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Kenichi pensó mucho sobre cómo iba a hacer las cosas. Verán, nunca tuvo la intención de destacar. Es decir, no más allá de cómo lo hacía el niño «inteligente» promedio de buenas calificaciones. En primer lugar, no se preocupaba mucho por involucrarse de forma activa en cosas como la trama, no al menos una vez superada la impresión inicial. Como se dijo, eso estaba a mil kilómetros de distancia, en la ciudad de Domino, y él bien podría ser uno de esos chicos que ganan torneos escolares y luego, al crecer, se dedican a un trabajo tradicional de oficina. O, ya que estaba en Japón, podía apuntar a ser mangaka, escritor de novelas ligeras o desarrollador de videojuegos. Hablando de esto último, ¡este jodido mundo no tenía Tetris! ¿Cómo era posible? ¡Alguien debía arreglar eso! (Quizá el que la revolución rusa fracasara, que Japón hubiera sido aliado en la Segunda Guerra Mundial y que no hubiera habido una Guerra Fría como tal, tenía algo que ver. Pero, aun así, ¡era una tragedia…! Prioridades de jugadores). ¿En qué estaba…? ¡Oh, cierto! El plan de vida de Kenichi. Retomando, había otras ventajas de ser duelista, aunque no llegara a ser profesional. A diferencia de Konami, Ilusiones Industriales no le tenía miedo al éxito, y permitía los premios en efectivo. Incluso para los niños. Por tanto, se podían usar para conseguir efectivo de manera fácil (entre comillas, claro), pese a ser menor de edad, y con eso pagarse una buena carrera… o al menos no depender de sus padres para cosas como mangas y videojuegos. Estaba el pequeño detalle de que, en su vida pasada, nunca fue un duelista competitivo. En su adolescencia no había tenido los medios para comprar «cartón del bueno». Cuando ya era adulto, su trabajo como administrador de una empresa mediana en su ciudad le había absorbido tanto que, pese a tener el dinero para comprar cartas, se limitó a coleccionarlas. Pese a eso, el hecho de tener sus recuerdos del juego de cartas en otra vida le daba varias ventajas sobre los otros niños de su edad. En primer lugar, el juego estaba en su etapa más temprana. Prueba de ello era que los monstruos más fuertes que había visto a sus compañeros de escuela apenas si rozaban los 1600 puntos de ataque. Y si en el otro mundo tener cartas como «Plumero de la Arpía» o «Raigeki» era casi imposible para los niños de primaria (hablando de cartón original), se dio cuenta de que, en este, pese a que estaba en un país de primer mundo, era todavía más raro. ¿La razón de esto? Cartas como las dos anteriores tenían tiradas muy bajas: de unos pocos miles de copias, eso cuando no eran más bien decenas en todo el mundo (y no hablemos de las únicas cuatro copias del «Dragón Blanco de Ojos Azules»). Esto las volvía tan costosas que solo los «profesionales» podían comprarlas. Por supuesto, todavía no existía el término «duelista profesional» y parecía que faltaban algunos años para eso. Esto era una ventaja para Kenichi, ya que, pese a no tener acceso a las cartas más raras, lo compensaba con conocimiento del juego. Y era mucho, porque abarcaba desde antes de la primera banlist del TCG hasta el tercer año de Master Duel. Eso sin contar todo el tiempo que pasó jugando The Eternal Duelist Soul, y los otros juegos de Game Boy Advance, en su teléfono durante esos largos trayectos en el transporte público. Además, era el mejor momento para hacerlo. El primer torneo nacional se jugaría durante el verano. Las tiendas de juegos y novedades no perdieron el tiempo. Llenaron sus anaqueles con cartas sueltas y cajas de sobres de refuerzo. Su primera visita a la tienda de juegos fue muy esclarecedora respecto al panorama actual, al menos entre los niños de primaria. Esto fue lo que Kenichi encontró en la tienda: Muchos monstruos vainilla de poco ataque y nivel alto; y