SOLAMENTE UNA VEZ...O DOS.
30 de mayo de 2026, 14:00
SOLAMENTE UNA VEZ...O DOS
Dejado de la mano de los dioses, aquel mundo se había desarrollado basándose en la ley del más fuerte. La violencia imperaba por todas partes, algo que desafortunadamente pudo comprobar la expedición de aterrizaje nada más llegar. McCoy no sabía bien cómo había terminado así: encerrado en una angosta celda junto a Spock mientras Jim negociaba por sus vidas unos cuantos metros sobre sus cabezas, en aquel palacio de piedra que habitaba el gobernante de la más violenta civilización con la que se habían topado hasta entonces. Procurando olvidarse de lo crudo de la situación, el médico se entretuvo en sonsacar al vulcano ciertas cuestiones sobre su relación con Jim que le tenían intrigado. - No es una pregunta inapropiada, Spock. No lo es. - Es personal. - Lo personal no debería parecerte inapropiado. ¿Eres consciente de dónde estamos? - Confío en que Jim lo solucione todo y que tarde o temprano regresaremos al Enterprise, doctor. - O moriremos aquí, como ese pobre diablo del jersey rojo, maldito cabezota. - Trató de calmarse, discutir con el duende no era lo que deseaba. Siempre había sido una buena distracción, sí, pero no quería pasar sus últimas horas enfrascado en una absurda pelea. Spock había vuelto a ponerse esa estúpida máscara de autosuficiencia vulcana sobre el rostro, ocultando cualquier atisbo de humanidad. - Podemos conversar sobre otra cosa, doctor. - Podrías llamarme Leonard... - Insistió por cuarta vez. - Y eso es exactamente lo que yo pretendía, conversar. ¿Qué tiene de malo que te pregunte por Jim? ¿Por cómo os va de recién casados? - Nos ves todos los días Leonard. Es ilógico que preguntes cómo nos va. Al menos había usado el nombre de pila, McCoy suspiró. Sentándose en el suelo junto a la fría pared de aquel calabozo, suspiró de nuevo y sonrió. - Está bien. Tal vez te sientas mejor hablando conmigo de ese asunto si yo me abro a ti y te cuento algo digamos... “personal”. - Dijo abriendo las piernas y cruzándolas como un indio. - Si es lo que quiere usted hacer, doctor... - Agachándose a su lado imitó su postura, aquello era como si ambos se fueran a poner a meditar. - Quiero decir, Leonard. - Se corrigió ante una perspicaz mirada del médico. - No sé si lo sabes... - Comenzó relajado. - Desde el día de tu boda con Jim, Christine Chapel y yo tenemos algo. - He observado ciertos detalles, si es a lo que te refieres y mi sa-telsu *(esposo) me ha hecho algunos comentarios al respecto. - Carraspeó. No sabía bien por qué pero la conversación seguía haciéndole sentir incómodo. - ¿Qué comentarios? - McCoy abrió los ojos como platos al notar cierto rubor verdoso en las mejillas de su amigo. - No, prefiero no saberlo. Viniendo de Jim... - Nada demasiado indecoroso. - Se apresuró a asegurar. - Sólo me dio a entender que durante nuestra noche de bodas, nosotros dos no fuimos los únicos en disfrutar de la bendición del plathau *(consumación) y que tú y la señora Chapel... - Bueno, sí. Es cierto. Estamos liados desde entonces. - Confesó McCoy. - Siempre me han perdido las rubias y Christine, además de bonita, es inteligente, buena y cariñosa y por alguna extraña razón está lo suficientemente loca como para haberse enamorado de mí. - Enamorado... - Repitió Spock en un susurro. - Y he de concluir que tú lo estás de ella. McCoy se echó hacia atrás levantando las cejas y mirando al vulcano como si le acabase de hablar en chino. - ¿Acaso no se me nota, extraño duende de orejas puntiagudas? - Como ya dije antes, he visto detalles. - Respondió algo evasivo. - Bien, ya está. Te abro mi corazón y esto es todo lo que tengo. - Se quejó McCoy. - Disculpa Leonard, no sabía que... - Spock bajó la mirada, perdiéndola en sus botas manchadas con la sangre del tripulante que horas antes había muerto a su lado, volado en mil pedazos por el disparo de uno de los alienígenas que les tenían prisioneros en aquel calabozo. - Vamos, sé que tú y Jim estáis unidos por ese vínculo que tenéis y todo eso... que os amáis y que estaréis juntos de por vida. - Sus palabras iban acompañadas de una honesta sonrisa, la felicidad de sus amigos... la felicidad de