Prohibido Acelerar

Gen
G
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2 páginas, 793 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1

Ajustes
En la carretera de Ashford, cuatro jóvenes conducen una vieja camioneta una noche de tormenta. Dos chicas y dos chicos. La lluvia cae con fuerza sobre el parabrisas, y los faros apenas iluminan el asfalto mojado. La carretera está desierta. No hay señales de luces a la distancia, solo el sonido del motor y el golpe constante de la lluvia. Uno de los chicos, nervioso, mira el velocímetro. “No deberíamos pasar los cien…”, dice, pero la voz le tiembla. Los otros se ríen, sin darse cuenta del miedo que se avecina. Mara, la más callada del grupo, le pide al conductor que reduzca la velocidad. Él niega con una sonrisa tensa. “Solo un poco más rápido. No pasa nada.” La camioneta responde al acelerón, y el sonido del motor retumba entre los árboles que bordean la carretera. Un destello cruza el cielo. El motor tiembla. La lluvia golpea con más fuerza. Entonces, una sombra aparece en el borde de la carretera, apenas visible entre los árboles. Todos miran, pero es demasiado rápido para distinguirse. El conductor no frena; en cambio, acelera un poco más, como desafiando lo que no entiende. De repente, los faros iluminan algo en medio del camino. Un golpe seco, metálico, y la camioneta se sacude. Mara grita, pero su voz se ahoga en la tormenta. El vehículo derrapa y se detiene sobre un charco de agua negra. Todos respiran con dificultad. Nadie se mueve. Nadie dice nada. Uno confiesa que estaba conduciendo sin licencia. Otro, que le había tomado prestado el coche sin permiso. El tercero, que había ignorado las señales de la carretera. Mara los mira, temblando. Ella solo quería llegar a casa, evitar problemas… pero ahora comprende que no se trataba de una simple distracción. Era una prueba. Y alguien más estaba observándolos desde la oscuridad. La camioneta parece quedarse sola en la carretera interminable. Los árboles crujen con el viento, y cada sombra parece moverse por voluntad propia. De pronto, un golpe seco rompe el silencio. Algo cae sobre el techo del vehículo. Cuando todos miran, no hay nadie… pero una marca húmeda y roja aparece sobre la chapa, como si alguien los hubiera tocado. El miedo los paraliza. Cada respiración suena demasiado fuerte, como si el motor hubiera dejado de rugir. La carretera parece interminable, y la tormenta no da tregua. Cada movimiento que intentan hacer es controlado, observado. La velocidad ya no es diversión; es peligro. Mara recuerda entonces la señal que pasaron hacía unos kilómetros: un letrero que decía “Prohibido Acelerar”. Lo habían ignorado. Ahora entendía que no era una advertencia común. No había policías, no había radares. Solo alguien o algo que medía hasta dónde podían llegar. El primer chico intenta abrir la puerta y bajar. El viento y la lluvia lo golpean, pero no hay nada a su alrededor. Solo la carretera vacía y las sombras de los árboles. Una sensación fría le recorre la espalda: no están solos. Nunca lo estuvieron. El segundo intenta encender la radio. Solo se escucha estática. Entre la lluvia, un murmullo parece surgir, una voz baja y distante que repite: “Prohibido acelerar… prohibido acelerar…” Todos se giran, pero no hay nadie. La tormenta lo oculta todo. El tercer chico rompe el vidrio lateral en un intento desesperado de escapar, pero algo invisible lo empuja de vuelta. Grita, y los demás lo sujetan. Mara tiembla. Sus manos están húmedas, pegajosas de sudor y miedo. La velocidad que habían buscado como diversión se ha convertido en terror. Un último relámpago ilumina la carretera. Entre los árboles, una figura alta y delgada los observa. No se mueve, pero está allí. Cada uno comprende que romper la regla de la señal fue un error. Que “acelerar” no era solo un consejo: era la línea que no debían cruzar. El tiempo parece detenerse. La camioneta sigue allí, inmóvil en medio de la carretera, mientras la lluvia los golpea con fuerza. Los jóvenes se abrazan, paralizados, incapaces de hablar. Cada sombra, cada sonido, cada golpe de lluvia es un recordatorio de que están siendo observados. Uno confiesa que quería impresionar a los demás. Otro admite que solo buscaba la adrenalina. La tercera chica susurra que solo quería llegar a casa segura. Mara los mira, temblando. Ella solo quería obedecer, pero ahora comprende que la regla estaba allí para protegerlos de algo que no podían ver. La tormenta continúa, el viento silba entre los árboles, y la figura sigue allí, observándolos, impasible. Nadie puede escapar, nadie puede gritar. Solo queda esperar, con el corazón latiendo en los oídos, mientras entienden que la carretera, la señal, la lluvia… todo era parte de la prueba. Y alguien más sigue allí, en la oscuridad, controlando cada movimiento, esperando a que comprendan la lección: Prohibido acelerar.
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