar en sus excusas, Chopper, llamó su atención para que le acompañase a buscar plantas medicinales y, Luffy, prácticamente la empujó lejos del Sunny. Sus nakama eran así, extraños y, en ocasiones, exagerados. Ayudó a Chopper con la recolecta de hierbas medicinales, escuchando atenta y sonriente las explicaciones del pequeño doctor. Luffy jugueteaba con un palo, blandiéndolo como si fuera una de las katanas de Zoro. Era, cuanto menos, curioso tenerle allí tan tranquilo en vez de verle corretear arriba y abajo deseoso por explorarlo todo. Robin no se atrevió a preguntarle qué ocurría por lo que se mantuvo junto a Chopper. La noche caía cuando Luffy ordenó el regreso al Sunny con una risita infantil escapando de entre sus labios. Normalmente, al llegar a una isla nueva, acampaban y exploraban cada rincón. Robin deseaba hacerlo, pero lo cierto era que el frío le quitaba las ganas de dormir al raso por más que encendieran una hoguera con la que calentarse. El Sunny estaba mucho más cerca de lo que había calculado, pensó en darse un buen baño caliente antes de cenar, tal vez, lo compartiría con Nami para hablar de sus cosas sin que nadie se atreviera a interrumpirlas. Sonaba bien. Luffy fue el primero en subir a bordo, riendo como un crío, Chopper le imitó. Ella, en cambio, subió sin prisas. La cubierta que encontraron sus ojos era muy diferente a la que había dejado unas otras antes. Estaba completamente decorada con guirnaldas de colores, antorchas, unas figuritas hechas con palos y una variedad de muérdago autóctona de aquella isla. En el centro, dentro de una construcción de piedra, permanecía un tronco sorprendentemente grueso listo para ser encendido. Y entre las escaleras y el tobogán una mesa repleta de comida y bebida. Robin sintió las lágrimas agolpándose en sus ojos. Por un momento estuvo segura de que los arqueólogos de Ohara se sentarían a la mesa y le ofrecerían algo delicioso con lo que llenar el estómago y una historia interesante con la que alimentar la mente. La añoranza mordisqueó su corazón, pero se repuso. Paseó la mirada emocionada por entre sus nakama que parecían contener la respiración esperando el veredicto. —¿Habéis hecho esto por mí? —su voz tembló y no le importó verse vulnerable. Hubo un asentimiento general, mudo, contenido. —¿Te gusta? —preguntó Franky rompiendo el silencio, más impaciente que el resto—. ¿He olvidado construir algo? Creía haber seguido las instrucciones del libro al pie de la letra. —No, Franky, es perfecto —susurró en un hilo de voz y con los ojos llenos de lágrimas—. ¿De verdad habéis hecho esto por mí? Nami fue la primera en avanzar, la envolvió en un abrazo afectuoso al que, poco a poco, se fueron uniendo los demás. —La idea y casi el mérito al completo es de Franky —explicó la navegante conmovida por la reacción de su compañera—. Se fijó en que mirabas el calendario más de lo habitual, me acordé de la celebración de los arqueólogos de Ohara. Tomé prestado uno de tus libros en el que se explicaba la celebración. —Lo hemos replicado lo mejor posible —aseguró Brook con una risa alegre. —En el libro no se explicaba qué tipo de comida es típica, así que he preparado tus platos preferidos y una de las recetas de Zeff para celebrar el fin de año —explicó Sanji deseando que fuese suficiente. —Muchas gracias a todos. —Nada de gracias, súuuper-arqueóloga —soltó Franky con aquella sonrisa traviesa—. Ahora te toca trabajar a ti. —La llevó hasta el tronco y le ofreció una antorcha—. Vamos, es hora de encender nuestra súperhoguera de Yule. Una risita sincera e infantil brotó de los labios de Robin al tiempo que tomaba la antorcha que Franky le ofrecía. Descubrió que en la base para la hoguera se acumulaban pedazos de papel, ramitas y hojarasca secas que ayudarían a encender el gran tronco. Hundió la antorcha entre las ramas tal y como había visto hacer a Sanji y Usopp durante las acampadas, el fuego crepitó al prenderse. Robin se atrevió a apartar la antorcha, aunque temiendo que se apagase. —¡Qué empiece la fiesta! —chilló Luffy acabando con la calma. Franky observó como entre todos arrastraban a Robin hasta la mesa. Robin, la mujer a la que había conocido deseando morir, reía con las mejillas húmedas por las lágrimas de emoción. Parecía una persona totalmente diferente a la que arrastraba Spandam. Amaba verla así. Se sentaron todos a la mesa, alumbrados por el tronco que ardía en la hoguera y que también mantenía el ambiente caldeado. Sanji sirvió la cena, empezando por ella en vez de por Nami, convirtiéndola en la protagonista indiscutible de la