también lo contrario, poco ataque y niveles muy bajos. Poca variedad de cartas mágicas, que se reducían a equipos, los seis campos básicos originales y cartas de destrucción que se centraban en los tipos de monstruos, como «El Último Día de la Bruja» o «Exilio del Perverso». ¿Y las cartas de trampa? Tal vez una o dos entre las muchas cartas sueltas. El hecho era que el juego, pese a ya ser Duelo de Monstruos, tenía la mayoría de sus cartas heredadas de su primer prototipo, Magic & Wizards. Incluso, debido a una falla de comunicación entre las dos ramas de Ilusiones Industriales, la primera tirada de cartas en japonés se imprimió por error con el primer nombre del juego. Kenichi había visto imágenes de las cartas anteriores en un foro de Duelo de Monstruos. Claramente, eran cartas más al estilo de Forbidden Memories y juegos similares. Sin monstruos de efecto (salvo que decidieras jugar rol con tus cartas) y cartas mágicas con textos tipo «gana un Nivel de Poder». ¿Cuánto era un Nivel de Poder? No parecía claro para muchos jugadores. Y de no ser porque, en su vida pasada, había sido jugador compulsivo del ya nombrado Forbidden Memories, quizá él tampoco sabría que equivalía a 500 puntos de ataque y defensa. Además, había muchas confusiones entre los jugadores, ya que, a comienzos del año, Pegasus había anunciado que las cartas de Magic & Wizards eran legales para jugar Duelo de Monstruos. Por supuesto, debía respetarse el nuevo texto y las estadísticas de las cartas que habían sido modificadas en su paso de uno a otro juego. Esto hizo que tuvieran que imprimir un libro de más de cien hojas con los nuevos textos para que los jugadores y los jueces pudieran consultar dichos cambios. Todo era muy surrealista. Era como si Konami se despertara un día y decidiera poner erratas a todas las cartas viejas para adaptarlas al competitivo actual. Kenichi pasó un largo rato pensando en una probable explicación del porqué de hacer las cosas así. ¿No habría sido más fácil solo ignorar esas cartas y seguir? Pero, cuando escuchó la confirmación de los rumores de la existencia del «Dragón Blanco de Ojos Azules», y se enteró de que las cuatro cartas fueron, de hecho, impresas durante la era de Magic & Wizards, algo encajó. Magia. Espíritus. En este mundo, pese a las apariencias, el duelo no era un simple juego de cartas. Se sintió estúpido. ¿Cómo pudo obviar eso? Sentía un temor respetuoso por toda la parte de los Juegos de lo Oscuro, pese a lo cual no consideró la magia como la respuesta. La explicación más simple usualmente es la correcta. Si un hombre inteligente como Pegasus prefería tomar el camino más complicado, y uno que pudo matar al juego, ya que no era el tipo de cosas que los jugadores aceptaban, debía haber un motivo más allá de malas decisiones de negocios. Y la magia, al ser un factor clave en la existencia del juego, debía estar involucrada. Aun así, pese a ese tropiezo inicial, el Duelo de Monstruos estaba creciendo a un ritmo acelerado. Y no solo por el próximo torneo nacional, sino por la publicidad que llenaba las principales calles de ciudades como Tokio. Publicidad con hologramas. Si bien todavía no había rastros de arenas de duelo capaces de generar hologramas, ni mucho menos de los discos de duelo, sí que había decenas de anuncios 3D en las calles de Tokio. Kenichi se sentía como Marty McFly rodeado de monstruos que, de pronto, «saltaban» de los anuncios y casi parecía que podían cortarte con sus espadas o fulminarte con bolas de fuego. Pero, más allá de esa impresión, esto hizo que Kenichi se encontrara aún más confundido. ¿No se suponía que Kaiba no investigaría esa tecnología hasta después de ser penalizado por el faraón? ¿O era acaso que ese mundo se basaba en el segundo anime, ignorando toda la parte inicial del manga? Al final, se encogió de hombros. No era como