II: LA FALLA DE SAN ANDRÉS
30 de mayo de 2026, 14:00
LA FALLA DE SAN ANDRÉS
Recordaba haber ido al concierto con él, su pelo suelto flotaba en el aire con los saltos que daba al bailar. Y beber cerveza romulana que consiguieron en la barra, a él nunca le pedían la identificación cuando decía tener veintiuno, los klingons son más altos y corpulentos que los humanos. También cogerle de la mano durante las baladas, besarle en un rincón oscuro hasta levantarle la camiseta para acariciar su piel... y cómo el klingon se la volvía a colocar impidiendo que la cosa fuera a mayores. Luego el paseo hasta la playa, el revolcón de besos y caricias bajo las estrellas, más besos... y la conversación sobre Sirio y la nebulosa Cabeza de Caballo, donde Anton postulaba la teoría de que una nueva estrella estaba naciendo allí ahora mismo, contemplando con las caras muy juntitas las constelaciones, cogidos de la mano y tendidos en la arena. Recordaba su lengua jugando en la boca del otro, sus manos ávidas por alcanzar lo que escondía entre las piernas... pero como siempre, el responsable Jadzia le había parado los pies. Se acordaba perfectamente de todo aquello, una preciosa cita con su novio... hasta que empezó a sentirse mal y le pidió que le llevase a casa en la moto.
Habían pasado más de veinticuatro horas y, lo que en principio creyó que era un resfriado, acabó por convertirse en la peor experiencia que había tenido en su corta vida. No podía controlar su telequinesia, ¿por qué se había disparado su poder así? Y, lo más importante: ¿dónde estaba su padre cuando le necesitaba?
- Ponfo mirann! *(improperio vulcano, sin traducción) – Gritó enfadado. Todos sus libros, sus cosas, los viejos juegos y los pleenoks *(puzzles vulcanos) que volaban a su alrededor hacía rato, cayeron de golpe al suelo provocando un gran estruendo.
- Taluhk... *(cariño) - Spock abría la puerta de su dormitorio y asomaba la cabeza con cuidado. - No deberías decir esa palabra, no está bien.
- NuqDaq vavwI''e'? *(dónde está mi padre, en klingon)
- Sabes que no hablo esa lengua, Anton. - Viendo que nada se movía en la habitación se atrevió a entrar. Alex y Bones le seguían a un paso. - ¿Me permites, sa-kan, *(muchacho) realizar la fusión mental?
Anton asintió, necesitaba algo desesperadamente y no sabía qué, tal vez su sa'mekh'al *(abuelo) tuviese la respuesta. Spock se acercó con cautela y se sentó junto a su nieto, acercando una silla a la cama y enderezándola. Como cada mueble allí, había sufrido las consecuencias de la telequinesia del muchacho. Posó su mano derecha sobre el rostro de Anton, conectando con él como había hecho otras veces, fijando los puntos de unión mental... respiró con calma tratando de concentrarse, no tardó en ver algo allí.
- Tu mente en mi mente... mi mente en tu mente... - Musitó entrando en los pensamientos de su nieto.
- Sa'mekh'al... *(abuelo) – Le llamó al sentirle allí. - ¿Qué me está pasando?
- Tu sangre arde, es la llamada... necesitas a tu t'hy'la. - Respondió con voz grave. - Dime, Anton, ¿has encontrado a aquél al que llamarás así por siempre?
- Jadzia... Jadzia... - Repetía el nombre sin parar.
- Pero él no está ahí, no has establecido el vínculo aún. - Spock negaba con la cabeza.
- Amo a Jadzia...
- Puede que eso te diga tu corazón humano, sa-kam *(muchacho) pero no encuentro nada que te una a él en tu katra... *(alma y memoria)
- ¡Pues sigue buscando, porque te juro que está ahí! - Le gritó abriendo los ojos y mirándole con furia, todo lo que había caído al suelo empezó a vibrar amenazando con levantar el vuelo de nuevo.
- Tranquilo, moy syn... *(hijo mío) – Pavel acababa de llegar, arrastraba del brazo al tímido klingon que no sabía bien dónde se estaba metiendo.
- Hola, buenas noches... - Saludó a los doctores Freeman y McCoy en el pasillo .
