Prince and knight

Gen
NC-17
Finalizada
0
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22 páginas, 7.723 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1

Ajustes
un lugar lejano, un reino de vegetación abundante de nombre Arcelia era gobernado por una peculiar familia real. Una reina viuda de cabellos rojos tenía dos herederos; la hija mayor, de hermoso rostro, estaba casada con el príncipe del reino de Araluen para consolidar las alianzas de poder. Era común en la realeza arreglar las nupcias para mantener el linaje legítimo de Dios entre los nobles. ​Y el joven príncipe de ese reino no era una excepción a esta regla. Aquel joven de 18 años se había enterado por un sirviente de que su madre había arreglado su boda con la princesa del reino Sarthorn. ​—No puede ser —gruñó Chigiri desde su habitación—. Por eso insistió en las clases de baile. —Mantenga la calma, joven príncipe —susurró Isagi—, le hará mal a su salud. —¡Cómo quieres que esté tranquilo! —gritó el pelirrojo—. ¿No entiendes que me voy a casar con alguien que no conozco? ​Isagi, el sirviente que entró al castillo desde los 15 años, trataba de que el príncipe no tirara nada de la habitación y se tranquilizara; no quería ganarse un castigo por su indiscreción. ​—¿A dónde va? —El peliazul vio que Chigiri iba a la puerta—. No haga una locura, por favor. ​El príncipe ignoró las palabras de su sirviente, saliendo de la habitación a toda velocidad, esquivando a los sirvientes del pasillo y dirigiéndose hacia el jardín. Algo que pocos conocían del noble, incluso su propia madre, era su habilidad al correr. Con solo correr por los alrededores de las rosas, Chigiri sentía algo de alivio dentro de sí, como si fuera libre de ser un noble por solo unos minutos y solo fuera un simple chico con anhelo de libertad. Sin embargo, eso no apagaba la frustración que tenía por la presión del compromiso. ​El príncipe, sin darse cuenta, había llegado a los límites del jardín real con el bosque. La vegetación era más oscura y los caminos eran más estrechos por la presencia de árboles, pero poco le importó a Chigiri, que siguió corriendo a gran velocidad hasta adentrarse en lo más profundo de aquella zona verde. Estaba tan absorto en la sensación de adrenalina que recorría su cuerpo que no vio el borde de un risco hasta que fue demasiado tarde. ​El suelo cedió bajo sus pies. De su boca salió un grito al sentir que caía al vacío; sus ojos rosados se cerraron esperando el impacto contra el suelo. Hasta que algo detuvo la caída o, mejor dicho, alguien: unos brazos fuertes lo atraparon desde la cintura con firmeza. ​Su mirada se posó en aquel joven que lo salvó. Su cabello era del color de las naranjas que exprimían los sirvientes para el jugo que bebía en la mesa real, y sus ojos marrones lo contemplaban con una mezcla de sorpresa y preocupación. ​—¿Estás bien? —preguntó con voz grave y cálida. ​El corazón del príncipe sintió que latía de manera especial ante la voz de su salvador. ​—Sí —respondió el pelirrojo, aún aferrado al cuello del desconocido chico. ​El pelinaranja, al escuchar la respuesta, lo bajó con cuidado hasta dejarlo en el suelo. Chigiri se sonrojó al sentir los dedos anchos del contrario deslizarse sobre su cintura antes de separarse de él y marcar una distancia prudente entre ellos. ​—No deberías rondar por aquí —dijo—. Esta zona es peligrosa. —¿Eres cazador? —Chigiri vio el atuendo del hombre. —Si fuera cazador, ya te hubiera comido —soltó una sonrisa— Me llamo Kunigami —extendió su mano. —Hyoma —titubeó—. Me puedes decir Hyoma. —Un gusto —respondió Kunigami rascándose la nuca—. No pareces de pueblo, ¿eres un noble? —preguntó al ver la vestimenta del pelirrojo; no era común ver a personas con una túnica roja de aspecto reluciente y bordada con hilo dorado. —Algo así —Chigiri desvió la mirada, pero luego volvió a mirar a Kunigami frente a frente—. Te agradezco por haberme salvado. —No fue nada —murmuró—. Solo ten más cuidado, ¿de acuerdo? ​Chigiri asintió. Vio que Kunigami traía en sus hombros un bolso con un escudo como logo; aquella figura la conocía perfectamente: era el logo de la Guardia Real. ​—¿Eres de por aquí? —preguntó Chigiri caminando hacia Kunigami —Solo soy un enviado a una misión —respondió el pelinaranja, que vio que el sol estaba bajando—. Se hará oscuro pronto, es mejor irnos del bosque. ​Kunigami le hizo una seña al pelirrojo para que lo acompañara. El príncipe aceptó sin dudarlo; caminó al lado del joven musculoso con una sonrisa. En el trayecto, ambos cruzaban miradas de manera sutil; Chigiri no sabía cómo explicarlo, pero sentía mucha paz al estar acompañado de Kunigami. ​Cuando llegaron al final del bosque, casi a los límites del jardín real, Kunigami apretó la mano de Chigiri con suavidad a modo de despedida. ​—Mi trayecto va hacia el pueblo —dijo el pelinaranja—. Nos vemos pronto. —Igualmente —dijo con voz suave. ​El príncipe vio a Kunigami alejarse hacia el pueblo. Aquel logo de la Guardia Real en el bolso del desconocido despertó una curiosidad en el pelirrojo. ​—¿Será un caballero real? —murmuró para sí mismo. ​Unos gritos sacaron a Chigiri de sus pensamientos. ​—¡Joven príncipe! —gritó Isagi corriendo hacia él— Por fin lo encuentro. ¿Está bien? ¿No se rompió la pierna? —Estoy bien —dijo en tono sarcástico—. Solo quise despejar mi mente un poco. —Ya se va a hacer de noche —Isagi miró el cielo—. Vamos de vuelta al castillo —tomó el brazo del pelirrojo y se lo llevó a paso rápido—. Espero que la reina no se dé cuenta de que no está allí. —Cuidado con mi brazo —se quejó Chigiri—. No seas tan brusco. —Perdón —Isagi se separó. —No te preocupes tanto, Isagi —dijo Chigiri—. No te pasará nada mientras me guardes lealtad, ¿lo oyes bien? —Desde luego, joven —respondió el peliazul. —Deja de llamarme "joven" —ordenó el príncipe—. Nos conocemos desde que tengo 15 años, sabes que te considero más que un sirviente —le dio una palmada amistosa en el hombro—. Eres mi amigo. ​El peliazul sonrió. Caminó con Chigiri hasta llegar al castillo; los sirvientes, al ver que el príncipe llegaba intacto, soltaron un suspiro de alivio. Chigiri decidió no ir a cenar; se sentía cansado y solo quería dormir para reponer sus fuerzas para la ceremonia real de caballería a la que tenía que asistir por protocolo real.         ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ ​El sol iluminaba el cielo y el castillo de Arcelia en todo su esplendor. Chigiri caminaba al lado de su madre hacia la sala del trono para la ceremonia de investidura de los nuevos integrantes de la Guardia Real. Por ser el príncipe, era su deber estar presente y conocer a los guardias que servirían a su reino. ​Antorchas doradas y varias pinturas del escudo real adornaban las paredes de la sala, que estaba repleta de los nobles de Arcelia y la Corte Real como testigos principales. Entre los invitados, el pelirrojo distinguió una figura familiar: pelo morado, una capa blanca como los copos de nieve y el escudo del reino de Carellia en su traje. Era el príncipe Reo, que venía con un joven de pelo blanco y ojos marrones que bostezaba por el ruido del lugar. ​—¡Reo! —dijo Chigiri abrazando al pelimorado—. Me alegra verte. —Lo mismo digo —respondió este para luego romper el abrazo—. Sería de mala educación rechazar una invitación de mi mejor amigo —sonrió. —¿Él es...? —preguntó Chigiri mirando al peliblanco. —Es Nagi —pasó su brazo alrededor del hombro del chico—, mi vasallo. —Estoy cansado —dijo el peliblanco apoyando su cabeza en el pecho de Reo—. Me quiero sentar. —Hablamos luego, ¿sí? —Reo vio a Chigiri. —Claro —respondió el príncipe. ​Chigiri alzó la ceja al ver que Reo cargaba a Nagi en su espalda y lo llevaba a un espacio para que se sentara. Era extraño para él ver a un príncipe como Reo ser tan amable y complaciente con su vasallo. Dejó de pensar en ello para dirigirse al lado de su madre; la reina le hizo una seña para que tomara lugar en su trono respectivo. El pelirrojo se sentó con la espalda erguida y la cabeza en alto hacia la corte y los nobles para iniciar la ceremonia. ​—Sean bienvenidos —la reina se levantó del trono— Este día es especial para Arcelia —alzó las manos—. Por la llegada de nuevos caballeros para servir a nuestro pueblo. ​Un heraldo hizo sonar un añafil, el sonido ocasionó que los guardias abrieran la puerta de la sala. En una fila entraron cuatro hombres vestidos con armadura plateada y túnica oscura con el escudo real de Arcelia. Los rostros estaban cubiertos por un casco que brillaba como una moneda. Los cuatro hombres hicieron una reverencia frente a la reina; la mujer sonrió al ver que se quitaban los cascos para darse a conocer ante la realeza. ​El último chico, al quitarse el casco, dejó al descubierto su cabello anaranjado a la vista de todos. El rostro de Chigiri se alegró al reconocer al caballero. ​—Kunigami... —murmuró. ​—A partir de hoy, ustedes — la reina se acercó a los hombres que estaban de rodillas; en sus manos llevaba una espada— serán los caballeros de Arcelia. ​Dio un leve golpe con el arma en el hombro de cada hombre en señal de juramento. Las cuatro siluetas inclinaron su cabeza recibiendo la bendición de la monarca en silencio. ​—Kunigami Rensuke —exclamó la reina—, a tus 18 años he escuchado de ti, por tu honor y fidelidad, por lo que tengo un encargo especial para ti. —Se dio la vuelta—. Ven aquí, querido hijo. ​El pelirrojo se acercó a su madre. Se sonrojó al ver al pelinaranja con el traje de caballero; se veía más hermoso. ​—Tu deber será velar por la vida de mi hijo, el príncipe Hyoma. —La reina le entregó la espada a Chigiri. ​Los ojos marrones del caballero miraron al príncipe, no con naturalidad, sino con sorpresa y timidez al enterarse de la verdad: el chico que salvó en el bosque era de la realeza. Chigiri le cedió la espada al caballero con suavidad; sus dedos rozaron la piel del contrario por unos segundos. Kunigami levantó la mirada, alzando la espada a la altura de su cabeza. ​—Juro por esta espada y con mi vida que velaré por la seguridad del príncipe Hyoma de Arcelia —dijo con voz firme y clara. —Levántate —ordenó la reina con voz suave. ​Cuando Kunigami se puso de pie, se colocó al lado del príncipe en señal de acatamiento a su juramento. La sala se llenó de aplausos de los nobles; la ceremonia de investidura había culminado con éxito. ​—Ahora serás mi cuidador —susurró Chigiri solo para él, tan bajo que nadie más lo oyó. ​Kunigami inclinó ligeramente la cabeza. Aunque su rostro trataba de permanecer serio, las palabras del príncipe hicieron que soltara una pequeña sonrisa.          ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ ​Con el paso de los meses, en la Guardia Real se sentía el cambio de ánimo por la llegada de Kunigami; los caballeros entrenaban con más entusiasmo en el campo. El pelinaranja poseía un cuerpo fornido y trabajado al máximo, por lo que era un desafío grande para los demás hombres ganarle en los pequeños duelos de simulación. Casi siempre Kunigami ganaba de forma amistosa. ​Además de entrenar, el caballero Rensuke cargaba en sus hombros una gran responsabilidad: velar por la seguridad del príncipe, algo nada sencillo de realizar. El pelirrojo se iba del castillo de noche hacia el bosque y Kunigami tenía que ir tras él a caballo , Lo encontraba siempre en el lago, mojando sus pies y mirando su reflejo sobre el agua con tristeza. ​—¿Por qué escapas todas las noches del castillo? —dijo el pelinaranja al ver a Chigiri en el estanque. —No me estoy escapando —dijo el príncipe—. Correr y estar en el lago me