si la línea de tiempo lo afectara a él, ¿verdad? ¡Ah, la dicha de la ignorancia! Pero, regresemos a esa primera visita a la tienda de juegos. Muchas cosas cobraron sentido para él en esa aventura. Es decir, había notado que sus compañeros se limitaban a intercambiar cartas. Algunos pretendían tener duelos, pero más bien era comparar cuál monstruo tenía más estrellas para definir si «era el más fuerte». Nada de estrategia real… O, para el caso, seguir las reglas. Estuvo casi una hora en la tienda de juegos, y en ese tiempo todos los niños de su edad o cercana que entraban se limitaban a ver las cartas normales exhibidas, esas que a lo mucho valían cien yenes. Elegían el monstruo que les parecía más «terrorífico» o «fuerte», y se iban contentos. Ignoraban las cartas mágicas y las de trampa. Tampoco había tanta variedad de ellas, pero, ¡oigan!, un poco de lógica básica: si están allí y muchas veces son más caras que las cartas de monstruo, es por algo. Los mayores, que jugaban en las mesas, eran más selectivos, y al menos seguían un reglamento. Aun así, todo se sentía muy básico, mucho más de lo que había pensado en un primer momento. Una hora y media después de su llegada a la tienda, Kenichi notó que el dependiente, un chico de unos diecisiete o dieciocho años, por fin se había fijado en él. Lo miraba con una mezcla de curiosidad y fastidio. Considerando lo que había visto, debía resultarle raro el ver a un niño que no se fuera sobre la primera carta de un monstruo «amenazante» que veía expuesta en un mostrador. Era momento de comprar. Estaba a punto de sacrificar tres cuartas partes de sus ahorros, con los que originalmente pensaba usarlos para videojuegos, pero esto era una inversión. Por otro lado, bien podría convencer a su tío para que lo llevara a Akihabara dentro de unos meses, para buscar los juegos que quería en el mercado de segunda mano. Se acercó a la vitrina de las cajas de boosters y se preparó para elegir uno. Entonces, notó algo que no había visto. Una caja diferente, de color verde, con un enorme logo en inglés que ponía «Magic Ruler». El primer paquete de refuerzo de la Serie 2. La caja estaba casi completa. Por su costo, tenía sentido que fuera así. Cada sobre de esa expansión costaba mil yenes. ¡El doble que uno de los anteriores! Había llevado diez mil yenes, así que se decidió: cinco de esos, y los cinco mil restantes con cartas sueltas, las que elegiría en función de lo que obtuviera en los sobres. —Disculpe —dijo—, me gustaría comprar algunas cartas de Duelo de Monstruos. El dependiente lo vio de una manera que solo podría interpretarse como un «Ya era hora». Kenichi lo ignoró y siguió con su compra: —¿Podría darme cinco de esos sobres? —¿De esos? —preguntó el dependiente, sorprendido—. ¿Estás seguro? Tal vez quieras mejor ver las cartas sueltas. Tenemos muchas, a solo veinte yenes cada una. Kenichi frunció el ceño. —Tengo dinero. Sacó varios billetes de uno de los bolsillos laterales de su mochila. Separó los cinco mil yenes y se los mostró. —No se trata de eso, niño… —Pero, ¡voy a pagarte! ¿Por qué importa si son cartas sueltas o boosters? Solo quiero comprar cartas para jugar Duelo de Monstruos. El chico lo miró, conmocionado. Le costó unos segundos recuperarse e ir a abrir la vitrina para sacar los sobres. Para esas alturas, los adolescentes que estaban jugando en las mesas se habían detenido y los estaban mirando. —¿Por qué de estos? —lo cuestionó el dependiente. Todavía debía estar un poco sorprendido de que un niño de primaria no estuviera yendo sobre las cartas comunes de monstruos «geniales» que tenía exhibidas. —La expansión se llama Gobernante de Magia, en inglés. ¡Me gustan los magos! Debe haber magos poderosos allí. A Kenichi le parecía que esa sería una respuesta típica de niño de primer año de escuela primaria. Tomó los paquetes