ID de la obra: 1628

La pesadilla de las frambuesas

Het
PG-13
Finalizada
5
El trabajo participa en el concurso «Amor Complicado»
Fechas del concurso: 25.01.26 - 15.02.26
Inicio de la votación: 01.02.26
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Tamaño:
4 páginas, 1.506 palabras, 1 capítulo
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Notas:
—¿Y? —apareció el capitán con socarrona risa— ¿se sienten un poco mejor? Se dio el gusto de pasar por entre ellos con una sonrisa de victoria, tal y como él había pronosticado, todos los que tuvieron la oportunidad de probar esas suculentas frambuesas se enfermaron. Ahora todos bajaban la mirada, en clara señal de derrota. Se acercó a la primera a su alcance, que era Lila y que estaba apoyada en una de las mesas, pálida y con gotas de sudor en las mejillas. —¿Querés una frambuesa? —¡No! Topa, por favor, —con señas le indicó que callar le sería mejor. —¿Alguno quiere una frambuesa? Rulo Rolando, con los ojos cerrados y aún enfundado en el traje de bolitas de frambuesa alzó la voz para acabar ese suplicio. —No la nombres, Topineitor... —Bueno, me voy a la cabina de control —anunció Lila, aún sin levantar de manera muy significativa la mirada—, que es mi lugar y de donde nunca debí haber salido. Dicho y hecho se dio a la tarea de abandonar la cabina, a pesar de que el dolor de estómago y el mareo continuaban. Por ahora, lo que sentía destronaba a cualquier resaca que le hubiese acontecido en su vida con anterioridad, especialmente porque sólo había tenido una. —¡Frambuesas! ¡Fram-bue-sas! ¡Fram! ¡Bueeee! ¡Saaaaaaaaaassss! Sus manos volaron a los lados de su cabeza y se tapó los oídos con fuerza, cerrando los ojos con igual presión. Pero el canto estridente parecía traspasar las paredes metálicas y los vagones como si fueran hojas de papel las que los dividiesen. No quería saber nada de esas porquerías frutíferas. En el momento le supieron a gloria, pero ahora se daba cuenta de que mucho de lo bueno es malo. Con dificultad arribó la cabina de control y se sentó por fin en su mullida silla, donde debía quedarse. —Voy a necesitar un médico. —inclinó la cabeza hacia atrás, reposando un instante. Justo tenía una lista de contactos en los que seguro habría un doctor incluido. Recordó con ternura como antes le había tenido un miedo irracional a los dentistas y a las inyecciones, que bueno que el resto del personal médico no le inspiraba ningún tipo de problema. Se preguntó si debía avisar al capitán, pero se dio cuenta rápidamente que no era necesario decirle, todos los tripulantes a excepción de él estaban incapacitados para cualquier tipo de acción que no fuese el correr al baño y quejarse del malestar. Tampoco le diría, lo único que haría sería regodearse por millonésima vez por haber tenido la razón. No era momento para alimentar el ya de por si engrandecido orgullo de Topa. De buen agrado le daría una patada en su orondo trasero si el malestar se lo permitiese. Así era el capitán, a veces daban ganas de darle, pero aún así, no podían evitar amarlo. Aún ahora, cuando se había puesto tan pesado con éste mal momento. —Ni pensarlo, se dará cuenta cuando el médico ya esté aquí. Tras su espalda, la compuerta se separó con un sonido suave y el paso alegre del único ser al que en ese instante quería patear, entró en la cabina. —Lila, no te molestés. Ya hablé con el médico. Ella alzó la cabeza dos centímetros e hizo todo lo que estuvo a su alcance para lanzarle una mirada de incredulidad. Pero se sentía bastante débil como para semejante acto, así que simplemente se dejó caer de nuevo. —No era necesario, yo estaba por hacerlo. —Lo supuse —se inclinó él hacia ella, para mirarla directamente y contemplar sin una pizca de lástima, lo que ocurrió porque no lo escucharon—, pero también supuse que esto pasaría, por lo que antes de que éste embrollo pasara, llamé al doctor. Ella esta vez si se incorporó para mirarlo asombrada. —Topa... ¡¿Me estás diciendo que esto te lo tenías planeado?! Antes de que Topa pudiese contestar, Lila dio un salto de su silla y presionó, con la palma de la mano, un botón escondido bajo la consola de control. En el acto, se abrió el suelo y un cilindro metálico subió frente a la compuerta, tras la silla. Lila entró en él sin mediar palabra y éste se cerró herméticamente al instante. Topa se echó para atrás para desternillarse de risa hasta que su espalda chocó con la pared. Toda esta desventura le hacía infinita gracia. Se escuchó el sonido de la descarga del váter pocos minutos después y Lila salió, solo para