da mucha paz ante la presión que siento —agregó en tono bajo. ​Kunigami se acercó al estanque, sentándose al lado del príncipe. Las palabras del chico lo confundieron un poco. ​—¿Te gustaría hablar de lo que te aqueja conmigo? —dijo ​El pelirrojo miró al caballero a los ojos. De alguna manera, sentía mucha confianza al estar cerca de aquel musculoso hombre de pelo anaranjado, como si fuera su escudo y lugar seguro. ​—Dentro de poco me voy a casar —confesó el príncipe— con alguien que no conozco. —La presión del matrimonio debe ser difícil —murmuró Kunigami. —Lo es —respondió en voz baja—. Tengo que llevar clases de baile que no me gustan y, lo peor, es que mi madre arregló la boda sin comunicarme nada —frunció levemente el ceño. —Me imagino cómo debes sentirte. —El caballero acarició la mano de Chigiri sobre el césped—. Casarse sin amor es un destino a la infelicidad. —Gracias por escucharme, Rensuke. —El príncipe apoyó su cabeza en el hombro del pelinaranja, quien no se apartó al sentir el peso del ojirosa en su cuerpo. —Es mi deber como caballero estar para lo que necesites, majestad —murmuró Kunigami. —No seas tan formal conmigo —Chigiri alzó la ceja, aún apoyado en el hombro del caballero— Puedes decirme Hyoma. —No sería correcto referirme a usted de esa forma —dijo Kunigami en voz suave. —Te conozco desde meses atrás —el príncipe lo miró—. Me salvaste en el bosque y me tratabas con más confianza. —Porque no sabía que eras un príncipe —respondió el caballero retirando su mano de la piel del pelirrojo—. Perdón por ser tan confianzudo contigo. ​Con un movimiento rápido, Chigiri se abalanzó sobre Kunigami ocasionando que cayeran juntos al lago. El caballero gruñó al sentir la humedad del agua en todo su cuerpo; no pensó que el príncipe lo empujara de esa manera. ​—¡Oye! No puedo mojarme —se quejó Kunigami, flotando en el lago. —Ven a nadar conmigo. —Chigiri se quitó la capa y la lanzó al césped, nadando hacia el pelinaranja—. ¿O le tienes miedo al agua? —No tengo miedo —dijo el pelinaranja quitándose su capa y armadura, quedando solo en túnica—. Nado mejor que tú. —Y chapoteó hacia el príncipe. Ambos nadaron entre risas, buscando quién era más veloz en el lago, salpicándose agua mutuamente, moviéndose en forma de círculo, como si fueran una pareja de peces con la luna iluminando sus siluetas. ​Kunigami nadó hacia el borde del lago reposando sus anchos brazos en el césped; sonrió al sentir que Chigiri lo abrazaba por detrás, aún en el agua. ​—Ha sido entretenido nadar contigo —dijo el pelirrojo. ​—Lo mismo digo —respondió Kunigami, volteando su cabeza para observar al príncipe; las hebras rojizas que adornaban su cabeza estaban mojadas. ​—Es muy tarde —el caballero alzó su vista, notando que la luna estaba en su punto más alto en el cielo—. Mejor salimos del agua. ​—Yo quiero nadar un poco más —Chigiri hizo una mueca, rompiendo el abrazo ​—Te enfermarás si estás en el agua tan de noche —Kunigami se volteó, dando la cara hacia el príncipe—. Mañana podemos seguir jugando en el lago, ¿te parece? —agregó en tono suave. ​—Por supuesto, héroe —dijo Chigiri, acercándose al borde del lago para luego subirse a tierra firme. ​El caballero le siguió los pasos al pelirrojo, que aprovechó el viento que sentía en su cuerpo para recostarse en el césped al lado del príncipe. ​—Esa nube parece formar un corazón —dijo Chigiri, señalando con su dedo el cúmulo en el cielo. ​—Un corazón hecho de agua —bromeó Kunigami. ​Las manos del caballero y el príncipe se rozaron al señalar la extraña nube; ninguno se apartó, sentían tanta comodidad al calor del otro. ​—Kunigami —susurró Chigiri con suavidad—, ¿qué te impulsó a convertirte en caballero? ​— El anhelo de servir a mi tierra —respondió el pelinaranja mientras se incorporaba— una forma de dejar una huella en este mundo. ​—¿Y acaso ese deber incluye protegerme? —El pelirrojo arqueó una ceja, dedicándole una sonrisa llena de picardía. ​—Bajo mi juramento ante la Reina —la voz del caballero cobró firmeza —, mi deber es entregar mi vida por ti y convertirme en tu escudo ​— te debo mi gratitud —el príncipe se sentó para quedar frente a él. Apenas cinco centímetros  separaban sus rostros—. Gracias por escucharme y ser tan atento ​Kunigami sintió que el corazón se le desbocaba al contemplar las facciones de Chigiri con una cercanía : sus pestañas eran largas y encendidas como el color de las fresas, sus ojos rosados centelleaban y sus labios poseían el brillo de una estrella . ​—Hyoma es hermoso —pensó el caballero mientras un rubor intenso le encendía las mejillas— como una princesa. ​ Inconscientemente , ambos acortaron la distancia. Sus labios, suspendidos en un suspiro, estuvieron a punto de rozarse . Sin embargo, la razón se impuso en la mente de Kunigami, obligándolo a retroceder y alejarse del joven pelirrojo. ​Él no era más que un siervo de la nobleza y Chigiri era un príncipe; un ser divino al que sus manos no tenían derecho a tocar. ​—Debemos regresar al castillo — ordenó Kunigami poniéndose de pie, intentando ocultar el rastro del sonrojo— es mejor que te despojes de la ropa húmeda y descanses. ​—Es verdad —asintió Chigiri, reincorporándose con elegancia —. Siento el peso de estas vestiduras empapadas. ​Kunigami caminó hacia el corcel que pacía tranquilamente en la cercanía. Tomó las riendas para guiar al animal hacia el príncipe y, con un gesto reverente, le ayudó a montar al equino.         ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ Los minutos se desvanecieron entre los susurros del bosque , vencido por el cansancio, Chigiri se entregó al sueño sobre el lomo del animal; sus brazos se mecían con una delicadeza  al compás del trayecto. Kunigami, con una devoción silenciosa, velaba para que ningún sobresalto perturbara su descanso, cautivado por la vulnerabilidad y la ternura que el príncipe irradiaba en su letargo. ​Al alcanzar los muros del castillo, Kunigami se aproximó con sigilo y, con una fuerza que contrastaba con su extrema cautela, tomó al joven en sus brazos sin romper el hilo de sus sueños. Atravesó los pasillos en penumbra hasta depositarlo, con la ligereza de una pluma, sobre el colchón de su alcoba. ​El caballero se apoyó contra uno de los tallados doseles de la cama para recuperar el aliento. Fue entonces cuando advirtió que las vestiduras de Chigiri aún conservaban la humedad del lago. ​—Si permanece bajo este frío tejido, la enfermedad no tardará en alcanzarlo —murmuró para sí mismo. Una duda punzante atacó su mente: ¿sería una traición despojar al príncipe de su túnica? Sin embargo, la lealtad hacia su bienestar se impuso—. Solo lo hago para proteger su salud —se justificó el pelinaranja mientras retiraba, con manos temblorosas, el calzado del joven. ​Con movimientos que buscaban no profanar la piel del noble, Kunigami desató el cinturón de oro y retiró la túnica empapada, dejando al príncipe únicamente en sus braies. Tomó una tela de algodón cercano y comenzó a secar la piel de Chigiri, recorriendo su figura con una delicadeza casi devota. ​Al buscar en el armario, halló una túnica de lino blanco. Desconocía los hábitos del príncipe al dormir, pero su honor le impedía dejarlo expuesto, por lo que procedió a vestirlo con la prenda nívea. Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en la pierna derecha de Chigiri: cerca de la rodilla, una cicatriz profunda marcaba su piel. Los dedos del caballero rozaron la marca con una mezcla de curiosidad y una punzada de preocupación en el pecho. ​—Espero que el dolor sea un recuerdo—susurró mientras terminaba de asegurar la túnica. ​Tras acomodarlo en el centro del lecho, lo arropó con una pesada manta de color guinda, asegurándose de que el calor lo abrazara, Se permitió observarlo un instante más; incluso sumido en el sueño, Chigiri tenia una belleza resultaba abrumadora Kunigami deslizó sus dedos por la mejilla del joven hasta alcanzar su cuello blanquecino, apartando las hebras escarlatas como quien guarda un tesoro. ​En un impulso que nació más allá de su voluntad, depositó un beso fugaz en la nuca de Chigiri. ​—Descansa, princesa —pronunció antes de alejarse, su corazón  latia con fuerza contra sus costillas. ​Al retirarse hacia el ala oeste del castillo, el caballero se cuestionaba su propia accion . ¿Por qué  había besado al pelirrojo ? ​—Esto no debió suceder —gruñó al entrar en sus aposentos— no se que me pasa . ​Buscó calmar el torbellino de sus pensamientos mediante respiraciones lentas y profundas. Se despojó de su armadura de plata y de sus propias vestiduras húmedas, cubriendo su musculatura con una túnica sencilla de descanso. ​—Mañana será un nuevo día —se convenció al recostarse. ​Finalmente, el sueño reclamó también al caballero. Mientras tanto, la luna permanecía como testigo silencioso , velando por ambos y por aquel sentimiento que  comenzaba a brotar entre el deber y el deseo.        ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ Al alba, Chigiri entreabrió los ojos con pesadez, perturbado por los haces de luz que se filtraban por la ventana e inundaban su lecho. Estiró sus extremidades con la elegancia de un gato antes de incorporarse sobre el colchón; sin embargo, la bruma del sueño se disipó de golpe al percatarse de un detalle inquietante. ​Recordaba haber estado nadando con Kunigami y haber caído rendido sobre el lomo del caballo. No vestía su túnica real, sino sus ropajes de descanso. ​—¿Cómo he llegado hasta aquí? —murmuró, mientras sus dedos se hundían con fuerza en las sábanas. ​Un golpe seco en la madera interrumpió su desconcierto. ​—¿Estás despierto, Chigiri? —preguntó Isagi, entrando a la habitación. ​—Sí —respondió el príncipe, abandonando el lecho . ​—Espero que tu descanso haya sido reparador —Isagi se dirigió al guardarrropa para extraer una túnica de seda azul con bordado de oro—. La reina solicita tu presencia en el salón del trono; asegura que se trata de un asunto de suma importancia. ​Chigiri, tras recomponer su figura, abandonó sus aposentos y se encaminó hacia el trono. Allí halló a su madre, quien escuchaba con atención la melodía de un salterio. ​—Buen día, madre —saludó él, ejecutando una  reverencia. ​—Buen día, hijo —la reina alzó la mano, ordenando el silencio inmediato del instrumento—. Debo comunicarte algo. ​— te escucho. ​—Mañana vender tu prometida para el encuentro formal —anunció la soberana con una sonrisa —. La princesa de Sarthorn. ​—¿Mañana? —el rostro del pelirrojo se contrajo en un gesto de incredulidad. ​—En efecto , te exijo que seas atento con ella; la boda se celebrará en apenas dos semanas. ​—¡Es un plazo demasiado prematuro! —estalló Chigiri, incapaz de ocultar su indignación. ​—Disiento —replicó la reina con firmeza—. Es tiempo suficiente para que congenies con tu futura esposa. ​—No deseo contraer nupcias de esta manera —sentenció el príncipe, apretando los puños ​—Lo hago por tu bienestar y el de nuestro pueblo —sentenció la mujer—. Así aseguraremos el linaje y la prosperidad comercial de Arcelia bajo la influencia de Sarthorn. ​Incapaz de contener la impotencia que le oprimía el pecho, el pelirrojo dio media vuelta y abandonó la sala. En su huida, apartó bruscamente a un sirviente que se cruzó en su camino, dirigiéndose con paso errático fuera de los muros del castillo. Solo tenía un objetivo: encontrar a Kunigami. El agudo oído de Chigiri captó el eco de unos gritos que quebraban la calma del palacio. Guiado por el ruido, se dirigió a los jardines reales, donde sus ojos dieron con una silueta que conocía a la perfección, allí estaba