- ¡Mira quién ha vuelto! ¡Y con refuerzos, ya era hora! - Bromeó Bones soltando un poco de tensión. - Anda, entra ahí a ver si puedes controlar esas malditas ondas Ram-Alta en el cerebro de tu hijo. O eso o le pinchamos un sedante como tuve que hacer con Parmen, tú verás.
- ¿Parmen? ¿Te refieres al platónida telequinético al que me enfrenté en aquel planeta? Anton no es tan peligroso, no digas tonterías Bones.
- Oye, Leonard... ¿quién es ese Parmen del que habláis? - Alex sintió curiosidad, algo le decía que no le iban a aclarar nada en ese momento.
- Casi nos aplasta con su enciclopedia, Jim podía haberle regalado unos peluches... - Se quejó McCoy.
Entretanto el joven klingon había entrado a ver a su novio, le tenía preocupado, ¿qué le estaba haciendo su abuelo vulcano? Al reconocerle, Anton estiró lentamente su brazo izquierdo hacia él. Spock seguía unido a su mente, ignorando la presencia de Jadzia en la habitación. Sin darse cuenta, los dos muchachos enlazaron sus manos en la ozh'esta, *(el beso vulcano) algo natural en ellos pues les salía del corazón. Y fue en ese momento cuando todo, absolutamente todo, empezó a temblar en San Francisco.
- ¿Un terremoto? ¿Ahora? - McCoy se agachó en el pasillo pegándose a la pared. - ¡Por el amor de Dios, es lo que nos faltaba! - Protestó tirando del jersey de Alex para que se pusiera también a salvo.
- No es un seísmo... - Pavel sentía una fuerza inmensa a su alrededor, pero procedía de su hijo, estaba seguro. - ¡Es Anton! Escúchame, moy syn... ¡Tienes que parar! ¡Hass un esfuersso y contrólalo! ¡Detén esto o acabarás destrossando la casa! Ay, yebát! Ni siquiera me oye...
- ¡Spock! - Gritó Leonard, había intentado contactar mentalmente con él pero se encontraba “fuera de cobertura” en aquel momento. - ¡Vamos Spock, encuentra lo que sea que une a esos dos o nuestro nieto romperá la maldita falla de San Andrés!
A cientos de miles de parsecs de distancia, una familiar nave oscura danzaba entre la nebulosa Cabeza de Caballo, al sur del extremo izquierdo del Cinturón de Orión. Hercules pilotaba con pericia, evitando el gas y el polvo interestelar de la estrella que se estaba formando en su interior.
- Pronto estará lista, buen trabajo Atenea. - Murmuraba Apolo hablando solo en su silla de mando. - Unos cuantos millones de años más y esta nebulosa de absorción se transformará en una de emisión. Mi hermana es toda una eminencia. - Sonrió sabiendo que la de los ojos glaucos estaría en el laboratorio, controlando aquel acto de creación. - Alrededor de esa estrella nacerán planetas que servirán de hogar para muchas especies.
- ¿Entre ellas la humana? - Preguntó Ares, vigilando que los escudos de la Pantheion no reventaran con la presión.
- Siempre quedarán algunos de nuestros hijos por ahí, hermano mío. - Rió complacido con la idea de la inmortalidad de sus genes.
Mientras tanto, en la sala de la clepsidra, la sacerdotisa de Apolo empujaba a Afrodita y a Eros a que hicieran su trabajo. Ni el dios del amor y la atracción sexual, ni su rubia madre, la de las nalgas perfectas, entendían muy bien cómo iban a ingeniárselas para conseguir lo que Cassandra les estaba pidiendo.
- Es imposible, no se puede... - El joven dios estaba a punto de darse por vencido. - ¡Son de especies diferentes!
- Lo cual no es óbice para que encuentren su vínculo sagrado. - Le rebatió la de los ojos violeta. - Acuérdate con Jim y Spock en aquel planeta tan árido, no te costó demasiado inspirar su amor mientras se refugiaban de la tormenta de arena en la cueva Coricia. Aquiles y Troilo también deben convertirse en uno.
- Vamos hijo mío, yo te ayudaré. - Le decía su madre acariciando los bucles castaños en su frente. - Como dice el poema conservado en la Antología Palatina, sólo el propio Eros convence la pasión de los hombres por los hombres.
