Capítulo 1: Un año diferente
27 de abril de 2026, 2:06
1912; Hogwarts; quinto año escolar.
Era domingo, lo que para Newt significaba el permiso silencioso de perderse en los terrenos del castillo sin tener que dar explicaciones a nadie. El aire cerca del Lago Negro estaba cargado de una neblina persistente que se aferraba a los troncos de los árboles, convirtiendo el paisaje en una acuarela de grises y verdes apagados.
Newt caminaba con la vista fija en el suelo húmedo, evitando los charcos y tratando de no perturbar el ecosistema de la orilla. Sus pensamientos estaban enredados en la dieta de los Graphorns, preguntándose si la composición del agua influiría en la dureza de su piel, cuando la vio.
A unos metros, apoyada contra el tronco de un sauce, una joven permanecía absorta en un cuaderno de cuero. Newt se detuvo en seco, tratando de no ser visto. Llevaba un uniforme de Slytherin. Su piel era de un blanco casi traslúcido, una palidez que bajo la luz tamizada del bosque le daba un aspecto gélido, casi irreal. El cabello color miel caía sobre sus hombros, interrumpido por unas finas hebras grises. A sus pies, un gato negro estiraba el lomo con lentitud.
Justo cuando Newt se disponía a dar media vuelta para no importunar, retrocedió un paso y el crujido de una rama seca resonó en el silencio del lago como un disparo. La chica giró la cabeza con una lentitud mecánica. Sus ojos, dos esferas grises de una intensidad que Newt encontró abrumadora, se clavaron directamente en él.
—Lo siento... —balbuceó Newt, sintiendo que sus orejas comenzaban a calentarse por la timidez. Bajó la vista hacia sus propios zapatos llenos de barro para evitar el contacto visual, una de sus costumbres más arraigadas —. No quería...
—Ya... Si te han mandado a gastarme una broma puedes dar media vuelta y volver por donde viniste —dijo ella fríamente antes de voltear a ver su cuaderno.
Newt no se movió. A pesar de que su instinto primario solía ser huir de cualquier confrontación social, la acusación de la joven lo golpeó con una punzada de honestidad herida. Sacudió la cabeza con rapidez, una negación tan torpe que casi le hace perder el equilibrio sobre el suelo húmedo.
—No... no soy de los que gastan bromas —logró articular en un susurro, manteniendo la vista fija en una raíz cubierta de musgo para evitar esos ojos grises que lo abrumaban. Se aclaró la garganta, ganando un rastro de valor al desviar su atención hacia el felino negro que lo observaba con fijeza —. Las personas suelen ser... complicadas. Prefiero la compañía de seres más honestos, como los Bowtruckles.
—Sí, bueno —dijo ella distraídamente mientras parecía tachar una palabra de sus anotaciones—. Realmente no me importa. Lo que sea que has venido a hacer, házlo o vete.
Newt se encogió de hombros, un movimiento espasmódico que hizo que su bufanda de Hufflepuff se desajustara ligeramente. El tono gélido de la chica era como una ráfaga de viento del norte, pero para alguien que pasaba su tiempo tratando con criaturas que a menudo intentaban morderlo o esconderse de él, la hostilidad humana le resultaba una variante más de un comportamiento defensivo.
—No he... no he venido a hacer nada, en realidad —murmuró, obligándose a dar un paso corto hacia adelante, aunque su cuerpo seguía inclinado como si esperara un hechizo inminente—. Estaba buscando... rastro de Plimpys. En la orilla. Sus huellas son... —se detuvo, dándose cuenta de que probablemente a ella no le interesaban las huellas circulares de los Plimpys—. Solo caminaba.
Ella lo observó durante unos segundos que Newt sintió como horas. Sentía que sus ojos podían saber hasta sus pensamientos más ocultos. Finalmente, ella bajó la vista otra vez hacia su libro. Pero apuntó con su pluma hacia un lugar más alejado del lago.
—Allí... —dijo simplemente ella.
Newt siguió la dirección de su pluma, sus ojos iluminándose brevemente al detectar las pequeñas marcas circulares en el lodo, casi invisibles para alguien que no supiera qué buscar. Se quedó allí un momento, dividido entre el impulso de correr hacia el rastro y la extraña gravedad que ejercía la presencia de la joven.
—Están... están ahí. Gracias —susurró Newt, volviendo a mirarla de reojo, solo por un segundo antes de irse hacia la dirección en que ella había apuntado.
El barro se filtró por las costuras de sus botas, pero Newt apenas lo notó. Estaba demasiado concentrado en la sutil hendidura del lodo, una marca circular con tres pequeños puntos que indicaban la dirección de huida de un Plimpy. Sin embargo, su mente, traicionera y poco acostumbrada a la quietud en presencia de otros seres humanos, no dejaba de oscilar hacia la figura que descansaba bajo el sauce.
Él la conocía, o al menos, había oído lo que algunos estudiantes decían. Se apellidaba Delonge y no era alguien muy bienvenida dentro del colegio. Newt se acuclilló frente a las marcas, olvidándose por un segundo del frío que calaba su túnica. Con la punta de los dedos, rozó el borde de una de las hendiduras circulares. Estaba fresca. El agua todavía se filtraba lentamente en el centro del rastro, lo que significaba que la criatura no podía estar lejos.
—Han estado buscando raíces de muerdago acuático —murmuró para sí mismo, aunque en el silencio del lago, su voz llegó nítida hasta el sauce—. Sus marcas son más profundas de lo habitual... están ganando peso para el invierno.
Se detuvo, consciente de que estaba hablando solo otra vez. Se giró ligeramente, pero la chica ya no estaba ni tampoco su gato. Newt parpadeó, sintiendo cómo el silencio del lago se volvía más denso de repente. Pero no le molestaba el silencio. Decidió seguir estudiando a los Plympis durante media ahora, hasta que el atardecer se asomó. Indicando que ya era hora de volver.
Una semana después, el grupo se reunió cerca de los límites del Bosque Prohibido para cursar Cuidado de las Criaturas Mágicas, su materia favorita.
El aire estaba frío, y Newt se mantenía en la periferia, jugueteando con un hilo suelto de su bufanda mientras el profesor Kettleburn hablaba con su entusiasmo habitual. Frente a ellos, aunque la mayoría de la clase solo veía aire, se encontraba un Thestral. Newt lo observaba con atención; admiraba la estructura ósea de sus alas y la forma en que el animal olfateaba el suelo en busca de algo de carne.
—A ver —dijo Kettleburn, mirando a los estudiantes—. ¿Quiénes de aquí pueden verlo? Levanten la mano.
Newt levantó la mano con timidez, evitando mirar a los demás. Notó que Leta también la tenía arriba, con ese gesto serio que siempre llevaba. Solo otros dos alumnos hicieron lo mismo.
Mientras el profesor explicaba las características del pelaje, el Thestral comenzó a deambular. Se alejó del centro y caminó hacia una chica que estaba apartada del resto de los Slytherin. Newt la reconoció enseguida: era la misma joven del lago, la de la piel pálida.
El Thestral se movía con una elegancia fúnebre, sus pezuñas hendidas apenas hacían ruido sobre la hojarasca congelada. Era un ejemplar magnífico, de piel negra y brillante como el cuero viejo estirado sobre un armazón de cristal. Newt lo observaba casi sin respirar, fascinado por la forma en que la criatura ladeaba su cabeza equina hacia la joven de Slytherin.
