Capítulo 1
18 de junio de 2026, 16:52
Primero de agosto de 1945. Fue el día en que Dumbledore visitaba por primera vez los Estados Unidos. El director de Hogwarts había pospuesto su viaje al Nuevo Continente por poco más de 45 años. Cuando era joven había planeado viajar a los Estados Unidos junto a su mejor amigo, Grindelwald, y su amada hermana Ariana. Curiosamente, el mismo viaje ya había sido pospuesto con anterioridad.
Ambos viajes tenían objetivos diferentes. El primero era una tradición en el mundo mágico: «el Gran Viaje», que todo mago debe emprender cuando cumple la mayoría de edad a los diecisiete años, justo después de graduarse de Hogwarts. Dumbledore, junto a su mejor amigo Elphias Doge, habían planeado todo el viaje: el Gran Cañón de los Estados Unidos, la selva del Amazonas, las pirámides de México, Chichén Itzá, Egipto, Japón y, de regreso, Inglaterra.
Los trasladores estaban pagados y los destinos escogidos. Pero cuando estuvo a punto de salir a ese viaje fue llamado de vuelta a su hogar.
Sus padres habían muerto.
Elphias Doge estaba dispuesto a esperar un par de semanas hasta que Dumbledore terminara su luto, pero cuando su amigo le informó que tendría que posponer su viaje por tres años enteros, hasta que su hermano menor cumpliera la mayoría de edad y concluyera su educación mágica, entonces y solo entonces los cuatro —Albus, Aberforth, Ariana y Elphias— podrían viajar alrededor del mundo.
A Elphias no le entusiasmaba tener que posponer su viaje por tres largos años, mucho menos compartir aquella aventura con un chico raro y una niña medio loca. Así que tomó la decisión de emprender su viaje sin esperar a Albus.
Elphias intentó convencerlo de que era lo mejor para todos. Al final de cuentas, «dentro de tres años él ya estaría trabajando para El Profeta», «solo se es joven e impulsivo una vez», «la tradición dice que el viaje se debe hacer solo» y, entre otros argumentos cada vez menos convincentes, trató de justificar su decisión.
Dumbledore recibió cada uno con una sonrisa afable y le dio su bendición para continuar con su aventura.
Elphias pronto se arrepintió de su decisión. Su vínculo con su mejor amigo había sido cercenado, ya que cada vez que visitó a Albus este lo recibía educadamente, con fría cortesía. Se había convertido en solo un conocido para quien alguna vez fue su mejor amigo.
Su segundo viaje había sido con la finalidad de encontrar las Reliquias de la Muerte, solo que esta vez el primer destino no sería los Estados Unidos, sino Bulgaria.
Junto a su nuevo mejor amigo, Gellert, ambos habían rastreado la ubicación de dos de las tres Reliquias de la Muerte. La Varita de Saúco estaba en Bulgaria o en algún país de los alrededores; de eso no tenían duda el par de amigos. La Capa de Invisibilidad era más fácil y difícil de ubicar. La capa debió haber sido heredada por los varones primogénitos de cada generación de la familia Peverell; sin embargo, esa familia fue de las primeras familias de sangre pura que se extinguieron por la línea paterna. Es decir, hubo una generación en la cual no hubo heredero masculino.
Aun así, el dúo de magos logró reducir las posibilidades de su ubicación. Si la tradición se mantuvo, la familia Potter heredó la Capa de Invisibilidad; por lo tanto, Isaiah Potter debería ser su actual dueño. Claro que hubo lapsos de tiempo donde la capa pudo haberse perdido entre tantos primos y hermanos menores.
Sin embargo, aquella reliquia no era de suma importancia para los jóvenes magos, una fruslería en comparación con sus propios poderes mágicos; solo una pieza del ser que los convertiría en los Amos de la Muerte.
Dumbledore miró al horizonte donde se ocultaba el sol. Se secó una lágrima antes de que pudiera resbalar por su rostro.
—Era tan joven y tan ingenuo —reflexionó antes de adentrarse en la ciudad de Nueva York.
—¿Todo bien, señor? —preguntó Newt Scamander.
—Sí. Perdón por quedarme callado tanto tiempo. Es solo que cuando alguien llega a mi edad se vuelve más contemplativo.
Newt no dijo nada. Aun después de una década de ser miembro de la Orden del Fénix, todavía no se acostumbraba a los chistes de Dumbledore, o al menos nunca sabía cuándo el director bromeaba o no.
