Caen estrellas rosadas
30 de abril de 2026, 14:04
Habían pasado siete años coleccionando llaves magnéticas y registros falsos. Se habían visto en hoteles desde Nashville hasta Montreal, dejando rastros de su secreto en sábanas blancas y habitaciones que no tardaban en volverse impersonales. Esa noche habían jugado en Nashville y, como tantas otras veces, habían acordado verse después del partido.
El último mes había dejado a Rozanov exhausto, con llamadas que no terminaban y compromisos que siempre parecían exigirle algo más. Aquella noche, Shane era lo único que no le pedía explicaciones. Habían pasado diez meses desde el último partido. Diez meses desde que tuvo su último encuentro con Don Perfecto Hollander, como a veces solía llamarle para sí mismo.
En las noches en que el silencio se volvía insoportable, había empezado a llenar el techo de estrellas rosadas.
Mientras jugaba para su equipo en su país natal, los días que tuvo libre después de hacer lo debido con su familia y entregar más dinero del que podía darles, Ilya salió al centro de la ciudad. Pensar en Hollander ya no le servía para distraerse. Al contrario: se le quedaba clavado en la cabeza incluso cuando no quería. La rutina ya no se disimulaba. Partidos. Celebrar. Sexo. Y luego nada.
Ilya sabía que algo había cambiado, aunque no podía —o no quería— señalar el momento exacto. Había noches en las que el sueño no llegaba, y la oscuridad del hotel parecía un espacio demasiado grande para una sola persona.
Mientras paseaba, encontró en un puesto unas pegatinas. Unas estrellas de plástico rosadas que brillaban en la oscuridad. Al principio le parecieron ridículas. Luego, lo pensó mejor y compró aquellas estrellas. Después de eso, ninguna habitación volvió a sentirse completa sin ellas. Cuando las luces se apagan y es la hora de dormir, Ilya se acuesta y lo único que observa son aquellas estrellas rosadas.
Ilya estaba de pie sobre la cama, pegando una a una las estrellas rosadas en el techo del hotel. Ésa noche Hollander se encontraba ahí. Había entrado con un pantalón negro y una chamarra de cuero negra. Gafas de sol y gorra. A Rozanov siempre le daba la impresión de que si alguien notara a Shane de ese modo, pensaría que es un ladrón de joyas. Shane entró como siempre a la habitación de Ilya: de manera apurada y sin hacer ruido. Entró sin siquiera saludar o besarlo. Se dirigió a la barra y se sirvió un ginger. Cuando Shane se dio cuenta que había entrado sin saludar, giró la cabeza y observó a Rozanov poner estrellas rosadas de manera dispersa por el techo.
—¿Qué carajos es eso? —preguntó.
—Nada, sólo... me ayuda a dormir.
Ilya continuó pegando aquellas estrellas.
—¿Podrías poner un poco por aquella esquina? —preguntó Shane.
—¿Por qué? —Ilya lo miró con una sonrisa burlona—. ¿Te está matando la simetría?
—No... —contestó Shane—. Bueno sí, sabes que necesito la simetría.
Ilya lo miró y le sonrió. Colocó la última en el techo. Y se acostó en la cama. Hollander seguía parado delante de la cama. Alzó la vista y cuando Rozanov apagó la luz, las estrellas brillaron.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Shane.
—No sé, me ayuda a dormir, supongo.
—¿Desde cuándo haces esto?
—Unos diez meses, tal vez. Las vi y desde entonces las pego, cuando voy a otra ciudad a jugar, las despego y me las llevo conmigo al próximo hotel al que vaya.
Shane soltó una risa.
—Eso suena estúpido.
Ilya no se lo tomó personal. Realmente esperaba que Shane se quedara con el aquella noche. Se acostó en la cama y extendió su mano hacia Shane, quien le dio un sorbo al ginger y se metió en la cama con él. Ambos miraron al techo, iluminado por las estrellas que Ilya acababa de poner.
—¿Qué tal estuvo el partido? —dijo Shane.
—¿Podemos hablar de otra cosa? Esta noche solo quiero...