—¡Miren eso! —exclamó Kettleburn, señalando hacia ella—. El animal se siente cómodo. ¡Ahí lo tienen!
Newt vio cómo el resto de los alumnos, los que no veían nada, empezaban a cuchichear. Algunos se tapaban la boca para reírse y otros hacían comentarios por lo bajo sobre lo extraño que resultaba ver a alguien acariciando el aire.
La chica, al notar el revuelo y las risas, no retiró la mano. Siguió acariciándolo un rato más mientras el profosor continuaba con la clase. Finalmente, el animal decidió que ya no quería más caricias y se alejó de ella.
—Los Thestrals son criaturas de una sensibilidad extrema. Solo se acercan a quienes comprenden la naturaleza de la pérdida —continuó el profesor, ajustándose su guante de piel de dragón.
—Sí, creo que ya todos sabemos por qué puede verlo... —susurró una voz desde el grupo de Gryffindor, lo suficientemente alto como para provocar una oleada de risitas sofocadas.
La clase siguió su curso con las explicaciones teóricas de Kettleburn. Hasta que era hora de ir a la siguiente, Herbología. El trayecto hacia los invernaderos solía ser uno de los momentos favoritos de Newt, pero el ambiente de ese día estaba lejos de ser tranquilo. Mientras caminaba arrastrando un poco los pies, notó que un grupo de estudiantes se había ensañado con Leta. De pronto, la paciencia de Leta se agotó. Se giró bruscamente y, con un movimiento rápido de su varita, lanzó un hechizo defensivo que salió disparado con más fuerza de la intención original. El destello de luz no alcanzó a los provocadores, pero sí el lugar en donde habían estado segundos atrás. Justo en donde ahora caminaba la chica de los ojos grises. El tiempo pareció ralentizarse para Newt. El destello rojizo del hechizo de Leta cortó el aire gélido, silbando con una energía errática que delataba la desesperación de quien lo había lanzado.
—¡Cuidado! —el grito de Newt salió más como un graznido ahogado que como una advertencia clara.
Pero no hubo falta, porque de forma instintiva, la joven de Slytherin levantó una mano y realizó un movimiento seco en el aire, tambaléandola y haciendo que se caiga. El hechizo no la tocó; en cambio, rebotó con un zumbido metálico y fue a dar directamente contra una de las alumnas de Gryffindor que minutos antes molestaba a Leta.
—¡Pero qué significa esto! —gritó una profesora que venía saliendo de los invernaderos.
Lamentablemente, la docente solo había llegado a ver el final de la secuencia: la mano de la joven levantada y el hechizo golpeando a la otra estudiante.
—¡Delonge, a la dirección ahora mismo! ¡Cuarenta puntos menos para Slytherin! —sentenció la profesora, acercándose a toda prisa hacia la alumna afectada.
La joven se levantó aún mareada e intentó explicar lo sucedido, pero sus palabras fueron cortadas de inmediato por un gesto severo de la mujer. Newt vio cómo la chica apretaba los labios, guardando un silencio tenso. Antes de dar media vuelta, ella lanzó una mirada rápida hacia Leta; no era una mirada de odio, sino algo indescifrable que Newt no supo catalogar.
A su alrededor, el caos no tardó en estallar. Los compañeros de Slytherin y algunos de Hufflepuff, empezaron a señalar a Leta a viva voz.
—¡Fue Lestrange! ¡Ella lanzó el hechizo primero!
—¡Silencio todos! ¡Al invernadero! —ordenó, ignorando las quejas sobre Leta.
Newt sintió que el aire en el invernadero se volvía irrespirable, y no era precisamente por el aroma dulzón de las Valerianas. Sus manos, aún manchadas con un poco de tierra de la clase anterior, temblaban levemente mientras intentaba concentrarse en las instrucciones del profesor de Herbología. A su lado, Leta estaba inusualmente silenciosa, con la mandíbula apretada y la mirada perdida en un brote de Geranio Dentado.
Newt sabía que debía decir algo. Lo había visto todo. Había visto el miedo en los ojos de Leta y la reacción puramente instintiva de Delonge. Pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta, como si fueran semillas de Bubotuber que se negaran a germinar.
Al terminar la clase, mientras los demás alumnos se apresuraban a salir para llegar al Gran Comedor, Newt se demoró recogiendo sus cosas. Leta se fue rápido, sin mirarlo, cargando con ese peso de culpa que él conocía tan bien. En lugar de seguirla, Newt tomó un camino diferente. Sus pies lo llevaron, casi por voluntad propia, hacia el pasillo de la dirección. Al llegar a la gárgola que custodiaba la entrada de la oficina, la piedra se movió y vio a la joven de Slytherin saliendo. Se veía igual que siempre: pálida y con esa expresión que no dejaba traslucir nada.
—Yo... —intentó decir Newt, pero su voz se quebró en la primera sílaba.
La chica ni siquiera se detuvo; pasó por su lado en silencio, como si él fuera parte de las paredes del corredor. Y luego se perdió por el pasillo. Newt soltó un suspiro de frustración consigo mismo y entró en la oficina. Para su sorpresa, el director Armando Dippet no estaba solo; el profesor Dumbledore estaba allí, de pie cerca de una de las estanterías, observando unos instrumentos de plata.
—¿Se le ofrece algo, señor Scamander? —preguntó Dippet con una sequedad que hizo que Newt se encogiera de hombros de forma casi imperceptible.
El director estaba sentado tras su escritorio, escribiendo con una pluma que rascaba el papel con una insistencia molesta. Dumbledore, por el contrario, no dijo nada de inmediato. Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, y Newt pudo sentir el destello de sus ojos azules. No era una mirada inquisitiva, sino más bien una invitación silenciosa.
—Yo... —Newt se aclaró la garganta, sintiendo que su lengua pesaba una tonelada. Mantuvo la vista fija en un astrolabio que giraba lentamente sobre un estante a la derecha del director —. Es sobre... sobre lo que pasó en el camino a los invernaderos. Con la señorita Delonge.
Dippet dejó la pluma a un lado y suspiró, un sonido que denotaba una paciencia que se agotaba rápidamente.
—Ya he hablado con la señorita Delonge, Scamander. Y con la profesora Merrythought. El resultado fue un uso indebido de magia que terminó hiriendo a una alumna de Gryffindor. La disciplina debe mantenerse, especialmente con estudiantes que ya de por sí... —hizo una pausa, buscando la palabra —... presentan dificultades de integración.
Newt sintió una punzada de indignación que logró vencer a su timidez por un breve instante. Levantó la vista, no hacia Dippet, sino hacia un punto intermedio en la pared.
—Ella no lanzó el hechizo, señor —dijo, con una voz que empezó como un susurro pero terminó con una firmeza inusual —. Fue un... un reflejo. Ella solo...
—Se agradece su honestidad, joven Scamander —lo interrumpió el director con un tono seco y definitivo—. Pero la señorita Delonge ya explicó la situación. De todas formas, merece un castigo por atacar a una compañera, así haya sido por un rebote accidental. No podemos permitir que los pasillos se conviertan en un campo de duelo. Es libre de retirarse.
