Esa vez que reencarné en Yu-Gi-Oh! GX

Mezcla
PG-13
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2
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planificada Maxi, escritos 64 páginas, 35.722 palabras, 7 capítulos
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Standby Phase | 4: Mago Oscuro

Ajustes
Luego del pequeño intercambio de cartas, jugaron algunos duelos más. Haou no participaba en ellos, aunque de tanto en tanto dejaba de lado lo que fuera que hacía en su escritorio (no podía ser alguna clase de tarea escolar, puesto que en las dos semanas de vacaciones entre un curso y otro no era costumbre encargar tareas, a diferencia de en las vacaciones de verano) para verificar lo que estaban haciendo.       —Es curioso —dijo Judai de pronto, mientras barajaban sus mazos para otro duelo—. Tienes muchas cartas de monstruos femeninos.       —Había muchas en la tienda —respondió Kenichi, encogiéndose de hombros.       Era verdad. Muchos de los monstruos de atributo agua que encontró con estadísticas decentes eran monstruos femeninos. Incluso entre los chicos mayores, que de verdad jugaban según las reglas, era más común el uso de guerreros, bestias y dragones. Debido a eso, los monstruos femeninos se fueron quedando atrás, pese a que algunos tenían estadísticas buenas para esa etapa del juego.       Quizá se debía a que, en esos momentos, en un juego dominado por los monstruos normales, el diseño de la carta parecía ser el factor definitivo para que eligieras una u otra carta. ¿Las estadísticas importaban? Sí, pero también había muchos monstruos que eran prácticamente los mismos, cambiando solo su imagen, tipo o atributo.       Tras un par de partidas más, Kenichi tuvo que despedirse. Estaba oscureciendo y la verdad comenzaba a darle mucha hambre.       Mientras volvía a casa, pese a ser solo unos cuantos pasos de distancia, su mente no paraba de dar vueltas a lo surrealista que se sentían las últimas horas.       Llevaba más de seis años viviendo en un mundo de anime, pero todavía no terminaba de convencerse de que todo eso fuera real. Menos aun cuando acababa de conocer a Judai Yuki y a su gemelo misterioso que no aparecía en el manga o en el anime. Además de llamarse Haou, el nombre japonés del Rey Supremo, la contraparte oscura y «malvada» de Judai. ¿Cómo era eso posible?       Al menos no se había encontrado con Yubel. No estaba seguro de si el gemelo misterioso era realmente el Rey Supremo o no. Solo agradecía que, a diferencia de cómo pudo ser encontrarse con el espíritu de duelo, no pareciera interesado en mandarlo a un coma profundo solo por atreverse a respirar cerca de Judai.       —¿Aplicará eso de «un mago lo hizo»?       Suspiró. Abrió la puerta de su departamento y entró.       —¡Ya estoy en casa!       Su madre salió de la cocina y le sonrió.       —Bienvenido. ¿Te divertiste? —Una vez su hijo asintió, agregó—: Muy bien. Ve a lavarte. Vamos a cenar.       Una vez que estuvieron sentados a la mesa, su madre no se resistió a preguntarle qué tal había ido todo con su nuevo amigo.       —¡Judai es un gran duelista! Y tiene un hermano gemelo…       Pasó a relatar una versión exagerada de cómo fueron los duelos. Sus padres parecían encantados de escuchar sus descripciones sobre cómo imaginaba que eran los monstruos, ya que los describía casi como si ya existiera la visión sólida.       Después de cenar, Kenichi recibió un pequeño tour por su nuevo hogar.       El piso era grande, para ser uno japonés. Aunque, considerando que su padre ahora era un jefe de departamento en una gran empresa multinacional, tenía sentido que no fuera como el promedio. Además, el costo de vivienda en Domino era relativamente bajo en comparación con el de Tokio. Podían permitirse un lugar mejor con un presupuesto similar.       Volviendo al departamento, tenía un área de sala-comedor, una cocina, un medio baño, lavandería, tres habitaciones y un baño completo con acceso al pasillo y al dormitorio principal. De las dos habitaciones más pequeñas, una era ahora la suya y la otra se convirtió en la oficina en casa de su padre.       Finalmente, esquivando las cajas que todavía no había desempacado, se dejó caer en su nueva cama.       Había sido un día largo y agotador. Incluso cuando se estaba quedando dormido, tenía la impresión de que, cuando despertara, todo eso resultaría ser un sueño. Su mente vagó a un escenario en el que estaba de vuelta en la casa que rentaba en su vida anterior. Retomando su vida común de un administrador frustrado porque los jefes seguían sin aprobar el presupuesto para reparar los aires acondicionados de los camiones y los choferes, con justa molestia, no dejaban de quejarse.       