de cartas, le dio el dinero y se retiró a una mesa vacía para ver qué había dentro. Podía sentir las miradas sobre él, y algunos incluso parecían expectantes por ver qué haría a continuación. Tomó el primero y abrió el papel metálico con mucho cuidado: la primera carta fue «El Guardián Fiable», que quizá podría serle útil. Siguió el «Pingüino Caballero», la cual le era indiferente. Luego, el «Kraken de Fuego», útil, al ser un monstruo con 1600 de ATK y nivel 4. La cuarta carta era «Maldición de Demonio», muy útil y molesta en barajas de control. Finalmente, «Hacha del Desespero». Hubo una pequeña conmoción. ¡Un niño de primaria había sacado una carta rara en su primer paquete de refuerzo! Kenichi estaba más que satisfecho. ¡Una de sus cartas clásicas favoritas! Eso tenía que ser una señal de algún tipo. Siguiente: «Colmillo de Serpiente», «Bruja Oscura», «Sastre de lo Voluble», «Kraken de Fuego» y «Explorador Sombrío de Hiro». Otro monstruo para atacar. Además, dado lo temprano que era en el juego, el Explorador sería molesto, aunque con un alto riesgo de mejorar las manos de sus oponentes. De todas formas, si conseguía tirarles buenas cartas mágicas, sería difícil que las recuperaran. Tercero: «Caracol Mecánico», «Arremetida Imprudente», «Griggle», «Tifón del Espacio Místico» y «Energía en Cadena». Había comenzado mal, pero ese Tifón, combinado con otra carta para mermar los puntos de vida, lo mejoraban mucho. Los murmullos a su alrededor demostraban que otros estaban de acuerdo con él en ese análisis. Cuarto paquete: «Goblin Insolente», «Destino Final», «Pez de Metal», «Hacha del Desespero» y «Arquera Roja». Quizá el mejor de todos hasta ahora. A su alrededor, la gente estaba más que emocionada. ¡Otra carta súper rara! Este niño debía ser un «Demonio». Kenichi suspiró en su mente. Los japoneses y su necesidad de exagerar las cosas de esa manera. Finalmente, el último sobre: «Informe del Clima», «Kraken de Fuego», «Pez de Metal», «Goblin Insolente» y «Tortuga Gigante Que Se Alimenta de Llamas». Parecía que su suerte había disminuido un poco. Pero todavía le faltaba ejecutar la segunda parte de su plan. Considerando lo que obtuvo, se desharía de las cartas de control y de la mayoría de los monstruos, para enfocarse en un mazo de agua, el cual mejoraría poco a poco hasta construir un Deck Beatdown. Al menos mientras llegaban sus arquetipos favoritos. Lo mejor, sin embargo, eran las dos «Hacha del Desespero». Podía conservarlas, vender las dos o solo una. Dada su rareza, vender solo una le permitiría comprar muchas más cartas de las que creyó en un primer momento. Por otro lado, su efecto era uno muy bueno en ese punto del juego, en donde la fuerza bruta era por mucho la estrategia más viable. Lo pensó por un rato, considerando todas las opciones. Al final, optó por vender una de las hachas. Una hora después, estaba satisfecho con su primer mazo de cuarenta cartas. Había conseguido las necesarias para un deck muy básico de agua con una capacidad de ataque decente y buena capacidad de robo. Dieciocho monstruos normales de atributo Agua. Quince de ellos con ataques que oscilaban entre los 1000 y los 1600 puntos, y de niveles menores a cuatro; los otros dos de niveles más altos y más de 1800 puntos de ATK. Si bien todavía no había Invocación por Tributo en el juego, quería estar preparado. Además de esos, tenía cinco monstruos de efecto: un «Insecto Come-hombres», tres copias de «Chico Estrella» y el «Explorador Sombrío de Hiro». Quince cartas mágicas, que incluían seis de las cartas que obtuvo en sus boosters. Además de dos copias de «Umi», tres copias de «Caparazón de Acero» y una «Olla de la Codicia». La última resultó que era como las cucarachas y estaba en todas partes… lo cual explicaba muchas cosas. Finalmente, una «Caridad Grácil» (que por alguna razón era una carta