Capítulo 1
6 de abril de 2026, 0:08
Notas:
SON LAS 11 DE LA NOCHE, AÚN ESTA A TIEMPO PARA SUBIRSE EN SEMANA SANTA
Tenía tantas ganas de escribir algo de María y Gabriel desde el año antepasado, pero solo hoy pude ponerme a escribir algo corto jajajaja.
Espero que todos hayan tenido una bonita Pascua!!!
Las noches en Egipto eran frías, no hasta calar en los huesos pero si para que una brisa fresca entrará por la ventana. Pero su sonido arrullaba a un pequeño bebé que dormía profundamente.
La habitación estaba a oscuras, pero la luz de la luna iluminaba el rostro del pequeño, como si ni siquiera la oscuridad de la noche pudiera tocarlo.
Y en medio de esa oscuridad había un hombre con dos grandes alas a su espalda.
Alto, esbelto y moreno. Con una capa azul y una túnica blanca larga que llegaba hasta sus tobillos, dejando ver sus pies descalzos, pero que no se ensuciaban pues no tocaban el suelo. Su cabello de un rubio cenizo caía por sus hombros y enmarcaba perfectamente las facciones hermosas de su rostro.
Pero su mirada avellana estaba fija en el bebé que dormía.
Dio un paso hacia adelante, casi con duda, pero siguió avanzando. Con lentitud, para no despertar al pequeño y entonces se inclinó sobre su cuna.
Él no había visto muchos bebés en su larga vida, pero aún así sabía que este era el bebé más encantador de todos. Con solo verlo, sintió que algo en su pecho temblaba de la emoción.
—Es un niño precioso, ¿no lo crees?
El hombre se volteó de inmediato. Para ver a una mujer parada en la entrada del cuarto, mirándolo con una sonrisa tranquila.
—Señora María —dijo el hombre, antes de caer de rodillas ante ella—. Por favor, sepa perdonar mi osadía de venir en la noche a su hogar.
—Por favor Gabriel, no es necesario —se acercó a él y le extendió la mano—. Ven, levántate, que desde el piso no podrás ver bien a Jesús.
El ángel miro la mano de la mujer, no esperaba ese gesto pero la aceptó y dejó que le ayudará a levantarse. Quedando ambos al lado de la cuna.
—Hace tiempo que no te veía por aquí.
—No se me había vuelto a dar ningún motivo para bajar a la tierra.
—Y aún así viniste —el tono en su voz era cálido, lleno de cariño—. Gracias.
—No. No hay nada que agradecer mi señora, solo quería ver al hijo del Señor.
La mujer soltó una risita. —Por favor, llámame María. No es necesaria tanta formalidad.
—Claro que es necesaria. Usted es la madre del Hijo del Altísimo, no hay suficiente respeto que yo pueda demostrar ante usted.
—Ay, sigues siendo tan sigues siendo tan rígido como siempre.
Al ángel esa afirmación lo tomó desprevenido. —¿Rígido?
—Si. Tu fuiste quien le anunció el nacimiento de mi hijo. Tu nos protegiste de todo mal mientras huíamos. Te has presentado ante mi cuando más te necesitaba... —hizo una pausa, para que sus palabras cayeran sobre Gabriel—. Y aún así te niegas a solo llamarme por mi nombre, aún cuando a estas alturas eres un amigo de la familia.
—¿A... amigo?
—Por supuesto, ¿ustedes en los cielos no tienen amigos?
—No, claro que tenemos. Es solo que... es la primera vez un mortal me llama de tal maneras.
—Conozco lo que dicen las escrituras. La mayoría de veces los humanos se asustan ante la presencia del los ángeles.
—Usted también se asustó con mi llegada.
—Bueno, no se de que otra forma debía reaccionar al ver un hombre alado yendo hacia mi y gritando sobre que había recibido el favor del Altísimo.
—Yo... No estaba gritando.
—No, si lo estabas.
—Era mi tono de voz normal.
—Entonces tu tono de voz normal es un grito para los humanos.
La risa de María volvió, mientras se inclinaba sobre la cuna del bebé. —Nunca creí que mi vida fuera así. Un hijo solo de mi carne y de la gracia de Adonai. Y hablando con uno de los ángeles que se paran en presencia del Altísimo.
—... ¿Es una carga muy pesada?
No contestó de inmediato y Gabriel temió haber hablado de más. Estaba a punto de disculparse cuando ella comenzó a hablar.
—No es una carga. Nunca lo ha sido, es mi hijo a quien amo —ella extendió su mano y acarició la suave mejilla de Jesús—. Pero ha sido difícil. Huir de nuestro hogar, refugiarnos en una tierra distinta y el miedo de que algo le pase.
Levantó su mirada para ver al ángel. No había lágrimas en ellos, pero reflejaban el peso de sus palabras.
—Y aún así. Si volviera a estar en ese día, cuando anunciaste que el Espíritu Santo vendría sobre mi y daría a luz sin conocer varón. Volvería a aceptar y a presentarme como la sirva de Dios.
No había temblor en sus palabras. Cada palabra la dijo con convicción y la seguridad de quien acepta y confía en Dios por sobre todas las cosas.
Incluso Gabriel enmudeció al oírla. No había duda, que no había ninguna otra mujer en la tierra, que pudiera recibir la bendición de Dios.
Unos pequeños gorgoteos de la cuna, interrumpiendo el momento. Ella se volteó de inmediato, encontrándose con los ojos bien abiertos de su hijo.
