EL CABLECITO NEGRO
30 de mayo de 2026, 14:00
EL CABLECITO NEGRO
Le tenía sujeto por la cintura, como tantas veces, desnudos, piel con piel, encajando igual que dos piezas de un puzle. Su sudor se mezclaba y lo invadía todo, el aroma era delicioso. Los jadeos y gemidos llenaban el aire con una calidez melosa. Estaba a punto, no podía verle la cara pero notaba su cuerpo tensarse, las nalgas apretadas rebotando sobre sus muslos, una y otra y otra vez. De su garganta brotó un ronco bramido, febril, intenso, y no pudo evitar morder la nuca por encima del tatuaje con forma de trisquel. La explosión surgía de lo más profundo en su interior y ya nada podría detenerla. Sí, ahí estaba... la supernova cegadora que les arrastró en su onda expansiva hasta el mismo corazón del éxtasis. Respiraciones entrecortadas, su cuerpo girándose hasta caer sobre él, agotados ambos por el placer se rindieron encima de las sábanas.
Pasaron unos segundos hasta que Anton pudo susurrar su nombre... Jadzia... con su voz quebradiza sonaba más aterciopelado que nunca. QaparHa'qu'... *(te amo) le respondió en su propia lengua. Abrazado a su amante, el klingon cerró los párpados y se hundió plácidamente en el sueño. Los enormes ojos aguamarina y la sonrisa en su jugosa boca de fresa, eran todo lo que podía ver. Imágenes de la preciosa cara de su novio, su estrella, la más hermosa en el universo entero. Su amado, adorado Anton, ¿qué estaría soñando él? Tal vez que con las yemas de sus largos dedos le acariciaba las marcas de su raza en la frente, Jadzia casi podía sentir su tacto allí. Anton Sarek Singh-Chekov, el sol de su mundo, la estrella más brillante y cálida, sin él no habría vida.
El pequeño Klasha estaba en plena “edad de la gracia”, recién cumplidos los tres años. Correteaba por los pasillos de la Reliant como Pedro por su casa, revolviéndolo todo a su paso con su insaciable curiosidad. Detestaba ponerse los zapatos y solía esconderlos en los lugares más inverosímiles, cosa que provocó algún que otro problema en más de una ocasión. A los sistemas de refrigeración de los motores warp *(de curvatura) no le sientan nada bien unas minibotas militares atascadas entre sus tuberías. Demora era paciente con el miembro más joven de su tripulación, no le quedaba otra alternativa. Si quería seguir contando con su ingeniero jefe, con su oficial médico jefe, con su primer oficial y con su jefe de seguridad, tendría que pasar por alto las trastadas del pequeño tribble, como habían empezado a llamar todos al chiquitín.
- Tío George... - Con su vocecilla ronca le llamaba pegado a su nuca, provocando que el rubio diese un respingo debajo del panel desmontado. - ¿Ezte cable qué hasse?
- ¡No! - Gritó el teniente Kirk, intentando impedir que las pequeñas manitas de su sobrino desconectaran el sistema de seguridad. - Condenado tribble travieso... ¿qué estás haciendo tú aquí?
Las luces rojas y la señal de alarma ensordecedora saltaron nada más tirar Klasha del cablecito negro, el rubio no daba crédito. Fueron solamente unos segundos, George volvió a conectar el sistema enseguida, sin embargo la fatalidad, siempre atenta a estos deslices, aprovechó la oportunidad para colarse a bordo.
- Ponfo mirann! *(improperio vulcano, sin traducción) ¡George! - Era Anton por el comunicador, sonaba muy cabreado desde ingeniería. - ¿Se puede saber por qué has desconectado el sistema de seguridad sin avisar?
- Lo siento... - Murmuró el rubio echando un vistazo a su sobrino, el niño le miraba a punto de echarse a llorar. - ¡Fallo mío!
- Ahora tendré que recalibrarlo todo otra vez... - Seguía muy enfadado, sonaba furioso allí abajo, en la cubierta A, donde pudo escucharle patear una caja de herramientas. - ¿Quieres prestar más atención a lo que haces? George... ¿me estás escuchando?
El rubio desconectó el aparato y abrazó al pequeño Klasha con fuerza, tratando de detener las lágrimas que ya habían empezado a brotar. El niño se había dado cuenta de que acababa de meter la pata hasta el fondo, si su padre estaba furioso era por su culpa.
- No llores, mi niño precioso. - Susurró a su cuello mientras le acariciaba la espalda. - No ha pasado nada, he vuelto a poner el cable en su lugar y ya está.
