Lo pequeño también necesita ser comprendido
10 horas y 10 minutos hace
Lo pequeño también necesita ser comprendido
Cuando la puerta de casa se cerró con un poco más de fuerza de lo normal, Annie supo que había llegado su hermano John.
—¡John!—dijo mientras seguía preparando el café—. ¿Dónde estabas? ¡Llevo horas esperándote!
—Dando una vuelta.
—¿Una vuelta? ¿Eres ahora de los que necesitan pensar?
—Annie… —contestó con un tono cansino—. Siempre he sido una persona de pensar.
Annie soltó una risa muy suya, esa risa inconfundible de hermana pequeña. John giró los ojos y decidió ignorarla. Se dejó caer en el sillón, sin demasiado ánimo.
—¿Vendrás esta noche a casa de Claire? —preguntó ella sentándose a su lado mientras le pasaba una taza de café—. Hacen una cena de pizzas.
Él giró la cabeza hacia su hermana.
—¿Con qué motivo?
—Vuelve su hermana pequeña de Escocia.
El recuerdo le golpeó de pronto. Una reunión en casa. Amigos de Annie por todas partes. Música alta, risas, vasos en las manos. Todos tenían catorce o quince años; él, diecisiete. Se excusó y caminó hasta el baño del pasillo. Al abrir la puerta se encontró de frente con una chica más joven que el resto, no tendría más de doce años. Cabello suelto, ondulado. Un vestido de verano. Ojos marrones.
Se inclinó un poco hacia ella, casi sin pensarlo, y le preguntó si estaba bien. Ella se secó rápidamente las lágrimas y le ofreció una sonrisa torpe. John, sintiendo la vulnerabilidad de aquel momento, añadió torpemente sin saber qué decir que no se notaba. La niña entendió de inmediato que se refería a que no se notaba que había llorado y sonrió de nuevo, agradecida, antes de volver a la habitación donde estaba el resto. Sí. Era la hermana pequeña de Claire. Y aquel había sido su único encuentro.
Recordó la punzada de pena que sintió entonces. Aquella mirada triste, demasiado seria para alguien tan joven. Más tarde, esa misma noche, le preguntó a Annie qué había ocurrido. Ella le dijo que algunos de sus amigos habían “jugado un poco” con la niña, pero no entró en detalles.
Nunca volvió a verla con ellos. Y, dos años después, supo que se había marchado a estudiar a Escocia.
—¿Por qué vuelve?
—De visita, supongo. Creo que acaba de terminar la carrera de arte y diseño. Claire y Fabienne le echan mucho de menos.
Al escuchar esas palabras, John intentó sonar tranquilo, pero en realidad le invadía una curiosidad inesperada por lo ocurrido en aquella fiesta de hace años. Muchas veces había recordado la mirada de aquella niña, su tristeza contenida y sus ojos marrones, pero con los años esos recuerdos se habían ido difuminando, hasta convertirse en imágenes vagas que apenas podía reconstruir. Tenía la vaga idea de que todo estaba relacionado con la decisión de que la chica se fuera a Escocia.
—Y, ¿por qué se fue si se quieren tanto?
Annie suspiró y se puso de pie.
—Creo que la adolescencia es un asco, y a veces salen lastimadas personas que no deberían. Creo que ella todavía no las perdona del todo por no haberla defendido. —dejó la taza de café en la cocina y continuó mientras se dirigía a su habitación—. Pero si quieres saciar tu curiosidad, pregúntaselo tú mismo esta noche. Salimos a las ocho.
John sonrió. Su hermana le conocía demasiado bien. Miró el reloj: aún le quedaba una hora antes de salir. Decidió leer un rato, pero fue imposible. La imagen que creía enterrada en su memoria lo atacaba con insistencia, apareciendo en ráfagas: la mirada triste de aquella niña. Ahora volvía con nitidez.
Se sorprendió a sí mismo. Nunca le había interesado esa chica, ni en ese momento ni nunca. Era cinco años menor que él y no habían compartido absolutamente nada. ¿Por qué ahora esto…? Por un instante se preguntó si quizá sí había captado su atención aquel día, sin darse cuenta. ¿Qué habría pasado si la hubiese visto más veces después de aquel encuentro? ¿Si le hubiese preguntado bien lo ocurrido? Suspiró, se puso de pie y decidió arreglarse para la cena.
