Capítulo Único
11 de abril de 2026, 16:57
Esa noche Natalia cocinaba algo que olía celestial. Sinceramente, amo las recetas de esa chica. No hay día que cocine ella que no hechice mi paladar gatuno. Y luego se preguntan porque estoy gordito.
Bajé a la primera planta, a la cocina, encontrándome a Mayden en el camino.
Lo miré a los ojos y él me devolvió la mirada. Ambos teníamos la misma idea, lo sabía, teníamos esa rivalidad por ser los primeros en probar las recetas de Natalia. Por lo que corrí lo mas rápido que pude con mis cuatro cortitas patitas.
Natalia tarareaba una de esas canciones raras que le gustaban tanto y revolvía en la cacerola con una cuchara de madera.
Le maullé histérico porque sabía que Mayden no tardaría en entrar también.
—¡Natalia! Rápido, tengo que ser el primero en...
Ella siguió tarareando mientras se llevaba la cuchara a la boca, parecía saber igual de sabroso como el olor mismo. Maullé y le lloré por unos segundos más, considerando seriamente darle un arañón en la pierna (pero eso solo haría que se molestase), hasta que Mayden hizo acto de presciencia.
—Ahora si te luciste, mi bella —dijo como hechizado por el aroma, sentándose a la mesa.
Natalia se sacó los audífonos de los oídos y yo bufé molesto sabiendo que había perdido de nuevo. Gruñí mirándolos con los ojos entrecerrados, claro que ellos pasaron de mi, porque sino se hubieran sentido incómodos.
No hay peor mirada de odio que la que te puede dar un gato hambriento, solo rivalizada con la que puede llegar a dar quizá un gato mojado.
—Venga, ¿tan rápido en la mesa? —dijo ella riendo sirviendo la salsa y carne en un plato para Mayden.
—¡Hey! ¿Interrumpo? —mascullé crispándome y tirando de la esquina del vestido de Natalia— ¡Yo también existo!
Raro que en esa ocasión llevase vestido, antes la podía tirar del pantalón sin problemas.
—Lo siento, Arquímedes —se disculpó ella colocando un tazón con comida para gato en el suelo—. No me he olvidado de ti.
—¡Oye!... ¿Qué pasó aquí? —me quejé mirando la sosa carne sin preparar— esto no es digno de mi felina realeza.
En este mundo hay muchas cosas que odio. Entre ellas está la comida para gatos enlatada, es mejor que nada eso es cierto, pero cuando se le compara con la maravilla que Natalia sabe preparar, nada más tiene sentido.
Mayden comió un poco de la cena y se levantó para agradecerle a Natalia como solo los que se aman saben. Sinceramente, me agradaba cuando ocurría eso porque, así distraídos, no notaban al gatito bandido subir a la mesa.
Siempre he dicho que los humanos son muy extraños, les gusta la comida caliente y muy condimentada. Y se distraen con facilidad. Pero bueno, ¡mil veces mejor para mi!
Acabé con el plato de Mayden, relamiendome de gusto, y ronronié victorioso hasta mi cama para gatos en la otra habitación. Me encanta como siempre salgo ganando.
Escuché a Natalia exclamar asustada que Mayden era un glotón y a él lloriquear que a penas y había probado la cena. Reí silenciosamente haciéndome una bolita en mi cama para gatos.
La vida es muy fácil cuando piensan que eres "sólo un gato" literalmente se puede hacer de todo sin mayor problema. Pero, tenía sus contrariedades. Ambos, Mayden y Natalia se olvidaban de mi muchas veces.
—¡¡Arquímides!!
Eso fue suficiente para darme cuenta de que no siempre ser olvidado es malo. Por ejemplo, ahora me apetecería ser invisible.
—Gato tonto —oí decir a Mayden desde el recibidor, se acercaba peligrosamente a mi posición.
Nunca me encontraría en el mejor escondite de la casa, debajo de la mesa en la que grababan. Escapé y me refugié ahí riendo en silencio. Estos piensan que soy tonto, pero nada más lejos de la realidad. Corrí como si mi dignidad dependiera de ello (porque así era). Mis patas apenas tocaban el suelo mientras zigzagueaba entre las sillas, la mesa, y ese maldito trípode que siempre aparece cuando menos lo necesitas. Escuché la risa de Natalia a lo lejos.
—¡Mayden, no lo persigas así! —decía entre carcajadas— lo vas a estresar.
—¡Pero si parece que le encanta! —respondió él.
¡Claro que no me encanta! ¡Esto es una persecución injusta contra un ser superior! Salté al sofá, luego a la repisa, tiré algo al suelo (no me detuve a ver qué era, probablemente algo sin valor emocional, espero), y finalmente me lancé hacia el único lugar seguro: la habitación donde grababan.
De igual manera, siendo un gato no es difícil esconderse en cualquier sitio, ronroneé triunfante, acomodando mis patitas bajo mi cuerpo para pasar el resto de la tarde ahí, a salvo, hasta que sentí un par de manos atrapándome y arrastrándome fuera para después alzarme del suelo.
Este no era mi día de suerte.
—Lo tengo, Nat —me hallé de pronto entre sus manos, suspendido en el aire como por dos pinzas en el tendedero. Consideré en serio darle un arañazo para que me dejase en el suelo—. Mira al muy avorazado. ¿Qué dices? ¿Le damos un baño?
—Pero vaya, Arquímedes —bufó Natalia apuntándome con la cuchara de madera—. Ladronzuelo.
—¿Cuál será el mejor castigo? —insistió Mayden, mirándome con los ojos entrecerrados.
—No un baño —maullé, echando hacia atrás mis orejas— ¡no se atreverían, esclavos! ¡Yo me baño solito y mejor de lo que ustedes lo podrían hacer!
—Déjalo, ya le dimos un susto grande —intervino Natalia—. Ven, te daré otro plato.
Mayden, satisfecho con esa idea, me soltó y la siguió hasta la cocina. Los miré con ojos entre cerrados hasta que salieron de la habitación.
—Humanos extraños.
Pero da igual, yo había ganado esta vez a costa de un buen susto y que me alzaran del suelo sin mi consentimiento. Pero ya estaba planeando mi venganza, esa noche me pondría a arañar su puerta y a maullar hasta quitarles el sueño.
Mayden apareció por la puerta y buscó con la mirada un rato hasta encontrarme en el suelo.
—Pero bueno, Arquímedes —me sonrió— ¿a que no adivinas que día es hoy?
—¿El día de las preguntas tontas? —maullé, todavía irritado.
—No, el día del baño. Se nos había pasado y hoy realmente te toca baño, mi gatico.
Yo escapé al instante, no solo porque él contestase mi maullido como si me entendiera, sino porque si me bañaba Mayden solamente era seguro que lo haría con agua fría.
—Oh no, guapo —grité a por Natalia— hoy no y tú no.