ID de la obra: 1621

La Isla

Slash
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 110 páginas, 45.192 palabras, 5 capítulos
Descripción:
Notas:
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Fachadas

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Matt Murdock se despertaba siempre antes del amanecer. El silencio previo al tráfico le permitía ordenar la respiración, estirar las manos sobre las sábanas tibias y reconocer cada sonido del departamento como una forma de orientación diaria. Esa mañana apareció primero el zumbido del refrigerador, luego el crujido suave de la madera bajo sus pies cuando se levantó. A su lado, Foggy Nelson respiraba profundamente, todavía hundido en el sueño después de haber pasado dos noches solo mientras Matt viajaba por trabajo. Él acababa de regresar la noche anterior, agotado pero aliviado; el viaje consistió en dos días de reuniones con fiscales federales y la revisión de unas declaraciones vinculadas a un caso de corrupción empresarial que él había preparado desde hacía semanas. Matt solía preparar su ropa con anticipación, así que solo palpó el borde del armario para ubicar la camisa y el traje de tela ligera que había dejado listo desde antes de su viaje. En la cocina, el aroma del café se esparció despacio minutos después; Matt prefería el café fuerte, casi amargo, porque la concentración le duraba más durante las audiencias matutinas. Mientras tomaba el primer sorbo, escuchó el inicio del movimiento en la calle: un camión que pasó, un perro que ladró, una bicicleta que frenó de golpe. Unos minutos después, escuchó a Foggy moverse entre las sábanas. Primero un suspiro largo, luego el roce de los pies buscando el borde de la cama. Foggy caminó hasta la cocina arrastrando un poco los pasos, todavía somnoliento. —¿Estás despierto desde hace rato? —murmuró, acercándose por detrás y rodeando a Matt con los brazos. Matt sonrió apenas, inclinándose hacia él. —No mucho. No quería despertarte —dijo—. Llegué tarde anoche. Pensé que necesitabas descansar. Foggy apoyó la frente en la espalda de Matt, respirando hondo, como si quisiera recuperar de golpe las cuarenta y ocho horas en que Matt no estuvo ahí. —Te extrañé —dijo en voz baja—. La cama se sintió gigantesca sin ti. Matt posó su mano sobre la de él, acariciándole los dedos con calma. —Ya estoy aquí —respondió—. Y no viajare a ningún lado por un largo tiempo. —Mas te vale— sentenció el rubio besándole en el hombro antes de soltarse para ir hacia su segundo gran amor, la cafetera. Mientras Foggy servía su taza, Matt retomó su rutina. Su entrenamiento matutino formaba parte del día tanto como el desayuno: estiramientos, golpes controlados al aire y respiración medida. Ese momento lo centraba, lo preparaba para las horas largas que los esperaron en los tribunales. Foggy lo observaba desde la mesa, moviendo la taza entre las manos, con ese gesto pequeño de orgullo silencioso que solo él tenía. Al terminar, se bañaron juntos y se alistaron. Foggy ajustó el nudo de la corbata de Matt, como lo hacía todas las mañanas, incluso cuando llegaban tarde. —Listo —dijo Foggy, acomodándole el cuello del saco—. Ahora sí pareces alguien capaz de asustar a los criminales. Matt rió apenas. —Solo hago mi trabajo —respondió. Salieron juntos del departamento poco después. Como fiscal, era meticuloso. Llegaba siempre unos minutos antes que el resto del personal, dejaba su bastón junto a la puerta de su oficina y revisaba cada expediente con una paciencia que desconcertaba a sus colegas. Aquella mañana, se sentó detrás del escritorio y pasó la mano por la pila de documentos que habían dejado sobre una bandeja de metal. Él conocía cada caso, cada declaración, cada contradicción pequeña que podía marcar la diferencia. Su memoria auditiva lo ayudaba, pero también tenía una ética férrea que no le permitía apresurar nada. Prefería trabajar con la ventana entreabierta. El aire entraba con el sonido distante de conversaciones ajenas, pasos apurados, teléfonos que sonaban en otros pisos. Ese ruido mezclado le daba una sensación de compañía. A veces, cuando el estrés se acumulaba, él se recostaba en la silla y simplemente escuchaba la ciudad respirar alrededor. En sus gustos, era sencillo: buena música en vinilo, comida casera —especialmente cuando Foggy cocinaba pasta— y libros en braille que él buscaba en tiendas