- Hace tiempo que los espartanos abandonaron mis altares en las palestras, madre. - Se excusó. - No tengo fuerzas para esto...
- Ellos ya se aman, querido mío. No te rindas, insuflemos juntos nuestro aliento a ese par. - Le animó Afrodita.
Cassandra se mantenía de espaldas al reloj de agua, sus ojos no debían ver aquello. Antes se había asegurado de que la imagen de Anton y Jadzia quedase bien reflejada sobre la superficie líquida.
- Aquí Apolo desde el puente. Sala de la clepsidra, ¿me recibe alguien? - La voz del dios sonó atronadora en el altavoz.
- Aquí Cassandra, adelante mi señor. - Respondió la sacerdotisa, pulsando la fíbula con forma de trisquel que sujetaba su quitón. - ¿Qué ocurre?
- Eso digo yo, Cassie... - Refunfuñó el hijo de Zeus. - ¿Aún no han terminado Eros y Afrodita? Herc tiene que sacar de aquí la Pantheion, no podemos seguir ocultos en la nebulosa mucho más tiempo.
- Les queda un pequeño detalle que culminar, informaré a su término, capitán. - Pulsando de nuevo su hebilla se giró hacia los dioses con los ojos cerrados. - ¡Aprisa, hacedlo... soplad!
- ¡No es tan fácil, Cassie! - Protestó la rubia. - Eros tiene que concentrarse, despertar el deseo en el hijo de Klaa y conseguir que conecte por completo con el nieto de Kirk.
- ¡Pero si tú misma lo has dicho! ¡Ellos dos ya están enamorados! - La sacerdotisa no entendía a qué venía tanta demora.
- Estamos hablando de un klingon, su forma de sentir es diferente... - Eros buscaba en los ojos de Jadzia lo mismo que Spock en su mente; estando unidos los muchachos por sus dedos, el vulcano buceaba entre sus pensamientos además de en los de su nieto. - Un fiero y orgulloso guerrero, el más valiente de su pueblo... Aquiles... - Le nombró. - ¡Y ahí está su psique! *(alma, en griego) Evohé! *(interjección griega, grito, sin traducción)
El dios se alegró al hallar aquella diminuta, pero inmarcesible chispa, que brillaba en los grisáceos iris de Jadzia. No le fue tan complicado encontrar lo que hacía ser Troilo a Anton, su katra *(alma y memoria) vulcana brillaba con más nitidez. Sintió la mano de su madre Afrodita encerrando la suya, era el momento.
Al mismo tiempo, en la Tierra, todo San Francisco dejó de agitarse cuando Spock vislumbró aquella luz anaranjada. Era Eos, la aurora, extendiendo su azafranado manto en el cielo azul que anunciaba el amanecer de un hermoso día. Así nació su vínculo sagrado, ahora Jadzia y Anton estarían juntos de por vida. Del mismo modo, el sol despuntaba ya en el horizonte sobre la ciudad que, tras el extraño temblor, despertaba en calma.
- Terau ek'wak. *(juntos por siempre) – Sentenció Spock soltando la frente de Anton y descansando en la silla. - El koon'ul *(compromiso) ha sido realizado.
La Pantheion estaba empezando a vibrar, la presión en el casco exterior se hacía insostenible. El de la cabeza leonada se volvió para mirar a su superior con gesto de preocupación. Su rubio hermano tamborileó los dedos, nervioso, sobre el brazo de la silla de mando. De pronto, la voz de su amada sonó en el comunicador.
- Hecho está, Apolo. - Cassie había pulsado el botón de su fíbula, sonriendo satisfecha ante las imágenes de la clepsidra. - Troilo y Aquiles se convertirán en amantes.
- ¡Bien! Hércules.... - Sentado en su trono dorado lo hizo girar a izquierda y a derecha. - Ya has oído a la señora, podemos salir de esta condenada Cabeza de Caballo.
- ¿Rumbo al cuadrante Gamma, señor? - Adivinó el piloto.
- Tendrás que pisarle a fondo, hermanito. - Ares modificó los escudos y activó al máximo los deflectores. - Los cardasianos que acosaban la Olympia estarán ya cerca de su objetivo.
