ID de la obra: 1629

Burning up the ashes

Slash
R
Finalizada
2
El trabajo participa en el concurso «Amor Complicado»
Fechas del concurso: 25.01.26 - 15.02.26
Inicio de la votación: 01.02.26
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
12 páginas, 4.422 palabras, 1 capítulo
Descripción:
Notas:
Dedicatoria:
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***

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Notas:
Cenizas. Un polvo gris que aparece en el suelo. En el aire. En cada rincón. Humo. Una nube tóxica que te envenena todo tu ser hasta que tu mismo no te conviertes en una figura negra humeante y desvanecida. El fuego apagado. El calor que desprendía, desapareció como si nunca te abrazaba entre sus calientes llamas doradas. Y al final, vacío. Un vacío inmenso que te hacía sentir como alguien forzado a seguir viviendo. Querías desprenderte de él, tirarlo a alguna parte, hacer como que no existía... pero como a propósito, seguía allí. No dejaba sentir nada. Un hueco dentro de ti mismo que atrapaba cualquiera luz que aún quedaba dentro y no la hacia salir nunca más a la libertad. Como un agujero negro invisible que puedes notarlo en algún rincón y no entiendes si es solo una parte o ya es todo tu cuerpo y tú mismo quien se convirtió en ese vacío ahogado. Dudas si ya eres un fantasma. No para los demás sino para ti. ¿Realmente sigues aquí? ¿Seguro? Y si, todavía, estás dando cuenta de tu ser, viene esa pregunta que siempre está en nuestro cerebro, que llevamos dándole vueltas... ¿Para qué? Sí, ¿para qué? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene seguir existiendo si el fuego por el que vivias ya no existe? Vivir y existir son cosas completamente distintas. Tan distintas que parece irreal. Porque, si existes, tienes que vivir. Si o si. Pero si no vives, puedes seguir existiendo. Sin razón. Sin motivo. Así, sin más. Existir y ya está. Sin ver el arcoiris, viendo todo de blanco y negro. De carbón. Emociones que están dentro de ti y los sientes apagarse poco a poco, hasta que el mundo se vuelve indiferente para ti. Y desde este punto, envuelto de niebla, sin querer ni pensar ni saber sobre el futuro, desde allí nada podría retener acabar esa existencia sin sentido. Pero creo que... que me equivocaba. Algo si que me para y tira de mí hacia un lado con una fuerza grande. Como si yo mismo estuviera atado a una cuerda mágica que no me deja hacer ese paso. Y no sé que es.