desplomarse en su silla de nuevo y recuperar su inamovible condición penosa, patética y triste de convaleciente. —Te detesto —le murmuró, con los labios tan apretados como pudo. —Y a pesar de todo, tendrán que conformarse con el reposo y la hidratación —se encogió de hombros Topa, casi con indiferencia—. El doctor no vendrá y tampoco podremos acceder a él dentro de un tiempo. Él también está enfermo. Lila se tapó los ojos con ambas manos y dejó escapar un gemido angustiado. —¿Estás diciendo que este malestar lo tendremos que afrontar solos, sin ayuda médica? Topa volvió a inclinarse sobre ella y a sonreírle socarronamente. —¡Frambuesas! —Topa... —volvió a gemir ella, tapando esta vez sus orejas con las manos. —¡Fram-bue-sas! —Topa —amenazó—, lárgate o te sacaré pero del monorraíl. —¡Fram! ¡Bueeee! Lila le aventó una llave inglesa que había bajo la consola. Pero con tal mala puntería que acabó en un rincón lejano de la cabina. Topa la miró con ojos grandes, para después tomar aire y terminar la canción. —¡Saaaaaaaaaassss! —Ya fue, Topa. Los dos se voltearon a ver al recién llegado. Era el rulo distinto, el que venía entrando. Aún vestía ese tonto disfraz que Doris le hizo a los tres hermanos, el de bolitas color rojo purpúreo. A Lila le bastó verlo para que el estómago le diera otra vuelta. Tuvo que tragar saliva y apartar la mirada de esas frambuesas andantes. —¿Perdón? —Topa seguía riéndose, por la palidez que Carlos tenía en contraste con su tonto disfraz. —Tenías razón —suspiró, antes de dejarse caer a un lado de la silla de control—. Ganaste, Topa. No te hicimos caso y tenías razón ¿Podés dejarla descansar? El capitán soltó otra risa más, negando mientras seguía riendo. —Eso quería escuchar —dio una palmada en el aire y sonriendo algo malignamente, salió de la cabina riendo aún— ¡Fram-bue-sas! ¡Fram! ¡Bueeee! ¡Saaaaaaaaaassss! Lila oprimió el botón de cerrar con seguro las puertas, para que a Topa no se le ocurriese regresar para cantar esa estúpida canción de nuevo. El sonido de las puertas sellándose fue un alivio. Cuando quedaron solos, Lila apoyó la frente unos segundos en la consola antes de girarse hacia Carlos. No sabía bien por qué le sorprendía tanto verlo ahí. Tal vez porque Carlos solía ser discreto hasta volverse invisible, o porque nunca levantaba la voz, ni siquiera cuando algo realmente le importaba. Y aun así, había entrado y frenado a Topa por ella. —Gracias, Carlos... —murmuró ella, suspirando de la misma forma, se permitió mirarlo un poco más— no sé qué hubiera hecho si Topa siguiera haciendo eso. Carlos desvió la mirada, incómodo pero sonriendo muy suavemente. —A todos nos tenía hasta las orejas —dijo él con ese mismo tono de siempre, anodino y tristón—. Apa... fue una mala idea comer tantas frambuesas. Lila dejó escapar una pequeña risa sin fuerzas. —Lo fue —asintió ella—, supongo que nos lo merecemos todos por glotones. Y por mucho que me molesta, Topa si tenía razón. Carlos sonrió de lado, resignado pero igual de anodino que siempre. Lila se encontró pensando que no era exagerado sentir que, por un momento, el malestar menguó un poco. No porque el malestar hubiera pasado, sino porque alguien había estado ahí cuando más lo necesitaba. —Lo peor, Carlos —continuó ella, mirándolo con cierta ternura y comprensión—, y no podremos hacer nada más que esperar a que se nos pase. Topa ya habló con el doctor y dijo que no vendrá. Él también está enfermo. —Apa... —se llevó ambas manos a la cara y apretó los ojos gimiendo angustiado— habrá que aguantar. Carlos entonces, al retirarse las manos de la cara, le mostró a Lila un vaso de cristal con un liquido efervescente. Ella no había visto ese vaso antes, por lo que fue una verdadera sorpresa. —Ayuda. —dijo él, simplemente— Francis las está repartiendo. Por lo menos hace que dejes de ir al baño tantas veces. Lila lo tomó con ambas manos y sin pensar se lo bebió de un solo trago. El gas le hizo cerrar los ojos un instante, estaba frío y reconfortó su estómago no más pasar por su garganta. —Gracias… por esto —añadió, más suave—. Y por quedarte. Carlos se encogió apenas de hombros. —Para eso estamos —murmuró—. Aunque estemos hechos bolsa. —Solo necesito que eches al fuego ese disfraz —le sonrió ella, alzando las cejas para enfatizar—, es horroroso. Él sonrió de la misma forma, asintiendo. —Cuando me recupere —añadió Carlos, mirando su disfraz con resignación—, prometo que lo quemo. —Yo sostengo el encendedor —respondió Lila, cerrando los ojos, ya más tranquila.
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