- Jim... Peter... - Murmuró Apolo aferrado al brazo de su trono. - No temáis, hijos míos... Ya estamos en camino.
Bones y Pavel se miraron el uno al otro, parecía que todo iba a terminar bien. Alex palmeó la espalda del ruso y se alejó bajando las escaleras despacito, guardando el tricorder médico en su maletín.
- ¿Está Khan con mis hijos, Spock? - Preguntó sin girarse, había sido una noche muy larga.
- Sí, se quedó con ellos. - Intentaba cerrar la puerta del dormitorio de su nieto, dejar algo de intimidad a la nueva pareja cuyo tel *(vínculo) acababa de ver nacer, pero alguien no se movía de allí. - Pavel, no creo que su telequinesia sea un problema ahora.
- Da... *(sí) – No apartaba la vista de su hijo, preguntándose si no sería mejor poner al klingon de patitas en la calle, ahora que el compromiso se había realizado. - Anton, ssielito. Debes estar muy cansado... ¿No prefieres que papa se quede a dormir contigo?
- Sí, a contarle un cuento... ¿no te digo? - Se burló McCoy. - ¿Quieres quitarte de en medio, imbécil? Esos dos necesitan estar a solas, la fiebre de Anton no bajará hasta que...
- ¡Cállate Bones! - Le gritó Pavel. - Mi pequeño está enfermo, nessesita a su papa. Bueno, nessesita a Sulu pero él no está.
- Vamos, Pavel. - Spock le tomó de un brazo y tiró de él con todas sus fuerzas vulcanas. El ruso no se movió un milímetro, anclado al suelo con su poder telequinético.
- Usted vino a mi casa a buscarme para esto, señor Chekov. - Jadzia no comprendía por qué su futuro suegro seguía allí plantado, los dedos de Anton en los suyos le quemaban, podía sentir el deseo a través de la piel.
- Niet! *(no) – Se reafirmó. - Te hará daño... es un klingon... no podrá evitarlo.
Afrodita se echó a reír a carcajadas. ¿Qué le había dado ahora al loco del ruso? Eros detuvo a Cassandra sujetándole el brazo, antes de que rompiese la lisa superficie de la clepsidra lanzando una de sus piedras violeta.
- ¡Espera mujer! ¡Obedece al dios del amor masculino! - La increpó, reteniendo a la sacerdotisa con un fuerte apretón de su mano. - Después de lo que me ha costado hacer que esos dos se deseen el uno al otro... ¡No pienso quedarme sin ver el resultado! ¿Por qué no se aparta el brujo, madre?
- Teme que a su pequeñín le destrocen el culito, cariño. - Volvió a reír la diosa mofándose del poderoso humano.
- Debe irse, ¡todos deben salir de ahí! - Cassandra tenía instrucciones expresas de Apolo, órdenes que no debía revelar. - Afrodita, Eros... ¿No podéis hacer algo?
- ¿Y qué quieres que hagamos nosotros? Como no le digamos al padre de éste que desencadene una pelea entre Pavel y el vulcano... - Dijo señalando a Eros.
- No creo que Ares pueda venir aquí ahora... pero el ruso debe marcharse, los chicos han de estar a solas. - La sacerdotisa había empezado a gritar. - ¡Nadie debe ver cómo...!
- Oh, pues a mí me gustaría verlo. - El dios de la atracción sexual restregó su cuerpo contra el de la hermosa mujer, oliendo sus negros cabellos por encima de los hombros. - Anton es un caramelo y el klingon tiene un cuerpazo... - Todo aquello le estaba excitando.
Por fortuna Alex no tardó en llegar a su casa y decirle a Khan que regresara a la suya. El sobrehumano conocía algo de lo sucedido gracias a su vínculo con Pavel: había visto cómo Spock encontró la unión entre Anton y Jadzia en sus mentes y ahora, al bobo de su marido plantado en la puerta del dormitorio de su hijo, sin ninguna intención de moverse.
- Moy muzh... *(esposo mío) – Susurró con la grave y sensual voz a su espalda, nada más darle alcance. - Ven conmigo, deja que ocurra... es necesario.
