ID de la obra: 1650

Donde Termina el Hechizo

Het
G
Finalizada
2
El trabajo participa en el concurso «Amor Complicado»
Fechas del concurso: 25.01.26 - 15.02.26
Inicio de la votación: 01.02.26
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6 páginas, 2.547 palabras, 1 capítulo
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Capítulo Único

Ajustes
Akane estaba parada frente a su cama y sobre esta descasaba su maleta, abierta y por llenar. Verla le hacia sentir que no podía respirar, sabía que en cuanto terminara su tarea se tendría que ir de la ciudad. No sabía ni siquiera por dónde comenzar. ¿Debía llevar solo su ropa? O ¿Comprarse ropa nueva cuando llegara a su nuevo hogar? ¿Debía solo empacar sus objetos más preciados e irreemplazables? ¿Cuáles eran esos objetos? ¿De verdad quería llevar con ella recuerdos cuando precisamente se iba para olvidarlo todo? Miró alrededor de su habitación. A pesar de los años que habían pasado desde la primera vez que Akane y Ranma se encontraron pocas cosas en su habitación habían cambiado. Objetos como el cubrecamas y los muebles habían sido remplazados por otros no desgastados, pero el estilo, los colores y las texturas se habían mantenido igual. Para cualquier persona aquello podría parecer normal, Akane tenía un estilo y gusto particular, pero ella sabía que el motivo por el cual quería que todo se mantuviera inmutable era porque, desesperadamente, quería mantenerse en el pasado. En aquel pasado dónde era feliz porque, a pesar de los problemas del día a día, Ranma la amaba. Se le llenaron los ojos de lágrimas y los cerró con fuerza para que las gotas se diluyeran y no escaparan de sus ojos, pero no lo logró. Las lágrimas empezaron a correr por si rostro como si de ríos se tratarán. —Ranma —susurró —te extraño —, y después no le quedó más remedio que, entre sollozos, seguir empacando sus maletas. Su tarea de empacar la llevó a girarse a su mesa de noche y sus manos inevitablemente se movieron para tomar el marco de madera de una fotografía que descansaba sobre su mesa de noche. En ella, un Ranma mucho más joven sonreía a un lado de Akane. Le dolió hacerlo, pero depositó el objeto en la caja a su lado, donde iba el montón de objetos desechados. ¿De qué serviría guardar el eco de una risa que ya no le pertenecía? Cada peluche ganado en las ferias, cada pequeño detalle que Ranma alguna vez le entregó con torpeza, ahora no eran más que anclas que la hundirían en el nuevo lugar al que intentaba escapar. Él ya no la amaba. Peor aún, la despreciaba por intentar retenerlo. Ella se sintió patética al reconocer que, durante un largo año había alimentado la tonta esperanza de que su amor sería más fuerte que cualquier magia china. Creyó que, si era lo suficientemente paciente, si le recordaba quiénes eran, él volvería a ella. Qué equivocada estaba. Mientras guardaba mecánicamente algunas prendas básicas, el recuerdo de aquella tarde en el Neko Hanten la golpeó con la fuerza de un impacto físico. Sucedió hace un año, bajo el sol sofocante de una tarde de verano que prometía ser ordinaria. Shampoo había convocado a todos, con una expresión que oscilaba entre el triunfo absoluto y una extraña ansiedad. —¡Ranma ya no tener que confundirse más! —había gritado la amazona, sosteniendo un pequeño incensario de porcelana oscura del que emanaba un humo violáceo con olor a flores dulces y estancadas—. ¡Shampoo usar Hechizo del Hilo Rojo Invertido! Akane recordaba la confusión inicial. Ranma estaba de pie junto a ella, quejándose del calor, hasta que el humo lo envolvió. