Capítulo 1
7 de abril de 2026, 1:33
Notas:
Entonceees, nunca he visto Jojos, de hecho a penas me estoy viendo el primer arco
Pero este fic fue hecho el año pasado para un amigo mío, así que decidí publicarlo aquí también, intenté mantenerme lo más fiel a los personajes ya su visión de estos, espero lo disfruten!
Cocinar es fácil. Por supuesto, al inicio parece intimidante cuando vez todos los ingredientes qué necesitas, o peor, sus precios. Pero cuando llevas años dedicando te a ese arte se vuelve más fácil.
¿Preparas una carne guisada? Sencillo. ¿Un pastel de cinco pisos para una boda? Pan comido. ¿Curar unos pulmones negros por el cigarro? Como curar un resfriado.
¿Sanar una mente y un corazón rotos? Eso si era difícil. Muy difícil, incluso para él.
Pero eso no era una excusa para rendirse y dejar de intentar crear la comida perfecta para esa dolencia, mucho menos cuando se trataba de él.
Por eso había decidido hacer algo sencillo, un caldo de pollo, la comida por excelencia para curar cualquier malestar. Su sabor familiar por lo menos pondría una sonrisa en esa cara de piedra.
Tonio miró el reloj, eran las 11 Pm, cuando ya no había gente pasando por su local y solo estaba él y el sonido del fuego de la estufa. Por eso era la preferida de su más querido cliente.
El sonido de la puerta del local rompió el silencio de la noche, el amante de los delfines había regresado.
—Justo a tiempo. Eres tan puntual como siempre en tus rutinas —dijo de manera animada, mientras salía de la cocina con un plato humeante en las manos.
Ahí estaba Jotaro, tomando el mismo asiento de siempre, el más cerca de la cocina. Pesadas ojeras oscurecían más su mirada, la cual activamente trataba de evitar sus ojos azules.
—Siempre tomas ese lugar cada que vienes, desde ahí puedes verme cocinar perfectamente. ¿Tanto te gusta verme trabajar en mi arte? —sus labios se curaron en una sonrisa felina—. ¿O solo te gusta verme a mi?
La mirada cansada de Jotaro se detuvo en él por un momento antes de volver a mirar a la nada. —Que fastidio. Es muy tarde para que empieces con tus estupideces.
—Lo es, pero también eres tu el que se niega a venir más temprano.
—Tu Trattoria siempre está lleno antes de esta hora, es sofocante.
—No es mi culpa ser un prodigio de la cocina —respondió con calma mientras ponía el plato frente a él. Un gran contraste con la actitud sombría del otro hombre.
—Estoy seguro de que muchos no vienen por tu comida —dijo secamente mientras enfriaba el caldo.
—Oh, definitivamente más de una mancare viene aquí a disfrutar de mi presencia y uno que otro signore.
—¿Y tu estás bien con eso?
—Totalmente, ¿acaso tu no? —un brillo juguetón apareció en sus ojos al preguntas, esperando alguna reacción.
Jotaro lo noto y no le iba a dar el gusto. —Solo me aparece una perdida de espacio. Los asientos qué ellos ocupan aquí solo mirando podrían usarlos otras personas que quisieran pagar.
—Caro Jotaro, me conoces muy poco si crees que los dejo estar aquí sin siquiera cobrarles un café. Si quieren disfrutar de mi deben de pagar primero.
—... Eso se escucha fatal.
—Ese ere el punto querido.
Jotaro rodó los ojos. A veces tener una conversación sin insinuaciones de por medio parecía una misión imposible, así que volvió a concentrarse en su plato.
Tonio lo miró con atención mientras daba el primer bocado. Casi al instante sus ojeras desaparecieron, dándole el aspecto de alguien que si dormía las ocho horas y no se quedaba despierto cada noche pensando en el pasado.
Pero en sus ojos aún había un cansancio que no parecía querer irse. Otra vez su receta había fallado.
—¿Qué te parece?
—¿Para qué preguntas? Ya sabes que todo lo que haces es bueno.
El chef cruzó los brazos con molestia. —Ser "bueno" es un eufemismo. Mi comida debe ser magnífica como mínimo. No pasé toda una vida aprendiendo los sazones de distintas culturas para conformarme con menos que la excelencia.
Jotaro se frotó las sienes. —Que molesto eres. Muy bien, tu comida es buenísima, exquisita y sublime.
El castaño lo miró con una ceja alzada.
—... Y deliciosa —suspiró—. ¿Feliz?
—Bastante, aunque tu cara no refleja nada de lo que dijiste, pero lo tomaré por ahora.
—Esta es mi cara, no tengo otra.
—Lo se, mio amico, eres tan expresivo como una piedra. Pero esta bien, así te quiero.
Un escalofrío recorrió la espalda de Jotaro al oír esas palabras. —No digas eso.
—¿Qué cosa?