Antes de salir de la oficina, sus ojos se cruzaron con los de Dumbledore. El profesor no dijo nada, pero le dedicó una pequeña sonrisa, una que parecía entender mucho más de lo que Newt había sido capaz de expresar, pero que parecían decirle que había hecho lo correcto al hablar.
Al día siguiente, el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras estaba llena del murmullo inquieto de los estudiantes que esperaban la llegada de la profesora. Newt se encontraba sentado cerca de Leta, jugueteando con el borde de un pergamino, sintiendo todavía ese peso en el estómago por lo ocurrido en el despacho del director.
Miró de reojo a Leta. Ella parecía absorta en sus propios pensamientos, con esa expresión defensiva que solía adoptar cuando sabía que los demás hablaban de ella a sus espaldas.
La puerta del aula se abrió de par en par, dejando entrar a la profesora Merrythought, cuyos pasos resonaban con una autoridad marcial sobre las baldosas de piedra. El murmullo cesó instantáneamente, aunque las miradas furtivas hacia el fondo del salón, donde Delonge se sentaba sola en un rincón sombrío, persistieron como cenizas calientes.
Newt, incapaz de mantener la vista en su propio pergamino, giró ligeramente la cabeza. Delonge estaba allí, con la espalda tan recta que parecía de mármol y el mentón alzado, ignorando las nucas y risitas de quienes la señalaban.
La profesora Merrythought golpeó su mesa con la punta de la varita, un sonido seco que resonó como un latigazo en el silencio del aula.
—¡Basta de cuchicheos! —sentenció con su voz vibrante—. Si dedicaran la mitad de su energía a perfeccionar sus encantamientos de escudo lo que la dedican a esparcir rumores, la mitad de ustedes no tendría las cejas chamuscadas al final del trimestre.
Caminó por el pasillo central, su túnica ondeando con cada paso decidido. Se detuvo justo al lado del pupitre de la chica, pero no la miró a ella, sino al resto de la clase.
—Lo ocurrido ayer —continuó la profesora, entrelazando las manos tras la espalda— es el ejemplo perfecto de lo que sucede cuando la magia se utiliza sin control ni propósito. Un hechizo de defensa no es una respuesta al miedo, es una respuesta a la necesidad. Señorita Delonge...
La alumna levantó la vista, sus ojos grises encontrándose con los de la profesora sin pestañear. Newt, desde su sitio, sintió un nudo en la garganta. Temía que Merrythought fuera a reprenderla de nuevo, pero la profesora simplemente hizo un gesto hacia el espacio despejado en el centro del aula.
—Al frente. Demuéstrenos un encantamiento Protego digno de quinto año. Sin varitas lanzadas por desesperación, solo técnica pura.
Tras un momento de silencio, la chica habló.
—¿Intenta enseñarme que debí usar el encantamiento escudo para evitar el incidente, profesora? —preguntó ella—. Porque si así es, una clase sobre no lanzar maleficios a compañeros también vendría bien a los... a ciertas personas —se corrigió.
El aire en el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras se volvió tan pesado como el plomo. Las palabras de ella no fueron un grito, sino un dardo gélido y preciso que dio en el blanco de la hipocresía escolar. Newt sintió que el corazón le daba un vuelco; miró a Leta por el rabillo del ojo y vio cómo su amiga se hundía un poco más en su asiento, ocultando sus manos bajo el pupitre.
La profesora Merrythought mantuvo la mirada fija en la alumna. No había rastro de ofensa en su rostro, sino una rigidez profesional que ocultaba una pizca de reconocimiento.
—El mundo fuera de estos muros, señorita Delonge, rara vez es justo —respondió la profesora con una calma cortante—. Las personas lanzarán maleficios por miedo, por odio o por simple ignorancia. Usted no puede controlar la mano del otro, pero tiene la obligación absoluta de ser la dueña de su propia magia. Ahora que ya terminó de cuestionar el método educativo, puede ir al centro.
La chica se levantó. Su movimiento fue fluido, casi predatorio. Caminó hacia el espacio despejado mientras el resto de los alumnos cuchicheaba y se apartaba como si ella fuera portadora de una maldición contagiosa. Al llegar al centro, sacó su varita; parecía una rama común de algún árbol. No estaba torcida pero le faltaba esa pulidez de las varitas convencionales.
—Bien —dijo Merrythought, recorriendo la sala con la vista—. ¿Algún voluntario para poner a prueba la solidez del escudo de la señorita Delonge? Un Expelliarmus sencillo, nada más.
Varios brazos se alzaron al unísono. La alumna de Gryffindor que había sido golpeada el día anterior —ahora con un vendaje en el brazo y una expresión de furia mal contenida— fue la más rápida.
—¡Yo, profesora! —exclamó.
Merrythought asintió. La chica se colocó frente a la Slytherin, a unos cinco metros de distancia. Newt sintió que el aire se cargaba de una electricidad estática. Podía ver cómo los nudillos de Delonge se volvían aún más blancos mientras apretaba su varita, pero su rostro permanecía como una máscara de hielo.
—Cuando quiera, señorita Vane —ordenó la profesora, pero no hizo falta.
—¡Expelliarmus! —bramó la chica con furia.
El rayo de luz roja salió disparado con una fuerza considerable. Delonge hizo un movimiento seco y ascendente de su muñeca, y sin pronunciar palabra, una cúpula de energía vibrante y plateada estalló alrededor de ella. El impacto del hechizo contra la barrera de la chica produjo un eco sordo, una nota vibrante que pareció desafinar con la tensión del aula. La cúpula plateada no flaqueó; al contrario, su brillo se intensificó por un segundo, reflejando la luz de las antorchas en las paredes de piedra antes de disolverse en el aire como humo de incienso.La alumna de Gryffindor, jadeante y con el rostro encendido por una mezcla de rabia y vergüenza, bajó la varita con brusquedad. Sus amigos soltaron murmullos de desaprobación, pero Delonge siguió observando cada movimiento de Vane con cautela.
—Impecable, señorita Delonge —dijo la profesora Merrythought, rompiendo el silencio con una nota de fría aprobación—. Un encantamiento no verbal ejecutado bajo presión. Tomen nota: la efectividad de un escudo no reside en...
Antes de que la profesora Merrythought pudiera terminar su frase, Vane lanzó un segundo hechizo, esta vez sin esperar señal aprovechando la distracción de la profesora.
El rayo de luz, un Locomotor Mortis lanzado con una saña que nada tenía de académica, cortó el aire hacia las piernas de la chica. Fue un movimiento sucio, nacido del rencor de verse superada frente a toda la clase.
Newt, que había estado siguiendo el flujo de la magia con la misma intensidad con la que observaba el aleteo de un Snidget, sintió que el pánico le oprimía el pecho. Pero antes de que pudiera siquiera gritar, Delonge reaccionó. Esta vez fue un movimiento más rápido y desesperado de su varita. El anterior encantamiento escudo que se estaba desvaneciendo se reunió y cobró forma. El maleficio de Vane chocó y se desvaneció provocando un sonido más fuerte esta vez. Pareció que Delonge iba a contraatacar la profesora Merrythought intervino antes de que el aire terminara de vibrar por el segundo impacto. Con un movimiento fulminante de su propia varita, desarmó a la alumna de Gryffindor, cuya varita voló por los aires hasta aterrizar en la mesa de la docente con un golpe seco.