—Bah... —lo interrumpió Shane— vamos al acción entonces.
Shane le dio un beso largo y se subió encima de Rozanov. Este le correspondió el beso. Pensó en terminar lo que iba a decir, pero se dejó llevar por Shane.
Se quitaron la ropa y continuaron besándose. Rozanov abrió los ojos y se quedó mirando las estrellas mientras Shane continuaba con lo suyo.
—¿Qué es lo que pasa? —le suelta Shane— ¿tienes algún problema?
—No.
—¿No te está gustando?
—Sí.
Shane se levanta de pronto. Se sienta al borde de la cama.
—Entonces no entiendo.
Ilya se sentó. Se subió sus boxers y miró a Shane.
—¿No crees que esto está siendo, no sé, repetitivo?
Shane puso los ojos en blanco.
—Por favor, Rozanov. Esto es lo que somos. Esto es lo más que podemos aspirar a ser. ¿Qué me estás preguntando? Que si seremos alguna clase de novios?
—Eso suena mejor que no ser nada.
—Por Dios, Rozanov —se levantó Shane—, somos jugadores de hockey. No habrá final feliz para nosotros. Con suerte y volveremos a jugar en otro equipo si nos descubren de lo que hacemos. Yo no pienso perder mi carrera y mi reputación por un polvo cada diez meses.
Rozanov siguió sentado. Mirando fijamente a Hollander quien ya se había puesto los pantalones.
—¿Así que para ti solo soy esto? Un buen polvo y un rival con el que competirás toda tu vida. Ni siquiera me preguntas cosas de mí. No puedo dormir. Estoy exhausto. Tengo miedo y todo mi mundo se viene abajo. Y te digo que esto me ayuda a dormir y me dices que es algo estúpido.
Rozanov señaló a las estrellas rosadas.
—A ti no te importa lo que siento —continuó—, a ti no te importa si algo me pasa. Si no puedo dormir. Si estoy muy cansado y solo quiero acostarme contigo a dormir.
Shane se colocó su playera y se puso sus zapatos.
—¿Sabes que? —contestó Shane—. No vine a esto.
—¿Alguna vez has pensado en quedarte cuando no toca? —preguntó Ilya de golpe.
—No sería práctico. Sabíamos lo que era.
—Sí —dijo Ilya—. Eso es lo que me asusta.
—Por favor, Rozanov, estás siendo dramático.
—No soy dramático.
—Entonces, ¿qué es esto?
—Solo sé que tú no te quedarías aunque te lo pidiera.
Shane se acomoda su camisa una vez más. Mira el reloj y toma su gorra. Por un momento piensa en quedarse. Piensa en olvidarse del juego, de sus padres y su reputación. Mira a Rozanov que está de pie a un lado de la cama con el bóxer blanco Calvin Klein aún puesto. Por un instante, los ojos de Ilya se ponen llorosos.
Shane se da la vuelta y le toma el último sorbo al ginger.
—Es tarde —dice Shane.
—Sí.
—Te escribo.
Shane se la da media vuelta y se dirige a la puerta con Ilya siguiéndolo por detrás. Shane abre la puerta y la cierra sin mirar atrás. Rozanov se queda parado mirando fijamente a la puerta. Estuvo a punto de salir y pedirle que regresara. Pero la habitación ya estaba vacía.
En los días posteriores al encuentro, Shane se dirigió hacia Montreal donde jugaría su próximo partido. Cómo era costumbre, sus padres habían estado al pendiente de él y lo había cuidado meticulosamente para que la final del partido su equipo se llevara la victoria.
—Tu puedes, mi cielo. Eres el mejor en esto —dijo su mamá.
Cuando la pista se iluminó y los jugadores salieron a la pista, Shane notó que las luces bajo la pista de hielo era de un color rosadas.
—Eso sí que no lo ves todos los días —escuchó decir a Scott Hunter.
—Sí, creo que tienen un problema técnico o algo así escuché —respondió uno de sus compañeros.