***

No puedo soportarlo. Mi vista está clavada en el cuchillo del suelo ya unos minutos. Dudaba en cogerlo pero ahora, decidido, alargo el brazo y, siguiendo sentado en mis rodillas, noto el contraste del metal frio y sangre caliente. Si, justo lo que quería. Sentir un poco del dolor por la mañana no está nada mal. Convierto el pequeño corte en uno más larga y profundo, dejándome a mi mismo sentir como me escuece y duele la carne sangrienta por culpa de la aguda cuchilla. Dejando la palma de mi mano, subo hasta el antebrazo y hago otro corte allí. El líquido granate empieza a fluir en seguida, permetiéndome que cierre los ojos y realize ese sentimiento: calor, picor, dolor y rabia. Mi estado de ánimo durante estos días. Lo que me merezco. Porque, si es que todavía merezco algo, es solo esto: corninas corridas, habitación helada y yo mismo mentalmente enterrado bajo la tierra para que todos olviden de mi, de lo que hice. Y solo ese sentimiento me alivia un poco de mis pensamientos constantes y el hueco que llevo en el pecho. El dolor físico. Sé que hace varias semanas antes nunca hubiese pensado que acabaría así. Pero...mmm... eso puede llegar a gustarle a uno. Es como una droga. El principio siempre es el más largo ya que cuesta decidir. Pero con más tiempo que pase, mejor lo va a sentir. Porque todos, sea una droga en sentido literal o más metafórico, la intentamos encontrar solo por una razón: alivio. A mí me alivia porque en el momento que siento mi tejido de piel rompiéndose, siento la gran magia de que ya no noto el hueco misterioso del pecho. Como que desaparece. Y, comprendiendo que un dolor superficial puede ahogar al otro que está clavado dentro para siempre, aún que no sea por mucho tiempo, me da esperanza. Y me agarro a ella con fuerzas. Corto el muslo, expuesto en mis pantalones cortos. Gimo. Gimo un poco y tirlo la cabeza hacia atrás, respirando a jadeos. Duele mucho. Reprimo una sonrisa. La sangre forma un charco debajo de mí. Y doy gracias porque solo ahora noto que las puntas de los dedos las tenía tan helados que ni los sentía. Pasan varios minutos. Estoy en silencio, concentrandome en mis nervios que sienten que he vuelto a romperlos. La sangre se enfría. Y otra vez vuelvo a rodar y rodar en mis pensamientos sin parar. Que agobio. Me caigo sin fuerzas al suelo. Tengo hambre. Y sed. No sé que está pasando detrás de la cerradura de mi puerta. Tengo curiosidad. Igual justo por eso me di cuenta que no quiero despedirme de la vida. Hay algo que me detiene, igual es justamente ese mismo deseo de saber que pasaría con la gente cuando yo ya no esté. Ese deseo, tan egoísta y hipócrita. Parece que lo único que hago es convencer a mi mismo que si que quiero morirme, pero se ve que no. Lo intenté al principio. Hace cinco días. Justo en la misma noche cuando Miles murió. Intenté irme con él. Pero, poniéndome mi pie en el borde del puente, noté que tenía miedo. Un miedo muy tremendo y gigantesco de morirse. Que eronía... ¿Por qué me da miedo algo por lo que hice pasar a Miles? Creo que nunca podré olvidarlo y dejar de arrepentirme. Nunca más. Y puede que en muy interior de mi corazón, me he dado cuenta que lo hago solo para aislarme de la realidad y lamer mis heridas, pero nunca lo podré admitirlo a la cara. Así que... todo ha sido mi culpa. Por mi existencia Miles perdió la suya. No sé exactamente cuando me di cuenta de que algo andaba no por donde debía andar. Me enamoré del chico más normal del mundo que pudo haber existido en cualquier colegio de cualquier país o ciudad. O al menos, eso me parecía. Con el pase del tiempo, noté que mis conocimientos sobre él no eran nada. Estábamos ya saliendo juntos unos meses pero hasta entonces, no me daba cuenta de cómo era realmente. "El amor es ciego". La frase que oía siempre en cualquier parte de mi alrededor. Nunca le presté mucha atención; para mí era no más una frase de viejos entre otras tantas. Para mi el amor era algo caliente y dulce. Cuando quieres más. Cuando todo es blanco, blanco, blanco. Por eso nunca estaba de acuerdo con esa frase. ¿Cómo puede uno estar ciego por algo que es tan bonito como el amor? Así que, cuando empecé a salir con él, me la daba por el saco. Quería disfrutar de los momentos compartidos con Miles sin preocuparme de nada. Nunca me preguntaba lo que sentía él por mí porque me bastaba con que él me diese un beso para hacerme la imagen ideal de nosotros dos dentro de diez años tumbados juntos entre las sábanas y abrazados con la misma sonrisa para los dos y unas letras "Y vivieron felices para siempre. Fin" como en los cuentos infantiles. Con un final ridículamente perfecto. Pasaron varios meses antes de que noté que le ocurría algo raro. Como si tuviera puesta una máscara que se la ponía cada vez que hablábamos o íbamos juntos. Como si tuviera una sonrisa forzada. Y me empezó a molestarme. Sabía que no tenía que reaccionar así. Sabía que lo mejor era hablar o intentar sacar el tema pero... claro, he sido un cabrón de mierda. Tan egoísta. Se lo tiré todo a la cara. Por primera vez en aquellos dos meses, tuvimos una discusión sería. Le grité que no le importaba, que seguramente lo único que quería desde el principio era solo matar el tiempo y su deseo con alguien como yo. Que aprovechaba de mi. Que yo solo era un juguete para él... Pero la culpa la tenía yo. Nunca olvidaré su reacción. Todo el rato estaba mirando el suelo con los puños y la mandíbula aprietados. No sé si quería echarse a girtar o a llorar pero al verlo así, me paré. Eran unos segundos largisimos que nos invadieron llenos de tensión y mil palabras no dichas. "¿Y que sabes tú de mi, Kai?" se oyeron sus palabras muy claramente como un trueno ahogado que se oye a lo lejos en una tormenta. Es verdad... ¿y que sabía yo de él? Entonces si que me di cuenta de la falta que cometí. Desde el principio. Hace dos meses... Me enamoré locamente de mi ideal perfecto sin pensar que, posiblemente, ese ideal lo era solo para mi. Que no era nada más que una cáscara debajo de la cual habían cosas enrolladas y mezcladas, bonitas, feas, agradables, sucias, perdidas... Estaban escondidas allí y yo ni siquiera tuve la molestia de romper esa maldita cáscara perfecta que tanto me gustaba. No quería meterme en todo esto y crearme problemas. Creía que podía ser de sobra con solo tener lo exterior, la capa. Pero la vida, lo que es real, siempre rompe esas fantasías infantiles. Que vergüenza. Ojalá había podido dar marcha atrás y empezar todo de nuevo. Pero el tiempo no es así. Es solamente un camino que va solo adelante, borrando lo que acabas de pisar y que dejaste en el pasado. Si uno se da la vuelta, encontrará solo un abismo de cenizas. Por eso era demasiado tarde para hacer algo. Lo nuestro ya se había acabado. O igual nunca se empezó de verdad. Pasó un día. Y otro. Una semana. Después me enteré que fue detenido por la policía por abuso de sustancias. No podía creerlo. Jamás podría haber pensado que él hubiera sido capaz de inyectarse algo en su brazo. Y otra vez... todo me recordaba lo mal que le conocía. Pasaron varios días después del accidente. No había noticias. Al menos, yo lo pensé hasta que no vi en la pantalla un mensaje y varias llamadas perdidas de "My sunshine" y un emoji en forma de un corazón rosa el final del nombre. Me sorprendí lo bastante como para ponerme el primer par de zapatos que vi y salir corriendo hacia la casa de veinte pisos donde vivía Miles. Tenía muchas preguntas revolteando en mi cabeza que quería preguntarle con la esperanza de aclarar tanto lo que son las últimas noticias como lo nuestro. Su mensaje era muy corto y claro: "Ven a nuestro sitio cuando lo leas" y nada más. Sabía que se refería al sitio de su terraza, porque era el único sitio que se podía decir que era nuestro pequeño refugio y escondite donde pasábamos el tiempo estudiando las bocas de cada uno o incluso más. Y, que más se esperaba de mi, pensé que me llamaba para pedir disculpas. Que aquello era una luz de salida que podría renovar nuestras relaciones. Y por eso corría como un idiota hacia aquella maldita terraza, otra vez engañándome a mi mismo. Ojalá no hubiera ido. Ojalá no corría tan deprisa hacia él. Si, ojalá. Pero no tuve ni idea. Creía que todo acabaría bien.