El piso de Claire y Fabienne se encontraba en el centro de Londres. Era amplio, pero no ostentoso; acogedor y con suficiente espacio para que todos se movieran con libertad. Para la ocasión, habían colocado una mesa en el centro del salón con bebidas y pizzas, junto a platos, servilletas y vasos, listos para la improvisada cena de amigos.
Cuando Annie y su hermano John llegaron, saludaron a todos como de costumbre. Lucas, el primo de Claire y Fabienne, ya estaba allí, conversando con Nico, el novio de Annie, que se inclinó para recibir un breve beso de ella. Lucía se acercó a John con una sonrisa que parecía guardar un interés especial, mientras Beth charlaba distraídamente más atrás.
Claire se adelantó para abrazarlos, como siempre hacía con todos. John correspondió al saludo, pero sus ojos no podían quedarse quietos. Recorrió la sala con cautela, buscando algo que no encajara en la rutina de estas reuniones. Un extraño en el patrón de las caras conocidas: la hermana pequeña de Claire. ¿Dónde estaría ahora? ¿Seguiría igual, o habría cambiado tanto como para ser irreconocible?
La música llenaba los rincones del piso, mezclándose con las conversaciones y las risas, mientras Julián, Terese y Ben todavía no habían llegado. Aun así, la habitación ya estaba viva y vibrante.
En ese momento, de la cocina salió Fabienne, seguida de otra chica bastante parecida a ella: Kate. Annie se acercó con entusiasmo.
—¡Kate! ¡Qué alegría verte! ¡Qué cambiada estás!
Kate sonrió de manera sencilla pero luminosa mientras correspondía al abrazo de Annie.
—Annie, lo mismo digo. Parece que los años no pasan por ti. ¿Cuántos son desde que no nos vemos…? —arrugó un poco la nariz mientras calculaba.
—Cinco años —intervino Lucas, abrazando a su prima con un cariño que parecía desbordante.
Annie rió ante el gesto de su amigo.
—Oh… Lucas, ¿estás contento de que haya vuelto tu prima preferida?
—No es mi preferida, pero sí la más pequeña.
Kate suspiró con fastidio dramático.
—¡No soy pequeña! Tengo veinte años, vosotros tenéis veintitrés. No es tanto.
—Tienes razón —dijo Annie, cogiendo a Kate del brazo—. Ven, te presentaré a mi hermano John. No sé si os habéis visto antes… ¡John! ¡John, ven aquí!
John, que hablaba con Lucía, giró ante los gritos de su hermana. Y entonces la vio. La reconoció de inmediato por los ojos, idénticos a los de hace años, pero el resto era distinto. Ya no era la niña que recordaba. Tenía un cuerpo definido, demasiado delgada, el cabello recogido en un moño desordenado, unos jeans, converse y un jersey granate.
El corazón le dio un pequeño vuelco. Por un instante dudó, como si quisiera asegurarse de que era ella la que causaba esa sensación.
—¡John! —dijo Annie—. Ella es Kate…
—La hermana pequeña de Claire y Fabienne, prima de Lucas —completó Kate con una sonrisa sencilla mientras tendía la mano—. Encantada de conocerte.
John se quedó sorprendido. No lo recordaba, ni aquel encuentro de hace años, ni siquiera la había guardado en su memoria de manera clara. Era extraño verla así, adulta y diferente. Aun así, tomó su mano con suavidad y se presentó:
—John —dijo, inclinándose con educación—. Lo mismo digo. Vienes de… Escocia, ¿verdad?
—Sí, estudié allí la carrera de arte y diseño. Tenía mejores oportunidades.
—Interesante. Entonces no habrás desperdiciado la oportunidad de visitar el valle de Glencoe. Es un sitio inspirador.
Los ojos de Kate se abrieron con sorpresa; no sabía qué le impresionaba más: si que John conociera el valle o que estuviera interesado en algo que a ella le gustaba. No pudo contener su entusiasmo:
—¿Inspirador? ¡Ese valle es mucho más que inspirador! ¿Lo conoces?
Annie soltó una risa divertida.