pequeñas que frecuentaba desde la universidad. Su día continuaba así, entre audiencias, interrogatorios y reuniones breves con su equipo. Matt era firme, pero nunca arrogante; escuchaba incluso cuando no estaba de acuerdo, y respondía siempre con la calma que lo caracterizaba, aunque por dentro peleaba con el cansancio constante que su trabajo acumulaba. Como cada día, a media mañana, Matt ordenaba su escritorio por costumbre, moviendo carpetas hasta dejarlas alineadas en un borde exacto. En ese momento, el sonido familiar de un mensaje de voz vibró en su teléfono. Él reconoció la voz al instante: Foggy hablaba rápido, como siempre, y le dejó un recordatorio sobre los papeles del caso que ambos habían manejado años atrás cuando solo eran abogados defensores en su pequeño despacho en Hell’s Kitchen. Cuando Matt terminaba de alinear la última carpeta, escuchó unos pasos firmes y un olor a perfume caro mezclado con metal. Reconocía ese tipo de presencia incluso sin verla: alguien acostumbrado a llamar la atención sin proponérselo. El hombre se detuvo frente a la puerta, murmurando algo sobre una cita perdida. Matt había oído su apellido en conversaciones rápidas del personal esa semana: Stark había llegado a la fiscalía para revisar documentos relacionados con una investigación empresarial. Él no solía pasar por esos pasillos, pero esa mañana caminaba como si buscara la salida correcta. —¿La oficina del fiscal Blake Tower? —preguntó una voz segura, cargada de cansancio y mala noche. Escuchó como alguien respondía, El visitante agradeció con una exhalación breve y continuó su camino. Lo acompañó un leve temblor en la respiración, como si acabara de recibir malas noticias o hubiera dejado algo sin resolver. Durante los almuerzos, prefería un local tranquilo cerca de la fiscalía que visitaba desde su época universitaria, donde el dueño ya sabía que a Matt le gustaba el salmón con verduras y un té caliente para no dormir después del mediodía. Foggy formaba parte de su rutina incluso desde antes de ser su pareja. En esos años, los dos compartían una oficina diminuta con una impresora vieja que siempre fallaba, un ventilador que traqueteaba y un letrero mal pintado en la puerta. Cada mañana, Foggy llegaba primero con dos cafés y un comentario gracioso que Matt a veces fingía no escuchar, solo para que Foggy insistiera en repetirlo con más dramatismo. Matt recordó ese tiempo mientras abría un expediente en la fiscalía. Él sabía que Foggy era la persona más organizada del mundo cuando quería, pero también tenía la habilidad de dejar papeles desperdigados por todos los escritorios posibles. En el despacho que compartían, Foggy perdía sus propios apuntes regularmente y luego acusaba a la impresora de “comérselos”. Matt solo sonreía, porque Foggy llenaba cada espacio con una energía cálida que aliviaba cualquier día pesado. Aunque ahora Matt trabajaba como fiscal, Foggy seguía visitándolo cuando tenía tiempo entre audiencias. Esa tarde, Matt escuchó el golpecito de unos nudillos en el marco, una señal que Foggy usaba desde que eran estudiantes. —Traje comida —anunció, cargando bolsas que sonaron como si estuvieran llenas de envases de plástico—. Y sí, antes de que preguntes, lo probé para asegurarme de que no estuviera frío. Matt se relajó un poco al escucharlo acercarse. Foggy tenía esa forma curiosa de convertir cualquier día complicado en algo manejable. Él se sentó frente al escritorio, se acomodó la corbata que siempre terminaba torcida y empezó a hablar sobre un cliente difícil, una jueza malhumorada y un oficial que perdió un documento esencial. —Siempre me pasa lo mismo —dijo Foggy, abriendo un paquete de comida—. No sé si el universo me castiga o si solo quiere que tú te sintieras mejor con tu trabajo. Matt negó con la cabeza, aunque Foggy ya sabía que él estaba sonriendo. Los dos compartían esos almuerzos improvisados desde hacía años: en su vieja oficina, en cafeterías de barrio, en pasillos llenos de ruido y ahora en la fiscalía. Foggy llenaba los silencios con historias; Matt escuchaba con paciencia y, aunque no lo dijera, disfrutaba cada minuto. Cuando Foggy se levantó para volver a su propio despacho, Matt se quedó un momento quieto. Su rutina diaria incluía muchas responsabilidades, muchas personas, muchas voces… pero Foggy era la constante que siempre acompañaba sus pasos, en el