#

       Judai miró la puerta del despacho de sus padres por un largo rato. La niñera se había ido hacía ya una hora. Se suponía que ya debería estar dormido, pero no podía hacerlo sin antes intentar algo.       Respiró profundamente para tomar algo de valor. Puso la mano en la perilla de la puerta y la giró. El despacho de sus padres era una oficina simple. Un escritorio con una computadora, un archivero, un librero y una pizarra con anotaciones.       «Quizá debí pedir el número a la niñera», pensó.       Sacudió la cabeza y se dirigió al cajón donde Osamu les había dicho que buscaran los números de emergencia de sus padres si alguna vez eran necesarios. Nada más abrió el cajón, vio la agenda que les habían mostrado. Se trataba de un libro pequeño con pastas de cuero de color negro. La información que necesitaba estaba en la última página escrita, con fecha de hacía tres días. El mensaje estaba escrito de manera sencilla para que cualquiera pudiera entenderlo. Indicaba sus horarios de salida y llegada, el nombre y la dirección de su hotel, el número de habitación, el teléfono con la extensión para marcar directo a la habitación y los teléfonos de sus móviles.       Tomó el teléfono fijo del escritorio. Respiró profundamente varias veces, tomando el valor para marcar. Nunca había hecho eso. ¿Les molestaría que los llamara por algo que no era una emergencia?       Se mordió el labio, su mirada pasando entre la agenda y el teclado de marcación del teléfono.       «¡No te acobardes ahora!», se dijo. «Solo estás llamando a tus padres para pedir un permiso. Algo simple que muchos niños hacen».       Marcó. El teléfono hizo algunos ruidos extraños, antes de dar el tono de llamada. ¿Sería cosa de las llamadas internacionales? Sonó una vez… Dos veces… Tres… Cuatro… Cinco… Judai se movió, nervioso, cambiando su peso de un pie al otro. ¿Y si no estaban? ¿Había marcado mal? Sonó por octava vez… Hubo un sonido de clic.       —Hola… —La voz soñolienta de su padre se escuchó a través de la bocina.       —¿Hola… papá? —le respondió, vacilante.       —¿Judai? —preguntó la voz al otro lado de la línea, luego dijo algo que no entendió, antes de volver a hablarle—. ¿Pasó algo?       —¡Sí…! Quiero decir, no. Nada malo. Yo solo…       Su padre suspiró.       —¿No puedes esperar a que volvamos? Dejamos este número solo para emergencias.       —Yo… Solo quería pedir permiso para ir a una tienda de juegos, mañana. El padre de un amigo que se acaba de mudar nos invitó a mí y Haou.       Su padre suspiró de nuevo.       —¿No podías enviar un mensaje a través de la niñera? ¿Sabes que aquí son las cinco de la mañana?       Judai se encogió. Oh, cierto, cuando su maestra les enseñó cómo se medía el paso del tiempo les habló de eso. Cada país tenía su propio horario, así que, mientras en Japón eran pasadas las nueve de la noche, en otro país podían ser las cinco o seis de la mañana, incluso era posible que allá todavía no cambiara la fecha. No había tomado en cuenta eso al llamar, solo asumió que…       —Lo siento… —se disculpó.       —Bueno, ya no importa. Nos ahorraste el servicio de despertador. —Pareció volver a hablar con alguien—. Bien, ahora, veté a dormir. Casi son las diez de la noche allá.       —Sí… pero, ¿puedo ir a la tienda mañana?       —Sí, sí. No tienes que hacer llamadas internacionales solo para eso. Buenas noches.       —Gracias. No… —La llamada se cortó antes de que Judai pudiera terminar de despedirse.       Se quedó un rato allí, escuchando el sonido de la línea cortada a través de la bocina. Se sentía extraño, como si tuviera un hueco adentro. Luego de un rato, volvió a colgar el auricular, guardó la agenda y se fue a su habitación.       —Conseguí el permiso de papá —dijo a Haou, mientras se metía a la cama.       —¿Permiso?       —Sí. El padre de Kenichi nos llevará a una tienda de cartas mañana. Papá dijo que podemos ir… Digo, si tú quieres.       —Veremos…       Judai tardó mucho en quedarse dormido. En su mente se repetía una y otra vez la conversación con su padre. No parecía enojado por la llamada, incluso cuando lo despertó. La manera en que le habló se sentía peor que si le hubiera gritado. Y la indiferencia con la que dio el permiso, casi se sentía como si hubiera dicho «haz lo que quieras, no me importa».       Finalmente, se quedó dormido, así que no notó cuando Haou bajó de la litera de arriba, ni el hecho de que se aseguró de que estuviera bien arropado. La primavera todavía tenía noches frescas.       —Se toma las palabras de Raiko Yuki muy personales —comentó Haou, notando que Burstinatrix estaba allí.       —Los niños necesitan de sus padres —respondió el espíritu—. Además, su mente no recuerda, pero su alma sí. Que alguien con casi el mismo rostro del rey de Kronet, su padre, sea tan distante y frío con él… ¿No le duele a usted también?       Haou no respondió. Volvió a su cama para dormir.       —Volverán en algunos días —dijo al fin—. Nos darán algún regalo y luego volverán a ignorarnos. Es mejor así.       —¿De verdad?       Una vez más, no respondió.       El espíritu parecía divertido por la actuación de su maestro. Se inclinó un poco y besó a Judai en la frente de manera maternal.       —Buenas noches, mi príncipe —le deseó al niño mientras desaparecía de regreso a su carta.       

