Un juego de niños

Mezcla
R
En progreso
1
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planificada Midi, escritos 14 páginas, 6.185 palabras, 2 capítulos
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1ª observación: Instalación [3]

Ajustes
Habían pasado dos semanas desde la partida de Ricardo. Elías era el más deprimido, a diferencia de Leslie y Jim. Para él, no era perder a su mejor amigo solamente, sino que el distanciamiento le recordaba como un martilleo en la cabeza que nunca más volverían a interactuar como en la infancia y pubertad. Los otros chicos intentaron de todo para levantarle los ánimos, pero nada parecía funcionar. Esa noche, Eli no podía dormir. Estaba acostado sobre el colchón, con las sábanas abajo, mientras giraba una y otra vez sin encontrar su lugar. Le asustaba pensar que todo sería diferente y que nunca más volvería a ver a Ricardo. Lo necesitaba más de lo que podía aceptar. No estarían juntos para afrontar la nueva etapa después de terminar la preparatoria, y eso le asustaba mucho. Sin embargo, dentro del tumulto en su cabeza y corazón, había algo más que un recuerdo. Era incapaz de reconocer que el dolor por “perderlo” se asemejaba más al abandono, como si la persona que más amase lo hubiera dejado a la deriva en algún bosque pantanoso y oscuro. Se desesperó, así que se levantó y se sentó frente al ordenador. El escritorio estaba a un lado de la ventana que tenía unas cortinas abajo de un tono verde opaco. Prendió la máquina y abrió el navegador de internet para distraerse. Solía buscar vídeos de bromas o historias conmovedoras sobre las mascotas. Abrió una página web popular y estuvo a punto de presionar el botón de reproducción. Incluso, tomó los audífonos de chícharo para conectarlos a la computadora. No obstante, el sonido de un automóvil capturó su atención. Aguardó unos segundos y se preguntó si sólo era un taxi pasando por la calle. Quizás, era el hijo del señor Martínez que apenas llegaba de una fiesta de universitarios. Pero el ruido del motor se escuchaba muy cerca, como si estuviera frente a su casa. Entonces, se puso de pie y abrió la cortina con sigilo. Frente a la vieja mansión Stanford, había un taxi de esos largos y modernos de color amarillo. Del carro, un sujeto pálido, de cabello negro y con una apariencia poco saludable, bajaba con una maleta en mano. Luego, este le pagó al conductor y se acercó a la puerta de la casona. Primero, Eli pensó que era un nuevo inquilino y que por fin alguien con el gusto pésimo por las cosas viejas había rentado la mansión. Después, recordó que era de noche. Giró la cabeza hacia el buró junto a la cama y miró en el reloj de números verdes que eran las tres y cuarto de la madrugada. Era demasiado extraño que a esa hora alguien se mudara. Regresó el interés a la calle y vio al hombre abrir la puerta y entrar con la maleta. Cuando la puerta se cerró, Eli esperó y esperó. Pasaron diez minutos, luego quince, hasta que se dio por vencido y se sentó de vuelta en la silla. ¿Por qué no se encendía la luz del recibidor? ¿Por qué no se veía reflejada por las ventanas frontales que adornaban la fachada de la casa? Era demasiado inusual. ¿Acaso el nuevo inquilino no se aseguró de que la electricidad estuviera funcionando? Nada tenía sentido. —Tal vez, el señor Martínez no reparó los fusibles. —Se convenció e intentó ignorar el hecho. Se acostó de nuevo en la cama, suspiró profundamente y miró el techo de su habitación. Su mente se perdió en el recuerdo de Ricardo y sintió a su cuerpo estremecerse como si un hielo pasara por su piel desde la espalda hasta la ingle. —Joder —susurró molesto consigo mismo. Giró y se cubrió con las sábanas. Odiaba sentirse así cada que pensaba en los chicos. ¿Por qué fregados su cuerpo reaccionaba como si estuviera en una caldera hirviente y sintiera una necesidad incontrolable por tocarse? —Mierda. Pinche Ricardo, todo es su culpa —musitó, todavía enervado. Aunque las autocríticas no dejaron de aparecer, se centró en la imagen de su otro amigo. Desde tiempo atrás, le gustaba mirarlo, pero no como lo hizo con Ricardo, sino de una forma tentadora. Sí, al segundo lo adoraba por todo