—¡Suficiente! —rugió Merrythought, y esta vez su voz no tenía rastro de frialdad profesional, sino una furia auténtica—. Señorita Vane, eso ha sido un ataque por la espalda y un uso antideportivo de la magia. Treinta puntos menos para Gryffindor y una semana de detención limpiando los trofeos sin magia. ¡Fuera de mi vista!
Vane, roja de vergüenza y con las lágrimas asomando, salió atropelladamente del aula seguida por las protestas de los compañeros de Gryffindor, que aseguraban que Delonge le había hecho señas obcenas y la había provocado.
La atmósfera en el aula se volvió eléctrica. Las protestas de los Gryffindor subían de tono, creando una marea de ruido que parecía ahogar la figura solitaria de la alumna en el centro del salón. Newt, desde su pupitre, sentía que su bufanda le apretaba el cuello más de lo habitual. No podía apartar la vista de ella; Delonge no se movía, no se defendía verbalmente, ni siquiera miraba a la profesora. Simplemente guardó su varita con una elegancia que rozaba la indiferencia, aunque Newt notó el leve temblor en sus dedos pálidos antes de que los ocultara en las mangas de su túnica.
—¡He dicho silencio! —la voz de Merrythought cortó el aire como un látigo—. Despejen el aula. La clase ha terminado.
El éxodo de estudiantes fue un caos de empujones y susurros cargados de veneno. Leta se levantó de un salto, con el rostro pálido y los ojos fijos en la salida, huyendo de la tensión que ella misma había ayudado a gestar el día anterior. Newt, sin embargo, se quedó atrás. Fingió una dificultad extrema para guardar sus frascos de tinta y sus pergaminos, esperando a que la marea verde y roja terminara de salir por la puerta. La chica comenzó a caminar hacia su pupitre.
—Delonge, usted quédese —la retuvo la profesora bajo el alboroto de los alumnos.
Newt se quedó petrificado junto a su pupitre, con los dedos enredados en la correa de su maletín. El aula se vaciaba entre empujones y miradas de soslayo. Podía oír el eco de los pasos de Leta alejándose por el pasillo, un sonido que habitualmente seguiría sin dudar, pero sus pies se sentían como si hubieran echado raíces en las baldosas de piedra.
Observó a la chica. Ella se detuvo en seco ante la orden de la profesora, dándole la espalda a Newt.
—Señor Scamander, ¿tiene alguna duda sobre el ensayo de los Hinkypunks? —la voz de Merrythought, aunque menos severa que antes, hizo que Newt diera un pequeño salto.
—Yo... no, profesora. Es solo que... mi tinta... se ha derramado un poco —balbuceó, señalando una mancha inexistente en su pergamino.
Merrythought le dedicó una mirada que decía claramente que no se creía ni una palabra, pero asintió con la cabeza, permitiéndole quedarse en la periferia mientras se dirigía a la joven de Slytherin.
—Siéntese, Delonge —dijo la profesora, señalando el primer pupitre. La alumna obedeció en silencio. Merrythought se apoyó en el borde de su escritorio, observándola con una intensidad que Newt encontró casi dolorosa de presenciar —. Lo que hizo hoy fue excepcional. ¿Dónde aprendió a hacerlo?
La pregunta de la profesora Merrythought quedó suspendida en el aire, vibrando con la misma intensidad que el escudo plateado de hacía unos momentos. Newt, fingiendo una concentración absoluta en limpiar su tintero, aguzó el oído. El silencio de Delonge era denso, casi sólido.
—No lo recuerdo bien —respondió ella finalmente—. ¿Puedo retirarme? Tengo pociones.
Newt sintió que el frío del aula se intensificaba con esa respuesta. Conocía bien la sensación de querer ser invisible, de desear que las preguntas cesaran para poder refugiarse en la seguridad del silencio, pero la evasión de la chica tenía un matiz distinto: no era timidez, era una barricada.
La profesora Merrythought entrecerró los ojos, estudiando la expresión impasible de la joven de Slytherin. El reloj de pared marcaba los segundos con un ritmo metálico que parecía martillear en las sienes de Newt.
—Pociones puede esperar cinco minutos, Delonge. El profesor Slughorn apreciará la importancia de la defensa personal —dijo Merrythought, cruzando los brazos—. No es común que un alumno de quinto año realice un escudo no verbal de esa magnitud, y mucho menos uno capaz de absorber y disipar un ataque repentino con tanta rapidez.
La chica se mantuvo inmóvil y en silencio. El único sonido que se escuchaba era el del reloj y el de él, que fingía recoger los últimos útiles.
La profesora Merrythought suspiró, una exhalación que mezclaba la admiración técnica con una preocupación que no lograba ocultar del todo. Al ver que no obtendría una respuesta más elaborada, hizo un gesto vago con la mano, dándole permiso para marcharse.
—Váyase, Delonge. Pero no crea que me olvidé.
—Hasta luego, profesora —pronunció antes de girarse para ir a recoger sus cosas.
La joven de Slytherin caminó hacia el fondo del aula con una parsimonia que Newt envidió y temió a partes iguales. Sus botas producían un eco seco contra la piedra, un sonido rítmico que parecía marcar el pulso de los nervios de Newt. Cuando ella llegó a su pupitre para recoger su cuaderno de cuero y el tintero, sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo.
Newt, atrapado en su propia torpeza, no alcanzó a bajar la vista a tiempo. Al pasar por su lado para dirigirse a la salida, el aire se enfrió sutilmente, dejando tras de sí un rastro de olor a ozono y lluvia, el remanente de su magia.
—Oye... —susurró Newt, su voz apenas audible incluso para él mismo.
Pero ella no se detuvo. El susurro de Newt se perdió en el aire viciado del aula, aplastado por el peso del silencio que dejó la partida de la joven. Se quedó allí, de pie, con un frasco de tinta vacío en la mano y el corazón latiendo contra sus costillas como un Snidget atrapado en una caja.
—Señor Scamander —la voz de la profesora Merrythought, ahora más suave, lo devolvió a la realidad—, creo que su tinta ya no puede estar más recogida.
Newt asintió atropelladamente, guardando sus cosas de cualquier manera en el maletín. Comenzó a bajar las escaleras hacia las mazmorras casi al trote, con el maletín golpeándole el muslo y la respiración agitada. El aire allí abajo era húmedo, con ese olor característico a caldero frío y a la piedra mojada de los muros que colindaban con el fondo del lago. Al llegar al pasillo que conducía al aula de Pociones, se encontró con el habitual amontonamiento de estudiantes de quinto año; como Merrythought los había despachado antes, todos esperaban a que Slughorn abriera las puertas.
Newt se pegó a la pared, tratando de mimetizarse con las sombras de una armadura cercana. Apenas un minuto después, la figura de la joven de Slytherin apareció al final del corredor. Caminaba con la misma calma tensa de siempre, pero el pasillo estaba demasiado lleno y el espacio era estrecho. Antes de que pudiera llegar a la puerta, tres alumnos de Gryffindor se separaron de la multitud y le cerraron el paso, formando una barrera humana. El murmullo del pasillo bajó de tono drásticamente.
—Mira quién viene —dijo uno de ellos, un chico alto que cruzó los brazos sobre el pecho—. La protegida de Merrythought.