***

Subí los escalones de dos en dos y abrí bruscamente la puerta metálica que daba paso a unas vistas de la ciudad al aire libre. Arriba hacia mucho viento que soplaba como aullidos de perros. Era otoño. Casi invierno; apenas faltaban varios días. Encerré los ojos y giré la cabeza en busca de alguien familiar. Y allí estaba: de pie, con chaqueta negra, las manos metidos en los bolsillos y una mirada perdida clavada en el suelo. Al oir mis pasos, su vista se levantó y me hizo detenerme allí donde estaba. Miles tenía unos ojos inchados y círculos que jamás había visto, debajo de ellos. No sé cuanto tiempo llevaba sin dormir o sin algún tipo de descanso. Viéndolo así; tan flaco, deprimido, perdido en su propio mundo y desesperado, se me volcó el corazón. Al fin y al cabo, era ese único chico que me seguía gustando de forma temporal. "¿Por qué me llamaste?" Intenté mantener mi voz lo más sirena posible para no darle la sensación que me hubiese puesto a llorar ahora mismo. "Quería verte" Estas eran las palabras que escuché y que lograron que yo perdiria la notación del tiempo y mi alrededor. Eran muy bonitas. Pero sonando en mi cabeza hasta ahora, puedo decir que no era más que un par de vocales y consonantes que no expresaban ni amor ni odio. Me miró muy largamente a los ojos. Creo que tenía un montón de cosas que le hubiese gustado decir ahora mismo, aprovechando lo que le quedaba de tiempo para decir y desahogarse de todo lo que llavaba dentro todo el tiempo hasta la cabeza. Pero solamente miraba. Me lo quería contar con las palabras no dichas al aire. Con sus ojos, pero nunca fui capaz de entender esos instantes y aquellos ojos negros que aguardaban un mundo. ¿En que estaba pensando en aquel momento? ¿En que los dos meses pasados juntos eran triviales? ¿En que los dos hemos sido lo bastante idiotas? ¿En que, si sería posible, remotaria el tiempo y, en diferencia de mi, hubiese preferido no encontrarse conmigo nunca más? Di un paso. Más bien, apenas era un roce incaptable contra el suelo duro y frío y mis zapatos. Sus ojos se bajaron en un leve movimiento, exponiendo una mirada desesperada y... triste. No estaba enfadado ni desepcionado con cualquiera de nosotros. Estaba triste. Los mismos ojos que me sonreían antes... ahora estaba ahogados. Miles seguía callado y inmóvil. Con la cabeza bajada hasta tocar su pecho. No pude aguantarlo. Eso no era un silencio de tensión. Ni uno incómodo. Era como silencio que advertía algo malo por venir. Como una calma silenciosa antes de la tormenta del verano. Me dio miedo. No comprendí por qué, pero sentí un pánico creciente dentro de mí de que todo esto puede acabarse mal si no hablo con él ahora mismo. Se evaporaron al instante todas esas ideas que me pude hacer sobre su culpa y la mía. Sobre razones para exigir un "lo siento por utilizarte". Mis pensamientos se entremezclaron. Un paso. Uno más. Me acerqué más deprisa hacia él. Dudé en alargar el brazo. No estaba seguro si ya tenía ese derecho a hacerlo. A tocar algo que no es mío. Casi como mancharlo. No. No, no lo pienses. No quería pensarlo así. Porque en aquél instante me víno un pensamiento. Como si lo tenía agurdado dentro mucho tiempo. Apareció muy claro. Como un destello. Lo quise acallar, ignorar y distraerme con algo otro, pero no fue posible. Ya estaba dicho con una frase en mi interior. Resonó con un eco.

