Capítulo 1
20 horas y 51 minutos hace
Todo era oscuridad.
Los pasos apresurados y los jadeos confusos resonaban como un eco interminable, extendiéndose hasta límites que eran incapaces de adivinar.
Un pitido a una intensidad lo bastante baja como para pasar desapercibido al principio, pero lo suficiente para sentirlo como una presión en los oídos, resonaba por todo el lugar.
Delante de ellos, una luz blanca asomaba al final de aquel extraño pasillo, donde se unía a la oscuridad que los envolvía.
Pomni corría todo lo que podía hacia ella mientras Ragatha tiraba de su mano, girándose constantemente para animarla a seguir, pero se sentía tan aturdida que la voz de la muñeca de trapo le llegaba amortiguada, como si estuviera encerrada en una pecera.
—¡Vamos, no se detengan!
La voz desesperada de Zooble resonó con fuerza por el pasillo.
Kinger no podía más. Sus pies dolían como el infierno y sus articulaciones empezaban a sentirse tan rígidas que le costaba seguir el ritmo de los demás.
—¡¡No te detengas ahora!!
Jax lo alentaba sin quitarle la vista de encima, corriendo a su mismo ritmo y evitando adelantarlo.
El conejo sentía que su corazón latía más rápido de lo normal, era una sensación demasiado extraña. Por más que trataba de sentirlo con la mano, no alcanzaba a notar nada. Era como si fuera tan pequeño que sus latidos no tuvieran la fuerza suficiente para hacer vibrar su pecho.
Las lágrimas de Gangle se deslizaban por la superficie de su máscara y le costaba controlar el cuerpo.
No dejaba de temblar mientras corría, sintiendo sus extremidades flojas, mientras Zooble la sostenía con fuerza, en contraste con la ligereza que ella creía sentir.
—¡Por favor, no dejen de correr! —exclamó Zooble, apenas girándose hacia los demás.
Los pies de Pomni se volvieron torpes de repente, haciéndola tropezar y caer de bruces contra el suelo.
—¡¡Pomni, levántate!! ¡¡Maldita sea!!
El grito de Jax se escuchó más como un gruñido que como una súplica.
Ragatha trató de ayudarla a levantarse, pero no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo. Su cuerpo se sentía muy débil, como si realmente estuviera hecha de algodón.
—¡Jax, no puedo ayudarla!
Jax resopló antes de soltar un insulto por lo bajo. Dio media vuelta y fue hasta ellas, dejando atrás a Kinger, que corría como podía.
Se agachó y la cargó sobre su espalda.
—¡Ya no queda nada, no se detengan! —exclamó Ragatha.
Todos siguieron corriendo con las últimas fuerzas que les quedaban hacia la luz, mientras esta se iba encogiendo a medida que avanzaban, adoptando cada vez más la forma de un círculo perfecto.
Zooble y Gangle estiraron las manos tratando de alcanzarla, pero justo antes de rozarla, el círculo se cerró de golpe.
Y entonces, la oscuridad los envolvió.
El silencio fue instantáneo entre ellos y los pasos se detuvieron, todavía con las respiraciones agitadas y los corazones latiendo con tanta fuerza que el sonido parecía retumbar en sus oídos.
—Pues... supongo que esto es todo —dijo Jax en medio de la oscuridad.
Zooble soltó un suspiro tembloroso.
—¿Y si seguimos avanzando hacia donde íbamos?
—Ya no hay luz. No sé si podemos orientarnos así —le respondió Jax de mala gana.
—¿Qué nos pasará? —preguntó Gangle, con la voz quebrándose al final de la frase.
—No... lo sé —respondió Kinger con culpa.
—¿De verdad creen que Caine fue eliminado...?
El silencio reinó por unos instantes.
Pomni sabía que era una pregunta difícil, pero estaba segura de que todos se preguntaban lo mismo.
—Se supone que lo hice... —respondió Kinger a su lado.
—¿Nos vamos a quedar aquí para siempre? —preguntó Gangle.
Más silencio.
Se quedaron así durante unos minutos que parecían interminables, atrapados en medio de aquella oscuridad y la angustia de no saber qué iba a pasar.
Jax bajó a Pomni al suelo con cuidado y luego se sentó con las piernas cruzadas.
—Pues parece que solo empeoramos las cosas —masculló.