Pero el color, lejos de concentrarlo en el partido, hizo que pensara en Ilya.
Había olvidado escribirle. Había olvidado la última vez que hablaron y lo que Rozanov trató de insinuarle.
Esa noche perdieron y mientras estaba con su equipo en los vestidores sacó su celular y escribió una sola palabra en el chat de Rozanov:
Hey...
No hubo respuesta.
¿Por qué habría de haberla? No jugaba contra el equipo de Rozanov hasta finales de año y todavía faltaban cinco meses para eso. Después de todo, él ya había sido claro. Rozanov nunca había sido más que eso.
Como es costumbre, el equipo de Montreal es enviado una vez cada mes a terapia para que sus mentes estén despejadas y concentrados. Fue en una de estas terapias donde Shane volvió a acordarse de Ilya.
—¿Cómo te encuentras hoy, Shane? —preguntó Linda, la psicóloga.
—Supongo que bien.
—Debe ser muy estresante ser el capitán y que todos dependan de ti, ¿has hecho alguna actividad que te distraiga de eso?
Shane observó el pequeño cubículo de la psicóloga. De no haber sido por el cuadro enorme de colores y formas abstractas, hubiera pensando que se encontraba en la prisión. Linda era buena y amable, pero había agarrado a Shane en un momento de vulnerabilidad y no tuvo ningún remedio más que exponerse.
—Pues, lo tenía. No a menudo. Pero cuando sucedía... vaya que me gustaba —las palabras salieron de la boca de Hollander sin pensarlo.
Lina pareció escribir algo en su bloc de notas.
—¿Y por qué has dejado de hacerlo?
—No sé, la última vez fue... extraño
—¿Extraño?
—Extraña.
—¿Entonces hablamos de una persona?
Shane volvió a su realidad de golpe. No recordaba exactamente qué era lo que acababa de decir.
—No. Bueno, sí. Es una chica —mintió.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó Linda al mismo tiempo que volvía a anotar en su bloc.
Shane volvió a mirar aquel cuadro. Saco su celular y revisó la conversación con Ilya. Nada aún.
—La última vez... —empezó Shane— dije cosas que no sentía en serio.
—¿Qué clase de cosas, Shane?
Hollander observó que Linda volvía a escribir y se acomodó en su asiento.
—¿Esto lo verá alguien? —preguntó.
—No. Por supuesto que no. Esto es solo para ti y ayudarte a ti.
Shane respiró. Se volvió a acomodar en su silla y miró directos a los ojos de Linda.
—Dije cosas que no debía. Él me dijo en otras palabras que me amaba y me quería para algo más. Y yo lo evadí. Tuve miedo y me fui. No porque no lo quisiera. Sino porque tengo miedo de perder el control.«
»Tengo miedo de perder el control de mi vida. De mi carrera. Mis amigos. Mi familia. Pero no puedo negar ni seguir evitando que me gusta. Me gusta mucho. Y no puedo hacer nada al respecto. He probado de todo. Me canso, me ocupo y me distraigo. Pero tarde o temprano termino encontrándolo a él en todo lo que hago. En todo lo que veo y lo que escucho. La última vez creo que lo lastimé. Lo lastimé de verdad y ahora no podré verlo hasta dentro de varios meses. Y lo pero es que cuando estoy con él, es como si todo lo demás fuera... relleno.
Linda no dijo ni una palabra y cuando Shane se dio cuenta que acaba de referirse a Ilya como un hombre, supo que ya no había vuelta atrás.
Esa noche regresó a su habitación. Encendió la televisión y sintonizó el canal donde transmitían el partido de Ilya. Lo vio jugar. Sudar. Reírse y enojarse. Pero cuando el partido terminó y la cámara enfoco a Ilya Rozanov para entrevistarlo, Shane Hollander se dio cuenta que en sus ojos había una tristeza profunda.
—Esa fue una victoria muy merecida, Rozanov. ¿Habrá celebración esta noche con tu equipo o será algo más personal? —le preguntó el entrevistador.
Ilya sonrió como de costumbre. Se limpió el sudor de la cara y habló.