—Ya dejen eso —intervino una chica de Gryffindor desde atrás, con tono de fastidio—. Solo van a lograr que nos quiten más puntos y ya estamos en el último lugar de la copa.
—¡Cállate, Connie! Esto no es por los puntos —le espetó el líder del grupo sin siquiera mirarla. Se enfocó de nuevo en la joven de Slytherin—. Vane sigue en la enfermería con el brazo entumecido por tu culpa. A ver si ese escudo tuyo es tan bueno ahora que no está la profesora para defenderte, Delonge.
Ella se detuvo a dos pasos de ellos.
—Permiso —dijo ella, con una voz que sonaba como el crujido del hielo fino.
—¿"Permiso"? ¿Tan educada ahora que no tienes público? —la provocó el otro, dando un paso hacia adelante para invadir su espacio personal—. ¿Por qué no nos enseñas otra vez ese truco plateado? O mejor aún, ¿por qué no nos muestras qué pasa cuando alguien te ataca de verdad y no en un simulacro de clase?
Newt sintió que el frío de las mazmorras se le metía en los huesos. Sus dedos buscaron instintivamente la varita en su bolsillo. Al ver la forma en que los tres rodeaban a la chica, que ahora parecía mucho más pequeña y pálida bajo la luz de las antorchas, sintió que el nudo de su garganta se transformaba en una chispa de rabia. Newt dio un paso fuera de la sombra de la armadura. Su voz, aunque temblorosa, cortó el silencio del pasillo.
—Déjenla en paz —dijo Newt, aunque sus ojos seguían fijos en los cordones de sus propias botas para evitar la confrontación directa.
Los Gryffindor giraron la cabeza hacia él, sorprendidos de que el chico callado de Hufflepuff hubiera abierto la boca. La joven de los ojos grises también lo miró, y por un segundo, Newt vio en su expresión una mezcla de desconcierto y una advertencia silenciosa. El líder del grupo de Gryffindor soltó una carcajada seca, girándose por completo hacia Newt mientras sus amigos lo seguían con miradas de burla.
—Vaya, miren quién salió de su escondite —dijo el chico, señalando a Newt con un gesto despectivo—. El encantador de bichos viene al rescate. ¿Qué vas a hacer, Scamander? ¿Vas a soltarnos un Bowtruckle o nos vas a aburrir con datos sobre las pezuñas de los caballos alados?
—Tal vez quiere que ella lo deje sentarse en su mesa —se mofó otro, provocando una oleada de risas entre los que observaban —. Hacen buena pareja: el raro y la más rara.
Newt sintió que la sangre le subía a la cara, pero no retrocedió. Sus dedos apretaban con fuerza la varita dentro del bolsillo, aunque sus pies seguían clavados en el suelo por la inseguridad. Sin embargo, justo cuando el grupo de Gryffindor daba un paso hacia él para intimidarlo, la voz de la joven de Slytherin cortó el aire como un látigo.
—Déjenlo —dijo ella.
Se movió con una rapidez que tomó a todos por sorpresa, situándose no detrás de Newt, sino entre él y los de Gryffindor. Sus ojos grises centellearon bajo la luz de las antorchas con una intensidad que hizo que el líder del grupo diera un paso atrás por puro instinto. Luego, giró la cabeza ligeramente hacia Newt. No había gratitud en su rostro; al contrario, su expresión era de una rigidez absoluta.
—No necesito que me defiendan, Scamander —lo detuvo ella.
—¡Miren eso! ¡La rara tiene guardespaldas! —exclamó uno de los Gryffindor, recuperando el tono fanfarrón—. Qué tierno, Scamander. Oye, Delonge. Vuelves después de dos años y ya consigues novio.
—Es que los bichos raros siempre andan en manada —añadió otro, ganándose las risas de su grupo—. ¿O es que en Hufflepuff ahora se hacen los valientes?
Newt abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atoradas. La presencia de la chica frente a él era como un muro de escarcha; sentía que cualquier cosa que dijera solo serviría para que el fuego de las burlas creciera. El pasillo se llenó de comentarios sobre formas de hacer un ramo de Bowtruckles para conquistar a Delonge.
—¡Ya cierren la boca todos! —el grito cortó el aire como un cristal rompiéndose.
Leta Lestrange se abrió paso entre la multitud con la varita ya en la mano y los ojos encendidos de una rabia peligrosa. Su paciencia, que ya venía desgastada desde la clase anterior, se había terminado de romper. No se detuvo hasta quedar al lado de Newt, lanzándole una mirada feroz a los de Gryffindor.
—Si tienen tantas ganas de pelear, ¿por qué no prueban con alguien que no tenga miedo de enviarlos a la enfermería con Vane? —desafió Leta, con la voz vibrando de desprecio—. O mejor, ¿por qué no se largan antes de que les enseñe lo que es un verdadero maleficio de Slytherin?
—Ahora sí muy valiente —le espetó Delonge a Leta con desdén—. Pero fuera de los invernaderos no tanto. ¿No es así, Lestrange?
Leta se tensó como una cuerda a punto de romperse, y por un segundo, el pasillo quedó en un silencio sepulcral donde solo se escuchaba el goteo rítmico de alguna tubería vieja. La mirada que le lanzó a Delonge fue como un tajo; la culpa que arrastraba por lo sucedido el día anterior se transformó instantáneamente en puro instinto defensivo.
—¡Vaya! ¡Se están peleando entre ellas! —exclamó el líder de Gryffindor, soltando una risotada y cruzándose de brazos—. Esto es mejor de lo que esperaba. ¿Ves, Scamander? Ni siquiera entre ellas se aguantan. Deja que se despedacen solas, vamos a ver quién tiene la lengua más bífida.
—No te confundas —respondió Leta, con una voz baja y peligrosa que hizo que los de Gryffindor retrocedieran un poco más—. No te estoy defendiendo a ti. Estoy defendiendo a mi amigo de estos idiotas que no saben cuándo cerrar la boca.
—Asegúrate de no fallar esta vez —se burló Delonge con indiferencia.
El aire en las mazmorras se volvió tan denso que parecía que el oxígeno se había agotado. La provocación de Delonge fue el fósforo que encendió el rastro de pólvora que Leta traía desde la mañana. Newt, atrapado en medio de las dos, veía cómo la situación se le escapaba de las manos; era como observar a dos criaturas territoriales a punto de lanzarse a la yugular.
—¿Quieres ver si fallo? —siseó Leta, dando un paso hacia adelante. El extremo de su varita ya no apuntaba a los alumnos de Gryffindor, ahora apuntaba a Delonge.
—¡Leta, no! —gritó Newt, dando un paso al frente para intentar interponerse, pero ella ni siquiera parpadeó.
La joven de Slytherin no retrocedió ni un milímetro ante la punta de la varita de Leta. Al contrario, había sacado la suya y la mantenía tensa junto a su pierna. Ladeó la cabeza con una calma que resultaba insultante, casi como si estuviera aburrida de la situación.
—¿Le vas a dar el gusto a estos idiotas? Sabías que eso no va a cambiar la forma de la que hablan de ti, ¿verdad? Si tan bajo quieres caer por validación...