- Pero mami te ha dregañado... - El labio inferior sobresalía en un puchero de su boquita de fresa, los ojos aguamarina rebosaban lágrimas a borbotones. - Está fadado y es culpa mía...
- Tu madre no tiene por qué enterarse. - Le dijo secándole la cara con la enorme palma de su mano. - Anda, tribble... vete a jugar a otra parte y no vuelvas a tocar ningún cable ¿entendido?
El niño se marchó caminando por el pasillo con la cabeza gacha, arrastrando un poco los pies descalzos, verdaderamente arrepentido de haber tocado lo que no debía. A George siempre le hacía gracia reconocer detalles de Jadzia y de Anton en el pequeño, no en vano era su preciosa creación, el regalo de los dioses por su inmenso amor.
Volviendo a su trabajo con la consola averiada, George recordó el día de su nacimiento, en San Francisco, todo el revuelo que se montó cuando la cesárea se complicó y la transferencia sanguínea estuvo a punto de costarle la vida a su primo. Entonces vio a Jadzia como realmente es: un hombre enamorado. Sam le consultó al klingon, en el hipotético caso de tener que decidir entre la vida de su pareja y la del bebé, a quién debía salvar. Los ojos fieros y grises le buscaron para mirarle directamente desde el otro lado de la habitación, a él, como si nadie más estuviera allí. George sintió que sus almas intentaban comunicarse, decirse el uno al otro que sin Anton nada tendría sentido... y cuando al fin le oyó pronunciar el nombre de su primo, como respuesta a la pregunta del médico, pudo volver a respirar.
Por fortuna Sam no tuvo que ejecutar aquella orden y Pavel Klaa Chekov de la casa De Mogh llegó al mundo entre llantos y risas. La alegría que George sintió al tener en brazos por primera vez a su sobrino, la felicidad en los rostros de Anton y Jadzia, el alivio en las caras de los médicos de la familia... Tuvok, el tío Alex, el abuelo Bones... ¡Nada podía compararse a aquel instante... todavía! Aún no, pues el rubio ignoraba que momentos como aquél, de tan intensa dicha, volverían a repetirse con el paso del tiempo. Un día sería su propio hijo quien le haría sentirse así.
Todo eso había pasado aquella misma mañana. Esa noche Demora dormía tranquila en su camarote de capitana, sola, abrazada a su almohada y probablemente soñando con las callosas manos de Jambalaya Jones rozando toda su piel. ¿Dónde andaría su bravo enamorado? Envuelto en nubes violeta viajando de un momento a otro en su nave Nébula, muy lejos de sentir su aliento en la cara. La alarma sonó un instante y luego se detuvo, las luces rojas parpadearon con insistencia antes de apagarse por completo. La oscuridad la envolvía, sentada en la cama escuchó el sonido de su propia respiración agitada. ¿Qué estaba pasando? La capitana tanteó la mesita de noche hasta dar con el comunicador.
- Teniente Talas... - Llamó al puente, la oficial andoriana estaba de guardia. - ¿Qué ocurre? ¿Estamos sin energía?
- Capitana Sulu, el computador de emergencia no arranca y ha habido un fallo en el principal. - Al otro lado del aparato se la podía oír pulsando botones, uno tras otro, con verdadero nerviosismo. - Los sistemas vitales dejarán de funcionar en veintiocho minutos, estamos navegando a ciegas, completamente indefensos.
- ¡Que el teniente Chekov baje a ingeniería! - Ordenó buscando en el armario un uniforme que ponerse encima. - Voy al puente ahora mismo, que los tenientes Kirk y Jadzia se reúnan allí conmigo. Sulu, corto.
Tropezaron con Demora frente al turbo-ascensor, apenas se veía con las luces de emergencia y los tres llevaban mucha prisa camino de sus puestos. Toda la energía había sido derivada automáticamente a los sistemas vitales, la cabina estaba apagada. El teniente De Mogh besó en los labios a su pareja antes de que éste echase a correr por el pasillo camino de la escalera manual más cercana, Anton tendría que deslizarse hasta la cubierta A. Él y la capitana subirían por el exterior del tubo del ascensor, sólo eran un par de niveles.
- Jadzia, ¿has comprobado las defensas después de lo de esta mañana? - Demora apuraba el paso en su ascenso hasta el puente, la falda corta apenas cubría los muslos y notó cómo el klingon, que subía detrás de ella, apartaba la mirada con pudor.