- Niet! Moy prekrasnaya syn... *(no, mi precioso hijo) – Pavel aún se resistía, aunque había dejado de utilizar su poder. - Le destrossará... no podemos permitirlo.
- Papa... - Anton le miraba directamente a los ojos, sus iris eran aguamarina ardiente, rebosantes de luz. - Está bien, puedes irte tranquilo. Jadzia no me hará ningún daño, él me ama más que nadie en el mundo.
- ¿Más que yo? - Preguntó con su voz rota.
- Más que nadie, señor Chekov. Jamás haría daño a Anton. Es más, le protegeré siempre, con mi vida si es preciso. - Respondió el propio klingon. - Mu' Daghaj! *(tiene mi palabra) - Añadió llevándose la mano al pecho.
- Ya le has oído, Pavel. - Sujetándolo de la cintura le hizo retroceder un paso, luego otro, hasta que consiguió sacarlo al pasillo permitiendo a Spock cerrar la puerta.
- No le quiere más que Sulu... - Murmuró el ruso derrotado, bajando los escalones de la mano de su marido. - Eso es imposible.
Finalmente todos se marcharon. El doctor McCoy y Spock regresaron a su hogar, ambos felices por haber sido testigos de aquella unión. Establecer el tel *(vínulo) con Jadzia, daba a su nieto la oportunidad de superar el Pon farr y le auguraba una vida llena de amor. Khan se llevó a Pavel al sótano, estarían algo incómodos entre sus trastos pero el moreno pensó que, desde allí, no escucharían ningún ruido sospechoso. En la habitación de Anton quedaron a solas los nuevos amantes.
- Esto ya no tiene interés para vosotros. - Cassandra aprovechó un descuido del dios y tiró una piedrecita de amatista a la clepsidra, rompiendo así la imagen en decenas de ondas concéntricas.
- ¿Por qué has hecho eso? - Protestó Eros. - Yo quería verlo...
- Vamos, hijo mío. - Afrodita lo sacó de la sala, había observado por el rabillo del ojo a la sacerdotisa poner los ojos en blanco. - Puede que tú y yo tengamos la suerte de estar ociosos pero, en esta nave, hay gente que tiene un trabajo que hacer.
- Está bien, acudamos al puente a ver si Apolo tiene alguna misión que encomendarnos. - Se resignó el dios, después de todo el agua del reloj sagrado se había convertido simplemente en eso: agua.
- ¡Al fin! - Suspiró Cassie. - Creía que no se irían nunca... ¡Qué pesados!
La mujer de los ojos color violeta corrió hacia la sala del transportador, debía traer a bordo de la nave a los jóvenes e inexpertos amantes. Apolo lo había ordenado así: la primera vez que el klingon disfrutase de su unión carnal con Anton, su semilla debía ser recogida en la Pantheion. La sacerdotisa imaginó que custodiarían tan preciado tesoro hasta que el dios considerase que había llegado el momento, seguramente había planeado que su cosecha diese fruto más adelante... igual que hicieron con Jim y Spock.
Sulu descubrió que la advertencia de Anton tenía su fundamento cuando, al acercarse a la estrella de Sirio, la USS Olympia detectó una nave cardassiana en sus sensores. Jim asumió temporalmente el mando, no por ser el oficial de mayor rango a bordo, que también, sino porque era quien más experiencia tenía en situaciones de combate.
- La maldita alerta roja, capitán. - Bromeó Peter con Sulu, señalando el brillo carmesí en las paredes de la nave. Una más que familiar situación para ambos. - Iré a los hangares, creo que tienen un par de Chekovs... ¿Te apuntas?
- Yo piloto y tú artillero, ¿hecho? - Recordó que no debía separarse de él.
- ¡Hecho! - Alzó su mano y esperó a que el japonés la chocase. - Veamos qué puede hacer ese juguetito de tu niño, tío Jim.
- Está bien... - Consintió el almirante, aunque ninguno de ellos le había pedido permiso. - ¡Tened cuidado ahí fuera! - Les gritó al verlos salir del puente de mando.
El rubio se ajustó la chaqueta del uniforme de gala y se sentó en la tan añorada silla. Haciéndola balancearse de lado a lado, dibujó en el rostro su más retorcida sonrisa.
- Que empiece el baile... - Murmuró.