ID de la obra: 1648

Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 3 páginas, 1.590 palabras, 1 capítulo
Descripción:
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Volver a casa

Ajustes
Después de ocho horas manejando desde Nueva York hasta Illinois, por fin llego. Estoy en el pueblo que me vio crecer, tener mi primer trabajo, mi primer accidente de auto, mi primer novio... y también mi primera oferta laboral real. Pero esta vez regreso sin demasiadas ganas. No porque no quiera ver a mi mamá o a Lulu, mi perrita de casi quince años que, aunque ya no ve bien, siempre me espera en las escaleras con la cola moviéndose. Vuelvo porque en mi trabajo tuvieron la brillante idea de contratar personal nuevo: más joven, más capacitado, con la actitud de adolescentes con un TikTok de mil seguidores. Así que sí... me tocó volver a casa. Mi mamá sabe que vengo, claro, pero estar de regreso me hace sentir vacía, como si todo lo vivido allá afuera no hubiera servido de nada. Volver desde cero. Sin ahorros. Sin propósito. Lo que más quería cuando me fui era salir de aquí y nunca volver. Quería ser una chica de ciudad. Aunque para ser sincera, eso solo me lo permito pensar en voz baja. Si alguien en este pueblo me oyera decirlo, probablemente ardería en una hoguera junto al espantapájaros de la feria del condado. Aquí no hay nada para mí. Mi título en gestión ejecutiva para una firma de abogados es completamente inútil en un pueblo donde lo más emocionante es la fiesta del vegetal gigante. Pero no tengo mas remedio que volver o vivir como indigente en las calles de Nueva York. Así que suspiro. Inhalo, exhalo y antes de bajarme del auto, lo único que puedo pensar es en el correo que recibí hace tres semanas, el que llegó incluso a todos los compañeros. Un correo que básicamente decía que ya no formaba parte del equipo… aun cuando ni siquiera me habían hablado en persona. Fue tan humillante. Recoger mis cosas, sentir todas esas miradas a mis espaldas, y salir por las puertas principales mientras me despedía por última vez de Jack, el portero, fue de las peores experiencias que he tenido este año. ¿Por qué yo? Había sido una buena empleada. Llegaba temprano, me quedaba hasta tarde, jamás me quejé. Pero, según Recursos Humanos, era un “cambio de rumbo” y creían que yo “merecía mejores oportunidades”. La excusa más estúpida que he escuchado. Pasé esas tres semanas encerrada en mi departamento, viendo cómo la cuenta del banco bajaba mientras mi ansiedad subía. En una ciudad donde todo gira en torno al trabajo, estar desempleada es como ser invisible. Así que llamé a mi mamá. Le conté lo que había pasado. Y sin pensarlo dos veces, me dijo que podía volver a casa, con ella y con Lulu, el tiempo que fuera necesario. Apesar de ser una persona mayor y responsable en este momento no tengo de otra que volver a casa. Me despedí de Mimi, mi compañera de piso, empaqué lo que cupo en mi carro, (tampoco es que tuviera mucho a decir verdad) y me lancé hacia Willow Creek, un pequeño pueblo cerca de Bloomington, donde nací y crecí. Aquí todo sigue exactamente igual. Las mismas casas. Las mismas tiendas donde trabajaba los fines de semana. La misma heladería de los años cincuenta donde me rompieron el corazón por primera vez. Espero que el dueño ya haya pasado a mejor vida, porque si no, debe estar asustando niños con solo aparecer ya daba un poco demiedo cuando yo era niña no puedo imaginar como estara ahora. Todo sigue igual. Y probablemente seguirá así por muchos años más. Un golpe suave en la ventana me saca de mis pensamientos. Es mi mamá, haciendo señas para que baje del auto. Abro la puerta y, antes de que pueda poner un pie en el suelo, ella me jala con fuerza hacia un abrazo de oso. —¡Mi amor! ¿Cómo estás? —dice, con una mezcla de alegría y alivio mientras me envuelve con fuerza—. ¿Cómo te fue? ¿Estás cansada? —Hola, Ma —respondo, apoyándome en sus hombros—. Estoy bien. Un poco agotada de manejar, pero… feliz de estar en casa. Vuelvo a mirar la fachada que conozco de memoria. Aun me cuesta creer que estoy aquí, pero tengo que convencerme de que fue la decisión correcta. Necesito un respiro. Y sé que el aire de Willow Creek, aunque huele a establo y a tierra mojada, va a ayudarme a sanar. —Vamos, entra. Más tarde sacamos todo del carro. Ahora necesitas descansar y comer algo —dice mientras me toma del brazo y me jala dento de la casa. Lulu aparece tambaleando desde la sala, con su cola moviéndose como si el tiempo no hubiera pasado. Es una schnauzer miniatura, es