***
Capítulo 10: Covada Isla de los Curanderos, casa de Anna. Apenas estaba amaneciendo cuando algo hizo que Minos se levantara rápidamente de la cama y corriera al cuarto de baño. Momentos después, la sensación revuelta en su estómago lo hizo vomitar en el abrevadero un par de veces. Desde la cocina, Anna escuchó las arcadas de su marido, así que fue a asomarse. Ella se había levantado una hora antes para poner un poco de café y hacer los preparados iniciales de la comida para ese día. —¿Qué sucede? — preguntó desde la puerta. Minos ya estaba enjuagándose la boca con un poco de agua fresca de una jarra cercana. Los gestos en su rostro evidenciaron lo incómodo que se sentía, dado que ya era la tercera vez en esa semana que esto le ocurría. —No sé qué rayos sucede, pero de nuevo me dieron ganas de vomitar otra vez— respondió. —¿Te hizo daño algo, te duele el estómago? — el juez negó reiteradamente. —Bueno, quizás sólo cenaste demasiado, ven a tomar un poco de café— se dio media vuelta y regresó a la cocina. … Un rato después. Todos desayunaban tranquilamente, pero Minos ya estaba consumiendo el segundo plato de comida muy animado y sin la intención de moderarse. —Yo pensé que te sentías mal del estómago— mencionó Anna al verlo. —Ya pasó— terminó de comer y le extendió el plato. —Quiero más, por favor. — La mujer levantó una ceja con extrañeza, pero tomó el plato y le sirvió otra porción del guisado. —Aquí tienes, pero deberías moderarte, es la tercera ración que comes. — —Tengo mucha hambre mujer, déjame en paz— comenzó a devorar el alimento. —Papá, te vas a poner gordo— sonrió divertida Ariadna, mientras tomaba un poco de jugo. El juez se alzó de hombros indiferente, al mismo tiempo que le enseñaba la lengua a su hija en un gesto gracioso. Continuó desayunando como si nada, y cuando quedó satisfecho, se despidió de su familia para ir a trabajar. . . Inframundo, Tribunal del Silencio. Ya pasaba del mediodía y Minos estaba ocupado elaborando un reporte general en la oficina de los jueces. Entonces, la puerta se abrió y el ministro Aiacos entró con un libro de almas en las manos. Tomó asiento en un amplio sillón, terminando de redactar algunas cosas. —¿Qué habrá de comer hoy? — preguntó Garuda. —Lo desconozco, pero ojalá sea algo salado, mezclado con dulce y picante— respondió Minos. —Eso suena muy raro— Aiacos alzó una ceja, mirando a su compañero fijamente. —¿Por qué quieres alimentos con esa mezcla de sabores? — El juez Grifo se alzó de hombros. —No lo sé, últimamente he tenido antojos— siguió escribiendo. —Además, qué tiene de raro, si en tu tierra también preparan comida con sabores muy extraños. — Aiacos cerró el libro de almas y se encaminó a su propio escritorio para dejarlo ahí. —Sí, lo sé, pero es muy raro que tú quieras probar una mezcla exótica, además, no creo que soportes el picante— tomó asiento, reclinándose cómodamente en el respaldo. —Y si no mal recuerdo, ya es la cuarta vez en esta semana que pides cosas raras, ¿No será otra cosa? — Minos lo observó extrañado. Ahora que lo pensaba bien, su compañero tenía razón, él no consumía alimentos demasiado condimentados. Anna solía preparar comidas muy equilibradas, en especial por Ariadna y por su nuevo embarazo. Y en el inframundo, las monjas oscuras se acoplaban a los gustos gastronómicos de los jueces. —¿A qué te refieres? — —Dime, aparte de tus antojos, ¿Has tenido náuseas matutinas, cambios de humor y más hambre de lo normal? — el otro juez asintió a cada palabra. —Ya veo, entonces… ¿Tu esposa está embarazada? — El Grifo dejó de escribir y toda su atención se desvió hacia su colega. Él no había mencionado absolutamente nada de que tendría otro hijo con Anna. Prefería mantenerse reservado en esos temas. —¿A qué viene esa pregunta?, ¿Qué tendría que ver una cosa con otra? — Aiacos sonrió burlón, su colega no tenía ni idea de lo que podría tratarse. Después de todo, aunque Minos fue el primero de ellos en convertirse en padre, por aquella época, no pudo estar cerca de la madre de su hija, debido a circunstancias ajenas a él. Entonces, no había vivido un embarazo de cerca. Por lo tanto, si su esposa estaba preñada de nuevo, las cosas podrían ser muy diferentes en esta ocasión… y muy incómodas. —Yo sólo digo— se alzó de hombros. —Quizás deberías cerciorarte, si Anna va a tener otro hijo, tal