trabajo y en casa, en los buenos casos y en los malos. Habían sido amigos desde la universidad. Habían compartido clases, noches de estudio y cafeterías donde discutían teoría del derecho y la ética profesional. Al principio, existía entre ellos una camaradería sencilla, hecha de bromas, confidencias y un entendimiento silencioso de lo que el otro necesitaba. Foggy era la voz alegre que contrastaba con la seriedad de Matt; Matt era el equilibrio que suavizaba los impulsos de Foggy. Con el tiempo, la amistad se transformó. No hubo un momento dramático, ni un gran anuncio: pequeños gestos, llamadas fuera de horas de trabajo, preocupación genuina por el bienestar del otro y la sensación constante de que juntos podían enfrentar cualquier desafío, hicieron que esa cercanía mutara en algo más profundo. Una tarde, mientras revisaban documentos en la antigua oficina, Foggy lo tomó del brazo para advertirle de un error en una declaración. La risa que siguió, combinada con un silencio cómodo y prolongado, rompió cualquier frontera que aún quedaba entre ellos. Ese fue el principio de su historia como pareja. Karen Page entró en sus vidas poco después. Ella era periodista en un pequeño diario local cuando Matt y Foggy la conocieron buscando información para un caso complicado. Tenía la mirada directa y la curiosidad que no temía incomodar, y pronto demostró que su ética no era menos firme que la de ellos. Karen había pasado por años difíciles; antes de llegar a Hell’s Kitchen, había trabajado en otros medios y aprendió rápido a valerse por sí misma. Su carácter independiente y su sentido de justicia la hicieron encajar con ellos de inmediato. Matt amaba a Foggy con una certeza tranquila, un afecto que no necesitaba palabras exageradas para existir. Cada gesto de Foggy, cada sonrisa, cada comentario inesperado lo llenaba de calma y seguridad. Su relación era abierta, construida sobre confianza y transparencia; Matt sabía que podían amarse sin limitar la libertad del otro, que podían compartir la vida sin encerrarse en reglas rígidas. Frank Castle entraba en esa dinámica de manera distinta. Con él, Matt compartía secretos que no decía en voz alta a nadie más: preocupaciones, deseos, recuerdos que a veces salían en confidencias que terminaban entre las sábanas. Era un vínculo intenso y breve, cargado de intimidad, pero sin la necesidad de una relación constante o posesiva. Cada encuentro con Frank dejaba rastros de complicidad que Matt guardaba con cuidado, igual que los abrazos y la risa compartida con Foggy. La apertura de su relación no disminuía el amor que Matt sentía por Foggy; más bien, lo confirmaba. Saber que podía amar sin ataduras y, al mismo tiempo, permitir que ciertas confidencias se compartieran con Frank, le daba equilibrio. Foggy lo comprendía y, en los días de descanso, los tres podían estar juntos sin que nadie sintiera que algo faltaba o sobraba. La confianza mutua construía un espacio seguro donde los afectos se entretejían de manera natural.

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La isla despertaba bajo un sol que apenas comenzaba a iluminar las cúpulas y jardines. Norman Osborn avanzaba por los pasillos principales, sintiendo el mármol frío bajo sus zapatos y el aroma tenue de los jardines que llegaba hasta su nariz. Cada paso suyo estaba calculado, exacto, como si la isla misma respondiera a su andar. Se detuvo frente a la pantalla de seguridad. Observaba a los invitados, millonarios que no sospechaban la maquinaria que sostenía su escapada. Sintió un breve placer al ver que todo estaba en su lugar: camareros moviéndose con precisión, luces ajustadas, jardines impecables. —Revisa la zona sur —dijo al radio, con voz baja y firme—. Atención discreta, nada fuera de lugar. El subordinado asintió con un temblor apenas perceptible y desapareció entre los corredores. Norman se inclinó sobre otra pantalla. Los chantajeados seguían las órdenes al pie de la letra, sus manos transmitían miedo y respeto en igual medida. Una sonrisa mínima se dibujó en su rostro. Todo funcionaba como un reloj. Un joven asistente apareció de repente frente a él, con un plan de actividades bajo el brazo. Norman levantó la mirada, midiendo al muchacho con un gesto lento: —Asegúrate de que las cenas privadas estén sincronizadas. Nadie debe notar irregularidades —dijo—. ¿Comprendido? El joven tragó