lo vivido, pero por Jim había una sensación sobrecogedora y tan poderosa que hasta había soñado con fantasías en donde se besaban e interactuaban de forma sexual. Bufó frustrado y recordó las palabras de su padre. —Eres repugnante —dijo como un regaño cruel. Se movió un poco hacia la orilla y sollozó en silencio, con el corazón roto y la confusión en un mar de preguntas incesantes, hasta que se quedó dormido. A la mañana siguiente, despertó como de costumbre, se dio una ducha matutina, arregló su cabello oscuro y ondulado, se puso una playera sin logotipos, unos jeans simples y sus tenis tipo Converse. Bajó a desayunar con su familia y saludó a mamá, quien preparaba unos panqueques y ya tenía la mesa servida. —Buenos días, Eli. —Lo saludó ella con entusiasmo. —Hola —respondió, sin muchos ánimos. Se sentó frente a la mesa y se sirvió jugo de naranja. —Tu papá viajará la próxima semana por un nuevo negocio. —Continuó mamá—. Pero tu hermano Fernando necesita ayuda con la mudanza en su nuevo departamento. Su hermano estudiaba el cuarto semestre de la universidad, pero no vivía en la misma ciudad que ellos, pues la profesión que prefirió tenía más demanda en las ciudades grandes y turísticas. Además, al inicio del año, Fernando les avisó que tenía trabajo y que dejaría de vivir en las habitaciones del campus, pero que se mudaría hasta el verano. —No quiero ir —pronunció Elías seriamente. La mujer lo miró incrédula y luego sirvió en el plato frente al chico unos panqueques esponjosos y humeantes. —¿Por qué no? ¿No quieres ver a Fer? —No —insistió, con un tono apático. —Ay, Eli, no seas así. Si no vienes conmigo, te quedarás aquí solo y Ricardo… —No quiero hablar de eso, mamá. —La interrumpió y dejó caer los cubiertos, enfadado, para enfatizar el dolor que sentía. La mujer lo observó, con un rostro lleno de preocupación y duda, pero él la evitó. Antes de que la interacción pudiera seguir, un hombre entró y se sentó en la silla principal del comedor. Era muy parecido a Elías, de cabellos negros, la tez clara y los ojos verdes. Tenía una barba aliñada y un rostro filoso que lo hacía lucir como un sujeto muy atractivo. La madre era rubia y un poco ancha. Sus ojos eran cafés, como los de su otro hijo. —Buenos días, amor —dijo ella y sonrió amablemente, como de costumbre, al ver a su esposo—. ¿Quieres café? —Sí —respondió él poco afectuoso y tomó el periódico que estaba en la mesa. Lo abrió y leyó. —¿Cuándo te vas? —preguntó la mujer, mientras servía el café en una taza blanca. —El domingo al medio día tengo que estar en el aeropuerto. —Yo iré a vistar a Fernando. —Sí, me mandó un mensaje para decirme sobre lo de la mudanza. También va bien en la escuela. Elías ignoró el resto de la conversación y comió un poco. Ni siquiera tenía apetito para disfrutar los alimentos. —Por cierto, Elías, quiero que el próximo semestre mejores tus notas. —La voz de papá sonó dura—. Ya no eres un niño pequeño que puede andar por la vida jugando. Si vuelves a reprobar, habrán consecuencias. —Solamente fue Matemáticas —recriminó el aludido—. Y, por si no te diste cuenta —agregó con un tono retador y provocó que el hombre lo mirara de frente—, pasé el examen extraordinario. —Con un siete. —¡Que es aprobatorio! —¡No me hables así, muchacho! —gritó el hombre, enojado—. Suficientes libertades te doy para que te comportes como un idiota. ¿Por qué no puedes ser como Fernando? —¿Y qué? ¿Ser también un pendejo como tú? —¡Elías! ¡No uses esas palabras en la mesa! —Mamá intervino, asustada—. Y menos dirigidas a tu padre. El chico se levantó, empujó la silla, subió las escaleras hasta su habitación y cerró la puerta con un estruendo. Se acercó a la cama y se acostó bocabajo. —Que le den, es un pendejo —opinó con la almohada en el rostro. Respiró hondo y se tranquilizó un poco—. Pinche Ricardo para qué te fuiste. Por lo menos, contigo no tendría que aguantar esta mierda. Aguardó unos minutos e ignoró las voces de sus padres que discutían en la cocina. Luego, giró y vio el techo hasta que recordó el acontecimiento de la madrugada. ¿Había sido un sueño? ¿O realmente vio llegar a un individuo a las tres y cuarto de la madrugada y entrar a la mansión sin prender ni una sola luz? Se levantó y buscó el teléfono celular que estaba en el escritorio. Escribió en el chat del grupo la palabra “gomita”, que era la clave que usaban para indicar que había una emergencia. El primero en responder fue Jim: “¿en tu casa?”