- Todo parecía normal, señora. - Respondió deseando llegar a su puesto y chequear de nuevo el sistema desde la consola de artillería. - El reinicio que se produjo por error fue subsanado de inmediato, apenas afectó al recalibrado de motores y el computador central, según George, funcionaba correctamente.
- ¿Y dónde está ahora el teniente Kirk? - La capitana corrió a ocupar su silla de mando, aferrada a los controles sintió frustración al comprobar que no tenían energía. - Es el primer oficial de esta nave, ¿se puede saber dónde se mete en plena crisis?
- Contacté con él hace nueve minutos, respondió que venía en camino. - La teniente andoriana, que trataba de puentear los sistemas vitales con un destornillador sónico, agachada bajo los controles, asomó sus antenas azules al hablar. - Capitana, si el servidor de emergencia no arranca en quince minutos...
- Lo sé, Talas. - Suspiró Demora. - Estaremos perdidos.
- Señora... - Jadzia se giró desde su puesto de artillero para mirarla a los ojos, el klingon parecía haber palidecido. - No estamos solos, detecto señales de vida ajenas a la tripulación.
- ¿Qué? - La capitana saltó de su silla, sus ojos rasgados clavados en los grises de su jefe de seguridad. - ¿Me estás diciendo... que algo se nos ha colado a bordo?
- Por su número y las posiciones que están tomando debe tratarse de un escuadrón invasivo... - Jadzia vio parpadear la pantalla de su consola mostrando las señales del silencioso enemigo.
- ¿Cuántos? - La voz de Demora sonó firme. - ¿Dónde están?
- Diez hombres. - Contó el klingon. - Ingeniería, enfermería, sistemas vitales... dos de ellos vienen hacia el puente.
- ¡Anton! - Demora le había enviado a máquinas, su hermano pequeño estaba en peligro. - Y Sam... al sonar la alarma habrá acudido a su puesto. - Temió también por su oficial médico.
- Klasha... - Susurró Jadzia, el niño se había quedado solo en su camarote.
El estridente sonido de la alarma le despertó, luego las luces rojas se apagaron y no podía ver nada. Todo estaba en silencio. Sintió miedo, se abrazó a la ranita que su dedushka *(abuelo, en ruso) Pavel le había regalado, eso le dio fuerzas para levantarse de la cama e ir a buscar a sus padres en la habitación de al lado. ¡Quédate en tu cuarto! Le ordenaron al unísono, así que regresó con su ranita temblando entre las sábanas. Las órdenes estaban claras en situaciones así: cuando sonaba la alarma tenía que obedecer, si le habían dicho que se quedase en su camarote tendría que hacerlo hasta que vinieran a buscarle. Su mami o su papá, el tío Sam o el tío George, oba *(tía, en japonés) Demora... alguien vendría a por él más tarde o más temprano. Pero siempre que había alguna crisis a bordo se oía la alarma por todas partes, o al menos, si la silenciaban, la luz rojiza permanecía parpadeando en las paredes. ¿Por qué era ahora todo silencio y oscuridad?
El sonido de unos pasos frente a su puerta hizo que Klasha saltara de la cama y se asomase por la rejilla de ventilación que daba al corredor. Lo que estaba viendo no era una cara conocida; no era humana, ni klingon, ni vulcana o romulana, ni kazon, ni tellarita, ni tampoco andoriana... aquel rostro extraño ostentaba una curiosa marca sobre la frente que parecía una cucharilla de café. ¿Era entonces un cabeza de cuchara? Había oído hablar del enemigo cardassiano pero jamás había tenido uno tan cerca. Klasha agarró con fuerza a Kermit y juntos se ocultaron debajo de la cama.
- No hay nadie ahí dentro... el oficial habrá acudido al puente. - Dijo el soldado enemigo cerrando la puerta del camarote del niño tras de sí, después de haber echado un vistazo demasiado rápido en su interior.
- Sigamos inspeccionando este corredor. - Le apremió su compañero. - Tenemos orden de disparar a todo lo que se mueva.