#

       Al día siguiente amaneció con un clima excelente, como suele ser durante la primavera en Japón. Técnicamente, Kensuke tenía todavía un día libre más antes de volver de lleno al trabajo, pero pasaría unas horas a la oficina esa mañana para supervisar algo.       —¿A qué hora quedaron de ir si Judai obtuvo el permiso? —preguntó a su hijo durante el desayuno, refiriéndose a los planes de ir a la tienda de juegos.       —Por la tarde, después de la comida. Judai quería ir temprano, pero le dije que las tiendas de juegos no suelen abrir antes del medio día.       Era algo más o menos cierto. Si tu clientela principal son niños y estudiantes (al menos de momento), no tiene sentido abrir mientras están en clases. Incluso en vacaciones.       Kensuke asintió de acuerdo.       —Bien, debería terminar las cosas en el trabajo antes de la comida, así que vendré a comer aquí y, cuando terminemos, los llevo. ¿Te parece bien, Kenny?       Kenichi asintió.       El niño pasó toda la mañana ordenando las cosas en su cuarto. Llenó el librero con sus mangas y videojuegos. Rellenó los tres cajones de su escritorio de tareas. Uno para útiles escolares, el segundo para objetos varios y el tercero para guardar su colección de cartas.       Al mediodía, su padre regresó a comer.       Justo a la una de la tarde, Judai llamó a la puerta. La madre de Kenichi fue a abrir.       —¡Buenas tardes! —los saludó cuando abrieron, con un tono de voz quizá un poco más fuerte de lo necesario—. ¿Están listos? ¡De verdad quiero ver esas cartas nuevas!       —Tranquilo, la tienda no irá a ninguna parte —dijo Miyuki, riendo levemente ante la actitud exuberante del niño.       —Judai… —La voz del gemelo, quien estaba parado detrás de él, fue fría al hablar logrando congelar de inmediato el entusiasmo de su hermano. Los ojos de la mujer se posaron en él.       Luciendo algo avergonzado, Judai se apresuró a presentar al otro niño a la madre de Kenichi:       —¡Oh, lo siento! Me estaba olvidando. Este es mi hermano: Haou.       —Es un placer conocerte. Soy Miyuki Satou, desde ayer somos sus nuevos vecinos.       —Mucho gusto —respondió Haou, claramente más como una formalidad que porque de verdad quisiera ser amable.       Miyuki los invitó a pasar para esperar a su hijo.       —¿Pidieron permiso a sus padres? —preguntó a los gemelos.       Judai asintió con un movimiento lento. Era como si, al escuchar eso, hubieran drenado su entusiasmo.       —Sí. Llamé a papá anoche. Dijo que estaba bien.       Miyuki lo miró con preocupación. La manera en la que había pronunciado eso, con voz baja y un encogimiento de hombros contrastaba por completo con la exuberancia anterior. Por suerte, se animó de nuevo cuando vio que Kenichi y Kensuke ya estaban listos para ir a la tienda.       El plan era simple, los padres de Kenichi los dejarían en la tienda mientras ellos iban a hacer algunas compras. Dependía de los niños volver a casa. Era un trayecto de unas cuantas calles en línea recta, además de ser una calle comercial con mucha actividad, sobre todo en vacaciones, así que, en teoría, no había riesgo.       «Mientras no nos salga un loco y nos apueste el alma en un juego, estaremos bien», pensó Kenichi, con un humor un poco oscuro.       Una vez se pusieron en marcha, sintió como si un cubo de hielo se deslizara por su estómago. ¿De verdad iba a conocer la legendaria tienda del abuelo de Yugi? Sabía que, en ese mundo, era solo una tienda de juegos más como tantas otras en la ciudad. Aun así…       Mientras caminaban, Judai parloteaba feliz de las cartas que esperaba ver. Haou respondía, a veces, con monosílabos. Kenichi agregaba algún comentario de vez en cuando, pero se notaba que estaba un poco distraído.       Les tomó quince minutos llegar a la tienda.       La Kame Game Shop se destacaba del resto de los edificios que la rodeaban. Los colores vibrantes la hacían parecer una casa de juguete de escala real, como si fuera una de esas obras de arte conceptual tan comunes del arte contemporáneo.       Estaba ubicada en una pequeña manzana rodeada por edificios de oficinas y comercios. A ambos lados de la tienda había amplias aceras y jardineras con abetos y arbustos. Era casi como si la tienda hubiera sido construida en el centro de un área verde. Kenichi se preguntó si todo el terreno pertenecía a la familia Muto, ya que era como si hubieran construido su casa sin muros colindantes o cercas, convirtiendo su patio y jardín en una especie de zona abierta al público.       Entonces, cayó en cuenta de algo: había suficiente espacio para montar carpas y mesas. ¿Sería que el abuelo había hecho eso a propósito para tener espacio donde celebrar eventos? Siendo Sugoroku Muto un maestro de juegos retirado, esa teoría era muy factible.       Judai, muy impaciente, abrió la puerta y entró.       Kenichi miró el edificio con asombro por un momento más, antes de seguirlo. Los ojos de Haou se entrecerraron un poco al notar eso. Parecía más alguien que está visitando algún sitio histórico que una tienda de juegos en la ciudad a la que acaba de mudarse.       