Capitulo 1: Pesadillas
27 de abril de 2026, 23:35
A Loana Sterling nunca le molestó la soledad, lo que odiaba era la lástima.
Cuando la gente escuchaba el nombre del orfanato de Santa Lucía, sus rostros se transformaban. Aparecía esa mueca de falsa compasión, esos ojos acuosos que gritaban: "Pobre niña". Era una actitud condescendiente, cargada de oraciones vacías y frases de "ánimo" que solo servían para que ellos se sintieran mejores personas antes de dar media vuelta y olvidarla. Loana no quería sus plegarias; quería de vuelta la vida que el accidente de coche le había arrebatado a sus padres.
Antes de la tragedia, Loana era fuego: intrépida, risueña, la clase de niña que corría hasta quedarse sin aliento en un hogar lleno de serenidad con padres amorosos. Pero el gobierno, con su burocracia fría, la reclamó como propiedad. Tras un paso fugaz por hogares de acogida, terminó a los once años en las entrañas de Santa Lucía.
El orfanato no era un hogar; era una pecera de cristales rotos. La humedad se filtraba en las paredes y el olor a rancio era constante. Allí, la jerarquía no se dictaba por la edad, sino por algo mucho más primario.
—¡Suéltenme! —el grito de Loana rebotó en las paredes desconchadas del pasillo trasero.
—Agárrenla bien. Si se suelta, juro que el golpe irá directo a sus caras, idiotas.
El que hablaba era Julian. Rubio, de ojos azules gélidos y una piel tan pálida que parecía de porcelana. Tenía catorce años, pero cargaba con una arrogancia que asfixiaba. Llevaba una semana acosándola, y cuando Loana finalmente se había defendido arrojándole una caja de leche en la cabeza, Julian decidió que era hora de "educarla".
Loana no era débil. A pesar de sus once años, era más alta y fibrosa que muchos de los chicos mayores, pero estaba paralizada por el miedo a las consecuencias, tal vez la palabra correcta sería cobardía por no saber que pasaría si hace algo al respecto.
Dos adolescentes, uno de catorce y otro de quince, le inmovilizaban los brazos con una fuerza que prometía dejarle moretones permanentes.
—Deberías conocer tu lugar desde ahora, Sterling —siseó Julian, acercándose tanto que Loana podía oler el aroma metálico y agrio que empezaba a desprender su cuerpo—. De lo contrario, las cosas aquí se van a poner muy complicadas para una mujer debilucha
Julian sonrió, una expresión espeluznante que no coincidía con su buena apariencia.
—Odio cuando los corderos como tú quieren ponerse en contra del pastor.
Loana intentó escupirle, pero de repente, el aire se volvió denso. Julian no solo era un niño rico caído en desgracia; era un Alfa innato. A pesar de su corta edad, su presencia empezó a expandirse como un veneno invisible.—De rodillas —ordenó Julian.
No fue una petición. Fue la "Voz". Loana sintió como si una mano invisible le aplastara los hombros. Sus músculos, los mismos que antes solían correr con libertad, se tensaron contra su voluntad. Sus rodillas golpearon el suelo de cemento frío con un crujido seco que le arrancó un gemido de dolor. La humillación de ser obligada a arrodillarse por puro instinto biológico dolió más que el agarre en sus brazos.
Julian se rió. Fue una risa aguda, cristalina y cruel que se le clavó a Loana en los oídos. Los otros dos adolescentes se unieron, sus carcajadas resonando en el pasillo vacío como el coro de una pesadilla.
—Mírate, Sterling. Tan alta, tan valiente... y mírame ahora desde abajo. Ahí es donde vas a estar siempre.
Julian colocó sus manos en la cremallera de su pantalón desgastado y miro desde arriba con una sonrisa diabólica, no fue solo el sonido de la cremallera, ni los pantalones del rubio cayendo al suelo. Sino la mirada de superioridad absoluta, la certeza de que en ese lugar, ella no era más que un error en un mundo paralelo dónde él
era el rey.
—quitenle la ropa