saliva, asintió varias veces y se alejó rápidamente, dejando tras de sí un aire de tensión contenida. Norman respiró hondo, disfrutando de esa sensación: cada orden suya generaba un efecto medido en los demás, cada movimiento suyo influía en la isla como si fuera un tablero de ajedrez vivo. Caminó por un pasillo elevado, saludando apenas a algunos invitados que lo reconocían. Observó un camarero que ajustaba las copas de cristal; su mirada lo cruzó con firmeza y el hombre enderezó la postura, sin decir una palabra. Norman percibió el temblor en sus manos, el respeto que nacía del miedo silencioso. Se detuvo frente a una zona restringida, cruzando los brazos mientras inspeccionaba los alrededores. Por el radio llegaron instrucciones nuevas; él las verificó y las devolvió ajustadas, con precisión quirúrgica. Cada detalle contaba: la ubicación de los yates, la iluminación en los salones, el flujo de invitados por los jardines. Todo debía estar bajo su control. Mientras los primeros invitados disfrutaban del desayuno al aire libre, Norman observaba desde la terraza ejecutiva. El brillo del agua reflejaba la luz del sol naciente, y él permitió que una mínima sonrisa se dibujara en su rostro. Todo funcionaba según su diseño, y nadie, absolutamente nadie, podía alterar el equilibrio que él mantenía. El despacho de Norman Osborn estaba silencioso, apenas iluminado por la luz cálida que se filtraba por las persianas. Los planos de la isla se extendían sobre la mesa de cristal, cada línea y curva representando un espacio bajo su control absoluto. Listas de invitados, notas sobre preferencias, horarios de transporte y logística descansaban ordenadas a su alrededor, cada papel una pieza del rompecabezas que él mismo había diseñado. Norman se inclinó sobre los planos, trazando mentalmente cada movimiento que debía suceder esa mañana. Cada empleado, cada invitado, cada chantajeado tenía un papel que debía desempeñar, y él era el director invisible que aseguraba que no hubiera desviaciones. Una leve sonrisa se formó en sus labios; todo estaba en su lugar. Todo podía ser anticipado. —Asegúrate de que todo esté listo para la llegada de los invitados —dijo al teléfono, la voz baja, firme—. Y que nadie note los detalles que no deben ver. Colgó y se permitió un instante para observar el despacho. Cada objeto, desde el escritorio hasta los pequeños adornos, estaba dispuesto con precisión quirúrgica. El orden reflejaba su mente: meticulosa, calculadora, siempre tres pasos adelante. Mientras sus dedos rozaban los papeles, pensaba en las posibles fallas, en los errores que alguien pudiera cometer, y ajustaba mentalmente los movimientos de cada pieza. Se acercó a la ventana, mirando los jardines de la isla desde lo alto. Las primeras luces del día iluminaban las piscinas, las cúpulas y los senderos que serpenteaban entre árboles cuidadosamente plantados. Un grupo de invitados avanzaba hacia el desayuno, riendo y ajeno a que cada paso que daban estaba previsto, que cada mirada podía ser registrada, cada gesto observado. Norman se inclinó ligeramente, como si el mundo fuera una extensión de su despacho. Volvió a la mesa y revisó las pantallas de seguridad. Los empleados se movían con rapidez, obedeciendo órdenes que solo él podía dar con tal precisión. Sintió un breve placer al ver cómo incluso los chantajeados seguían sus instrucciones sin vacilar; la combinación de respeto y miedo le otorgaba un control que lo satisfacía profundamente. Se permitió un instante de introspección. Nadie podía imaginar la calma con la que planeaba cada detalle, ni la frialdad que acompañaba a cada decisión. Mientras los invitados disfrutaban de su desayuno, él contemplaba el tablero completo: cada secreto protegido, cada movimiento previsto, cada error potencial neutralizado antes de que ocurriera. Norman Osborn no solo gestionaba la isla; la dominaba. Y lo hacía con la elegancia y precisión de alguien que sabía que todo podía caer en sus manos en un instante. Finalmente, se recostó levemente en el respaldo de la silla, cruzando los brazos. Los secretos de la isla estaban seguros, cada invitado ignorante del poder que lo rodeaba. La mente de Norman continuaba funcionando, incluso en ese breve momento de calma: cálculos, anticipaciones, estrategias, todo en perfecta armonía. Para él, la isla era un escenario, y él, el director