—John es un pensador, y para eso busca lugares solitarios. Ha viajado algunas veces a Escocia. Supongo que de ahí lo conoces, ¿no? —miró a su hermano para confirmar su teoría.
Él asintió con la cabeza, pero antes de que pudiera decir algo más, llegaron los últimos invitados: Julián, Terese y Ben.
John notó cómo la mirada de Kate se desviaba hacia Julián y Ben por un instante, y luego volvía hacia él antes de disculparse ligeramente y retirarse de nuevo a la cocina. Pero justo antes de desaparecer por completo, Julián la llamó en voz alta, con un tono de sorpresa y algo chistoso:
—¡Eh, Kate! ¿Desde cuándo te has vuelto tan elegante y atractiva? Casi no te reconozco.
Kate se detuvo, girando hacia él con una sonrisa forzada y levantando una ceja.
—Hola, Julián. Sí, bueno… ya sabes, cosas de la vida.
—¡Vaya, vaya! Si lo hubiera sabido… —prosiguió él, acercándose un poco, rozando lo exagerado—. Te tendré que vigilar de cerca ahora, no vaya a ser que nos sorprendas con más cambios.
Ella soltó una pequeña risa y se encogió de hombros, un poco incómoda, antes de girar finalmente hacia la cocina.
Julián, con su típica confianza, se acercó para saludarla. De forma instintiva, Kate dio un paso atrás. John lo notó de inmediato. Un leve destello de incomodidad le recorrió el pecho, pero también algo más que no esperaba. Sin saber bien por qué, reaccionó: inventó una excusa rápida para atraerla hacia él, intentando disimularlo.
—Eh, Kate —dijo con una sonrisa ligera—, ¿te cuento de otro lugar interesante aquí en Londres?
Ella lo miró, sorprendida, y dudó un instante, pero su curiosidad pudo más. John no podía explicar por qué lo había hecho, pero no podía evitarlo: necesitaba que volviera hacia él. Mientras tanto, alrededor, la fiesta continuaba con risas, música y conversaciones cruzadas, como si todo ocurriera a la vez.
Las horas pasaron entre conversaciones, música y risas. John apenas fue consciente del tiempo hasta que, ya entrada la noche, vio a Kate acercarse a sus hermanas para despedirse.
Le sorprendió. Había supuesto que se quedaría en casa con ellas, al menos esa noche. La curiosidad le asomó de nuevo, pero decidió ahogarla antes de que tomara forma. No era asunto suyo.
Desde la distancia observó la escena. Claire fruncía ligeramente el ceño mientras hablaba con Kate; sus palabras parecían más rápidas, más tensas. En un momento dado, sus ojos se desviaron hacia Julián y Ben, que reían cerca de la mesa, y luego bajaron de nuevo, evitando la mirada de su hermana. Fabienne, en cambio, se colocó entre ambas, hablando en voz baja, con gestos suaves, como intentando calmar algo que no terminaba de estallar.
El intercambio duró apenas unos minutos. Luego vinieron los abrazos, breves y contenidos. Kate cogió su bolso y su abrigo, se despidió una última vez y salió del piso sin mirar atrás.
John se quedó observando la puerta cerrarse, con una sensación extraña en el pecho, como si se hubiera perdido algo importante sin saber muy bien qué. Permaneció así unos segundos hasta que una voz a su lado lo devolvió a la fiesta. Apartó la mirada de la puerta y asintió, forzando una sonrisa, mientras el murmullo de la reunión volvía a envolverlo.
Pasaron los días, alternándose reuniones y encuentros en los que Kate a veces estaba y a veces no. Si estaban Julián o Ben, era casi seguro que ella no iba a estar. A John siempre le agradaba coincidir con ella. Le parecía sencilla, natural y elegante a la vez; tenía cultura, buena conversación y una forma tranquila de estar en los sitios. Era atractiva, pensó en más de una ocasión, aunque nunca permitía que esa idea se instalara demasiado tiempo en su cabeza.
Una tarde, mientras intentaba frenar esos pensamientos, decidió preguntarle a su hermana abiertamente qué había ocurrido realmente con Kate. Annie se puso nerviosa de inmediato. Dudó unos segundos antes de hablar, como si no estuviera segura de si debía hacerlo.