//El único que se aprovechaba de alguien, eras //

Se me cortó la respiración. No era verdad. Era verdad Era amor. Seguía siendo amor. Eso no se confunde con nada. Jamás. Es... íntimo y caliente. Dulce. Es cuando... cuando lo quieres todo para ti. No. Es cuando alguien hace que tu corazón empieze a dar latidos fuertes en el pecho. Es cuando... Miré a la figura de Miles. ¿Cuándo es... el amor? Mi brazo estirado rozó su hombro con apenas un roze incaptable. La chaqueta era fina. Pude sentir como se tensaban sus músculos. Aparté la mano en un instante, como se me acababa de quemarme con algo caliente. "Miles... ¿estás bien?" Odié que mi voz sonó casi temblando. Tenía mucho miedo. Y no podía averiguar de donde venía. Su cuerpo se movió. Intentó darse la vuelta hacia mí pero con hacer el primer paso, no aguantó su propio peso y sus rodillas se doblaron. Inconscientemente, me apresuré a aguantarlo por la cintura antes de que se caiga al suelo. Perdió mucho peso. Se notaban los huesos de las costillas. Miles se veía... inerte. Vivo pero inerte. ¿Cómo fue posible que se cambiase tanto en tan poco tiempo? Tragué saliva. El nudo seguía dentro. Me agaché y dejé sentarse a Miles, que se apoyó al borde de la terraza con su hombro. Levantó la vista muy despacio. Mis ojos se agrandaron. Estaba llorando en silencio. Las lágrimas corrían una tras una por las mejillas. Caían y mojaban la chaqueta. Y a pesar de todo, me miraba fijamente, sonriendo. Con los labios pálidos que se curvaban por los dos lados, con una sonrisa más triste y impotente del mundo. "No lo sé, Kai. No sé lo que siento. Ya no"

//No tapes los ojos. Es tu realidad. La tuya. Dónde todo lo que ocurrió, ocurrió por tu culpa//

Me picó la nariz por dentro. No tenía derecho a llorar delante de él. Ya no tenía derecho a hacerlo. No ahora, cuando mi corazón comprendía que si que era mi culpa, mientras mi mente rechazaba cualquiera opción donde el acusado era yo. Tenía que... responderle. Decir algo. Encontrar palabras, cohesionarlas y soltar al aire. Pero no encontraba nada que replicar. Me encontraba con un hueco que tenía que estar lleno pero sólo quedaba vacío. Porque no le quieria, solo esperaba tenerlo para mi mismo, no podia soportar la idea de que alguien me lo quite pero entendía que le voy a perder antes de que llegaré a disfrutar de él al máximo y le eché la culpa a él porque nunca puedo ser el culpable, nunca tenía la culpa en nada "...Lo siento" Lo dije en un susurro. Y no sé si me disculpaba por haberle roto el corazón como una bola de cristal que nunca importó de verdad, por hacer creer que la culpa de todo encaja sobre él o por dejar de insistir en dar comienzo a algo nuevo, algo más limpio y sincero que no se limita solamente a oír sino a escuchar. A mirar en vez de ver. A ser feliz en vez de reír. O por abandonar. Por dejarlo tirado y volverle la espalda. No se lo merecía. Pero lo hice. Me dolía el corazón. Quería agarrar y atrapar el aire con las manos. Pero se ve que no era posible. Estaba aquí todo el rato, presente delante de mi. Pero es incaptable. Es nada. No se puede coger algo que no es físico. Y es igual si es un gas o un sentimiento. Ambos se limitan a estar cerca pero tan lejos a la vez. Nos normalizamos tanto su presencia que nos damos cuenta de su ausencia solo cuando desaparcen.