Ya en el interior, Kenichi se dio cuenta de que era una tienda de tamaño mediano. Mucho más grande de lo que esperaba. Tenía tres vitrinas principales, una a cada lado y otra al fondo (que también incluía la caja registradora) detrás de la cual se podía ver un exhibidor lleno con figuras de monstruos encapsulados. Las vitrinas de los lados estaban llenas de juegos de mesa, rompecabezas, pequeños puzles y juguetes. La vitrina del frente era exclusiva de Duelo de Monstruos.       —¡Bienvenidos! —la voz jovial del abuelo de Yugi resonó en la habitación—. ¿En qué puedo ayudarles? ¿Buscan algún juego en específico o vienen a suscribirse para los eventos?       Fue entonces que Kenichi notó el póster en el que aparecían un Buey de Batalla luchando contra un Incursor del Hacha. El póster era básicamente una invitación para los niños de primaria a inscribirse como duelistas junior oficiales.       —¡Oh, cierto! Necesito actualizar eso —dijo Kenichi. Se había inscrito el enero anterior, pero, como con las identificaciones oficiales, necesitaba actualizar su dirección de registro—. Acabo de mudarme desde Tokio. ¿Puede ayudarme, señor?       —¡Por supuesto!       El anciano sonrió, mientras Kenichi se acercaba para recoger el formulario.       —¡Yo también quiero inscribirme! —dijo Judai, mientras él mismo iba a buscar uno.       Haou simplemente caminó hacia el mostrador, mirando los productos y las cartas sueltas exhibidas con una mirada aburrida.       Kenichi, centrado en rellenar el formato, no se dio cuenta de que Sugoroku lo miraba con un gesto extraño. Casi como si estuviera viendo un fantasma.       La campanilla en la puerta de la tienda sonó, indicando que alguien había entrado.       Kenichi se giró a ver. Yugi, Jonouchi, Anzu y Honda en carne y hueso estaban allí, de pie en la entrada de la tienda.       

#

       Seto no se inscribió en la preparatoria de Domino el curso anterior y, si era sincero, no creía que fuera a hacerlo tampoco en el segundo año, que comenzaba en una semana. Era algo que Yugi había esperado. Antes, el joven empresario había admitido que su única razón para asistir a una escuela fue que Gozaburo quería guardar las apariencias. Fingir que en la familia Kaiba no pasaba nada extraño, que era un padre amoroso con dos hijos adoptivos excelentes y bien adaptados.       «Ahora no fue necesario», se encontró pensando al ver una nota en el periódico sobre la investigación de la muerte de Gozaburo. Tras dos meses sin pistas, el departamento de homicidios cerró el caso al no encontrarse pruebas de que fuera algo más que un suicidio. Había una fotografía del jefe del departamento, Kyo Marufuji (el padre del futuro Kaiser de la Academia de Duelos) tomada en la rueda de prensa que tuvieron que hacer debido a la importancia de dicho caso.       Yugi no era el chico inocente que pensaba lo mejor de las personas como lo había sido una vez. Sabía de lo que Kaiba era capaz. No dudaba de que la muerte del padre adoptivo de Seto fuera su manera de quitar obstáculos para hacer lo que debía…       Pero, ¿qué era exactamente lo que se debía hacer? Cambiar el resultado, evitar el futuro en el que la Luz de la Destrucción había ganado la guerra contra la Oscuridad Gentil. Ese era el objetivo de todo eso.       No obstante, ahora que habían vuelto, parecía que cada quien estaba actuando cómo mejor le parecía. Y era natural, en ese momento de sus vidas, él y Kaiba todavía eran estudiantes de preparatoria, Pegasus un joven empresario al otro lado del mundo, el profesor aún estaba en Europa comenzando su carrera como duelista, ni hablar de otros de sus aliados que eran actualmente solo unos niños de primaria. ¡Era imposible coordinarse dadas las circunstancias!       Luego estaba el factor externo que aún no daba señales de su existencia, haciendo que se cuestionara si habían tenido éxito al ejecutar sus planes.       Yugi dobló el diario, lo dejó sobre la mesa de la cocina y se levantó. Eran las nueve de la mañana.       —Iré a reunirme con los chicos en el parque —anunció a su madre, quien estaba organizando la despensa.       —No olvides que debes volver antes de las dos para ayudar a tu abuelo a hacer el inventario de la tienda.       —No te preocupes, mamá. Llegaré a tiempo. Solo iremos a buscar unas cosas que Anzu quiere del centro comercial y a comprar un regalo para la hermana de Jonouchi. Quiere darle algo para el comienzo del curso. No deberíamos tardar más de un par de horas.       Su madre no parecía muy convencida, sin duda sabiendo lo fácil que era para los adolescentes perder la noción del tiempo. En especial en un centro comercial.       Yugi solo le sonrió, antes de dirigirse a la escalera que conectaba el departamento con la trastienda.       El clima afuera era el de un día perfecto de comienzos de primavera. Cielo azul, la brisa fresca y salada del mar. La gente estaba paseando por las calles del barrio comercial de Domino de manera despreocupada. El tipo de días que, en el pasado, Yugi dio por sentados y que, tras incidentes como la Reversa Cero y el eventual estallido de la guerra contra la Luz, deseó haber atesorado más en esa «primera vida».       