Cuando George respondió a la llamada de la teniente Talas desde el puente, salía ya de su camarote decidido a subir por la escalera manual más próxima. No había un segundo que perder. Sin embargo los pasos de unas pesadas botas militares le detuvieron, el sonido le resultó familiar poniendo de punta los pelos de su nuca. Cardassianos... un grupo de cuatro soldados, armados hasta los dientes, tomaba la curva del corredor alejándose de él. ¿Cómo se habían colado en la Reliant? Entonces cayó en la cuenta: la fortuita desconexión que provocó Klasha al tirar del cable por la mañana, dejó desprotegida la nave hasta que Anton logró reiniciar el sistema de defensa. Unos minutos nada más; lo suficiente para que el enemigo, siempre atento, se infiltrara usando la teletransportación en completo silencio y pasando inadvertido. ¿Qué habrían estado haciendo durante todo el día? ¿Anular el computador central? ¿Impedir el inicio automático del de emergencia? Si los sistemas vitales no arrancaban de nuevo, no pasaría mucho hasta empezar a acusar la falta de oxígeno. Entonces decidió bajar, armado con su fáser en posición letal, camino de ingeniería. Algo le decía que su primo iba a necesitar que le echasen una mano.
La escasa luz que desprendían las luces de emergencia no era suficiente, George encendió su linterna para escudriñar la oscuridad en busca de Anton. Un par de botas en el suelo le dieron una pista, el chiflado de su primo debía haberse descalzado. Siguió su instinto y caminó entre el laberinto de tubos y depósitos que era la sala de máquinas, apretando en el puño su fáser y conteniendo la respiración. Pronto una mano en su hombro le hizo detenerse.
- Shhh... no hables... hay enemigos por todas partes. - Anton susurraba incluso mentalmente, rozando la piel en el cuello del rubio podía comunicarse con él.
- Lo sé, les he visto. - Respondió del mismo modo.
- ¡Quítate las botas, hacen ruido! - Le ordenó. - ¡Les daremos caza!
- No, tenemos que reiniciar el sistema de emergencia o estamos fritos... - Dijo negando con la cabeza, no pensaba descalzarse, sin sus botas se sentiría indefenso.
- Está bien, ve tú delante. - Consintió empujándolo a caminar.
Dos cabezas de cuchara custodiaban armados el acceso a la sala de computadoras. Anton probó con su telequinesia y al menos logró arrebatarle el fusil de fotones a uno de los soldados. Aún así, los disparos y el fuego cruzado acabaron por herir a uno de los chicos de ingeniería.
- ¡Quiroly! - Gritó Anton el nombre de su subordinado. - Muchacho... ¿estás bien?
- Herida superficial, jefe... - Respondió el joven alférez, hijo del que fuera segundo de su padre, Pavel, en el Enterprise-A. - Iré a enfermería cuando reiniciemos ese puñetero ordenador, señor.
- George, Quiroly me ayudará con esto. - Dijo poniendo su mano sobre el hombro del rubio. - Tú sube a la cubierta C, Klasha estará asustado, le dejamos en su camarote. - Añadió en sus pensamientos.
Los cardassianos que lograron entrar en el puente de mando lo hicieron disparando, la teniente Talas resultó herida y el alférez que pilotaba la Reliant fue desintegrado delante de todos sus compañeros. Demora pulsó la alarma de evacuación con la esperanza de que la mayor parte de su tripulación consiguiera llegar hasta las lanzaderas salvavidas, algo que el enemigo interpretó como un acto de cobardía.
- ¿Así es cómo la Flota maneja sus batallas? - Se burló el soldado que acababa de descargar su fáser contra el joven piloto. - ¿Sin honor?
- ¿Y qué honor muestras tú, disparando por la espalda a un muchacho desarmado? - Gritó el klingon lanzándose sobre él. - Ka'pla! *(la victoria es mía)
Lucharon cuerpo a cuerpo, pues entre Jadzia y Demora habían conseguido arrebatarle el arma de las manos. La fuerza del klingon se impuso y el enemigo terminó derramando su sangre negra y espesa sobre el suelo del puente; Jadzia siempre llevaba oculto en su bota izquierda un cuchillo daq tahg, que no dudó en hincar dentro del costado del cabeza de cuchara, causándole una dolorosa muerte. Su compañero trató de huir para advertir al resto del escuadrón de los planes de fuga de la tripulación. La capitana disparó a tiempo el fusil de fotones cardassiano que recogió del suelo y el invasor, pobre diablo, terminó volado en millones de moléculas delante del turbo-ascensor.
- ¡A las lanzaderas! ¡Rápido! - Ordenó Demora azuzando al personal del puente para que descendieran por la escalera manual.
- Capitana, ¿pretendes abandonar la Reliant? - El klingon no estaba muy conforme.
- ¿Acaso ha conseguido Anton arrancar el sistema de emergencia? - Demora tragó saliva viendo cómo Jadzia limpiaba de sangre negra su cuchillo y volvía a ocultarlo en su bota izquierda. - Contacta con él, usa el vínculo, dile que vaya hacia una lanzadera. La Reliant está perdida.