Leta apretó la mandíbula con tanta fuerza que Newt temió que se le partieran los dientes. El extremo de su varita temblaba sutilmente, cargado de una chispa roja que amenazaba con estallar. Las palabras de Delonge le habían dado donde más le dolía: en la conciencia de que, por más fuego que lanzara, seguía siendo la "Lestrange" de la que todos murmuraban.
—¡Tú no sabes nada sobre mí! —escupió Leta, con la voz quebrada por la furia.
—No —corroboró ella con sinceridad—. Pero sé que si no bajas esa varita, será Scamander el que termine dando la cara por ti. Justo como yo lo hice.
Leta se quedó paralizada, con la punta de la varita vibrando a escasos centímetros del rostro de la chica. Los alumnos de Gryffindor, que esperaban un espectáculo de luces y maldiciones, empezaron a jalear.
—¡Dale, Lestrange! ¡Demuestra lo que eres! —gritó el líder, con una sonrisa maliciosa—. ¡Enséñale por qué todos te tienen miedo!
Ese fue el error del chico. Leta, en lugar de lanzar el hechizo contra Delonge, giró la cabeza hacia él con una mirada que irradiaba puro odio. Sin embargo, no atacó. Sus dedos se aflojaron un poco alrededor de la madera de su varita. Newt sabía que mención de que él tendría que dar la cara por ella otra vez fue lo que realmente la detuvo.
—No vales la pena —escupió Leta, bajando la varita con un movimiento brusco, aunque sus ojos seguían fijos en Delonge—. Ni tú, ni estos imbéciles que solo saben ladrar cuando están en grupo.
—Qué decepción —se mofó uno de Gryffindor—. Al final resultó que la gran Lestrange es pura boca.
—¡Ya basta! —intervino Newt, esta vez con más fuerza, poniéndose al lado de Leta y sujetándola suavemente del brazo para alejarla.
Leta le lanzó una mirada a la joven de los ojos grises llena de rechazo absoluto.
—No te confundas —le dijo Leta en voz baja a Delonge—. No te debo nada.
—Si eso te hace sentir mejor... —dijo Delonge sin más mientras guardaba su varita.
La joven de Slytherin no se quedó a esperar una respuesta. Con un movimiento seco, se acomodó el cuaderno contra el pecho, ignorando olímpicamente a los de Gryffindor como si fueran simples manchas de humedad en la pared.
—¡Hey! ¡No hemos terminado contigo, Delonge! —gritó el líder del grupo, herido en su orgullo al verse ignorado después de tanta fanfarria—. ¿Qué pasa? ¿Crees que puedes volver e ir a atacando a compañeros porque sí otra vez? Creí que te había bastado con...
—¿Y ustedes qué? ¿Quieren hacerle compañía a Vane? —interrumpió la chica con burla.
—¡Vaya, vaya! ¿Pero qué es este alboroto? —la voz del profesor Slughorn resonó en las mazmorras, rebosante de una alegría que contrastaba violentamente con la tensión eléctrica del pasillo.
El profesor apareció doblando la esquina, con su túnica de seda color ciruela ondeando y su prominente abdomen precediéndolo. Traía consigo un aroma a jerez y hojas de tabaco. Al ver al grupo de estudiantes amontonados, soltó una carcajada sonora, palmeándose las manos.
—¡Qué entusiasmo por la ciencia de las mezclas! Me encanta, me encanta. Aunque sospecho que algunos están más interesados en el debate que en el caldero, ¿eh, señor Warlow? —dijo, lanzándole una mirada inquisitiva pero bonachona al líder de Gryffindor, quien bajó los brazos de inmediato, tratando de disimular su postura agresiva.
Los de Gryffindor se dispersaron hacia la puerta del aula como si nada hubiera pasado, aunque Warlow le lanzó una última mirada de advertencia a Leta y una de asco a Delonge antes de entrar. Leta, todavía con la respiración entrecortada, guardó su varita con un movimiento brusco y se alejó hacia el fondo de la fila, evitando la mirada de todos, incluso la de Newt.Slughorn abrió las pesadas puertas de madera con un movimiento de su varita.
—¡Pasen, pasen! Hoy nos espera la Solución de Hipos, un clásico de quinto año. ¡Cuidado con los ingredientes, que el bazo de rata está especialmente fresco hoy! ¡Ah, Delonge! ¡La maestra en pociones! ¡Qué gusto verla otra vez! ¿Cómo estuvo Ilvermorny?
Pero la chica fingió no oírlo. Newt se quedó un momento rezagado, ajustando la correa de su maletín. La joven de Slytherin caminaba un par de pasos delante de él. Newt entró al aula con la cabeza gacha, sintiendo que el peso del maletín era el doble de lo normal. El murmullo de los estudiantes al acomodarse sonaba como un enjambre de abejas enojadas en sus oídos. Se dirigió mecánicamente hacia su lugar habitual, pero sus ojos, casi por traición, buscaron la figura de la chica.Ella se había sentado en un pupitre del fondo, en la esquina más oscura del salón, donde las sombras de las estanterías llenas de ingredientes en frascos parecían tragarse su silueta. Sacó su cuaderno de cuero y lo colocó sobre la mesa con una precisión quirúrgica, sin mirar a nadie, ni siquiera a Slughorn que seguía tarareando una melodía mientras preparaba su escritorio.
—¡Bien, bien! —exclamó Slughorn, ajeno por completo al hielo que todavía cubría el ambiente—. Como saben, la Solución de Hipos requiere paciencia y, sobre todo, un control impecable de la temperatura. ¡No queremos explosiones antes del almuerzo! Trabajen en parejas, por favor.
El aula se convirtió de inmediato en un caos de sillas arrastrándose y voces llamándose entre sí. Leta, que ya se había sentado un par de filas más adelante, ni siquiera giró la cabeza para buscar a Newt. Estaba absorta, picando sus ingredientes con una violencia contenida que hacía que el cuchillo golpeara la tabla de madera con un sonido rítmico y seco.Newt se quedó parado en medio del pasillo, sintiéndose como un árbol arrancado de raíz. Miró hacia Leta, luego hacia los de Gryffindor que se reían por lo bajo mientras lo señalaban, y finalmente hacia el fondo. Delonge estaba sola. Nadie se acercaba a su mesa; era como si hubiera un círculo invisible de advertencia a su alrededor que nadie se atrevía a cruzar.Con el corazón martilleando contra sus costillas, Newt caminó hacia el fondo con sus pies sintiéndose pesados. Al llegar frente a su pupitre, se detuvo y carraspeó, un sonido tan débil que casi se pierde en el ruido general.
—¿Está... está ocupado? —preguntó Newt, señalando el taburete vacío a su lado sin levantar la vista de la tabla de madera.
La joven no lo miró. Comenzó a sacar ingredientes de una pequeña bolsita de tela.
—Sí, demasiado ocupado —declaró ella.
Newt sintió que la cara le ardía, más por la confusión que por la vergüenza. Se quedó ahí parado, con el maletín colgando de un brazo, procesando la respuesta. Miró el taburete vacío y luego la mesa, donde ella ya estaba acomodando las escamas de dragón en polvo con una precisión que rozaba lo obsesivo.
—Pero... no hay nadie sentado —balbuceó Newt, obligándose a mirar al menos sus manos pálidas mientras trabajaban—. El profesor dijo en parejas y... bueno, todos ya tienen la suya.