Le confesó que, cuando Kate tenía doce años, Julián le había hecho creer que le gustaba. A veces era él quien le escribía; otras, Ben. Ella no lo sabía y se ilusionó de forma exagerada porque Julián le parecía guapísimo. En aquella fiesta, Julián le tapó los ojos y la besó, pero poco después se apartó y fue Ben quien la besó también. Y justo después, delante de todos, Julián dijo que solo había sido un juego.
Annie recordó aquel momento como algo profundamente incómodo. El silencio que se hizo en la habitación, como Kate buscó ayuda en sus hermanas mayores. Las miradas. Y cómo la hermana más pequeña, tras unos segundos, sonrió y dijo que no pasaba nada.
Pero sí pasaba. Y él lo sabía.
La semana había sido especialmente agobiante para John. Jornadas largas, reuniones encadenadas y una sensación persistente de cansancio que no se le iba ni al llegar a casa. No había quedado con nadie esos días; apenas había tenido ánimo para algo más que trabajar y dormir.
Aquella tarde decidió salir a caminar por Londres para despejarse. Entonces la oyó.
—¡John!
Reconoció la voz al instante: Kate.
Se detuvo, girándose hacia ella, con esa sensación extraña de sorpresa que llega cuando algo inesperado encaja de golpe.
—Kate, ¿qué haces aquí?
Ella rió con naturalidad.
—¡Paseo por Londres! ¿Café?
—Por supuesto.
Caminaron juntos hacía una cafetería cercana. Pidieron los dos y se sentaron junto a la ventana, desde donde se veía pasar a la gente envuelta en abrigos y prisas. El calor del café empezó a devolverle a John algo de calma.
Al principio la conversación fue ligera, casi de tanteo: el frío de esos días, el trabajo, las calles por las que solían perderse cuando necesitaban pensar. Pero, poco a poco, sin darse cuenta, el tono cambió.
John terminó hablándole de su trabajo. De cómo antes le ilusionaba y de cómo, últimamente, sentía que algo se le escapaba entre las manos. No era descontento, explicó, sino una especie de desgaste silencioso, como si avanzara por inercia.
Kate lo escuchó con atención, sin interrumpirlo.
—A veces la ilusión no se pierde —dijo al cabo—. Solo se esconde. Creo que pasa cuando uno deja de mirarse a sí mismo con curiosidad.
John sonrió, sorprendido por la claridad de sus palabras.
—Tú sigues teniéndola —añadió ella—. Se nota en cómo hablas de lo que haces, incluso cuando dices que estás cansado.
Él rio con naturalidad sorprendiéndose a sí mismo por esa reacción
—Eres muy observadora —añadió
—Más de lo te imaginas—dijo sonriendo—. Tal vez solo tienes que buscar algo que te haga ser tú mismo. Luego eso se trasladará al trabajo.
—¿Alguna propuesta?
—Pues… a ver… háblame de tus gustos.
John en otra ocasión evitaría por completo ese tema de conversación, él era bastante cerrado y evitaba mostrarse a sí mismo. Pero en ese momento no le importó, quizás era por el ambiente tranquilo de la cafetería, el sabor agradable del café o la sonrisa con la que le pidió que se expresara.
—Mis gustos… —repitió, haciendo una breve pausa mientras ordenaba sus ideas—. Me gusta caminar sin rumbo, sobre todo cuando no tengo nada que decidir. Perderme un poco. También leer, aunque últimamente lo hago menos de lo que quisiera. Y viajar, claro, pero no para ver lugares, sino para entenderlos.
Kate lo observaba con atención, apoyando el codo en la mesa, la barbilla descansando sobre la mano.
—Eso dice mucho de ti —comentó—. Buscas silencio, no distracción.
John asintió, sorprendido de nuevo por lo fácil que ella parecía leer entre líneas.
—Supongo que sí. Me siento cómodo en los sitios donde no tengo que demostrar nada. Donde puedo ser solo yo.
—Ahí está —dijo Kate, con una media sonrisa—. Tal vez lo que te falta no es ilusión, sino espacios donde puedas respirar así más a menudo.
John bajó la mirada hacia su taza, removiendo el café ya casi frío.
