El ocaso de la ascensión

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4 páginas, 1.191 palabras, 1 capítulo
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El ocaso de la ascensión

Ajustes
Con esfuerzo el hombre ayudo a colocar el último bloque de piedra y se retiró para que el resto de los trabajadores continuarán con el proceso. Se masajeó un poco el hombro moviendo el brazo que había resentido el esfuerzo, a veces extrañaba su vieja fuerza, aunque habían pasado más de veinte años desde que la perdiera. El recuerdo le hizo sonreír con cierta tristeza y echó a andar por el sendero hasta la imponente tienda que habían levantado para la ocasión. Al llegar a la entrada, se dio un momento para respirar profundamente, miró hacia atrás, el ocaso arrebolaba el cielo y contra él se recortaba la sombra de la edificación en la que trabajaban. Suspiró, seguramente estaría lista a tiempo. —Vamos, entra ya. No seas cobarde. Pronunció una voz. El dueño de esta se había acercado por el mismo sendero que él y pronto estuvo a su lado. Exhibiendo una media sonrisa le palmeo el hombro. —Solo evaluaba el avance de la construcción. Se defendió, aquello de "cobarde" siempre lograba hacerle responder por más que solo fuese una broma. Cómo era de esperar, su interlocutor se echó a reír y en un arrebato lo atrapó en un abrazo. —Te digo la verdad, yo tampoco quiero entrar. Le confesó bajito al oído y supo sin lugar a dudas, que compartían el sentimiento. —Por desgracia, quedarnos aquí no lo evitará. Sonrió con tristeza, su hermano cabeceó afirmativamente y se apartó de él. —Siendo ese el caso, vayamos dentro. La atmosfera que los recibió resultaba acogedora, un agradable aroma se desprendía de aquellos muebles que habían sido trasladados a la tienda para poder dar inicio a los trabajos de remodelación. Los hombres pasearon la mirada por aquel mobiliario conocido y apreciado. Desde las vasijas hasta los asientos tan cuidadosamente colocados en su orden original, que casi les hicieron creer que nada ocurría y aquella era solo una visita cotidiana. Tan dulce ilusión incluso perduró cuando hicieron a un lado la cortina que delimitaba la “recamara” del fondo. Dormido en el lecho, hallaron a un hombre de cabellos rubios ya sembrados de canas y un pacifico rostro de marcadas líneas de expresión consistentes con sus sonrisas eternas. Nunca había sido raro encontrarlo de aquel modo. Una pequeña llama en el corazón de ambos aún esperaba verlo despertar y contemplarlos divertido. Alegando que había olvidado que llegarían aquel día o que se sentía tan relajado que había pensado echarse una siestecita mientras los esperaba. Pero no fue el caso. Antes que ellos, tres hombres y una mujer ingresaron a la estancia deseando lo mismo y permanecían ocupando cuatro de los seis asientos colocados alrededor de aquel lecho. Al verlos entrar, los hombres se levantaron para saludarlos. —Jae-ha, Ki-ja, me alegro de que ya estén aquí. Sonrió el que parecía el más joven de todos, acercándose y abrazándolos, los mencionados le devolvieron el gesto. El aroma de Yoon era fresco como las hierbas aromáticas regadas por la lluvia y su presencia seguía sintiéndose cómo la bienvenida a un hogar cálido. El peliblanco soltó a llorar y de su garganta escaparon sollozos que había estado conteniendo desde que iniciara el viaje hasta ahí. Esperaba trabajarlos en el camino, encontrar la resignación y adoptar la resiliencia que le permitiera encontrarse con ellos y no desbaratarse cómo en ese momento. Incluso había pasado todo el día trabajando en la remodelación de la cabaña con tal de no llegar en tan lamentables condiciones. Pero al final había sido en vano. La reacción de los presentes no fue otra que atraparlo en un abrazo grupal. Compartían el sentimiento y las intenciones, ellos también sintieron que podrían presentarse mejor parados, pero su pena tenía otros planes. —Oh no, ha pasado de nuevo. Lo lamento chicos pensé en dormir un poco antes de que llegaran. Pronunció una débil voz desde el lecho. Cinco pares de ojos anegados voltearon a mirarle y en un suspiro, sus dueños se encontraron rodeándole con las manos extendidas hacia su cuerpo. El hombre sonrió, ya no tenía fuerza para reincorporarse. Una de sus manos aferraba la de Yona que había permanecido todo el tiempo sentada a su lado llorando en silencio. Amablemente tiró de ella para que la mujer se acercará un poco más. Y con un ademán invitó a sus hermanos a hacer lo mismo, todos lo obedecieron. Sus rostros llorosos tapándole la visión del techo. Años atrás, Zeno había visitado a Ik-Soo en busca de una respuesta. "Cumplirás 40" Había dicho el sacerdote. Tal conocimiento le llevó a asentarse en su vieja cabaña que decidió ir reconstruyendo en previsión de aquel día. Con parsimonia acarició el rostro de cada uno, intentando secar las lágrimas con las que lo regaban. Sabía que ellos entendían su felicidad en aquel momento y en reciprocidad él entendía la tristeza que los embargaba. —Gracias por su amor al final de este viaje. Me llevo nuestras terribles batallas para encerrarlas más allá del tiempo y que quizá así, no tengan que vivir nuevas, sin que yo los acompañe. Sonrió. La pelirroja le tomó amablemente de la mejilla para que la mirara. —Por favor, que esas tristezas no sean lo único que tú corazón empaque. Pronunció la mujer. Los años solo habían acentuado la belleza de la reina de Kouka y a los ojos de Zeno, su parecido con Hiryuu. Mirarse en aquellos iris violeta al final de todo resultaba un regalo. Su sonrisa se amplió, se llevó la mano de la dragona roja a los labios y la besó con respeto. —Jámas les haría una ofensa semejante —pronuncio devolviendo la mirada al resto de los presentes, respiró hondo —Mi tesoro serán por siempre nuestros días felices, cada broma, cada comida, cada noche de charla y bebida. Porque el tiempo que pasamos juntos fue mi vida y no sólo existencia. Gracias. Concluyó, su inmortal sonrisa se dibujó en sus labios cuando usando sus últimas fuerzas los atrajo hacia él para un último abrazo. Una brisa agitó las cortinas trayendo olor a flores. Zeno soltó a sus amigos y regreso sus brazos a sus costados, su mirada se posó al pie de su lecho y su sonrisa se ensanchó. —Lamento la espera, te extrañe mucho, Kaya. Susurró con su último aliento. Los funerales del primer y último Ouryuu fueron parcos y privados siguiendo su última voluntad. Yona y Hak cuidaron que sus instrucciones se obedecieran sin contemplaciones. Al día siguiente de su partida, Shin-Ah se acercó a la vieja tumba perfectamente cuidada de la esposa de su hermano y con todo respeto exhumaron sus restos para ponerlos en el ataúd a su lado. La procesión que los acompaño al interior de aquella que había sido su morada (y que el mismo Zeno había empezado a adaptar para convertirla en su mausoleo). Sólo estaba conformada por personas que genuinamente lo conocían y lo habían llamado amigo. Pese a todo, no eran pocos. Y si bien los plañidos fueron la primera reacción natural de los presentes. Cuando el sepulcro estuvo cerrado, una celebración se elevó al cielo. Porque Zeno el Ouryuu, después de más de dos mil años enfrentando aquel mundo, finalmente descansaba en paz.
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