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de Shampoo a través de la neblina púrpura, algo se rompió de forma definitiva. La calidez habitual en la mirada de Ranma, ese brillo de complicidad que siempre reservaba para Akane se evaporó. —¿Ranma? —había preguntado ella, extendiendo una mano hacia su hombro. Él se había apartado de un tirón, mirándola con una frialdad que le heló la sangre. —No me toques, Akane —le dijo él, y su voz no tenía rastro de la burla juguetona de siempre; solo había una indiferencia cortante—. No sé qué haces aquí. No sé qué hago yo aquí contigo, cuando ella me está esperando. Shampoo se había reído en ese entonces, abrazándose al brazo de un Ranma que, por primera vez, no intentaba escapar. —Todo amor de Ranma por Akane, ahora ser para Shampoo —, explicó la amazona con orgullo. —Y todo odio por Shampoo, ahora ser para Akane. Fue el inicio de la pesadilla. Aquel día, la risa de Shampoo llenó el lugar, celebrando una victoria que no sabía que terminaría por consumir la alegría de todos, incluyendo la suya propia. Akane parpadeó, regresando a la realidad de su habitación silenciosa. El recuerdo de esa mirada gélida de Ranma seguía doliendo tanto como el primer día. Limpió el rastro de una lágrima nueva con el dorso de la mano y cerró la maleta a medias. Ya no había nada que recuperar. El hechizo no solo había cambiado los sentimientos de Ranma; había borrado las ilusiones de Akane. Dio un último vistazo a los objetos en la caja y suspiró antes de cerrar la maleta. Bajó la maleta de la cama y empezó a arrastrarla por su habitación. El peso de la maleta en su mano derecha no era nada comparado con el peso de los recuerdos que golpeaban mientras avanzaba por el resto de las habitaciones de su casa. Se a observar el patio. Allí, junto al estanque, era donde Ranma solía entrenar. Podía casi ver la imagen fantasmal de ambos, años atrás, discutiendo por alguna tontería que siempre terminaba con ellos diciéndose con la mirada lo mucho que se amaban. Después desvió la mirada al comedor. A ese rincón donde su padre y el tío Genma habían intentado, desesperados, traer las memorias de Ranma de vuelta. Habían obligado a Ranma a sentarse y a Akane a entrar con la tetera, esperando que el impacto visual rompiera las cadenas del hechizo. Pero Ranma solo la había mirado con fastidio, preguntando por qué perdían el tiempo con "la chica violenta" cuando Shampoo lo esperaba para cenar. ¿Cuántas veces habían intentado lo mismo? ¿Cuántas pócimas y otro tipo de hechizos? ¿Cuántas terapias de choque habían fracasado? Recordó el rostro de Shampoo durante aquellos meses. Al principio, la amazona se erguía con la barbilla en alto, observando los intentos fallidos con una sonrisa de suficiencia, disfrutando de cada desplante que Ranma le hacía a su rival. Pero, poco a poco, la victoria empezó a saberle a ceniza. Akane recordaba la tarde en que, tras que Ranma le dedicara unas palabras especialmente crueles, que la dejaron temblando y llorando en silencio, Shampoo por fin perdió la sonrisa. Ya no había triunfo en sus ojos malvas, sino un remordimiento que no sabía cómo cargar. Shampoo comprendió demasiado tarde, que el Ranma que la adoraba no era Ranma en absoluto. Shampoo veía cómo Akane se marchitaba, cómo sus hombros se encorvaban y cómo la luz de sus ojos se apagaba con cada rechazo, y el peso de esa culpa terminó por asfixiarla. Akane por fin llegó a la entrada principal. No se encontró a nadie durante su recorrido por la casa porque todos estaban en la boda de Shampoo y Ranma. Ambos habían acordado casarse, irónicamente bajo la insistencia de Ranma y el recelo de Shampoo. Se calzó sus zapatos y le dedicó una última mirada a su casa. No había nada más que hacer. Abrió y cerró la puerta de su casa, bajó los escalones de la entrada y dio sus primeros pasos hacia la calle, con la cabeza baja y el corazón roto y resignado. La calle vacía también le recordó el momento exacto en que la