—Nunca lo había pensado de esa forma.
—Para eso sirven las conversaciones inesperadas —añadió ella—. A veces alguien de fuera ve cosas que uno pasa por alto.
Él levantó la vista y la miró, sosteniendo su mirada un segundo más de lo habitual. Kate sonrió, suave, sin decir nada.
En las últimas semanas, John y Kate se habían visto más veces de las que cualquiera habría podido llamar casuales. Cafés improvisados, paseos breves después del trabajo, alguna cena compartida con Annie y el resto. No había grandes gestos pero sí una comodidad nueva, una forma de estar juntos que no exigía explicaciones.
Aquella noche la reunión era pequeña. John llegó con Kate, y durante un rato todo pareció encajar con naturalidad. Hasta que la puerta se abrió. Julián entró primero, con Ben justo detrás.
Kate los vio al instante. Su gesto cambió apenas un segundo, lo suficiente para que John lo notara. Sin decir nada, se apartó de él y cruzó la estancia hasta donde estaban sus hermanas.
—Me dijisteis que no vendrían —les dijo en voz baja, tensa—. Que esta vez no estarían.
Claire abrió la boca, sorprendida. Fabienne negó enseguida con la cabeza.
—Kate, te lo prometimos —respondió Claire—. No iban a venir. De verdad.
—No teníamos ni idea —añadió Fabienne—. Supongo que… habrán cambiado de opinión. Pero, de todas formas… Ha pasado ya mucho tiempo.
Las dos intercambiaron una mirada rápida con inquietud. Kate las observó un instante más, como si buscara algo que la tranquilizara, pero no lo encontró. Apretó los labios, claramente molesta.
—Siempre es lo mismo. No debí volver —murmuró.
Durante un segundo pareció a punto de coger su bolso y marcharse. Luego respiró hondo. Miró alrededor. Vio a John y el ambiente tranquilo que había minutos antes.
—Me quedo —dijo al final, con una firmeza que no ocultaba el enfado—. No pienso irme yo.
Claire le tocó el brazo, preocupada, pero Kate ya se había girado. Volvió al centro de la reunión con la espalda recta, decidida a no desaparecer otra vez. John la observó desde donde estaba, consciente de que algo importante acababa de ponerse en marcha.
Julián tardó poco en reparar en ella, pero cuando lo hizo fue con mucho interés.
—Vaya, pero mira quién está aquí —dijo Julián—. La artista internacional.
Ben soltó una risa breve. Kate se tensó, pero mantuvo la expresión neutra.
—No sabía que te quedabas tanto tiempo por Londres —continuó Julián intentando realmente ser agradable.
—Las cosas cambian —respondió ella siendo educada.
—Claro que cambian. Nosotros también hemos cambiado —añadió Ben y prosiguió con un tono más de juego—. Aunque hay juegos que uno no olvida, ¿eh?
—Prefiero no hablar de eso, fue hace muchos años—dijo Kate con elegancia pero con tensión contenida—Disculpadme voy a por algo de bebida
Julián ladeó la cabeza captando a la chica.
—En casa de Annie. Éramos unos críos… todo fue una tontería. —dijo, con un tono ligero, casi divertido para quitarle importancia—. Lo sentimos mucho Kate.
Kate sintió rabia. Para ella no había sido un juego. La había humillado, había vivido su primera decepción que le llevó a dudar incluso de sí misma. Solo tenía doce años y no era justo que hubiesen jugado así con ella. Intento olvidarlo, pero le trajo tantas consecuencias el verse utilizada que le quebró por dentro. No, no había sido un juego.
—Era una pequeña broma —prosiguió Julián—. Pero oye, ahora ya somos mayores. Quizá esta vez podría ser distinto.
Kate sintió cómo el aire se volvía denso a su alrededor. Notó miradas, frases a medio oír, esa sensación antigua de estar expuesta sin que nadie dijera nada. Por un instante, el pasado y el presente se superpusieron. ¿Por qué no entendían que le habían lastimado? ¿Por qué hablaban de ello tan a la ligera? Y entonces, antes de que pudiera responder, una voz se impuso con claridad.
—No.
John se había acercado a ellos sin que Kate lo notara.