Sacudió la cabeza para apartar esas ideas sombrías de su mente.       Podía sentir el peso reconfortante del Rompecabezas del Milenio colgando desde su cuello. Esta vez, a diferencia de la anterior, consiguió una cadena lo antes posible, en lugar de llevarlo un año entero atado con una cuerda. Era una cuestión tanto de seguridad como estética. Además, de esa manera podía sentir mejor la magia. Casi como si fuera electricidad, el poder de un Artículo Milenario parecía fluir mejor a través del acero que de las fibras vegetales.       La presencia de Atem también era algo evidente ahora que tenía una mayor comprensión del mundo espiritual y cómo funcionaba.       Con cierta vergüenza, más allá de su interpretación de que el puzle concedía un deseo a quien lo armaba, debía admitir que nunca aprovechó realmente el poder del objeto. Atem sí lo hizo, en especial al comienzo, cuando ni siquiera era consciente de que era un alma atrapada en el antiguo artefacto; pero Yugi no por sí mismo.       A decir verdad, tras contemplar en las memorias del faraón como la corte sagrada hacía uso de los Artículos Milenarios, se dio cuenta de que pocos de ellos en el futuro pudieron aprovechar todos los poderes de estos artículos. Con excepción, quizá, de Marik y Bakura.       Cuando comentó eso a Ishizu, esta había sugerido que la razón era que nunca hubo una corte sagrada. A diferencia de en el antiguo Egipto, los artículos no estuvieron juntos hasta el duelo ceremonial. E, incluso en ese momento, la mayoría de ellos no tenían un portador. Los Artículos Milenarios se crearon juntos, así que tenía sentido que para liberar todo su poder debían ser usados juntos.       En fin, muchas cosas podían cambiar ahora que era consciente de eso. Aunque, como aprendió en esa otra vida, él mismo tenía sus propios poderes relacionados con el duelo. Poderes que siempre estuvieron allí, pero de los que, en la línea del tiempo anterior, no fue consciente hasta mucho tiempo después.       Por ejemplo, en algún momento comenzó a ser consciente de la existencia de los espíritus de duelo. Algo que otros, como Pegasus, también llegaron a hacer.       El mismo Pegasus le había dicho que comenzó a ser consciente de la existencia de los espíritus de duelo gracias al Ojo del Milenio. Por mucho tiempo, llegó a pensar que dicho poder se había esfumado cuando lo perdió. Hasta que empezó a escuchar las risas burlonas de los monstruos Toon resonando por su castillo a altas horas de la noche.       —Comenzó poco a poco —admitió—. No voy a negarlo, chico Yugi, ¡en algún momento llegué a creer que estaba enloqueciendo!       Pegasus, siempre teatral, había hecho un ademán exagerado con sus manos. Sin embargo, su semblante se oscureció.       —No puedo decir que estuviera en mis cinco sentidos en esos días. No es que quiera justificar las cosas horribles que hice pero… —suspiró—. En fin, parece que el ojo despertó algo allí. Una especie de sexto sentido o habilidad psíquica… no sé cómo llamarlo. Creo que, en cierta manera, ambos términos son correctos.       Yugi lo entendió. Fue algo que él mismo fue notando poco a poco. Comenzó con pequeños detalles. Sombras que parecían esconderse en el momento en que se percataba de ellas. Voces que se esfumaban en el aire cuando entraba a una habitación vacía. Claro, no todos esos fenómenos estaban relacionados con el duelo, pero sí una gran mayoría. Los sucesos paranormales parecían incrementarse cuando había cartas cerca. En los tres años que estuvo en posesión del rompecabezas y en contacto con Atem, tuvo una buena cantidad de experiencias de ese tipo, así que fue fácil acostumbrarse a eso. Parecía que, una vez habías sido tocado por ese mundo, se quedaba contigo.       Fue por eso que, unos pocos años más tarde, mientras volvía a Domino para visitar a su madre y a su abuelo luego de un agotador viaje al extranjero para promover el lanzamiento de su último juego, no fue sorpresa encontrarse con un joven adolescente que llegaba tarde al examen práctico de la Academia de Duelos.       Judai se veía más joven. No tanto físicamente, pero sí más relajado y despreocupado que el joven con el que colaboró para vencer a Paradox y a quien volvió a encontrar poco después, esta vez para un duelo. Recordó entonces al Kuriboh Alado, el pequeño espíritu al que había visto merodeando a su alrededor en su segundo encuentro. Cuando ocurrió ese encuentro, el incidente de Darz acababa de ocurrir menos de medio año atrás y, desde entonces, había estado viendo a algunos espíritus merodeando cerca de los duelistas, en especial de los más jóvenes.       El destino es algo misterioso y obra a través de detalles que parecen meras coincidencias. (Incluso Kaiba, al final, tuvo que aceptar eso a regañadientes). Tres días antes de ese tercer encuentro con Judai, en su último día en Europa antes de volver a Japón, se había encontrado con Koyo Hibiki, un duelista profesional que recientemente se estaba haciendo de un nombre en torneos internacionales. Tuvieron un duelo de exhibición para la caridad en Londres y, terminado el encuentro, Koyo le obsequió una carta como agradecimiento por aceptar su desafío con apenas tiempo para prepararse.       