culpabilidad de Shampoo finalmente se desbordó. Shampoo tocó la puerta de su casa y cuando ella finalmente salió la encontró arrodillada frente a ella, con los ojos hinchados de tanto llorar, pidiéndole un perdón que ninguna de las dos sabía cómo procesar. Shampoo le juró que se había dado cuenta de su error e hizo todo lo que estaba en sus manos para revertir el hechizo pero no lo logró. Llevaba días intentándolo, sin dormir, pero no podía hacer nada. Se había equivocado y su error era irreversible. En aquel entonces, Akane solo sentía una extraña apatía. Durante años, su dinámica con Shampoo había sido un juego, una costumbre de rivalidad en la que peleaban por la atención de Ranma, Akane ganaba y Shampoo simplemente fingía una tristeza pasajera antes de planear su siguiente movimiento. Akane y Shampoo había creído, estúpidamente, que esta vez no sería diferente. Que la magia se disiparía y volverían a la normalidad de sus peleas cotidianas. Pero la normalidad nunca regresó. —Ya me rendí, Shampoo —le había dicho Akane con una voz que sonaba hueca, casi ajena, mientras la amazona sollozaba a sus pies—. Se acabó. Ya no tengo fuerzas. Recordó cómo había levantado el rostro de Shampoo para obligarla a mirarla a los ojos. —Ahora vas a tener que amarlo de verdad. Ya no es un juego, ni una estrategia para ganar una batalla. Ahora ustedes son reales, y esto es para siempre. Si de verdad sientes este remordimiento que dices... entonces cuídalo. Cuídalo como yo lo habría hecho. Dale la vida que yo no pude darle, porque ahora él te pertenece por completo. Shampoo no había podido responder, solo se había quedado allí, temblando bajo el peso de una responsabilidad que nunca quiso realmente. Akane apretó el asa de su maleta mientras el viento de la tarde le golpeaba el rostro. Aquella conversación había sellado su destino. Si ni siquiera la dueña del hechizo podía romperlo, ¿qué esperanza le quedaba a ella? Ninguna. Solo le quedaba la huida, el silencio y la amarga sensación de haber perdido. Apenas había dado un paso fuera de la casa cuando se detuvo en seco pues Ryoga le cerraba el paso. Sus ojos estaban fijos en ella, cargados de una seriedad que la obligó a contener el aliento. —No me detengas, Ryoga —soltó ella de inmediato, con la voz quebrada pero firme—. Por favor, no lo intentes. Ya está decidido. Él no se movió. Durante un segundo, Akane temió que intentara convencerla de volver, que usara los mismos argumentos gastados de su padre o de Kasumi sobre la lealtad y la esperanza. Pero Ryoga solo dio un paso al frente y, sin pedir permiso, extendió la mano hacia la maleta de Akane. —No voy a detenerte —dijo él en un susurro grave, tomando el peso del equipaje—. Déjame ayudarte con esto. Akane lo miró, desconcertada, mientras él comenzaba a caminar a su lado en un silencio respetuoso. —Sé lo que se siente —dijo Ryoga tras unos metros, manteniendo la vista en el horizonte—. Sé lo que es amar a alguien que mira hacia otro lado, Akane. Sé lo que es sentir que el suelo desaparece bajo tus pies porque la persona que es tu centro simplemente no te ve. Akane bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —Irse no es huir —añadió él, deteniéndose en la esquina donde solían pasar los taxis—. A veces, es la única forma que nos queda de cuidar lo poco que todavía está entero dentro de nosotros. Tiene sentido que te vayas. Es lo más valiente que puedes hacer por ti. Aquellas palabras fueron el primer bálsamo que Akane sintió en años. Nadie más lo entendía; todos hablaban de "luchar", pero Ryoga hablaba de "sobrevivir". Un taxi se detuvo frente a ellos. Con cuidado, Ryoga colocó la maleta en el maletero y luego le abrió la puerta a la chica. —Cuídate mucho, Akane —dijo él, dedicándole una pequeña inclinación