Capítulo 1
14 de febrero de 2026, 17:14
Notas:
ME ACORDÉ QUE TENÍA ESTA COSA EN MIS NOTAS Y ME PUSE A EDITARLO COMO UNA POSEÍDA PARA TENER ALGO QUE POSTEAR EN ESTE SAN VALENTÍN JAJAJAJAJA
Ya urgía volver a escribir algo de mis demonios, los amo mucho aunque no estén destinados a tener un final feliz, pero ao menos tienen sus momentos jej
En el tercer anillo desértico del infierno había un cráter muy profundo, tanto, que ni la poca luz de la superficie llegaba mas allá de unos metros de profundidad. Pero eso no era un mayor inconveniente para Paimon, que bajaba por los escalones tallados en los bordes de aquel agujero.
El poder que emanaba de manera consciente de su cuerpo iluminaba lo alrededor, pero solo lo suficiente para no tropezarse mientras bajaba.
Llevaba una charola de plata, con una comida exquisita y vino. Junto con un pequeño plato con agua y un pañuelo. El peso no afectaba a su equilibrio perfecto y ni una sola gota del líquido se derramó.
Sus ojos azules miraban al abismo, expectantes, casi emocionado. Pues era su parte favorita de su rutina, bajar y atender a su amado. Su larga cabellera azabache ondeaba como una capa tras él, reflejando la luz que emanaba.
¿Podría él ver ese brillo desde el fondo? Lo mas parecido a un corazón palpitó en su pecho. Pensando en esa mirada apagada viéndolo desde la oscuridad. Una imagen patética, pero que lo hacía estremecer.
Llegó al final de su camino y con un solo movimiento de su mano las antorchas extintas se iluminaron una vez más. Dejando ver al prisionero encadenado en el centro. Un hombre moreno, de la escamas negras en la piel, cabello rojo y ocho alas chamuscadas en su espalda.
No volteó a ver a Paimon.
—Querido, es de mala educación no saludar cuando vienen a visitarte.
No hubo respuesta, pero Paimon no la necesitaba, sabía que él lo escuchaba.
Se acercó a el con pasos suaves y se inclinó a su derecha, poniendo la charola a un lado. Su sonrisa contrastaba con lo miserable que se veía el líder de los caídos. —Mira nada más, está lleno de ceniza. A veces me sorprende como te ensucias tanto si a penas puedes moverte.
No había malicia en su comentario, era un hecho más para él. Tomo el pañuelo del agua y tomó a Lucifer por la barbilla. No lo obligó a mirarlo, pero alzó suficiente su rostro para poder limpiarlo.
—Te ves mucho más apuesto cuando no estas lleno de mugre. Aunque para ser justo, tu siempre ere apuesto.
Sus mirada se posó con infinita devoción sobre el ángel caído. Casi brillando como el cielo que habían traicionado hace tanto tiempo.
Tiempo donde, ni por un segundo, Paimon dejo su lugar al lado de Lucifer.
—¿Te arrepientes de haberme elegido hace tanto tiempo en la guerra del cielo?
La voz de Lucifer, antaño tan poderosa y teñida de un orgullo que era casi palpable sonó distinta. Cansado, derrotado.
Ni siquiera pudo mirar a Paimon mientras limpiaba la suciedad de su rostro, que reflejaba el peso de sus arrepentimientos del pasado.
¿Su pregunta era en realidad una proyección de su propia carga?
La mano delicada de Paimon no se detuvo.
—El arrepentimiento, es un sentimiento con el que no puedo relacionarme —afirmó.
Alzó aún más la barbilla de Lucifer, obligando a que los ojos marrones de este se encontrarán con esos ojos azules que el pelirrojo no podía sacar de su cabeza, ni siquiera rodeado de oscuridad.
—Todo lo que hice, todo lo que he dicho. Fue por ti, Lucifer, y te elegí. Te elegí en el cielo y te sigo eligiendo en este infierno.