. —Sí —replicó, como si pudiera escucharlo y escribió la afirmación. “Llego en quince”, envió Leslie su respuesta. “También yo”, agregó Jim. Sonrió inconscientemente, al recordar las veces que jugaba con ellos. Ya no eran niños, por eso sus interacciones cambiaban mucho. Antes, inventaban cualquier cosa y se iban hasta los terrenos baldíos de la periferia que estaban a veinte minutos caminando. Junto a Ricardo, pasaron un montón de aventuras y se divirtieron sin pensar en las preocupaciones del mañana. Sin embargo, ya no era así. La mayor parte del tiempo, se juntaban en casa de Jim a jugar en la consola de videojuegos, o iban a la nevería que estaba a dos calles hacia el oriente y platicaban de series y otras cosas. Negó, se enojó y lanzó el teléfono hacia la cama. Ya no harían nada de eso. Sin Ricardo, ya no valía la pena juntarse para ver películas o jugar en la consola. Sin él, nada sería igual. Para cuando sus amigos llegaron, su padre ya había dejado la casa rumbo al trabajo y mamá se preparaba para las compras. Jim y Leslie se despidieron de la señora Altamira y subieron hasta la habitación de Eli, donde el chico les explicó que estuvo casi toda la madrugada despierto y que no vio una sola luz encenderse. Los otros no podían creer sus palabras, pues no escucharon nada durante la noche, ni el sonido de un automóvil entrar a la calle. —No estoy mintiendo. Iba a ver un vídeo de gatitos para distraerme —reiteró Elías con un tono ofuscado. Se acercó a su computadora y la prendió. Después, les mostró en el navegador el historial reciente para corroborar la hora—. Cuando vi por la ventana, el tipo bajó con una maleta y traía una gabardina. —¿En plena madrugada? —dudó Leslie, incrédula. —Sí —aseguró. —¿A las tres y cuarto? —preguntó Jim con un tono neutral. —Que sí, joder. Leslie dio unos pasos hacia el ventanal y movió cautelosamente la cortina. Prestó atención en la mansión y luego miró a Eli. Jim, por su cuenta, se quedó pensativo y asintió con la cabeza de vez en cuando. —Es muy sospechoso. No sabía que el señor Martínez había puesto en renta la mansión —dijo este último y también se movió hasta la ventana—. Creí que seguía en mantenimiento. —Es un edificio viejo. Tiene muchos años que nadie la rentaba —añadió Eli más tranquilo ante su frase. —¿No dijeron los vecinos que ahí ocurrió un asesinato? —Leslie cuestionó. —Es un rumor. Nadie sabe por qué la familia Valencia se fue en realidad. Unos dicen que fue porque el señor Valencia recibió una mejor oferta de trabajo en una ciudad del norte y otros dicen que fue porque hubo un altercado. El hijo de ellos desapareció, pero he leído que fue un suicidio. —En ese caso, ¿por qué no investigamos? —sugirió Jim, sonriente. —¿Qué? ¿A qué te refieres con eso de investigar? —Leslie dijo con la voz cargada de inseguridad. —A que vamos a observar al vecino un poco —respondió y se movió de vuelta a la cama para sentarse—. La casa de Eli está frente a la mansión, y es la que mejor vista tiene. Tú vives hasta la esquina y yo hasta casi el final de la cerrada. —Eh... —Elías se mostró dubitativo—. ¿Van a venir a mi casa en la noche? —¿Podemos? —Jim, por favor, tampoco vamos a imponernos. —La chica interrumpió a toda prisa—. Si Eli no quiere, no deberíamos. —Está bien, pueden venir —dijo Eli ligeramente molesto al sentir que ella se oponía a la idea—. ¿Quieren iniciar hoy? —Sí, ¿por qué no? —replicó Jim, complacido. Leslie únicamente exhaló con dureza, se cruzó de brazos, contrariada, y negó. ¿En qué cabeza cabía que eso era algo divertido? No obstante, también tenía mucha curiosidad. Para las cinco de la tarde, Jim y Leslie regresaron a casa de los Altamira y saludaron a la mamá de su amigo otra vez. Eli se excusó con que verían películas y que jugarían en la consola hasta tarde y, como eran las vacaciones de verano, se desvelarían pasada la medianoche. La señora Altamira no reprochó, pero