- Algunas han despegado ya, capitana Sulu. - La teniente andoriana terminaba de vendarse el brazo, su sangre azulada teñía de oscuro la tela color mostaza de su uniforme. - Imagino que me necesitará aquí un minuto más, al igual que al teniente Jadzia...
Talas se lo olía. Sabía que su capitana, Demora Sulu, no permitiría que la USS Reliant cayese en manos del enemigo. Si los cardassianos pudieran estudiar una nave estelar utilizarían los conocimientos en su guerra contra la Flota, era necesario activar la secuencia de autodestrucción. Se colocó a la derecha de Demora, frente al panel principal. El klingon, entre gruñidos y miradas de desaprobación, ocupó su lugar a la izquierda de la capitana.
Después de que el lector de pupilas les escaneara los ojos a los tres y de que, uno tras otro, pronunciaran en voz alta sus claves secretas, la computadora de la Reliant, o lo poco que de ella quedaba, inició una breve cuenta atrás. Tenían cuatro minutos para llegar a la lanzadera salvavidas más próxima.
Hacía ya mucho rato que no se oía nada. Miró a Kermit, sus ojos saltones y la enorme sonrisa de su boca de rana, le inspiraron la confianza suficiente como para salir de debajo de la cama. El niño se asomó al pasillo, tenía que averiguar qué estaba pasando. ¿Estarían bien sus papás y sus tíos?
- ¡Por allí! - Gritó el cabeza de cuchara. - ¡Algo se mueve! ¡Dispara!
Una docena de tripulantes salía al encuentro del enemigo en los corredores de la cubierta C, la de oficiales. Klasha se echó a un lado, cubriéndose tras una de las columnas que distribuían el aire en la nave. Vio a los camisas rojas ganarse su fama de valientes enfrentándose a los soldados invasores, protegiendo del fuego cruzado a sus compañeros científicos, de jersey azul, que huían buscando llegar hasta las lanzaderas salvavidas. La tripulación de la Reliant cumplía la orden de evacuación que había dado su capitana, abandonaban la nave. Nadie se dio cuenta de que el pequeño Chekov estaba allí, solo y aterrado, oculto entre las sombras.
El ruido de los disparos y los gritos de los heridos, de uno y otro bando, atrajo a George hasta allí. Le vio a lo lejos, como si sus ojos azules de pronto sólo fuesen capaces de captar la escasa luz en torno a la pequeña figura. Su sobrino se había puesto en pie, llorando a pleno pulmón ante el horror de la violencia a su alrededor, tenía manchas de sangre roja y negra en el pijama.
- ¡Ya te tengo! - Exclamó envolviéndolo entre sus brazos. - Mi niño precioso, ya te tengo pequeño tribble... Te llevaré con tus padres, sujeta fuerte a tu ranita y cierra los ojos. No mires, cariño. ¡No mires!
Apretando la cara del niño contra su pecho se aseguró de proteger su inocencia de las imágenes de muerte y destrucción que les rodeaban. Siguieron el rastro de sangre por los pasillos hasta llegar al hangar, la mayoría de lanzaderas salvavidas ya habían abandonado la Reliant. George tuvo que correr hasta el final del pasillo desde donde iban a despegar las últimas. Y allí les encontró. Demora tirando de Anton para que subiese a bordo de una vez y Sam curando el brazo de la teniente Talas, que se apoyaba desfallecida en el casco de la pequeña nave.
- ¡Mi bebé! - Gritó echando los brazos hacia George para tomar a su pequeño. - Klasha... moy malen'kaya tribble! *(mi pequeño tribble)
- ¡Aprisa, todos a la lanzadera... en menos de un minuto estallará la nave! - Demora les empujaba uno tras otro, tenían que salir de allí.
- George... - Jadzia le ayudó a subir la plataforma tendiéndole una mano. - Has salvado a mi hijo, gracias. - Golpeándose el pecho le saludó formalmente con una inclinación de su cabeza.
- Algún día me devolverás el favor... - Respondió el rubio sin darle más importancia. Una de esas frases premonitorias que se les escapan a los Kirk sin saber por qué.
Anton seguía con Klasha entre los brazos, consolando el llanto de su pequeño tribble. El niño se secaba las lágrimas con la patita delantera de Kermit, no había dejado de estrujarlo contra su pecho ni un segundo.
