La Distancia Entre Nosotros

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planificada Mini, escritos 5 páginas, 2.402 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1 El forastero

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Para las regiones del Archipiélago, lugares como Berk eran escasos en distancia, habitabilidad y <em>vida</em>. El clima era imperdonable para aquellos que se atrevían a aventurar sus atrozmente frías y voraces tormentas, dispuestas a devorar a todo aquél viajero lo bastante inexperimentado como para atreverse a enfrentarlas. En este mismo pueblo perdido en el mapa, pocos contaban con el valor suficiente para navegar entre lo desconocido y las bestias que albergaban en la penumbra. Sólo aquellos individuos con uno que otro tornillo zafado o con la suficiente desesperación para dejar la familiaridad del pueblo se les ocurriría enfrentar el océano por sí solos sin contar con una tripulación. En particular, un ex esclavo anglosajón. Había sido otro intento fallido de escabullirse en el barco mientras los adultos preparaban las provisiones para marchar ese día. Para mal fortuna de Jackson, se había delatado a sí mismo a causa de un apresurado desayuno que decidió tomar esa mañana. Su trabajo había sido especialmente extenuante y en cuanto su cabeza tuvo contacto con el montón de heno, no supo de sí mismo hasta que la luz del alba penetró la ventanilla de la choza en la que habitaba. El poco descanso, la mala nutrición y los movimientos intensos de una particular marea no ayudaron en absoluto, así que no fue sorpresa que terminara por devolver todos los contenidos sobre la borda, saliendo de su conveniente escondite. Tanto el hedor como los quejidos del preadolescente polizón obligaron al jefe y su tripulación a virar y volver a la costa, para regañadientes de la mano de obra que movía los remos bajo la cubierta del barco. Si otro fuera el que se hubiera escabullido, lo habrían lanzado por la borda sin cuestionamiento, dejando que regresara nadando por su cuenta si el frío y la marea no lo arrastraban al fondo primero. Sin embargo, a Jackson sólo lo detuvieron, así que supuso que su castigo tenía que ser algo que la gente del pueblo tenía que ver, como un bien merecido azote, por costar tiempo y provisiones ya que quién podía confiar en un extraño como él. No es como si fuera a ser de gran ayuda en esta excursión. Por lo que, cuando aquellos a cargo de la flotilla se hicieron camino hasta el lugar donde lo habían encerrado, el muchacho no guardó expectativas de un trato justo. Jackson no logró reconocer quiénes flaqueaban al corpulento hombre de corto pelo negro y cara de pocos amigos, pero supuso que debía ser el segundo al mando del jefe, Patón Yosoyelmejor o algo parecido. No es como si pudiera hacer sentido de los apellidos de esta gente. El hombre sólo masculló algo en su lengua lo suficientemente bajo para que Jackson no lograra distinguirlo, y se alejó sin más, al parecer listo para ir a reportar la identidad del polizón. La llegada al muelle sucedió en prontas horas, estaba oscuro y olía a humedad de mar y al fuerte hedor de hombres sudorosos haciendo mucho trabajo. Jackson ya estaba encogido de hombros, esperando el veredicto de los adultos cuando el compartimiento al que lo habían introducido fue abierto. Soltó un gritillo cuando lo levantaron en su camino por salir. “Pasar tanto tiempo con las ovejas lo ha suavizado,” dijo Patón, sacudiendo al chico por el cuello de la camisa; parecía la continuación de una pasada conversación. “Necesita un castigo real.” “¿Qué tal que haga el lavado?” Qué desagradable. Ese era un castigo que se le había sido encomendado no mucho después de su llegada a la isla por la primera decena de ocasiones en que intentó robarse un navío. Marchó tan bien como se esperaba cuando eras un joven preadolescente enfrentando a un montón de adultos vikingos con sueño y ligeramente paranoicos. Al menos el consuelo de Jackson fue que por cada calzoncillo que exterminaba sus sensibles fosas nasales, era que no podía evitar el que cada tela se le fuera de las manos y fuera arrastrada por la corriente; no se le podía considerar travesura si no había evidencia de quién era el responsable. “¿Y qué mis prendas sigan perdiéndose porque se las llevó el viento? ¡Ja! Olvídalo.” “Podría pulir nuestras armas.” Ése era otro castigo que si bien, guardaba cierta expectativa (Jackson nunca había sostenido un hacha tan pesada), se reconsideró al día siguiente cuando se cortó con el filo de una y quedó en cama con una fiebre que casi lo mandaba a mejor vida. “¡Dénmelo a mí! ¡Veremos si vuelve a intentar otra treta cuando termine con él!” Cerrando los ojos, se preparó para lo peor. Su experiencia