común), una «Fisura» y un «Agujero Oscuro». Las cuarenta cartas se completaban con tres trampas: dos «Refuerzos» y una «Ofrenda Final», las cuales estaban muy infravaloradas pese a su poderoso efecto. Era fácil suponer que se debía a eso de jugar con 2000 puntos de vida iniciales. Pagar 500 para activar su efecto era algo en lo que debía pensarse con cuidado en esa etapa del juego. —No me parece que seas un principiante —comentó una chica. Por su uniforme, era fácil saber que iba a la secundaria. Debía tener unos doce o trece años. —Bueno, lo que pasa es que leí todo lo que pude del juego. Tienes que saber lo que vas a comprar si vas a gastar tus ahorros en eso. —¡Vaya! ¡Qué niño más inteligente! —dijo alguien más. Kenichi se sonrojó un poco ante el elogio. —Nunca fue tu intención buscar «magos poderosos», ¿verdad, niño? —lo cuestionó el dependiente, mirándolo con una ceja alzada. Kenichi solo se encogió de hombros. —Parece que puedes elegir cartas, pero veremos si puedes usarlas —dijo otro chico, más o menos de la misma edad que la joven de secundaria. Kenichi reunió su mazo y se preparó para su primer duelo en ese mundo. No se dio cuenta, pero estaba sonriendo.#
Pasaron seis meses desde que el juego apareció en Japón, y hasta ahora no había rastro alguno de «complejos sistemas de hologramas diseñados para enriquecer la experiencia de los juegos de cartas para niños» (más allá de los anuncios). El torneo nacional vino y se fue, dejando como resultado que Seto Kaiba ya era el campeón de Japón. Pese a eso, Kenichi todavía mantenía un perfil bajo, sin participar en torneos ranqueados por el momento. El duelo era algo de nicho que incluía casi en su mayoría a niños y adolescentes. Sin academias, dojos de ciberestilo y otras «rarezas» similares. En pocas palabras, el Duelo de Monstruos estaba lejos de ser la gran industria sobre la que giraba el mundo. Pensando en eso, Kenichi se dio cuenta de que sin Kaiba y la Visión Sólida eso no hubiera pasado. Además, estaba el futuro distante, donde el duelo se usaba incluso para generar la energía que mantenía en funcionamiento a Neo-Domino… Hablando de eso, he allí otro motivo por el que Kenichi estaba feliz de vivir en Tokio y no en Domino: en algún punto del futuro, aquella ciudad iba a partirse literalmente en dos y miles de personas morirían. Después de eso, la ciudad se convertiría en el escenario de una novela distópica con juegos de cartas en motocicletas. En todo caso, pensó, para estar seguro, quizá deba considerar mudarme a Estados Unidos o a Europa después de la universidad. O mejor, ir a estudiar allá. Eso sería algo para considerar más tarde, creyó en ese momento. Por ahora, se había vuelto un habitual de la tienda de juegos donde compró sus primeras cartas y los torneos que se realizaban allí. Si bien no estaba ganando efectivo como pensó al comienzo (y no lo sería hasta que pudiera ir a alguno de los torneos grandes), la compraventa de cartas e intercambio era un mercado lucrativo, si sabías negociar. Y eso era cierto, tanto en ese mundo como en el «real». Podía dar fe de ello porque, en su vida pasada, estuvo presente cuando alguien sacó un «Mago Oscuro del Caos» de primera edición de un booster de Invasión del Caos. Allí mismo, sin pensarlo dos veces, otro jugador se lo cambió por un Game Boy Advance con tres juegos. Estaba más que contento con la ventaja que le daba su conocimiento previo del juego. La información que tenía sobre las cartas le permitía hacer buenos tratos. Además, el dependiente de la tienda, que resultó ser el hijo del dueño, se volvió muy amigo suyo. Sobre todo después de que se dio cuenta de que podía sacarlo de un apuro cuando estaba a punto de hacer un intercambio no muy favorable. Así que tal vez no tenía mucho dinero extra en el bolsillo, pero siempre podía cambiar cartas por videojuegos. Solo por eso, parecía que su nueva vida como duelista era buena.#