invisible que mantenía la obra en movimiento. Tomó el informe que había llegado minutos antes. Cada línea describía el avance de la mañana: los invitados acomodados en suites privadas, el personal cumpliendo horarios, los chantajeados ejecutando sus tareas con precisión forzada. A simple vista, todo parecía impecable. Sin embargo, Norman frunció el ceño al notar pequeños errores: una toalla mal doblada, una luz tenue que parpadeaba en un corredor, un camarero que había entregado el desayuno unos segundos fuera de tiempo. Nada grave, pero suficiente para activar su alerta. Con un gesto elegante, deslizó el informe hacia un lado y tomó el radio, la voz firme pero medida: —Revisa la suite 7. Ajusta la iluminación y verifica que la toalla esté correctamente doblada. No hay margen de error. El subordinado obedeció al instante, consciente de que cada instrucción llevaba implícita una consecuencia. Norman se permitió un instante para observar las pantallas de seguridad; los chantajeados cumplían con cada orden, ejecutando cada paso sin cuestionamientos, conscientes de que su destino dependía de la precisión con la que actuaban. Se levantó y caminó despacio hacia la ventana que daba a los jardines centrales. El sol iluminaba la piscina y los senderos perfectamente trazados, mientras los invitados disfrutaban sin sospechar que cada detalle estaba supervisado, controlado y calculado. Norman pasó la mano por el borde del escritorio, reorganizando mentalmente las prioridades y ajustando estrategias sobre la marcha. Su ceño se relajó solo cuando comprobó que cada error había sido corregido, cada instrucción cumplida. Con una ligera sonrisa apenas perceptible, se inclinó sobre los planos de la isla, revisando inventarios de recursos: personal, suministros, equipamiento. Todo debía estar disponible y en perfecto estado para cualquier eventualidad. —Confirmen que el personal de servicio mantenga el ritmo y que los chantajeados no cometan errores —dijo con voz baja pero firme, mientras se giraba hacia la sala de monitoreo. Las pantallas reflejaban su autoridad: los empleados se movían como piezas de ajedrez, los chantajeados obedecían sin titubear, y los invitados permanecían ajenos al engranaje invisible que los rodeaba. Norman respiró hondo, satisfecho con la perfección momentánea de su operación. Todo en la isla funcionaba bajo su control. Él no solo coordinaba; él era el eje alrededor del cual giraba cada detalle, cada acción, cada secreto. Con el informe en mano, Norman se recostó un instante, observando el amanecer filtrarse entre las palmeras. Cada paso, cada instrucción, cada ajuste había reafirmado lo que ya era evidente para cualquiera que prestara atención: él era el jefe absoluto de la isla, y nadie podía moverse sin que él lo supiera, lo aprobara y lo dirigiera.

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Wilson Fisk despertaba temprano, antes de que la ciudad hiciera ruido. Tomaba café en silencio, mirando el horizonte a través de los ventanales, como si la distancia le ofreciera algo parecido a la paz. En esas mañanas, Vanessa a veces se unía, envuelta en una bata ligera, y simplemente se sentaban juntos. No hablaban mucho; no lo necesitaban. Esa calma compartida era parte esencial de su rutina. Vanessa había sido la primera persona que realmente vio a Fisk. No el traje, no la reputación, no la fuerza; vio al hombre que aún peleaba con sus propios fantasmas. Ella sabía cuándo hablar, cuándo callar, cuándo acercarse. Su relación creció desde una complicidad tranquila, desde cenas largas donde ella contaba historias de arte y él escuchaba, maravillado por la forma en que ella describía el mundo. Entre ellos había afecto, respeto, un cariño hecho de estabilidad. Se elegían porque funcionaban mejor juntos. James llegó después, sin intención de ocupar un lugar, pero Fisk lo dejó entrar por razones que él mismo jamás expresó del todo. James empezó siendo asistente, organizando agendas, cubriendo ausencias, cuidando detalles que nadie más notaba. Con el tiempo, Fisk se acostumbró a su presencia. A la forma en que James recordaba todo, anticipaba problemas, entendía silencios. Y así, sin anunciarlo, se volvió parte de su vida. James amaba a Fisk. Lo hacía en secreto al principio, desde la distancia, desde la admiración. Pero Fisk se dio cuenta en algún momento , y no se apartó, al