Pomni buscó su hombro en la oscuridad y se sentó a su lado.
—Sí, parece que Caine era quien mantenía este lugar... —respondió ella, atrayendo las piernas hacia su pecho.
—Lo siento mucho, chicos —confesó Kinger en voz baja.
—Todos teníamos una vida, y ahora ya no tenemos nada... —dijo Zooble mientras se sentaba al lado de Pomni.
Gangle comenzó a sollozar.
—Ven, siéntate con nosotros —le dijo Zooble en voz baja.
Gangle se sentó junto a ella y apoyó la cabeza en su hombro.
Ragatha y Kinger también se sentaron, uno al lado del otro.
—¿Creen que le dolió? —preguntó Gangle con voz temblorosa.
—No lo creo. Era una IA —respondió Kinger.
—Espero que sí. Nosotros sí sentíamos dolor cuando a él le apetecía vernos sufrir —dijo Jax con resentimiento.
—Caine se sentía solo... Tal vez sí se reprogramó para sentir dolor —añadió Pomni.
Jax dejó escapar una risa seca.
—Puede ser.
Pomni abrazó las piernas con más fuerza y apoyó la frente sobre las rodillas.
—Todo es mi culpa... —confesó en voz baja.
Ragatha estiró la mano en la oscuridad hasta encontrar su cabeza.
—Oye, no digas eso...
—Sí, yo también creo que todo esto es por tu culpa —escupió Jax con desprecio.
—Jax, cállate —le espetó Zooble.
—No, no me callo. Desde que llegó, no ha dejado de meternos en problemas.
—Eres insoportable.
—¡¿Qué?! Es la verdad. Y ahora estamos aquí, en la oscuridad, sin saber qué pasará con nosotros. ¡¿Vamos a estar así toda la eternidad?! ¿Se desconectará la computadora en la que estamos y moriremos? ¡¿Alguien tiene una maldita respuesta?!
Pomni comenzó a llorar y Ragatha la atrajo hacia ella para abrazarla.
—Así no solucionamos nada... —le respondió Ragatha con cansancio.
El pecho de Jax se apretó dolorosamente.
No odiaba a Pomni ni a ninguno de los presentes, tan solo estaba asustado. Pero eso era algo que no estaba dispuesto a admitir.
Se levantó de un salto y comenzó a caminar sin saber hacia dónde se dirigía exactamente, murmurando cosas ininteligibles, mientras el pánico comenzaba a apoderarse de él.
—Jax... no te vayas, puedes perderte —le dijo Pomni con voz débil.
—¿Y qué más da? Todo es una puta mierda, no podemos hacer nada. Oh, pero al menos podemos decir malas palabras de nuevo. ¡¡Me cago en la putísima madre que parió a Kinger, a Caine y a este puto circo de mierda!!
Gangle se encogió sobre sí misma, Zooble rodó los ojos, Pomni se bajó el sombrero hasta casi cubrirse los ojos, Kinger hundió los hombros y Ragatha suspiró.
—Jax, deja de hacer el estúpido por al menos un par de minutos y regresa aquí con nosotros —espetó Zooble.
Jax chasqueó la lengua con fastidio.
—Yo lo único que sé es que... ¡¡AHHH!!
La confusión reinó durante unos instantes ante el grito inesperado de Jax, antes de que todos empezaran a levantarse.
—¿Jax? ¿Qué pasa? ¡¿Estás bien?! —preguntó Pomni, tratando de acercarse hacia él por la oscuridad.
—Acabo de tropezar con algo... —respondió él, palpando el extraño objeto con las manos—. Esto es...
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡Es una maldita silla de escritorio!
—¡¿Qué?! —preguntaron todos al unísono.
El grupo comenzó a caminar a ciegas por el lugar, despacio, tratando de encontrar algo más.
—¡Aquí hay una mesa! —exclamó Ragatha.
—Dios mío... ¡Estamos en una habitación o una oficina! ¡Debemos buscar el interruptor de la luz! —dijo Gangle con entusiasmo.
—¡Vamos, busquemos el interruptor! —insistió Kinger.
Con torpeza, fueron avanzando entre la oscuridad, identificando objetos y tropezando con todo a su paso.
—¡Estoy tocando una puta pared! —exclamó Jax.
—¡Yo también estoy tocando una! —le respondió Zooble.