- Igualito que el tío Pavel... - Murmuró Sam echándole un vistazo. - Esa rana de trapo atesora las lágrimas de más de un Chekov. ¿Por qué lloras, cariño? Hemos conseguido escapar, estamos a salvo... - Le dijo con media sonrisa intentando que el niño se calmara.
- Lo estaremos cuando lleguemos a Rómulo. - Añadió Demora aún consternada. - Es el mundo federado más cercano. ¡Atentos! Va a explotar...
Todos a bordo de la apretada lanzadera se quedaron boquiabiertos al ver, al otro lado de las ventanillas, cómo la USS Reliant desaparecía para siempre. El estallido de luz y chispas adquirió forma de abanico, desperdigando sus restos por un buen pedazo de espacio vacío. Cuando se desvaneció no quedaba nada más que oscuridad.
- Vamos a Rómulo, Klasha... - Anton le miraba a los ojos acariciándole las marquitas klingon de la frente. - Tu nana Amy estará allí, y nana Nemah... ¿No quieres ver a las abuelitas?
- Ha sido culpa mía, mami. - Confesó el pequeño sorbiéndose los mocos. - Yo fui quien tiró del cablecito negro, no el tío George. Por eso oba Demora está fadada... ha explotado la nave por mi culpa.
- No, estrellita mía... - Jadzia había sacado un pañuelo de papel de alguna parte y ahora le sonaba la naricita con ternura. - Tú no tienes la culpa, aunque hayas sido quien desconectó el sistema de defensa. La culpa la tiene esta maldita guerra con Cardassia Prime...
- Y no estoy enfadada, cariño. - Se sumó Demora a la conversación. - Acabo de destruir una propiedad muy valiosa de la Flota Estelar para que no cayese en manos del enemigo. Más bien estoy... ¿preocupada por lo que me vaya a pasar? Eso es, como capitán soy la responsable y tendré que dar la cara ante el Cuartel General.
- Mi padre no será demasiado duro contigo, no te preocupes. - Intervino Sam. - Has hecho lo que debías. Sin los sistemas vitales, no hubiera servido de nada permanecer en la Reliant.
- Tío Peter te ascenderá, te dará el mando de otra nave... - George mostró su sonrisa más retorcida. - Ya lo verás, comodoro Demora.
- Creo que deberíais considerar seriamente la posibilidad de dejar al niño en Rómulo, con sus abuelas. - Sam acarició los rizos de su sobrino con cariño. - Una nave estelar no es lugar para criar a...
- ¡No iré a ninguna parte sin mi bebé! ¿Entendido? - Gritó Anton apartándose de su primo pelirrojo y alejando así al niño de él, apretándolo con más fuerza entre sus brazos.
- Mami... - Bisbiseó Klasha rozando con su manita la cara de su padre. - Igual tío Sam tiene rasón. ¿Me quedo con las abuelas, o con mi dedushka en la Tierra?
- Jamás, hijo mío. Nunca nada, ni nadie, me separará de ti. - Sentenció Anton con su voz más ronca, besando la frente de su pequeño por debajo de los rizos castaños. - ¡Y no volveremos a hablar de esto! ¿Os ha quedado claro a todos?
- Diáfano, Chekov... - Murmuró Sam poniendo los ojos en blanco.
El almirante Peter Kirk, alto mando en el Cuartel General, asumió la pérdida de la USS Reliant y de treinta y nueve de sus tripulantes con sumo dolor. Ordenó celebrar las exequias en su honor y entregar medallas póstumas a sus parientes más cercanos. El señor Quiroly recibió la suya. Anton Chekov nada pudo hacer por salvar la vida de su joven subordinado cuando, huyendo camino del hangar, fueron interceptados por tres soldados cardassianos. Su hijo sólo tenía veinticinco años, pero luchó con valentía y consiguió que sus compañeros alcanzaran las lanzaderas, plantando cara al enemigo antes de morir. Ahora era Pavel Chekov, su antiguo jefe en ingeniería, quien le hacía entrega de la cruz de hierro sobre la bandera de la Federación Unida de Planetas perfectamente plegada. Las lágrimas en sus ojos aguamarina, asomando por debajo de los rizos grises de su desaliñado flequillo, parecían estar pidiéndole perdón.
- No es culpa suya, señor. - Murmuró recogiendo la medalla de entre sus grandes manos. - La culpa la tiene esta maldita guerra. Cardassia Prime es...
- Es otro mundo. - Remató Pavel la frase, su viejo amigo no podía hacerlo debido a un nudo que se le atravesó en la garganta. - Y si lo toleramos, nuestros hijos serán los siguientes.