—Nada de eso. Esta noche tengo que viajar a Nashville en auto. Tengo una reunión con un entrenador que podría ofrecerme algo... bueno, no puedo decir mucho al respecto. Pero creo que se vienen cosas buenas.
Mientras el periodista seguía hablando, Shane no pudo evitar sonreírle al televisor. Tomó su teléfono y estuvo a punto de mandar otro mensaje. Pensó en felicitarlo. En saludarlo simplemente. Pero nada de eso hubiera sido prudente en ese momento. Era su momento, no debía distraerlo. Escribió una sola oración y la dejó sin enviar. En cambio, se levantó y se sirvió un vaso de agua. Apagó el televisor y se dispuso a dormir.
Eran las 3.05 de la madrugada cuando despertó en medio de la noche bañado en sudor. No recordaba exactamente qué era lo que había soñado. Solo recordaba la sensación de desesperación y miedo que lo inundó al despertar. Desbloqueó la pantalla de su teléfono y se encontró en la conversación de Ilya. La miró por unos segundos y sin pensarlo envió aquel mensaje que había escrito.
Después, volvió a dormir y no se levantó hasta que el sol asomó por la ventana.
No fue la alarma la que lo despertó, sino una llamada de Scott Hunter lo que interrumpió su sueño.
—Deberías encender la CNN.
Shane no contestó. Busco a tientas el control por la cama. Cuando lo halló y encendió la televisión, no tuvo que ir a CNN para comprobarlo, el Fox News ya estaba hablando de ello.
ILYA ROZANOV MUERE ESTA MADRUGADA TRAS PERDER EL CONTROL DE SU VEHICULO. UNA FALLA MECÁNICA FUE LA CAUSA DEL DESCARRILAMIENTO gritó la tele con las letras tan mayúsculas que Shane sintió que le dieron una bofetada en la cara.
Lo único que pudo hacer es derramar una lágrima mientras aún asimilaba las cosas. Él murió, pensó Shane, él murió pensando que yo no lo amaba.
Su vida continuó normal ante la gente. Sonreía. Posaba. Jugaba. Pero ya nada era lo mismo sin Ilya. Volvió a jugar en las ciudades donde estuvo muchas veces con Ilya, evitando siempre los hoteles donde ambos se habían quedado. Siempre solo. Siempre con la culpa.
Esa noche había jugado en la misma pista donde Ilya Rozanov jugó su último partido. Evitó hospedarse en el Memorial Inn, donde tuvieron su primer encuentro. En vez de eso, decidió alojarse en un hotel no muy lujoso pero lo suficientemente caro como para descansar. La habitación lo recibió con un frío abrasador. La decoración triste y las luces cálidas no ayudaron a evitar distraerse. Se metió a la ducha y se puso su ropa de dormir. Se acostó en la cama de lado y observó el pequeño cuadro con la leyenda SONRÍE. ESTÁS VIVO.
Pero Shane no sonrió. Aventó aquel marco tan fuerte que cuando chocó contra la pared se escuchó como se partían en varios pedazos los cristales. Se volvió a acomodar boca arriba en la cama con los ojos cerrados, con el rostro de Ilya Rozanov en su mente aún presente cuando sintió que algo cayó en su frente.
Abrió los ojos y se encontró con el techo iluminado de estrellas rosadas. Estrellas rosadas que se estaban cayendo. Shane cerró los ojos y volvió a abrirlos como si no creyera lo que veía. Se levantó de golpe y observó toda la habitación. La última habitación en la que Ilya Rozanov había estado solo mirando unas estrellas falsas en el techo con un pegamento que estaba dejando de pegar. Observó como otras tres más caían del techo y empezó a llorar.
Las recogió del suelo y las volvió a colocar donde estaban. Se mantuvieron firmes por un rato.
Luego, una a una empezaron a caer.
Shane Hollander volvió a llorar. Sacó su teléfono y observó aquel último mensaje con aquella única oración que le mandó a Ilya.
La próxima vez que nos veamos me quedaré contigo por el resto de mi vida.