Esa carta era una copia limitada de «Kuriboh Alado» que se había entregado al ganador del último Campeonato Mundial. Una carta cuyo espíritu gorjeó de emoción cuando se encontró con el joven Judai aquella mañana del examen, solo tres días después de llegar a sus manos.       Sin pensarlo dos veces, Yugi entregó la carta a aquel chico.       —Me parece que esta carta quiere ir contigo —le aseguró.       Judai lo había visto con una mezcla de sorpresa y fascinación, antes de inclinarse y prometerle que lo haría sentir orgulloso.       —Me pregunto si hay una forma de conseguir esa carta antes de tiempo —se dijo, mientras alzaba la mano para llamar a sus amigos, quienes ya lo esperaban justo frente al reloj de la plaza.       ¿Sería eso romper demasiado con la línea del tiempo? Aunque, sinceramente, sabiendo el resultado de las cosas la primera vez, ¿era el efecto mariposa de verdad algo tan malo? Ya habían cambiado las cosas al traer alguien que no pertenecía a ese mundo. Tal vez acelerar un poco el encuentro de Judai con el pequeño ángel no podía causar demasiados estragos.       En fin, no había mucho que pudiera hacer al respecto por ahora.       Yugi se concentró en pasar una mañana agradable con sus amigos. Visitaron unas cuantas tiendas de ropa y una zapatería, para la molestia de Jonouchi, ya que Anzu quería regalarse algunas cosas para festejar que había pasado al segundo año de preparatoria con buenas notas, pese a su trabajo secreto en el restaurante de hamburguesas.       Aunque, a regañadientes, su amigo rubio tuvo que aceptar que no había sido del todo una pérdida de tiempo, ya que Anzu lo ayudó a escoger unos zapatos para Shizuka. El chico se había esforzado mucho para reunir el dinero. Por suerte, hasta donde sabía Yugi, no había hecho nada ilegal… Bueno, al menos no algo que podría llevarlo a la cárcel.       Casi a la una treinta de la tarde, cargados de paquetes y con helados, caminaban de regreso desde la estación de metro hacia la tienda de juegos.       —¿Estás seguro de que no puedes venir a comer con nosotros? —volvió a preguntarle Honda.       —Lo siento, chicos. Prometí a mi abuelito que le ayudaría con el inventario. Esta mañana llegaron cajas con producto nuevo y hay que clasificarlo, agregarlo al sistema y rellenar los estantes.       Los ojos de Jonouchi brillaron con interés.       —¿Juegos nuevos? —preguntó.       —Más o menos. Algunas cajas para rellenar la máquina de Monstruos Encapsulados y la nueva expansión de Duelo de Monstruos.       —¿Duelo de Monstruos? Eso suena interesante.       Los ojos de Jonouchi brillaron de esa manera especial que Yugi recordaba de cuando había comenzado a interesarse por el duelo en la línea de tiempo anterior. Había sido más o menos por esas mismas fechas, ahora que lo recordaba.       Honda pareció desconcertado por ese comentario.       —¿Tú interesado por un juego de mesa? Vaya, esperaba eso de Yugi pero…       —¡No lo entiendes! Mientras hacía algunos trabajos para reunir dinero para el regalo de mi hermana vi un torneo de ese juego. En serio, el ganador, un tal Insector Haga, ¡se llevó doscientos mil yenes!       —¡¿Doscientos mil?! —lo cuestionó Anzu—. ¿Estás seguro de eso? Nunca supe de un torneo de juegos que entregara un premio como ese en efectivo. Un primo ganó un torneo de videojuegos nacional ¡y solo le dieron una playera y una tostadora!       —Jonouchi habla de la final regional de Duelo de Monstruos —les aclaró Yugi—. Y, sí, ese fue el premio al primer lugar: doscientos mil yenes. También ganó una carta exclusiva cuyo precio en subastas debe ser de casi un millón y la invitación al torneo nacional. Si gana, podrá desafiar al campeón nacional actual por su título y podrá ir al campeonato mundial.       —Una carta de un millón de yenes… —susurró Jonouchi.       Anzu y Honda tampoco parecían creerlo, pero la expresión del joven rubio era diferente. No la de un adolescente soñando con dinero para gastar en el nuevo álbum de su cantante favorito, ropa o videojuegos. Yugi lo entendía bien, estaba pensando en su hermana y la operación que tendrían que hacerle pronto para evitar la ceguera permanente.       —Sí, algunas cartas únicas pueden llegar a valores como ese en subastas —les aclaró Yugi—. Aunque, ese es solo el costo estimado. Si Haga la vende podrían darle menos o, en el mejor de los casos, mucho más que eso.       Jonouchi prácticamente saltó de la emoción.       —¡Hey, Yugi! Iré contigo a la tienda del abuelo. ¡Quiero ver esas cartas!       Honda resopló.       —Sin ofender, pero dudo mucho que la tienda del abuelo tenga una de esas cartas de un millón de yenes.       Yugi sonrió.       —No hay ofensa —dijo, todavía recordando cuando, en otra vida, se enteraron del «Dragón Blanco de Ojos Azules» de su abuelo y el precio que podía llegar a tener si alguna vez salía al mercado.       —No voy a buscar una carta de un millón de yenes —resopló Jonouchi, luego miró a Yugi—. Sé que conoces de arriba abajo cada uno de los juegos que venden en la tienda del abuelo. ¿Podrías enseñarme a jugar Duelo de Monstruos?       