Una estrella fugas y Noroeste

Femslash
PG-13
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planificada Mini, escritos 2 páginas, 778 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1: Seamos amigas

Ajustes
Era un día "normal" para los gemelos Pines. Bueno, al menos todo lo normal que podía ser desde que llegaron a Gravity Falls a pasar el verano con su tío abuelo Stan. Mientras el sol bañaba la Cabaña del Misterio, los hermanos decidieron ir a la biblioteca. En realidad, fue Dipper quien decidió ir, obsesionado con encontrar algo en los libros empolvados que le diera una pista sobre una página del diario que no lograba descifrar. La colorida Mabel, por su parte, lo siguió solo para pasar el rato; estaba aburrida y cualquier cosa era mejor que quedarse encerrada. Dentro de la biblioteca, el silencio solo era interrumpido por el sonido de las hojas. Dipper recorría cada sección con la mirada frenética, agarrando cualquier tomo que pareciera interesante y apilándolos en sus brazos o en los de su hermana. —Oye, Dipp... ¿por qué no dejamos estos libros y vamos a dar un paseo? —preguntó Mabel mientras su hermano colocaba un pesado volumen más sobre sus brazos—. No sé, podríamos comer un helado o resolver un misterio de verdad. —No puedo, Mabel, tengo cosas que hacer —respondió él sin mirarla, concentrado en los lomos de los libros—. Tengo que saber lo más posible del diario. ¿Por qué no vas tú? Igual me seguiste hasta aquí. Dipper dobló por un pasillo y Mabel lo siguió con la torre de libros tambaleándose. —¡Jum! Me pregunto si en la sección de historia medieval encontraré algo... —murmuró Dipper—. De todas formas, Mabel, ¿por qué no estás con Candy y Grenda? —Candy está enferma y Grenda está con sus padres de compras —respondió Mabel, sintiendo que sus brazos flaqueaban por el peso—. ¿Dónde dejo esto? Ya no aguanto. —Déjalos en la mesa de por allá —indicó él, distraído. Mabel dejó caer los libros en la primera mesa que vio y soltó un largo suspiro de alivio. —Creo que compraré unos dulces o algo. Nos vemos después. —Ok —respondió Dipper, ya perdido en las páginas de un libro viejo. — Hey, Mabel este libro dice algo sobr... ¿Mabel? Pasó una hora recorriendo el pueblo, pero no encontraba nada entretenido que hacer. —Una hora, llevo una hora caminando y nada —se quejó en voz alta mientras cruzaba frente a la estatua del "fundador del pueblo", Nathaniel Noroeste—. Al menos los tengo a ustedes, dulces. Sacó una golosina de su bolsa, la desenvolvió y se la llevó a la boca. Fue entonces cuando, al rodear la estatua, divisó algo inusual: Pacífica Noroeste estaba sentada al pie del monumento. —¿Está llorando? —susurró Mabel. Al acercarse, confirmó que sí: las lágrimas corrían por las mejillas de la rubia. El corazón de Mabel se arrugó de inmediato. A ella no le gustaba ver a nadie sufrir, e incluso tratándose de Pacífica, no soportaba verla así. Se acercó con cuidado, sin estar segura de qué decir. —Emm... ¡Hey! Pacífica... ¿Cómo...? Quiero decir, ¿por qué lloras? —Mabel le dedicó su mejor sonrisa, una de esas que intentan decir "todo estará bien". Pacífica se pasó las manos por los ojos con brusquedad, tratando de recuperar su máscara de frialdad. —Llorando... nadie está llorando. Solo veo a una rarita metiéndose en mis asuntos —espetó con indiferencia, aunque su voz sonaba quebrada. —¡Vamos, Pacífica! Puedes desahogarte conmigo —insistió Mabel, tendiéndole un pañuelo—. Tienes el maquillaje regado. Pacífica se sonrojó de vergüenza y comenzó a limpiarse el rostro. —No entenderías lo que es sentirse sola. —Pero si tienes a tus amigas... siempre están contigo. —No son mis amigas —confesó Pacífica con amargura—. Solo están conmigo para verse importantes. Son un grupo de patéticas. Mabel sintió una punzada de empatía. Recordó cómo ella y Dipper habían descubierto que la historia de la familia de Pacífica era un fraude; debía ser duro vivir bajo esa presión. Mabel creía firmemente que detrás de cada persona amargada había alguien queriendo ser feliz. —Bueno... si dejas de lado tu mal humor y tu ego, nosotras podríamos ser amigas —soltó Mabel con entusiasmo. —¿Ser amiga de la rara de los suéteres? —Pacífica miró de arriba abajo el suéter azul de Mabel, el que tenía unos auriculares morados bordados. —No perderías nada en el intento. ¡Podría ser divertido! Pacífica suspiró, mirando hacia la mansión en la colina. —Supongo que es mejor que quedarme aquí llorando. —¡Qué bien! ¡Ven, vamos al centro de videojuegos! —Mabel sujetó la mano de Pacífica y la arrastró consigo. Al sentir el contacto, Pacífica se sonrojó de nuevo, recriminándose mentalmente por haber aceptado, pero sin soltar el agarre. “Ojalá mis padres no se enteren de esto”, pensó mientras cruzaban la puerta del local, sin saber que ese era el inicio de algo que ni el diario de Dipper podría explicar.
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