Fue una tarde de viernes, después de volver de la escuela, cuando Kenichi Satou supo que no podría estar al margen de la trama tanto como lo hubiera deseado. La primera señal fue que, sin ser una fecha significativa, como un cumpleaños o celebración por algún logro escolar, su madre lo recibió preparando sus platillos favoritos para la cena de esa noche. También estaba cocinando los favoritos de su padre, lo cual fue una segunda señal de alarma de que algo grande pasaba. Curioso, cuestionó a su madre al respecto. Lo cual no sirvió de mucho. —Espera hasta la cena. Y ve a prepararte. Tus abuelos y tu tío vienen a cenar. Una tercera alarma se encendió en su cabeza al saber eso. No era normal en un viernes por la noche que algo así pasara. No en la cena de un fin de semana ordinario como aquel. Por supuesto, al final resultó que ese no era para nada un fin de semana ordinario. De hecho, estaba muy lejos de serlo. La cena se sirvió en el comedor tradicional, con la mejor vajilla de su madre y las comidas favoritas de toda la familia. Un banquete que, normalmente, se reservaba para el Año Nuevo y el aniversario de sus padres. Y luego, sucedió un cliché que más bien parecía de una película de Hollywood. Su padre se levantó, llamó la atención de todos e hizo su anuncio: iban a mudarse. Pero eso no era el gran evento por el cual estaban celebrando, era solo el preámbulo. Verán, su padre era ingeniero informático en una compañía de juegos electrónicos. Una importante. Fabricaban máquinas de árcade, juguetes electrónicos y videojuegos domésticos. Él dirigía el departamento de desarrollo de nueva tecnología. O al menos así había sido hasta ese día. Desde hacía un par de años, tras la muerte de Gozaburo Kaiba, la corporación que fundó había dado un giro hacia otros rubros. Dejó la fabricación de armamento y se sumergió de lleno en la industria del entretenimiento. Y con esto, comenzó a hacer adquisiciones de empresas de ese tipo a diestra y siniestra. Era como Microsoft: comprando estudio tras estudio. Su adquisición más reciente: la empresa donde trabajaba su padre. Lo cual vino con una reestructuración en la cual, lejos de perder su empleo, se encontró siendo ascendido. Por eso se mudaban de la ciudad. Su padre iba a trabajar ahora en la matriz de la Corporación Kaiba. Él se mudaría primero, para comenzar a poner las cosas en orden en su nuevo hogar, y también para que Kenichi no se retrasara en la escuela debido al estrés que significaba empacar para una mudanza. Para el niño, sin embargo, había otras cosas que lo preocupaban más que acabar su primer año de primaria con notas malas. Estaba el hecho de que se iba a la ciudad de Domino: el epicentro de muchos eventos terroríficos que, para su desgracia, todavía no pasaban. Estaban en diciembre de 1994. El plan era mudarse a Domino durante las vacaciones de primavera del año 1995, para que, ese abril, Kenichi comenzara su segundo año de primaria ya en su nueva escuela. En todo ese tiempo, no tenía noticias de que El Reino de los Duelistas hubiera sucedido ya. Kaiba seguía siendo el campeón nacional y uno de los favoritos para ganar el Campeonato Mundial del próximo año. Respecto a Yugi, el futuro rey de los Duelistas, todavía no escuchaba nada. «Al menos soy solo un niño de primaria», se dijo en la madrugada, cuando por fin comenzaba a quedarse dormido. «¡No hay forma de que me cruce con ellos!». Kenichi se convenció de eso. Después de todo, ellos eran como diez años mayores que él. Además, por las imágenes que recordaba del anime, podía decir que Domino era una ciudad grande. Por supuesto, se equivocaba. La trama siempre buscaría activamente involucrar a la pobre alma reencarnada. Una lección que cualquiera que hubiera visto unos cuantos isekai debía saber bien.