Jim, simplemente le hacía feliz. - Entonces ¿a qué viene esa pregunta? - Ladeó su cabeza sin apartar los oscuros ojos de los castaños del doctor. - Es sólo curiosidad científica... - Spock volvía a poner la cabeza recta y además fruncía el ceño. - Bueno, es algo más humana que científica. - Tuvo que reconocer. - Ya sabe cómo es mi fisiología vulcana, doctor. El síndrome se presentará cada siete años estándar de mi planeta de origen... - Se explicaba con verdadera parsimonia. Últimamente se había visto forzado a compartir esa clase de íntima información con el médico. - ¿Te refieres al Pon Farr? Pero entonces, ¿significa eso que no tendréis nada de sexo hasta dentro de siete años? - El periodo equivale a unos tres años y medio terrestres. - No dio con la cifra exacta en su mente, el doctor debía de haberle puesto más nervioso de lo que pensaba. - ¡No puede ser! - Exclamó negando con la cabeza. - ¡No puedes tener a Jim sin “probarlo” durante todo ese tiempo! - ¿Probar qué, doctor? - Leonard... - ¿Probar qué, Leonard? Le miró con vergüenza, su educación sureña le impedía manejarse con las metáforas subidas de tono sin ruborizarse. Pero como el vulcano no parecía entender nada tuvo que hacer un esfuerzo. - Ya sabes... sin mojar el churro, sin catar la fruta prohibida, ¡sin darle un buen meneo, por amor de Dios! - Acabó gritando con la cara completamente congestionada. - Mojar el churro... - Repitió Spock con su irritante rostro inexpresivo. - Si se refiere al sexo, doctor McCoy, no debe preocuparse por Jim. Mi sa-telsu está bien servido. A Bones le iba a explotar la cara, sintió tanto calor que se puso en pie y buscó una bocanada de aire fresco pegando la cabeza a los barrotes de la celda. El vulcano le siguió y puso su mano sobre el hombro del médico. Éste dio un respingo, no se lo esperaba. - Jim nos sacará de aquí, Leonard. - Susurró con voz aterciopelada. - Y quisiera decirte que me alegro mucho por ti y por Christine. Creo que hacéis muy buena pareja. - Gracias, supongo. - Musitó fingiendo una sonrisa. - Perdona lo de antes, yo... - Tal vez deberías procurar satisfacer tu curiosidad preguntando a Jim. Al fin y al cabo él es tu mejor amigo. - Ya lo hice. - Levantando la vista clavó la mirada en los ojos negros del vulcano. - Y me dijo que jamás había sido tan feliz como lo es desde que está contigo. Spock cerró los ojos y trató de nuevo de conectar con la mente de su sa-telsu. Le sintió preocupado, ansioso, pero con la firme intención de arreglar las cosas con el cabecilla de aquella extraña civilización que les había tomado prisioneros. Acariciando el hombro de McCoy el vulcano suspiró. Salir de allí les iba a costar algo más de tiempo. Jim tendría que luchar a muerte por las vidas de ambos en una especie de circo romano alienígena. - Saldremos de ésta. - Se dijo en voz alta, encargándose de que tanto su esposo como su amigo el doctor le escucharan. - Por si no lo hacemos hay algo que quiero que sepas, Spock. - El médico bajó de nuevo la mirada, apartándola de los ojos del vulcano. - ¿De qué se trata, Leonard? - Al principio no me gustó la idea. Jim, mi mejor amigo, liándose con un tipo como tú... tan... frío, tan... sobrio, tan condenadamente estirado. - Terminó la frase volviendo a mirarle a los ojos con una cínica sonrisa en la boca. - Pero luego me di cuenta de que estáis hechos el uno para el otro. - Ahora la sonrisa era sincera. - Me alegro de que sea tu esposo, tu marido, tu... “sa-telsu” o como diablos se diga. Sé que siempre cuidarás de Jim, siempre le amarás, porque los vuestros se enamoran una sola vez en la vida, ¿no es cierto? - Una sola vez. - Afirmó con solemnidad. Al final Jim logró vencer a su oponente en aquella macabra prueba y Bones y Spock fueron liberados. Regresaron al Enterprise sanos y salvos, todos excepto el tripulante de rojo que perdió la vida al servicio de la Flota Estelar. UNOS CUANTOS AÑOS MÁS TARDE... Bones fregaba los platos con la mirada perdida. No había dicho una palabra durante el almuerzo. Dejó casi toda la sopa y no comió más que un par de pedazos de pan con algo de queso. Spock le observaba en silencio desde atrás, medio oculto en el rincón del frigorífico. - Deja eso, ya