ID de la obra: 1644

Retos semanales

Mezcla
NC-17
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 2 páginas, 830 palabras, 1 capítulo
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El monstruo que no se ve

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Prompt:Novia a la fuga.

El monstruo que no se ve

La dulce fragancia de las flores flotaba en el aire cálido de primavera. Las criadas corrían arriba y abajo dándole los últimos toques a la decoración, colocando sillas y preparando las mesas en las que se dispondrían los tentempiés. La alegría podía palparse en el ambiente. Sin embargo, había alguien en la casa que no se alegraba de lo que estaba por venir. Alicia, permanecía quieta y ausente mientras la peluquera le ensortijaba los cabellos y le repetía, una y otra vez, lo afortunada que era de contraer nupcias con el primogénito de los García. Asentía de vez en cuando, por simple educación y cortesía, forzando alguna sonrisa antes de volver a encerrarse en su mundo. Alicia no se sentía afortunada. Si bien era cierto que aquel matrimonio favorecería a su familia y que el joven Eduardo García era un hombre educado y apuesto, de puertas para adentro era un monstruo disfrazado. Alicia había sido testigo de su lado más oscuro por primera vez estando a solas una tarde tomando el té. Eduardo la había citado con prisas, pero ella acudió sin dudarlo pese a lo apresurado que era. Llegó tarde, apenas unos minutos. Eduardo le lanzó una mirada iracunda y la obligó a permanecer de pie mientras la reprendía por su falta de puntualidad. Alicia no se defendió, podría haberse excusado en la premura de la cita, en el poco margen que le había dado y en sus propios quehaceres, pero sintió que con ello empeoraría la situación, así que guardó silencio y tomó asiento cuando él se lo permitió. La criada les sirvió el té y dos porciones de tarta de melocotón. Alicia bebió de su té antes de probar la tarta. En cuanto se llevó el pedazo a la boca tuvo que escuchar lo mucho que le desagradaban a Eduardo las mujeres con apetito. Avergonzada no se atrevió a tomar otro bocado. Le preguntó, con toda la suavidad del mundo si le había ocurrido algo malo, algo que justificase su mal humor de aquella tarde. Eduardo le escupió un «deberías saberlo» junto con una mirada cargada de desdén. Por supuesto, Alicia, no sabía a lo que se refería, así que insistió recibiendo una acusación directa de infidelidad. Perpleja sólo atinó a parpadear y sacudir la cabeza. Eduardo continuó hablando sobre como la había visto compartiendo mesa, risas, frases y té con otro hombre. Lo peor no fue recibir aquella acusación de infidelidad, sino que fue el tener que oír que aquello había sucedido en un sueño y que eso significaba que no podía confiar en ella, que se lo advertía su instinto. No quiso darle importancia, achacándolo a un mal día, a problemas familiares o, tal vez, en la empresa familiar. Sin embargo, pronto vio más oscuridad en él. Sin previo aviso, Eduardo, se enzarzaba en peleas consigo mismo, incluyendo toda suerte de insultos y acusaciones sin mucho sentido; al finalizar miraba a Alicia decepcionado y con grandes aspavientos le relataba lo enfadado que se sentía con ella por no haberle defendido en aquella discusión. Alicia, cada vez se sentía más intranquila a su lado. Seguramente el momento más violento e incómodo fue el día que reprendió, a voz en grito, al personal de un restaurante porque tenía hambre y aún quedaban cuarenta minutos para la hora de apertura. Compartió su inquietud con su madre que, achacándolo a los nervios naturales de quien está a punto de contraer nupcias, le dijo que debía tener paciencia y que aprendería a ser feliz a su lado. Alicia ya no estaba nada segura de si deseaba tener paciencia o de si quería aprender a ser feliz junto a alguien que empezaba a causarle temor. —Señor García —pronunció la peluquera. En su tono de voz había una leve nota de sorpresa y advertencia—. No debería estar aquí. Alicia le miró reflejado en el espejo, sus ojos se encontraron sobre la superficie reflectante. Vio su ira crecer, el tono enrojecido que la cólera confería a sus mejillas. Eduardo se acercó a ellas a grandes pasos, empujó a la peluquera y tiró del pelo de Alicia arruinando el peinado. —¡Me haces daño! —se quejó. Él tiró con más fuerza hasta que se le saltaron las lágrimas. —Con ese peinado pareces una fulana —gruñó—. ¿Es eso lo que eres? ¿Pretendes avergonzarme delante de todo el mundo? La tiró de la silla, le soltó el pelo y le pateó las costillas con desprecio. Alicia se mordió la lengua para no gritar o quejarse no iba a decir nada. No iba a responder. Eduardo le propinó una última patada en las costillas antes de salir lanzando maldiciones airadas. La peluquera intentó ayudarla, pero Alicia la apartó con cuidado. Se puso en pie con toda la dignidad que le quedaba. Buscó su abrigo, se lo puso conteniendo una mueca de dolor. Aquello acababa allí. No volverían a verla nunca. La novia se daba a la fuga.

Fin

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