antes de llegar al pueblo no había sido la mejor, pero sus deberes con la isla al menos le brindaron el alivio de que si era un castigo físico lo que le deparaba, al menos no sería lo suficientemente severo como para dejarlo inmovilizado. No por mucho tiempo. Tal vez su tarea de ovejero sí lo había suavizado. Sin embargo, su desasosiego fue hecho de lado por la fuerte y retumbante voz del jefe del pueblo. Estoico siempre había presentado una imagen intachable de lo que era un vikingo de la tribu de los Gamberros; fuerte, enorme, y con una mirada que podía congelar hasta al más valiente de los hombres. No obstante, este hombre era muy particular con el tipo de castigos que asignaba. Después de todo; los proporcionaba a diestra y siniestra con su propia sangre. “Lo que necesita es supervisión, y poder caminar el siguiente día para cumplir sus tareas hasta que le quede grabado,” se acercó a Jackson, que había sido en algún punto bajado del agarre de Patón, y sujetó su brazo para que encontrara sus eléctricos ojos azules, “que no se aceptan polizones en mi barco.” Así es como había terminado en el lugar más desafortunado de la isla—y Jackson había sido del tipo que escarbaba las letrinas antes de decidir hacer un deporte dejar bolsas de excremento en las puertas de los habitantes de Berk. La forja de Bocón. Ahora, realmente, Jackson no tenía nada malo que decir sobre este hombre. Era, dando honor a su nombre, un bocazas, rara vez no tenía algo que aportar a una conversación y la mayoría de las cosas que soltaba eran sinsentidos o simple relatos de gloria pasadas. Jackson opinaba que ya le había contado cinco versiones distintas de cómo perdió su diente de leche a los 25 años. Al final, era divertido hablar con él. Ni siquiera podía contar con los dedos la cantidad de veces que lo había hecho reír genuinamente. “Ah, ¡Jackson!” saludó el susodicho, agitando el mazo de su brazo izquierdo que tenía en lugar de malo. “Te tocó conmigo, ¿eh? Pasa, pasa. Veamos qué puedes hacer mientras acabo este, ehm, oh aguarda. ¡Hipo!” vociferó a alguna parte de atrás de la forja. No, el problema no era él. Dicho problema entró a tropicones con los brazos llenos de lo que parecían repuestos de fierro y planos. El palo de pescado, la pena del pueblo. Y el hijo único de Estoico el Vasto. “¡Ahí estás, muchacho! Vamos, enséñale a Jackson dónde guardamos las cosas ahí detrás y, ah, seh, un recorrido por las herramientas.” Terminó Bocón antes de continuar martilleando lo que sea en lo que estaba trabajando. Jackson miró expectante a su nuevo guía, que parecía no poder encontrar sus ojos por más que Jackson permanecía plantado en un mismo lugar. Lo pasó de lado como no estuviera presente. Era un chico extraño; ni siquiera podía hacer amigos con la pandilla de rufianes de su misma edad. ¿Cómo iba a enseñarle a Jackson a hacer algo antes de que Jackson decidiera arruinarlo? Tras unos segundos en los que ninguno dijo nada, Jackson suspiró y se dio media vuelta para irse, pero fue detenido por la mano del otro. Con fuerza, rápido como si quemara—y en serio, ¿cómo aguantaba diariamente el calor de ese lugar?—miró al otro con el ceño fruncido. “A-allá no es,” tartamudeó el otro, su voz aparentemente ronca por el desuso. Jackson frunció el ceño por notarlo. “¿En serio? Creía que lo era dado a que tu silencio no me dijo otra cosa.” Ahhh, no. No quería decirlo así. Cuando llegó a la isla, Jackson nunca hablaba así. Pero era difícil mantener la buena actitud cuando todos se interponían en su camino y no hacían más que obstaculizar sus objetivos. Jackson iba a decir algo más, pero el hijo del jefe pareció mascullar algo por debajo que no pudo entender. En parte por su renuencia a ser escuchado, y en otra porque el estruendo de los martilleos de Bocón hacía imposible entender nada. “¡¿Qué?!” Preguntó, poniendo exageradamente una mano sobre su oreja. “Q-qué es por aquí,” dijo Hipo, dando media vuelta y saliendo por la puera que separaba al área de la forja de la de almacenamiento. Jackson miró las puertitas sacudirse por el movimiento y pensó en regresar a su choza. “Yo no haría eso si fuera tú.” Jackson se sobresaltó y miró sobre su hombro a dónde estaba Bocón, mirándolo con una ceja alzada. “Si Estoico te mandó aquí, es porque su última opción antes de decidir que sería más sencillo hacerte carnada de dragón.” <p dir="ltr">Un escalofrío recorrió la espalda de Jackson. Cuatro meses. Llevaba cuatro meses tratando de salir de esta isla infernal para volver a casa desde que llegó. Tantas veces había estado cerca de marcharse sólo para ser regresado a rastras, y no es como si al principio no hubiera luchado con uñas y dientes. Pero no había mucha batalla que alguien de su estatura y