fregaré yo. - Era la voz de Jim, llegaba desde el salón y sonaba a “no pienso levantarme del sofá en un buen rato”. Por supuesto McCoy le ignoró y siguió rascando unos fideos pegados en la tapadera de la olla. De pronto se quedó inmóvil y el agua del grifo rebotó contra una cuchara salpicando todo a su alrededor. - ¿Pero qué...? - Aquello le había sorprendido, regresando de sus pensamientos cortó el agua dando un manotazo. - Debo estar mal, ¿qué me pasa? No es la primera vez que... - Ya que estás ahí... ¿me preparas un café? - Jim de nuevo, sonaba como si se hubiese hundido más aún en el chester. - Está todo a punto. - Un café, claro. - Dejó lo que estaba haciendo y secándose las manos se acercó a la cafetera a su derecha. La taza de Jim estaba allí al lado, con una cucharilla dentro. - Cargada de agua... y de café. - Dijo comprobando con gusto que era cierto que Jim había dejado lista la máquina. Levantando el brazo abrió el mueble sobre su cabeza después de haberle dado al botón. Un ruidito le indicó que el líquido empezaba a salir y advirtió que no había colocado la taza debajo. - Céntrate en lo que estás haciendo. - Se reprendió a sí mismo. - Vamos, ¿qué te pasa? No es para tanto... Metió la mano en el mueble de arriba, tanteando hasta dar con el azucarero y sacarlo; tuvo que tener cuidado con la tapadera, estaba floja y el bote se encontraba lleno a rebosar. Aquella mañana Bones había sido el último en desayunar y ya pudo observar entonces que no quedaba ni media cucharilla allí dentro. Tenía prisa y no se entretuvo en llenarlo. Total, por alguna increíble casualidad, llevaba más de dos meses haciéndolo él y pensó que no estaría de más dejar que se ocupase otro para variar. - Pero si incluso ha rellenado el azúcar... Sí que debo estar mal. - Susurró con media sonrisa pensando en Jim. El rubio debía haber notado que algo le ocurría, normalmente no se tomaba tantas molestias. Cuando el café estuvo listo Bones retiró la taza de la cafetera y fue a echarle azúcar pero una mano de largos y delicados dedos se posó sobre la suya deteniéndolo. - Ya tiene. Jim se la echó antes en la taza vacía. - Susurró. - Y sí, estás mal. ¿Puedes, por favor Leonard, decirme qué ha pasado hoy en el hospital? Dejando el café de Jim en la encimera se giró, su cara quedó a menos de un palmo de la de Spock. El médico cerró los ojos y suspiró con pesadumbre. - He perdido un paciente. - Dijo sin más, con la voz tan baja que el susurro apenas pudo ser captado por el fino oído del vulcano. - Bueno, ya le encontrarás. - Intentó hacerle reír. “Es lo que Jim habría hecho", se dijo. - Ya sé que no es la primera vez pero... ¿que ya lo encontraré? ¿Serás imbécil? - Sonó enojado, sin embargo no podía dejar de sonreír. - ¿Qué ha pasado exactamente, Leonard? - Estaba en la mesa de operaciones, era algo sencillo, casi una rutina para mí pero algo fue mal. - Se detuvo, los brazos de Spock le rodeaban la cintura. - Si te digo la verdad aún no sé qué es lo que pasó. De pronto se apagaban sus constantes vitales, así, sin motivo alguno. Te juro Spock que pude sentir la mano de Dios arrebatándome la vida del pobre señor Hyuk de entre las mías. Unas lágrimas le rodaron por las mejillas, la tensión acumulada, seguramente. Era un hombre adulto de cincuenta y cinco años, un afamado cirujano más que experimentado, curtido en decenas de batallas al servicio de la Flota Estelar. Ya tenía que haberse acostumbrado a no ganar siempre. Las suaves palmas del vulcano le acariciaban el rostro, sus ojos oscuros allí enfrente lo eran todo. - T'hy'la, estoy convencido de que no podrías haber hecho más por salvar a tu paciente. - Su voz sonaba grave y firme. - No ha sido culpa tuya. Iba a decir algo, quizás un reproche por la estúpida broma de antes, sin embargo cerró la boca y permitió que el otro la rodeara entre sus labios. Pasaron unos cuantos latidos, ahora sus manos se aferraban a la espalda del vulcano. Nada como tenerle así tan cerca y sólo para él. McCoy dio un respingo cuando oyó aquella voz en la puerta de la cocina. - ¿Y mi café? - El rubio les estaba devorando con sus ojos intensamente azules, en el rostro llevaba dibujada una pícara y retorcida sonrisa.