vez ahora te toque sufrir el síndrome de la covada— sonrió divertido. —Déjate de tonterías Aiacos, no entiendo de qué rayos hablas— rodó los ojos y volvió a su reporte. —Mejor apresura a las monjas, tengo demasiada hambre, y diles que quiero algo dulce y picante. — El juez Garuda soltó otra risa, poniéndose de pie y caminando hacia la salida. —Sí, lo mismo decía yo, me pasó igual con Violeta cuando quedó embarazada, también me daba mucha hambre y antojos raros— desapareció tras la puerta. Minos resopló. Conocía algo del dichoso síndrome de la covada, pero como no era un tema común en su cultura, no creyó que eso fuese posible en él. —Tonterías. — . . Dos días después. Isla de los curanderos. Era sábado y Anna estaba en la cocina junto con la señora Elina. Preparaban un guisado de carne de cerdo con algunas hierbas aromáticas. Por lo que, cuando éste comenzó a hervir, toda la casa se perfumó con la mezcla de olores. —Demonios mujer, ¿Por qué apesta tanto? — se quejó Minos, entrando al lugar con la nariz tapada. —¿De qué hablas?, si es un platillo que te gusta— mencionó la mujer, mirando sorprendida como su esposo hacía gestos raros. —Huele demasiado fuerte, y además… creo que… tengo… — de pronto, el juez se llevó la mano a la boca y tuvo que irse corriendo. Ambas mujeres se voltearon a ver, sonriendo socarronas. —Ya se lo había dicho señora Anna, su marido tiene la covada— dijo Elina, mientras seguía cortando algunas verduras. —Todo lo que me dijo que le estuvo sucediendo en estos días responde a eso, él va a sufrir los síntomas iniciales del embarazo por usted— le guiñó un ojo. —Ay Elina, no puedo creerlo— rodó los ojos y suspiró. —No podré soportarlo si empieza con achaques después, mira que soy yo la que tiene que cargar al bebé y no él. — Era cierto, a pesar de que Anna estaba embarazada, los síntomas que había padecido fueron muy leves a diferencia de la vez anterior con Ariadna. Y, a decir verdad, se sentía muy bien ahora que se acercaba el cuarto mes de gestación. Pero jamás imaginó que Minos fuera a sufrir el síndrome de la covada. Es decir, poco después de enterarse de su nuevo hijo, comenzó a presentar algunos cuadros de ansiedad por la noticia, los cuales más o menos sobrellevó distrayéndose con el cuidado de Ariadna. Pero ahora, los síntomas de mareos, antojos y bochornos continuaban, y seguramente no desaparecerían pronto. Incluso ayer empezó a quejarse de un dolor de espalda y algunos calambres, algo muy raro en un hombre de su complexión y salud. Entonces resultaba que, a pesar de ser un juez del inframundo, no podía evitar sufrir esas “pequeñas” molestias. Vaya ironías de la vida. Elina ya le había explicado que era normal dicho síndrome en hombres muy cercanos a su pareja que de pronto se convierten en padres. Pensó que no le pasaría a Minos, dado que ya estaba presente Ariadna, pero resultó que no, y ahora tenía que lidiar con las rarezas de su esposo. El aludido entró de nuevo con cara de malestar. —Elina, prepárame un té de jengibre, no soporto el mareo— se sentó a la mesa, para luego dejar caer la frente sobre la misma. —Maldición. — —De inmediato señor— la mujer mayor fue en busca de la raíz a la estantería de especias. Anna se acercó y le pasó la mano por la cabeza en un gesto cariñoso. —Creo que deberías recostarte un rato, le diré a Ariadna que pele unas naranjas y te las lleve. — El juez ladeó el rostro y la miró con un gesto convenenciero. —Mujer, creo que no podré comer carne— se quejó. —¿Y si preparas una ensalada? — Ella rodó los ojos nuevamente y luego asintió. —Bien, lo haré, pero por favor no seas tan quejumbroso— le pellizcó la mejilla con suavidad. —Mira que aún faltan algunos meses para la llegada del bebé, y más te vale estar preparado. — Minos se enderezó, tomándola del brazo para atraerla hacia él y abrazarla por la cintura. —Lo sé Anna, y te agradezco infinitamente que me des otro hijo— reposó su rostro contra el vientre de ella. —No te fallaré, aquí voy a estar. — La mujer alzó una ceja, sorprendida, y luego sonrió encantada. Los cambios de humor de su marido eran muy extraños, pero estaba agradecida de contar con él, y de saber que permanecería a su lado en todo momento.***
Continuará… Probablemente esto no se vería en un Espectro común, pero en mi mundo de fanfics, es posible. Gracias por leer. 04/Septiembre/2021