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La cabeza le dolía horrores y le costaba mucho abrir los ojos. Estaba incómodo, encogido en una postura extraña. Algo lo cubría, pero no sabía bien el qué. Se revolvió en el sitio y notó que estaba encogido porque estaba en un espacio pequeño. El desconcierto y el miedo que sentía por estar en un lugar extraño lo ayudaron a despegar los parpados. Estaba en el asiento trasero de un coche. ¿Era su coche? Sí, si lo era Su espalda estaba apoyada contra los respaldos y sus brazos colgaban en el hueco de los pies. Estaba tapado con un abrigo que no era suyo. Levantó la cabeza con cautela. No había nadie más dentro del coche. Parecía cerrado. Intentó abrir la puerta que estaba cerca de su cabeza y para su asombro, se abrió sin rechistar. Sentía la cabeza rara no conseguía concentrarse. ¿Habían intentado secuestrarlo? De la forma más sigilosa que pudo, se deslizó hacia el suelo del automóvil y echó un vistazo fuera. No vio a nadie por ningún sitio y decidió que era el momento de moverse. Abrió más la puerta y reptó al exterior. Agachado, se deslizó hasta la parte trasera del vehículo. Y entonces se llevó el susto del siglo al notar una mano en su hombro. Gritó y se giró a la vez que se caía sentado del susto. Desesperado, intentó arrastrarse hacia atrás, mientras veía con ojos desorbitados al extraño. Pero el hombre no estaba tratando de hacerle daño o de retenerlo. Parecía que intentaba calmarlo. Por alguna razón, instintivamente no le pareció una amenaza y eso lo tranquilizó un poco. El hombre de la barba retrocedió un poco, con las manos a la vista, y le preguntó: —¿Cómo te encuentras? —Bien, creo… que bien— respondió algo descolocado. Aquel hombre le resultó familiar. De pronto le vino a la cabeza el olor corporal que tenía y todo lo que había pasado fue apareciendo en su cabeza. Entonces se tensó. Al hacerlo sintió un tirón en la nuca. Al llevarse la mano hasta allí palpó una venda sujeta con esparadrapos. —¿Esa cosa sigue por aquí?— dijo mirando a los lados. —De momento no, pero no puedo garantizar que se haya ido. Deberíamos irnos. El pánico lo recorrió de nuevo al pensar en aquel ser. Se llevó la mano al pecho, le costaba respirar. —Cálmate, no volverá ahora, lo he dejado demasiado tocado. Respira. El hombre se acercó, pero Gael intentó recular de nuevo en el suelo y se paró en el acto. Volvió a su antigua posición, un paso más aejado. —Lo entiendo. Esto es demasiado, yo soy un desconocido y quieres irte a casa. ¿Tengo razón? Gael asintió. —Me llamo Raúl— continúo el hombre— Y ahora tengo que hacerte una pregunta que te sonará rara, pero que es muy importante. ¿El Fatum te besó? —¿El qué? ¡No! No me besó. Creo. Pero sí que estaba muy cerca. —Comprendes que eso que has visto ha sido real, ¿O no? —Sí que parecía real— respondió llevándose la mano a la herida vendada pero palpitante de la nuca—. Una parte de mi mente está segura de lo que vio, otra parte no entiende nada, y hay otra parte más que piensa que igual tengo un brote psicótico. Raúl lo miró con cara de preocupación y le tendió una mano, que aceptó con algo de recelo. Lo aupó del suelo con insultante facilidad. Una vez de pie, echó un vistazo alrededor. Estaban en el claro del bosque en el que él había aparcado, pero solo estaba su coche. ¿Cómo había llegado el desconocido hasta allí? Ese lugar estaba en medio de la nada. —Bueno, aunque no te haya besado estuvo muy cerca. Sus feromonas te afectarán. Además, te ha marcado, eso sí es malo. —¿Marcado? —El arañazo en tu nuca. —No entiendo nada, ¿Qué ha pasado? ¿Y qué diablos era eso?— preguntó Gael, sintiéndose muy descolocado y muy cerca de hiperventilar. Raúl suspiró. —Te lo explicaré todo. Pero antes tenemos que irnos, y yo tengo que informar de que lo he visto. —¿Informar a quien? —Bueno, a ver… tienes que prepararte mentalmente. Te voy a contar la que será, con certeza, la historia más loca que has oído en tu vida. Probablemente al principio no me creerás, de hecho, cuento con ello. Pero eso tiene que ser en otro lugar, porque quizá el Fatum siga por aquí y me quedan pocos virotes. Solo entonces reparó Gael en que, detrás de Raúl, había una ballesta en el suelo. —Yo… mira, es que esto es muy raro. No quiero irme contigo, por mucho que te agradezca que espantaras a eso. No te ofendas, pero… —No me ofendo. Lo comprendo. Llama a la policía, por ejemplo, si te hace sentir más seguro. —¿Qué? La mente de Gael cortocircuitó un poco. —Verás, voy a sacar mi identificador del bolsillo. Sé que a ti no te dirá mucho, pero si llamas a