celebración. —Explícanos esto de Yule, Nico Robin —pidió Usopp. —Yule es la conmemoración del solsticio de invierno en el que se venera al dios de la sabiduría, la guerra y la muerte. Se inicia con elMōdranihto laNoche de las Madres y se alarga durante doce días. Franky le pasó un mechón de pelo negro tras la oreja con cuidado, a nadie le pasó desapercibido el gesto, pero no dijeron nada. —Es una celebración familiar dedicada a la fertilidad, la familia y los ciclos solares. También son días para recordar a los que ya no están y a nuestros antepasados, celebrar sus vidas, logros y el honor en sus muertes. Los mugiwara permanecían atentos a su explicación. Los ojos de Robin brillaban y su tono de voz mostraba un entusiasmo que se desbordaba. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de lo feliz que era en ese momento, rememorando una actividad de su infancia, compartiendo con sus nuevos amigos y familia algo tan preciado y, al mismo tiempo, recordando y celebrando a sus compañeros los arqueólogos de Ohara. ¿Cuánto dolor había acumulado en su interior aquella hermosa mujer? ¿Cómo había sido capaz de vivir y sobrevivir a todo su infierno? Franky la admiraba y, aunque se había prometido no llorar para que la atención no se desviase de ella ni un segundo, no pudo evitarlo. Tras la narración y con el estómago lleno, Franky, se retiró para dejarla disfrutando de la atención y los mimos de sus nakama. No se sentía excluido, ni mucho menos, sólo quería asegurarse de que viera por sí misma lo importante que era para aquellos mocosos. Brook se había alejado también y tocaba con su violín la tonada que aparecía en el libro que Nami había tomado prestado. El cyborg apostaba a que esa era la primera vez en su vida, desde lo de Ohara, que Robin se sentía integrada y querida. No podía culparla, la vida podía ser una auténtica cabrona y, con Robin, se había cebado especialmente. Una mujer tan preciosa, inteligente y súper no debería pasar jamás por tantas penurias como las que habían acaecido a la arqueóloga del Sunny. Sin apenas conocerla, en el tren marino, rumbo a Ennies Loby se había prometido protegerla de cualquier mal. Ante el malnacido de Spandam se reafirmó en su decisión. Ahora, que ya no era una completa desconocida, y habiendo intercambiado besos, arrumacos y noches estaba más que dispuesto a hacer cualquier cosa que pudiera hacerla feliz a parte de protegerla. La amaba. Iceburg diría que era una afirmación precipitada, que se necesitaba mucho tiempo para poder afirmar que se amaba a alguien. Él mismo, no tanto tiempo atrás, habría sido de la misma opinión. No obstante, cada vez que la miraba lo sentía. La amaba. Lo amaba todo de ella, incluso ese lado agorero que le crispaba los nervios. Robin se alejó del resto y se sentó junto a Franky ahogando una risita contra el borde de su copa de vino. Seguramente había bebido de más, pero allí no tenía que preocuparse por nada. —¿Contenta? —No —contestó divertida—. Feliz. Muy feliz. —¿No te has enfadado por haberte engañado? —Cómo podría hacerlo. —Apoyó la cabeza en su hombro y suspiró cómoda—. Lo que has hecho por mí significa mucho, Franky. Eres realmente súper. —Nico Robin, ¿es que quieres que te bese aquí delante de todos? Ella soltó una risita perfumada de vino. Miró a sus nakama con diversión. Sólo Nami sabía lo que había entre ellos, era cómodo que así fuera. Nami les daba una coartada cuando la necesitaban y les ayudaba sin dudarlo. —¿Qué harás si es lo que quiero? La sonrisa traviesa y desenfadada de Franky le aceleró el pulso, siempre lo hacía. —En ese caso lo haré sin dudar, después le diré a la chiquilla que se olvide de la habitación por hoy, porque pienso hacerte el amor toda la maldita noche. —Si haces eso seremos la comidilla de la tripulación. —Más bien seremos la envidia de todos. Robin rió de nuevo, cómoda, tranquila, en paz. Podrían hacerlo. Desvelar el secreto sería sencillo, sin embargo, prefería guardarse la intimidad con Franky para sí misma un tiempo más. Nada de miradas curiosas, nada de comentarios bobos como los que usaban para molestar a Sanji cuando Nami estaba cerca. —Cuando todos duerman —susurró y apuró lo que restaba de su vino—, pienso compensarte por esta preciosa noche. —¡Eso suena súper! Rieron a carcajadas. Les miraron, pero nadie dijo nada. No era inusual verlos juntos, disfrutando de la compañía del otro, enredados en una familiaridad envidiable.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Un poquito tarde, pero algo Navideño para el reto del Templo. Mi parte del art trade con Emma Knightley.