—No —dijo John de nuevo—. No hay nada que “pudiera ser distinto”. No es gracioso, Julián.
Varias miradas se fijaron en ellos. Julián levantó las cejas, sorprendido, como si no esperara que nadie lo corrigiera. Ben permaneció en silencio, incómodo.
—John… —empezó Julián, dudando—. Solo estaba bromeando…aquella vez…
—Lo sé —interrumpió John con calma—. Pero no ahora. Ni así. Aquella vez la hiciste llorar y solo era una niña, aunque no lo sepas.
Kate lo miró, incrédula. No podía creerlo. No esperaba defensa alguna. Su corazón se aceleró, mezclando sorpresa y alivio. Por primera vez en años, alguien realmente parecía ver lo que había vivido.
Ella respiró hondo, como recogiendo fuerzas que llevaba mucho tiempo conteniendo. Y entonces, sin apartarse de John, habló a Julián y a Ben con la voz firme pero serena.
—No fue un juego. Ni entonces ni ahora. Tenía doce años y eso no era justo. Me sentí utilizada, humillada… y nadie hizo nada.
El silencio se hizo en la sala. Nadie rió. Nadie murmuró. Kate mantenía la mirada, sin derrumbarse, por primera vez sentía que cerraba esa etapa de su vida.
John se mantuvo a su lado, sin palabras, solo con su presencia. Kate giró levemente hacia él y permitió que una pequeña sonrisa apareciera.
Más tarde, cuando quedaron solos, caminando lejos del resto, Kate solo pensaba en aquellas palabras de John hace solo unas horas “Aquella vez la hiciste llorar y solo era una niña, aunque no lo sepas”. Él lo recordaba. Recordaba su encuentro. De repente, sintió una necesidad urgente de hacerle saber que ella también lo recordaba.
—Gracias—dijo, bajando la voz—. Cuando me encontraste aquella vez, con doce años, después de llorar… fuiste el único que no se rió. El único que fue amable.
John tragó saliva y se detuvo. Entonces sí lo recordaba. No sabía porqué pero le producía una cierta satisfacción saber que estaba grabado en su memoria ese encuentro.
—Hoy hiciste lo mismo —le dijo ella con una sonrisa—. Y eso significa más de lo que crees.
—¿Lo recuerdas? Pensé que no recordabas ese detalle—le dijo mirándola directamente a los ojos
Ella suspiró
—Era pequeña pero… con el tiempo me di cuenta de que me vi respetada por ti solo con ese gesto de preguntarme. Y hoy he notado que me comprendes más de lo que esperaba.
John respiró hondo, dejando que las palabras de Kate entraran muy dentro de sí mismo. Eso mismo sentía él por ella. Que le comprendía. Por un instante, solo existían ellos dos.
Se acercó sin prisa. Kate no se movió; simplemente lo observó con los ojos abiertos, esos ojos que recordaba y que le habían cautivado cada vez más durante los últimos días. Esos ojos llenos de algo que John aún no podía nombrar. Sus manos se encontraron, y el contacto fue un choque eléctrico que hizo que ambos sonrieran. John inclinó la cabeza lentamente y la besó.
Cuando se separaron. No hicieron falta palabras. Cada gesto, cada mirada, decía que habían encontrado algo que ninguno de los dos esperaba. Kate, con una sonrisa, extendió la mano hacia John.
—¿Café? —preguntó, en un tono que combinaba complicidad y diversión.
Él sonrió, aceptando la invitación.
—Por supuesto —contestó, entre divertido y aliviado.
Le cogió la mano y ella tiró de él suavemente. Él le abrazó sin soltarle la mano.
—Creo que mañana trabajaré mejor —dijo él con una sonrisa.
Kate lo miró con una sonrisa. Recordó aquella conversación de hace días, sobre buscar espacios donde uno pudiera ser auténtico y cómo eso ayudaba a vivir mejor, incluso en el trabajo. Sin decir nada más, lo atrajo hacia sí y le dio un beso suave.
Luego continuaron caminando. Llegaron a la cafetería, entraron juntos y se acomodaron, dejando que el olor del café les envolviera… y comenzaron una de esas interesantes conversaciones que a ambos les encantaba.