complexión pudiera dar. O más que dientes. Bastaron tres noches de ayuno en encierro para quebrar su espíritu sobre escapar usando el barco de los mercaderes. Los vikingos que salían a vender mercancía eran del tipo más paranoico que podía haber en una isla, y con justa razón. Los ataques constantes a sus rebaños dejaban a la isla en urgencia del mercado exterior, así que tener a la más reciente adición tratar de arruinar la calidad de sus productos—y realmente, ¿qué tan buena calidad podía tener la lana de Yak? Jackson los cuidaba, sabía cómo olían. Por eso había optado en esta ocasión ocultarse en el barco del jefe. ¿Qué loco intentaría escabullirse a la búsqueda del nido de dragones? Si lo atrapaban podía alegar que quería ganarse la confianza del jefe, mala fortuna que tan sólo tenía 12 años, que no tenía pinta de músculo, y que sorpresivamente, Estoico fuera más sobreprotector con los niños escuálidos de lo que Jackson le había dado crédito. Tan pronto intentó hablar lo metieron en un cuarto tan angosto como un closet y lo dejaron encerrado hasta que regresaron. En el libro de Jackson, pudo haber sido peor. Si Jackson lo pensaba bien, todo era culpa de su hijo. ¿Cómo no ser sobreprotector con un hijo vikingo que ni siquiera podía poner lucha contra sus molestos amigos? Jackson sentiría pena por él si su propia vida no pendiera de un hilo. Como ahorita, con la posibilidad de estar expuesto a un dragón real, frente a frente. “Y…¿qué tengo que hacer?” “Yo qué sé, estoy ocupado,” señaló Bocón despreocupado detrás de él, hacia dónde el <em>hipo</em> había desaparecido. “Pregúntale en qué puedes ayudar antes de que pierdas un dedo aquí.” Bufando, Jackson se metió la mano bajo las axilas, cruzando los brazos, no por primera vez extrañando la existencia de guantes en esta isla abandonada por dios. Avanzó a tropicones al almacén de la forja y buscó la mata de pelo castaña que lo lideraría a su nueva tortura del día. Hipo estaba sentado sobre una banca, jugando con algo—no, se veía demasiado concentrado para que eso fuera un juego. Extrañado y guiado por la curiosidad, Jackson se acercó al chico. No fue sino hasta que su sombra cubrió lo que estaba haciendo en la mesa que Hipo soltó un grito ahogado, chocó contra la mejilla de Jackson, y ambos chicos se sostuvieron las correspondientes áreas golpeadas con un gemido de dolor. “Pero qué—” “¿Por qué estabas—?” “Dios no, no siento mi nariz—” “¡De dónde saliste—!” “¡No es mi culpa que no puedas ver!” “¡Cómo ver cuando caminas como fantasma!” Ambos respiraron agitados y Jackson usó la manga de su túnica para limpiarse la cara. Al ver la sangre, se apresuró a buscar alguna superficie para revisar el daño. Cuando lo encontró en un viejo escudo, limpió la placa de metal para verse mejor y suspiró de alivio cuando sólo fue su labio partido lo que le devolvió la mirada. Sintiéndose más calmado, empezó a formar las palabras de “¿Estás bien?” Para tratar de, pues, ser la mejor persona entre los dos. O lo habría hecho si el desvergonzado hijo del jefe no hubiera resoplado por la nariz. Ya saben. Como <em>burlándose</em>. “¿Qué es tan gracioso?” El hijo del jefe pareció no esperar ser escuchado, pero pronto se recompuso y, con una mirada que decía <em>¿en serio?</em> hizo un gesto con la barbilla hacia las manos de Jackson. "Nada, nada. Sólo, eres más vanidoso de lo que pensaba." Entonces, como si dándose cuenta de a quién le estaba hablando, recompuso su expresión. "Para- para un forastero." <em>Ah, conque esas tenemos</em>, pensó Jackson. <em>Eres el paria de tu tribu y lo que está de moda es burlarse del rechazado, ¿eh?</em> Cuando Jackson no respondió de inmediato, y bajó lentamente el escudo al suelo, el nerviosismo pareció filtrarse en la pose de falsa indiferencia del hijo del jefe. Jackson apretó las manos a su costado, y antes de que pudiera soltar alguna otra cosa que aseguraría su camino a ser carne de cañón o algo, el otro reaccionó de inmediato, señalando a un punto de la trastienda. “¡Todo eso tiene que—que estar acomodado el día de hoy!” dijo y, no sin tropezarse, se quitó el mandil y lo arrojó a los pies de Jackson. Algo parecido a arrepentimiento pareció cruzar su expresión, pero antes de que Jackson pudiera resolver si era o no su imaginación, salió de la forja dejando el mandil lleno de tierra en el suelo y a un Jackson totalmente incrédulo. <em>¿En serio? Después de todo eso, vas a…</em> "Salir corriendo." El camino del cobarde, sin duda alguna. Jackson no se permitió sentirse decepcionado por el comportamiento de la vergüenza del pueblo. Después de todo, no le debía respeto o consideración a un anglosajón como <em>Jackson Overland</em>.
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