Kunigami, enfrascado en un duelo de entrenamiento; con un movimiento magistral, se alzó como vencedor y una sonrisa iluminó su rostro. Sofocado por el ardor del combate, el caballero se despojó de su pesada armadura, quedando únicamente en su túnica interior, la cual dejaba al descubierto la firmeza de su pecho. ​ La frustración que oprimía el pecho del príncipe se disipó al instante ante aquella visión, la luz del sol, inclemente, arrancaba destellos dorados de la piel de Kunigami, mientras el rastro del sudor que descendía por su espalda se convertía en una tentación irresistible para el pelirrojo. Sin percatarse de su propio gesto, Chigiri se mordió el labio, cautivado por la imponente presencia del guerrero. ​Al notar la presencia del príncipe, Kunigami alzó un brazo en un saludo informal; su compañía siempre le resultaba un bálsamo necesario. Tras secarse el sudor, volvió a colocarse la coraza para recuperar su compostura. ​—¿Qué te trae por aquí ? —bromeó Kunigami con una chispa en la mirada. ​—  verte —confesó el príncipe con una honestidad punzante—, y de paso, obtener respuesta a una duda que me inquieta. ​—Soy todo oídos —declaró el caballero. ​—¿Fuiste tú quien me llevó a mis aposentos anoche? —inquirió Chigiri, dando un paso hacia él—. ¿Y quien se atrevió a despojarme de mi túnica real? ​El rostro de Kunigami se encendió como una rosa ante la pregunta. Un ligero temor le recorrió la espalda: ¿sería castigado por tal osadía, a pesar de sus nobles intenciones? ​—Sí, pero... —titubeó, perdiendo por un momento su temple habitual—, no hubo mala intención en mi gesto... ​Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cuando unos brazos delicados lo rodearon con determinación, Chigiri hundió su rostro en el pecho del caballero, buscando refugio en su calidez. ​—Sabes... —susurró el príncipe, alzando la vista sin romper el abrazo—, resultas adorable cuando pierdes la compostura , gracias por cuidar de mí anoche. ​Kunigami exhaló un suspiro de alivio, aunque su corazón latía con una fuerza desconocida ante la cercanía del pelirrojo, acarició con una ternura  los cabellos de Chigiri antes de  guardar, con esfuerzo, la distancia entre ambos ​—Es mi deber sagrado velar por ti  —respondió, recuperando la firmeza en su voz. ​—¿Me concederías el honor de cabalgar conmigo? —propuso Chigiri, con un brillo en los ojos. ​—Nada me complacería más —sonrió Kunigami. ​Ambos se encaminaron hacia los establos, donde los corceles aguardaban impacientes. Con la ayuda del caballero, Chigiri montó su montura antes de que Kunigami hiciera lo propio con su equino. Aquel paseo no solo sería un alivio para el príncipe, sino un refugio para ambos frente a las tormentas que se avecinaban.       ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ Aquel paseo fue un bálsamo para el príncipe, quien no dejaba de reír ante los relatos ocurrentes y las anécdotas de Kunigami. Mientras cabalgaban, sus manos se buscaban en roces furtivos y juguetones, como si el destino intentara unirlos Sin embargo, el sol se ocultó con una rapidez cruel, y Kunigami se vio obligado a escoltar al pelirrojo de vuelta a la fortaleza para su descanso. ​Al dia siguiente , la atmósfera en el castillo cambió. Chigiri se hallaba en el salón del trono, erguido junto a su madre, para recibir a la heredera de Sarthorn. ​ La joven princesa hizo su entrada escoltada por su padre, el rey Seth. Idra poseía una cabellera castaña que recordaba al color de las nueces y unos ojos que centelleaban con una ilusión al posarse sobre el célebre príncipe. ​—Es un honor conocerla, vuestra majestad —saludó la princesa con una reverencia perfectamente ensayada. ​—El honor es nuestro —la reina sonrió con satisfacción— mi futura nuera. ​Chigiri se adelantó, tomando la mano de la joven para depositar un beso , un mero formalismo real, antes de sostenerle la mirada. ​—Bienvenida al reino de Arcelia —murmuró con voz monocorde—. Mi nombre es Hyoma. ​—Idra —respondió ella con una sonrisa — ese es mi nombre. ​—No me cabe duda de que esta unión traerá gloria a nuestros reinos —exclamó Seth, complacido al ver a los jóvenes juntos. ​El salón estalló en un estruendo de aplausos , los reyes brindaban por el inminente enlace, mientras que el corazón de Chigiri se marchitaba ante aquel espectáculo vacío. Mantenía una sonrisa gélida, una máscara de porcelana  para acallar los rumores y satisfacer a la nobleza, aunque por dentro solo sentía soledad. ​Con el paso de los días, ambos compartieron caminatas por los jardines y las veras del castillo. No tardó Hyoma en descubrir la verdadera naturaleza de su prometida: Idra era poseedora de una belleza física incuestionable, pero su alma era superficial y soberbia. Su desprecio por los subordinados era constante; llegó al extremo de empapar las vestiduras de Isagi solo porque el sirviente le había presentado los alimentos a una temperatura que ella consideraba inadecuada ​—Basta ya de este trato hacia mis siervos —sentenció el príncipe, con el ceño fruncido —. Isagi es uno de mis confidentes más leales , Te exijo que le muestres el respeto que merece. ​La princesa asintió con una mueca , una sumisión fingida que no ocultaba su desagrado. ​Mientras tanto, en las sombras de las columnas, Kunigami permanecía como un espectador silencioso de aquel martirio. Sus ojos marrones  notaban lo que el resto ignoraba: la incomodidad de Chigiri, la tensión en sus hombros y, lo más doloroso de la situacion , el rastro de las lágrimas que el príncipe derramaba en secreto cuando creía que nadie lo observaba.        ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ Se acercaba poco a poco el día de la boda. ​Era de noche; Chigiri no aguantó más y se escapó de sus aposentos para ir al lado oeste del castillo. Quería hablar con Kunigami. ​La puerta de la habitación del caballero estaba abierta , el pelinaranja observaba la luna desde su ventana para ordenar sus pensamientos; se volteó al darse cuenta de que alguien entró a su lugar de descanso. ​—Hyoma —murmuró el pelinaranja—. No deberías estar aquí; sabes que no es correcto. ​—Lo sé —respondió el joven para luego abrazar al fornido chico—. Detesto las reglas de los nobles; no me vería obligado a casarme. ​—No digas eso —Kunigami bajó la mirada—. Eres un príncipe. ​—Que no puede amar con libertad —agregó Chigiri en voz suave—. Desde que te conocí he sentido mucha felicidad —se acercó aún más al rostro del caballero— y descubrí el amor. ​El pelirrojo besó los labios de Kunigami; un beso casto que se convirtió poco a poco en un beso cargado de deseo mutuo. Aquella acción terminó por fragmentar la última barrera entre ambos. Los labios del caballero se fundieron con el compás del príncipe, en un duelo de lenguas que trazaban círculos desesperados, buscando el dominio de un aliento compartido; era Kunigami quien, con una fuerza contenida, reclamaba el control de aquel instante robado. ​Chigiri se vio obligado a romper el beso, sofocado no solo por la falta de oxígeno, sino por el peso de la realidad que los aplastaba. ​—No soy digno de usted —sentenció el pelinaranja, con el rostro encendido y la voz quebrada por el miedo —. Y mañana te entregarás en matrimonio . ​—¿Acaso crees que el estatus tiene algún valor para mi alma? —Chigiri acunó  el rostro del caballero entre sus manos—. Tienes manos como las mías; somos dos seres humanos a los que solo intenta separar una ley vacía de los hombres. ​La confesión del príncipe golpeó el pecho del pelinaranja, provocando que su corazón diera un vuelco violento. Sin poder contenerse más, sus manos descendieron con firmeza hasta su cintura, elevándolo en el aire para estrecharlo contra su cuerpo. ​—Te amo —susurró Kunigami, depositando un beso cargado de promesa y dolor en la frente del príncipe, mientras lo sostenía como si fuera su único refugio. ​—Y yo a ti —gimió Chigiri, rodeando con sus piernas las caderas del caballero, anclándose a él. ​Sus miradas se entrelazaron una última vez antes de caer en  un nuevo beso, uno más voraz, más amargo y desesperado; como si cada roce fuera un intento de detener el tiempo antes de que el destino los reclamara.                              ...... Sin romper el beso, Kunigami se encaminó hacia la cama con el príncipe entre sus brazos, depositándolo con suavidad en su humilde lecho  sin apartarse de su cuerpo. Los labios del caballero dejaron la boca de su amante para bajar hacia el cuello , dejando besos húmedos en la piel tersa que se estremecía por la atención del pelinaranja. —¿Estás seguro de seguir? —preguntó acariciando la mejilla del príncipe con su dedo pulgar. Chigiri besó el pulgar del contrario. Sus ojos brillaban como estrellas en el cielo. —Sí —murmuró suavemente—. Esta noche es solo nuestra. Kunigami sonrió, besó los labios del pelirrojo con pasión acomodándose encima de él sin aplastarlo. Poco a poco las vestiduras del par de amantes cayeron al suelo, la túnica de Chigiri estaba al borde de la cama, a punto de caerse debido al movimiento de su dueño con su acompañante. Jadeos suaves y el ruido de fricción de piel llenaron el aposento del caballero, que exploraba con devoción el cuerpo desnudo del príncipe, acariciaba los glúteos y dejaba mordidas en la nuca de Chigiri, como prueba de que él le pertenecía. El pelirrojo trató de taparse la boca para no gemir tan fuerte, pero Kunigami entrelazó sus manos con las de él. —No me prohíbas escucharte gemir —murmuró el pelinaranja al oído del príncipe—. Ese sonido es mi favorito en este momento. Kunigami besó la nariz de su amante, que soltó un ligero gemido por las sensaciones que su cuerpo experimentaba. Continuó tocando a Chigiri hasta llegar a su pierna derecha, donde al ver la cicatriz acercó sus labios para depositar un casto beso. —Ren… —jadeó el pelirrojo—. Eres tan perfecto. —Y tú muy hermoso —susurró el caballero. En un movimiento de piernas, el príncipe invirtió la posición en la que estaba, quedando encima de su amado. Las manos de Chigiri se deslizaban en el pecho marcado y desnudo de Kunigami acompañadas de un recorrido de pequeños besos que bajaban poco a poco hasta la ingle. —Hyoma —soltó un gruñido por las caricias del príncipe a su grueso pene —¿Te gusta? —murmuró el pelirrojo, rozando con su dedo pulgar la punta del miembro de Kunigami. —Joder —gimió—. Me estás provocando. Chigiri al oír las palabras del caballero sonrió. Su cabeza bajó hacia los genitales del pelinaranja, que sentía el aliento de su pareja rozar su pene hasta envolverlo por completo con sus labios. Kunigami dejó escapar un gruñido por las succiones del príncipe. Aquella boca húmeda recorría desde la raíz hasta la punta su dureza que lo estaba volviendo loco de placer. Enredó sus dedos en los cabellos de Chigiri, empujándolo a un ritmo suave en aquella mamada. —Se siente tan bien —gimió el caballero deleitándose ante la vista que tenía del pelirrojo lamiendo su pene como si fuera un dulce. Por su parte, Chigiri siguió con la acción, notando que el cuerpo de Kunigami se tensaba, lo que significaba que iba a llegar a su límite. Dejó de lamer por unos segundos para respirar y ver el rostro de su amante: las mejillas del caballero enrojecidas, su pecho musculoso que desprendía un ligero sudor y su sonrisa , le era excitante al príncipe tenerlo de esa manera. Kunigami posó sus dos manos en las caderas del pelirrojo para dejarlo boca abajo sobre la cama y lo abrazó por detrás, cubriendo de besos los hombros desnudos del chico. Sus dedos bajaron hacia la entrada de su pareja, dilatándola con movimientos circulares para lo que se