contrario lo uso a su favor. La cercanía entre ellos no rompió nada con Vanessa; ella entendió más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado. No era competencia. Era dinámica. Vanessa sabía que James le daba a Fisk algo distinto: sumisión absoluta, control total. No era celos; era reconocimiento. Él era el esclavo. Ella la reina. El, el juguete a puertas cerradas. Ella la que caminaba a su lado y a quien reconocía como su igual A veces Fisk cenaba con Vanessa mientras James ordenaba informes en la habitación continua. Vanessa hablaba de una exposición, y Fisk sonreía, relajado. Después, cuando ella ya dormía, Fisk llamaba a James. Para darle rienda suelta a sus gustos mas bajos. Para doblegar. Someter. Poseer. Igual como un soldado se desahoga su salvajismo con una muñeca inflable­­­­ en mitad del campo de batalla, antes de volver a casa, con quien ama James se acostaba a su lado sin pedir nada. Fisk descansaba con él de una manera distinta a como descansaba con Vanessa. Vanessa lo sabía, y no lo evitaba; era parte del equilibrio que los sostenía. En los días más tensos, los tres desayunaban juntos. James preparaba el té de Vanessa como a ella le gustaba; Fisk leía informes; Vanessa arreglaba los detalles del día. Parecían una familia poco convencional, y en cierto modo lo eran. Cada uno ocupaba un espacio importante: Vanessa daba visión y estabilidad. James daba lealtad y detalle. Fisk daba estructura, protección y dirección. No eran un triángulo perfecto. No eran un romance ideal. Eran una unidad hecha de rutinas, heridas, elecciones cuidadosas y un cariño profundo que, aunque no siempre se decía, se sentía en cada gesto. Las mañanas eran el momento más ordenado para los tres. Vanessa revisaba invitaciones a eventos culturales; le llegaban propuestas de museos, subastas benéficas y conferencias de arte. A Fisk le gustaba verla trabajar, la forma en que ella seleccionaba cada proyecto, convencida de que la ciudad merecía espacios culturales dignos. James pasaba entre ellos con la tablet en mano, actualizando agendas, anotando peticiones, confirmando reuniones. En esas horas, Fisk se mostraba en su faceta más pública: líder empresarial, benefactor, figura respetada. La fundación que él y Vanessa habían construido apoyaba becas, centros comunitarios, programas de seguridad y restauraciones históricas. Esa fachada impecable atraía a políticos, activistas, profesores y abogados jóvenes que querían ayudar a la ciudad desde sus propias trincheras. Foggy Nelson había sido uno de ellos. Fisk lo conoció en un seminario sobre justicia comunitaria patrocinado por su fundación. Foggy hablaba sobre acceso legal gratuito y sobre cómo la defensa pública podía cambiar vidas. Fisk lo escuchó, impresionado por su entusiasmo genuino. No era interés personal: simplemente notó que Foggy representaba esa clase de profesional que la ciudad necesitaba. Después del evento, Fisk le estrechó la mano, lo felicitó, y le ofreció recursos para uno de los programas universitarios que Foggy quería impulsar. Vanessa recordaba ese encuentro. Foggy le cayó bien: era amable, honesto, comprometido. James, mientras tanto, archivó el contacto en los registros de la fundación, donde quedó junto a cientos de nombres de jóvenes abogados prometedores. Matt entró en ese círculo casi por accidente. Una tarde, Vanessa asistió a un panel universitario sobre discriminación en el sistema legal. Matt —todavía abogado y no fiscal— participó como invitado. Su claridad mental, su capacidad para argumentar y su compromiso impresionaron a la audiencia. Vanessa tomó nota. Le pidió a James que lo agregara a la lista de profesionales que la fundación podría apoyar en futuros proyectos. Fisk leyó su nombre esa misma noche, mientras James le ordenaba los documentos. No dijo mucho, solo asintió, interesado en cómo los jóvenes talentos se movían por la ciudad. Era cerca de las once de la noche, y el correo electrónico llegó puntual, como cualquier otra transacción. El cuerpo del mensaje enumeraba horarios, rutas y la confirmación de pago. Todo estaba escrito con la precisión de un contrato: el paquete debía ser trasladado, permanecer allí durante el fin de semana y ser devuelto según lo indicado. Mientras la notificación de confirmación parpadeaba en la pantalla, Fisk tomó el teléfono. La línea sonó unos segundos antes de que alguien