Los ojos de Lucifer no se llenaron de lágrimas, ya no quedaba ninguna que derramar. Pero su atención estaba vertida en él, en esta honestidad que Paimon rara vez mostraba.
—Si hubiera querido conocer el arrepentimiento —murmuró, pasando con lentitud sus brazos detrás del cuello de Lucifer—. No te hubiera elegido, hubiera permanecido como un cobarde junto al cielo, un cielo que no valdría nada sin ti para sostenerte como ahora.
Las cadenas de Lucifer crujieron cuando Paimon lo atrajo contra su pecho, sin importar que su fina ropa se ensuciara con la mugre de la piel desnuda de Lucifer. Al contrario, Paimon querría eso querría rodearse con la prueba de que lo tuvo en sus brazos que seguía siendo suyo tal y como él era de Lucifer.
—Eres un necio, Paimon, uno incluso más grande que yo —murmuró contra el pecho del demonio.
—Lo se, por eso tu y yo no podemos estar separados mucho tiempo el uno del otro, somos las dos mitades de un mismo desastre, solo que yo se disimularlo mejor.
—Lo único que haces es distraer la atención de lo evidente usando joyas y vestidos persas.
—Y funciona a la perfección.
Lucifer gruño en respuesta, separándose de él, para dejar que Paimon limpiará su cuerpo semidesnudo.
Miró hacia arriba. El cráter de su segunda pelea contra Miguel era tan profundo que ni siquiera podía ver la luz del exterior, solo una oscuridad inmensa que Paimon atravesaba cada día solo para él. Para limpiarlo y alimentarlo, aunque por castigo divino no pudiera morir de hambre, aunque sintiera un vacío en donde debería haber un estómago.
El simple hecho de que pudiera sentir algo parecido al hambre era suficiente para traerlo a él cada día, hasta que sus cadenas fuera rotas para su último enfrentamiento contra el cielo.
—¿Que tanto piensas, querido?
—Pienso en lo idiota que eres al bajar a la misma hora con esa bandeja en mano.
—Es mi deber. Si no vengo yo a cuidar de ti, ¿quién lo haría?
—¿Y si nunca me ensuciara?
—Aún bajaría para dar de comer.
—¿Y si no sintiera hambre y no necesitará comida?
—Entonces vendría a aceitar tus cadenas para que no corten tu piel.
—¿Y si no necesitará nada de eso? ¿Sino necesitará nada de ti?
Paimon no se tomó a mal sus palabras. Al contrario, su sonrisa se hizo más suave mientras dirigía su mano a la mejilla de Lucifer, acariciándolo con ternura.
—Seguiría bajando, una y otra vez. Simplemente para estar contigo, para verte, para estar junto a ti incluso en la derrota y el castigo.
—... ¿Por qué? —preguntó, casi en un susurro.
Aunque él ya sabía la respuesta. Pero quería escucharla otra vez.
—Porque te amo, Lucifer.
—... Solo tu podrías amarme en mi estado más miserable.
—No seas exagerado, Luzbel —dijo, colocando el trapo de vuelta en el agua—. El que seas miserable es parte del encanto que me enamoró de ti en primer lugar.
No hubieron más palabras al respecto, no eran necesarias. Esa afirmación fue la forma elegante de Paimon para sanjar la conversación.
—Ahora, deja de hacer preguntas estúpidas y empieza a comer. Tus gritos cuando el hambre te llega se escuchan hasta Pandemónium.
No hubo objeción. Por primera vez el primer ángel rebelde colaboró y abrió los labios, dejando que su amante favorito, su demonio más leal, le diera la comida en la boca.
Si no le quedará una fracción de su orgullo, hubiera podido admitir que Paimon era su todo.
Notas:
Eres una NyE Lucifer, como ouedes tener a Paimon ahí diciéndote que te ama aunque seas un pobre pendejo y no ser capaz de admitir que lo amas, por eso Miguel te partió tu madre, merecido.
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