la policía, ellos sí pueden confirmar quién soy. —A ver, a ver— lo paró antes de que sacara nada—. ¿Me estás diciendo que vamos a llamar a la policía, y le vas a contar que me ha atacado un… un…? —¿Un Fatum? No. Les diré que alguien humano— recalcó esta palabra— te atacó y yo te auxilié. Ellos no pueden saber toda la verdad. Tú quieras o no tienes que saberla. —¿Y si no quiero saberla? ¿Y si lo que quiero es subirme a mi coche e irme dejándote aquí con tus majaderías? —No puedo dejar que te vayas sin mi. Dijo esto en un tono muy calmado. Pero aún así la frase era muy perturbadora. —¿Por? —Porque si no te ayudo, con toda certeza vas a morir. Perdón por no edulcorarlo, pero eres un adulto, tienes que ser consciente… Gael echó a correr. Raúl no hizo nada por detenerlo. Abrió con furia la puerta del coche, prácticamente saltó dentro y cerró con un portazo, buscando las llaves en su bolsillo. Unos toquecitos en el cristal de la ventanilla lo hicieron saltar y mirar allí con terror. Raúl sujetaba a la vista sus llaves, aunque sin recochineos. Solo como hecho probado de que estaban en su poder. El instinto de Gael le hizo bajar los seguros del coche. Acción totalmente inútil, ya que el otro podía romper la ventanilla, o simplemente utilizar sus llaves para abrir. Pero no hizo nada de eso. Se guardó las llaves en el bolsillo de la pechera de la camisa a cuadros y se alejó un poco. —Parece que estamos en punto un punto muerto. ¿Quieres llamar a la policía ahora? Yo esperaré aquí fuera, quietecito y bien a la vista. No lo hizo porque se lo pidiera él, llamó a la policía porque aquello estaba siendo demasiado para su cerebro. Necesitaba la ayuda de otro adulto más adulto. Con suerte, acudiría a la llamada algún amigo de su tío, una cara conocida en el medio de todo aquello. —Guardia civil, ¿Cuál es su emergencia? Durante un instante se quedó en blanco. No sabía que decir. Optó por dar su nombre completo y decir que lo habían asaltado, dónde estaba y que allí había un hombre que lo estaba reteniendo. Aquel era un pueblo grande, pero un pueblo al fin y al cabo. Bastante tranquilo. Justo tuvo suerte que la Guardia Civil mandó rápido un coche patrulla. Cuando oyó venir la sirena, sintió que respiraba por fin. No le quitaba ojo a Raúl que, tal como había dicho, estaba allí sin moverse, apoyado en un árbol. Sin mirarlo directamente, pero era evidente que sí estaba pendiente de sus movimientos. Desvió la mirada para ver a los policías que llegaban. Segundo golpe de suerte, uno de los que venía era Benito, un buen amigo de su tío. Nunca se había alegrado tanto de ver a aquel señor, que incluso venía a alguna comida familiar de vez en cuando, pero donde solo compartían algunos comentarios neutros. Se quedó de piedra cuando Benito reconoció primero a Raúl, que ya se le acercaba con la mano por delante y una sonrisa.Capítulo 2. Raúl
1 de junio de 2026, 19:40
Justo un instante antes de que sus labios se tocaran, una flecha atravesó el aire e impactó en el hombro del ser.
En vez de mostrar dolor en su rostro, la mente abrumada de Gael pudo distinguir una mueca de ira pura, haciendo que lo aterrador opacara por completo lo hermoso.
Siseando, se giró con la flecha asomando de su hombro… y Gael ya no distinguió nada más. Cayó hacia atrás en la hierba alta. Se sentía febril, su mente no daba coordinado audio e imagen, lo veía todo con bordes borrosos en su campo de visión.
No supo cuánto tiempo estuvo tumbado con la mente divagando sin puto de ancla, pero le pareció una eternidad. La sensación era demasiado desconcertante.
Entonces alguien entró en su campo de visión. Era un hombre, ¿era un hombre, verdad? El supuesto ser humano lo sacudía y su voz le llegaba distorsionada y en oleadas.
Se acercó mucho más a él y por un instante pudo entender lo que decía.
—¿Te ha besado?
Qué pregunta tan extraña. Que hombre tan extraño. Ahora que veía su cara bien era obvio que era un hombre. Joven, de barba y pelo negros. Sintió lo cerca que estaba, sintió su calor. ¿Por qué aquel hombre barbudo tenía cara de preocupación? Daba igual, sentía el calor de su cuerpo. Y aunque se sentía caliente, necesitaba más calor.
Medio a tientas, rodeó el cuello del hombre y se irguió para poder tener más contacto con su cuerpo. Se había aferrado tan bien a él que la nariz rozó la piel del cuello ajena. Un atrayente aroma le inundó las fosas nasales. Era muy diferente al olor dulce de antes, como picante. Le hacía cosquillas en la nariz y lo embriagaba por completo.
Su mente no pudo soportar tanta información junta y se desconectó del todo.