—Lestrange no tiene pareja. Y Slughorn ya sabe que trabajo mejor sola.
Newt desvió la mirada hacia Leta. Ella seguía de espaldas, moviendo el mortero con una energía frenética, rodeada de un espacio vacío que nadie se atrevía a invadir por temor a su temperamento. Era cierto, ambos estaban solos, pero por razones distintas.
—Leta... ella necesita estar sola ahora mismo —murmuró Newt, dando un paso más hacia el pupitre de la chica de Slytherin—. Y yo... bueno, yo prefiero no estar con los de Gryffindor. Warlow no deja de mirarme como si fuera a echarme pus de Bubotuber en el caldero.
Ella no dijo nada, solo siguió sacando ingredientes de su bolsa de tela. Newt interpretó el silencio de ella no como una invitación, sino como una tregua mínima. Con movimientos extremadamente cautelosos, como si estuviera tratando de no espantar a un Graphorn herido, dejó su maletín en el suelo y se sentó en el borde del taburete.Apenas se acomodó, Slughorn, que paseaba entre las mesas con las manos entrelazadas sobre su chaleco, se detuvo frente a ellos. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y genuino deleite al ver a la pareja más improbable de la clase compartiendo caldero.
—¡Vaya, pero qué ven mis ojos! —exclamó Slughorn, su voz resonando por todo el salón y atrayendo las miradas de los demás—. ¡Señorita Delonge! Es la primera vez en todo el curso que no la veo trabajando sola. ¡Parece que los aires de Ilvermorny realmente le han sentado de maravilla! Un poco de espíritu colaborativo, ¡sí, señor!
Ella cerró los ojos un instante y soltó un suspiro largo y pesado, uno que transmitía un cansancio existencial profundo ante el entusiasmo del profesor.A su alrededor, el comentario de Slughorn no pasó desapercibido. Varios alumnos de Gryffindor y Slytherin soltaron risitas burlonas por lo bajo.
—¡Silencio, silencio! —pidió Slughorn, aunque sin mucha severidad, mientras seguía su camino—. ¡Menos risas y más picar ese bazo de rata! El tiempo corre.
Newt sintió que el calor de sus orejas era capaz de encender un fuego, pero se obligó a concentrarse en los ingredientes. La chica, por su parte, tomó vagamente su varita y apuntó al pupitre de Newt, haciendo se arrastre por el suelo y se acerque al de ella.Newt sintió un leve sobresalto cuando su pupitre se arrastró por el suelo con un chirrido seco, impulsado por el hechizo de la joven, hasta quedar pegado al de ella. Newt no perdió tiempo y, con manos expertas, comenzó a organizar los instrumentos sobre la mesa compartida. Sus movimientos eran precisos, aunque sus dedos todavía temblaban ligeramente. Newt pudo percibir un leve aroma a vainilla que parecía venir de los ingredientes de ella.
—Yo... puedo encargarme de limpiar las escamas de dragón —susurró Newt, buscando ser útil sin resultar invasivo—. Tienen un recubrimiento aceitoso que suele arruinar la mezcla si no se retira con cuidado.
—Eso es sólo si decides agregar estragón a la mezcla —explicó ella mientras cortaba unas raíces a toda velocidad—. Si no lo haces, el aceite ayuda a evitar posibles reflujos. Decide tú. De todas formas no tomaré esta poción.
Newt se quedó un momento con el cuchillo suspendido sobre las escamas, procesando la observación. Era un detalle técnico avanzado, uno que no venía en los libros estándar de Elaboración de pociones avanzadas. La miró de reojo, sorprendido por la seguridad con la que ella descartaba las instrucciones del pizarrón.
—Tienes razón —murmuró Newt, bajando el cuchillo—. El estragón es solo para el sabor, no afecta la eficacia... y el aceite del dragón actúa como estabilizador térmico. Es... es muy inteligente.
Comenzó a separar las escamas sin retirar el aceite, trabajando con una delicadeza casi quirúrgica. Se escuchaban a todos los estudiantes cortando y manipulando ingredientes. Ella ya había puesto el agua destilada en el caldero. Newt no pudo evitar voltear. Vio que a diferencia de sus compañeros, el caldero de ellos parecían ser los más avanzados en la preparación. El agua destilada comenzaba a adquirir un tono azulado traslúcido, señal de que la temperatura era la exacta para recibir las escamas.
—No te quedes mirando —dijo ella sin apartar la vista del caldero—. Si el aceite del dragón no entra en contacto con el agua antes de que cambie a violeta, la mezcla se volverá ácida y perderemos el caldero.
Newt reaccionó de inmediato. Con un movimiento fluido, dejó caer las escamas aceitosas una a una. Al contacto con el líquido, el aceite creó pequeñas esferas doradas que danzaron en la superficie antes de integrarse. El vapor que emanaba era limpio, con un ligero aroma a ozono.
—Es fascinante —susurró Newt, olvidando por un segundo su timidez—. La mayoría cree que el aceite es una impureza, pero aquí está... protegiendo la estructura de la poción. Es casi como el moco de un Fwooper cuando intenta proteger sus huevos de la humedad.
Ella hizo una pausa mínima en su agitación constante del caldero. Ladeó la cabeza, y por primera vez en todo el día, pareció procesar las palabras de Newt no como una molestia, sino como un dato curioso. Pero no dijo nada.
—Bueno, creo que ya es suficiente tiempo —dijo el profesor al cabo de unos minutos—. A ver esos calderos...
Slughorn comenzó su recorrido por el aula con las manos entrelazadas tras la espalda, emitiendo pequeños sonidos de aprobación o ligeros chasquidos de lengua según lo que encontraba. Se detuvo en la mesa de Warlow, señalando con una mueca que su solución parecía más un guiso de lodo que una poción para el hipo, lo que provocó que el grupo de Gryffindor se riera de su compañero.Cuando el profesor llegó finalmente a la esquina del fondo, se hizo un silencio expectante en las mesas cercanas. Leta, desde su lugar, se giró apenas lo suficiente para observar de reojo, con una expresión que Newt no alcanzó a descifrar.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Slughorn, inclinándose sobre el caldero de Newt y deteniéndose un segundo de más en el de la joven—. ¡Miren esta consistencia! ¡Miren ese tono azul cobalto con destellos dorados!
El profesor sacó un frasco de cristal y tomó una pequeña muestra del líquido, elevándolo a la luz de las antorchas. La poción brillaba con una pureza casi antinatural.
—Es magnífica —sentenció Slughorn, radiante—. Han conservado los aceites esenciales de las escamas. La mayoría de los alumnos comete el error de limpiarlas, perdiendo la capacidad estabilizadora del lípido de dragón. ¡Cinco puntos para Hufflepuff y cinco para Slytherin por esta excelente muestra de técnica no convencional!
Un murmullo de incredulidad y envidia recorrió el aula. Warlow soltó un bufido audible, pero Slughorn lo ignoró por completo.
—Dígame, señorita Delonge, ¿fue idea suya mantener el aceite? —preguntó el profesor con genuina curiosidad.
Ella, que estaba limpiando su cuchillo con un paño oscuro, ni siquiera levantó la vista.
—Un accidente —respondió secamente.
Slughorn soltó una carcajada jovial, palmeándose el chaleco con fuerza, claramente encantado con la respuesta.
