El Incendiario

Het
PG-13
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
31 páginas, 14.050 palabras, 8 capítulos
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Epílogo

Ajustes
La luz que bañaba la Gran Metrópolis a la mañana siguiente no era el resplandor artificial del Núcleo, sino un sol natural, suave y pálido, que se filtraba a través de la neblina del puerto. La ciudad se sentía extrañamente silenciosa. Zuko y Katara se encontraban en la cubierta del Loto de los Mares, el barco de Iroh que ahora servía como base de mando temporal mientras la ciudad aprendía a respirar sin el pulmón de hierro que había sido el Núcleo. Él tenía el brazo en cabestrillo y nuevas vendas rodeaban su torso, recuerdos visibles de la batalla que apenas había terminado, pero su mirada estaba fija en el horizonte, donde las naves de la Nación del Fuego que aún eran leales al régimen de Ozai se retiraban hacia el mar abierto como una manada herida buscando un lugar donde morir. —Sokka dice que Toph ha logrado estabilizar los sectores de los refugiados —dijo Katara, acercándose con dos tazas de té humeante que despedían un aroma a jazmín y canela—. Ya no hay humo negro. La gente está saliendo a las calles sin miedo a los drones, sin mirar al cielo cada vez que escuchan un zumbido. Zuko tomó la taza con su mano sana, sintiendo el calor del líquido contra la palma y dejando que ese calor lo anclara al presente. Miró a Katara, cuya túnica azul estaba sucia y rasgada en varios lugares, con manchas de hollín que no terminaban de salir, pero cuyos ojos brillaban con una paz que él nunca había visto en ella, una luz que no provenía de ninguna llama artificial. —¿Y Azula? —preguntó él en voz baja, como si nombrarla pudiera convocarla de vuelta. —Iroh cree que logró escapar con Zhao antes de que los niveles inferiores se inundaran —respondió Katara, apoyándose en la barandilla junto a él y dejando que el viento marino le revolviera el cabello—. Pero el pueblo ya no los seguirá, Zuko. El miedo que usaban como combustible se apagó anoche cuando vieron que la torre podía caer. Cuando vieron que incluso el Señor del Fuego podía arrodillarse. Zuko asintió lentamente, aunque en su corazón sabía que el miedo era una semilla difícil de arrancar. Sabía que la huida de su padre y su hermana significaba que la paz sería frágil, una construcción diaria que requeriría vigilancia, paciencia y una voluntad que no todos tenían. Pero por primera vez en su vida, no sentía que el peso del mundo estuviera únicamente sobre sus hombros, que la responsabilidad de reparar lo roto fuera una carga que debía cargar solo. —Mi tío quiere que regresemos a la capital —comentó Zuko, mirando las manos de Katara, esas manos que lo habían sostenido cuando se estaba quemando desde adentro—. Dice que hay un vacío de poder que solo alguien como yo puede llenar. Katara guardó silencio un momento, mirando el reflejo del sol en el agua, ese baile de luces que parecía celebrar algo que las palabras no podían nombrar. —¿Y tú qué quieres, Zuko? —preguntó ella. Él dejó la taza en la barandilla y se giró hacia ella por completo, ignorando el dolor que el movimiento le provocaba en el hombro. La tomó de las manos, sintiendo ese contraste eterno entre su calor y la frescura de ella. —Quiero un mundo donde no tengamos que encontrarnos a escondidas en almacenes abandonados —dijo él con una sonrisa pequeña y honesta, esa sonrisa que Katara había tenido que arrancarle capa por capa—. Quiero estar contigo. Katara rió, un sonido que para Zuko era más sanador que cualquier técnica de agua. —La clínica del muelle 14 ya no existe —dijo ella, acortando la distancia entre ambos hasta que sus frentes casi se tocaban—. Pero el hospital central va a necesitar a alguien que enseñe a los nuevos médicos cómo tratar las quemaduras desde adentro. Zuko la atrajo hacia sí, ignorando el pinchazo de dolor en su hombro herido porque la sensación de tenerla cerca era más fuerte que cualquier molestia. El beso que compartieron no tuvo la urgencia desesperada de la noche anterior, cuando el mundo se estaba cayendo a pedazos a su alrededor.

***

Meses después, la Gran Metrópolis era irreconocible para quien la hubiera conocido antes. Los jardines colgantes que antes eran exclusivos de la élite ahora estaban abiertos para los refugiados, sus flores ya no adornaban la opulencia sino que ofrecían sombra y descanso a quienes más lo necesitaban. Las fundiciones habían sido rediseñadas para funcionar con energía renovable. En el centro de la plaza principal, donde antes se alzaba una estatua de Ozai con los brazos abiertos como un dios que lo abarcaba todo, se erigían dos figuras entrelazadas, una de agua y otra de fuego. Zuko y Katara caminaban entre la multitud, pasando desapercibidos como dos ciudadanos más en un día cualquiera. Se detuvieron frente a una pequeña casa de té en las afueras del distrito agrario, un lugar modesto pero acogedor, con macetas de hierbas en la entrada y un letrero que mostraba un loto blanco pintado con más cariño que técnica. Allí, un anciano de risa fácil y manos temblorosas servía a los clientes con la parsimonia de quien ha aprendido que la prisa es enemiga del buen té. —El té de jazmín hoy está especialmente bueno —dijo Iroh, guiñándoles un ojo mientras les pasaba dos tazas humeantes sobre la barra de madera—. Me alegra ver que el flujo sigue su curso natural. Que el agua y el fuego no se anulan, se encuentran. Zuko tomó la mano de Katara bajo la mesa, ese gesto que ya era suyo, un lenguaje secreto que no necesitaba palabras. —¿Lista para el turno de la tarde? —preguntó. Katara asintió, recostando su cabeza en el hombro de él con la naturalidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo. —Mientras estés ahí para ayudarme con el flujo —respondió ella, y su voz era suave como el agua tranquila—, siempre estaré lista. Fin
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