realmente adorable. Su cuerpo está cubierto de pelitos blancos. Ya tiene muchos años y esta mayor pero siempre mueve su colita como cuando era una pequeña cachorrita es muy adorable. Creo que estar con lulu es una de las cosas que mas me alegra al volver a casa, que puedo pasar mas tiempo con ella. —¡Hola, Lulu! ¿Cómo estás, mi niña? —me echo al suelo y empiezo a rascarle la barriga, que es su punto débil desde siempre. Siento que se me llenan los ojos de lágrimas al verla después de tanto tiempo. —¿Quieres comer? Hice tu comida favorita —me grita mi mamá desde la cocina. —Ah, sí… está bien —me levanto y me siento en el desayunador, donde ya huele a comida casera y recuerdos. —¿Querés hablar de lo que pasó?— dice sin mirarme, se que sabe que odio este tipo de charlas, en donde me siento inutil y bulnerable. —No hay mucho más que decir. Ya te conté lo importante. Ahora necesito tiempo. No sé qué voy a hacer ni a dónde voy a ir, pero estar aquí… es lo mejor por ahora. Gracias por dejarme volver. —¿De qué hablás, Caroline? Esta es tu casa, y siempre lo será. Quizás puedas encontrar un buen trabajo aquí y quedarte. Me río. Mi madre siempre tan optimista, creyendo que hay espacio para una ejecutiva desempleada en un pueblo donde la principal industria es la leche de vaca. —¿Mamá, qué voy a hacer yo aquí? —que sueno con un poco de arrogancia pero es mi madre y se que puedo ser yo misma con ella— ¿Trabajar en la heladería del terror? —Bueno, el señor Walters ya se retiró, podrías intentarlo —responde mientras pone el plato frente a mí. El olor me golpea con una ternura inesperada. Es su estofado de carne, el mismo que preparaba cuando tenía un mal día en el colegio o cuando llovía y me sentia triste. El aroma es como un abrazo silencioso. Me transporta directo a la infancia, a esa época donde todo parecía más sencillo, más predecible. Donde mamá siempre tenía las respuestas. —No, gracias. Algo encontraré. No pasa nada.— digo para restarle importancia. En este momento lo unico que quiero hacer es darme un tiempo y ver que puedo hacer o a donde ir. —Está bien —dice, queriendo hacerme sentir mejor—. Démosle tiempo. Ya verás cómo todo se acomoda. Asiento, aunque no lo crea. Comemos en silencio. Un silencio cómodo, lleno de pequeñas memorias. Puedo escuchar el tic-tac del reloj de pared, los pasos lejanos del vecino paseando a su perro, el crujir de la madera antigua con cada cambio de temperatura. Todo es familiar, todo está igual. Pero yo no. Después, me ayuda a subir mis cosas al cuarto. Todo sigue igual, aunque huele a limpio, algo que agradezco. Sé que lo preparó con esmero para que me sintiera bienvenida. Y lo logró. Mi mamá siempre ha sido eso: una fuerza callada. Trabajadora, fuerte, generosa. Me enorgullece ser su hija. Y aunque ahora me sienta como un fracaso disfrazado de adulta funcional, sé que tengo su apoyo incondicional. Es más de lo que muchos pueden decir. —Hoy tengo turno de noche, así que vas a tener que quedarte sola. Si te sientes muy mal, puedo llamar a Sara para que me cubra. El hospital ha estado tranquilo esta semana. —Estoy bien, Ma. Solo quiero dormir. De verdad, no te preocupes. —¿Segura? —Segura —le afirmo. —Está bien. Voy a alistarme. Se despide con un beso en la sien, ese gesto automático que nunca dejó de hacer, incluso cuando ya no vivía aquí. Luego cierra la puerta de mi cuarto y me deja sola con mis pensamientos. Me echo en la cama y Lulu sesube sin ningun esfuerzo. Se echa a dormir a mis pies, roncando suavemente. Miro a mi alrededor. Mis coleccionables siguen en la repisa, alineados como los dejé. Los pósters de Nueva York están en la pizarra de visión, medio despegados y cubiertos de polvo. Qué ironía: esa ciudad que me deslumbraba ahora parece tan lejana, casi irreal. Mis libros sin terminar se apilan en la estantería como testigos de todas las veces que empecé algo con entusiasmo… y no lo terminé. Todo está igual. Como si el tiempo se hubiera congelado en este cuarto. Menos yo. Yo soy otra. Una mujer que fracasó en lo que creía que era su camino. Que lo dio todo por una carrera que terminó devolviéndole una caja con sus cosas y un correo de despedida. Una mujer que ahora no sabe quién es sin una tarjeta de presentación o una oficina con vistas a la Quinta Avenida. Respiro profundo. Necesito recomponerme. No sé cómo voy a salir de esta. No tengo un plan, ni una ruta clara. Pero estoy aquí. Y tal vez, solo tal vez, este sea el comienzo de algo nuevo. Algo más real. Algo más mío.
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