tampoco estuvo muy contenta con la idea de que estuvieran los tres en la habitación encerrados, mucho menos porque Leslie estaba presente. —¿Han notado algo hasta ahora? —Jim inició la conversación desde su posición junto a la ventana y el escritorio. A diferencia de Elías, él tenía el cabello rojizo y de cairel. Se rapaba a los costados y dejaba el resto largo, así que solía usar una coleta de estilo muy moderno. Tenía la tez rosada y los ojos de un color azul muy claro. Era un poco más alto que el otro chico y ligeramente más musculoso. Siempre se vestía con unos tenis para patinar y traía su consola de videojuegos portátil colgada a una cadena que iba desde su bolsillo hasta la trabilla del pantalón. —No. Nada —respondió Elías al sentarse en la cama. Luego, notó la mochila de Jim e inclinó la cabeza unos centímetros—. ¿Y eso? —Traje mi computadora. —¿Para qué? —Leslie ganó la pregunta. Ella tenía el cabello castaño y largo. Sus ojos eran grandes y cafés y su tez morena clara. Era delgada y alta. Hacía mucho ejercicio como su papá, por eso tenía una estructura atlética y prefería la ropa deportiva. Se acercó a Jim, cuando este llegó hasta la cama, y lo vio sacar una laptop de color negro. —Porque vamos a grabar —respondió el pelirrojo. —¿Grabar? —preguntaron Leslie y Elías al mismo tiempo, confundidos. —¿Grabar qué? —Siguió Eli pero más estresado. —Al vecino —aseguró Jim muy tranquilo, mientras instalaba el equipo. —¿Para qué? —dudó la chica muy inquieta. —Para ver qué hace. Quizás encontremos algo interesante y… —Viejo, espera —Elías interrumpió. Se puso de pie y caminó hacia el escritorio—. Tampoco es como si fuera algo especial. —Llegó a las tres y cuarto de la madrugada y no prendió ninguna luz —insistió Jim. Se sentó frente a la mesa y comenzó a teclear en la laptop—. Además, investigué un poco antes de regresar a tu casa. —¿Qué investigaste? ¿De qué hablas? —Hoy, al mediodía, hablé con el señor Martínez —reveló el pelirrojo con un tono casual—. Me dijo que la mansión por fin estaba rentada y que tendríamos a un nuevo vecino. Me confirmó que el mantenimiento terminó hace un par de semanas, casi cuando la familia Romero puso en venta su propiedad. También me dijo que el nuevo inquilino es un tal Gregor Talavera. Si el sujeto llegó a las tres y cuarto de la madrugada, ¿por qué no viste ninguna luz? —Mmm… ¿creen que esconda algo? —Leslie se expresó meditabunda. —Parecía enfermo —agregó Eli más convencido del plan. —Entonces, hagámoslo —insistió Jim. —Está bien —aceptaron los otros. Se quedaron junto a él y vieron en la computadora un programa extraño, lleno de columnas verticales, pequeños recuadros de vídeo y sonido y otro tipo de gráficos únicos. —Vamos a necesitar más elementos de observación, ¿no les parece? —dijo Jim. —¿Qué piensas si traigo el telescopio de mi padre? —Leslie preguntó con una sonrisa divertida—. Me lo prestó porque le dije que me gustaría usarlo, así que lo tengo en mi habitación. —Sí, es buena opción. —¿Y cómo vamos a grabar? —inquirió Eli ligeramente sorprendido por el entusiasmo de los otros. —Usaremos mi computadora, pero sólo tengo una cámara. Los celulares podrían servir, pero necesitamos buena resolución por largo tiempo. Tengo una cámara de cinta en casa, así que puedo traerla. —Yo también tengo una cámara, aunque es vieja —dijo a toda prisa, con una sonrisa más segura. —Puede servirnos de algo. —Vale, la voy a traer. Dicho esto, el chico salió de la habitación y sus pasos se escucharon por las escaleras. Leslie miró la puerta entreabierta, luego vio a Jim. —Oye, dime la verdad, ¿por qué le pediste que espiáramos al vecino aquí en su casa? —Se atrevió a preguntar. —Está muy triste. Es obvio que ha estado llorando desde que Ricardo se fue —reveló sin reservas—. Sé que nunca podremos sustituir a su mejor amigo, pero también somos sus amigos. Nos necesita. Ya hemos intentado distraerlo con otras cosas y nada funciona. Hasta reprobó en la escuela cuando descubrió que Rica se iba del país. Creo que esto podría ser un buen distractor, ¿no crees? —Pero ¿no te parece un poquito extremo? Estamos espiando a un desconocido. —Lo haremos por un par de días. Cuando