//Caminaste por el borde del abismo y acabaste cayendo al fondo sin tener cuidado//

"No quería... romper la promesa" Miles no paraba de llorar. No sollozaba. Solo dejaba que las lágrimas salgan de sus ojos como ríos. Eso hacía que me apretaba el pecho aún más. "¿Promesa...?" Y otro destello. Esta vez, no era una voz sino una imagen borrosa. Una promesa. Nuestra promesa. Hace dos meses... Cuando empezamos a salir. Yo quería romper el hielo. Impresionarle. Y entonces... Entonces se me ocurrió la idea de hacer una promesa.

-¿Eterrar las dos pulseras? ¿Vas en serio?

-¿Y por qué no?

-Suena muy... no sé, infantil.

-Entonces pongamos en una piedra grande cogida del mar nuestras huellas con sangre y luego la tiraremos al agu...

-¿¡De dónde coges tus ideas!?

-Tuve una infancia completa, ¿¡sabes!?

-¡Eres increíble, Kai...!

Miles puso los ojos en blanco pero no pudo reprimir una risa melódica.

-¡Ja,ja,ja...! ¡Ja, ja, ja,ja!

//¡JA,Ja,jA...! ¡jA, Ja, jA,jA!//

Mi boca se secó en un instante. Todo, absolutamente todo se mezcló en una sustancia homogénea de colores que ya sería imposible restaurar. Su risa era muy contagiosa. Muy sincera. Pero ahora... ...parecía que no volverá a reírse así nunca más. Y la promesa que nos dimos uno al otro...

//No mientes. No incluso a ti mismo//

-¿Es obligatorio?-Miles miró a su novio de refilón con un toque de desconfianza.

-Tch... no, sabes, es como hacer una tarta y dudar si es obligatorio ponerle azúcar.

-...

-...

-¡ESTÁ CLARO QUE ES OBLIGATORIO, IDIOTA!

-¡Vale, joder, no chilles! ¿Y que se dice, entonces?

-Según las películas...

-No empieces.

-La verdad es que no lo sé, pero me figuro que se dice una promesa de las más bonitas.

-Algo como... ¿amor hasta el final?

-Algo por el estilo.

-Pero hay que ser realistas.

-Si. ¿Propuestas?

Miles cogió una pequeña piedra, pensativo.

-No sé si es ese el "amor hasta el final"... pero Kai, -se giró en los talones, dirigiéndose a él, -quiero estar contigo sin importar que pasaría después, dentro de días, meses o años.

Kai se congeló, como si perdió el hilo de la conversación sin saber que añadir o responder. Y era ese sentimiento. Amor. Fuego por dentro. Algo muy dulce. Íntimo. Todo lo que él decía para si mismo sobre la definición del "amor". Pero algo aprietaba mucho en el pecho. Como una piedra. Quería salir pero él mismo reprimia todos sus intentos para liberarse. Lo ahogaba muy dentro del alma, junto a la verdad que se escondía detrás del "amor" que parecía ser real pero no era más que un acto de codicia.

Kai sonrió.

-Y yo también, Miles.

...era "sin importar un mínimo el futuro, vivir el amor en presente" "Miles..." Sabia que le dolía. Y no era un dolor físico. Era uno más profundo. Uno, que dejó una cicatriz por dentro que no se curaría con el tiempo sino haría que la marca se quede permanentemente en el lugar dónde yo mismo la hice. Pero... no podía hablar. Me sentía impotente. Como si tuviera los labios de un cartón duro. Y no solo ellos. Todo mi cuerpo entero.