venía. —Ren —gimió Chigiri al sentir que el pelinaranja rozó su zona dulce—. Te necesito —agregó moviendo sus caderas. —Y yo aún más —susurró Kunigami retirando sus dedos del interior del príncipe para reemplazarlos por su órgano, que se deslizó con suavidad. Chigiri soltó una lágrima dolo-placentera por lo que entraba en su trasero, le era desconocido lo que estaba experimentando, pero no se arrepentía de nada. Sus ojos se abrieron aún más cuando Kunigami dio una pequeña embestida a su próstata que le arrancó un gemido cargado de placer. —¿Estás bien, Hyoma? —dijo el pelinaranja en el oído del príncipe con un tono de preocupación—. Si no te gusta, podemos parar y… —No te atrevas —el pelirrojo buscó los labios del contrario para dejar un beso—. Quiero disfrutar de esto a tu lado. Kunigami en respuesta entrelazó sus manos con las de Chigiri con fuerza para que se sintiera seguro y volvió a empujar su miembro dentro del príncipe. La cama rechinaba debido a los movimientos intensos de la pareja, que jadeaban al unísono sus nombres, nublados por el amor y placer que sentían en ese momento. El caballero gruñó con fuerza acelerando sus embestidas al sentirse abrumado por el orgasmo que invadía su cuerpo. —Princesa, te amo tanto —dijo Kunigami dando su última embestida, corriéndose dentro de su amante. —Ren —Chigiri volteó su cabeza hacia atrás para verlo, sin importarle que cierta viscosidad blanca bajaba de su trasero—. Te amo aún más. Ambos se besaron con pasión , sus manos aún seguían juntas sin intenciones de separarse, como si fueran un solo ser, pero la posición en la que estaban los obligó a romper el contacto. Kunigami dejó los labios de Chigiri y se separó de él, saliendo de su interior para recostarse a un lado de la cama, soltando un suspiro de cansancio al que el príncipe buscó su cuerpo para acurrucarse contra su pecho desnudo.                               .... La habitación estaba sumida en la oscuridad; solo se escuchaban las respiraciones del par de amantes que sonreían, robándose caricias y besos cortos, disfrutando de la noche hasta que ambos cayeron bajo el sueño con una felicidad dentro de sí. ​Con el transcurrir de las horas, Kunigami  despertó en plena madrugada, Se sentía ligero, pero la realidad golpeó su mente como si fuera una herida de espada. ​A su lado estaba aquel ser que juró proteger y ahora lo había marcado de una manera muy íntima; la sábana apenas cubría la desnudez del príncipe, que dormía acurrucado en su pecho. ​La culpa invadió la mente del caballero, que se sentó en la cama. Posó sus manos en su cara como protección ante aquel sentimiento de reproche que sentía hacia sí mismo; inevitablemente, sus ojos se llenaron de lágrimas. ​—¿Qué pasa, Ren? —Chigiri se despertó de su sueño por el movimiento del pelinaranja, acercándose a su lado envuelto en la sábana de la cama. ​—Perdóname —Kunigami acaricio una de las manos del contrario—. Debí protegerte y yo te... ​El caballero no logró terminar de hablar al sentir que el príncipe dejaba un beso corto en sus labios, soltando una lágrima. ​—No me pidas eso —el pelirrojo sonrió—. El amor duele —Abrazo a su amante con fuerza—. No sé qué haría sin ti. ​Tanto Chigiri como Kunigami rompieron en llanto. Las manos del caballero rodearon la cintura del joven, aferrándose a él como si ese instante fuera el único en su vida; sentía la humedad en su pecho debido a las lágrimas que caían de los ojos del príncipe. ​—Dentro de unas horas te casarás —dijo Kunigami con tristeza. ​—No me lo recuerdes —respondió Chigiri, bajando la mirada. ​—Es mejor que descanses —Kunigami dejó de abrazarlo—. Yo... ​—Espérame en el estanque a mediodía —dijo el pelirrojo—, con un caballo. ​—¿Por qué? —Al pelinaranja se le hizo rara la petición del príncipe. ​—Solo hazlo —ordenó Chigiri, recostándose de nuevo con él en la cama—. No vayas con armadura al estanque; con una vestimenta simple basta y sobra. ​—De acuerdo —respondió Kunigami, dejando un beso en la coronilla del pelirrojo. ​Ninguno habló más; solo se quedaron enredados en la cama, aprovechando la oscuridad como un lugar seguro para amarse, porque sabían que, al amanecer, el destino estaría en juego.       ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ Los rayos del sol iluminaron el reino de Arcelia con fuerza; el pueblo estaba rebosando de alegría por la boda del príncipe con su prometida. Cantos en coro y bailes se divisaban por los rincones de los plebeyos. ​Sin embargo, en el castillo, el sentimiento era distinto. ​Chigiri estaba en sus aposentos terminándose de asear; cepillaba su húmedo cabello rojo, tomándose el tiempo para ordenarlo y secarlo. ​Al levantar un mechón de su pelo, sintió un ardor al rozar sus dedos en su nuca: era la mordida que había dejado Kunigami anoche, aún fresca en su ser. ​La mente del pelirrojo se llenó de recuerdos vívidos: las caricias del caballero, sus palabras cargadas de afecto y el beso que se dieron como despedida al amanecer. ​—Yo puedo cambiar mi destino —dijo, vistiéndose con una túnica de aspecto ordinario en lugar de usar su ropa diseñada para la boda. ​El príncipe se colocó una capa oscura y salió de su habitación. En sus manos tenía una bolsa de cuero que contenía sus joyas de oro y un pan fresco. Se encaminó hacia el jardín, donde vio a Isagi tomando una flor morada de un arbusto. ​—Felicidad para usted —dijo Isagi, cediéndole la planta al pelirrojo—. En dos horas será su boda. ​—Sabes que te considero un amigo —Chigiri tomó la mano del sirviente para dejar un girasol medio seco—. Prométeme que cuidarás de mi madre y serás fiel a sus órdenes. ​—¿Pasa algo, Hyoma? —titubeó el peliazul, confundido por las palabras del contrario. ​—Solo promete eso —ordenó el príncipe en tono firme—. Es lo único que te pido. ​—Lo juro por nuestra amistad y este girasol —Isagi apretó la flor amarilla en sus manos en señal de afirmación a la petición de Chigiri. ​—Te lo agradezco —dijo el pelirrojo para luego darse la vuelta. ​—¿A dónde va? —preguntó el sirviente. ​—A pasear al bosque —dijo el príncipe—. Es solo para despejar mi mente un poco para la boda. ​Isagi, al escuchar al pelirrojo, siguió con lo suyo, ignorando que en las palabras de su amigo se escondía una mentira.                              ​ . . . ​Las horas transcurrieron. Idra esperaba a su prometido con su padre en la sala del trono para la ceremonia; los nobles empezaron a hablar sobre la ausencia del príncipe. ​—¿Dónde está Chigiri? —preguntó la reina a uno de los sirvientes con preocupación. ​De pronto, la puerta se abrió de manera escandalosa. Dos guardias entraron dirigiéndose a la gobernante. ​—El príncipe fue visto en el bosque con un sujeto de pelo anaranjado —dijo uno de ellos. ​—El hombre subió a su hijo a un caballo —agregó su compañero. ​—¡Secuestraron a mi hijo! —gritó la reina—. ¡Vayan tras el hombre que se llevó al príncipe! ​—A sus órdenes —respondieron los guardias. ╞═══════╡𐚁⭑╞══════╡ ​ ​Mientras en el castillo la noticia del secuestro llenaba de angustia a la reina y a los nobles, en el bosque la atmósfera era otra. ​Kunigami estaba con Chigiri montados en el caballo; ambos reían y se besaban mirando la naturaleza. El ojirosa le había propuesto a su amante irse de Arcelia a otro lugar en donde no los conocieran, lo cual el pelinaranja aceptó por amor al príncipe. ​—¿Extrañarás tu vida en el castillo? —susurró Kunigami en la oreja del pelirrojo. ​—Tal vez un poco —confesó Chigiri—. Ya no veré más a mi madre ni a mi amigo, pero deseo ser feliz a tu lado. ​Los labios del caballero se posaron en los del fugitivo príncipe, disfrutando el tacto y calor de su amante hasta que un sonido alertó al par, que se separó para observar a sus alrededores. ​Era una flecha que cayó en un árbol, muy cerca de su ubicación. Kunigami supo que estaban en peligro. ​—El príncipe está ahí —gritó el guardia Sae al ver a la distancia al pelirrojo con su acompañante, que le resultó familiar por su cabello—. ¡Traiganlos a ambos! ​El pelinaranja aceleró el paso del caballo para avanzar hacia la frontera de Arcelia y cruzar el río. Chigiri se aferraba a la espalda ancha de su amado, que dirigía la dirección del animal a gran velocidad. ​El sonido de armas y gritos de varios soldados de la guardia real ponía nervioso a Chigiri; al voltear, notó que un caballo montado por un hombre de pelo rubio y piel oscura se acercaba peligrosamente a él. ​—¡Eres un traidor, Kunigami! —gritó Shidou, apuntando una flecha hacia el animal que montaba el pelinaranja—. ¡Y lo pagarás! —agregó con una risa, soltando el ataque que dio justo en donde deseaba herir. ​El corcel que cargaba al excaballero y al príncipe cayó herido hacia el río Myum junto con los fugitivos. Chigiri trataba de nadar hacia su pareja, que intentaba liberar su brazo, el cual había quedado atascado con una piedra. ​—Hyoma, huye por favor —pidió el pelinaranja, aún flotando en el agua—. Los guardias vendrán por ti. ​—No te dejaré —respondió, tratando de mover la piedra—. No puedo dejar al amor de mi vida. ​Usando sus manos y con ayuda de una rama gruesa, Chigiri movió la piedra liberando a Kunigami. Ambos se abrazaron en el agua sin percatarse de que venía hacia ellos una corriente feroz del río que los empujó de manera violenta. ​Los guardias, al no encontrar al príncipe ni al caballero en las orillas del río, se dirigieron de vuelta al castillo donde, al informarle a la reina, ella dio por fallecido a su querido hijo. ​El reino de Arcelia estuvo semanas en duelo por la pérdida del heredero; Isagi se mantenía al lado de la soberana para brindarle apoyo emocional y que no se sintiera sola. ​—Él era mi luz —dijo la reina, soltando una lágrima—. Espero que en donde esté sea feliz. ​—Estoy seguro de que sí —respondió el peliazul, viendo el retrato de su amigo en la pared. Tenía la corazonada de que Chigiri estaba bien y tenía un buen escudo de apoyo. ​Y era cierto. ​En un valle frondoso, había un dúo joven que cultivaba rosas para intercambiarlas por comida a los viajeros que venían al lugar por comercio. ​—Estas flores te las puedo cambiar por unos panes frescos —dijo el pelirrojo, tratando de convencer al mercader—. Si tienes esposa, le encantará. ​—Acepto el cambio —el hombre de contextura ancha le cedió una cesta de panes al contrario. ​—¡Que tenga un buen viaje a Arcelia! —exclamó alzando la mano como despedida. ​—¿Conseguiste el trueque? —murmuró Kunigami, abrazando por detrás a Chigiri. ​—Obvio que sí —asintió, dejando un beso en la mejilla del fornido chico—. Gracias por no irte de mi lado —susurró en tono suave. ​—Juré que sería tu sombra y que daría mi vida por ti —respondió el pelinaranja—. ¿Recuerdas cuando ambos llegamos aquí? ​—No lo olvido —Chigiri se volteó para mirarlo a los ojos—. Al despertar estaba mojado y encima de ti, luego de que el río nos llevara lejos. ​—Antes, mi motivación al ser caballero era dejar mi huella en este mundo, pero... —acarició la mano del pelirrojo— eso cambió al conocerte, porque mi corazón se llenó de color rosa por ti. ​Las palabras de Kunigami hicieron que Chigiri sintiera un vuelco de emoción. Incapaz de seguir quieto, abrazó el cuerpo de Kunigami soltando sollozos de alegría . El pelinaranja tomó la mano de su amado, besando los nudillos uno por uno en señal de que estaría siempre para él. ​En un mundo de leyes vacías por los humanos, dos almas habían encontrado un lugar donde ya no eran un príncipe y un caballero; eran solo dos seres que tenían un sentimiento mutuo y estaban dispuestos a todo por amor.
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