—Eso. No lo sueltes tan a la ligera.
Tonio pareció confundido. Antes de entender a lo que se refería e inclinarse hacía él con una sonrisa. —Oh, te refieres al te quie-
La mano callosa de Jotaro cubrió su ropa antes de que terminara de hablar. —No. Lo. Hagas.
La mirada de ambos se mantuvo fija en el otro por unos segundos qué parecieron eternos. Por un lado Jotaro. El azul de sus ojos opacado por el cansancio, el peso de perdidas pasadas y los errores que no podía enmendar.
Y por el otro Tonio. Sus ojos azules brillaban con carisma, optimismo y un deseo genuino de ayudar a otros. Tan distinto a Jotaro. Tan hermoso a sus ojos.
Jotaro no pudo mirarlo más y terminó por mirar a otro lado, liberando al castaño de su agarre.
Hubo un silencio entre ambos. No incomodo, pero si tenso. Hasta que Tonio habló primero. —Puede qué no te guste escucharlo de mi boca. Pero aún puedo expresarlo de otras formas ¿sabes?
No le respondió. El hombre de cabello azabache se dedico a seguir comiendo de a poco, cómo si con el sonido de la cuchara sumergiéndose en el caldo pudiera silenciar la voz de terciopelo a su lado.
—... Cada comida qué preparo es una muestra de lo que siento por ti —soltó con naturalidad—. Incluso los sencillos lonches qué oculto en los bolsillos de tu gabardina cuando te marchas sin comer, todos tienen todo mi cariño en ellos. Por eso siempre te tengo tu comida caliente, no puedo permitir qué vivas solo de cigarros y licor por cosas que no fueron tu culpa.
Jotaro había dejado de comer. Ahora miraba hacía abajo, cómo si esas palabras se subieran sobre su cabeza y la hicieran pensar más. —... Eres un maldito idiota cursi cuando te pones así de sentimental.
—Déjame adivinar ¿eso es molesto? —le preguntó con un ligero tono sarcástico. Burlándose de la muletilla qué siempre usaba.
Su amigo no se molestó en responder. Por un momento casi temió haber presionado demasiado. Pero un leve susurro se escuchó en medio del silencio.
"Star Platinum..."
Y el tiempo se detuvo.
Jotaro miró a Tonio parado inmóvil a su lado. Su uniforme impecable sin ninguna arruga o mancha aún cuando estuvo todo el día preparando platillos. Cabello bien peinado y una postura recta. Estando así, inmóvil, parecía una estatua perfecta, cómo la estatua Galatea.
Y si Tonio era Galatea, él era Pigmalión.
Se levantó de su silla y se paró frente a él, sacándole varios centímetros de diferencia. Acercó su mano a su rostro y lo acarició con un cuidado qué parecía extraño, como si tuviera miedo de dañarlo si lo tocaba con más fuerza de la necesaria. Como si temiera perderlo.
Dejó qué su pulgar bajara por su barbilla y rozó con la yema de su dedo sus labios. Si boca estaba medio abierta, lo suficiente para darle un aspecto tentador.
No debía. No cuando Tonio no podía corresponder.
Pero en ese instante no pensó en las consecuencias o la moralidad. Solo quería, por una vez, volver a sentirse cerca de alguien.
Tomó su rostro entre sus manos y se inclinó hacía él y unió sus labios en un beso. No fue apasionado, no fue romántico. Pero sintió su calor, su sabor. Y eso era suficiente para hacer qué su ya agotado corazón golpeara con fuerza sus costillas.
No recordaba cuando fue la última vez que su cuerpo reaccionó así. ¿Siquiera se había sentido así cuando besaba a su ex mujer? No estaba seguro de eso.
Sabiendo que el tiempo se acababa terminó por separarse de él, dándole una última mirada con anhelo antes de volver a sentarse en la misma posición de antes.
Y el tiempo volvió a correr.
Tonio reaccionó, confundido, sentía que algo había pasado pero no sabia bien qué era.
—¿Tienes una cerveza?
La voz de Jotaro volvió a llamar su atención. Estaba igual que antes, la misma postura, la misma posición de la silla. Pero su gorra estaba más abajo, ocultando sus ojos, cómo si se ocultará de él.
—Sabes que no vendo licor aquí y estoy seguro que en tu casa tienes suficiente cerveza para la semana.
—Bah, entonces dame un refresco.
—Eso es más decente. Te lo traeré en un attimo.
Se dio media vuelta para ir a la nevera y en cuanto le dio la espalda no pudo contener más su sonrisa. Llevó su dedo a sus labios, que se sentían más cálidos qué antes y con el inconfundible sabor de su propio sazón.
"Oh, Jotaro, si tanto querías un beso mío solo tenias que pedirlo." Pensó Para si mismo.
Tal vez estaba más cerca de ayudar a sanar ese corazón de lo que pensaba.
Notas:
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