En ese momento, Ragatha sintió la forma del interruptor bajo sus dedos y el corazón se le aceleró. Presionó el botón de inmediato y la luz se encendió, dejándolos cegados por unos instantes.
Cuando sus ojos lograron acostumbrarse, se produjo un breve silencio entre ellos.
Kinger se dejó caer en una silla y echó la cabeza hacia atrás soltando un suspiro.
Ragatha subió las manos lentamente para acariciarse el rostro y cerró los ojos, sintiendo de nuevo el tacto de su piel.
Zooble y Gangle se miraron por unos instantes, lo suficiente para entender que les llevaría un tiempo acostumbrarse a ver a la otra en su forma humana.
Jax rodó los ojos y se apoyó contra una mesa. Se cruzó de brazos, tratando de fingir que no le importaba en absoluto.
Pomni solo se limitó a observar a cada uno, incapaz de procesar que todo había terminado, mientras un par de lágrimas se deslizaban por su rostro.
—Hemos regresado… —dijo en voz baja—. ¡¡Chicos, estamos en casa!!
Ragatha se acercó a ella estrechándola en un fuerte abrazo. Kinger se levantó con una gran sonrisa y las abrazó a ambas, susurrando lo feliz que estaba de conocerlas de nuevo, mientras que Zooble y Gangle se les unieron, quedando todos en un gran abrazo reconfortante y cargado de emoción.
Jax hizo el amago de ir también por pura inercia, pero su orgullo no lo dejó. Apretó más los brazos contra su pecho y desvió la mirada, refunfuñando algo que los demás no pudieron escuchar.
Sin embargo, Pomni no iba a dejarlo solo de nuevo. Ya no. Tan solo estiró la mano hacia él y le dedicó una suave sonrisa.
—Jax… ven aquí, tonto.
Los ojos de Jax bajaron hasta su mano y luego volvieron a subir hacia su rostro.
El primer reflejo que tuvo fue chasquear la lengua. Después, frunció el ceño y comenzó a rebotar el pie contra el suelo. Finalmente, agachó la cabeza y dejó caer los hombros.
—Esto es una estupidez —soltó en voz baja.
Caminó despacio hacia el grupo, con los brazos meciéndose a los lados, hasta que unas manos se estiraron y lo unieron al abrazo, integrándose a ellos y devolviéndoles el gesto con todas sus fuerzas.
—Estoy muy feliz de haberlos conocido —dijo Ragatha entre lágrimas.
Pomni sonrió.
—Yo también.
Jax solo asintió, incapaz de hablar sin que se le quebrara la voz.
Gangle miró hacia la computadora y vio un casco, con los cables desparramados sobre la mesa.
—Ese es el casco que me puse antes de llegar al circo —comentó Gangle, señalándolo con el dedo.
Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de Jax.
—Pues bien —respondió mientras se sorbía un moco—, esa cosa ya no joderá a nadie más. Debemos prenderle fuego.
Todos se miraron y en ese momento las palabras sobraron.
Acercaron una papelera de metal al centro de la sala y lo depositaron en su interior junto con algunos papeles.
Gangle encontró un mechero al lado de una caja de cigarrillos sobre la mesa y lo encendió. Lo acercó apenas a un papel y este se prendió enseguida. Las llamas comenzaron a consumirlo todo, y poco a poco alcanzaron el plástico del casco, envolviéndolo en el fuego.
El grupo tan solo se quedó mirando cómo lo consumía hasta que el aparato quedó reducido a un simple e irreconocible trozo de plástico derretido.
Kinger agarró un extintor de una de las paredes y apagó el fuego restante. Al terminar, se asomaron a la papelera para asegurarse de que no había quedado nada.
Jax se frotó las manos, como si se quitara la suciedad, y luego escupió dentro de la papelera.
—Así es como debe ser.
—Por cierto… ¿en qué año creen que estamos? —soltó Ragatha de repente.
—No lo sé… —respondió Gangle.
Pomni se frotó el brazo con incomodidad.
—Tal vez deberíamos… irnos a casa.
—Sí —coincidió Zooble—. Estaría bien tener nuestros contactos.
Kinger se rascó la cabeza.
—Podemos pasarnos las direcciones de nuestras casas.
—¿Por qué no mejor el número de teléfono? —preguntó Gangle.
Kinger enarcó una ceja.