—Oh, mi niño, ¿te despertamos?
Extendió sus brazos para sostenerlo y puso a su bebé puso contra su pecho. El pequeño la miro y pudo jurar que había un reconocimiento en su mirada.
—Si mi niño, soy yo, soy mamá.
Gabriel los observó atentamente. Pocas veces había visto una madre jugar así con su hijo. Era una escena ciertamente enternecedora, aunque no lo dijera en voz alta.
—Él se parece mucho a usted.
—Si, me lo dicen mucho. El mismo cabello, los mismos ojos, es como una pequeña copia mía —guardó silencio un momento, pensando en algo que parecía dudar de querer decir en voz alta—. Pero... ¿también se parece a Él? ¿A Adonai?
El ángel lo miró. Su pequeña nariz, sus ojos oscuros, el cabello negro que de apoco le iba creciendo. Todos rasgos tan humanos.
—No... Tiene todo de usted.
María bajo la mirada, no decepcionada. Pero casi avergonzada por haber preguntado en primer lugar. —Ya veo... es entendible.
—Pero él tiene el mismo amor en su corazón que su Padre —se apresuró a decir—. Un amor tan grande, que no hay nada en este mundo que pueda contenerla o siquiera entenderla.
La mirada de María se iluminó. Volvió a mirar a su hijo que no había apartado la vista de ella. —¿Amor? ¿El amor de Adonai está en su pequeño corazón?
—Esta en cada parte de él. Desde el momento en que comenzó a crecer en su vientre.
—Eso es... esa es la mejor herencia que cualquier hijo puede recibir de su padre... —se inclinó para darle un suave beso en la frente de su hijo, con todo su amor y cariño, antes de mirar a Gabriel—. ¿Quieres cargarlo?
—Ah, lo siento pero no creo que deba. Hace mucho que no cargo a un bebé.
—¿A si? ¿Cuándo fue la última vez?
—Cuando Moisés fue dejado en el Nilo.
Hubo un silencio entre ambos, aunque Gabriel vio claramente como María apretó los labios aguantando una carcajada.
Él por su parte no entendía que era lo gracioso de su afirmación.
—Muy bien... eso si fue hace mucho tiempo, pero eso no significa que no puedas cargarlo ahora —le acercó al bebé, invitándolo a sostenerlo—. Vamos, yo te guiaré.
La mirada de Gabriel iba de María a Jesús y de nuevo a María. —¿Está segura?
—Totalmente, yo te guiaré para que lo hagas bien.
Al final él cedió. Extendió los brazos y recibió al niño.
—Muy bien, por tu mano detrás de su cabeza... así es, perfecto.
Gabriel sujeto al niño, con un cuidado que normalmente destinaba a las tareas mas delicadas encargadas en los cielos. Y ahora aquí estaba, sosteniendo al hijo de El Creador por petición de su madre.
El pequeño lo miró con atención, sus ojos abriéndose como si se sorprendiera al ver una cara nueva. Pero aún así extendió su mano, como si quisiera tocar el rostro con sus propias manos diminutas.
—¿Ves? Ya le caes bien. Esto te sale natural.
—No se yo si natura sea la palabra indicada... —dijo, al sentir su cuerpo tenso mientras lo cargaba. A pesar de no tener músculos en su cuerpo que pudieran contraerse.
—Es normal, José también estaba igual cuando lo cargo por primera vez.
Al mencionar a su marido su mirada se suavizó, mientras acomodaba la manta que cubría al niño.
—¿A él también le preocupaba cargarlo?
—Claro que si, los dos nos sentíamos así. Éramos padres primerizos, teníamos no hacerlo bien
—No hay razón para temer. Ambos fueron elegidos por el Altísimo, a sabiendas de que ustedes serían la familia que cuidaría de su hijo como nadie más en la tierra.
María asintió. —Y nosotros queremos corresponder esa confianza en nosotros. Por eso José desde que llegamos no dejó de trabajar para que no nos falte nada a Jesús o a mi. Por eso ahora está tan cansado que duerme toda la noche sin que nada pueda despertarlo.
Gabriel miró alrededor. Toda la habitación estaba adecuada para lo que el niño necesitará ahora o en un futuro. Juguetes hechos a mano, un asiento cómodo en el que María pudiera sentarse con Jesús en brazos, mantas dobladas con cuidado.
—Han formado un hermoso hogar aquí.
—Gracias, Gabriel, pero confió en que un día podremos llevar toda nuestra vida aquí de regreso a nuestra tierra... ¿Sabes si eso pasará pronto?
—No puedo revelar los planes del Señor, pero confía en que Él, estará en cada paso que des cada día.
María asintió, entendido sus palabras. —Lo haré. Aunque esa también es la forma más bonita en la que alguien me ha dicho que algo es confidencial.
—Usted tiene un don para tomarse mis palabras con una calma sorprendente.
—Bueno, si no lo hiciera tal vez ahora no sería madre de un bebé tan lindo, ¿no?
Acercó su mano a su hijo, que lo tomo con fuerza, calentando el corazón de su madre con amor.
Y dentro de Gabriel algo se torció de manera dolorosa. Pues bien sabía con que sería respondido el amor del hijo de Dios y las espadas que atravesarían el corazón de María al ver su sangre derramada.
Pero no podía decirlo, no podían saberlo todavía. Y aunque pudiera, aún elegiría callar.
Para intentar alargar esa noche feliz un poco más.
Notas:
Yo los amo demasiado, quiero mucho a la sagrada familia ya Gabriel TuT
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