de cabeza. —Gracias, Ryoga. Por todo —respondió ella, entrando al vehículo. Desde la ventana, mientras el taxi se alejaba, vio la silueta de Ryoga haciéndose pequeña en la acera. En aeropuerto de Narita, Akane era una joven como cualquier otra jalando una maleta, y eso, de cierta forma, le dio una sensación de paz. Caminaba mecánicamente hacia la puerta de embarque, sintiendo que con cada metro que ponía de distancia con su hogar más se acercaba a dejar de sentirse tan miserable. Sin Ranma, sin el dojo, sin las peleas y las reconciliaciones, nunca pensó que eso la haría sufrir tanto. Se preguntaba si ¿podría algún día despertar sin sentir ese hueco en el pecho que ahora sentía? Llegó a la fila para pasar al área restringida a solo viajeros. Sacó su pasaporte y el pase de abordar. —Siguiente, por favor —dijo el.trabajador del aeropuerto. Akane dio un paso al frente, extendiendo el papel. Estaba a punto de entregarlo cuando un grito desgarró la monotonía del murmullo del aeropuerto. —¡¡AKANE!! Ella se quedó paralizada. El corazón, que creía muerto, dio un vuelco violento contra sus costillas. Aquella era una voz que conocía mejor que la suya. Esa voz era de Ranma. Akane se giró lentamente, con el corazón martilleando contra sus costillas con una violencia que le impedía respirar. Allí, en medio del pasillo de la terminal, estaba Ranma. Él vestía el atuendo tradicional de boda, pero la túnica estaba desaliñada y su rostro estaba empapado con lágrimas. —¡Akane, no! —gritó él, tropezando con sus propios pies hasta llegar a ella. Cuando llegó a su lado, antes de que ella pudiera reaccionar, Ranma la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza desesperada, como si temiera que ella se desvaneciera. —¡No te vayas! ¡Por favor, Akane, no me dejes! —suplicó él entre hipos. Se desplomó de rodillas frente a ella, aferrándose a su cintura mientras hundía el rostro en su regazo—. Te amo, te amo tanto... por favor, perdóname, no te vayas. Akane se quedó paralizada, mirando la nuca de aquel hombre que durante un año la había tratado como a una extraña. La confusión la golpeó con fuerza y, sin poder evitarlo, sus piernas cedieron. Se hincó frente a él, quedando a su altura, rodeando su rostro con manos temblorosas. Sus miradas se cruzaron. Los ojos de Ranma estaban llenos de esa calidez tope que ella creía perdida para siempre. Se besaron en medio del caos del aeropuerto, un beso salado por las lágrimas porque ahora Akane también lloraba sin consuelo, golpeando débilmente los hombros de Ranma mientras él la estrechaba con fuerza. —¿Cómo? —logró articular ella entre sollozos—. ¿Por qué ahora? —El hechizo... —dijo él, limpiándose frenéticamente los ojos—. Se rompió en el altar. Shampoo... ella pidió que la amara como a ti y que la llevara al altar. Al estar ahí, frente al monje, las dos condiciones se cumplieron. El conjuro entendió que su misión había terminado y se desvaneció. Salí corriendo de la ceremonia. Corrí a la casa y Ryoga dijo que ya te habías ido. Akane, por favor... sé que no merezco ni que me mires, pero no me dejes. Akane lo miró, sintiendo una furia repentina mezclada con el alivio más profundo de su vida. Quería gritarle, quería golpearlo por haber permitido que ese hechizo los separara tanto tiempo, por haberla dejado sola en esa oscuridad. Pero no pudo. Abrazó a Ranma de nuevo, ocultando su rostro en su cuello, dejando que el aroma de él inundara sus sentidos después de tanto tiempo de abstinencia emocional. —Eres un idiota, —susurró ella, apretando el agarre—. Un completo y absoluto idiota. Pero no te voy a dejar. Jamás volveré a dejarte. Ranma se separó lo justo para mirarla a los ojos y dijo —Yo tampoco, jamás. Lo prometo. FIN
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