//El cartón se ablanda si le hachas un poco de agua//

Que... había echo. ¿¡Que demonios había echo!? Miles tenía una mala pinta. Desde que vine aquí, se puso mucho más pálido. Parecía un fantasma. "Miles... ¡Miles, que te est...!" "Dime solo una cosa... Kai" Le costaba mover los labios para lograr entrelazar palabras y monosílabas. "Dime... ¿lo había cumplido b-bien?" Se encogió del pecho y apretó la mandíbula. No podía soportarlo. ¿Por qué...? ¿Por qué, incluso ahora se preocupaba más sobre una maldita promesa que de si mismo? No lo entendía. Verdaderamente no podía comprenderlo. Eran solo palabras. Palabras que ninguno de los dos iba a recordar dentro de un tiempo. El tiempo borra todo. Se lo lleva como el viento. ¿¡Entonces por qué...?! Porque él me quería No. Y yo a él no ¡No!

//Te esperaba para que pudieses mirarle. Pero solo le veías//

¿Qué tenía que mirar? Estábamos bien... Aunque él nunca lo afirmó Miles captó mi atención de nuevo. Su mano se temblaba y yo sabía que no era del frío. Vacilé un instante pero alargé mi brazo y cogí su mano con la mía. No me había dado el permiso para llorar. Era lo único que podía hacer por él ahora: no lamer mis heridas delante de quién había roto su corazón y no dar pena. Pero no podía aguantar viéndolo así. Temblando, llorando, apenas pudiendo hacer salir las palabras de su boca. Así que dejé salir las lágrimas contenidas. El miedo se apoderó de mí, pero ahora estaba sintiendo una calma que más de alagarme, me asustaba. Como si... ya está. Un punto y final. Sin más líneas que escribir ni historias que contar. Reprimi un sollozo de mi parte. Cogí el aire por la boca porque la nariz se había hinchado, levantando la cabeza hacia el cielo. Ni una estralla. Bajé el cuello y miré a los ojos encerrados que estaban fijos en mi todo el tiempo. Contemplé sus pupilas negras, apenas visibles en la oscuridad. Miles era magnífico. Bastante alto, con pelo negro como el carbón con un par de mechones largos que siempre se deslizaban y caían a la cara, tapando la vista. A Miles no le gustaba. Pero a mí sí. Por eso no se los cortó. Tenia labios finos. Una nariz orgullosa. Pero más allá de su apariencia, se encontraba el otro Miles. Al quien no conocía. El que anhelaba que yo mismo rempiese la cáscara que le cubría y encontrase a otro chico, lejos de ser perfecto pero real. Me limité con quedarme con la cobertura. Y ahora no le podía ver por completo. No le conocía. No estaba seguro si ese Miles de ahora era real. Quizá solo una capa más que no remiví a tiempo. Quería preguntarle. Quería hacer que me escuche. Pero comprendía que el hueco entre nosotros dos era demasiado profundo, donde cada silencio ya era irremplazable. Pasé con la otra mano por la cara helada de Miles. Tenía la sensación de poder romperlo en cualquier instante. No corté el contacto de sus ojos con los míos. Apreté su mano con más fuerza. No pude mostrar una sonrisa a pesar del esfuerzo por hacerlo. Da igual. El viento movió su pelo. "Sí" La respuesta a su pregunta sonó en un tono triste. "Lo has cumplido mejor que nadie, Miles" Las lágrimas, como a propósito, empezaron a correr más deprisa por el rostro. Mi pecho dolía y no dejaba pasar el aire. Me ahogaba. Ya hace semanas que lo hacía. Ahogarme y ahogarme, hasta quedarme entre el cielo y la tierra, entre dos mundos y no poder comprender si seguía vivo o si eso ya eran las puertas del Infierno. Miles alzó una de las esquinas de los labios en una media sonrisa inerte. "Me... alegro" Fue lo último que dijo antes de que sus ojos perdieron la última chispa de vida que todavía le quedaba. Su cuello no contuvo el peso de la cabeza y se dobló, chocando el cráneo contra el frío muro de la terraza. Y así fue como se acabó todo. Así fue la última vez que le besé en sus labios arrugados y gélidos. Así fue como no podía decidir si gritar de rabia o gemir de pena. Así fue como Miles se murió en mis brazos. Y después de todo, me odié a mi mismo. Me dio repugnancia verme, sentirme, darme cuenta que en el lugar de Miles tuve que estar yo, pero seguía aquí, viviendo una vida como un círculo cromático de negro y blanco que se convirtió en un tono gris. Porque él se murió pensando que la promesa valía la pena. Pero yo sabía la verdad y aún así no la admití en alto. Por tanto, su sangre la llevo en mis propios manos. La llevaré consigo hasta el final y también la pregunta que me di en aquel día: "¿Era eso el amor?"
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