regrese a su modo usual, haremos cosas diferentes, como jugar en la consola o ver maratones de pelis, ¿sí? Leslie no dijo nada. Tenía una sospecha, pero no sabía si era el momento indicado para encarar a Jim al respecto. Tampoco estaba de humor para discutir; también le dolía la partida de Ricardo. Se hacía la fuerte, principalmente porque no quería preocupar a su familia y amigos. —Okey. —Aceptó, por fin. —Gracias. Cuando el reloj mostró las once y media, llevaban apenas un par de horas en la observación. Pasaron la mayoría de la tarde jugando en la consola y comiendo, pero evitaron toda conversación relacionada con Ricardo. Eli estaba sentado en el sofá que había movido cerca de la ventana. Usaba una libreta pequeña para hacer algunas anotaciones y luego se cercioraba de que la cámara grabase sin interrupciones. La había instalado unas horas atrás con ayuda de Jim y la dejó en un tripié al frente de la ventana. Pusieron unas ligas en las cortinas para mantenerlas entreabiertas de modo que no se notara desde el exterior, y reacomodaron el cuarto para más comodidad. El sofá ya no estaba en la esquina junto a la puerta, y la silla y el escritorio estaban en la misma pared que la ventana para tener visuales directos. —Pues no ha pasado nada —Leslie rompió el silencio abrumador. Iba y venía de la cama hasta la ventana para repasar sus notas—. Ni lo hemos visto salir. —¿Y esperaban ver un show o qué fregados? —Se burló Elías con cinismo. —Apenas iniciamos, no hay que perder la calma. —Jim intentó subir los ánimos, pero no continuó. Movió la cortina a un lado y miró incrédulo—. ¿Ya vieron? —Señaló el exterior. Los otros dos se quedaron a su lado y observaron, atentos. El vecino salía de la casona con una gabardina gruesa que parecía demasiado grande para su talla. Traía una maleta mediana de color negro, de esas antiguas que tenían seguros a los costados como una valija. Cerró la puerta y caminó hacia la esquina que conectaba con la calle Palomas. Se detuvo frente al teléfono público que todavía funcionaba y lo utilizó. —Estamos a casi cuarenta grados Celsius. ¿Cómo no se muere de calor? —opinó Jim sin desprender la mirada del vecino. —¿Y quién chingados usa el teléfono público? ¿Acaso no sabe que existen los celulares? —dudó Eli, escéptico. —Miren. Colgó y dejó la maleta ahí —indicó Leslie en un susurro. El nuevo residente de la mansión regresó a la casa y entró, pero ninguna luz se encendió en el edificio. Después, en la esquina de la calle, una camioneta negra se detuvo y un desconocido bajó para tomar la maleta y subir de vuelta al coche. Acto seguido, el carro salió disparado rechinando las llantas, mientras el sonido del motor se alejaba y se mezclaba con el resto de los ruidos nocturnos de la ciudad. Entonces, la luz de la terraza superior de la mansión se prendió y se apagó casi de inmediato. —¿Qué carajos? —Elías dijo en voz baja, muy sorprendido y con los nervios de punta. —Eh… ¿eso es normal? —Leslie respiró hondo para tranquilizar a su corazón acelerado. Se sentía muy agobiada y hacía asunciones a toda prisa. —No. Esto es más raro de lo que creí —aseguró Jim lo más serio posible. Y, de nuevo, la puerta principal se abrió y el vecino salió. Anduvo hasta la esquina y dio la vuelta hacia la otra calle. Los chicos no dijeron nada por unos minutos, hasta que Jim miró el reloj y se acercó a la cama. —Joder, son casi las doce —añadió, pensativo y curioso. Los otros dos lo miraron y no pudieron esconder la mueca de inquietud y duda que tenían. —¿Vamos a seguir observando? —preguntó Leslie, titubeante. Entonces, a través de la ventana y las aperturas de las cortinas, una luz intensa iluminó desde el frente, en la calle. Todas las luces de la mansión se encendieron y se apagaron en cuestión de segundos. Los chicos se quedaron helados; se suponía que el vecino no estaba y que nadie más habitaba la casona. ¿Qué ocurría de verdad? —¿Vieron eso? ¿Acaso hay más gente ahí dentro? —preguntó Eli, temeroso y preocupado. No hubo respuesta. No podían entender qué pasaba de verdad en ese sitio, ni quién era el nuevo inquilino de la mansión Stanford.
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