—¿Mi teléfono de casa? No lo recuerdo…
—No, tu celular, genio —replicó Jax.
—Pero no tengo…
Jax rodó los ojos.
—Bien, anotémoslos en un papel y cómprate uno, por Dios.
Tras compartirse los contactos, salieron del edificio y la realidad los golpeó de lleno.
Personas, autos, edificios, nubes, el sol poniéndose… la ciudad entera seguía viva. El ruido urbano los envolvió en una presencia sonora que lo ocupaba todo, algo que habían olvidado cómo se sentía.
Se miraron entre ellos por última vez, no como un adiós, sino como un hasta luego, y cada uno siguió su camino.
Pomni se dirigió rumbo a su casa. No estaba segura de si recordaría cómo volver, pero avanzó con el recuerdo fresco, como si fuera justo ayer cuando tomó esa misma calle.
Comenzó con pasos lentos, tan nerviosa que apenas podía coordinarse. Sus pasos se fueron acelerando, cada vez más rápidos, hasta que, sin darse cuenta, estaba corriendo.
Esperó en un semáforo, y cuando se puso verde, lo cruzó a toda velocidad.
Sentir de nuevo las suelas de sus zapatos impactando contra el cemento, el viento deslizándose por su piel, la garganta fría por el esfuerzo y la adrenalina recorriéndola era algo que no sabía cuánto había extrañado.
Se sentía viva de nuevo.
Con torpeza, dobló una esquina y chocó de lleno contra alguien, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo. Era un hombre alto, vistiendo una larga gabardina negra, con un bigote fino y un enorme perro blanco al que llevaba atado con una cadena de metal.
—Disculpe, señor, no lo vi —se disculpó de inmediato.
Él sonrió antes de inclinarse hacia ella con amabilidad.
—Oh, no, discúlpeme a mí, señorita. ¿Está bien?
Le tendió la mano y la ayudó a incorporarse.
—Sí… gracias. Tengo que irme. Adiós, y perdón de nuevo.
El hombre negó con la cabeza y le dedicó una amplia sonrisa.
—Espero que llegue a donde desea estar.
Pomni lo miró con confusión por un momento antes de echar a correr de nuevo.
Él se quedó en el mismo lugar, observándola marcharse, hasta que bajó la vista hacia su perro.
—¡¡Maldita sea, no me muerdas!!
El perro se divertía mordiendo su pantalón, tirando y agitando la cabeza en un intento de rasgarlo, mientras el hombre ponía los ojos en blanco.
Se agachó y le quitó la cadena.
—Está bien, puedes ir sin ella, pero recuerda no cruzar hacia los autos.
Pomni llegó a su casa con el pecho agitado. Se metió las manos en los bolsillos en busca de las llaves, pero no las encontró.
Con el corazón latiendo desbocado contra el pecho, golpeó la puerta tres veces y esperó. En ese momento, desde el interior de su casa comenzaron a sonar unos pasos que se detuvieron justo delante de la puerta.
Mientras esperaba, se palmeaba las piernas con inquietud, tan emocionada por volver a ver a sus padres que apenas podía mantenerse quieta.
De pronto, la puerta se abrió y Pomni se quedó sin aire al ver a su madre.
Se lanzó de lleno hacia ella y la estrechó en un gran abrazo. Su padre se asomó con sorpresa y se unió a ellas, fundiéndose los tres en un reencuentro lleno de emoción.
Había demasiado de qué hablar, demasiado que recuperar. Pero lo importante es que estaba de nuevo en casa.
Lo primero que hizo después de la emotiva reconciliación fue darse un largo baño. Después se dejó caer en su cama y se quedó mirando el techo por unos instantes, todavía asimilando que había vuelto a casa.
Esa noche le costó dormirse, pero cuando lo hizo fue como quitarse un gran peso de encima. Todo había regresado a la normalidad.
Y mientras Pomni y los demás dormían de nuevo en la comodidad de sus casas, una figura estilizada, alta, de porte elegante y con su gran perro blanco los observaba desde el otro lado de la calle, con la mirada fija en sus ventanas, paseando durante toda la noche de una casa a otra sin dormir.
No le hacía falta.
Todo lo que necesitaba era que no lo dejaran solo en ese lugar vacío y sin vida. Porque ellos eran todo lo que siempre quiso tener, o más bien, lo que siempre quiso ser.