contestara con voz tensa, tratando de ocultar nervios. —El avión te estará esperando en el lugar de siempre —dijo Fisk con tranquilidad, revisando unos documentos sobre el escritorio. —No puedo… —respondió la voz al otro lado, algo apurada—. Tengo compromisos programados, reuniones que no puedo mover tan fácil… —Lo entiendo —dijo Fisk sin perder la calma—, pero necesitamos cerrar este acuerdo en persona. Tu presencia es importante, y los otros socios estarán allí. Hizo una breve pausa, escuchando el leve murmullo de duda en la línea. —No te preocupes por las agendas —añadió con tono paciente—. Ya coordinamos todo para que no tengas que quedarte más de una noche. Solo necesitamos tu aprobación final y revisar los detalles del proyecto. Hubo un silencio corto, seguido de un suspiro resignado. —Está bien… —dijo la voz—. Iré. En ese momento alguien llamó a la puerta. Weasley entró con discreción, cerrando tras de sí y avanzando hasta colocarse al lado de Fisk. —¿Irás dónde? —preguntó Fisk, acariciándole la pierna a Weasley sin apartar el teléfono de la oreja. Weasley se sonrojó al instante y acomodó sus lentes con una mano temblorosa. —Estaré allí para la reunión —respondió el hombre al teléfono. —Así me gusta —dijo Fisk con un tono más relajado, como si el asunto ya estuviera resuelto—. Entonces toma el avión. Como siempre. Lleva los informes actualizados —añadió mientras hacía una seña a Weasley, quien se sentó en su regazo con una sonrisa tímida, los ojos brillando. Fisk inclinó la cabeza hacia él, rozando su cuello con los labios. —Y no olvides traer la presentación finalizada —continuó al teléfono, su voz calmada, casi distraída—. Quiero revisar todo antes de la firma. Weasley cerró los ojos, estremeciéndose suavemente mientras Fisk lo lamía con delicadeza. —Perfecto. Nos vemos mañana —concluyó Fisk lamiéndole el cuello antes de colgar. Weasley cerró los ojos, estremeciéndose, completamente entregado. Vanessa apareció, elegante, con pasos suaves que llenaban la habitación de autoridad silenciosa. —Wilson —dijo con una voz firme, pero sin prisa—, necesitamos revisar los detalles de mañana. Fisk suspiró, soltando a Weasley con un gesto rápido. Lo miró un instante, con una mezcla de frustración y reproche silencioso, y luego se volvió hacia Vanessa. Weasley se quedó sentado, rígido y dolido, mientras Fisk se levantaba y seguía a Vanessa hacia la habitación contigua. Cada paso que daban resonaba en el silencio, dejando a Weasley con la sensación de haber sido desplazado de manera tangible. Su sonrisa tímida se desvaneció, reemplazada por la frustración y un dolor que palpitaba en su pecho. El teléfono todavía colgaba, la pantalla del correo electrónico seguía parpadeando, indiferente. Llevaba puesto su cinturón de castidad, recordándole que aunque obedeciera con gusto, había límites que incluso él no podía cruzar. Permaneció sentado un momento, inmóvil, con las manos apoyadas sobre sus rodillas y la respiración un poco agitada. Sentía una mezcla de deseo, sumisión y un vacío que nunca terminaba de llenarse. Cada gesto de Fisk, cada orden cumplida, se había sentido como una entrega absoluta, y ahora, solo, esa entrega parecía carecer de recompensa. La habitación estaba en silencio, salvo por el leve parpadeo de la pantalla del correo electrónico que aún mostraba la confirmación de la transacción: un recordatorio frío, impersonal, de que todo era parte de un juego más grande que él. Fisk y Vanessa desaparecieron tras la puerta contigua, sus pasos resonando como un eco lejano que llevaba consigo autoridad, control y complicidad. Weasley se quedó con la sensación de haber sido desplazado, de haber perdido el lugar que momentáneamente había ocupado en la atención del hombre que admiraba y servía. La frustración le quemaba por dentro, un recordatorio de que, en esa dinámica, su felicidad siempre dependería de los caprichos de otros. Finalmente, se incorporó, ajustando su uniforme con cuidado, y se sentó frente al correo electrónico, repasando mentalmente la instrucción que había recibido: preparar todo para el traslado, como siempre. Sus dedos rozaron el teclado, y un suspiro largo escapó de sus labios. Sabía que todo debía estar listo, que nada podía fallar, que la obediencia era tanto su deber como su única forma de sentirse cerca de Fisk.
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