Anzu y Honda lo miraron sorprendidos. En parte porque su amigo se interesara por uno de los juegos de mesa de Yugi, pero también por la seriedad con la que dijo esas palabras. Casi como si estuviera pidiendo algo de vida o muerte.       —Si de verdad se puede ganar todo ese dinero participando en torneos de duelo, entonces yo… ¡Quiero convertirme en un duelista! ¡Por favor, Yugi, enséñame a jugar Duelo de Monstruos!       Yugi estaba un poco sorprendido. La última vez Jonouchi aprendió el juego por sí mismo. Al menos al comienzo. Luego le pidió ayuda al abuelo. Y, por supuesto, no llegó a interesarse por los premios en efectivo hasta que se enteró del millón de dólares que Pegasus entregaría al ganador del Reino de los Duelistas. Aunque, también, en esta línea del tiempo su amigo parecía estar más en contacto con su madre y su hermana. Prueba de ello era lo mucho que se había esforzado en reunir dinero para darle un regalo a Shizuka.       —Estoy segura de que Yugi debe ser bueno en el duelo —dijo Anzu con cautela—. Pero, hablamos de un juego en el que se usan cartas de un millón de yenes.       —No todas las cartas valen eso —la interrumpió Yugi—. Si fuera así, no las venderíamos en la tienda.       Anzu asintió. Honda no dijo nada más, solo se limitó a ver la escena con algo de solemnidad.       —En realidad —continuó Yugi—, en los duelos importa más tu estrategia y cómo juegas tus cartas que el que tan raras o caras sean. No lo niego, las cartas más poderosas suelen ser muy costosas. Sin embargo, un duelista que conoce bien su mazo y confía en sus cartas puede vencer a esas cartas de un millón de yenes y ganar torneos.       Jonouchi se animó al escuchar eso.       —Es por Shizuka, ¿verdad? —La voz seria de Honda los interrumpió.       Jonouchi bajó la cabeza, ocultando sus ojos.       —Sí. Se está terminando el tiempo. Mi hermanita tiene una enfermedad degenerativa en los ojos. Si no se opera y recibe el tratamiento se quedará ciega antes de siquiera poder salir de la secundaria.       Suspiró.       —Todos esos trabajos que he estado tomando son para ayudarla, pero… —Apretó los puños—. Con esos trabajos de medio tiempo que pagan menos del salario mínimo tardaría décadas en reunir ese dinero. Para colmo, ¡está esa estúpida regla de la escuela que me impide buscar un empleo formal!       Jonouchi parecía desesperado.       —Pensé en dejar la escuela y dedicarme al trabajo al cien por ciento. —Yugi recordó el incidente con la antigua pandilla de Jonouchi unos meses atrás. No había sido solo el chantaje, sino también la falsa promesa de ganar una buena cantidad de dinero con la venta de drogas—. Shizuka se enteró de eso. Tuve que hacerle una promesa: no puedo abandonar la escuela. Quiere que me esfuerce por vivir todas esas experiencias que quizá ella no pueda debido a su enfermedad.       Yugi sintió un escalofrío. Siempre había sabido que la enfermedad de Shizuka la habría dejado sin vista tarde o temprano. Pero, la desesperación en las palabras de su mejor amigo le hizo darse cuenta de que, quizá, era más complicado que eso. ¿Y si el daño a sus ojos era solo el comienzo? Sabía que había ciertas enfermedades que atacaban varios órganos, por lo general no al mismo tiempo, sino que se iban apagando uno a uno. El daño a sus ojos podría ser solo el comienzo de algo mucho peor.       —¿Crees que si ganas algunos de esos torneos juntarás el dinero para la operación? —cuestionó Honda.       —¡Por supuesto! Además, ese mocoso Haga debe tener unos diez u once años. Si él puede, ¿por qué yo no? También, ser duelista no es un trabajo real, al menos en lo que importa, así que la escuela no puede decirme nada. No estaré rompiendo su estúpida regla.       Yugi sonrió. Jonouchi era por mucho mejor duelista que Haga. En primer lugar, pese a su pasado complicado y a su tendencia a resolver las cosas con los puños, no era un cabrón y un tramposo como sí lo era el duelista insecto.       —Bueno, entonces, vamos. Hay mucho que aprender —dijo Yugi—. No creo que vayamos a estar listos para el próximo torneo grande, no en el corto tiempo; pero hay muchos eventos pequeños con los que puedes comenzar para labrar tu reputación como duelista.       —¡Muy bien, hagámoslo! —asintió Anzu—. Tal vez también podríamos aprender una o dos cosas de Yugi. Entrar a esos torneos parece que no es nada fácil, así que, si todos lo intentamos juntos, hay posibilidades de que reunamos más pronto ese dinero.       Honda asintió de acuerdo con ella, su rostro enmarcado en una mezcla de seriedad y solemnidad.       Yugi por un momento pareció descolocado. Antes, Anzu y Honda no se interesaron por el duelo de esa manera. Aunque sabían jugar lo básico, eran más un apoyo emocional para ellos —club de animadoras, los llamaba Kaiba de manera despectiva—. Aunque, claro, la última vez ellos no se enteraron de la complicada situación de Shizuka hasta que ya estaban en el Reino de los Duelistas. Después de eso prácticamente no tuvieron descanso. Ciudad Batallas se convirtió en una batalla de supervivencia, luego de lo cual parecía que no podían siquiera intentar tener un torneo normal sin que algún loco con magia, o planes empresariales retorcidos, se entrometiera forzándolos a situaciones de vida o muerte.       