Cincuenta y cuatro años no eran ni la mitad de la esperanza de vida de un mago. El profesor aún era joven para los estándares mágicos. Sí, el profesor se había dejado crecer la barba y el cabello; también se había negado a disimular sus canas o usar los elegantes trajes muggles que tantas burlas le habían ganado en la comunidad mágica, y había comenzado a usar las tradicionales túnicas de seda de araña.
«No me debo meter en asuntos de otros», se recordó Newt.
De sus bolsillos sacó un par de pescados crudos y se los lanzó a cada uno de los thestrals que habían usado para viajar desde Hogwarts hasta Nueva York.
—A casa —les ordenó al par de caballos alados de complexión esquelética, piel negra brillante y rostro con rasgos de reptil o dragón.
Y estos obedecieron.
—¿Podrán llegar a Hogwarts a salvo? —preguntó Dumbledore.
—No se preocupe, señor. Son muy listos.
En pocos segundos el par de thestrals desapareció de la vista.
Tanto Dumbledore como Newt se habían trasladado por medio de thestrals para salir de Inglaterra, ya que la Red Flu que conectaba Inglaterra con los Estados Unidos estaba siendo monitoreada por la MACUSA y, por ende, por Grindelwald, así como el resto del transporte mágico: trasladores, aparición, tráfico de escobas y otros medios menos convencionales.
Así, la pareja de antiguo maestro y estudiante había llegado al corazón del enemigo sin que nadie se enterara.
Como era la primera vez que Dumbledore visitaba los Estados Unidos, fue Newt quien lo guio a su destino.
A Newt no le molestaba el silencio mientras caminaba como simples muggles; de hecho, lo prefería. En cuanto a Dumbledore, el silencio lo dejaba solo con los pensamientos que quería evitar a toda costa: el amigo que perdió, su familia que murió, el hermano que todavía lo odiaba y la persona que amaba, a quien se dirigía para matar.
Para despejar esos horribles pensamientos, Dumbledore quería hablar sobre cualquier cosa.
—¿Crees que Hagrid pueda hacerse cargo de los thestrals?
—¿Mh? Oh, Hagrid. Sí. Seguro. Le enseñé al muchacho todo lo que sé —dijo con cierto deje de orgullo en su tono.
Aunque en el fondo sabía que poco tenía que ver su habilidad para enseñar. Hagrid había aprendido las labores de un guardabosques en menos de un año, y Newt solo tuvo que enseñarle durante menos de dos años todo lo que sabía. Si Hagrid pudiera tomar los exámenes TIMO o EXTASIS, podría obtener una calificación sobresaliente. Era una verdadera lástima que el Ministerio de Magia no le permitiera mantener su varita.
—Tienes razón, Newt.
El aire de Nueva York olía a carbón, gasolina y humo de cigarrillo. Las sonoras calles vibraban bajo el constante traqueteo de los tranvías y la cacofonía de los autobuses, mientras una corriente interminable de peatones avanzaba por las aceras como si toda la ciudad estuviera siempre llegando tarde a alguna parte.
—¿Siempre es así de ajetreado? —preguntó Dumbledore después de la tercera vez que se tropezó con alguien.
Los edificios de ladrillo y piedra se alzaban como castillos urbanos a ambos lados de la avenida, proyectando largas sombras sobre el pavimento. Los escaparates exhibían trajes, sombreros y radios, aunque muchos mostraban carteles patrióticos que recordaban que la guerra seguía librándose al otro lado del océano.
—No, señor. Hace veinte años la ciudad era más vibrante, ruidosa... —Newt se refería a la escasez de hombres en edad apta para combatir. Las calles estaban llenas de niños, mujeres y ancianos. Y vagabundos. Muchos vagabundos—. Más viva.
A Dumbledore le habría gustado ver la ciudad muggle de la que tanto había escuchado hablar. En sus visitas a Hogwarts, Newt solía hablar de la Estatua de la Libertad, los teatros de Broadway y del mágico Central Park. Ahora solo era una memoria, un recuerdo andante de lo que Grindelwald le había quitado a ese país.
«Quizás, cuando todo acabe, pueda visitar nuevamente el país. Quizás...»
No.
«No venía de visita para turistear», se recordó a sí mismo Dumbledore. «Además, no es aconsejable hacer planes para el futuro en este momento».
Antes de darse cuenta habían llegado a su destino. El resto de la Orden del Fénix ya había llegado al punto de reunión en las semanas pasadas para no llamar la atención.
—Llegamos —anunció Newt.
A partir de ese momento no había vuelta atrás. Albus mandaría a la muerte a sus amigos, camaradas y conocidos; tal vez también a su hermano pequeño
y a sí mismo. Todo con tal de corregir su error de hace más de cuatro décadas.