—¡Ah, los mejores descubrimientos de la alquimia nacieron de accidentes, mi querida joven! ¡La serendipia es la madre de la excelencia! —exclamó, guiñándole un ojo a Newt antes de seguir su camino hacia la mesa de Leta—. ¡Sigan así, sigan así!
Newt sintió que el pecho se le inflaba un poco de orgullo, aunque la mentira de ella lo dejó desconcertado. Sabía perfectamente que no había sido un accidente; ella lo había decidido con una seguridad técnica abrumadora. Esperó a que el profesor se alejara lo suficiente y comenzó a recoger los frascos vacíos.
—¿Por qué dijiste que fue un accidente? —susurró Newt, bajando la voz para que nadie más lo oyera—. Fue... fue una decisión brillante. Deberías llevarte el crédito.
Ella comenzó a guardar los cuchillos.
—Me da igual —dijo sinceramente.
Newt se quedó en silencio, observando cómo ella guardaba sus herramientas con una eficiencia que no dejaba espacio para el reconocimiento. Para él, que valoraba cada detalle de la naturaleza y el conocimiento, ese desinterés le resultaba casi doloroso. Sin embargo, antes de que pudiera insistir, un estruendo metálico resonó al frente del aula.Leta se había levantado bruscamente, tirando su taburete al suelo en el proceso. No miró a nadie; simplemente tomó su maletín y salió del salón sin pedir permiso, dejando su caldero soltando un humo grisáceo y espeso que delataba una poción arruinada por el exceso de fuego. Slughorn parpadeó sorprendido, pero antes de que pudiera articular palabra, la campana que indicaba el fin de la clase retumbó por las mazmorras.El aula se llenó de inmediato con el ruido de estudiantes ansiosos por salir hacia el Gran Comedor. Newt comenzó a guardar sus cosas atropelladamente, sintiendo que debía ir tras Leta, pero al mismo tiempo, sus manos se demoraban al cerrar el maletín.
—Oye... —dijo Newt, deteniéndose justo cuando la joven de Slytherin se colgaba el cuaderno de cuero al hombro. Ella se detuvo, aunque no se giró por completo —. Gracias por... por dejarme sentar aquí. Y por lo de las escamas. He aprendido algo nuevo hoy.
Ella lo miró de soslayo y asintió antes de comenzar a caminar hacia la salida. Newt se quedó un momento parado frente al caldero vacío, sintiendo el calor residual del vapor en su rostro mientras el resto de los alumnos salía atropelladamente del aula.
—¡Buen trabajo hoy, Scamander! —le gritó Slughorn mientras ayudaba a un Gryffindor a limpiar un desastre pegajoso en la otra punta del salón—. ¡Hacen un equipo formidable!
Newt asintió con una sonrisa tímida y terminó de cerrar su maletín. Al salir al pasillo de las mazmorras, la marea de estudiantes ya se había dispersado hacia el Gran Comedor. El eco de las risas y los pasos se sentía lejano, dejando el corredor sumido en una penumbra fresca. Caminó por el corredor, pero sus pasos no se dirigían hacia el Gran Comedor. Sabía que Leta estaría en algún rincón, rumiando su frustración, y el peso en su pecho por no haberla seguido de inmediato lo hacía sentir como si cargara un saco de piedras.
Newt caminó por los pasillos de piedra con paso vacilante, evitando el flujo principal de estudiantes que se dirigían al Gran Comedor. Conocía bien los escondites de Leta; sabía que cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso o su propia mente la traicionaba, ella buscaba la soledad de los niveles superiores, lejos del bullicio de las cenas. La encontró finalmente en un hueco de la ventana en el tercer piso, sentada en el alféizar de piedra con las rodillas pegadas al pecho. La luz del atardecer entraba de forma oblicua, bañándola en un resplandor anaranjado que no lograba suavizar la rigidez de su espalda.
—Leta... —susurró Newt, deteniéndose a unos metros de distancia.
Ella no se movió, pero sus hombros se tensaron aún más.
—¿Qué haces aquí, Newt? Deberías estar celebrando tus puntos extras con tu nueva compañera de caldero —dijo ella, con una voz cargada de una amargura que le dolió a Newt más que cualquier insulto de los Gryffindor.
—No es mi compañera, Leta. Solo... no quería que Warlow siguiera molestando —explicó él, acercándose lentamente—. Además, tú te fuiste muy rápido. Tu poción estaba...
—Mi poción era una basura, Newt. Igual que todo hoy —lo interrumpió ella, girándose finalmente para mirarlo. Sus ojos estaban rojos, pero no había rastro de lágrimas, solo una rabia seca—. ¿Viste cómo te miraba? ¿Cómo nos miraba a todos? Como si estuviéramos por debajo de ella. Y tú vas y le sigues el juego.
—Ella no es como los demás, Leta. Creo que... creo que ella también sabe lo que es que te señalen —murmuró Newt, bajando la vista hacia sus manos—. Hoy en el pasillo, ella pudo haberme dejado solo, pero se puso en medio.
Leta soltó una risa amarga y se bajó del alféizar con un movimiento brusco.
—Se puso en medio porque le encanta demostrar que es superior, Newt. ¿No la viste en clase de Merrythought? No lo hace por ti, lo hace por ella misma. Para que todos vean lo "especial" que es.
Newt guardó silencio. No quería pelear con Leta, pero sentía que su amiga estaba proyectando su propio dolor en alguien que, al igual que ellos, parecía estar librando sus propias batallas en silencio.
—Lo siento —dijo Newt finalmente, sin saber muy bien por qué se disculpaba, pero sintiendo que era lo único que podía calmar la tormenta en el rostro de su amiga.
Leta suspiró, su postura suavizándose un poco. Se pasó una mano por el cabello, frustrada.
—No te disculpes. Eres demasiado bueno, Newt. Ese es tu problema —dijo ella, caminando hacia él y poniéndole una mano en el hombro—. Solo ten cuidado. Esa chica... hay algo en ella que no encaja. Vamos a comer algo —dijo Leta, empezando a caminar—. Antes de que los de Gryffindor se terminen todo el pastel de riñón y empiecen a inventar más historias sobre nosotros.
Newt la siguió en silencio, pero mientras bajaban las escaleras, su mirada se desvió un segundo hacia las ventanas que daban a los terrenos. A lo lejos, cerca del sauce del lago, creyó ver una pequeña mancha negra moviéndose entre las sombras: el gato. Y supo que, de alguna manera, aquel año en Hogwarts no iba a ser como los anteriores.
Notas:
hola
Este es el primer capítulo de una historia que tenía guardada por ahí cuando solía escribir. decidí corregirla en wattpad y subirla porque dentro de todo pese al cringe, me había gustado. como no suelo escribir por acá, no sé cuánto suelen durar los episodios generalmente, posiblemente sea muy largo aksjdjk perdón. me gustaría que, a quién sea que esté leyendo esto (posiblemente nadie) me diga cómo mejorar. quizás cosas que les gustaría ver en la historia o cambios en mi forma de redactar. o lo que sea, me gustaría saber que aunque sea hay alguien leyendo esto TT. posiblemente suba el otro capítulo el domingo que viene o si puedo corregirlo antes, lo subo el mismo día.
Bueno. A quien sea que esté leyendo esto, chauuu