Además, Honda siempre fue mejor golpeando a las personas que derrotándolos en un duelo.       Con esa decisión tomada, continuaron el camino a casa de Yugi.       Casi una calle antes de llegar a la tienda, Yugi lo sintió. Había un aura en su casa que le resultaba familiar. El aura de Judai.       No había ni abierto la puerta principal de la tienda, cuando la voz emocionada de un niño llenó la habitación y lo hizo detenerse de golpe:       —¡Yo también quiero inscribirme!       —¿Qué pasa? —preguntó Jonouchi.       —No es nada —dijo, mientras sacudía la cabeza y abría la puerta—. ¡Ya estoy en casa!       —¡Bienvenido! Estaba ayudando a nuestros nuevos clientes a inscribirse para los eventos junior.       Yugi miró hacia el demostrador principal. Frente a su abuelo había dos niños que inequívocamente eran versiones infantiles de su futuro compañero de armas. También había otro niño de más o menos la edad de Judai. Alguien que, en cierta manera, parecía no encajar con la realidad. No podía explicar del todo qué era, pero había algo en ese niño que lo hacía diferente, pese a su cabello negro y corto —aunque se notaba que era del tipo que se vuelve rizado si se deja crecer—, además de sus grandes ojos verdes.       Cuando entraron, fue el único de los tres que se giró para verlos. Por un momento se había tensado, mientras en su mirada pasaba del reconocimiento rápido a una suerte de aceptación resignada. Fue algo de menos de un segundo. Sin los años como duelista midiendo las reacciones de sus adversarios, además de lo aprendido en la guerra, quizá Yugi no lo habría notado.       Uno de los dos Judai (el que vestía menos formal), estaba inclinado llenando el formulario. Mientras, el otro, con ojos más serios, lo miró un momento. Una mirada que Yugi reconoció: la de un veterano de batalla analizando a un grupo desconocido en busca de algún arma oculta.       —¡Oye, abuelo! —llamó Jonouchi ajeno a eso—. Hablando de Duelo de Monstruos. ¿Podrías mostrarme las cartas? Estoy a punto de convertirme en el mejor duelista de la historia y necesito comprar algunas.       El Judai menos serio levantó la cabeza al escuchar eso casi como si fuera un resorte.       —¿De verdad? —preguntó mientras se giraba, emocionado.       —¡Por supuesto, niño! —dijo Jonouchi, adoptando una postura seria y llena de confianza.       —El padrino de los duelos —susurró el niño que acompañaba a Judai y a su clon.       Yugi lo miró un momento, a lo que el niño respondió con un pequeño sobresalto, casi como si lo hubiera atrapado robando el postre antes de la cena… Un gesto que, además, le traía recuerdos de muchos de los niños a los que conoció después de obtener su título en el Reino de los Duelistas. Pero, no era posible. En esta línea del tiempo todavía no era el Rey de los Duelistas.       Jonouchi, por supuesto, parecía encantado con ese nuevo título.       —¡Oye, sí…! Me gusta cómo suena eso: Katsuya Jonouchi, el padrino de los duelos —terminó, imitando una voz estereotipada de un mafioso italiano.       Anzu negó con la cabeza, mientras Honda le daba un golpe en la espalda a su amigo, sacándolo por completo del papel.       —Bueno, don Katsuya, quizá primero deberías aprender a jugar antes de comenzar tu propia familia de la mafia duelista.       —Oye, Honda, ¡estaba construyendo algo aquí! ¿O quieres terminar durmiendo con los peces por molestar al padrino?       Anzu suspiró, mientras comentaba:       —Creo que tú terminarás durmiendo… ¡pero en una habitación acolchada!       —Ja, ja, muy graciosa…       Yugi solo se rio, mientras volvía a ver al niño misterioso que acompañaba a Judai y a su clon. Los ojos de ambos se encontraron y, al igual que pasara con su abuelo momentos antes, sintió que estaba viendo a un fantasma. El rostro del niño, salvo por el color de los ojos, era prácticamente el mismo que había visto en decenas de viejas fotografías familiares.       «Papá», pensó.       Las palabras del doctor Misawa, en ese futuro que querían cambiar, resonaron en su mente:       —Para alterar los puntos inamovibles de la línea del tiempo necesitamos un factor externo. Pero, no podemos controlar cuándo, cómo y dónde nacerá. No en un planeta con miles de millones de habitantes. A menos que manipulemos eso…       Yugi había usado su propia energía de duelo para garantizar que el factor externo estuviera relacionado con él.       No hay familia que no tenga esqueletos en el armario, había dicho Kaiba una vez. La hija que su abuelito había tenido fuera del matrimonio, de quien no supieron hasta mucho después de su muerte, era el esqueleto en el armario de la familia Muto.       Yugi estaba cien por ciento seguro de que estaba frente a frente no solo con el factor externo, sino con la descendencia de su tía desconocida que nació como resultado de esa aventura de Sugoroku Muto.
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